sábado, 29 de diciembre de 2012

Kevin Johansen + The Nada + Liniers en el Teatro ND Ateneo


                Ayer, mientras iba al ND Ateneo al recital de Kevin Johansen con su banda The Nada, y que contaba, como en otras oportunidades, con el aporte del dibujante Liniers, pensaba en otros casos de relación tan directa entre la música y el dibujo. Y seguro debe haber sido por la fecha, tan cara a los gustos de Patricio Rey, que lo primero que se me vino a la cabeza fueron los aportes del “mono” Rocambole para los trabajos de Los Redonditos de Ricota. No voy a hacer, ni me interesa hacerlo, una comparación entre la perversidad y la elocuencia de aquellos dibujos con la candorosa ingenuidad propia de los de Liniers, pero sí tengo que decir que llegar al teatro con esas imágenes me obligó a tomarme un respiro para adaptarme a la inocencia bien entendida que se respiraba adentro.  Eso sí, una vez en clima, la cosa se hizo más fácil y dejarse llevar por la múltiple propuesta resultó más que sencillo.
                La historia no tiene muchos prolegómenos: ni bien se apagan las luces, y cuando el telón se va levantando lentamente, los artistas ya están ubicados en su sitio, y “Amor finito”, el tema elegido para abrir el concierto, ya había empezado a sonar cuando todavía el escenario estaba cubierto.  Kevin Johansen ocupa el centro y a su derecha está sentado Liniers garabateando sus primeros gráficos, cuyo proceso de creación se puede observar  sobre la pantalla que cubre el fondo del escenario.  Después tocaron “Desde que te perdí” y “En mi cabeza”, del primer disco de The Nada, al que Kevin definió como un catálogo de obsesiones.  Y esa será la fórmula de ahí en más: Kevin Johansen y sus canciones entregando consignas para que el dibujante improvise dibujos a tono con las palabras y los sonidos que guían su inspiración.
                En términos estrictamente musicales, el show tiene como eje el último trabajo de Kevin Johansen + The Nada, es decir “Bi”, un disco doble dividido por una impronta tropical y rioplatense en el primer volumen, y un sonido de pretensiones más rockeras en el segundo.  Y esos vaivenes están muy marcados en el show, cuyo clima varía a merced de esos distintos tonos. Eso sí, la atención que pone el público en la construcción del trabajo del dibujante, hace de la experiencia una situación tan fascinante como compleja.  El show dura alrededor de tres horas y consta de una innumerable sucesión de canciones breves, con lo cual testimoniar el orden de los temas resultaría tan tedioso como inútil. Puedo, eso sí, citar algunos pasajes destacados. Como el delicioso aporte que significa la segunda voz del bajista Juan Alvarez en “Tan fácil”, (en el álbum grabada junto a Paulinho Moska), o los celebrados solos de armónica, saxo y guitarra en “McGuevara’s o CheDonald’s”. Johansen es dueño de un ingenio que le permite cantar con ironía tanto sobre paradojas sociales como sobre dilemas existenciales. Jamás caerá en el trazo grueso de, por ejemplo, un Copani, y lleva adelante el show con una dosis de sutileza que contagia. A su lado Liniers hace del dibujo una experiencia de improvisación jazzística, aunque en algunos casos la pantalla muestra animaciones y dibujos pre grabados.  Adaptaciones propias de Flanders y Homero Simpson sirven para graficar el conflicto de los “Vecinos”, y su personaje Enriqueta le pone calidez a “Hamaca”. Más tarde la letra completa de “Everybody knows” se irá sucediendo en hojas que son descubiertas de a una mientras Kevin hace su versión del clásico de Leonard Cohen.
                Hay una cuestión importante: la variedad de disciplinas no se detiene en la música y el dibujo, sino que también el humor de estilo stand up está presente en todo momento de la noche. Los diálogos entre Kevin Johansen y Liniers son recibidos con sonrisas y carcajadas, y son componente esencial del show. Y ese cúmulo de situaciones se producen de manera simultánea, con lo cual obliga a la gente a tener varios de sus sentidos puestos al máximo de su atención para no perder detalle. En mi caso además se sumó el del olfato, ya que llevo grabado en mi nariz la más espantosa fragancia, que para mí, es el aroma del perfume de la señora que tenía sentada al lado. Hay baile (el breakdance de Liniers en un “Take on me” a dos charangos), juegos de palabras (“Hotel California” devenido en “Hotel Patagonia”), referencias de actualidad (dicen que es más probable que se amiguen Clarin y el Gobierno, antes de que yo haga un agudo, cuenta Kevin en “Oops”), e historias relatadas en un tono monótono digno de Leo Masliah, como en la introducción de “Timing”. La complicidad entre el cantante y el dibujante es absoluta y con todos esos aditamentos, Kevin Johansen y Liniers hacen del concierto una auténtica celebración de la amistad.
                Además de los dibujos, se pasaron un par de videos: el make up de las fotos de Kevin Johansen y Liniers convertidos en John Lennon y Yoko Ono (que forma parte de la gráfica publicitaria del concierto), y el estreno de “No digas quizás”, con la participación de Lisandro Aristimuño (con cita en vivo a “You can’t always get what you want” de Rolling Stones). En lo musical se destaca la versión folk de “Modern love” de Bowie, la festejada “Daisy” y hacia el final el clásico “Down with my baby”. Los dibujos más logrados son la cita floydeana en “Dark side of me” y “El grito” de Munch como gesto desesperado para suplicar “No me abandones”.  Y ambas disciplinas encuentran la mayor empatía en “Cumbiera intelectual” (imposible no emparentarla con la “Cumbia epistemológica” de Les Luthiers), en donde una referencia a Piet Mondrian sirve como disparador para un cambalache que incluye a Luis Majul, Bucay, Ari Paluch y Victor Hugo Morales (???). Antes también había recibido sus palos Alex Ubago en “S.O.S. fashion”. “Anoche soñé contigo” es el tema elegido para cerrar el concierto antes de una prolongada sesión de bises.
                El regreso al escenario incluye la repartija de algunos de los dibujos de Liniers que son arrojados a la platea bajo la forma de avioncitos de papel. Y lo primero en sonar es un meddley entre “Ni idea” y “So lazy”, canciones interpretadas a pedido de la hermana de Kevin. Después “Apocalypso” y “Sur o no sur” contagiaron su ritmo seguido por las palmas de la gente, y luego Liniers y Kevin Johansen intercambiaron los roles. Entonces fue el cantante el que intentó graficar la musicalización de “The fly”, el poema de William Blake (mucho Lou Reed allí, Mr. Liniers), y un “Knocking on heavens door”, en donde el dibujante imita la voz nasal de Bob Dylan, que termina por devenir en los aullidos de Axl Rose. Los dibujos serán juzgados con humorística severidad por Liniers, y el recital entró en su final definitivo con “Guacamole” (trencito incluido en la platea)  y el clásico “Fin de fiesta”. 
Cuando me iba, detrás de la consola un hombre llevaba un remera con la inscripción “Del deporte se puede salir”, y me fui pensando cuánto demorará Kevin Johansen en hacer una canción con eso. Eran más de las doce y el día de los inocentes ya había terminado, sin embargo me subí al taxi de regreso con la convicción de que la inocencia esta vez, sí que había valido la pena.
                

martes, 11 de diciembre de 2012

Festival Rock y Reggae DIA 3 - Mimi Maura, Dancing Mood, Onda Vaga, El Cuarteto de Nos

