sábado, 13 de abril de 2013

The Cure en River Plate


            “Say goodbye on a like that is, if it's the last thing we ever do”. No, este tema no sonó, pero bien habría valido como una despedida serena para una noche que las más de 40 mil personas que estuvimos en el estadio más lindo de la Argentina no vamos a olvidar jamás. Noche fría y  mágica.  Noche que cayó lenta con una expectativa mayúscula y que consiguió que cualquier previsión se haya quedado corta. Noche que terminó potente y bien arriba, pero que había transitado caminos oscuros, bien oscuros y densos, con algunas gotas de luz amigable casi como bálsamos brillantes entre tanta nebulosa gótica. “See you again” dice un intacto Robert Smith, que sin muestra alguna del desgaste de casi tres horas y media de show, nos despide con una frase para la cual ya estamos contando los días para que se concrete.
            Los viernes en Buenos Aires son imposibles. Atravesar la ciudad me llevó dos horas arriba del 15, intentando dormitar mientras dos nerds hablaban sobre vaya a saber qué complemento, una chica usaba el colectivo de oficina para pelearse con un proveedor, y un veterinario le recomendaba omeprazol a un perro que reaccionaba con vómitos a una dieta blanda. Ya en Libertador me hice de los imprescindibles Halls, y entré con relativa comodidad a un estadio todavía tranquilo. En la San Martin un hombre con sombrero exhibía orgulloso el afiche callejero del show de The Cure en Ferro, allá por el '87, y la gente se sacaba fotos junto al tipo que tuvo sus cinco minutos de celebridad. Previendo una noche larga, yo aproveché para pasar por un baño a oscuras (Passarella, la puta que te parió).
Puntualmente a las 20 hs salieron a tocar los Utopians frente a un público que los recibió apenas con curiosidad. El viento conspiró contra el sonido de una banda a la que vi sonar muy poderosa otras veces y que sin embargo ayer no logró del todo plasmar ese efecto. Barbie tiene carisma, “Trastornados” es un disco más que interesante, pero (al menos desde donde yo estaba) el sonido definitivamente no llegó como debía. Por ese motivo no voy a hacer mayores comentarios, solo decir que le pusieron garra, que se los notó emocionados por la oportunidad de telonear a The Cure (más tarde Robert Smith se les aparecería en su camarín con un champagne como ofrenda), y que River no es precisamente el garage para que se luzcan como deben. Ya sea si se quedaron con ganas de más o si les quedó alguna duda, vayan la madrugada del viernes que viene a Crobar y después me cuentan.
            La cantidad de gente que llegó sobre la hora obligó a demorar unos minutos el show que estaba a punto como para arrancar a la hora indicada (21hs), y cuando se apagaron las luces nadie podía ocultar la ansiedad que se respiraba en el estadio. Si hay un tag que jamás uno puede incluir a la hora de catalogar la música de The Cure, ese es euforia. Sin embargo las ganas de muchos estaban cerca de esa sensación, a la que Robert Smith y los suyos se encargaron de apagar con una triada inicial salida de “Disintegration”: “Plainsong”, “Pictures of you” y “Lullaby”. “High” mantuvo el clima, que recién se rompió cuando el bajo de Simon Gallup empezó a golpearnos los pechos en “The end of the world.
            Cuando The Cure llegó a la Argentina por primera vez en 1987 el desorden superó a una organización caótica. Aquel show en Ferro convenció a los productores de que si querían organizar eventos masivos, debían ser profesionales. No sé si alcanzaron a serlo del todo, pero al menos se acercaron más. Se vivía a destiempo. Recuerdo a Siouxsie sorprendida por los escupitajos del público en Obras, porque por ese entonces los otrora punks londinenes solo escupían cuando expulsaban el enjuague bucal. Aquellos primeros años de democracia fueron testigos de un necesario y saludable libertinaje, y entre las costas de esa época quedó la reticencia de Robert Smith a volver al país. Pero nada es eterno, y allí estábamos en la noche de Nuñez todos, público y artistas, saldando aquella deuda.
            Contar más de tres horas de concierto puede volverse tan aburrido como inútil. El repaso de la lista de temas da cuenta de que The Cure privilegió la parte más oscura de su obra, y que decidió interrumpir el “tormento” con temas adorables como “Lovesong”, o al ponernos a bailar con “The walk” y “Mint car”. Las canciones se sucedieron como una unidad asombrosa, y aún en los momentos de ruptura, formaron vínculos en pequeñas sociedades, como en las naturalmente hermanadas “In between days” y “Just like heaven”. En “From the edge of the deep green sea” Reeves Gabrels dio las primeras muestras de que su participación significaría mucho más que un lujo decorativo, cosa que confirmaría en “Wrong number”, single del '97 en el cual participó de la grabación original.
