viernes, 13 de diciembre de 2013

Stevie Wonder en el Estadio Velez Sarfield

A fines de los '90 y cuando mi situación económica no me permitía abundancia de recitales y mucho menos de artistas internacionales, mientras hablaba de shows con un amigo que había tenido la posibilidad de verlo en Wembley, recuerdo que me dijo algo así como “hasta que no hayas visto a Wonder en vivo, hacé de cuenta de que no viste nada”. Esa sentencia me quedó tan grabada que jamás la dejé de tener presente y en especial anoche mientras iba en el 4 para Velez. Pero recién cuando caminaba por Barragan a la salida y apresuraba el paso para conseguir un taxi antes de tener mayor competencia en esa empresa, terminé de comprenderla del todo. Porque lo que se vivió anoche fue una celebración extraordinaria de música, de “negritud”, de elevación espiritual y al que cualquier adjetivo exagerado al que uno pueda llegar a acudir, le queda chico.
Llegué al estadio mientras se despedía Fabiana Cantilo (más temprano había tocado también Maria Eva Albistur), y cuando rumbeaba para ingresar al campo trasero, un “gentil” muchacho me ofreció acceder a las plateas bajas. Negociamos un poco el valor de la prebenda, finalmente (y después de confirmar que yo no era hincha de San Lorenzo), accedió a la rebaja y me acompañó hasta la platea sur baja, desde donde tuve una mejor visión. Así que no puedo dejar de agradecer a la gente de La Pandilla, desearles suerte para el domingo y aconsejarles desde este humilde espacio que no malgasten lo recaudado en drogas (???).
Poco después de las nueve y media apareció Stevie Wonder por primera vez en un escenario argentino, bastante más gordo de lo que uno lo recuerda, algo más pelado (aunque con sus largas trenzas inamovibles), una especie de túnica verde y una teclado colgado de sus hombro a lo Pablo Lescano (???). “How sweet it is (to be loved by you)” de Marvin Gaye fue el tema elegido para arrancar, y ya cuando el reggae en tono pop “Master blaster (Jammin')” empezó a sonar, varias de las personas saltaron de sus asientos para ponerse a bailar en el pasillo inferior de la platea.
En mi caso (y creo que a la mayoría también le sucedía) descontábamos una banda contundente. Y en todo ese primer tramo del show vamos a confirmar esa idea, y a ir incorporando los sonidos de tal manera que cuando estalla “Higher ground” los extraordinario nos resulta natural. En esos primeros temas se repite el esquema, con música y ritmo que gana en intensidad hasta alcanzar climax inolvidables. El groove que la banda contagia, la voz de Stevie Wonder que gana en temperatura y no da signos de desgaste, y regalos como “The way you make me feel” de Michael Jackson hacen que uno quede anonado ante un conjunto que se supera minuto a minuto. El tono recién bajó cuando hicieron ingreso las banderas sudafricanas y Stevie cantó “Keep our love alive”, (igual que dos días antes en Chile) dedicado a celebrar la vida de Nelson Mandela. Este tema viene siendo presentado como estreno, pero cuenta con al menos una versión anterior, en el Madela Day de 2009. En el final, cuando Stevie canta “And am blessed with air on earth to breathe, I know I'll live to keep our love alive” y deja su garganta flotando en una nota interminable, resulta casi imposible no soltar una lágrima.
Es cierto que ante figuras del tamaño del artista que teníamos enfrente no hay manera de no sumirse en la devoción más absoluta. Pero en particular Stevie Wonder irradia un carisma dificil de explicar. Tal vez no haya mejor forma de graficar la alegría de un músico haciendo lo que le gusta, que esa imagen del Stevie sonriente, elevando levemente su rostro y moviendo su cabeza de un lado al otro a un ritmo que no siempre está en sintonía con lo que canta, y que pareciera estar regido por un éxtasis interior. Al mismo tiempo se vuelve terrenal y guia a las voces masculinas y femeninas del público armando coros y contrapuntos vocales fascinantes. Y su humildad no parece encontrar límites, actitud que mantiene debajo del escenario, como cuando elije que el reconocimento otrogado por el Gobierno de la Ciudad se haga en privado, o como cuando se puso a zapar hace unos días en San Pablo, sumando su armónica a un saxofonista callejero.
Aún en los tramos más “easy listening”, como la triada “Overjoyed”, “Lately” y “Ribbon in the sky”, el clima no descendió jamás. Justamente en esta última, al comienzo la garganta le juega una mala pasada a Stevie (el tema arranca unos cuántos tonos más abajo que su registro promedio), que pidió disculpas, y terminó descollando mientras el tema se funde lentamente con “Waiting in vain” de Bob Marley.
Si hay un punto culminante en la carrera de Stevie Wonder son esos discos inolvidables de la primera mitad de la década del '70. “Talking book” (hace poco versionado íntegro por Macy Gray), por supuesto, y también “Innervisions”. De allí escuchamos la extraordinaria “Golden lady”, con la percusión sutil haciendo maravillas, y congeniando sonidos de una forma admirable. Y después la sorpresa con la presencia de Fabiana Cantilo, quien machete en mano, compartió con Wonder “Love's in need of love today”, el tema que daba cominenzo a ese otro disco que no puede faltar en ningún hogar: “Songs in the key of life”.
El ritmo volvió con “Don't you worry about a thing”, y en “Living for the city” el sonido de Nueva Orleans deriva en funk bien bailable. Saltaron después los illya Kuryaki and The Valderramas, en otra sorpresa enorme (Dante se lo había cruzado un día antes y hablaba de haber saludado a Dios, no me imagino lo que debe haber sentido al estar allí arriba con él), quienes sumaron rimas de temas propios, como “Ula ula” y “Abarajame” a “Do I do”. Las citas argentinas siguieron en “You are the sunshine of my life”, aunque en ese caso solo se trató de la aparición en las pantallas de la imagen del negro Rada descubierto por las cámaras en la platea, que fue saludada con efusividad por el público. Y después “Isn't she lovely” y el estallido con “Signed, sealed, delivered (I'm yours)”, que aunque no tenga de por sí un mensaje religioso, en su éxtasis gospel vuelve creyente al más ateo.
“My cherie amour” fue otro tramo romántico que culminó con “I just called to say I love you”, esa canción que odiamos desde siempre, (odio que por otra parte reafirmamos con el hilarante tramo de “High fidelity”) y que sin embargo anoche tarareamos embobados. Y “Sir Duke” y su sección de vientos demoledora fue levantando otra vez la temperatura, para que el show se cierre con “Superstition”, de la que solo diré que para describirla, tomen cada palabra, cada adjetivo y cada elogio que leyeron hasta ahora y lo multipliquen por diez. En medio la presentación de la banda, el agredecimiento para Fabiana, y Dante y Ema (sic), y un público que cuando guarda la mayor ovación para el bajista Nathan Watts, demuestra que entendió todo. Stevie Wonder se retira del escenario acompañado por las coristas, mientras la banda cierra el show a puro swing. Recién cuendo las luces se encendieron, comprendimos que no habría más. Aunque a decir verdad, después de ese “Superstition”, nada mejor hubiese sido posible.
Me fui entonces acelerando el paso hacia Rivadavia, asumiendo como propia aquella sentencia de mi amigo, y recordando la decepcionante noche del 27 de Abril de este año, cuando bajo una tormenta descomunal, de ese mismo estadio salí decepcionado por la anodina victoria de Sergio Martinez sobre Martin Murray. Pero todo eso quedó atrás, porque después de lo de anoche, sí que voy a poder contar que por fín vi a un Maravilla en Velez, ganando por knock out.



