viernes, 2 de noviembre de 2012

Robert Plant en el Luna Park

Para los que me conzcan desde antes de ser un ignoto bloguero, saben perfectamente de mi predilección por Led Zeppelin a la hora de encaramar un nombre en la absurda (pero siempre entretenida) lista de las bandas más grandes de la historia del rock. Con el tiempo llegué a pensar que Radiohead podría amenzar esa convicción, pero ese es otro tema que ahora no viene al caso. La cuestión es que aún en la época en que la economía y las incipientes (no tan incipientes, a decir verdad) responsabilidades me impedían concurrir a recitales con asiduidad, una de las pocas excepciones fue aquel inolvidable show de Page y Plant en Ferro, allá por enero del '96. Unos pocos años antes, escuchar por Rock and Pop desde mi casa a Plant solista haciendo “Babe, I'm gonna leave you” me había colocado bajo shock emocional. Por estos motivos, ya con otro ritmo de inversión en recitales, para esta tercera llegada de Robert Plant, me apresuré a estar entre los primeros en tener la entrada, y me propuse hacerme de una buena ubicación (aunque no las mejores, inaccesibles para alguien que se propone ir a todos, o casi todos, los shows que se andan promocionando).
Llegué temprano al Luna Park, o mejor dicho, creí que llegaba temprano y resulta que me perdí el show de Richard Coleman que hacía las veces de artista invitado. El show estaba anunciado para 20:30hs, algo que nadie nunca creyó del todo, y que provocó (aún cuando el inicio se demoró unos veinte minutos) que varios entren a las corridas cuando ya iban dos o tres temas del concierto.
La banda que acompaña a Plant en esta gira (Sensational Space Shifters) ya había empezado a tocar cuando Robert, de jean y remera negra, entró caminando al escenario para iniciar el concierto con “Tin pan valley” y “Another tribe”, dos temas de su disco “Mighty ReArranger” de 2005. Elección que iba a condicionar la noche, ya que si uno se guiara por los temas elegidos, pareciera que Plant encaró esta gira borrando de un plumazo sus últimos dos trabajos: la colaboración con Alison Krauss (Raising sand), y el disco con Band of Joy de 2010. Esos trabajos son discos bastante despojados en cuanto a la pretensión de los arreglos. Cada uno con sus propias características, devolvían al cantante a un sonido más depurado y tradicional. Y nada de eso ocurrió anoche, ya que el recital bien podría haber funcionado como la presentación del nombrado “Mighty ReArranger”. Eso sí, Robert Plant nunca se olvida de que alguna vez fue (como lo anunciaba innecesariamente el afiche de promoción local) “the voice of Led Zeppelin”, y entonces nos regala “Friends” para la primera gran ovación de la noche.
El escenario solamente estuvo decorado por el logo de los Sensational Space Shifters y el rostro de una versión jovencísima de Robert Plant rodeado de flores y colorido. Un afiche bien sixtie, psicodélico y flower power, al estilo de los de Canned Heat o Grateful Dead. Sin abusar de diálogos prolongados que puedan poner a prueba su español, Robert Plant usó el castellano para comunicarse con la gente: para agredecer, saludar y demás formalidades. Pero también esos momentos funcionaron como un guiño para anticipar los platos fuertes, es decir, los clásicos: “Y ahora?”, se pregunta y luego de un “No sé” como auto respuesta, largan con el nombrado “Friends”. Más adelante la contraseña será “Por qué no?” como pie para “Black dog”.
Plant no ignora lo que su figura representa, su condición de miembro de una de las bandas más grandes de la historia, pero no se resigna a ser un digno intérprete de sí mismo, sino que no cesa en la búsqueda inconformista. Bajo sus parámetros, está claro. Sus obsesiones, su fascinación con la música oriental, los instrumenos africanos, los arreglos y sonidos de la India. Elige no ser demagogo y se sumerge en su obra sin temores, sin limtaciones, pero sin liviandad ni complacencia. Por eso, así como hace una semana Jack Bruce le devolvió al “Spoonful” de Howlin' Wolf su esencia blusera, Plant la recubre de un halo místico y se transforma en una especie de chamán, que en medio de un ritual tribal nos recuerda que “a little spoon of your precious love, good enought for me”.
“No quarter”, aquel proyecto que lo reencontró con Jimmy Page en los '90, le da la matriz perfecta a la manera de cómo abordar las canciones de Led Zeppelin, y esas canciones se muestran dóciles y sumisas a la voluntad de Plant. Lo siguen, se amoldan, lucen (a veces hasta mejor) en cada nuevo arreglo. El que busque el intrincado riff de “Black dog”, lleva las de perder. Recién hacia el final con “Ramble on” se podrán reencontrar los sonidos a los que el oído está más habituado. Y si bien Plant no se olvidó de rockear, y no duda en dejarlo bien en claro, en el centro del show muchas veces queda (al margen del excelente trabajo del primer guitarrista Justin Adams) Juldeh Camara, el músico originario de Gambia encargado del banjo y violín africano, quien además le pone voz a los pasajes más étnicos de los temas.
Puedo citar el setlist completo, y aunque quien con esa información se arme una lista en su reproductor de música, nunca podrá tener noción de lo que es el concierto. Porque al no ser las versiones iguales a las grabadas, las sensaciones frente a la música jamás podrán ser las mismas. Hay climas diferentes en medio de los temas, especialmente en los más densos como “Somebody knocking” y “The enchanter”. La gente aplaude, se sorprende, saluda a su ídolo con el porteñísimo grito de “aguante Roberto!”, y por supueto reacciona y celebra cuando descubre los clásicos como “Bron-Y-aur stomp” y “Four sticks”.
A esta altura me doy cuanta que no hice referencia a un detalle central: el encantamiento que produce la figura de Robert Plant sobre el escenario. A pesar de su pose humilde, el excelente estado de su voz y sus tonos inconfundibles lo vuelven irresistible. Y con esos atributos, se da el lujo de mostrarse fragil y emotivo en la bellísima y despojada “All the king's horses”. Cuando levanta el volumen, es sorprendente como sus agudos aún pueden erizar a la platea, aunque no está demás reconocer que a la hora de los gritos, la consola de sonido hace un gran trabajo con los efectos. El cierre llega con “Fixin' to die” y un “Whole lotta love” con una base afro y el riff cortado, que parece salido de una versión valvular de “Achtung baby”
El final, después de un breve intervalo, fue con más clásicos. Y a esa altura no hay mucho para agregar, solo dejar en claro de lo lindo que resulta escuchar a Robert Plant en 2012 cantando “Going to California” apenas un tono abajo de aquella versión del cassette de Led Zeppelin IV, cuya cinta quedó transparente de tantas pasadas. Y el final es con “Rock and roll” al que aunque siga sonando poderoso, y la gente coree a viva voz el “lonely, lonely, lonely time”, guarda un lugar para un desquiciado violín africano que lo coloca en otro nivel. Esa versión termina de confirmar, a días del estreno en el país de “Celebration day” el motivo por el cual Plant fue el menos interesado en prolongar aquel alabado regreso de 2007: los caminos de su música hace rato han encontrado su propio y fascinante rumbo.






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