El domingo fue un día raro. Había muchísimas opciones y de todo tipo para decir presente. Estar en San Juan con el debut de Ramón Diaz en el banco de River, o en la Plaza de Mayo en el Festival por la Democracia y los Derechos Humanos eran dos de las opciones por las que el corazón hacía más fuerza. Pero también la tercera fecha del Festival Rock y Reggae en el Microestadio Islas Malvinas, una interesante propuesta de fin de año y que incluyó dos tarde/noche más, además de la del domingo. Novedosa y ambiciosa propuesta, porque un evento de esas pretensiones sin sponsor resulta todo un desafío en sí mismo, más allá del prestigio de la grilla (que incluyó nombres como Guasones, Bersuit y La Vela Puerca). Pues bien, entre la política el futbol y la música, esta vez prevaleció la música, y allí fui para Paternal en el domingo caluroso de Buenos Aires. Mientras tanto el celular traía las alegrías de los goles de Sanchez y Lanzini, y me enteraba también de la masividad del festejo democrático en la plaza.
Llegué cuando arrancaba Mimi Maura con “Todos los días de sol”, para pegarle en seguida “Canción a Nereida”, ambas de “Dias de sol”, el último disco de la banda que ya tiene buen rodaje, puesto que se editó en 2009. Supongo que cantar la canción con la que Mike Acevedo, padre de la cantante, le dedicara su amor a la madre de Mimi debe significar para ella una emoción muy particular, pero hay que decir que la pasión y la entrega de cada una de las interpretaciones tienen ese mismo condimento. Hacía mucho que no veía a Mimi Maura en vivo, y en su caso uno no espera evolución ni sorpresas, sino esa intensidad con la que viste de encanto caribeño a cada canción, más allá del ritmo y los diferentes climas. Por momentos prevalece la intimidad con “Al borde del tiempo”, “ Loiza aldea”, pero lo más festejado llega con canciones como “Ya no lloro más”, en las que la gente pareciera tomar impulso. A decir verdad el horario relativamente temprano en el que tocaron hizo que muchos chicos se vayan sumando al show a medida que este avanzaba, y tal vez por eso el calor llegó al final, con más gente, pero también con la llegada de los clásicos como “Otra copa” y “La huella”. El cierre de su set los encontró, considerando las premisas de rock y reggae que proponía el festival, asumiendo su identificación con la segunda palabra, y la versión de “Judge not”, el tema que Bob Marley que grabaran para el tributo de 2004.
No quiero ser injusto con las bandas que tocaron antes, porque resulta que el Festival arrancaba muy temprano, a la hora en que mi aparato digestivo culminaba por metabolizar las pastas domingueras. Así que apenas me limito a nombrar a Prófugos del Borda, Hernán Biondi y a Heladeros del Tiempo, quienes se encargaron de ponerle música al primer tramo de la fecha y de los que no puedo hacer ningún comentario.
Entre cada show había que salir a tomar aire, porque a pesar de la buena circulación en el estadio, los 30º se hacían sentir. El predio estaba muy bien aprovechado, con un puesto de helado, un patio cervecero y varios puestos de ventas de Cds y remeras en la parte exterior del estadio propiamente dicho. Eso sí, los precios de las bebidas y comidas parecían tener la intención de financiar la parte de los costos que la ausencia de sponsor no alcanzaba a cubrir. De todas maneras la cerveza encontró muchos adeptos.
El caso de Dancing Mood es especial, porque era la banda de todas las que tocaban ayer la que más intriga me provocaba ver. Más que nada porque me resultan una gran deuda ya que todos las veces que los escuché me prometí dedicarles una atención más exhaustiva, cosa que siempre terminé postergando. Pues bien, ayer finalmente me di el gusto de estar frente a esta Big Band, auténtico catálogo de músicos de la escena reggae/ska local. Fue el trompetista y líder Hugo Lobo quien tomó el centro del escenario, manejando todos los hilos de la orquesta. No casualmente vestía la casaca de Cuauhtémoc Blanco, como para que no queden dudas de quien marca los tiempos en ese conjunto. A decir verdad tanto Lobo como el saxofonista Sergio Colombo, en realidad volvían al escenario, pues ya habían estado sobre él como miembros de Mimi Maura. Con base en el ska jamaiquino, temas como “Take five” o “Dandimite” son la escusa para el despliegue individual de solos que se van sucediendo en una improvisación jazzera que permite citas y juegos melómanos en los que se descubren desde clásicos como “Rezo por vos”, temas tribuneros como “Muriendo de pena” de Ruben Rada, hasta citas fiesteras con el “Ilarie” de Xuxa. Con adaptaciones de clásicos como “Take the A train” y con The Skatalites como guia y referencia absoluta, mantuvieron a la gente en un leve, cansino y permanente baile, mientras arrancaban aplausos a fuerza de intervenciones solistas en especial de los vientos, aunque también se destacó un solo de guitarra de matriz “santanesca”. “Latin goes ska” y el coreado por todos “No me pisen las flores” fue la única parte vocal de un set íntegramente instrumental que nos dejó a todos con una enorme sonrisa y bien a punto para disfrutar de Onda Vaga.
Cuando entré para ver a Onda Vaga confieso que lo hice con prejuicios, porque los había visto en el Festival que cerró Café Tacuba en el Planetario y me habían parecido bastante frios. Mas allá de la simpatía que me producen sus canciones tenía esa deuda, que adelanto, saldaron por completo. Después de la “Vaguiseñal”, “Marineros” puso de buen humor a todo el mundo. Y a partir de allí mantuvieron a la gente cantando todas y cada una de las canciones, que los pibes se saben de memoria. “Ya” y “Me pega fuerte” son dos buenos ejemplos de la atmósfera fumona de sus letras y melodías. Pero también muestran que saben apropiarse de canciones ajenas, como el caso de “Como que no? De “el príncipe” Gustavo Pena en la que incluyeron cita de “La saeta”, aquel poema de Antonio Machado que musicalizara Serrat a fines de los 60. La invocación de Gustavo Pena funcionó como gesto para con los uruguayos que venían más tarde y que no fueron los únicos, porque La Vela Puerca había estado a cargo del cierre de la fecha 2 del festival. “Baila”, “Jovens”, “Vayan a ser” (“va a nacer una pena en una flor, una oreja en tu caparazón” los pibes son definitivamente delirantes) son una mezcla de inocencia e ingenuidad, que a veces resulta natural y otras bañada de sarcasmo. Tocaron un tema nuevo, en “Rayada” abogaron por el fin de la violencia de género y con “Sequía de amor” parecieron cerrar un set, que terminó por ser un gran fogón bajo techo. Pero la gente pidió más y en un guiño inusual en estos festivales (tal vez aprovechando la disponibilidad de tiempo que había dejado el cambio de fecha de Bersuit, inicialmente programado para ayer), les dieron unos minutos más, en los que los Onda Vaga regalaron “Mambeando”, la frenética “Cartagena” y “Te quiero”. Aunque a decir verdad el final quedó a cargo del público que se quedó coreando “El experimento” mientras los plomos reacomodaban el escenario.
Antes de El Cuarteto de Nos pasaron varias cosas. En primer lugar la demora entre banda y banda se prolongó más que los intervalos anteriores, pero una de las diferencias más notorias fue el público, que se renovó en buena parte. Domingo tarde y un lugar en el que no abundan los medios de transporte influyó, aunque el principal motivo tuvo que ver con que El Cuarteto de Nos y las bandas reggae no comparten el 100% del público. De hecho buena parte de la gente con las remeras de “Porfiado” se quedó afuera tomando fresco durante los shows de Onda Vaga y Dancing Mood. No eran muchos, pero eran los que más agitaron en la previa que se demoraba, y los que consumieron toda la energía en la hora y cuarto que duró el show de los uruguayos. Que abrieron con “Algo mejor que hacer” y “El hijo de Hernandez” en una seguidilla que despabiló a todos, como un sopapo que despertó a los que quedábamos, cuando hasta entonces el humo no había hecho otra cosa que acercar a los estómagos bajoneados a los super panchos de precio inaccesible. Suponiendo estar frente a un público no del todo propio (solo en una mínima parte puede llegar a ser cierto), El Cuarteto de Nos apeló a la energía y dieron el show más potente de todos los que les llevo visto. Compacto y demoledor, casi punk por momentos. Se olvidaron de temas como “Mi lista negra”, y sacaron a relucir su repertorio más rokero, al que solo le dieron respiro con las intervenciones de Tavella (entre ellas “Enamorado tuyo”, con notorios problemas de sonido), aunque “No te invité a mi cumpleaños” también sonó más enérgica que de costumbre. Tal vez la única concesión en serio a ese clima fue “Todos pasan por mi rancho” en el que insólitamente la gente se sentó en el piso del Malvinas. Si hasta ese momento la tercera fecha del Festival Rock and Reggae se había caracterizado por el baile tenue y el tarareo hipnotizado, con el Cuarteto todo fue desborde. Los fans más aguerridos no interrumpieron el pogo en ningún momento, y ni siquiera midieron el enorme costo de las botellitas de agua fría que se vacíaron entre ellos en medio de los saltos. Con “Nada es gratis en la vida”, los desaforados “Buen día Benito” y “Miguel gritar”, mas “Yendo a la casa de Damian” el Microestadio Malvinas quedó regado de sudor. Y a pesar de la hora, el calor y lo poco práctico del estadio como para salir a esa hora, a nadie se le ocurrió irse sin pedir una más. “Me amo” e “Invierno del '92” cerraron el set del Cuarteto, la noche y el festival todo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Joss Stone en el Luna Park

Yo ya había pasado por esto. Dos años atrás había estado en la misma situación. Había salido de un recital con tal grado de exitación que no me imaginaba la manera de cambiar de estado para imbuirme en el clima de otro recital de tono absolutamente diferente, apenas un solo día después. Aquella vez fueron los Pixies los que me dejaron enchufado, esta vez fue el turno de Pulp. Y en 2010 la encargada de bajar los decibeles fue Regina Spektor, esta vuelta la tarea le correspondía a Joss Stone. Y la palabra mágica, tanto en aquel caso como en este, fue encanto. Con diferentes argumentos y atributos, pero ambas cantantes son capaces de irradiar el mismo halo de magia que transporta, en apenas unos minutos, a ese otro universo tan diferente e igual de placentero. Encima el frente frio que redujo diez grados la temperatura de la ciudad, no pudo ser más oportuno.
Otra vez llegué cuando una tal Coral estaba terminando su show, nada para decir al respecto. Pero la espera fue amenizada por una especie de comedia protagonizada por un vendedor ambulante de cd's orginales, que recorría las tribunas con un cajón de madera de esos en el que suelen llevar mani y sugus confitados. La reacción de la gente ante la oferta de cd's orignales fue de absoluta extrañeza, como si se tratase de un producto retro. El tipo fue insistente, pero no vendió ninguno. Un recital extraño, al menos para mi costumbre, en cuanto a la variedad de público: algunas mujeres con vestidos de noche, y gente repasando con carilina la butaca antes de sentarse. Un espanto, porque aunque la chica que canta es rubia, venimos a escuchar música de negros.
Joss Stone entra al escenario con un largo vestido lila cuando la banda ya empezó a tocar “(For God's sake) give me more power to the people”, el clásico de The Chi-Lites incluído en “The soul sessions Vol. 2”, un sexto disco que supuestamente la devuleve a las fuentes que en realidad nunca abandonó del todo. Pero lo que sí se retoma es el formato de aquel primer trabajo que lanzó a Joss Stone al estrellato: clásicos (y no tanto) del soul, covers de otros estilos bien arreglados al tono, y un sonido vintage que revive el espíritu con el que Motown y Stax signaron a la década del '60. El segundo tema “While you're out looking for sugar”, también del último disco, termina por delinear el rumbo de la noche. Y con un meddley entre “You had me” y “Super duper love”, la británica termina por comprarse al público porteño.
El programa que repartía la acomodadora (al margen de que constaba de tres párrafos que decían exactamente lo mismo, pero en difrente orden) describía a Joss Stone como joven y bella cantante. No es casual esta presentación, y no lo digo solo porque lo de joven y bella sea una obviedad. Joss Stone sabe muy bien como sacar provecho de su figura, su rostro y su (no tan) breve trayectoria como cantante. Porque el hecho de haber grabado su primer disco con apenas quince años la coloca en el lugar de niña eterna. Y el coqueteo adolescente con el que perversamente juega con la platea la convierte en una seductora de altísimo voltaje. Mira de reojo, se sonroja, se tapa levemente la boca, se sonríe con una inocencia impostada capaz de convencer al Lester que compuso Kevin Spacey para “American beauty”, de que se vuele la tapa de los sesos ahí mismo. Cada tanto se vuelve hacia la parte trasera del escenario en donde la espera un tecito con el que mantiene la garganta a punto. Se muestra tímida, fragil y a cada paso y movimiento se consolida elegante y sutil. Juguetea con esa pose inocente, pero a la hora de las interpretaciones su voz se expresa con todo el caudal y expresividad que se le conoce. Sin abusos, dosificando los climas, haciendo gala de una versatilidad asombrosa. Porque en ese aspecto, Joss Stone nació madura. Tanto es así que supo conducir su carrera por los caminos que ella eligió, y a los cuales supo incorporar hip hop, blues, pop, reggae, R&B y otros estilos, sin jamás renunciar a convencionalismos comerciales que en su ambición la conviertan en un producto multiplatino pero vacío. Ya se sabe: siempre cerca de un joven talento está el riesgo de caer en manos de un Emilio Estefan que le haga grabar “Aquel bahiano”, o algún otro espanto por el estilo. A Joss Stone le colgaron el cartelito de Aretha Franklin cuando tenía apenas quince años y sobrevivió; no es moco de pavo.
La banda que la acompaña (todos negros) sabe todo lo que tiene que saber. El grupo formado por bajo, guitarra, batería y teclados, más tres corista y tres vientos, tiene ritmo, intensidad, maneja los volumenes a su antojo y dosifica el lucimiento individual en privilegio de un sonido compacto que a la hora del funk se vuelve irresistible (el slap del bajista es fundamental en este aspecto). Pasan “Teadrop” también del último disco, y “Jet lag” ( de “Mind, body and soul” primer disco en el que la cantante participó como co-compositora), y cuando la temperatura de la banda llega a su climax, entonces Joss se destapa con una versión acústica y despojada de “Landlord”, bellísima creación compuesta en conjunto con Dave Stewart, productor del muy buen disco “LP1” (2011). “I don't wanna be your landlord anymore” canta la rubia mientras esconde los ojos detrás de su cabello, y el Luna Park irremediablemente se rinde a sus pies.
El tramo final del concierto encadenó un meddley de seis temas que nos dejó sin respiro y en el cual aprovechó para citar a todos sus trabajos. Así fue que tuvimos a “Bad habit” (de “Introducing Joss Stone” - 2007) y “You've got the love” (de “Colour me free” - 2009). En “Put your hands on me” hace un lindo juego vocal con las coristas (dos mujeres y un varón, que cuenta también como dama), y que aprovechan para lucirse. Porque a decir verdad el coro está contenido, refuerza algunos estribillos, y poco más: la mezcla destaca todo el tiempo a la voz principal. Para la despedida con el cover (más que cover, reinvención) de “Feel in love with a boy” de los White Stripes, el guitarrista mete un solo distorsionado, casi metalero, que pertenece a otro show, a otra fecha y a otra dimensión. La gente aulla igual (algunos insufribles aullaron toda la noche, pero era parte del riesgo que yo asumí al comprar la entrada), y después sí el reconocido fraseo que es seguido por la gente y su “oh, oh, oh, oh, oooh, oh”. Una versión mas potente que la grabada en “The soul sessions vol.1”, y que significó el final del show.
Un ratito se demoró la británica para volver y allí nos regaló “Right to be wrong”, cuyo final se vio demorado porque cada vez que Joss se aprestaba para el cierre a capella, un “I love you” llegaba desde la platea, y sus risas conspiraban y quebraban su concentración. Por suerte los gritos cesaron y la garganta de Joss Stone tuvo un último instante de lucimiento. Después, mientras sonaba “Tell me what we're gonna do now”, fue presentando a sus músicos, y saludando por última vez a los más privilegiados lugares de la platea. Joss Stone se fue repartiendo flores blancas y sonriendo con esa ingenuidad impostada con la nos sedujo toda la noche. Yo me quedé con las ganas de su versión de “The high road”, pero no hubiese tenido coraje de reprocharle nada. No faltará oportunidad.

