domingo, 7 de abril de 2013

Regina Spektor en GEBA




Desde el primer momento en que supe que Regina Spektor volvía al país tuve dos certezas: que GEBA no era el lugar indicado para una presentación suya, y que aún a pesar de eso, no me la iba a perder por nada del mundo. Bien, para empezar cuento entonces que anoche certifiqué esas convicciones iniciales: yo estaba presente en el concierto de Regina, y GEBA resultaba un lugar incómodo para gozar en plenitud de la música de la moscovita, adoptada y moldeada por Nueva York. Empiezo entonces por el lugar. La música de Regina Spektor es poseedora de una calidez que exige que su mayor posibilidad de goce se concrete en la intimidad. El motivo por el cual se eligió un estadio, aún de dimensiones moderadas, para montar su show de regreso al país resulta inexplicable. Por otra parte los precios de las entradas se condecían con lo de un teatro, con lo cual ni siquiera se obtenía un beneficio económico para el público.  Y encima de todo el frio que se levantó ni bien el sol abandonó al sábado porteño no hizo otra cosa que sumar cierta incomodidad al evento. Promotoras de cigarrillos sin olor (????), unos puestos de hamburguesas y papas que facturaron bastante aprovechando la gente destemplada (la última vez que estuve en GEBA tocaba Morrissey y si alguien tiraba una hamburguesa en la parrilla nos bombardeaba la OTAN), y el retraso del show, más un insólito corralito para discapacitados colocado en un incómodo y lejano espacio, completaron el ambiente previo.
El concierto de Regina Spektor estaba anunciado para las 21.30hs pero las luces se apagaron quince minutos antes para dar lugar a la presentación de Only Son, muchacho que toca bajo ese nombre, pero que en realidad se llama Jack Dishel. Arrancó solo con una guitarra acústica, pero enseguida sumó los sonidos de su banda a través de un Ipad, que no resultó muy beneficiado por la mezcla, ya que las pistas sonaron apagadas y chatas. De todas formas me convenció, su pasado como guitarrista de The Moldy Peaches (la banda de Adam Green y Kimya Dawson) está presente en sus composiciones, y se fue despedido con cálido aplauso después de realizar un set de media hora, durante la cual se destacaron canciones como “Magic”, “My museum”, y “Long live de future”.
What we saw from the cheap seats” es el nombre del último trabajo de Regina que bien podría valer como título para esta crónica, y explicación a la elección del estadio como sede para el concierto (explicación válida para todos menos para los estoicos y verticales presentes en el sector de campo). Y lo que vimos de entrada fue a Regina Spektor entrar sola al escenario para hacer a capella, apenas golpeteando el ritmo con sus dedos en el micrófono, “Ain’t no cover”. “The sun is setting, the day is done. Good night my lover, good night my son. I shouldn’t bother, he’s eight miles high. Buy I love no other, til the day that I die” desgarra con una voz que entra caliente y entonada al escenario, condición que no abandonará en toda la noche. Y ese tono confesional, autorreferencial a veces, siempre dueño de una enorme belleza poética y melódica, es el que conduce el clima de todo el show. Después entran el cello y la batería, pero será ella la única que pareciera concentrar toda la energía, la única que pareciera estar presente en el escenario , la única que se vuelve el centro y dueña de la noche. Continuará citando discos anteriores (“The calculation” de Far, y “On the radio” de Being to hope), para recién adentrarse en el nuevo álbum con “Small town moon”
Siempre que por diferentes motivos escribo o digo algo acerca de Regina Spektor cito la tapa de “Soviet kitsch”. La primera vista de la rebelde foto que ilustra la tapa de aquel álbum es la que la vuelve irresistible. En un programa de TV, de esos livianos de una media tarde entre semana, la podrían calificar, en términos estrictamente estéticos como dueña de una belleza exótica. Mas allá de la consideración personal que cada uno pueda hacer, yo traslado esa definición a sus melodías. Porque no son sencillas, no son fáciles, no tienen nunca rumbo previsible, y sin embargo (o tal vez por eso) seducen irremediablemente. Aquella imagen rebelde de 2004 tiene algún punto de contacto con la tapa de “What we saw from the cheap seats”, digamos que la nueva es una versión más prolija y madura de aquella, pero en el escenario Regina se muestra decididamente elegante, con un vestido que le jugó una mala pasada con el clima, según confesó. Y precisamente desde aquel disco de 2004 llegó “Ode to divorce”, una ácida letra repleta de dolor y sarcasmo: “I need your money, it will help me. I need you car and I need you love”. Una especie de cinismo forzado que no sabe, o no quiere, ocultar su fragilidad es el tono de cada canción de Regina Spektor, que varía apenas los climas con melodías más intimistas como “How”, “Patrol saints” o “Blue lips”, con otras de belleza más simple y pop, como el caso de “Better” e “Eet”.
Jack Dishel, (u Only son, como prefieran) volvió al escenario para hacer una hermosa “Call them brothers”, un tema compuesto en conjunto con Regina que Jack grabó en su disco “Searchlight”, y a continuación aconteció un momento cumbre del show, con “The prayer of Fracois Villon (Molitva)”, una bellísima  canción del songwritter georgiano Bulat Okudzhava, dedicada al poeta francés autor de “La balada de los ahorcados”. La canción fue interpretada en ruso, y los idiomas volverían a mezclarse con “Don’t leave me (ne me quitte pas)”, entre el francés y el inglés. Quedaron la graciosa e italianísima “Oh Marcello”, “Dance anthem of the 80’s”, “Ballad of a politician” en donde Regina evita el lugar común y se mete más con la intimidad del político y la oscuridad del abandono de sus principios, y  el cierre del concierto con la alegre “The party” de su último disco, con Regina imitando con su boca el sonido de una trompeta.
El frio había seguido ganando a la gente, buena parte de ella sin abrigos, y eso motivó que GEBA se parezca por un momento a la cancha de Boca: gente abandonando sus lugares antes del final del concierto. Sin embargo la mayoría esperamos por algo más, que Regina Spektor (con saquito sobre sus hombros) nos regaló por unos cuantos minutos, tan delicados y sutiles como durante la primera parte de la noche. Primero “Us”, y luego dos de sus canciones más divertidas  y que mueven al tarareo: “Hotel song” y “Fidelity”. Para despedirse definitivamente, quedó sola en el escenario como al principio del concierto, pero esta vez sentada a su piano y una deliciosa interpretación de “Samson”. “You are my sweetest downfall, I love you first” canta Regina Spektor a manera de despedida triunfal. A esa hora yo me había olvidado del clima y del espacio amplio mal elegido para el concierto, porque las distancias se había borrado, y la gran victoria de la artista había consistido precisamente en eso: en volver a ese estadio abierto y helado, en una tibia, íntima y  confortable habitación de otoño. 


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