martes, 23 de octubre de 2012

Suede en el Teatro Vorterix

En enero de 2010 Brett Anderson tenía prevista una fecha en La Trastienda y yo, aún con entrada en mano, me preguntaba cómo haría para conciliar la imagen del crooner adulto en el que se había convertido Brett, con la del andrógino y provocador frontman de Suede, al que pretendía ver por lo menos una vez en mi vida sobre un escenario. Pues bien, aquella presentación se canceló, yo me gasté esa plata probando centollas en Ushuaia, y me quité ese dilema de la cabeza. Pero el tiempo pasó, y las situaciones se fueron encadenando de manera tan maravillosa, que la revancha vino con yapa: Anderson había decidio reunir Suede y además hacer pasar su gira por Sudamérica.
Llegué al Teatro Vorterix esperando ver las anunciadas reformas y mejoras, a las que tengo que confesar no vi. Nunca había ido desde la reapertura, pero yo no noté demasiadas diferencias. Para colmo la barra es de una pobreza llamativa, limitándose a vender fernet y cerveza Quilmes, a la que a esta altura solo recurro cuando las alternativas son el agua o la muerte por deshidratación. Detalles sin importancia, pero que no quería dejar pasar.
A pesar de la trascendencia que en un hecho así debería tener, el Teatro Vorterix recién se llenó con las entradas vendidas en la puerta. La remanida sobreabundancia de recitales, con el agregado del inminente show de Pulp, otra banda pionera del brit pop con la que, obviamente, comparten público, seguro influyó. Pero lo cierto es que cuando puntualmente se apagaron las luces, el Teatro Vorterix lucía de la mejor manera. Y hablando de brit pop, cuando a principios de lo '90 en la "pelea" comercial entre Oasis y Blur se nombraban a los Beatles y a los Stones como referencia, algunas voces se atrevieron a reservarle a Suede el lugar de los Who. Pues bien, hasta no verlos sobre un escenario uno no tiene noción de cuan justo resulta aquel parámetro. A su show se lo puede resumir, haciendo una analogía con el boxeo, de esta manera: Suede te empieza a tantear con “Introducing the band”, “She” funciona como los primeros jabs que empiezan a sacudirte la cabeza, y la combinación “Trash”, “Filmstar” y “Animal nitrate”, resulta una sucesión de ganchos al hígado y directos al mentón que te deja groggy. Groggy hasta que algo más de una hora más tarde, y después de unos cuantos floreos, te terminan por noquear con “Beautuful ones”.
Entre medio de todo eso, durante el tramo de los floreos y el lucimiento, pasaron muchas cosas. El regreso de una banda clásica sin material nuevo asegura una catarata de hits y Suede cumplió. Tienen tantos que pueden darse el lujo de armar un set contundente dejando afuera éxitos como “Stay together”, “She's in fashion” y “Obsessions”, y que nadie reclame nada. A la andanada inicial, a la cual cerraron con un “We are the pigs” que dejó afónico a varios, la cortaron con momentos más densos y oscuros como “Pantomime horse” y “The drowners”. Y cuando parecía que iba a haber más tiempo para tomar aire, el riff de “Killing on a flashboy” sonó más filoso y agresivo que nunca. Y “Can't get enough”, esa mixtura entre guitarra y bases dance que los británicos dominan a la perfección, consiguió la síntesis perfecta de lo que fue el concierto: todos saltando y bailando, todos cantando y coreando cada momento como si fuera el último.
Antes nombré a The Who, y no es casual la referencia. Fue el mismísimo Roger Daltrey para su concierto anual en beneficio de la organización Teenage Cancer Trust, el que los incentivó para el regreso. Y hay que ver como se para, toma su instrumento y se perfila el bajista Mat Osman, para comprender que es una réplica de Townshend con dos cuerdas menos. Claro, no revolea su instrumento, cosa que sí hace Anderson con el micrófono, conviertiéndose por momentos en una versión delicada de Roger Daltrey. Desde ya que es el cantante el que controla la escena. Con el refinamiento de Morrissey, la elegancia de Bowie y la performance desaforada del cantante de los Who, Brett Anderson es un frontman de un despliegue y dominio escénico como pocos. Recorre el escenario de un lado a otro, arenga con gestos a un público subyugado, se les acerca y aleja a los más adelantados, baila como poseído sacudiéndo su torso tan delgado como cuando en los '90 lo contorneaba la heroína, y por momentos se somete ante una energía que se le devuelve por duplicado. La guitarra de Richard Oakes (a la cual un poco más de volumen no le hubiese venido nada mal) hace rato que hizo olvidar a Bernard Butler, y sin poses exageradas, colma a cada tema de una energía avasallante. Neil Coding acompaña alternando teclados, y guitarras eléctricas y acústicas, y Simon Gilbert es un relojito.
Los coros del público se escucharon más que las cuerdas irresistibles de “Everything will follow”, a la que Anderson cantó sentado al borde del escenario. Y como en un sube y baja, o para seguir con el boxeo, como un estilista que luego de cada paso atrás, retoma con su ofensiva demoledora, Suede alterna los climas y en una racha final encadena “So young”, “Metal Mickey”, “The wild ones”, “Heroine” y “New generation”. Y cierra entonces con el knock out inolvidable de “Beautiful ones”, cuyo riff permaneció en la garganta de todos los que estábamos en el Vorterix, y que se repitió durante los tres o cuatro minutos que duró el intervalo hasta los bises.
De regreso el show tuvo otro clima. “My dark star”, un oscuro tema de “Sci-Fi Lullabies” (el disco de B-sides del '97) fue una sorpresa, porque no venía integrando la lista de los últimos shows, y la despedida definitiva fue con un “Saturday night” casi épico, con un coro repetido hasta el hipnotismo y que redondeó una noche inolvidable. La velocidad en el encendido de las luces y la música que ganó la pista del Vorterix fue señal suficiente para comprender que no había más para pedir.
La salida resultó lenta porque afuera se llovía todo, pero a decir verdad, el agua funcionó como esas toallas húmedas que les ponen a los boxeadores noqueados en la nuca, cuando todavía no saben si la pelea terminó, está por empezar o si todavía el referee les está contando. Así quedamos, así nos dejó Suede. Y una convicción: si “Positivity”, el inminente nuevo disco de la banda, es capaz de reproducir la energía con la que encararon el repaso de su obra, seguro que vamos a estar hablando de algo grande.
Los seguidores del blog ya lo saben: se vienen días movidos. La próxima estación será el jueves con Jack Bruce.
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