domingo, 21 de noviembre de 2010

Hot Festival dia 2 - Massive Attack en Costanera

Llegué temprano al predio de Costanera exclusivamente para ver a Martina Topley Bird en un horario inusual: 16:10hs La primera decepción fue que para entrar yo tenía la ilusión de subir por el puentecito que cruzábamos cuando era chico e íbamos al parque de diversiones, cuyo tren fantasma tenía tantas entradas de luz, que uno podía adivinar el monstruo siguiente varios metros antes. Pero uno de los puentes era para el estacionamiento y el otro para el VIP. Nada de puentecito entonces y a correr al escenario 2, porque eran las cuatro. Pero la cosa venía retrasada, así que presencié a María Ezquiaga y dos guitarristas en una versión reducida de Rosal. No estuvo mal, pero de todas maneras los veinte que éramos a esa hora, estábamos resguardados a la sombra y vimos y escuchamos el show sentados.

El que no fue temprano y se perdió a Martina…..lo siento mucho. Ella sola, un teclado, laptop y sampers. Habló en español, fue pura simpatía y se ganó al poco público que estaba en el lugar, que había ido temprano exclusivamente a verla. Sus interpretaciones fueron más fieles al sonido de “The blue God”, que a las versiones que hizo para “Some place simple” este año. Usó mucho sampler de voz y se tomó con humor alguna falla en el disparo de las programaciones. Tocó “Valentine”, “Poison”, “Da, da, da, da”, una versión de “Overcome”, el tema que grabara para el disco debut de Tricky, y se peleó con los organizadores ante la sugerencia de acortar el set (el retraso no es mi culpa!, les gritó). Y ante otra falla en el sonido, cerró invitando a dos espectadores a subir al escenario a acompañarla con palma y pandereta, y haciendo en guitarra una furiosa versión de “Too tough to die”, de su primer disco solista “Quixotic”, mientras los turros de “Soy rock” le largaban el show de Cobra Starship en el escenario 1.

Cobra Starship…..tal vez con el revuelo hormonal de un adolescente se los pueda entender, pero mi cabeza está cerrada a esas experiencias. Para colmo, en su demagogia pro Argentina, uno de ellos gritó: Viva Argentina, viva cerveza (así, sin artículo de por medio), viva cerveza Quilmes!” Nah! Banda berreta vivando cerveza berrata. Asco. En mi cabeza sonaba la voz de Mark Mothersbaugh repitiendo “We are emo, we are emo” Sigo de largo. Me voy al escenario alternativo y está desarmando Brian Storming. Llegué tarde, así que me volví al escenario 2, porque (con Cobra Starship todavía tocando!) largaron a James Yuill. El tipo parece salido del video de “She blinded me with science” de Thomas Dolby. Un nerd con todas las letras, rodeado de tecnología, disparando secuencias y haciendo buenas canciones. Pappo lo hubiese echado a patadas del escenario, pero el tipo se la bancó e hizo bailar a algunos con su versión 2.0 del synth pop.

Massacre, a esta altura, se convirtió en una fija para este tipo de festivales. Walas se gana al público con facilidad, la gente reacciona más que bien ante una banda clásica a la que muchos descubrieron hace poco. Abrieron con “Abrázame así, abrazame fuerte”, y sonaron “La octava maravilla”, “La epidemia”, y “Divorcio” (estas tres todas de el magnífico “El mamut”-2007). Auguraron un futuro dominado por insectos en “Heredarán la tierra” en un predio ideal para “Off Rock Festival” y se despidieron con mucho aplausos, aunque no tocaron “Plan B” (Cosa que tampoco haría Catupecu más tarde, en una especie de “dale hacela vos. No vos. No mejor vos. Y así nos quedamos todos sin “Anhelo de satisfacción”).

Volví al escenario 2 a ver a Benjamin Biolay. De él voy a hablar poco, porque el 23 lo voy a ver en Studio Samsung y me reservo las palabras para ese momento. Lo resumo diciendo que aunque muchos no lo concían, la gente “compró”. El tipo seduce hasta cuando se esfuerza por no seducir. Dos chicas chiquitas al lado mío se apretaban las manos entre ellas y se preguntaban: “Boluda, quién se lo coje primero?” a una edad en la que todavía no aprendieron que a veces no todo se hace necesariamente se reduce a dos. Hizo al principio los temas más guitarreros (“Si tu suis mon regard”), tocó la trompeta en “La superbe”, fumó en “Tu es mon amour”, rescató “Les cerf volants” y cerró (como hace dos años en Niceto) con una descomunal “A l’origine”.