            Robert Smith apenas se limitó a saludar, casi no hubo diálogo con un público hipnotizado que fue literalmente abducido por los climas que provenían del escenario. Hubo atisbos de cantos entre tema y tema, algún estribillo coreado, pero la postal fue la de una marea humana con la vista fija e incrédula sobre el escenario. Faltando una hora para que termine el viernes, The Cure nos recordó que “Friday I'm  in love”, y más adelante tocarían el tema que le da nombre a mi blog de cuentos (al que tengo bastante abandonado, por cierto): “Fascination street”; así que mi ego lo asume como un pequeño gesto personal. “Charlotte somethings” sonó como una caricia áspera y por supuesto que también nos deleitamos con el espejismo de “A forest”; momento que 26 años atrás había sido culminante, al menos en la memoria de quienes entre perros policías muertos, botellas partidas, corridas y garrotes, recuerdan que en esas noches también hubo música en Caballito. Si faltaba algo, el mejor momento de todo el show llegó con “One hundred years” y las guitarras de Smith y Gabrels en un duelo sonoro que me ayudó a encontrar los adjetivos exactos para describir la reacción de todos: pasmados y perplejos. Cuando un prolongado acople quedó sonando como despedida al final de “Disintegration”, el círculo de la primera y larga parte del concierto se cerró a la perfección. Todos sabíamos que había más, pero si la cosa hubiese terminado allí, nadie se hubiese atrevido a reclamar nada.
            Uno sabía que tenían que llegar los hits más fiesteros (???), pero The Cure todavía no estaba dispuesto a explotar. Así que al regreso hicieron un miniset exclusivo con “Kiss me, kiss me, kiss me”: “The kiss” (con un sonoro beso de Robert de regalo), “If only tonight we could sleep” y “Fight”. Otra vez la fotografía de un encantamiento masivo. Todos subyugados sentíamos una guerra interna entre las ganas de saltar un poco y la voluntad de permanecer en el estado de suspensión al que nos elevaba la música. Cuando la banda se volvió a retirar unos pocos se acomodaban hacia las bocas de salida, pero nadie quería perderse el final.
            Y por fin llegó el poderoso cierre, que aunque tuvo un prolegómeno calmo con “Dressing up” (el “I could eat your face, I could eat all of you…Oh! This night will never let me go” sonó como una propuesta de compromiso eterno con nosotros, con la noche, con Buenos Aires toda), a partir de los maullidos guitarreros de “Love cats” comenzó de cargar de energía a la gente hasta el estallido final. En “Close to me” el sueño del encierro fue apagado a fuerza de las palmas rítmicas, “Hot, hot, hot”, valga la redundancia, levantó la temperatura. Para “Let’s got to bed” estábamos todos cantando y bailando, y si le repetimos a obert Smith aquello de “Everything you do is simply delicate, everything you do is quite angelicate, why can't I be you?” fue porque de verdad teníamos ganas de serlo. Después The Cure volvió a sus orígenes post punk, “Boy’s don’t cry” fue como la señal para viajar en el tiempo, y en “10:15 Saturday night” por primera vez el pogo ganó a parte del apretujado campo, con la guitarra de Gabrels como disparador. No por obvio el final definitivo no dejó de ser ideal, y en “Killing an arab” nadie pensó en el existencialismo ni en Camus, sino que cada uno se dedicó a gastar las últimas energías que le quedaban mientras la madrugada cada vez más fría parecía tomarse un descanso.
            El “see you again” que dejó Robert Smith como despedida promete que el tiempo de espera para el reencuentro no será tan prolongado. Guardo esa frase esperanzado, porque mientras salgo caminando por Quinteros una parte de mí continúa extasiada, mientras que mi lado más riguroso y exigente comienza a elaborar una lista interminable de pendientes, que incluye en primer lugar a “Bloodflowers”, “Shake dog shake” y “The hanging garden”. A mi lado veo más peladas que crestas, más camperas que sobretodos, y más ojeras que ojos delineados. Todos avanzamos pausado con unos pies a los cuales aún les cuesta reencontrarse con el suelo, mientras una voz etérea nos zumba en los oídos :“sleep sweet child, the moon will change your mind”.
           

Este dato nunca lo incluí en las crónicas, pero lo prolongado de la lista me lleva en esta oportunidad a hacer una excepción. El setlist completo de The Cure anoche:
Primer parte: 1) Plainsong 2) Pictures of you 3) Lullaby 4) High 5) The end of the world 6) Lovesong 7) Push 8) In between days 9) Just like heaven 10) From the edge of the deep green sea 11) Sleep when I’m dead 12) Play for today 13) A forest 14) Primary 15) Bananafishbones 16) Charlotte somethings 17) The walk 18) Mint car 19) Friday I’m in love 20) Doing the unstuck 21) Trust 22) Want 23) Fascination street 24) The hubgry ghost 25) Wrong number 26) One hundred years 27) Disintegration

Mini set: 28) The kiss 29) If only tonight we could sleep 30) Fight

Cierre: 31) Dressing up 32) The lovecats 33) The caterpillar 24) Close to me 35) Hot, hot, hot!!! 36) Let’s go to bed 37) Why can’t I be you 38) Boys don’t cry 39) 10:15 Saturday naught 49) Killing an arab
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