 
(La crónica específica del show terminó, pero hay algo que me veo obligado a contar. A la salida fuimos con mi hija al Burger King de Florida y Corrientes, y los paspados que atienden el local, y que tienen menos reacción que la defensa de River en las pelotas paradas, cuando vieron que se juntaba mucha gente, dijeron “uh....”, y se asustaron. Es increíble. Los pibes de McDonalds ven mucha gente y se exitan, los de Burger se inhiben y se culpan ante el éxito. Son los Kurt Cobain de las hamburguesas)


jueves, 22 de noviembre de 2012

Pulp en el Luna Park

A esta historia la voy a comenzar a contar desde Marzo de 2008. Jarvis Cocker había llegado por primera vez a la Argentina para dar dos shows en La Trastienda presentando su primer disco solista. Hacia el final del primer recital nos ilusionó con un “ahora voy a tocar un tema de Pulp.....Fiction”. Turro, muy turro el remate. Y mentiroso además, porque el tema en cuestión (“Little green bag”), en realidad pertenece al soundtrack de “Reservoir dogs”. Cuatro años estuve con la jodita atragantada. En medio una expectativa enorme por su juntada con Steve Albini para un segundo disco solista, cuya concreción demostró injustificada. Y una vez conocida la reunión de Pulp, la ilusión de que aquella performance de 2008 termine resultando apenas un aperitivo de algo más grande. Que funcione como funcionó el show de The Breeders para los demorados Pixies, conciertos también unidos por una imaginaria linea entre La Trastienda y el Luna Park. Y así como en Mallorca alguna vez nació el “Waiting for Waits” para esperar al gran Tom, la ansiedad en la Argentina fue creciendo hasta que desde Niceto, bajo la sugestiva pregunta ¿Viene Pulp?, empezaron a llegar los primeros síntomas de la concreción del sueño.
Entré al Luna Park cuando Les Mentettes Orchestra estaba terminando su set. Los shows entre semana me están retaceando la posibilidad de disfrutar de las bandas soporte y la verdad me jode bastante. Pero por otra parte después de una jornada por encima de los 30º C en Buenos Aires, uno necesita una ducha antes de volver a salir de su casa, más cuando el rubro “sucio y desprolijo” no está contemplado en el universo de la estética Pulp. El escenario estaba cubierto por un telón negro traslúcido sobre el que, ni bien se apagaron las luces, los laser comenzaron a dibujar preguntas y advertencias: ¿Están dispuestos?, ¿Vamos a pasarla bien? No queremos problemas ¿Tomamos algo? Inlcuso a la pregunta ¿Quieren ver un delfín?, siguió la imagen de dos delfines zambulléndose en un mar verde fluor. Graciosa la presentación, que nos hizo saber lo divertido que podría ser el Infotrans si Jarvis Cocker fuera chofer de colectivo. ¿Se acuerdan de la primera vez?, preguntan los laser a un público virgen de esa experiencia, antes de que se enciendan de a una, por detrás del escenario, las letras de neón que forman el nombre del grupo. El telón recién cae cuando llega el estribillo de “Do you remember the first time?” y uno ya está feliz antes de saber cuánto le queda por celebrar.
Los que habíamos visto en 2008 a Jarvis sabíamos muy bien qué tipo de performance es capaz de producir en vivo. El tipo es simpático, irónico, a veces humilde y otras algo sobrador. Intenta hablar (leer) en español, apela a frases cotidianas y porteñas (tirar la casa por la ventana, la noche está en pañales, la verdad de la milanesa, chiche bombón) provocando una mezcla de sonrisas y exclamaciones jocosas. Cuando la gente canta por él (la palabra Pulp es imposible de incluír en la métrica del clásico “ole, ole, ole...”), Jarvis hace encender las letras de neón para resaltar al grupo por sobre su figura. La banda suena potente y de entrada queda claro que nadie escatima en cuanto a volumen. “Pink gloves”, “Razzmatazz” y la bella “Something changed” (con Jarvis con la acústica colgada por primera vez) son momentos para ir entrando en calor, pero a partir de “Disco 2000” la cosa nunca volverá a ser igual. Y cuando digo la cosa no me refiero solo al show, ni a la noche, sino a la vida de cada uno que haya estado allí dentro. El Luna Park se transforma en una discoteca gigante. Un mundo de neón, humo y electricidad. Todo es exagerado y nunca kitsch. Los laser hieren los ojos, el tipo de anteojos de marco grueso reparte golosinas, recibe otras (alquien le arroja una Vauquita), se sacude en espamos, baila, canta igual de bien que en los discos y se entrega por completo al show. El día de la música es hoy, sentencia Jarvis, adelantando el santo de las Cecilias, y aprovechando el cabalístico número 211112 que se forma con la fecha del show. Y tiene razón, después de lo de ayer van a tener que cambiarlo.
Las canciones son todas clásicos. Haciendo base en el período de mayor éxito de la banda (“His'n' heres”, “Different class” y “This is hardoce”) Pulp ofrece un repertorio seguro: “Sorted for E's & wizz”, “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.”, “Like a friend”. Las canciones son delicadas, exquisitas y todas explotan en estribillos que mueven a la euforia. En eso Pulp es al pop lo que Wagner a la música clásica. Grandilocuencia, pero sin valquirias que inciten a arrojar napalm desde un avión o a invadir Polonia, sino, a lo sumo, que mueven a salir a correr en pelotas por la costanera con una botella de whisky en la mano. Desenfado, abuso, exaltación, goce y éxtasis. Pulp.
En medio de esa celebración, Jarvis Cocker se escapa de la fiesta, se encierra en un cuarto reservado y después de seducir de manera bizarra con “Underwear” se introduce en la perversión de “This is hardcore”. “This is hardcore” es sexo al límite. Es cuero, cadena, violación de la intimidad. Es el labio mordido hasta sagrar, el estremecimiento que produce el surco que deja el filo de un cuchillo recorriendo la piel desnuda. Son las palabras pero también la densidad de los arreglos, la melodía, la veneración oscura e inmoral. El clima de tensión sexual que despide la banda desde el escenario en ese tramo, hace quedar al “Pornography” de The Cure como el video de una fiesta de bautismo. Jarvis Cocker termina en el piso, meciéndose sobre un cuerpo invisible mientras cierra la sesión con un inapelable “What exactly do you do for an encore?, cos this is hardcore”.
Después de eso “Sunrise” es apenas como un coctel de cortesía servido en el “Bar Italia” que lo sucede. Y narrar lo que ocurre cuando suena “Common people” merece una crónica aparte. El éxtasis al extremo, las saltos, el pogo y el baile en un solo movimiento espasmódico y desenfrenado que hace del Luna Park un crisol de sudores que hierven en una temperatura inusual. Antes hablé de euforia y en ese momento la euforia llega a su clímax. Queremos ser gente común y corriente, pero en ese momento somos todos especiales y únicos. La adrenalina conduce cada movimiento y cuando Jarvis Cocker se derrumba sobre el escenario, la entrega y devoción de la gente es absoluta. Y los (pocos) que se van, lo hacen un poco por el horario, pero otro poco porque saben que nada de lo que pueda suceder después va a poder superar ese momento.
Pulp sabía de nuestra espera y ansiedad y por eso se tomó buen tiempo para dedicarle a los bises. “Mile end” (de la banda de sonido de “Trainspotting”) y “Little soul” fueron suaves caricias para los que todavía no habíamos recuperado el ritmo de la respiración. Después “Help the aged”, ese extraordinario tema de “This is hardcore”, con una letra magnífica que derrumba más prejuicios que cualquier publicidad emotiva de la ANSES. Uno no puede dejar de pensar en los versos, aunque Jarvis ha declarado hace poco que no es bueno leer las letras mientras se escuchan la canciones (lo que presumo es un burdo argumento para que compremos sí o sí el reciente libro “Madre Hermano Amante” que compila todas sus letras). Y mientras nosotros intentamos olvidar de que nada dura para siempre, “Mis-shapes” es la encargada de dar por fin a ese primer tramo de la extensa despedida.
Las luces nunca se encendieron y algunos plomos reacomodaron micrófonos e instrumentos. Había más, y ese premio adicional fue con “Live bed show” y su coro irresistible. Y un “Party hard” como gesto para los que, a pesar de los hits, a la hora de hacer preferencia, guardamos un lugar privilegiado para “This is hardcore” en nuestros corazones. Después sí fue despedida definitiva, y yo salí del Luna Park completamente aturdido y exausto. Pulp debe su nombre a la película homónima de 1972, con Michael Caine haciendo el papel de Mickey King, un escritor de novelas de detectives baratas. El afiche promocional de aquel film decía : Mickey King writes pulp, lives pulp, very soon could be pulp”. Premonitorio, porque ayer de verdad todos salimos siendo un poco Pulp.
El show de anoche en el Luna Park será un hito. Yo recuerdo muy bien la perfección de Radiohead y la emotividad a flor de piel de los shows de Pearl Jam. Pero la energía de Pulp solo puede ser comparada a la noche de los Pixies en ese mismo estadio. En mi caso podría sumar a esta percepción lo que hizo Jason Pierce con Spiritualized en La Trastienda, pero allí fue menos masivo, así que me lo reservo. Hice lo que nunca: salí del show de Pulp y volví en el 4 escuchando “Different class” en el Ipod; no podía parar. Hoy voy a ver a Joss Stone, y todavía no sé como carajo voy a hacer para ponerme a tono.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Robert Plant en el Luna Park