Stereophonics es para mí una deuda pendiente. Siempre los escuché poco haciéndome la promesa de adentrarme en su discografía. Ese tipo de bandas siempre me parecen que son lo que Radiohead hubiese sido si se hubieran casado con “Pablo Honey”. Pero Stepeophonics está un paso arriba. Y si yo sospechaba que ese prejuicio me estaba haciendo perder una gran banda, ayer lo terminé por confirmar. Espíritu indie, guitarras poderosas, buenas voces dentro de un sonido impecable. Abrieron con el clásico “The bartender and the thief” e hicieron excelentes versiones de “Superman”, “Local boy in the photograph” y “Just loocking”. Bajaron un poco los decibeles con “Have a nice day” y “Maybe tomorrow”, y cerraron bien arriba con “Dakota”. Show potente que le dejó el ambiente servido a Catupecu en el escenario 2.

Lejos, uno de los shows más flojos que les vi a los Catupecu Machu. Abrieron con “Confusión” y “Piano rd” de “Simetría…” y el sonido era más que deficiente. La gente lo hizo notar y Fernando les dijo que puteen a Macri. La verdad es que creo que Mauricio tenía poco que ver esta vez con los problemas de sonido. En primer lugar, porque Fernando Ruiz Diaz sabe muy bien que el sonido no se remite solo a volumen, y la mezcla por momentos era pésima. La diferencia entre la potencia sonora de los dos escenarios fue notoria (en los sets de Martina Topley Bird y Benjamin Biolay no lo noté, porque con menos público pude estar más cerca del escenario), pero aún así, en la mitad de “Origen extremo” el volumen subió repentinamente, demostrando que no todo era decisión del jefe de gobierno. A no ser que Duran Barba le haya interrumpido la mesa dulce a Mauricio, le haya hecho saber que estaba a punto de perder dos de los seis votos que le quedan, y que desde Tandil haya salido la orden de mover el potenciómetro. La cosa fue que con el sonido en parte mejorado, el final con “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” fue más que digno, y “Dale!” provocó el único pogo en la segunda noche del festival.

Yo aproveché el show de Thievery Corporation para comer un sandwich, visitar a Basani, y descansar un poco. Pero tengo que decir que el combo de Washington hizo un show magnífico. Hicieron bailar hasta las piedras. Mucho funk, ritmos de todo tipo, world music, algo de reggae, hip hip y electrónica. Se cantó en español, portugués e inglés. La cantante argentina Natalia Cravier incitó al público a moverse aduciendo el imperativo de no hacerla quedar mal (???). En “Originality” citaron el “Thank you” de Sly Stone e hicieron “The heart’s a lonely hunter”, el tema que junto David Byrne grabaran en “The cosmic game”. Nombrar temas me resulta imposible, pero sí puedo decir que como aperitivo estuvo más que bien, y que no es casual que Massive Attack los hayan elegido como apertura de su gira.

La ansiedad por ver a los de Bristol era mucha. Después de un show movido como el de Thievery había que ver por donde decidían pegar los británicos para que el choque no resulte tan notorio. La media hora que se demoraron los asistentes en desarmar el set de Thievery y armar el de Massive, sirvió para atemperar los ánimos. Y para cuando se apagaron las luces y empezó a escucharse “United snakes” la expectativa era absoluta. De entrada nomás quedó claro que el sonido nos iba a pasar por arriba. No había jefe de gobierno ni vecinos que pudieran interponerse (y la fauna de la reserva ecológica tiene poco poder de lobby). Una atomósfera perfecta para un trance de poco más de una hora y media que dejó a todo el mundo absorto. En seguida subió Martina Topley Bird para hacer “Babel”, uno de los temas a cargo de su voz en “Heligoland” (el otro es “Psyche” que sonaría más tarde) y todo comenzó a cobrar forma. La puesta en escena fue magnífica. La iluminación alternaba tonalidades más bien oscuras, dentro de los azules con estallidos de flashes y rotaciones psicodélicas. El humo abundaba y a veces hasta casi cubría la vista de los músicos. Detrás de la banda una pantalla de leds armaba y desarmaba palabras, que en el comienzo fueron nombres de todo tipo de drogas, pero que luego también fueron frases completas y números. Números que se incrementaban y reducían, que por momentos solo eran cifras y que en otro llevaban el signo pesos por delante. Que pueden remitir a gastos en armas o a datos de población, y que a veces se detienen de repente como si se quisiera marcar un dato en particular. Anoche, sugestivamente la primera detención fue en el número 30000. Entonces, más que un complemento la pantalla resultó un objeto esencial en un show conceptual por donde se lo mire y que obliga al espectador a estar atento a todo detalle para no perderse de nada. Nunca una banda en vivo se pareció tanto a su página web.

