El sábado frio me había llevado hasta GEBA casi sobre la hora, y mientras atravesaba vallados y pasillos llegué a oír la voz de Luciano Napolitano haciendo “Blues local”, cantando tan parecido a su padre, que hasta no verlo sobre el escenario uno no podía saber si lo que se escuchaba era él, un disco o el mismísimo fantasma del Carpo. Después “Hombre suburbano” y “Llegará la paz” (gran elección para abrirle un concierto a Springsteen) cerraron el mini set que yo llegué a presenciar. En el campo, al que ya se notaba que le iba a sobrar espacio, se mezclaban edades, voces, banderas e idiomas (muchos extranjeros aprovecharon la oportunidad de ver a Springsteen, había más que lo habitual en su show de estas características). Si bien la visión era buena desde todo el sector, encontré mi lugar justo delante de unas señoras que hablaban sobre los problemas de estabilización de su lavarropas nuevo. Problemas domésticos y pastillas de menta, podría ser el título para esa paciente espera.

Mas allá de tratarse de una noche más dentro del “Wrecking ball tour”, las canciones son de todas las épocas, y reflejan a la perfección los diferentes estados de ánimo en que fueron compuestas. En la últimas prima el optimismo (como en “Land of hope and dreams” con la que cerró la primera parte del concierto), pero hubo de todo. Bruce se sorprende con la inocencia de un niño y lanza un maravillado “I see the train!”, cuando un puntual convoy de la ex Mitre anticipa a “Downbound train”. Cuenta haber viajado miles de kilómetros para preguntarnos si podemos sentir el espíritu, antes de “Spirit in the night” y con ella desatar a la E Street Band en una formidable avalancha de blues. Su lado político felizmente no se concreta en panfletarias arengas, sino que aflora haciendo hablar a sus canciones, como el caso de “American skin (41 shots)”. En Chile fue políticamente más explícito e hizo una versión de “Manifiesto” de Victor Jara que emociona hasta las lágrimas, basta con buscar el video en la web.
Bruce se pasea entre la gente, se arrima, se deja tocar y hasta comparte el micrófono a veces. Recoge los carteles con los nombres de algunas canciones y los guarda para tocar algunas a pedido (“Cover me” desató una verdadera fiesta). Pero cuidado: nada de demagogia. El público lo siente tan cerca y familiar, que durante “The promise land” la pantalla mostró a un tipo en la primera fila del campo, reclamándolo con un “Bruce, vení un cachito”. Tan perfecto y emotivo resultaba todo, que con la extraordinaria “Because the night” yo ya me sentía complacido y la lista recién iba por la mitad. Para “Waitin’ on a sunny day”, Bruce hace subir a un chico de unos once años al escenario a cantar con él, y ese pibe no se olvidará jamás cuando siguiendo la voz de Springsteen al oído, gira y ordena un “c’mon E Street Band” para que la banda le devuelva un estallido sonoro magnífico que nos divide entre seguir el ritmo y aplaudir el privilegiado chico. “Tundher road” demostró por qué sigue siendo un himno inoxidable, y con la nombrada “Land of hope and dreams” con citas a “People get ready”, se cerró la primera parte del show. Miré la hora en el celular y ya habían pasado dos horas y media; no lo podía creer.

El recuerdo para Clarence Clemons, fallecido en 2011, y para Danny Federici (2008) se concretó con sus imágenes en pantalla mientras la banda tocaba “Tenth avenue freeze out”. Y el turno del reconocimiento para cada uno de los integrantes de la E Street Band, llegó en el prolongadísimo y liberador “Shout” que nos dejó en éxtasis absoluto. Después llega el momento de la despedida en solitario, las innecesarias disculpas y la conmovedora “This hard land”, con la voz del Jefe haciendo gala de un envidiable estado, a pesar del frio, el viento y las tres horas y medias de concierto.
Bruce Springsteen y Joe Strummer probablemente sean dos de los artistas más honestos y humildes que haya dado la cultura rock. Por eso no se me ocurre mejor forma de concluir la crónica que copiar las palabras con las que Strummer cierra aquella carta que cité al comienzo y que recordaba mientras caminaba lentamente buscando unas salida por Dorrego, mientras los parlantes nos despedían con una joven “negra” Sosa cantando “Solo le pido a Dios”: “Necesitamos gente como él. Un montón de discos de hoy son hechos por gente que solo busca alimentar su fama. Bruce es grandioso. No hay lamento, lloriqueo o queja. Hay solamente buena música, letras y un océano de talento. Yo? Yo amo a Springsteen”.
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