jueves, 4 de abril de 2013

Pearl Jam y The Black Keys en Costanera Sur

Hay una escena que no por reiterada no deja de ser emocionante: durante la interpretación de “Black” la banda baja el volumen lentamente, apenas si quedan algunos leves punteos de la guitarra de Mike McCready que llegan a los oídos como despidiéndose, después del “what cant it be mine?” repetido y agónico de una voz desgarrada, y la gente se queda coreando por un par de minutos un fraseo que bien podría volverse eterno. Eddie Vedder mira a su público más austral y brinda bebiendo otro trago de su botella de vino. Ya sucedió antes, es cierto, pero es ahí en donde uno termina de darse cuenta de que Pearl Jam lo hizo de nuevo. Como en 2005 en esos dos Ferro cargados de magia. Como en 2011 en La Plata, cuando el reencuentro nos confirmó que aquello de seis años antes no había sido un sueño, que era concreto y real, y que podía repetirse. Y si esa segunda vez resultó una confirmación de la empatía absoluta de la banda de Seattle con el público rockero argentino, este tercer encuentro resultó una auténtica celebración. En un marco multitudinario y para cerrar un festival que se pretendió el más grande de la historia, y que terminó por ser uno más, aunque no por ello de mérito despreciable.
Yo llegué unas horas antes exclusivamente para ver a The Black Keys. No niego que los relatos que llegan sobre el vivo de The Hives no me entusiasmaban, pero el horario en un día laboral lo volvía imposible. En una ciudad todavía reponiéndose del temporal, y ya de por sí saturada de automóviles, a algún genio se le ocurrió juntar dos eventos de más de cincuenta mil personas con pocas cuadras de distancia. El partido de los bosteros en su cancha, y el festival en lo que supo ser la Ciudad Deportiva de ese club. Eso sumado al barro acumulado transformó el ingreso en bastante engorroso. Claro, lo del barro resulta lógico y nadie puede objetarle nada a los organizadores en ese sentido, pero sí remarco que en varios de los lugares más anegados del predio la iluminación era casi nula. Insólito descuido de gente que a esta altura debería ser un poco más profesional. El otro tema a remarcar es que el Festival de la gaseosa/jarabe pretendió un objetivo altruista en esta edición y lanzó algunas consignas de buen ciudadano ecologista desde las diferentes pantallas del predio. Sin embargo a ninguno de los organizadores se le ocurrió preveer que semejante congestión de gente ameritaba la posibilidad de organizar una colecta para tanto evacuado que tenemos por estos días. Boca sí lo hizo en su estadio, a estos la gaseosa berreta les arruina la única neurona que no se dedica a contar billetes. La cosa es que finalmente entré, y en el escenario 2 estaba tocando Hot Chip. No sonaba feo, pero el horario y las largas colas en los baños públicos me llevaron a ganar tiempo para encontrar una cómoda ubicación frente al escenario principal.
Con unos quince minutos de retraso entraron los Black Keys y desde “Howlin' for you” ( de “Brothers”, el disco de 2010 que los llevara a los primeros planos) hasta la dupla de “Lonely boy” y “I got mine” con las que cerraron su set, sencillamente la rompieron. Si el predio estaba sucio y embarrado, el duo de Patrick Carney y Dan Auerbach (convertido en vivo en cuarteto) llevó ese ambiente al escenario dando una demostración de rock primal, abrasivo y contundente que en vivo se vuelve una verdadera enciclopedia sobre cada uno de lasinfluencias y orígenes más recónditos que pueda encontrar el rock and roll. Cada riff es asesino, cada dejo blusero suena atemporal, cada aullido surge desde la fuerza más elemental. Acá no hay carisma ni poses arrogantes, es energía con los pies bien sobre la tierra, una descarga furiosa que atropella y arrasa. El slide de Auerbach en “Run right back” es un cuchillo que te recorre la médula espinal, “Girl is on my mind” suena como un viejo disco de soul atravesado por la Blues Explosion de Jon Spencer, y “Ten cent pistol” te adormece en un riff letárgico que en vivo gana con su desprolijidad. Sí, desprolijidad. Porque cada nota arañada y cada vez que la garganta se pierde en un grito no hacen más que volver más auténtico y convincente el sonido de una banda que funciona a tracción a sangre, y que rinde culto al sonido valvular de los garages. Casi no hay diálogo con el público, parte del cual celebró los temas más conocidos, pero que también incluyó a muchísimos que los veían apenas como una curiosidad que demoraba la llegada de Pearl Jam. Y estoy seguro que no hubo nadie que haya salido anoche de Costanera Sur que no se haya convencido de que The Black Keys es una banda que merece muchísima más atención de la que le dispensaba hasta ayer. No hubo pausa: el comienzo de “Little black submarines” fue apenas una brisa que en seguida se conviertió en electricidad pura. Incluso cuando quedaron Carney y Auerbach solos fueron demoledores. En la formación que más los iguala con la sombra de White Stripes (pero con baterista de verdad y no de juguete) no dejan de erizar los pelos de cuanto tipo tengan enfrente. Y el que tenga dudas que se le atreva al riff saturado de “Money maker” y después me cuenta.
