jueves, 3 de octubre de 2013

Bicicletas en La Trastienda - Presentación de "Magia amor locura animal"

Magia, amor, locura animal. Estas palabras que bien podrían ser un compendio del universo que rodea a Bicicletas desde hace doce años, son además el atildado y preciso nombre del tercer disco de la banda, cuya presentación aconteció ayer en una concurrida noche en La Trastienda de San Telmo. Yo llegué con la abierta expectativa que me había provocado un disco, al cual en un principio miré con sospecha, que a la segunda escucha empecé a tomarle simpatía, y al que una vez puesto a prueba sobre un escenario, le auguro el mismo destino inamovible en mi Ipod que al resto de los trabajos de Bicicletas, incluyendo EPs, covers, y cuanto material esté dando vueltas por allí. Pero cuidado! Las conclusiones deben ir al final, y yo me estoy adelantando un poco.
A pesar de que la previa con buena música invitaba a adentrarse temprano en la sala, la gente prefirió quedarse afuera, esperar a los suyos y no entrar hasta último momento, o bien hasta que el insistente llamado del patovica de la puerta terminara por hartarlos. Yo sí entré temprano y me mandé directamente a la barra a buscar una empanada, porque mi organismo imponía la necesidad de un estómago lleno para aumentar la tolerancia a la suma de antigripales de la semana. De todas maneras no hubo que esperar mucho para que Bicicletas iniciara el show con “Sicario”, uno de los nuevos temas que guarda el espíritu del viaje que hicieran a Mexico hace un par de años, y que evidentemente dejó algunas huellas en su música. Los arreglos de la guitarra de Federico Wiske, el sintetizador contagioso de Ignacio Valdez y las voz inconfundible de Julio Crivelli, y todos los rasgos característicos de la banda dijeron presente de inmediato sobre el escenario.
El show fue de menor a mayor. No solo por el clima que se fue generando a partir de la sucesión en la lista de temas, sino porque la banda pareció afianzarse con el correr de los minutos y las nuevas canciones comenzaron a irradiar la frescura y la alegría que en su esencia pretenden. El espíritu del disco es festivo, muchos momentos invitan al baile, más que al éxtasis psicodélico de otros tiempos. De todas formas, este paso adelante, esta suma de ritmos y climas, no le quita a Bicicletas un ápice de identidad. “Magia” es un electro rock bailable que los convierte en los Franz Ferdinand locales. “Buen muchacho”, con una base que remite al Sumo circa “Mejor no hablar de ciertas cosas”, transmite toda su energía, y hace que los pasos que venían danzarines comiencen a convertirse en rígidos y persistentes. Y “Buen día” y “El viento” son canciones de un optimismo que, si bien no es inusual en la música de Bicicletas, pocas veces había sido expresado de manera tan elocuente.
Hasta ese momento solo habían tocado canciones del nuevo álbum, así que a la hora de sumergirse por primera vez en su discografía, viajaron (nunca mejor usado el verbo) hasta “Deslizate naranja”, (su primer EP de 2003). De allí hicieron “Elefantes” y luego de otra nueva (“Siempre”, que remite inevitablemente a esos primeros tiempos de Bicicletas), “Ojos”, como para los que no habían esuchado aún el disco nuevo, empiecen a sentirse a gusto entre sonidos reconocidos. Y “Pica pica” y su ritmo frenético y punzante, que disparó los primeros flashes, tan típicos en sus puestas lumínicas. A esa altura el show había alcanzado una temperatura que ni esas baladas somnolientas, con guitarras etéreas e hipnóticas, como “Adelante” y “El gran Houdini” consiguieron apaciguar.
Anoche el quinteto estuvo acompañado en todo momento por Sergei Grosny, quien aportó alguna programación, teclados y percusión adicionales. Aunque se trate de un solo músico más sobre el escenario, para una banda que construye su mejores arreglos a fuerza de sobreponer sonidos y texturas, el detalle no resultó menor, y le otorgó un plus más que valioso, que en los momentos de mayor contundencia del show, resultó fundamental. “El extranjero” también proviene de su experiencia mexicana. Ya lo habían presentado en la celebración por sus diez años en Niceto, y eso lo convirtió en el más rápidamente adoptado de los temas de “Magia amor locura animal”. “Un jueves” (otra vez el viaje hasta “Deslizate naranja”) se hermanó naturalmente con la nueva” Amigos”, una balada mid tempo que inevitablemente remite a esas primeras épocas. A “11 y 20” la oímos renovada, con los contagiosos teclados más al frente en la mezcla, y ese tramo del show se cerró con una (otra en realidad, porque siempre resulta así) infernal versión de “Granada y pasaíso”.
Como si hubiesen necesitado desembarazarse del disco nuevo para dar paso a la celebración de las canciones más conocidas, a partir de ese momento Bicicletas tocó en continuado las cuatro que les restaban presentar. Primero “Mañana”, otra muestra de optimismo, con Agustín Pardo abandonando el bajo y sumando un tercer teclado. “La gran fiesta” invitando a un baile lento, con algunos de los tips clásicos de la banda puestos en tiempo presente, como ese deseo de viajar al sol. “No pienses nena que lo que suena es novedad”, canta Julio Crivelli, como anticipando lo que llegaría después. “Pistolero”, el irresistible corte de difusión, fue el más cantado de los nuevos. Y con “Número 1” tengo que hacer una aclaración personal. Cuando la escuché la primera vez creí que a esa canción la iba a terminar odiando. Resulta una especie de chiste sobre lo que podría ser una insufrible canción del verano, y en muchos casos cuando la repetición le quita gracia al jueguito, la melodía no sabe sostenerse por sí misma. Sin embargo anoche se transformó en el climax del show. Los flashes avasallantes, el ritmo frenético, las guitarras perforando los tímpanos y unos Bicicletas desaforados en una performance brutal, que bien podría haber significado el fin del concierto, y nadie hubiese presentado queja alguna. Y aún cuando alguien lo hubiese pretendido, le habría llevado unos cuantos minutos salir del estado de shock, como para componerse en una queja creíble.
Finalmente llegaron los hits con una evocación a la noche de Abril de 2009, cuando en el mismo sitio, Bicicletas presentara “Quema”. Entonces “Pájaros” preparó el ambiente para que “Araña negra” sea el otro gran climax de la noche, con el grito de “piso la mierda de mi perro para tener suerte”, al cual la gente vocifera como un mantra enajenado mientras desde el escenario descienden las últimas dosis de energía. Y después “Quema”, para seguir agitando los espíritus a esa hora poseídos por la música y las luces. Pero si hay algo que Bicicletas sabe hacer es elevarte a esos grados de exaltación, y conseguir luego que el veloz descenso parezca en realidad un lento transitar por una atomósfera que entre chispazos de colores se amortigua y desvanece. Y casi sin darse uno cuenta, uno se descubre canturreando “Tren” y su despertar entre sábanas blancas.
El cierre fue con “Cara de rojo”, y el desafío al insufrible y lavado verde esperanza de Diego Torres. “Quiero volver a casa” canta Julio y cantamos todos tan convencidos, que los en extremo rigurosos hombres de La Trastienda, nos pusieron la música ni bien terminó el tema y nos privaron de un par de bises. O acaso no ameritaba “El sol” y/o su versión de “La casa del sol naciente” como para cerrar la noche con un plus? Pero claro, en La Trastienda se aprovechan de que ya no hay un Charly García (no hace falta aclarar que me refiero a aquel otro Charly García) que les haga notar a los sillazos, que diez minutos extra en el rock, es bastante más que tiempo recuperado en un anodino partido de futbol.



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