Para los que me conzcan desde antes de ser un ignoto bloguero, saben perfectamente de mi predilección por Led Zeppelin a la hora de encaramar un nombre en la absurda (pero siempre entretenida) lista de las bandas más grandes de la historia del rock. Con el tiempo llegué a pensar que Radiohead podría amenzar esa convicción, pero ese es otro tema que ahora no viene al caso. La cuestión es que aún en la época en que la economía y las incipientes (no tan incipientes, a decir verdad) responsabilidades me impedían concurrir a recitales con asiduidad, una de las pocas excepciones fue aquel inolvidable show de Page y Plant en Ferro, allá por enero del '96. Unos pocos años antes, escuchar por Rock and Pop desde mi casa a Plant solista haciendo “Babe, I'm gonna leave you” me había colocado bajo shock emocional. Por estos motivos, ya con otro ritmo de inversión en recitales, para esta tercera llegada de Robert Plant, me apresuré a estar entre los primeros en tener la entrada, y me propuse hacerme de una buena ubicación (aunque no las mejores, inaccesibles para alguien que se propone ir a todos, o casi todos, los shows que se andan promocionando).
Llegué temprano al Luna Park, o mejor dicho, creí que llegaba temprano y resulta que me perdí el show de Richard Coleman que hacía las veces de artista invitado. El show estaba anunciado para 20:30hs, algo que nadie nunca creyó del todo, y que provocó (aún cuando el inicio se demoró unos veinte minutos) que varios entren a las corridas cuando ya iban dos o tres temas del concierto.
La banda que acompaña a Plant en esta gira (Sensational Space Shifters) ya había empezado a tocar cuando Robert, de jean y remera negra, entró caminando al escenario para iniciar el concierto con “Tin pan valley” y “Another tribe”, dos temas de su disco “Mighty ReArranger” de 2005. Elección que iba a condicionar la noche, ya que si uno se guiara por los temas elegidos, pareciera que Plant encaró esta gira borrando de un plumazo sus últimos dos trabajos: la colaboración con Alison Krauss (Raising sand), y el disco con Band of Joy de 2010. Esos trabajos son discos bastante despojados en cuanto a la pretensión de los arreglos. Cada uno con sus propias características, devolvían al cantante a un sonido más depurado y tradicional. Y nada de eso ocurrió anoche, ya que el recital bien podría haber funcionado como la presentación del nombrado “Mighty ReArranger”. Eso sí, Robert Plant nunca se olvida de que alguna vez fue (como lo anunciaba innecesariamente el afiche de promoción local) “the voice of Led Zeppelin”, y entonces nos regala “Friends” para la primera gran ovación de la noche.
El escenario solamente estuvo decorado por el logo de los Sensational Space Shifters y el rostro de una versión jovencísima de Robert Plant rodeado de flores y colorido. Un afiche bien sixtie, psicodélico y flower power, al estilo de los de Canned Heat o Grateful Dead. Sin abusar de diálogos prolongados que puedan poner a prueba su español, Robert Plant usó el castellano para comunicarse con la gente: para agredecer, saludar y demás formalidades. Pero también esos momentos funcionaron como un guiño para anticipar los platos fuertes, es decir, los clásicos: “Y ahora?”, se pregunta y luego de un “No sé” como auto respuesta, largan con el nombrado “Friends”. Más adelante la contraseña será “Por qué no?” como pie para “Black dog”.
Plant no ignora lo que su figura representa, su condición de miembro de una de las bandas más grandes de la historia, pero no se resigna a ser un digno intérprete de sí mismo, sino que no cesa en la búsqueda inconformista. Bajo sus parámetros, está claro. Sus obsesiones, su fascinación con la música oriental, los instrumenos africanos, los arreglos y sonidos de la India. Elige no ser demagogo y se sumerge en su obra sin temores, sin limtaciones, pero sin liviandad ni complacencia. Por eso, así como hace una semana Jack Bruce le devolvió al “Spoonful” de Howlin' Wolf su esencia blusera, Plant la recubre de un halo místico y se transforma en una especie de chamán, que en medio de un ritual tribal nos recuerda que “a little spoon of your precious love, good enought for me”.
“No quarter”, aquel proyecto que lo reencontró con Jimmy Page en los '90, le da la matriz perfecta a la manera de cómo abordar las canciones de Led Zeppelin, y esas canciones se muestran dóciles y sumisas a la voluntad de Plant. Lo siguen, se amoldan, lucen (a veces hasta mejor) en cada nuevo arreglo. El que busque el intrincado riff de “Black dog”, lleva las de perder. Recién hacia el final con “Ramble on” se podrán reencontrar los sonidos a los que el oído está más habituado. Y si bien Plant no se olvidó de rockear, y no duda en dejarlo bien en claro, en el centro del show muchas veces queda (al margen del excelente trabajo del primer guitarrista Justin Adams) Juldeh Camara, el músico originario de Gambia encargado del banjo y violín africano, quien además le pone voz a los pasajes más étnicos de los temas.
Puedo citar el setlist completo, y aunque quien con esa información se arme una lista en su reproductor de música, nunca podrá tener noción de lo que es el concierto. Porque al no ser las versiones iguales a las grabadas, las sensaciones frente a la música jamás podrán ser las mismas. Hay climas diferentes en medio de los temas, especialmente en los más densos como “Somebody knocking” y “The enchanter”. La gente aplaude, se sorprende, saluda a su ídolo con el porteñísimo grito de “aguante Roberto!”, y por supueto reacciona y celebra cuando descubre los clásicos como “Bron-Y-aur stomp” y “Four sticks”.
A esta altura me doy cuanta que no hice referencia a un detalle central: el encantamiento que produce la figura de Robert Plant sobre el escenario. A pesar de su pose humilde, el excelente estado de su voz y sus tonos inconfundibles lo vuelven irresistible. Y con esos atributos, se da el lujo de mostrarse fragil y emotivo en la bellísima y despojada “All the king's horses”. Cuando levanta el volumen, es sorprendente como sus agudos aún pueden erizar a la platea, aunque no está demás reconocer que a la hora de los gritos, la consola de sonido hace un gran trabajo con los efectos. El cierre llega con “Fixin' to die” y un “Whole lotta love” con una base afro y el riff cortado, que parece salido de una versión valvular de “Achtung baby”
El final, después de un breve intervalo, fue con más clásicos. Y a esa altura no hay mucho para agregar, solo dejar en claro de lo lindo que resulta escuchar a Robert Plant en 2012 cantando “Going to California” apenas un tono abajo de aquella versión del cassette de Led Zeppelin IV, cuya cinta quedó transparente de tantas pasadas. Y el final es con “Rock and roll” al que aunque siga sonando poderoso, y la gente coree a viva voz el “lonely, lonely, lonely time”, guarda un lugar para un desquiciado violín africano que lo coloca en otro nivel. Esa versión termina de confirmar, a días del estreno en el país de “Celebration day” el motivo por el cual Plant fue el menos interesado en prolongar aquel alabado regreso de 2007: los caminos de su música hace rato han encontrado su propio y fascinante rumbo.