sábado, 7 de diciembre de 2013

Amparo Sanchez en Niceto

La música tiene el poder maravilloso de cubrir con su propias características a quien decida someterse a ella y dejarse llevar. Y cada estilo, cada sonido y cada ritmo encuentra la manera de filtrarse en los poros y transformar al público cuando se somete a ellos. El jueves por la noche yo había visto al trío de Adrian Belew, y el poderío del grupo me había literalmente avasallado y me había dejado con los pies en el aire. Y anoche, después de la fiesta que armó Amparo Sanchez, salí de Niceto con los pies devueltos al suelo. Suelo que a decir verdad, no es solo el piso, sino también tierra, raíces y esencia. Porque hay que decir que aunque Niceto sea una especie de cajón cerrado con escasa (o nula) ventilación, la música hizo que quienes nos acercamos hasta el boliche de Palermo hayamos sentido la brisa y la libertad de una fiesta al aire libre.
Habían pasado pocos minutos de las nueve y media, y cuando todavía éramos unos pocos en el recinto, Jairo Zavala (ex La Vacazul) ingresó al escenario para amenizar la espera con algunas canciones de su proyecto solista Depedro. Sólo con su guitarra se centró en su disco “La increíble historia de un hombre bueno”, que grabara en 2008 con los Calexico, amigos en común con Amparo. Con mucha simpatía y a sabiendas de que el público no lo conocía, llamó a participar a la gente, se comunicó con humor, e hizo algunas buenas canciones como “Hombre bueno” y “El pescador” (todas en ese estilo latino marcado a fuego por los hermanos Auseron y Quique Sierra desde que grabaran “La canción de Juan Perro” en los '80). Se mostró como buen guitarrista y eso suplió la ausencia de banda de acompañamiento. El set tuvo como perla la presencia de Amparo Sanchez, vestida casi de entre casa todavía, para compartir una bella versión de “La llorona”.
Soy el poder dentro de mí. Soy el amor del sol y la sierra. Soy gran espíritu y soy eterna, mi vida está llena de amor y alegría ” dice Abuela Margarita, la chamana heredera de los chichimecas, inspirando desde la introduccción al disco “Alma de cantaora”. Y es su voz repitiendo esas palabras la que se escucha como bienvenida mientras Juan Sans (piano y acordeón), Juampi Noriega (guitarra), Emilio Farias (contrabajo) y Luciano Maro (batería), los chicos argentinos que formaron la banda de acompañamiento para esta gira de la española por las pampas, se acomodaban en el escenario. Y mientras Juan Sans le otorgaba “oficialmente” la doble nacionalidad española y cordobesa, Amparo Sanchez entró al escenario mientras los músicos se acoplaban a la grabación y el vivo empezaba a concretarse. Entonces sí dieron comienzo al show con dos temas de la etapa solista de Amparo: “La flor de la palabra” (de “Alma de Cantaora”) y “Hoja en blanco” (de “Tucson-Habana”).
Dije al principio que la española había armado una fiesta, y fue justamente “La fiesta”, del disco “Somos viento”, el primer tema de Amparanoia que se escuchó en la noche. Bien, acá hago un parate, porque antes de seguir tengo que contar algo que tiene que ver con mis expectativas. La etapa solista de Amparo Sanchez la había alejado sutilmente del sonido de su banda. Los tópicos siempre fueron los mismos, la reivindicación feminista, la libertad, la hierba, la ecología y los legados ancestrales. Pero el sonido, en especial el de “Tucson-Habana” que grabara con los Calexico estaba impregnado del clima desértico de Arizona. La instrumentación delicada, las trompetas lejanas y otros elementos que ni bien comenzó el show, supe que no iban a estar presentes. La Amparo Sanchez más “cantaora” y menos declamativa que había asomado en ese disco quedaba a un lado al presentar una banda que, aún siendo menos numerosa, remitía al sonido y espíritu de Amparanoia. Y hago esta aclaración porque no se trata de un reproche ni mucho menos, pero sí confieso que tenía ganas de ver a una versión sutil de Amparo Sanchez que solo apareció por momentos. Quedará para otra oportunidad.
Para el concierto se había anticipado una larga lista de invitados, que se inauguró con la cubana Yusa. Sus magníficas dotes de guitarrista le impusieron un clima aún más caribeño a “Pulpa de tamarindo” que nos dejó a todos subyugados. Simpática y talentosa, la cubana nos ganó el corazón y dejó a todos con ganas de más. Luego fue el turno de GasparOm de Los Umbanda que acompañó a la banda en “Somos viento”. “No estamos de paso, no somos fracaso”, una de las consignas más fieles al espíritu de Amparanoia se hizo presente para anticipar a Mara Santucho, la cordobesa voz de Los Cocineros a la que le tocó el nada sencillo papel de reemplazar a Mane Ferret en “Vieja pasión”.
A esa altura la gente bailaba cada tema, y respondía (primero con sutileza, y recién ante la arenga repetida, con fervor) a los pedidos de Amparo y los suyos, a seguir coros y estribillos. En “Corazón de la realidad” fue inevitable la cita a Chiapas, y el reggae volvió con “El destino”, del lejano “Feria furiosa” de 2001. Entonces Amparo Sanchez anunció una serie de buenas noticias en continuado, que comenzaron con el anuncio de que va a telonear a Manu Chao en Ferro el 14 de este mes, y que continuaron cuando contó que un tema nuevo, “El último cuarteto en París”, había sido grabado por la Mona Gimenez. Haciendo uso y abuso de su fáctica nacionalidad cordobesa, Amparo Sanchez nos mostró la canción y después invitó al escenario a Ariel “bicho” Galeano, la voz de La Cartelera, banda de ska también cordobesa, junto a quien hicieron “La cuenta atrás”, una optimista canción al planeta, que anuncia la extinción de la ambición exagerada del ser humano, y que entre las proyecciones y algún grito de la gente, sumó consignas contra Monsanto y contra la minería a cielo abierto. Por último, cerrando el círculo iniciado por las palabras de Abuela Margarita, “Alma de cantaora” clausuró el primer tramo del show.
Conociendo a Amparo Sanchez (quienes presenciamos la histórica despedida de Amparanoia en La Trastienda podemos dar cuenta de ello), y considerando el espíritu del show, el regreso al escenario iba a sumar un nuevo tramo prolongado al show. Pero no se trató solo de eso, sino que además en ese cierre se vio lo mejor, musicalmente hablando, del concierto. Junto a Jairo Zavala hicieron “Don't leave me now”, un tema compuesto en conjunto, y que grabara Depedro junto a Calexico. Allí vimos la mejor versión de Amparo como cantante, luciendo sus dotes vocales y su expresividad al máximo. Luego al duo se sumó Malena D'alessio de Actitud Maria Marta, y mientras Jairo deleitaba con un suave slide, Malena descargó su verborragia al cierre de “Mi suerte”, elevando la temperatura de Niceto hasta lo imposible. El último invitado fue Chimango, rumbero callejero catalán junto a quien hicieron esa alabanza a la nocturnidad que resulta “En la noche” de “El poder de Machin”, primer disco de Amparanoia. Se mezclaron los idiomas, los continentes, y bajo el ritmo de la rumba, la noche se consumó celebrándose a sí misma en lo que apenas sería un anticipo de un after party interminable.
En una fiesta con semejante cantidad de invitados, no había manera de no terminar con todos subidos arriba del escenario. Encima faltaba una invitada que quedó para el final: Vivi Pozzebon, que sumó voz y percusión. Así que la despedida definitiva fue un colosal despliegue de emoción y alegría de un grupo de amigos, que entre algunos breves lucimientos individuales, ofrecieron una interminable versión de “La parrandita de las santas”, con los músicos prestándose los micrófonos y festejándose a sí mismos en una comunión absoluta.
Después del viernes y el doblete de shows, mi cuerpo pedía comida y colchón. Así que lo que haya sucedido puertas adentro una vez que se cerró el telón que se los cuente otro. El año se termina, pero a mí (y por lo tanto a este blog) le queda un nuevo hito musical para cerrarlo. El jueves 12 debuta en Buenos Aires un tal Stevie Wonder.


viernes, 6 de diciembre de 2013

Adrian Belew Power Trio en el Teatro Opera

Yo tengo dos blogs. Dos blogs bien diferentes, por cierto. De este no tengo que dar muchas precisiones, salta a la vista su contenido. El otro, para los que no lo hayan leído, es de cuentos. Y en ese otro blog, en uno de los últimos posteos me permití ironizar exagerando una situación sobre la decisión de mi banco de elevarme a la categoría de cliente exclusivo. Pues bien, meses más tarde de aquella decisión sobre la cual no tenía mayores expectativas, la condición de cliente exclusivo me hizo acreedor de un lugar para ver a Adrian Belew en el Teatro Opera sin desembolsar un solo peso. Ese tipo de situaciones, que un banco regale a sus clientes entradas para ver a Adrian Belew, son las que me hacen pensar que la revolución ocurrió mientras yo dormía. Aunque tambien son las que en el momento de pleno uso de conciencia, me llevan a dudar de todas mis convicciones y principios. Eso sí, no iba a hacerme ningún tipo de planteo ético acerca de aceptar o no la invitación, eso jamás estuvo en duda. Así que entre al Opera dejando todos mis principios en la Avenida Corrientes, y después en terapia intentaré resolver las culpas.
Yo había estado en el Estudio Samsung en la anterior visita de Belew a Buenos Aires, y no habiendo novedades discográficas, no esperaba un show muy diferente esta vez. Claro que no me interesaba eso del todo, porque si hay algo que atrae del trío que integran Adrian Belew, Julie Slick y Tobias Ralph, es que más allá del repertorio, está pensado para tocar en vivo. Así que las ganas de estar estar frente a una nueva demostración del poderío del trío, en mi caso funciona como esos nenes que se ponen de nuevo en la cola de la montaña rusa, ni bien salieron de la vuelta anterior.
Bueno, dije que no había novedades, y en realidad sí las había: la nueva recreación de King Crimson anunciada por Robert Fripp, no incluye al guitarrista de Kentucky. Así que verlo entrar solo al escenario y dar comienzo al show con nada menos que “Matte Kudasai” resultó todo un símbolo, que con el correr del show se iba a afirmar, aunque haciendo hincapié en la cuestión con humor, y sin ningún reproche por la decisión. Algo que por otra parte Belew ha aclarado en cuanta nota dio desde que se conoció la decisión de Fripp. Después cony “B”, ya a banda completa, empezaron a construir un clima dentro de un teatro que iba a terminar ardiendo.
De entrada sucedieron un par de problemas técnicos, como por ejemplo unos arpegios que Belew grababa para dispararlos repetidos desde su laptop y que se revelaban atronadores, o incluso alguna queja de los tres músicos por el volumen de los monitores. De todas maneras nada sacó de sus cabales a Belew, que no podía ocultar su sonrisa ni con la gorrita con visera que le hacía sombra sobre medio rostro. Sonrisa que la contagió definitivamente a toda la platea, cuando nos regaló otro tema de “Discipline”: “Frame by frame”. “Writing on the wall” fue otro tema propio que anticipó a un clásico propio ("Young lions") y otro compartido: “Dinosaur”, aquel tema de “Thrak” que naciera en estas tierras, y que convirtiera a Buenos Aires en un oasis progresivo promediando los años '90.
A partir de allí el show se encaminó en una espiral creciente, cuyo poderío total iba a estallar alrededor de media hora más tarde. Tobias Ralph (en un punto de estilo más identificado con Mastelotto que Marco Minnermann, quien estuvo a cargo de la percusión en 2010) tuvo su lucimiento individual en la intro del expansivo “Beat box guitar”. El contrapunto de la guitarra con el bajo de Julie Slick es formidable, y promediando el tema, los sonido provenientes de los pedales de efecto de Adrian Belew remiten a todo tipo de animales, y de pronto nos vemos sumergidos dentro de un capítulo de Tarzan. “Neurótica” (de “Beat”, 1982) fue otro momento Crimson repetido con aquel set de 2010.
Adrian Belew no suele hacer exageración de sus virtudes, por suerte (y por eso lo queremos tanto), y si hay algo que jamás nos hecha en cara es su ego. Pero cuando el trio toca “Futurevision” uno no puedo hacer otra cosa que rendirse ante semejante demostración de destreza, inventiva y virtuosismo. Belew juega con sus pedales, inventa sonidos, se sonríe cómplice con sus músicos y además, tal vez de manera inconsciente (porque el tema está incluido en su setlist desde siempre) se suma a los homenajes a Nelson Mandela cuando canta “ I hope we can see there's more than one side. I know there's no such thing as race, just a human race. I hope we can see the world is not black and white”. Cuando termina el tema, abre los brazos y sacude sus dedos. Puede ser un gesto jocoso de su parte, pero es muy dificil pensar después de haberlo visto, que al terminar no le ardan los dedos. El concierto se cierra con el progresivo “E”, durante el cual la gente se levanta de sus asientos y se arrima al escenario como para comprobar que si lo que sus sentidos les venían transmiento provenía de personas de carne y hueso.
El show fue breve, pero la contundencia había sido tanta que a esa hora nadie pensaba en cronómetros. Y además cuando el trio volvió al escenario e hizo “Three of a perfect pair”, nadie se hubiese animado a reprochar nada. Al terminar los músicos entrelazados se arriman a su público y algún privilegiado recibe una pua de recuerdo. Belew presenta a sus músicos y a él mismo se nombra gracioso “I'm Robert Fripp”. Después pregunta, como si hiciera falta, si queremos una más, y la versión de “Thela hun ginjeet” provoca espasmos en algunos que pretenden seguir con las piernas, brazos y cabeza el ritmo desbocado del clásico de “Discipline”. Cierre perfecto con el espíritu de King Crimson presente en el Opera.
Ya fuera del teatro recapitulo y me doy cuenta que el show fue muy similar al de su anterior visita, en especial el tramo final. Aunque, tal vez todavía sacudido por la contundencia de la música, a mí me resultó más potente que la vez pasada. Pero Belew es un artista inquieto, no muy amigo de las rutinas, y me acuerdo entonces que promete para el futuro un nuevo proyecto: Flux. Así que mientras Fripp y los suyos estén buscando estar a la altura de su leyenda, Adrian promete hacer “música que no pueda nunca ser escuchada de la misma manera”. Queda la incógnita entonces para el futuro cercano. Por mi parte yo busco desembarazarme del chip Belew, porque esta noche voy a ver a Amparo Sanchez, y el cima será diferente.