Robert del Naja es quien toma más contacto con el público, aunque esto es esporádico, mientras Grant Marshall ocupa un papel más retirado. A pesar de tratarse del cierre de la gira de presentación de “Heligoland”, Massive Attack armó un show con referencias a su último trabajo, pero poniendo énfasis en muchos de sus clásicos, consiguiendo que el concierto tenga picos desde lo emotivo sin abandonar su coherencia conceptual. El primer tema clásico en aparecer fue “Risingsong” de “Mezanine”. Al final la pantalla reproduce al Maradona más verborrágico: Para los que no creían, que la chupen. La gente aplaude. Massive Attack adapta su mensaje a la tierra que está pisando y sus alertas sobre alienaciones y saturación mediática se expresan en términos y referencias bien comprensibles. Horace Andy aportó su “Girl I love you” del último disco y volvió para un conmovedor “Angel”. La interpretación de “Future proof” fue sencillamente descomunal y la guitarra pareció que iba a incendiarse. Martina Topley Bird hizo una intensa versión adaptada a su voz de “Teadrop” que resultó otro punto altísimo. Pero lo mejor del show sucedió con “Inertia creeps”; mientras la pantalla reproducía las noticias de la semana, en donde conviven Messi, Mariano Ferreira, Moyano y Amado Boudou. A modo de videograph de canal de cable va pasando el resumen semanal y se mezcla con datos aterradores como la información sobre los días en que un ciudadano puede permanecer detenido sin cargos. Canada, Francia, Turquía, Irlanda e Inglaterra van incrementando la cuenta de días hasta el terrorífico “Estado Unidos: tiempo indefinido”. La música sigue creciendo en un clima envolvente y la odisea multimedia termina con sentencias como “Comentar es gratis” y “Los inocentes no han de tener miedo”.

Si “Inertia creeps” fue el punto culminante desde el concepto, el cierre del show con “Safe from harm”, el pico emotivo se centró en lo musical. Poco es lo que se puede decir, porque la única manera de notar el ensimismamiento de la gente, abstraída por la música en un estado de consciencia altamente perceptivo, es haber estado allí y haber sido parte de ese momento mágico. Haber estado bajo el encanto de la voz de Deborah Miller y heberse dejado llevar por la primera canción del primer disco de Massive Attack, esa que bastó para que uno se vuelva fan incondicional de la banda. Y después el silencio y la espera, breve, para unos bises que no dejaron de estar a tono con el show. “As you were living” trae a la pantalla, en tamaño diminuto pero perceptible, los nombres de Tatcher y Galtieri, mezclando sus letras y fundiéndose en uno solo. “Unfinished simpathy” devuelve la encantadora voz de Deborah al escenario, y el cierre definitivo fue, igual que “Heligoland”, con “Atlas air”. El riff de teclado se vuelve un irresistible e interminable trance que permaneció en mi cabeza aún a varias cuadras de haber abandonado el predio y haber salteado los vendedores de remeras y gaseosas a la salida.

Este año tuve la suerte de estar presente en enorme cantidad de conciertos, pero nada se comparará nunca a la noche de Massive Attack en la costanera sur. Un show extraordinario hecho por unos tipos que hace rato han comprendido e incorporado la tecnología, ya no solo al servicio de la música, sino en función de un espectáculo que obliga a tener los cinco sentidos abocados al 100% para gozarlo en toda su dimensión. Y bajo circunstancia sensitiva es que todavía estaba imbuido cuando necesité pellizcarme, un poco para saber si lo que había vivido era real, y otro poco porque cruzar Paseo Colon a esa hora y en ese estado no era lo más aconsejable.
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