miércoles, 24 de noviembre de 2010

Benjamin Biolay en Samsung Studio

A veces a la gente le gusta hacer las cosas complicadas. En su primera visita al país, hace dos años, Benjamin Biolay había llenado dos Niceto, que en cantidad de gente significan algo más de 3500 personas. Esta vez, además de su breve paso por el Hot Festival, su presentación se limitó a una noche en el Samsung Studio, un lugar armado con mesas para apenas 150 personas sentadas y otras tantas paradas, amontonadas detrás de dichas mesas. Eso sí, hay que reconocer que el Samsung resulta un lugar ideal para disfrutarlo, esto si quienes organizan se ocuparan de, al menos, no entorpecer las cosas. En primer lugar abrieron tarde la sala en relación a la hora anunciada del concierto. En segundo lugar, ofrecieron un menú de comida opcional para quienes estábamos en las mesas, y que empezaron a servir lo suficientemente tarde como para, junto con eso, demorar el inicio del show. Quienes no optamos por el menú, nos vimos gratificados al notar que a lo que en Studio Samsung llaman cazuela, no es mas que un minúsculo recipiente con algún rastro de pollo en el fondo (quienes optaron por sushi tuvieron mejor suerte). En tercer lugar el olor a verdeo es un aroma inusual para acompañar un recital, algo que jamás me había pasado, excepto que alguna vez alguien se haya fumado una cebolla.
Por suerte los artistas suelen ser ajenos a estas circunstancias y mientras se escuchaba la voz de Michel Aumont recitando “Pour écrire un seul vers “de la banda de sonido de “Clara et moi”, el francés y sus músicos se fueron acomodando en el escenario para iniciar el concierto con Benjamin Biolay al piano en una versión calma e íntima de “Tout ca me tourmente”, de su último trabajo doble, “La superbe” (2009). Acto seguido el clima cambió con “Même si tu pars” de “A l’origine”. A diferencia de su primera visita, esta vez Benjamin llegó acompañado por su banda completa, por lo que hubo menos sonidos programados y la música ganó en frescura. La gira tiene por objeto promocionar el disco “La superbe”, que según la crítica europea fue uno de los mejores discos de 2009. Sumergirse en ese disco significa adentrarse en los distintos caminos, sonidos y ritmos que Biolay elige a la hora de componer. Desde la intimidad de la chanson más tradicional, pasando por los coqueteos con el hip hop, el nulo temor a los aportes de electrónica, y hasta sonidos y melodías pop bien accesibles y pegadizas. Esa variedad, en un recorrido que no dejó de lado el resto de su discografía, es lo que pudo apreciarse en el sensacional concierto de anoche. El paso de la suave “Night shop” a la pegadiza “Si tu suis mon regard”, que hacia el final construyó el primer clima ascendente de la noche, resulta un ejemplo perfecto para graficar ese cambio.
Con Benjamin Biolay al piano el show vuelve a cambiar de rumbo. La sala parece hacerse más pequeña, la intimidad nos invade a todos y el decir susurrante y confidente del francés hace de ese momento un punto altísimo desde lo emotivo. “Ton heritage” probablemente sea una de las canciones más hermosas de “La superbe”. La hizo sentado al piano y acompañado apenas de unos colchones de cuerdas aportados por su tecladista (que es igual a Luis Luque!). Seguido quedó solo en el escenario y se despachó con dos joyas de sus primeros trabajos: “Nuits blanches” de “Negatif”, y desde “Rose Kennedy”, “November toute l’année”. En su sugerente melodía acompañada por un piano con reminiscencias clásicas, a esa altura de la noche, el nombre de la canción resultó un auténtico deseo común. Si faltaba algo para coronar ese tramo, seguido se escuchó una tremenda versión de “La superbe”, la primera de las tres canciones que terminan en crescendos sonoros que estremecen los sentidos y que hacen que uno quiera que se prolonguen hasta el infinito.