viernes, 29 de noviembre de 2013

Lendi Vexer en Liberarte - Presentación de "Princess of nothingness"

A mí siempre me gusta hablar de las casualidades. O será que soy tan detallista, que a veces hechos menores, superfluos y secundarios son los que terminan por ser el hilo que encuentro para armar una historia. Digo esto porque ahora recuerdo que la vez anterior que hice una crónica de un show de Lendi Vexer, contrapuse el clima amigable e íntimo con el que me había encontrado escuchando al duo en vivo, con una imagen de marquesina de calle Corrientes con Ricardo Fort, que resultaba más que ofensiva. Y resulta que tengo la oportundad de volver a verlos justo en la semana en la que el nombre de Ricardo Fort inunda cuanto medio de comunicación exista en el país. Así que imagino que la música de esta banda de trip hop argentina funciona para mí como una especie de antídoto ante la vulgaridad, o algo por el estilo. Como sea, ayer aún no había hecho esta relación, simplemente disfrutaba de la espera en la puerta de Liberarte, con un encuentro fortuito y más que agradable, mientras entretenía al estómago demandante con caramelos de mentol.
Anoche las excusas eran varias. Como si la música ya no fuera suficiente, Lendi Vexer decidió celebrar sus diez años con un concierto abarcativo, aprovechando para presentar también su reciente EP “Princess of nothingness”, que además de tener su edición en CD, incluye la original (por estas tierras) versión en vinilo de 7” (acompañado por una tarjeta de descarga para 3 temas extra). Tal vez por todos esos condimentos, el tono melancólico de su música estuvo acompañado por un público que, entre tema y tema, se mostró festivo, acoplándose a ese marco celebratorio.
Abrieron con “Escape”, de su primer EP de 2004 y a partir de allí y hasta el “Simple circle” repetido al final, construyeron una atmósfera repleta de sensaciones melancólicas, cálidas e íntimas que como trazos que se decoloraban y recuperaban su brillo, arroparon y cobijaron a un público que solo rompió su carácter ensimismado cuando necesitó sacudirse el hipnotismo a fuerza de la algarabía cómplice de la celebración. El recorrido musical de Lendi Vexer fue casi en clave, pero si uno seguía las pautas y se incorporaba a la propuesta, no resultaba dificil sentirse parte de ese mismo camino. Porque si el punto de partida de la noche es ese sentirse libre como el viento planeando un escape, y el final una tácita admisión del carácter circular de la vida, uno encuentra que en definitiva los comienzos y los finales son relativos, y que cuando uno se encuentra bajo el influjo de esa música, el ambiente pareciera volverse atemporal.
En términos musicales, el duo integrado por Diego Guiñazu y Natalie Naveira (acompañados por la guitarra de Mariano Enriquez), sigue transitando la veta del trip hop en su versión más pura. Anoche desempolvando su versión electrónica, la que más los emparenta con el Portishead de “Dummy”, pero al que le han ido incorporando pequeños detalles acústicos, que los ha vuelto más tangibles y cercanos. Claro que no todo es tan ameno como parece, y la fragilidad de las melodías saben también recorrer otros climas más confesionales, nostálgicos o incluso desolados. Una voz en off recupera al Orwell de 1984 alertando que si “queres una foto del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano para siempre”, en “A boot doesn't ask, just trample”, y el despertar se vuelve un proceso tortuoso en “Refran suicida”. En ese contexto “Missing time” o “Tribute to desolation” transmiten el agobio del encierro, “Nothing was special” abandono, “Courtesy excess “ regala cínica ironía, y los climas crecientes como en “To play again” resultan maléficamente liberadores. La voz de Natalie sabe transmitir la atmósfera de cada tema, y es en su entonación en donde Lendi Vexer encuentra su mayor signo de identidad.
Para el final quedaron las cuatro breves y nuevas canciones. Primero “Stormy clouds”, tal vez la más emparentada con los trabajos anteriores del duo, y después la novedad del francés en “Désert”, con otra letra atormentada, y una mujer llamada Valerie extraviada, ahogándose en un desierto y secándose en el mar. Después “Luna de sal”, que es bastante más que un título spinetteano, ya que los colchones de teclados de la intro remiten irremediablemente a los inolvidables arreglos del Mono Fontana en temas como “Al ver verás”, por ejemplo. En estos temas Natalie se acompaña con la guitarra acústica, y son adornados por sonidos de viento, que terminan de volverse también acústicos en la armónica del tema que da nombre al EP: “Princess of nothingness”, y con el que iban a cerrar el concierto, sino fuera por el repetido “Simple circle” que complació a un público que pidió por una más.
La noche había comenzado algo más tarde de lo previsto, así que aproveché que ya había pagado mi cerveza, para hacerme rápido de un CD y luego de un taxi en la Avenida Corrientes, que me estacione directamente al borde de la cama. Aunque ni el cansancio, ni el casette de Cacho Garay que escuchaba el taxista, (muy divertido, pero poco a tono con mi noche), me hicieron desistir de una oida extra al EP ni bien llegado a casa. Puede que hoy sea todavía viernes, pero para mí, el fin de semana ya había empezado.


viernes, 22 de noviembre de 2013

Hamacas al Rio y Un día perfecto para el Pez Banana en Ultra Bar

Antes de contar sobre el hermoso show de Hamacas al Rio anoche en el no menos bello Ultra Bar, tengo que confesar que si yo me guiaba por mis energías disponibles a las siete de la tarde, lo último que debería haber hecho era salir el jueves a la noche. O en todo caso ir a ver a alguna banda tipo Metal Church que me despierte a guitarrazos. Pero recordé al poeta Almafuerte que decía que no te des por vencido ni aún vencido, y ese empujón a la confianza que de pronto se me vino a la cabeza, me movilizó hacia el downtown (???) porteño. Hubo además dos cosas más que me activaron. Primero el hambre. Porque no había almorzado, en casa no había nada para cenar y en Ultra hacen una pizza individual de cuatro quesos de esas que te dejan los dedos todos llenos de aceite, que está buenísima. Y en segundo lugar, y principalmente, porque tenía muchísimas ganas de ver a Hamacas al Rio tocando en vivo.
Los que siguen este blog saben de mi debilidad por la banda, pero entre el parate/licencia de embarazo de Laura Ciuffo, y mi abultada agenda (??), no había vuelto a verlos después de su regreso. Así que tratándose del último show del año casi que era una obligación, al menos para mí. Y tengo que decir, aunque las conclusiones deben ir al final, que el reencuentro no hizo más que renovar cada uno de los motivos por los cuales yo me acerqué a su música.
De por sí, tratándose de un concierto breve y sin pretexto prefijado (como podría ser la presentación de un disco, por ejemplo), la selección de temas tenía mucho que ver en el impacto del set. Y Hamacas al Rio elegió abordar toda su discografía sin complejos, pero haciendo especial hincapié en los dos extremos de su trayectoria: el último disco “Al final el parque” (2010), y el debut homónimo de 2005, un trabajo cuyas muchas de sus canciones venían redescubriendo desde un tiempo atrás
Abrieron entonces con “Calmas”, y siguieron con “Andar” de “Mitad de Junio”. De entrada noté que a diferencia de otros shows la guitarra estuvo más emparejada con los teclados en la mezcla, y el sonido envolvente que los caracteriza ganó en “ruido” (en el mejor sentido de la palabra), especialmente en los tramos más intensos. Grandes novedades de arreglos no esperaba y tampoco las hubo. Pero el imprevisible recorrido que fueron trazando a traves de su propia historia hizo del viaje un llevadero y acogedor devenir para mis oídos.
“Sin decir” sigue teniendo el pulso de hit que el hermético mundo de las radios mainstream se pierde. “El tiempo” trasmite en clave íntima la impotencia ante lo inasible, y “Un pequeño relato” me sorprendió diciéndome hacia mis adentros: “che, pero qué bien que canta Laura!”, como si fuera la primera vez que la escuchaba, en una especie de inusual experiencia de extrañamiento. En “Irreal”, Hamacas al Rio sonó ameno y transparente, y recuperaron la clave intimista con “En mi”, del primer disco.
Tal vez lo mejor de la noche haya estado en la interpretación de “En el aire”, un tema al cual cuando salió “Al final el parque” no le otorgué la importancia que merecía. Tal vez por lo prioritario que me resultaba abocarme a las canciones menos usuales en su estilo, y esta me remitía inmediatamente a “Mitad de junio”. Pero anoche en vivo la redescubrí en su esplendor con una gran versión del tema. Después tocaron “Suerte” y cerraron con un excelente estreno, con final in crescendo de altísima intensidad que abre las mejores expectativas para lo que, uno espera, llegará a futuro.
Dije de entrada que se trató de un show breve y mientras Hamacas al Rio se despedía, yo pedía la segunda copa de vino, y llegaba rápidamente a la conclusión que en la calidez que me había cubierto el ánimo a esa hora, tal vez estaba la mejor prueba de la contundencia del show de anoche de Hamacas al Rio en el Ultra.
La noche no terminaba allí, sino que incluía una segunda propuesta musical, a cargo de Un Día Perfecto para el Pez Banana; la banda cordobesa que anda por Buenos Aires para grabar sus nuevas canciones, y de la cual yo tenía apenas referencias lejanas. Su disco “Suena” fue producido por Manza Esain (presente en la sala) y en ellos descubrí un pop/rock de guitarras, que en sus momentos de mayor experimentación y cuelgue de medidas pretensiones psicodélicas, es en donde ganan en eficacia. Eso sí, tienen una pequeña cantante llamada Lucila Escalante, que a pesar de que su voz me sonó algo monótona y chillona por momentos, por presencia y actitud, se nota que nació para estar sobre un escenario. Muchos de sus movimientos me hicieron acordar de Gwen Stefani, pero adelanto que mi cerebro es demasiado generoso a la hora de crear ese tipo de imágenes. Voy a escucharlos más tranquilo y después les cuento con mayor autoridad. Porque además de los méritos que les descubrí, tienen un nombre hermoso, que a decir verdad, exige un sacrificio enorme en términos de espacio para los más leales fans que quieran tatuárselo. Aunque si de tatuajes hablamos, con los antebrazos tatuados que vimos esta semana en los medios, cualquier cosa parece posible.