viernes, 26 de octubre de 2012

Jack Bruce & his Big Blues Band en el Teatro Gran Rex

Antes de empezar a hablar del show de anoche de Jack Bruce, no puedo dejar de contar que esta vez el Jueves musical de Octubre vino con yapa: la cantidad de lugares vacíos que ofrecía el Gran Rex permitió que por una exigua colaboración “a voluntad”, la lejana ubicación entre las últimas filas de las alturas, se transforme en una privilegiada vista desde la fila 10 de la platea (que más tarde, se convertiría en fila 4). Esto lo cuento, en parte porque imaginé la misma posibilidad con Feist y no resultó, pero también porque sentí la misma sensación de impotencia e indignación que con Roger McGuinn en el Teatro Coliseo. Cómo puede ser que leyendas de este nivel sean ninguneadas por el público melómano de Buenos Aires? No me atrevo a afirmar un motivo, y si me pongo a hilar fino, hasta me da miedo la posible conclusión. Lo cierto es que los generosos acomodadores del Gran Rex se hicieron el día, y muchos aprovechamos la oportunidad.
No sabía que Baltasar Comotto tocaba como soporte, me tomó por sorpresa. Ya lo había visto alguna vez en el Luna Park, no recuerdo antes de qué banda , y tuve exactamente la misma sensación: es un excelente instrumentista, pero sus temas no me terminan de convencer. La banda suena ajustada, la matriz de Pescado Rabioso es el molde de la mayoría de sus temas, que nunca pasan de lo correcto. Además la voz no ayuda (en este punto me pasa lo mismo con Skay). Tocó un buen rato, dedicó temas a Miles Davis y a Luis Alberto Spinetta, y saludó y agradeció a medio mundo.
Cuando se apagaron las luces, y mientras varios detectábamos los huecos en las primeras filas para ganar espacio con astucia, y ya no peaje de por medio, Jack Bruce entró al escenario acompañado solo por su baterista Frank Tontoh y el guitarrista Tony Remy. En formato trío hicieron “First time I meet the blues” de Buddy Guy, un artista que no hace mucho ocupó el mismo escenario. Después sí entró el resto de la Big Band Blues prometida, y se agregaron a escena los tres vientos (Paul Newton en trompeta,Derek Nash en saxo y Winston Rollins en trombón) más el tecladista Paddy Milner. Y en ese instante quedó claro que íbamos a presenciar una noche de blues clásico y con todos los aditamentos. De todas maneras no fue hasta que los oídos detectaron la linea de bajo de “Politician” que la gente no liberó sus primeras exclamaciones de asombro.
Es imposible contar el blues. En este blog me gusta describir los estados y reacciones del público a partir de los diferentes climas de un concierto, pero en este caso es imposible. Una mecla de reverencia, admiración y privilegio era lo que se percibía entre la gente que estaba viendo a uno de sus próceres musicales haciendo un repertorio que, felizmente, puso su énfasis en su etapa de Cream. Aquella banda es recordada y reconocida por sus improvisaciones progresivas, divagues psicodélicos y una complejidad en interpretaciones, pero en las versiones de anoche los temas desnudaron su esencia blusera como nunca. Despojadas, lucieron primales y atemporales, mientras la banda que acompaña a Jack Bruce desde hace dos años dejaba en claro que es un auténtico seleccionado de sesionistas. El trombón de Rollins tuvo su espacio destacado en “Spoonful”, y la guitarra de Tony Remy (una especie de Robert Cray menos prolijo, con algo de Vernon Reid podría decir) arrancó aplausos en cada intervención. Y una figura descollante que fue el tecladista Paddy Milner, quien a pesar de no tener su pasaje de lucimiento en solitario, es (además de Jack, claro) el alma de la banda.
Jack Bruce está viejo. A ver, para que se entienda sin que nadie se sienta ofendido: hay muchos músicos en actividad con su edad (69 años) y especialmente en el mundo del blues. Pero hay algo en el andar de Jack, en su paso lento, en cada uno de sus movimientos que dejan en claro esta condición. Para colmo quien le organizó la gira no parece tener mucha noción de Sudamérica, puesto que lo hicieron tocar el 25 en San Pablo, el 26 en Buenos Aires, para llevarlo otra vez a Brasil (esta noche en Porto Alegre). Salió a tocar con un pantalón de entrecasa que lo vuelve una especie de abuelo o padre (cada lector sabrá a qué imagen lo relaciona mejor) en la intimidad de un informal asado familiar, y además llevaba puesta una campera de cuero que tiene tantos recorridos y batallas como el propio Jack. Hasta guarda gestos paternales para con sus músicos, como la manera en que le acarica la cabeza a Frank Tontoh después de su solo de batería. Pero a la hora de tocar, no se nota en lo más mínimo. Y si bien la voz sí ha sufrido más el paso del tiempo, el oficio lo hace salir airoso, aún en momentos melódicos como “Theme for an imaginary western”, en donde se sienta en el piano y hace ingreso en el escenario Nick Cohen, un bajista “suplente” que luce el mismo alto nivel que el resto de los músicos de la banda.
Todo, o casi todo fue Cream. Salvo “Neighbor neighbor”, “You burned the tables on me” o “Born under a bad sign”, aunque el clásico de Albert King supo integrar el repertorio de esa banda. “We're going wrong” (con un descomunal Remy) fue el momento de mayor expansión estilística. A “Desert cities of the heart”, Jack Bruce la presentó como su canción favorita del repertorio de Cream, y justo la enganchó con mí preferida: “White room”. Allí cuando Bruce levanta la voz aparece su timbre inconfundible y uno puede decir que entonces el placer es completo. Y luego del solo de batería, “Sunshine of your love” significó el cierre perfecto, con los dos bajos en escena, tal cual lo hubiéramos ideado cada uno de los que estuvimos anoche en el Gran Rex.
We've been waiting so long, y por lo tanto nos merecíamos un poco más. Y Jack Bruce y los suyos volvieron para hacer un par de temas extra. La despedida con el “Mellow down easy” de Willie Dixon nos devolvió a la calle con la convicción de que podíamos tachar una de las grandes deudas musicales de nuestra lista de pendientes. El taxista del auto al que me subí para regresar a casa me recibió indignado diciendo algo como “estos ingleses se llevan la plata afuera mientras el pobre Guarany se muere de hambre (????). Y yo, como podrán imaginarse lo mandé, con toda mi alma, a mirar las plumas verdes.

martes, 23 de octubre de 2012

Suede en el Teatro Vorterix

En enero de 2010 Brett Anderson tenía prevista una fecha en La Trastienda y yo, aún con entrada en mano, me preguntaba cómo haría para conciliar la imagen del crooner adulto en el que se había convertido Brett, con la del andrógino y provocador frontman de Suede, al que pretendía ver por lo menos una vez en mi vida sobre un escenario. Pues bien, aquella presentación se canceló, yo me gasté esa plata probando centollas en Ushuaia, y me quité ese dilema de la cabeza. Pero el tiempo pasó, y las situaciones se fueron encadenando de manera tan maravillosa, que la revancha vino con yapa: Anderson había decidio reunir Suede y además hacer pasar su gira por Sudamérica.
Llegué al Teatro Vorterix esperando ver las anunciadas reformas y mejoras, a las que tengo que confesar no vi. Nunca había ido desde la reapertura, pero yo no noté demasiadas diferencias. Para colmo la barra es de una pobreza llamativa, limitándose a vender fernet y cerveza Quilmes, a la que a esta altura solo recurro cuando las alternativas son el agua o la muerte por deshidratación. Detalles sin importancia, pero que no quería dejar pasar.
A pesar de la trascendencia que en un hecho así debería tener, el Teatro Vorterix recién se llenó con las entradas vendidas en la puerta. La remanida sobreabundancia de recitales, con el agregado del inminente show de Pulp, otra banda pionera del brit pop con la que, obviamente, comparten público, seguro influyó. Pero lo cierto es que cuando puntualmente se apagaron las luces, el Teatro Vorterix lucía de la mejor manera. Y hablando de brit pop, cuando a principios de lo '90 en la "pelea" comercial entre Oasis y Blur se nombraban a los Beatles y a los Stones como referencia, algunas voces se atrevieron a reservarle a Suede el lugar de los Who. Pues bien, hasta no verlos sobre un escenario uno no tiene noción de cuan justo resulta aquel parámetro. A su show se lo puede resumir, haciendo una analogía con el boxeo, de esta manera: Suede te empieza a tantear con “Introducing the band”, “She” funciona como los primeros jabs que empiezan a sacudirte la cabeza, y la combinación “Trash”, “Filmstar” y “Animal nitrate”, resulta una sucesión de ganchos al hígado y directos al mentón que te deja groggy. Groggy hasta que algo más de una hora más tarde, y después de unos cuantos floreos, te terminan por noquear con “Beautuful ones”.
Entre medio de todo eso, durante el tramo de los floreos y el lucimiento, pasaron muchas cosas. El regreso de una banda clásica sin material nuevo asegura una catarata de hits y Suede cumplió. Tienen tantos que pueden darse el lujo de armar un set contundente dejando afuera éxitos como “Stay together”, “She's in fashion” y “Obsessions”, y que nadie reclame nada. A la andanada inicial, a la cual cerraron con un “We are the pigs” que dejó afónico a varios, la cortaron con momentos más densos y oscuros como “Pantomime horse” y “The drowners”. Y cuando parecía que iba a haber más tiempo para tomar aire, el riff de “Killing on a flashboy” sonó más filoso y agresivo que nunca. Y “Can't get enough”, esa mixtura entre guitarra y bases dance que los británicos dominan a la perfección, consiguió la síntesis perfecta de lo que fue el concierto: todos saltando y bailando, todos cantando y coreando cada momento como si fuera el último.
Antes nombré a The Who, y no es casual la referencia. Fue el mismísimo Roger Daltrey para su concierto anual en beneficio de la organización Teenage Cancer Trust, el que los incentivó para el regreso. Y hay que ver como se para, toma su instrumento y se perfila el bajista Mat Osman, para comprender que es una réplica de Townshend con dos cuerdas menos. Claro, no revolea su instrumento, cosa que sí hace Anderson con el micrófono, conviertiéndose por momentos en una versión delicada de Roger Daltrey. Desde ya que es el cantante el que controla la escena. Con el refinamiento de Morrissey, la elegancia de Bowie y la performance desaforada del cantante de los Who, Brett Anderson es un frontman de un despliegue y dominio escénico como pocos. Recorre el escenario de un lado a otro, arenga con gestos a un público subyugado, se les acerca y aleja a los más adelantados, baila como poseído sacudiéndo su torso tan delgado como cuando en los '90 lo contorneaba la heroína, y por momentos se somete ante una energía que se le devuelve por duplicado. La guitarra de Richard Oakes (a la cual un poco más de volumen no le hubiese venido nada mal) hace rato que hizo olvidar a Bernard Butler, y sin poses exageradas, colma a cada tema de una energía avasallante. Neil Coding acompaña alternando teclados, y guitarras eléctricas y acústicas, y Simon Gilbert es un relojito.
Los coros del público se escucharon más que las cuerdas irresistibles de “Everything will follow”, a la que Anderson cantó sentado al borde del escenario. Y como en un sube y baja, o para seguir con el boxeo, como un estilista que luego de cada paso atrás, retoma con su ofensiva demoledora, Suede alterna los climas y en una racha final encadena “So young”, “Metal Mickey”, “The wild ones”, “Heroine” y “New generation”. Y cierra entonces con el knock out inolvidable de “Beautiful ones”, cuyo riff permaneció en la garganta de todos los que estábamos en el Vorterix, y que se repitió durante los tres o cuatro minutos que duró el intervalo hasta los bises.
De regreso el show tuvo otro clima. “My dark star”, un oscuro tema de “Sci-Fi Lullabies” (el disco de B-sides del '97) fue una sorpresa, porque no venía integrando la lista de los últimos shows, y la despedida definitiva fue con un “Saturday night” casi épico, con un coro repetido hasta el hipnotismo y que redondeó una noche inolvidable. La velocidad en el encendido de las luces y la música que ganó la pista del Vorterix fue señal suficiente para comprender que no había más para pedir.
La salida resultó lenta porque afuera se llovía todo, pero a decir verdad, el agua funcionó como esas toallas húmedas que les ponen a los boxeadores noqueados en la nuca, cuando todavía no saben si la pelea terminó, está por empezar o si todavía el referee les está contando. Así quedamos, así nos dejó Suede. Y una convicción: si “Positivity”, el inminente nuevo disco de la banda, es capaz de reproducir la energía con la que encararon el repaso de su obra, seguro que vamos a estar hablando de algo grande.
Los seguidores del blog ya lo saben: se vienen días movidos. La próxima estación será el jueves con Jack Bruce.

