lunes, 29 de agosto de 2016

Nacho Vegas en Ciudad Cultural Konex

De Nacho a Nacho. De Nacho Fernandez en Nuñez a Nacho Vegas en el Abasto. Así terminó mi fin de semana, con un domingo que compuso todo lo que Santa Rosa había desarreglado el sábado. Aunque los meteorólogos en televisión dicen que Santa Rosa no existe. Pero a la televisión mucho no hay que creerle. A los Santos medio que tampoco. En realidad hay poco en lo que uno puede creer, así que no queda otra que aferrarse a lo que uno quiere. A los vinos, cantares y amores, a decir del Nacho Vegas, el asturiano que luego de un año, volvía a pisar Buenos Aires.
Aunque en el último tiempo (y en especial a partir del nacimiento del movimiento 15M en Madrid) ya nos tiene acostumbrados, la versión de Nacho Vegas resultó diferente a la del año pasado. Porque su costado social ha quedado más expuesto que nunca en su EP “Canciones populistas” y lo que en sus letras y repertorio venía insinuándose sutil, se transformó anoche en Ciudad Cultural Konex, en el hilo conductor de su concierto.
La noche no comenzó con él, sino con Manolos, un grupo local que no tiene nada que ver con los rumberos catalanes, y que básicamente me sonaron como un grupo tributo a Sabina. La paradoja es que especialmente más me sonaron como tributo a Sabina cuando hacieron sus propias canciones. Lugares comunes de la lírica y la prosa del madrileño repetidos como fórmula, dieron por resultado un somero anticipo al concierto de Nacho. Con poco para destacar a mi gusto, me resguardo de una opinión definitiva por dos consideraciones: tocaron en un formato acústico que no es el habitual en ellos que bien pudo haber exagerado mi percepción, y a la hora de tocar un tema de Joaquin, eligieron “Con la frente marchita”, lo cual necesariamente supone buen gusto de origen.
Empecé hablando de la diferente versión de Nacho Vegas que nos visitó este año, más que nada por el repertorio. Pero hubo otra diferencia con el concierto del año pasado: vino con banda reducida; apenas un cajón peruano, bombo y platillos en la percusión, y una guitarra eléctrica. Y necesariamente el formato no puede ser casual cuando el asturiano viene reivindicando el formato folk de la canción. Al juglar que se expresa con mínimos aditamentos y que hace de su sensibilidad artística el arma para contactarse con el público.
El show comenzó bien clásico: “El hombre que casi conoció a Michi Panero”, y varios temas de “Resituación”, en donde se destacó “La vida manca”, cantada por los porteños como si conocieran Gijon como la palma de sus manos. Eso sí, después de los dos primeros temas se sumó al escenario un coro presentado como “Coro Nacional Anti Fascista Tamara Bunke” y que significó la primera aparición de las garras rebeldes de Nacho. Además claro, de la imagen de la guitarra con la insripción “This machine kills fascists”, una forma de homenajear a Woody Guthrie, inevitable cita a la hora de hablar de juglares comprometidos.
A partir de allí comenzó el momento más combativo del repertorio, con temas como “Canción para la PAH” (que retrata el drama de los desahucios en España y colabora con el movimiento social que nació como respuesta a ello), “Polvorado” y “Vinu, cantares y amores”. En este último, el estribillo “Que sin una y vinu, cantares y amor, no, esta nun llega mío revolución” tal vez mejor se expresa el espíritu de este Nacho Vegas de mirada social. No hay renuncia a la bohemia para seguir el tono marcial de una proclama. Las arengas no están excentas de ironía, el humor abunda y el mundo resultante de la revolución será un mundo en donde no falten los brindis y las fiestas. En medio de todo eso, el guitarrista Hans Laguna fue presentado como adherente a la República Socialista Catalana, “odia tanto a España como al macrismo”, agregó Nacho y provocó risas.
Por suerte Nacho no se conformó con eso y nos llevó a pasear también por sus mundos intimistas, como “Dias extraños” (tal vez su mejor aporte al disco en común con Enrique Bunbury) y “Lo que comen las brujas”. De allí hasta el final los climas y temáticas se intercalaron, mientras el público no dejó nunca de cantar e intentó tibiamente algún comentario anti macrista. Pero estaba claro que quien dirigía la batuta era Nacho Vegas desde el escenario, haciendo uso de su tono cansino, a veces tímido, siempre poco adepto a las declamaciones, y felizmente el show nunca dejó de ser tal, evitando caer en clima de mitín (aunque la imagen de una guerrillera metiendo una bomba en el culo de Videla, colada en una canción, se le acercó bastante).
No por eso dejó de haber firmeza y consecuencia desde el lado social, como cuando se sumó el banjo de “El violinista del amor y los pibes que miraban” para una versión de “Santa Barbara bendita (En el pozo Maria Luisa)”, un himno de los mineros asturianos.
Para el final quedaron expuestas, con dos temazos de su repertorio, los diferentes abordajes del universo según Nacho Vegas: “Cómo hacer crac”, y la despiadada pintura de una sociedad a la deriva frente a la crisis, y “La gran broma final”, su tema de “La zona sucia” que recreó el final de su pareja con Cristina Rosenvinge.
Entre aprietes con el horario de cierre de la sala, Nacho se hizo lugar para volver, y de su paso por Chile se trajo una versión de “La Petaquita” de Violeta Parra. La gente le pedía canciones anarquistas e incluso “La internacional” (estuvo haciendo “Los dos gallos” en algunos conciertos de la gira), pero Nacho respondió con la nostalgia hacia su tierra natal cantando “Luz de agosto en Gijon”. Y cuando yo esperaba que el cierre definitivo nos traiga a su recreación de Phil Ochs en “Ámenme, soy un liberal”, Nacho eligió despedirse con Townes Van Zandt y “Que te vaya bien, Miss Carrousell”, con el público agolpado sobre el escenario.
Nacho Vegas agitando y abrigando a la vez en el agosto porteño. Una costumbre que, felizmente, se está volviendo habitual.




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