domingo, 3 de noviembre de 2013

Blur en Ciudad del Rock - Quilmes Rock 2013

                Hacia el final de “The universal” la gente no deja de corear en inglés eso de que esto realmente podría suceder, como si a esa altura nadie se hubiera dado cuenta de que en realidad la cosa no solo había sucedido, sino que estaba terminando;  como si ese canto fuera la comprobación de que todos siguieran viviendo adentro del sueño de una ilusión.  Damon Albarn con los brazos en jarra mirando a esa multitud, mitad asombrado y mitad  presumido, bien podría ser la postal de un final épico para una noche inolvidable.  Pero Blur no se conforma y con “Song 2” y una explosión lumínica fenomenal, va a gastar, y a hacernos descargar, las últimas energías que quedaban sin consumir en la noche de Villa Soldati.  Pero para semejante concreción había sucedido bastante, en un festival que había arrancado unas cuantas horas antes.
                Yo llegué escuchando a Richard Coleman a lo lejos terminar su set con “Memoria”. A esa altura el sonido denotaba potencia, y lo primero que pensé fue que me hubiese gustado escuchar en esas condiciones a Bicicletas, además de, por supuesto, el show completo de Richard.  No me dediqué a recorrer el predio del ex - parque de diversiones, cuyos únicos rastros son una montaña rusa oxidada, el doble soporte de lo que supieron ser unas sillas voladoras y la torre con la confitería giratoria que nunca llegó a girar. Pero a diferencia de sitios como el de Costanera Sur, los caminos  y el césped tienen límites más definidos, y una nueva carpeta de cemento cubre la parte de “campo” frente al escenario principal. Si bien los accesos no son sencillos, al menos temprano la cosa fluía con normalidad. No sé cómo habrá funcionado con la gente que llegaba sobre la hora, ni como funcionó con la desconcentración, porque también me fui rápido evitando tener que comprobarlo. El transporte público no abunda por la zona, menos a esa hora, y la idea de caminar hasta llegar a otro eventual punto en el que se pueda acceder a un taxi (por ejemplo) resulta por lo menos aventurada. El poco celo con algunos cuidados hizo que en un festival auspiciado por Quilmes, el campo se haya llenado de furtivos vendedores ambulantes  de Schneider. A nivel infraestructura no parece haberse hecho mucho en el lugar, así que por el momento la mentada Ciudad del Rock no parece ser otra cosa que un predio abierto, lo más alejado posible de los vecinos porteños con oídos sensibles y consecuentes votantes de PRO.
                El set que sí pude ver completo fue el de Café Tacvba. Los mexicanos largaron con “Pájaros” de su excelente último trabajo “El objeto antes llamado disco”, pero rápidamente apelaron a un repertorio festivalero, repleto de hits y centrado en los temas más latinos y bailables. “El baile y el salón”, “Cómo te extraño mi amor” y “La ingrata” le pusieron pimienta a la tarde, mientras un sonido que en su exceso de volumen había empezado saturado, se fue felizmente acomodando. De su último trabajo solo tocaron, además del inicio, “Aprovéchate” y “Olita del altamar”, y después del cover de Los Tres (que a esta altura ya les pertenece), “Déjate caer”, con canciones como “Chilanga banda” y “La chica banda” desataron su pequeño carnaval, entre un público que a medida que se llenaba de indies, iba perteneciéndoles un poco menos.  No faltó tiempo para promover la quema de florcitas, proclamas contra Shell y Monsanto (si de verdad alguien se las hubiese tomado en serio, habría que haber levantado todos los puestos de comida del predio), y cerraron mexicanísimos con “El puñal y el corazón”.
                Hubo que esperar unos minutos para que el escenario teñido de azul y el sonido de “Theme from retro” anunciara el comienzo del set de Blur, porque las bandas principales tocaron, a diferencia de otros festivales, todas en el mismo escenario. Después sí entraron los músicos, Damon Albarn saludó con un “Buenas noches”, y después de un “Are you ready?” de ocasión, desató una fiesta de hits, en una lista de temas perfecta.
Ya en el comienzo se abrió una paleta de todas las versiones en las que se puede  transfigurar la banda. Desde el beat disco house de “Girls & boys”, pasando por el punk de “Popscene”, el sonido Manchester de “There’s no other way” y la balada “Lennonista” con “Beetlebum”.
                A diferencia de lo que había pasado con Café Tacvba, en este caso el sonido se arremolinaba un poco, pero fue rápidamente corregido, e incluso quienes no estábamos cerca del escenario, escuchamos con enorme fidelidad. “Out of time” resultó una especie de gesto de Graham Coxon y Damon Albarn, ya que fue precisamente durante la grabación de “Think tank” en 2003 cuando sus diferencias se volvieron irreconciliables y motivaron la salida del guitarrista del grupo. Y después una especie de paradoja temporal: todo un set dedicado íntegramente a “13”, el disco que vinieron a presentar al Luna Park, en su anterior y única visita al país. En “Trimm trabb” el riff de Coxon guió a la banda y pasó de lo sugestivo al estallido made in Townshend;  en “Caramel”, el intermedio sonoro psicodélico hipnotizó por completo al público, y en ese punto tal vez se haya alcanzado el pico máximo del show, al menos desde lo musical. Después “Coffe & TV” le volvió poner ritmo a la noche, y luego de la cita homenaje a Lou Reed con unas líneas de “Satellite of love” (tal vez mi única decepción tenga que ver con que imaginaba que la tocarían completa), “Tender” se consumó como uno de los momentos más participativos por parte de las gargantas del público, que compartía a viva voz los “c’mon, c’mon” de la arenga de Albarn. Una chica adelantada que había llevado un cartel pidiendo cantar el tema con ellos, fue privilegiada con una invitación a subir al escenario.
                Como si el show se tratase de un homenaje a los mejores discos de su carrera, hubo una especie de segundo mini  set, esta vez dedicado a “Parklife”: con “To the end” fue todo hermoso, con la iluminación haciendo ver a la banda saliendo de una especie de salón en perspectiva; con “Country house” se permitieron un desvío de ese disco, con Damon Albarn (que no se sacó su campera de jean en toda la noche) corriendo por la pasarela del medio del público, palmeando gente, cantando y perdiendo el sonido del micrófono también.  Después hizo su ingreso el histriónico Phil Daniels, actor que llegó para resucitar en escena lo que había dejado grabado en el disco en 1999, y hacer “Parklife” mientras se cruzaban con Damon Albarn  en carreras desaforadas por el escenario, como dos dibujitos animados en pleno éxtasis lisérgico . Y por último y como cierre del show,  “End of the century”, y un final de alta emotividad con “This is a low”, y esa especie de caricia musical ideal para aliviar el desaliento.  
                Un acople distorsionado había quedado flotando en el ambiente, y cuando se agotó y las luces volvieron a iluminar el escenario, Damon Albarn estaba fumando, sentado frente al piano, listo para hacer “Under de Westway”, el tema nuevo que Albarn y Coxon estrenaran para el evento benéfico  War child, y que se convirtiera en el primer single del regreso del grupo. Y luego de “For tomorrow” llegó aquella escena épica con “The Universal”, la voz en estado admirable de Albarn cediendo protagonismo al público, y el golpe de knock out  con “Song 2” para terminar de redondear una noche  esperadísima por estos lares (las 30 mil personas que se acercaron a Saldati dan cuenta de ello), y cuya concreción terminó resultando perfecta.