viernes, 19 de octubre de 2012

Feist en el Teatro Opera


            Antes de empezar, anticipo que se vienen días movidos en este blog. La sucesión de conciertos de fin de año ha comenzado y, sin anticipos, los shows son muchos y bien variados. La idea original de hoy era contarles la primera fecha del Pepsi Music, de la cual me interesaba ver (especialmente) a Garbage y The Gossip. Los que me siguen por Facebook han leído mi frustración ante la organización de ese evento, la empresa fantasma que vende sus tickets, los horarios recortados de boletería y todos los etcéteras que me llevaron a desistir de ese festival. Como frutilla del postre la deserción de Kasabian, su posterior reprogramación y la cancelación definitiva, no hizo otra cosa que dejar al descubierto la desorganización extrema de una gente que poco sabe de gaseosas, mucho menos de música. Y justito me vino este concierto de Feist en el Opera para la misma fecha, al que debido a la (por ahora) imposibilidad de disociación molecular, creí que iba a perderme.
            Las promociones de última hora y la disponibilidad en boletería hacían suponer que el teatro iba a mostrar muchos lugares vacíos, cosa que no ocurrió. De hecho yo, que accedí aprovechando una promoción, no saqué una entrada más cara especulando con adelantarme a las ubicaciones que imaginaba vacías. E incluso cuando Juana Molina inició su set, el Opera ya lucía de buena manera. Bien, nombré a Juana Molina y lo primero que tengo que contar es que la misma Leslie Feist tuvo la delicadeza de ser la encargada de presentarla. No solo eso, la llenó de elogios y se declaró fan absoluta (más adelante, ya durante su show, confesaría que llegó por primera vez a la Argentina porque quería tocar con ella). Juana subió con su bajista Mariano Dominguez e hicieron un set de algo más de media hora centrado en “Un día”, su disco de 2008, último hasta la fecha. Loops y más loops entre los cuales se cuelan melodías que cuando ostentan un aire bagualero, como “Un día” y “Vive solo”, consiguen un efecto delicioso. Hicieron también “Lo dejamos”, y cuando canta cosas como “Elena viene anunciando vientos muy frescos o un vendaval”, (“Elena”, del disco “Son” - 2006) Juana presenta una dualidad que está implícita en varias de sus letras. Cerró con “Quién?”, una culposa confesión de madre angustiada, del álbum “Segundo”. Juana Molina sabe muy bien extraer belleza de una repetición, en apariencia monótona, que en sus sucesivas capas encuentra complejidad sin perder un ápice de frescura.
            Si el clima letárgico de Juana Molina provoca reminiscencias de sueños y recuerdos que van y vuelven en secuencias uniformes, lo de Feist funciona como un despertar; el regreso al estado de consciencia, las nociones y vivencias encarnadas en cada canción. El ser, sus angustias y goces, y la naturaleza como paisaje sanador para una mente perturbada. “Shadows of the mountain, don't tell them what's in store. The height and the breadth, is it wrong to want more?” se pregunta la canadiense en “The  undiscovered first”, tema elegido para abrir el concierto. Y en seguida nomás se despacha con una furiosa versión de “A commotion”, que produce exactamente lo que el título promete.
            “Metals”, el último trabajo de Feist ya tiene en la calle casi un año, y un par de semanas atrás fue galardonado con el prestigioso Polaris Music Prize en Canadá, como mejor disco de 2011. Y en lo que a la carrera de Feist se refiere, es un disco maduro, sombrío, repleto de matices que al pop que le conocemos, agregó aires jazzeros y mucho blues. Es un trabajo variado, explorador de soledades, por momentos paisajista, que en su amplia pretensión no pierde coherencia en ningún pasaje. Y que puesto a prueba sobre un escenario no hace más que engrandecerse. Las canciones ganan en intensidad, los climas in crescendo consiguen que cada canción sea un viaje en sí mismo. La instrumentación es por momentos espasmódica, y los instrumentos que funcionan todos como  percusión, otorgan a temas como “Bittersweet melodies” o “Graveyard” un halo de ritual místico fascinante.
            La virtualidad había mostrado a una Feist jocosa y divertida desde su página en Facebook durante toda la tarde, y eso se trasladó al escenario. Permanentemente bromeó con sus músicos, especialmente con las “Mountain man”, el trío de voces femeninas que desde los coros construyen gran parte del sello del sonido de la banda. Leslie es feliz tocando y se nota en cada detalle, como cuando acompaña con su pierna derecha el pulso de cada golpe de tambor, o cuando aprovecha una deficiencia técnica para improvisar a capella una canción al respecto. Se compromete emocionalmente con cada letra. Su voz es dueña de innumerables matices, y ella le saca provecho en cada versión, como en el blues “Anti Pionner”, en donde consigue deslumbrar. Pero lo que más me sorprendió fue su manera rústica de tocar la guitarra, rasgando las cuerdas como su compatriota Neil Young. Tanto  con la guitarra electroacústica como con la eléctrica, su sonido me remitió todo el tiempo al maestro de Toronto.
            Si bien el setlist se hizo fuerte en “Metals”, las canciones más festejadas y que encontraron mayor participación del público (a veces hasta de pie) fueron los clásicos como “Mushaboom” (de “Let it die – 2004) , y  “My moon, my man” y “I feet it all”, esta último devenida en punk, llegados desde “The reminder”. “Cicadas & gulls” recrea un paisaje que resulta una brisa fresca de aire marino, “The limit to your love” pone al público a cargo de los coros, y “The bad in each other”  construye el momento, musicalmente hablando, culminante del show.  Un show que cierra a pura emotividad con “Confort me” y “Caught a long wind”
            Para los bises, Feist invitó a Juana Molina, y entre todos hicieron una sorprendente, inesperada y logradísima versión de “Whole lotta love” de Led Zeppelin. Después volvió a sus discos pasados, e hizo “Sea lion” y finalmente cerró con una “Let it die” con la que nos tiró todo su escepticismo y desamor por la cabeza: “ The tragedy starts from the very first spark, losing your mind for the sake of your heart. The saddest part of a broken heart, is not the ending so much as the start”. Ya con la gente abandonando el teatro, Feist nos hizo correr a varios por las escaleras cuando volvió para despedirse sola con su guitarra con una versión de “Intuition”, que nos llevamos a modo de regalo.
            Todavía no leí repercusiones acerca de lo sucedido en Costanera con Garbage, The Gossip, Best Coast y el resto, seguro mi impaciencia me hizo perder de algo grande. Pero de lo que a esta hora estoy seguro, es que de lo obtenido a cambio no me voy a arrepentir jamás. La sucesión de conciertos que se viene no pudo tener mejor inicio.
           













lunes, 17 de septiembre de 2012

Jose Gonzalez en Samsung Studio

Estuve dudando, ante la sucesión de recitales que se vienen, en si pagar o no para ver a Jose Gonzalez. Su presencia en el festival gratuito de la telefonía movil me mantuvo en vilo para poder acceder a esa especie de escenario VIP que armaban dentro del planetario, y para el cual se demoraban en dar precisiones. Pero cuando vi que tocaba en el Samsung dejé de dudar: si alguien me hubiese preguntado cual era el sitio ideal para esucharlo, no dudaría en elegir ese. Menos mal, porque considerando el poco tiempo que tocó en el Planetario, me hubiese quedado con las ganas. Y menos mal que la fecha y el horario se superpuso con el partido de River en Liniers, con lo cual me ahorré además el dolor de ver a una defensa católica, al punto de ofrecerle la otra mejilla a cualquier delantero rival que tome el atrevimiento de ofenderla. Las malas noticias llegaban via SMS, pero la copa de vino y el clima íntimo y ameno del Samsung mitigaban las penas.
Jose Gonzalez, hijo de argentinos exiliados en Suecia en los años de la dictadura, ha sido muy bien recibido por el público local, mas allá de ese lazo de sangre. Su música se fue divulgando casi en secreto, pero desde hace un buen tiempo en el ambiente indie su nombre resulta facilmente reconocible. Precisamente esa condición de hijo de exiliados es la que lo obliga a dar explicaciones cada vez que llega al país sobre su reticencia a hablar de política, ya sea sueca o argentina. Sin embargo, casi sin darse cuenta, da inicio al show con un “How low”, que bien podría resultar una perfecta descripción de parte de la sociedad que se ha paseado en las calles por estos días: “qué tan bajo estás dispuesto a ir hasta alcanzar todos tus objetivos egoístas?” canta solo con su guitarra ni bien se levanta el telón que lo separa de las mesas de la sala. Después de un sencillo saludo de bienvenida canta “Hints”, manteniendo una actitud de extrema humildad y sencillez que se prolongará a lo largo de todo el recital.
Jose Gonzalez lleva editados apenas dos discos: “Veneer” (2005) y “In our nature” (2007), por lo cual uno no esperaba mayores sorpresas en el repertorio. Además ha trabajado (liderado más específicamente) con el trío Junip, con el que editó un demorado álbum en el año 2010 titulado “Fields”. Y digo demorado porque el primer single de la banda (“Black refugee”) data del mismo año que su primer disco solista. Por otra parte la matriz de esas composiciones llevan su sello. La idea original de Jose Gonzalez para esta segunda llegada a Argentina era venir al país con Junip, pero problemas de agenda se lo impidieron. A cambio trajo a tres percusionistas: uno sueco, otro de Los Angeles, y un tercero londinense (es toda la precisión que puedo dar al respecto, no llegué a entender los nombres), que subieron al escenario a partir del tercer tema, y juntos regalaron “Far away”, uno de los temas de Junip, a modo de presentación. A medida que las canciones se suceden, la referencia de Nick Drake se torna ineludible. Pero la calidad de las composiciones de Gonzalez y la autoridad con que las interpreta lo colocan más allá de cualquier odiosa opinión que lo rebaje a la categoría de imitador.
Escuchar a Jose Gonzalez cantar y tocar la guitarra es un placer insuperable. Consigue concentrar una atención tan intensa que uno no puede sacarle los ojos de encima, tanto a él como a su guitarra. Su voz es tan dulce como profunda y cada arpegio de esa guitarra grave es dueño de una fragilidad cargada de belleza. Todo es mínimo y delicado, incluso la percusión sirve apenas para decorar las canciones sin que esta se transforme nunca en el pulso que las ordena. Momentos como “Time to send someone away” o “Stay in the shade” conmueven, y el show se vuelve decididamente exquisito cuando suenan canciones de altísimo vuelvo como “Cycling trivialities”. El tono y el clima del concierto es uniforme, y a la gente no le cuesta imbuirse en ese ambiente de extrema calidez creado por las melodías. La sensibilidad se contagia, y en una especie de monotonía engañosa, las canciones se suceden ganando expresividad y elevandonos a un estado de trance encantador. Incluso entre temas, mientras Jose afina la guitarra (lo hace rigurosamente antes de cada canción) nos mantenemos como hipnotizados atentos a esos sonidos que buscan su perfecto ordenamiento en la escala musical.
“Always” (de Junip), y el cover de Kilie Minogue “Hand on your heart”, más el final con “Remain” y “Down the line” provocaron algún tibio acompañamiento con palmas (muy tenue, a tono con el grupo) y alguna expresión de admiración, a las que el sueco respondió con una sonrisa tímida. Después se fue unos minutos, y retornó en seguida para regalarnos un puñado de canciones extra, entre ellas “Crosses”, en la cual el “We'll cast some light and you'll be alright” funciona como mantra. Por último, haciendo uso de su increíble talento para apropiarse de canciones ajenas, dos covers más: el “Heartbeats” de The Knife, y un “Teardrop” de Massive Attack en donde consigue el milagro de que olvidemos por un instante de la voz de Elizabeth Fraser. Había pasado cerca de una hora y cuarto que se me había ido volando. Excelente cierre para el fin de semana musical, en un tono absolutamente opuesto al del sábado, pero con la misma sensación de saciedad.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Cafe Tacuba y Carlinhos Brown en el Planetario