Benjamin Biolay habla poco y casi siempre en francés. El contacto con el público se reduce a unos suaves golpes en el pecho para atestiguar que el cariño es mutuo. Recorre el escenario a paso lento, marca con sus brazos los cambios de ritmos y cortes en las canciones y su baile es apenas leve. Se acerca a sus músicos, pero se comunica con ellos apenas por gestos. Su andar descuidado y su manera permanente de arreglarse el pelo pueden ser ritos auténticos o bien una perfecta construcción. Pero en cualquiera de los casos, su figura resulta un imán que atrae las miradas y que lo convierten en centro de la noche. A veces su humildad es creíble, otras parece estar más allá de todo, y hasta parece sobrar la situación. Con esos atributos, no es causal que haya incursionado en el cine.
“Lyon presqu’île” y “Bien avant” tuvieron a Benjamin a cargo de la guitarra acústica y fueron el prolegómeno del tramo más festivo del concierto. Pasaron la rockera “Prenons le largue”, y de “Trash yéyé”, la seductora “Qu'est-ce que ça peut faire” y la irresistible “Dans la merco Benz”, con incursión de Benjamin en la trompeta. “15 Septembre” marcó otro momento alto desde lo rítmico y el final, igual que en 2008 y en el mini set del Hot Festival, quedó a cargo de “A l’origine”. Y acá tengo que hacer un alto. Porque cada peso que uno pueda pagar por la entrada a un concierto de Benjamin Biolay vale solamente por ese momento. La canción es una especie de hip hop denso (diría a lo Eminem, por citar una referencia que no me convence del todo), cuyo clima va ganando en volumen, y que se desata en un caos sonoro y lumínico, con el francés arrodillado en el piso, gritando y casi aullando una letra que contrapone la imagen de un origen puro y libre de maldades ante el espejo de un presente pintado de macabro, materialista e insensible. Todo esto enmarcado por sonidos que ganan en intensidad, mientras las luces bombardean el escenario convirtiéndolo en un auténtico apocalipsis. La gente de a poco se va poniendo de pie, un poco por incredulidad ante lo que tiene frente a sus ojos, y otro poco porque es contagiada por el éxtasis de una banda que termina el concierto en un estallido fenomenal. Es por ese motivo que pasan unos cuantos minutos entre que la banda se haya retirado del escenario y la aparición de los primeros aplausos pidiendo por una vuelta.
De regreso Benjamin hizo “La balade du mois de Juin”, del disco “Home” que grabara en 2004 con su, por entonces, esposa, Chiara Mastroianni. Después del caos llega la calma, podría uno pensar. Pero eso dura poco, porque otra vez una melodía que nace pequeña e íntima gana lentamente en energía, para destara el tercer momento crucial en cuanto a intensidad. Así fue la interpretación de “Negatif”, tema que da nombre a su segundo trabajo, y que incluyó citas a Bowie y a Gorillaz. Nueva despedida breve, y finalmente un segundo regreso con “Les cerfs volants”, un clásico de su primer disco, con la voz sampleada de Marylin Monroe como acompañante, y un cierre definitivo con “Padam”, de su último trabajo, en una versión funk en donde la guitarra se lució marcando el ritmo frenético que le dio a la noche un cierre ideal.
Pasada la medianoche la gente se retira lentamente del Samsung completamente complacida. Yo me quedo mirando algunos rostros con algo de curiosidad y mucho de odio. Porque no quiero dejar pasar que durante las dos horas del concierto hubo personas que se levantaron de sus lugares una docena de veces (no exagero) para irse a conversar con gente de otras mesas, yéndose al baño, o vaya saber dónde, desatendiendo en absoluto lo que pasaba en el escenario. Caminantes que parecían tener la mente en otro lado, y a los que yo aborrecía, porque honestamente no creo que se merezcan la extraordinaria performance que Benjamin Biolay nos regaló anoche. El espacio y el precio de las entradas dejó a afuera a mucha gente que de verdad hubiera disfrutado del concierto. Sin necesidad de petit cazuelas a $50 y que se sabe ubicar y postergar la hora de hacer sociales para el momento que corresponda. Así que amigo Benjamin , ya sabés: la próxima (porque tiene que haber próxima) al menos una Trastienda.
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