                Después de haber visto a Oasis, y con los shows de los resucitados Suede y Pulp en 2012, el concierto de Blur de anoche fue para mí como completar un álbum de figuritas. Y Blur, como la última y más difícil, termina teniendo ese insuperable valor de la victoria y el premio extra.  


lunes, 14 de octubre de 2013

Muse, Jane's Addiction y Albert Hammond Jr Personal Fest 2013 Dia 2

Esta era para mí una semana de vacaciones. Después de una especie de retiro del mundo virtual  y una vida silvestre y un aire puro impropio de estos tiempos, volví a la ciudad con un montón de opciones para cerrar la semana de descanso. Entre pizzas con amigos y la excelente vuelta de Woody Allen al drama con “Blue Jasmine”, el domingo tenía dos opciones: o quedarme sufriendo una (a esta altura) previsible derrota de River frente al único equipo del futbol argentino que sabe a qué juega, o acercarme a la segunda fecha del Pesonal Fest en el GEBA San Martin. Si estoy escribiendo en este blog  y no descargando broncas en foros millonarios, está clara cual terminó siendo la elección.
Confieso que tenía decidido dejar pasar este festival, pero los cupones de descuento sobre la hora se han transformado en el límite de mis convicciones. La verdad es que Muse, después de haberlos visto dos veces, no está en un momento que pueda llegar a sumarme mucho en particular, pero la presencia de Jane’s Addiction y, en especial, Albert Hammond Jr hicieron que termine por decidirme. Del resto poco me atraía, así que llegué al predio tarde, y antes de lo que me interesaba, apenas vi el último tramo del set de Mystery Jets: folk bien arreglado, un slide llevadero, algo de psicodelia y armonías vocales interesantes. Cuando estaban empezando a interesarme, cerraron su performance con dos temas de bastante menor factura de lo que venían haciendo. De todas maneras que en el mundo de la música aun haya gente intentando invocar el espíritu de Syd Barrett no está nada mal.
Lo interesante del line up de la segunda fecha del Personal Fest fue que la manera en que se alineaban los grupos, convertía a la experiencia en un viaje musical por buena parte del hemisferio norte. De Inglaterra nos íbamos a la costa este norteamericana. Más adelante el salto sería hasta la costa oeste, y finalmente un regreso al Reino Unido. Y de la costa este tocaba más específicamente el turno de Nueva York.  “AHJ” el reciente EP de cinco canciones que acaba de editar Albert Hammond Jr es a mi juicio mejor que todo el último álbum de The Strokes. Si bien el último disco de la banda madre ayuda mucho para llegar a este juicio, no quiero eximir de méritos al guitarrista, cuyos dos trabajos solistas son una buena demostración tanto de sus dotes de compositor, como así también de cuánto del sonido de The Strokes le pertenece.  En el mismo escenario en donde en 2011 tocara con sus compañeros de banda, Albert hizo un set de poco más de una hora sostenido en los temas nuevos y en especial en su segundo disco “Yours to keep”. De allí arrancó con “In transit” y “Everyone gets a star” y junto con dos guitarristas más (uno de ellos igualito a Martin Lousteau) armó una pared eléctrica que nos retrotrajo a los tiempos de “Is this it”. Alentado por un persistente grupo de fans femeninas que lo tiene por sex symbol, bailó con la música que llegaba de los escenarios menores, se mostró de buen humor y a gusto con su banda, e intercaló algunos temas nuevos y covers. Entre estos últimos sonó “Postal blowfish” de Guide by Voices, y entre los nuevos se destaca la furia de “Carnal cruise”. Hay que decir que cada vez que Albert Hammond Jr juega a ser Pete Townshend el rock gana diez años de vida extra. Y como corolario de un show compacto que nos dejó a punto para Perry Farrell y los suyos, cerró con una incendiaria versión de “Last caress” de The Misfits.
El caso de Jane’s Addiction es particular. Después de demorarse años en pisar estas tierras, ahora resulta que vienen todos los años. La primera vez fue tocando, paradójicamente, para una compañía de telefonía celular competencia de la que organizaba este festival.  Y habiendo visto aquel primer show, tengo que decir que este tercero fue casi el mismo. En su reunión la grabación de material nuevo es apenas una excusa (“The great escape artist” los coloca a la altura de una anodina banda de hard rock y poco más), y sus shows se sostienen, felizmente, en los tramos más logrados de su carrera, allá por los principios de los ’90. La puesta y las dotes de Jane’s Addiction son las de siempre. Las chicas que bajan al escenario vestidas de novia y que terminan en una cita sadomasoquista, y una puesta que destila sexo sucio en todos los detalles. Pero además la base de Chris Chaney y Stephen Perkins sigue resultando imbatible y poderosa, la guitarra de Navarro sigue incendiándose en cada solo, y la voz aguda y el despliegue escénico de Farrell consuman un suceso que por repetido, no pierde su poder avasallante. Si bien abrieron con “Underground” de su último disco, la línea de bajo de “Mountain song” y luego “Just because” pusieron las cosas en su lugar. La energía liberada desde el escenario contagió a un público que no era mayoritariamente el propio (condición que se notó cuando sobre el final de su set la gran mayoría de gente prefirió abandonarlos para encontrar mejor ubicación frente al escenario principal). Perry Farrell aprovechó para promocionar la edición local de Lollapalooza para 2014, y recordar una vez más que hizo las veces de DJ en Pachá mientras el país se deshacía en Diciembre de 2001 (con una sola referencia a un presente mucho más esperanzador, se ganaba un lugar en los spots de Filmus). En “Ted, just admit it” las chicas volvieron a mecerse sobre el escenario, pero ahora enfundadas en cuero y armaron con Farrell su escena hardcore mientras el tatuado Dave Navarro  toca como ajeno a lo que sucede a sus espaldas, aunque si uno presta atención percibe que es la tensión de sus dedos aferrados a la guitarra lo que conduce toda esa puesta. “Ocean size” fue adrenalina pura, y “Stop!” (con el “señores y señoras: nosotros tenemos más influencia con sus hijos, que tú tienes. Pero los queremos” incluido) cerraron el show. Aunque en realidad continuaba, pero decidieron salirse un minuto del escenario y eso resultó fatal. La gente empezó a cambiarse de escenario y cuando volvieron e hicieron “Chip away” y cerraron con la contagiosa y acústica“Jane says”, buena parte del público les daba la espalda. Insólito y solo explicable bajo el eclecticismo del público de festivales. Jane’s Addiction estaba dando un show del carajo, y algunos (muchos) eligieron quedarse sin el postre.
Con Muse puede que termine siendo injusto. Creo que cuando llegaron por primera vez con “HAARP” bajo el brazo, estaban en el punto culmine de su carrera. Todo lo que hicieron

después me pareció de un tono menor, en algunos casos impropio de su potencial. La banda tiene dos caras, con canciones a las cuales se abocan desde un lugar progresivo, pero muchas veces abusan de una emotividad que los coloca al límite de lo empalagoso. Si se trata de dividir mejor las aguas, yo podría decir que Muse me interesa muchísimo más cuando remite a Rush, que cuando imita descaradamente a Queen. Eso sí, pocos entienden como ellos el concepto de rock de estadio (no por nada fueron teloneros de U2 en su segunda visita al país), y cuando lo ponen en práctica construyen un espectáculo digno del tamaño de la banda. Tengo que decir que me sorprendió la masividad del show, jamás creí que pudieran meter 25 mil personas. Eso significaba que muchos (la mayoría en realidad) los estaba viendo por primera vez, y por eso resulta comprensible el asombro casi pasmoso que se produjo en algunos rostros ante la puesta. Después de un video con “The 2nd law: Unsustainable” de fondo, la banda dio comienzo al show con “Supremacy”. Enseguida “Map of the problematique” los retrotrajo a sus mejores tiempos, y con “Panic station”, se convierten un banda bailable y funk, en una de sus más sorprendentes formas en las que se reinventan en su último disco.
En la primera parte del  set, Muse se preocupó por poner a la gente ante las canciones más conocidas y celebradas: “Plug in baby”, “Resistance” (gracias Brian May) y la imbatible “Knights of Cydonia”. La banda es precisa, Bellamy no deja de lucirse sin abusos, Chris Wolstenholme es una máquina perfecta, y la batería de Dominic Howard sabe trabajar sus golpes potenciando los impactos emocionales.  En el cover de “Feeling good”, Matthew Bellamy juega a ser Freddie Mercury, aunque resulta meloso al extremo. A continuación con “Follow me” la noche se convierte en una apoteosis de luces y rayos laser, haciendo el tramo de mayor despliegue desde lo  visual. Si uno intenta seguir el concepto del concierto se encuentra ante una alerta casi apocalíptica, cargada por una épica que por momentos satura (“Guiding light”), aunque los idas y vueltas en los climas son los que sostienen al show. Entonces “Liquid state” (con Wolstenholme en la voz) me devuelve la esperanza, “Madness” los regresa al pop más pegadizo (no choreen, yo también tuve  “A kind of magic”, chicos), y “Time is running out”, con intro de “The house of the rising sun”, suena como en sus mejores tiempos.
El tramo final incluyó “The 2nd law: isolated system” sobre la proyección de un video agobiante con unos chicos corriendo escapándose de un mundo que parece perseguirlos en su destrucción, y el pop directo de “Uprising” y “Starlight” como para amenizar y cantar con la gente. Para el final guardaron “Survival”, con el cual expanden su pretensión épica hasta el infinito, y lo que era una alegoría sobre la competencia deportiva (fue la canción oficial de las olimpíadas de Londres), termina siendo una ofrenda por demás pretenciosa con Bellamy cantando “revelaré mi fuerza a toda la raza humana. Sí, voy a ganar”, como si se tratase de un líder salvador entre ese mundo alienado sobre el cual por casi dos horas, intentaron alertarnos. Puede que alguien se haya quedado esperado algún bis, pero robarles ese final heroico hubiese sido un pecado.


jueves, 3 de octubre de 2013

Bicicletas en La Trastienda - Presentación de "Magia amor locura animal"