                Otra vez Movistar nos regalaba una excelente propuesta musical a sus usuarios. A sus usuarios o a quienes hayan comprado las entradas que sus usuarios usureros vendieron en algunas esquinas, porque escuché a más de uno contando la manera en que se habían hecho de los tickets. Y la movida tenía en esta oportunidad algunas variantes con respecto a las anteriores: mudaron la sede de Puerto Madero al Planetario, y sumaron un segundo escenario más íntimo. Cuando llegué, en el principal ya había tocado Junip. Me hubiese encantado ver al trío de Jose Gonzalez (aunque leí por allí que no viene con los dos integrantes del grupo, sino con otros diferentes), pero uno labura toda la semana, eso era muy temprano, iba  a ser largo y el Planetario no queda a la vuelta de casa. Además esta noche lo voy a ver a Jose al Samsung, por lo que espero que además de los suyo, se cope también con “Black refugee” o algún otro tema del trío.  Lo que sí se pudo ver por las pantallas fue el mini set de los Onda Vaga en el escenario íntimo dentro del Planetario. Un show al que no sé si por vi desde afuera y no llegaba audio del público, si porque la baja calidad de la imagen y sonido, o si porque mi imaginación tiene una idea equivocada de sus shows, pero la verdad es que lo juzgué muy frio. Tocaron poco y más que nada se destacaron temas de su primer disco (“Fuerte y caliente”) como “Te quiero” “ir al baile” y “Me pega fuerte”.
                Después apareció en escena Carlinhos Brown, ya en el escenario principal. Acá tengo que confesar que más allá de un par de grupos como Os Paralamas o Titas, más cercanos al rock, no tengo gran conocimiento de la música brasileña. Claro que es imposible no tener referencias, por lo que alguna expectativa tenía. Expectativas que se dieron por superadas largamente. Carlinhos arrancó con un tema tranqui, con arreglos orquestales, pero en seguida le metió ritmos latinos con “Carlito Marrón”. Y después de un par de temas medio cruza de funk, samba y reggae; después de hacer “A Namorada” y algo de Tribalistas (“Carnavália”), arrancó con una batucada que puso a la gente a mil. Dos percusionistas, un batero muy parecido al “negro” Astrada y un pianista exquisito (André Magalhaes)  fueron sus soportes en una banda de ritmo infernal. Muchas referencias a la unión espiritual latinoamericana, a sus duros comienzos y la posibilidad de la música como salvación (fundamental el documental “El milagro de Candeal” dirigido por Fernando Trueba para comprender el trabajo social que a partir de la percusión, realiza Carlinhos en la favela) y permanentes arengas a la gente, invitándola a participar, o acercándose él por los pasillos que dividían el campo. Emocionó la devoción con la que se refirió a Nestor Madrid, a quien presentó sobre el escenario como uno de sus maestros argentinos.  Bien amplio el espectro del show de Carlinhos Brown, porque también hizo algo de lo que fueran sus experimentos de tecno-batucada con DJ Dero, ritmos afro, mucho carnaval bahiano, y guardó para el cierre “Beija flor” y una gigante versión de “La bamba” para dejar a la gente  con ganas de más, no solo a los propios sino también a los extraños.  Después de eso, el íntimo show de José Gonzalez en el escenario 2 resultó un despropósito; como poner una porno al final de la misa. Descarto que quienes accedieron al Planetario seguro lo disfrutaron, pero yo aproveché a ir a los baños químicos y a rastrear a los vendedores clandestinos de cerveza que andaban con sus mochilas entre la gente. Las pantallas cortaron el audio de Gonzalez y empezaron a compartir los twitts de la gente, uno de los cuales (“hay  mucho olor a porro y a off”) extrajo carcajadas. Y sí, los mosquitos estaban a full en los lagos de Palermo.
                Café Tacuba me resultaba una curiosidad. No porque no los conozca ni los siga, sino porque no había tenido jamás la oportunidad de verlos en vivo. Y descollaron, me pasaron por arriba. Con la ventaja de no tener mucho nuevo para presentar, porque recién terminan de grabar el disco sucesor de “Sino” (2007), (luego de los experimentos de Ruben Albarran - aka Sizu Yantra con la música electrónica, más el repaso por la música latina con el grupo HopPo!), armaron un set repleto de hits de todas sus épocas y mantuvieron al palo a las cerca de veinte mil personas que, entre invitados y colados, poblaban el parque circundante del Planetario.  Si bien arrancaron tranqui con “El baile y el salón” (la garganta le jugó una mala pasada a Ruben en su primera entrada, después canto como los dioses aztecas. Como los dioses aztecas que cantan, claro), ya con el cover de Leo Dan, “Como te extraño mi amor”, consiguieron que la gente siga las canciones de memoria. “Las flores” y “La ingrata” continuaron en esa tónica, en un arranque para el que eligieron sus canciones más viejas.  Al lado mío cuatro chicas mexicanas (había muchos mexicanos, por cierto) aullaban como si sobre el escenario estuviera David Bisbal o algún otro sex simbol adolescente. Incomprensible e insoportable. Porque nos arruinaban la escucha a los que estábamos cerca y porque, que yo sepa, sobre el escenario no había ningún sex simbol. Bah! Uno nunca sabe. Sobre sex simbols no hay nada escrito, decía una vieja y se masturbaba con un poster de Jairo Patiño. Pero la gente les fue haciendo un vacío, y yo abandoné mi lugar relativamente privilegiado por la elevación, para así controlar mis incipientes instintos asesinos.
                Hasta ahí era un show entretenido y fiestero, pero cuando arrancaron con “Cero y uno”, la cosa cobró un vuelo inusitado. Cuando Café Tacuba adopta formas más modernas e incorpora sonidos del pop menos conformista, son una banda del carajo. Del carajo en serio. Cualquiera que anoche haya escuchado como sonaron el funky “El ciclón”, “La locomotora”, o el cover de los españoles Ole Ole, “No controles” , sabe perfectamente de qué estoy hablando.  Y el momento mágico fue con otro cover, “Déjate caer” de  Los Tres, canción de la que se han apropiado y convertido en un hit en toda Latinoamérica. A partir de allí las canciones se mezclaron con varias alocuciones de Ruben Albarrán: primero reivindicando el movimiento de estudiantes chilenos y su réplica en Mexico con el movimiento 132 (había banderas). Después saludando a unos chicos que estaban en la entrada del predio y que formaban parte de un movimiento que promueve el vegetarianismo. Aunque no sé cuánto les habrá alegrado a estos chicos que Ruben haya dicho algo como “al menos cuando coman un bife, guarden un pensamiento para el animalito” (????). Por último habló contra las corporaciones multinacionales, como si Movistar y Samsung (auspiciantes del evento de anoche) fueran ONGs ambientalistas. Supongo que como hay quien con diez Padre Nuestros lava sus culpas de la semana, hay músicos que en un par de arengas pretenden resolver sus propios cuestionamientos entre el espíritu libre de su arte y el sistema capitalista que les da de comer. La gente lo aplaudió, y le sacó fotos con sus Iphones, sus Backberrys y sus cámaras Sony, todo a tono con la contradicción.  El breve show cerró con “La chica banda” con un ovacionado Gustavo Santaolalla sobre el escenario.
                El show fue breve porque los bises fueron, por su duración,  una especie de segunda parte. Ahí entraron más suaves, con un adelanto del próximo disco llamado “De este lado del camino” y que es un temazo que abre las mejores expectativas para con el trabajo.  “El espacio”, de su disco debut, fue otro momento de alto vuelo, y entonces llegó el turno de Emmanuel del Real y “Eres”; un lujo. Volvió Ruben hicieron un par de temas más y el tramo “The bends” (???) cerró con la bellísima “Mediodía”. Con “Esa noche” volvieron a poner a toda la gente a cantar, y “El puñal y el corazón” los despidió mexicanísimos. Pero había más. Y así como en los cruces entre mexicanos y argentinos en Las Vegas, Maidana y “maravilla” Martinez dieron por  tierra con los aztecas, en el encuentro musical de Buenos Aires fueron los mexicanos los que nos dejaron knock out con una versión de “Juegos de seducción” que la rompió.
               
                

