sábado, 20 de agosto de 2016

Octafonic en el Teatro Vorterix - Presentación de "Mini Buda"

  Un Buda pequeñito que alcanza su nirvana en una explosión de rock industrial digna de Trent Reznor, es el leit motiv del segundo disco de Octafonic. Un Buda que señala a occidente y su perdición, y que invita a la salvación en una reencarnada vida libre de corrupción espiritual. Una imagen que pareciera encontrarse en el preciso instante de la transformación, de la liberación colosal de energía cuyas consecuencias resultarán impredecibles. Una situación de la que si uno es más o menos consciente, no podrá provocar otra cosa que ansiedad. Y así se percibía el ambiente del teatro Vorterix a pocos minutos del incio del show que significaría la presentación oficial del segundo disco de Octafonic: ansioso.
  Mi tercera visita al teatro en menos de diez días, quienes siguen el blog estaban avisados. Pero a diferencia de las dos visitas anteriores, no se trataba de reencontrarse con un pasado dando pruebas de vigencia, sino de un presente otorgando señales de futuro. Octafonic, la banda más difícil de encasillar del ambiente local, se proponía demostrar que un disco de sonido tan complejo como “Mini Buda” era posible de ser plasmado sobre un escenario. Y aunque mucha gente pareció demorarse en el acceso, al momento del comienzo del show, media hora después de lo anunciado, el recinto se encontraba repleto.
  Un guarda que pide tickets de ingreso en un tema de se llama “Welcome to life”. Si bien cuando uno habla de Octafonic por lo general hace referencia a su sonido, al alcance de los estilos abordados y a la expansión de su búsqueda musical, yo no podía dejar pasar por alto semejante ironía. Porque no hay manera que sea casual. Porque en un disco que se propone trascender, o al menos juega con eso, la parábola mercantilista del nacimiento tiene que ser necesariamente una señal. Y en ese piano que se presenta progresivo y que da comienzo tanto al disco como al concierto, hay mucho de lo que uno va a poder absorber a continuación. Se percibe, fundamentalmente, inquietud.
  El viernes Octafonic no solo ofreció un concierto consagratorio, un nuevo paso en el camino de su creciente popularidad, sino que reafirmó un hilo conductor que es su razón de ser:la fusión de estilos inabarcables desde lo musical, una maquinaria perfecta a la hora de la armonización de sonidos e instrumentos y un repertorio que con dos álbumes en su haber, es capaz de plasmar sobre el escenario una performance que no tiene antecedente directo en el medio local.
  “Nuestros miedos crean un Dios”, terminan sentenciando en “God”, el segundo de los temas del disco nuevo que tocaron y que es una reafirmación de la idea inicial: sentidos y sensaciones cuyas consecuencias son expuestas a carne viva. No se trata solo de lo nuevo: pasan “Mistifying” y “Love” del disco anterior (“Monster” - 2014) y la idea es la misma. En definitiva no hay manera de no linkear, por ejemplo, a “Love” con Radiohead, y más precisamente con el Radiohead de “Lotus flower”, como si una nueva referencias a Buda resultara necesaria.
  un repaso tema por tema de un show que consistió en todo el último disco y casi todo el primero, resultaría tan aburrido como absurdo. Solo puedo decir que hubo de todo: desde disco hasta funk metal (incluso dentro del mismo tema, como en el caso de “Plastic”). Aires house devenidos en más funk, pero cuasi psicodélico (“Sativa”), synth pop que cita a los primeros '80s y hasta citas latinas como en “Nana nana” , donde el calipso es una excusa para terminar dando pasos de baile. Rock industrial con reminiscencias orientales (“Mini buda”) o loops progresivos con estallidos en donde los vientos arman un pandemonium de riffs agresivos (“Wheels”, “Monster”). Y si bien el virtuosismo en Octafonic está puesto al servicio del conjunto, el clima festivo de la presentación dejó lugar a lucimientos individuales, como los de Hernan Rupolo en la guitarra, con un solo citando a Steve Ray Vaughan al final de “Wheels”, a Ezequiel Piazza con solo de batería durante “Monster” y los vientos, con menos ostentación pero igual de efectivos, haciéndose un espacio durante “I'm sorry”.
  Nicolás Sorin dirige una orquesta que se caracteriza por el buen humor. No solo el clima de fiesta se vive abajo del escenario, sino que además se perciba sobre el mismo. Y en un punto el ambiente es hasta familiar, como cuando Lula Bertoldi sube al escenario a sumar su voz y despide a su pareja (Sorin) con un apasionado beso al paso, como s estuvieran en el living de su casa, mientras la banda redondea su noche pasando primero por el paisaje apocalíptico de “Over” y luego se proclama rebelde ante la repetición y el hastío en “Slow down”, casualmente las canciones que cierran cada uno de los álbumes de Octafonic.
  Inevitablemente se recurrió al formulismo de los bises, aunque por la rapidez en salir y volver al escenario, lo de Octafonic haya significado solo tomarse un respiro, quedaban dos canciones por presentar de “Mini Buda”. Primero pasó “Thats OK”, tal vez la más amena desde lo melódico, aunque no exenta del toque incalificable de Octafonic, cuando los vientos guían al estribillo hacia un placidez de ribetes épicos. Y el cierre fue con “What”, otro funk metálico con idas y vueltas en tempos, vientos caóticos y un mensaje que quiebra la ironía inicial y las pretensiones de trascendencia, cuando ante las falsas máscaras y los mensajeros hipócritas, Octafonic se despide anunciando “we´re not gonna stop till it bleeds” a un paso que resulta un espejo del pogo que se ensaya frente al escenario.

  Ya con el clima apaciguado por las luces, las caras de satisfacción en el teatro en retirada, resultaban indisimulables. Aunque más de uno seguro seguía repitiéndose el “what” encolerizado, y andaba con salir por las calles a patear tachos de basura. Diga que estamos grandes para esas cosas.  







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