Magia, amor, locura animal. Estas palabras que bien podrían ser un compendio del universo que rodea a Bicicletas desde hace doce años, son además el atildado y preciso nombre del tercer disco de la banda, cuya presentación aconteció ayer en una concurrida noche en La Trastienda de San Telmo. Yo llegué con la abierta expectativa que me había provocado un disco, al cual en un principio miré con sospecha, que a la segunda escucha empecé a tomarle simpatía, y al que una vez puesto a prueba sobre un escenario, le auguro el mismo destino inamovible en mi Ipod que al resto de los trabajos de Bicicletas, incluyendo EPs, covers, y cuanto material esté dando vueltas por allí. Pero cuidado! Las conclusiones deben ir al final, y yo me estoy adelantando un poco.
A pesar de que la previa con buena música invitaba a adentrarse temprano en la sala, la gente prefirió quedarse afuera, esperar a los suyos y no entrar hasta último momento, o bien hasta que el insistente llamado del patovica de la puerta terminara por hartarlos. Yo sí entré temprano y me mandé directamente a la barra a buscar una empanada, porque mi organismo imponía la necesidad de un estómago lleno para aumentar la tolerancia a la suma de antigripales de la semana. De todas maneras no hubo que esperar mucho para que Bicicletas iniciara el show con “Sicario”, uno de los nuevos temas que guarda el espíritu del viaje que hicieran a Mexico hace un par de años, y que evidentemente dejó algunas huellas en su música. Los arreglos de la guitarra de Federico Wiske, el sintetizador contagioso de Ignacio Valdez y las voz inconfundible de Julio Crivelli, y todos los rasgos característicos de la banda dijeron presente de inmediato sobre el escenario.
El show fue de menor a mayor. No solo por el clima que se fue generando a partir de la sucesión en la lista de temas, sino porque la banda pareció afianzarse con el correr de los minutos y las nuevas canciones comenzaron a irradiar la frescura y la alegría que en su esencia pretenden. El espíritu del disco es festivo, muchos momentos invitan al baile, más que al éxtasis psicodélico de otros tiempos. De todas formas, este paso adelante, esta suma de ritmos y climas, no le quita a Bicicletas un ápice de identidad. “Magia” es un electro rock bailable que los convierte en los Franz Ferdinand locales. “Buen muchacho”, con una base que remite al Sumo circa “Mejor no hablar de ciertas cosas”, transmite toda su energía, y hace que los pasos que venían danzarines comiencen a convertirse en rígidos y persistentes. Y “Buen día” y “El viento” son canciones de un optimismo que, si bien no es inusual en la música de Bicicletas, pocas veces había sido expresado de manera tan elocuente.
Hasta ese momento solo habían tocado canciones del nuevo álbum, así que a la hora de sumergirse por primera vez en su discografía, viajaron (nunca mejor usado el verbo) hasta “Deslizate naranja”, (su primer EP de 2003). De allí hicieron “Elefantes” y luego de otra nueva (“Siempre”, que remite inevitablemente a esos primeros tiempos de Bicicletas), “Ojos”, como para los que no habían esuchado aún el disco nuevo, empiecen a sentirse a gusto entre sonidos reconocidos. Y “Pica pica” y su ritmo frenético y punzante, que disparó los primeros flashes, tan típicos en sus puestas lumínicas. A esa altura el show había alcanzado una temperatura que ni esas baladas somnolientas, con guitarras etéreas e hipnóticas, como “Adelante” y “El gran Houdini” consiguieron apaciguar.
Anoche el quinteto estuvo acompañado en todo momento por Sergei Grosny, quien aportó alguna programación, teclados y percusión adicionales. Aunque se trate de un solo músico más sobre el escenario, para una banda que construye su mejores arreglos a fuerza de sobreponer sonidos y texturas, el detalle no resultó menor, y le otorgó un plus más que valioso, que en los momentos de mayor contundencia del show, resultó fundamental. “El extranjero” también proviene de su experiencia mexicana. Ya lo habían presentado en la celebración por sus diez años en Niceto, y eso lo convirtió en el más rápidamente adoptado de los temas de “Magia amor locura animal”. “Un jueves” (otra vez el viaje hasta “Deslizate naranja”) se hermanó naturalmente con la nueva” Amigos”, una balada mid tempo que inevitablemente remite a esas primeras épocas. A “11 y 20” la oímos renovada, con los contagiosos teclados más al frente en la mezcla, y ese tramo del show se cerró con una (otra en realidad, porque siempre resulta así) infernal versión de “Granada y pasaíso”.
Como si hubiesen necesitado desembarazarse del disco nuevo para dar paso a la celebración de las canciones más conocidas, a partir de ese momento Bicicletas tocó en continuado las cuatro que les restaban presentar. Primero “Mañana”, otra muestra de optimismo, con Agustín Pardo abandonando el bajo y sumando un tercer teclado. “La gran fiesta” invitando a un baile lento, con algunos de los tips clásicos de la banda puestos en tiempo presente, como ese deseo de viajar al sol. “No pienses nena que lo que suena es novedad”, canta Julio Crivelli, como anticipando lo que llegaría después. “Pistolero”, el irresistible corte de difusión, fue el más cantado de los nuevos. Y con “Número 1” tengo que hacer una aclaración personal. Cuando la escuché la primera vez creí que a esa canción la iba a terminar odiando. Resulta una especie de chiste sobre lo que podría ser una insufrible canción del verano, y en muchos casos cuando la repetición le quita gracia al jueguito, la melodía no sabe sostenerse por sí misma. Sin embargo anoche se transformó en el climax del show. Los flashes avasallantes, el ritmo frenético, las guitarras perforando los tímpanos y unos Bicicletas desaforados en una performance brutal, que bien podría haber significado el fin del concierto, y nadie hubiese presentado queja alguna. Y aún cuando alguien lo hubiese pretendido, le habría llevado unos cuantos minutos salir del estado de shock, como para componerse en una queja creíble.
Finalmente llegaron los hits con una evocación a la noche de Abril de 2009, cuando en el mismo sitio, Bicicletas presentara “Quema”. Entonces “Pájaros” preparó el ambiente para que “Araña negra” sea el otro gran climax de la noche, con el grito de “piso la mierda de mi perro para tener suerte”, al cual la gente vocifera como un mantra enajenado mientras desde el escenario descienden las últimas dosis de energía. Y después “Quema”, para seguir agitando los espíritus a esa hora poseídos por la música y las luces. Pero si hay algo que Bicicletas sabe hacer es elevarte a esos grados de exaltación, y conseguir luego que el veloz descenso parezca en realidad un lento transitar por una atomósfera que entre chispazos de colores se amortigua y desvanece. Y casi sin darse uno cuenta, uno se descubre canturreando “Tren” y su despertar entre sábanas blancas.
El cierre fue con “Cara de rojo”, y el desafío al insufrible y lavado verde esperanza de Diego Torres. “Quiero volver a casa” canta Julio y cantamos todos tan convencidos, que los en extremo rigurosos hombres de La Trastienda, nos pusieron la música ni bien terminó el tema y nos privaron de un par de bises. O acaso no ameritaba “El sol” y/o su versión de “La casa del sol naciente” como para cerrar la noche con un plus? Pero claro, en La Trastienda se aprovechan de que ya no hay un Charly García (no hace falta aclarar que me refiero a aquel otro Charly García) que les haga notar a los sillazos, que diez minutos extra en el rock, es bastante más que tiempo recuperado en un anodino partido de futbol.