jueves, 13 de septiembre de 2012

Massacre en el Teatro Gran Rex

Antes de comenzar, musicalmente hablando, el show de Massacre anoche en el Gran Rex, se proyectó un video en donde Ringo no era Bonavena, el boxeador compadrito pero buenazo de Parque Patricios en quien se inspira el último disco, sino un robot que como superheroe acude a enfrentar a un similar que destruye la ciudad a su paso. Un arranque en el que se despliega parte de toda la imaginería que sobrevuela a la banda: un mundo mitad ficción y mitad real, expuesto a un apocalipsis provocado por invasiones extraterrestres, zombies, catástrofes naturales y epidemias. “La epidemia” justamente fue el tema elegido para abrir el concierto. Y como si fuera necesario un impulso temporal antes de adentrarse en el material más nuevo, tocaron “Resurreción”, cierre de “El mamut”, el disco predecesor a “Ringo”. “Ya verás, van a crecernos alas” cantaba Walas. Y aunque a esa hora era demasiado temprano para asegurarlo, uno podía intuir que aún sin alas, todos íbamos a volar.
Conquistar la calle Corrientes era un desafío casi caprichoso para un grupo al que a pesar de la masividad alcanzada en el tramo maduro de su carrera, no deja de considerarse outsider. Y ese desafío no se limitaba al asalto del “Broadway argentino”, sino a encarar un show en un teatro, inusual espacio para la propuesta de Massacre. Y desde el comienzo quedaron claras las premisas para asimilar y sacar provecho a las condiciones del teatro: bombardeo de imagenes en las pantallas y una propuesta lumínica impactante y por momentos lisérgica. Walas y los suyos tocando en un parque de diversiones. Puesta psicodélica que se coronó con los habituales muñecos dispersos en el escenario, tres coristas vestidas de azafata y un Walas de infaltables calzas rosas, tapado violeta y sombrero de cowboy.
“Ringo” tiene ya un año en la calle, y las versiones en vivo de los temas se notan asentadas. Para colmo “Tengo captura”, temazo capaz de poner los pelos de punta a quien lo oiga, fue el primero en sonar en la noche del Ringo Rex. Aunque mejor debería decir LA noche, así en mayúscula, y cualquiera que haya vivido las casi tres horas del show de Massacre de ayer sabe perfectamente de lo que estoy hablando. Hicieron un show demoledor de principio a fin. Las lista de temas incluyó clásicos de todas sus épocas, muy bien dosificados entre las canciones más nuevas, y así fue como “Celebrity” dio paso a “Try to hide”, o más adelante “Muerte al faraón” hizo lo inverso, y nos sumergió en el pasado de “El espejo” y “Mi mami no lo hará” (a mi gusto, de lo mejor dentro de un show energéticamente parejo). “Todo bien?” pregunta Walas por enésima vez en la noche, y aunque lo sabe innecesario, ese tic mantiene su efecto en la complicidad que genera con el público.
Massacre es exageración en todo sentido; desparpajo y absurdo. La realidad y la ficción se cruzan todo el tiempo y el límite se borra en su ambigüedad. Si se trata de publicidad, las piernas de Mercedes Morán son los huesos de Misfits, y la desagradable imagen de un tipo escupiendo espuma blanca con sangre en una publicidad de dentífrico, una pesadilla de Walas. Nada es real, o todo es tan real que nos cuesta hacernos a la idea. Walas interroga a su público, y de allí surgen los veredictos: Schoklender culpable, Madonna antes que Lady GaGa, David Gilmour sí y David Guetta no; y Walas, que se debate entre ser Ave Fenix o Gato Felix, disfruta, rie, pasea por el escenario y saluda de nuevo: hola. Todo bien?
En el primer tramo del show se destacaron “Te leo al reves” y “La web del siglo” con un bombardeo de rayos laser que disparados desde el escenario robotaban en las paredes del teatro y en los ojos de los espectadores. “Rio siempre” y la deliciosa guitarra de Pablo Mondello (su hermano Darío tocó como invitado) en “Lo mío no es tan grave” fueron otros momentos de gran intensidad. Así como unos días atrás, Walas en TV se apropiara de la célebre frase de la presidente a sus funcionarios, y la convirtiera en “Solo hay que temerle a Dios, y un poquitito a los Massacre”, en “1984”, la consigna en las pantallas también es fruto de la reinvención de los tópicos orwellianos al universo del grupo, y se transforma es “Massacre is watching you”. Esa larga primera parte cerró con “Clavos y globos”, del último disco.
Tan sorprendente como gratificante resultó el breve set acústico que siguió a los pocos minutos de descanso: “Three walls” (sí, lo hicieron en la versión en inglés), “Mi alma en la barca” y “Te arrepiento” conformaron un mini set exquisito. Y “Sofía, la super vedette” y “Tanto amor” fueron las encargadas de devolver al concierto al éxtasis de la electricidad. Walas tiene puesta una remera de Devo, y en “La octava maravilla” la guitarra del “tordo” Mondello luce encendida. Y que se entienda: cuando digo encendida no hablo de luz, sino de fuego. Un científico acerca un theremin para representar la modernidad en la batalla entre “El robot y la momia azteca”y el cantante le extrae sonidos fantasmales y espeluznantes.
Walas acusa a Aerosmith de plagiarles el video de “Tengo captura”, y cuenta como el skateboard Cabrón modelo Walas llegó a la revista Gente en manos de la nueva novia de Tinelli. Massacre hace culto de la desmitificación de egos y vanidades, apelando a la desmesura y al ridículo. Las celebridades son sus víctimas predilectas, pero el sarcasmo de esa mirada no elude el espejo de la propia imagen. Entonces en ese contexto, Jack Black, Spinal Tap y Capusotto son citados como la trilogía fundacional del disparatado y herejético abordaje del rock, que tan bien le sienta al espíritu del grupo.
En un principio describí a la cosmogonía Massacre como apocalíptica, pero observado la fuerza descomunal que provenía de un escenario que se expande como en un Big Bang, también podría describirla como la belleza de la creación en medio del caos, el encanto del sonido del desorden y la anarquía, la energía disparada en el origen de algo aún incierto pero ya irresistible. Volviendo al show en sí, la Tori, manager de la banda, arenga desde la platea: maten a los Massacre! Y los Massacre desde el escenario responden despidiéndose con la cinéfila “La orquidea blanca” y “Juicio a un bailarín” con meddley de “Lago en el cielo” como convocando la presencia etérea de Gustavo Cerati.
La asistencia al Gran Rex de Blondie, la pequeña hija de Pity Alvarez, fue la excusa perfecta para abrir los bises con una versión de “Call me” mientras volvían los laser, que ahora rebotaban en dos bolas de espejo que habían descendido a ambos lados del escenario. Y “Plan B: anhelo de satisfacción” fue el broche de oro para una noche perfecta. El recuerdo para con los amigos de Catupecu y la banda que se despide saludando “como nos enseñó Seru Giran”, emulando la tapa de “No llores por mí, Argentina”. Era tarde y día de semana. Algunos se apuraban a salir, otros se quedaban pasamados, sin aliento y hablando solos, haciendo honor a su obsesión.
Massacre en el Teatro Gran Rex. Hasta suena como titular catátrofe y amarillista para esas matanzas alocadas que suelen ocurrir en el gran país del norte. Y a decir verdad, resulta como una perfecta definición de lo que se vio y sintió anoche. Una masacre en el Gran Rex. Con un gordo en calzas rosas que disparaba canciones, un guitarrista canoso que ametrallaba su guitarra acribillando oídos, y unas butacas que dejaron de ser respaldo confortable para convertirse en el sosten que evitó que terminemos todos con el culo por el piso.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Richard Coleman en Ultra Bar

La trayectoria de algunos artistas es sobrada información para que uno se permita presumir que su bagaje musical es lo suficientemene amplio como para que su paleta de recomendaciones resulte tan tentadora como sus propias creaciones. Tal es el caso de Richard Coleman, al que uno imagina tan exigente e inconformista a la hora de ser oyente, como a la hora de componer. Por este motivo un shows suyo basado en versiones de canciones ajenas no solo es motivo de goce sino también de expectativa, porque uno no solo llega con la seguridad de disfrutar melodías dóciles y conocidas, sino también para aprender y sorprenderse.
La idea del show, o mejor dicho de la serie de shows que recorren los cuatro miércoles de Septiembre, es presentar el disco “A song is a song”, cuya edición fue financiada por fans de Richard, quienes recibieron a cambio remeras, cd's autografiados y otra serie de privilegios y exclusividades que no vienen al caso. Las canciones habían empezado a escucharse en los recitales de presentación de “Siberia country Club”, el excelente primer (y tardío) disco solista de Coleman y todas se transformaron en un disco completamente en ingles. También para estos shows se supieron sumar otro puñado de temas extra. Pero nada define mejor la propuesta del disco y show íntimo del guitarrista que las primeras palabras de Leon Rusell en “A song for you”, tema elegido para abrir el recital: “He estado en tantos lugares en mi vida, y ha pasado tanto tiempo. He cantado muchísimas canciones, he hecho algunas malas rimas. He actuado, mi amor, en escenarios con diez mil personas mirando. Pero estamos solos ahora, y estoy cantando esta canción para tí”.
La selección de canciones es ecléctica, como así también las tonalidades que exigen a la garganta de Richard Coleman (en excelente estado por cierto) algunas interpretaciones en tonos medios y altos en los que uno no está acostumbrado a oirlo. Ese buen estado, más los efectos de micrófono muy bien administrados y algunos falsetes poco habituales en su estilo, consiguen que la apropiación de los temas no suene forzada en ningún momento. En ese sentido hay canciones como “Give me to love to Rose” de Johnny Cash, “Love me tender” de Elvis o “Personal Jesus” de Depeche Mode, que le sientan naturalmente de maravillas, mientras que otras como “Changes” (inusual balada extraída del cuarto álbum de Black Sabbath), o el conocido “Psycho Killer” de Talking Heads, reclaman una adecuación que en todos los casos resulta exitosa.
Richard toca casi todo el show con una guitarra electroacústica y una colección de pedales de efecto (falló en la primera “patada” en el tema de Russell, inusual blooper de su parte), y en varios de los temas es acompañado por Bodie Datino, que se sucede en guitarras, bajo, teclados y hasta una armónica. En tren de continuidad pasan “Satellite of love”de Lou Reed, “Midnight rider” de Allman Brothers (con uno de los pocos punteos de la noche). Mas tarde Coleman se calzará una Gibson SG para “Jeepster” de T Rex y, a mi gusto lo mejor de la noche, “To bring you my love” el denso blues que abría y bautizaba el tercer disco de P.J. Harvey.
Coleman habla poco, apenas nombra las canciones y sus autores, y solo dedica mayor tiempo para explayarse sobre compositores de culto como Terry Reid y Nick Drake (la versión de “Pink Moon” tal vez haya sido la única que me dejó la necesidad de otra escucha para terminar de convencerme); o para contar sobre la historia del disco maldito de Luis Alberto Spinetta en inglés (“Only love can sustain”), del que extre, con letra de Guillermo Vilas, “Children of the bells”. Los estilos varían, y una viajera Martin Backpacker sirve para acopañar la versión de “Thick as a brick” de Jethro Tull (Anderson fue el primer cantante que me provocó querer cantar como él, confesó Richard). Del barroco se puede pasar al insólito romanticismo, viniendo de quien viene, del “Drive” de The Cars (otro highlight del concierto).
Así como los cuatro quesos de la pizza con los que acompaño el “fogón” de Richard Coleman se funden y hacen uno solo y nuevo sabor entre todos, las canciones seleccionadas se mixturan, cruzan, se acoplan con naturalidad y en su sucesión otorgan al show una identidad que las vuelve naturalmente cómplices. Pero hay además un claro hilo conductor que, para seguir con la absurda metáfora de los quesos, así como el roquefort termina preponderando entre lo sabores de la pizza, en el show lo otorga la indeleble impronta que la oscuridad y melancolía de Coleman le imprime a las canciones. “Spider en I” de Brian Eno, es otro gran momento y “Wild is the wind” (que más allá de la original de Johnny Mathis, y de Nina Simone y cuanto otro la haya interpretado, todos sabemos que si está incluída en el repertorio es debido a la versión que David Bowie grabara en “Station to station”), termina por redondear el show que uno fue a buscar. La despedida es con un falso bis, porque jamás Bodie y Richard bajan de escena, y un tema que ya venía formando parte desde hace unos meses del repertorio de Coleman : “No big deal” de Love and Rockets. Único tema en el que el disparo de pistas con percusión le dan al show un sonido de banda completa.
La mayoría de las versiones que disfrutamos anoche están contenidas en un disco cuyo nombre es seguido por un prometedor “volumen 1”. Canciones hay; además del repertorio de ayer, Coleman ha hecho en el ciclo algún tema de Tears for Fears y prometió repetir, junto a Andrea Alvarez, para la última fecha, “Please read the letter” del disco de Page y Plant “Walking into clarksdale” (al que por la voz femenina imagino más cercana a como Robert la hiciera junto a Alison Krauss). Hasta dónde el músico continuará con esta veta, no lo sabemos. “Siberia country club” merece tener más rodaje en los escenarios, pero la excelente recepción que ha tenido este proyecto probablemente lo mantenga con vigencia, o en paralelo con la propia carrera solista de Coleman. Y si no quedará en estado latente, perdido en algún laberinto cuyos caminos enrevesados volverán a juntar al músico con estas y otras muchas canciones. Laberintos dije, borgeana palabra que viene como anillo al dedo para un proyecto concretado en un bar que recibe a sus visitantes con la “Anatomía de mi ultra” del gran Jorge Luis. Y si a eso se le suma la presencia de Maria Kodama en la primera fecha del ciclo de Coleman, la parábola cierra a la perfección. El miércoles 12 sale la última función, yo no desaprovecharía la oportunidad.