domingo, 29 de septiembre de 2013

El Club de Tobi en La Oreja Negra

                El Rio de la Plata funciona de manera diferente a la hora de simbolizar la relación entre argentinos y uruguayos. A veces resulta casi un frontera infranqueable, como a la hora del futbol de selección, ciertos prejuicios basados más en mitos populares que en realidades concretas, la nacionalidad de Gardel, e incluso  ahora hasta la soberanía sobre las Malvinas (???) podría entrar en ese rubro. Pero en varios otros puntos, y en especial a la hora de la música, la cosa funciona diferente: el adjetivo de rioplatense resulta un manto que cubre a toda la zona bajo una misma hermandad, que transforma al cauce de agua dulce más ancho del mundo en ese charco al que solemos referirnos cuando el espíritu siente que las distancias se acortan hasta casi extinguirse.
                En el caso de El Club de Tobi, el cuarteto de cuerdas montevideano que felizmente se ha tomado la costumbre de cruzar el charco cada vez más seguido, lo que describí en el párrafo anterior funciona de manera más que elocuente. El repertorio (al menos en vivo) tiene tanto de acá como de allá, y el bagaje cultural que los lleva a sumergirse en su tan particular manera de interpretar esas canciones, es fácilmente reconocible y asimilable. Hace rato que tenía ganas de volverlos a ver en vivo, pero por lo general habían adoptado la mala costumbre de venir a tocar los días en que juega River, y el cruce de pasiones internas siempre me llevo a privilegiar a la banda roja por sobre cualquier evocación musical. Ayer no solo esto no sucedió, sino que llegaron para tocar en La Oreja Negra, el amigable recinto de Palermo, cuyo ambiente no solo permite acompañar el disfrute del show con un rico y variado tapeo, sino que también es capaz de construir una previa visual con una brochette ecléctica que incluyó a La Naranja Mecánica y al DVD de Spinetta y las Bandas Eternas.
                El tránsito entre la proyección del video y el inicio del concierto se dio de una manera tan natural como sutil. El DVD de Las Bandas Eternas iba por la parte de Jade, y cuando nos quisimos dar cuenta, los violines sobre el escenario sugerían la melodía de “Mañana en el Abasto” de Sumo, dándole a los sonidos una continuidad asombrosa. Tal vez era muy pronto como para concluir definiciones terminantes acerca del concierto, pero ese hecho, la naturalidad con que se cruzaron la música en teoría tan lejana de Jade y Sumo, es uno de los mejores argumentos de El Club de Tobi: las cuerdas rescatan la esencia de cada melodía, y en ese ámbito instrumental todas las expresiones hallan un punto en común que las hermana.
                En la continuidad del concierto, hubo algún privilegio para con “Tobismo”, su último trabajo hasta el momento, pero a diferencia de la vez anterior que los vi, este show tuvo una rítmica más marcada. La selección de los temas dejó de lado a los pasajes más melancólicos y desde el escenario se desprendió una mayor energía. En el propio “Arde puch”  se lució por primera vez Sebastián Estigarribia en la viola, quien desde el año pasado ocupa el lugar de Fernando Luzardo, y en “Sabadaba” sonaron más orientales que nunca, reclamando a la vez mayor reconocimiento para el talentoso Urbano Moraes.
                La disposición de los músicos sobre el escenario no parece ser caprichosa, y separados por la percusión de Paolo Buscaglia, se conforman dos pequeñas sociedades: del lado izquierdo  entre el cello de Bruno Masci y el violín de Fernado Rosa, mientras que del otro lado sucede los mismo entre el otro violín, el de Mario Gulla, y la viola de Estigarribia. Es Gulla el que más diálogo tiene con el público (esta vez hubo menos chiste interno, menos diálogo entre los integrantes) y el que por lo general presenta las canciones y sus autores. Spinetta se mezcla con Eduardo Mateo y Charly García; y los únicos dos temas sin percusión fueron la propia y “doble oriental” (SIC) “Milonga Japonesa” (compuesta a poco de nacer su hija, según confesó Mario Gulla) y “Albañil” de Jorge Lazaroff. La rítmica volvió con “Post Crucifixión”, y Paolo Buscaglia tocando su batería con escobillas en la mano izquierda, y golpeando con la derecha los tambores a mano abierta. Pero con sutileza, nada de estruendo. Digamos que como una especie de John Bonham, pero bajo los efectos del Rivotril.
                Un tema que no está en ninguno de los cuatro discos de El Club de Tobi y que sonó ayer, fue “Mandolín” del “príncipe” Pena, presentado como amigo de la vida por Mario Gulla (me pregunto si habrán escuchado la hermosa versión que grabó Jimena Lopez Chaplin de esa canción). “Come together” es siempre un punto alto en sus conciertos, y el momento Marley de la noche se consuma cuando los uruguayos se transforman en la Pizzicatto Reggae Band y entre “Jamming” y “Get up, stand up”, construyen el momento de mayor improvisación, con citas a otras melodías, incluyendo un regreso fugaz a “Mandolín”.
                Si antes hablé de un show más energético, esa percepción probablemente se deba al recuerdo que me dejó la interpretación de “Foxey negro”, ese mix entre Hendrix y Ruben Rada, proveniente de su primer trabajo, “Anselmo” de 2003. “La bestia pop” y su cita a “Sweet dreams”, fue seguida de “Vencedores vencidos”, y el espíritu de Patricio Rey se hizo presente en la noche de Palermo. A propósito, me pregunto si el uso de esa versión de “Vencedores….” por parte del programa TVR tuvo algo que ver en el éxito de convocatoria, puesto que el salón estaba colmado. Aunque la verdad es que prefiero pensar que lo que haya movilizado a los oídos expectantes haya sido el boca a boca y las recomendaciones, que a la larga terminan siendo más beneficiosas para un grupo que un eventual y pasajero empujón de la TV.  Para el final hubo tiempo de promover la venta de “Tobismo”, de tocar “Fuck you” y de una especie de chiste de despedida con pasitos de cumbia incluidos. Mientras preparan un nuevo trabajo, prometiendo composiciones propias, El Club de Tobi volvió a pasar por Buenos Aires dejando ese encanto particular que provoca el sonido de las cuerdas y su manera tan límpida que revalorizar las melodías.
                Y como todo tiene que ver con todo, en una noche de cuerdas, no puedo dejar de citar que en el taxi de vuelta a casa sonaba la versión de “Black dog”, que Robert Plant hace como solista, y que tiene a  un violín africano como protagonista estelar. Nada puede ser casual, y si a alguien se le llegara a ocurrir lo contrario, la música siempre le va a encontrar la lógica que le dé sentido a esa comunión de eventos concatenados. Aunque no es mi caso, yo siempre preferí pensar menos en caprichos del destino y más en un universo misteriosamente ordenado por la música. Porque es la que en definitiva, ayuda a saltar charcos aún más grandes que el del Rio de la Plata.

               


domingo, 15 de septiembre de 2013

Bruce Springsteen en GEBA - El Jefe y la banda eterna





Cuenta la historia que Emily Eavis quería sí o sí a Bruce Springsteen para la versión 2009 de Glastonbury. Agendas y miles de otras cuestiones se interponían para conseguirlo, pero Emily hizo jaque mate cuando en su última movida le faxeó a Bruce un manuscrito del ya por entonces fallecido Joe Strummer, que empieza así: "Bruce es grandioso, y si no estás de acuerdo es porque sos un pretencioso marciano de Venus”. Y anoche, cuando después de tres horas y media de show ininterrumpido, el Jefe exhausto y desalineado, se queda solo en el escenario y se deshace en disculpas porque su pobre español le impide cantar la canción que deseaba regalarnos, porque los veinticinco años que pasaron desde su primera visita habían sido demasiado no solo para nosotros sino también para él, y se despide con su armónica y su acústica cantando aquello de “Well make a plan. Well, if you can’t make it, stay hard, stay hungry, stay alive. If you can and meet me in a dream of this hard land”, yo comprendí que aquellas palabras de Strummer tienen una dimensión aún mayor a las que siempre les había llegado a otorgar.
    El sábado frio me había llevado hasta GEBA casi sobre la hora, y mientras atravesaba vallados y pasillos llegué a oír la voz de Luciano Napolitano haciendo “Blues local”, cantando tan parecido a su padre, que hasta no verlo sobre el escenario uno no podía saber si lo que se escuchaba era él, un disco o el mismísimo fantasma del Carpo. Después “Hombre suburbano” y “Llegará la paz” (gran elección para abrirle un concierto a Springsteen) cerraron el mini set que yo llegué a presenciar. En el campo, al que ya se notaba que le iba a sobrar espacio, se mezclaban edades, voces, banderas e idiomas (muchos extranjeros aprovecharon la oportunidad de ver a Springsteen, había más que lo habitual en su show de estas características). Si bien la visión era buena desde todo el sector, encontré mi lugar justo delante de unas señoras que hablaban sobre los problemas de estabilización de su lavarropas nuevo. Problemas domésticos y pastillas de menta, podría ser el título para esa paciente espera.
    Contar un concierto de tres horas y media en pocos párrafos resulta tan imposible como improductivo. La suma de vivencias, imágenes imborrables y admiración absoluta que un artista como Bruce es capaz de provocar, quedarán en mi memoria como uno de los momentos más maravillosos que mi desaforada melomanía me permitió vivir. Una noche encasillada entre dos climas de puro éxtasis góspel (apertura con “This little light of me” y cierre con “Shout”, el cover de The Isley Brothers), y que tuvo en la euforia la expresión más adecuada para describir en una sola palabra las sensaciones que dejó el despliegue de Springsteen y su E Street Band. Euforia que producen temas como “We take care of our own” y “Badlands”, introductorios en la noche, pero que también que es contagiada por esa banda perfecta que pasa al frente orgullosa y colorida para “Death to my hometown”, y que en su estridencia resulta el mejor soporte para su titánico líder. El piano irresistible de Roy Bittan que mueve a corear cada uno de sus acordes, las guitarras de Nils Lofgren y el inoxidable Steve Van Zandt, la exquisita voz de Cindy Mizelle y el saxo de Jake Clemons, sobrino del inolvidable Clarence, son algunos de los nombres que se me ocurre destacar dentro de un combo que a la manera de banda viajera, hace de cada canción una auténtica celebración del rock y el sentir (norte)americano.
    Mas allá de tratarse de una noche más dentro del “Wrecking ball tour”, las canciones son de todas las épocas, y reflejan a la perfección los diferentes estados de ánimo en que fueron compuestas. En la últimas prima el optimismo (como en “Land of hope and dreams” con la que cerró la primera parte del concierto), pero hubo de todo. Bruce se sorprende con la inocencia de un niño y lanza un maravillado “I see the train!”, cuando un puntual convoy de la ex Mitre anticipa a “Downbound train”. Cuenta haber viajado miles de kilómetros para preguntarnos si podemos sentir el espíritu, antes de “Spirit in the night” y con ella desatar a la E Street Band en una formidable avalancha de blues. Su lado político felizmente no se concreta en panfletarias arengas, sino que aflora haciendo hablar a sus canciones, como el caso de “American skin (41 shots)”. En Chile fue políticamente más explícito e hizo una versión de “Manifiesto” de Victor Jara que emociona hasta las lágrimas, basta con buscar el video en la web.
    Bruce se pasea entre la gente, se arrima, se deja tocar y hasta comparte el micrófono a veces. Recoge los carteles con los nombres de algunas canciones y los guarda para tocar algunas a pedido (“Cover me” desató una verdadera fiesta). Pero cuidado: nada de demagogia. El público lo siente tan cerca y familiar, que durante “The promise land” la pantalla mostró a un tipo en la primera fila del campo, reclamándolo con un “Bruce, vení un cachito”. Tan perfecto y emotivo resultaba todo, que con la extraordinaria “Because the night” yo ya me sentía complacido y la lista recién iba por la mitad. Para “Waitin’ on a sunny day”, Bruce hace subir a un chico de unos once años al escenario a cantar con él, y ese pibe no se olvidará jamás cuando siguiendo la voz de Springsteen al oído, gira y ordena un “c’mon E Street Band” para que la banda le devuelva un estallido sonoro magnífico que nos divide entre seguir el ritmo y aplaudir el privilegiado chico. “Tundher road” demostró por qué sigue siendo un himno inoxidable, y con la nombrada “Land of hope and dreams” con citas a “People get ready”, se cerró la primera parte del show. Miré la hora en el celular y ya habían pasado dos horas y media; no lo podía creer.
    Podría hablar de regreso, pero el receso duró apenas segundos. En seguida Bruce estaba sobre el escenario de nuevo para hacer “We are alive”, canción que como él mismo contó, convoca a los fantasmas de la historia. Y tanto la ironía de “Born in the USA” como el espíritu rutero de “Born to run” armaron un combo que convirtió a la fría noche de GEBA en una hoguera se saltos, gargantas afónicas y brazos estirados para alcanzar y hacer sonar la Telecaster que Bruce ofrece corriendo por entre su gente. “Bobby Jean” fue otro de los temas tocados a pedido de los carteles del público, y la fiesta siguió con dos temas de “Born in the USA”: “Glory days”, (coreografía graciosa con Van Zandt incluida), y “Dancing in the dark”, invitando a una chica a bailar con él sobre el escenario, repitiendo la escena del video original, con la inocente Courtney Cox que por entonces ni soñaba convertirse en la Monica Geller de Friends. Y después otra más a la que le cuelga una guitarra para que imite sus movimientos y cierre el tema con la E Street Band ampliada por el histrionismo de la segunda y afortunada chica.
   El recuerdo para Clarence Clemons, fallecido en 2011, y para Danny Federici (2008) se concretó con sus imágenes en pantalla mientras la banda tocaba “Tenth avenue freeze out”. Y el turno del reconocimiento para cada uno de los integrantes de la E Street Band, llegó en el prolongadísimo y liberador “Shout” que nos dejó en éxtasis absoluto. Después llega el momento de la despedida en solitario, las innecesarias disculpas y la conmovedora “This hard land”, con la voz del Jefe haciendo gala de un envidiable estado, a pesar del frio, el viento y las tres horas y medias de concierto.
    Bruce Springsteen y Joe Strummer probablemente sean dos de los artistas más honestos y humildes que haya dado la cultura rock. Por eso no se me ocurre mejor forma de concluir la crónica que copiar las palabras con las que Strummer cierra aquella carta que cité al comienzo y que recordaba mientras caminaba lentamente buscando unas salida por Dorrego, mientras los parlantes nos despedían con una joven “negra” Sosa cantando “Solo le pido a Dios”: “Necesitamos gente como él. Un montón de discos de hoy son hechos por gente que solo busca alimentar su fama. Bruce es grandioso. No hay lamento, lloriqueo o queja. Hay solamente buena música, letras y un océano de talento. Yo? Yo amo a Springsteen”.




viernes, 13 de septiembre de 2013

Living Colour en el Teatro Gran Rex

Nunca había llegado tan sobre la hora a un concierto en el centro entre semana. El bendito Metrobus 9 de julio desvió el trayecto de la puntual y veloz linea 7, y para llegar al obelisco me fui con un 26 que tuvo que atravesar Corrientes atestada de autos. Por suerte en el mundo del rock la relación con los relojes no resulta obsesiva, y cuando me acomodé en mi butaca, el escenario todavía estaba repleto de técnicos conectando cablecitos y probando micrófonos. Hasta hubiese tenido tiempo de un copetín, sino fuera porque dentro del teatro las Saladix tienen precio de caviar.
A Living Colour ya los vi varias veces así que llegué con la certeza de que las expectativas desprendidas de la lejana compra de la entrada (Abril!) no serían decepcionadas. Y eso lo afirmo aunque uno está acostumbrado a verlos en shows en estrutura similares.De hecho, más allá de los diferentes momentos en los que llegaron al país, y de los discos eventualmente editados en cercanía con esas llegadas, sus shows se sustentan esencialmente en sus dos primeros discos. Y en este caso, a poco de entrar de nuevo al estudio, la excusa era celebrar el cumpleaños número 25 de “Vivid”, su disco debut.
Recuerdo que recibí a “Vivid” como una bendición. A fines de los 80 la electrónica parecía imponerse para siempre y la aparición de Living Colour, una cruza extraña entre Led Zeppelin, James Brown y Jimmi Hendrix me volvió fan irremediable; y aquel primer disco siempre resultó mi preferido. Esta aclaración no es inocente, porque esta definición en una crónica anterior motivó la aparición de una buena cantidad de adoradores en privilegio de “Times up” que generó una breve polémica.
Ahora bien: mas allá de los shows con esqueleto similar y la previsible fidelidad al disco homenajeado, cada concierto de Living Colour tiene una característica particular, y en este caso fue una mayor dosis de blues. De por sí abrieron el concierto con “Preachin' blues” de Robert Johnson. Pero no solo por eso hago la referencia, sino también por el look de Vernon Reid. Con sus pantalones beige, el combo camisa + chaleco y su sombrero, parecía teletransportado desde el Mississippi de los años '30. Corey Glover vestía un curioso delantal amarillo, como si el show lo hiciera en un alto de su jornada como soldador. Y en cuanto a la estética, lo de Dough Wimbish y Will Calhoun estuvo más a tono con el colorido habitual de la banda.
Después de la densa apropiación de Robert Johnson, llegó el momento de “Vivid” y la apertura con “Cult of personality” produce en la sangre el mismo burbujeo que hace veinticinco años. Corey Glover empieza a desfilar por las pasarelas laterales a las plateas y la energía se apodera de un Gran Rex, cuyas butacas ofrecieron un ambiente inusual para un concierto de los neoyorquinos. Después el estribillo pegadizo y el riff cortante de “I want to know” confirmaron un rumbo, que no por previsible, dejó de ser arrollador.
La interpretación en orden fidedigno de “Vivid” hizo que quede más claro el recorrido y rumbo original del álbum. Partiendo del rock filoso a lo Zeppelin, del estallido de rumbo imprevisible de “Middle man” y “Desesperate people”, transitando entre climas diversos, y derivando en un funk de ritmo irresistible. Si el slide inicial de Reid tenía reminiscencias bluseras, ni bien uno se topa con su pirotecnia sonora, sabe que aquel espíritu fue atropellado por el convoy Hendrix del Oeste. Aún así, la versión de “Amazing grace” de John Newton, con la que introdujeron el lucimiento vocal en tono soul de Glover en “Open letter (to a Landlord)” tuvo la cadencia de un blues rural exquisito. El cantante se luce haciendo gala de su amplio registro, aunque a lo largo del concierto por momentos abuso innecesariamente de los falsetes agudos a lo Ian Gillan.
El funk metálico de “Funny vibe” mostró a la banda en el momento más expansivo de la noche, y el “Memories can't wait” de Talking Heads volvió a hacerle honor al tema que cerraba el lado uno del disco que da nombre a este blog. Con el solo de bajo en “Broken heart”, Doug Wimbish volvió a recordarme cuán equivocado estuve cuando juzgué la partida de Muzz Skillings como irreparable. Y con “Glamour boys”, que con su funk pegadizo y su estribillo metálico, tal vez resuma mejor que otro tema el espíritu de “Vivid”, la gente volvió a reaccionar de pie. Durante el puente instrumental y latino del tema, el cantante rescata a una chica de la primera fila para terminar el tema entre baile, abrazos y besos.
“What's your favorite colour baby?” rescata no solo el espíritu de James Brown desde lo rítimico, sino también en ese ida y vuelta que se produce con el público, que devuelve como respuesta a esa pregunta el nombre de la banda, a modo de reverencia. Y “Wich way to America?” reproduce la fórmula de “Glamour boys”, pero con los dientes apretados. La guitarra de Vernon Reid termina con las cuerdas enrojecidas, y el fin del disco y por lo tanto de la celebración, nos dejó a la expectativa de lo que llegaría como postre.
Cada vez que un baterista comienza un solo, la primera pregunta que me hago es si es necesario. Más aún cuando la performance de Will Calhoun a lo largo del show no requiere de semejante despliegue de destreza para merecer reconocimiento individual. Sin embargo Will construye su solo como si fuera un tema. Se escucha una voz a la distancia, como un pregón que trae el viento, y a partir de allí oimos diferentes pasajes que suman la electrónica, y su característico show circense con los palillos iluminados en un escenario a oscuras. Después regresa la banda y con “Bi” (temazo de “Stain” - 1993) y “Love rears it's ugly head”, el concierto se cierra con citas a los dos discos que suceden a “Vivid” en la primera etapa de vida de la banda.
Para los bises la gente pedía a gritos “Elvis is dead”, pero Living Colour decidió despedirse con dos covers tradicionales en sus setlist. Primero “Sunshine of your love”, y el ingreso al escenario de Tarja Turunen, la ex Nighwish, quien desde 2004 pasa buena parte del año como vecina del barrio de Caballito. El registro soprano y los modos operísticos de Tarja le resultan tan extraños al clásico de Cream como la voz de Pity Alvarez a un cover de Evanescence. Pero Tarja es grande, corrige sobre la marcha, acomoda su voz a duo con la de Corey Glover, y el duelo de agudo con el que cierran la versión vale por sí solo el experimento. Aún así, la despedida de la cantante finlandesa no estuvo excenta de ironías, y un pibe al lado mío la saludó con un “Chau maría Marta”, con obvia referencia a la Serra Lima.
Si bien “Should I stay or should I go” nos entregó la energía de siempre, las butacas conspiraron contra el imprescindible pogo en el estribillo hardcore, aunque no consiguieron limitar a Corey Glover, que se paseó por las pasarelas y pasillos de toda la parte baja del teatro. Cerraron todos saludando abrazados, y mientras yo caminaba buscando una salida, pues descreía de que alguno de los palillos de batería o de las púas arrojadas en la despedida pudieran llegar a la parte alta del Gran Rex, lo hacía con la convicción de que ver a Living Colour en vivo es más seguro que jugar al PRODE con una tarjeta de trece triples.
El frío, la llovizna y la hora, me ahorraron la posibilidad de volver a putear al carril macrista sobre la 9 de julio y me subí rápido a un taxi. Mi agenda incluye a Bruce Springsteen el sábado, y había que descansar y cuidar la garganta.

(Las fotos pertenecen al facebook oficial de Living Colour)