Las dos bandas principales tocaron en el escenario 1, con lo cual se evitó el traslado del público por las lagunas de barro, pero motivó que la espera para ver a Pearl Jam se prolongue unos cuantos minutos durante los cuales se pudieron ver por las pantallas algunos celebrados sketches de Peter Capusotto (La Concha de Rolando y esa vagina asomando de un jogging cantando “Arde la ciudad” se llevó todas las carcajadas), y una especie de propuesta/consigna de la organización animando a la gente con un “Juntos podemos cambiar la realidad”. A continuación preguntaban “Y vos qué harías para cambiar el mundo?”, y se escuchaban varias respuestas que no pasaron de “hacer la música que me gusta” o “dejar de tirar papeles en el piso”. Nadie le pide a los chicos que se propongan una campaña en Sierra Maestra, pero la verdad que le podrían poner un poco más de sal a respuestas que parecen obviedades salidas de boca de una modelo en un concurso de belleza. Por otra parte la vista que dejaba la calle España a la salida daba cuenta de que eso de no tirar papeles al piso no prendió mucho que digamos.
Después sí llegó Pearl Jam que al igual que en La Plata año y medio atrás eligió a “Release” para abrir el concierto. Comienzo calmo pero que funciona como una especie de hechizo que termina de concretarse en el riff de “Even flow”. De entrada nomás grandes dosis de dos de los mayores atributos del grupo: la garganta de Vedder que entra caliente y a punto al escenario, y el solo interminable de McCready que prolonga a “Even flow” hasta que llega la furia punk de “Lukin”. Pero remitirse a la lista de temas es un detalle menor en este caso; con Pearl Jam en Buenos Aires lo que valen son las emociones. La manera en que la banda y su público congenian y se engrandecen mutuamente. No importa que hayan pasados dos o seis años, porque incluso funcionó así la primera vez: Pearl Jam es como esos amigos lejanos que ni bien descorchada la primera botella de vino, se borran los rastros del tiempo y la distancia. Siempre fue así, siempre lo será. Es comunión, complicidad entrañable y (ya usé esta palabra, pero vale la reiteración) celebración.
Me acuerdo que cuando terminó el show en La Plata me dije que Pearl Jam es peronismo. Si bien luego leí varias opiniones de tono similar, y que más allá de que las iniciales PJ son todo un símbolo, aquella sentencia vino de la mano de una declaración de Eddie Vedder refieriéndose a las voces de su público argentino como “música maravillosa”. La adoración es tan intuitiva como inexplicable y visceral. Hay códigos y momentos en donde la mística florece y convierte a cada minuto del show en entrega pasional. “Jeremy” por ejemplo, cuya dosis de dramatismo suicida queda desdibujado por una devolución absoluta por parte de la gente. Que acompaña con palmas en “Corduroy”, que canta a más no poder con “Better man” y que acepta el “Está bien” del estribillo en español de “Daughter” como si el despropósito de la improvisación tuviera sentido alguno. Ramones es una palabra clave en la relación público-artistas, el espíritu de Baco en la botella vacía al borde del escenario es otro de los símbolos de la hermandad.
Similitudes y diferencias: la masividad del show y lo abierto del espacio en donde se realizó el festival le quitó algo de la dosis de intimidad que tuvieron los anteriores pasos por el país, aún cuando se realizaron en estadios. El impacto del componente emocional entonces no llegó nunca a ser el mismo, a pesar de que sigue siendo el condimento más destacable de los shows de Pearl Jam en Argentina. A favor de la noche de ayer queda un sonido impecable que se contrapuso con aquel saturado y grave de los shows en La Plata. Sin material nuevo la lista fue similar a la última vez que vinieron, y por otra parte Pearl Jam sigue sosteniendo los climas de sus conciertos en los mismos pilares, muchos de los cuales en este caso sonaron en el prolongado set de bises: “Do the evolution” a la hora de la energía, “I believe in miracles” y “Rockin' in the free world” a la hora de los homenajes y los covers, y “Alive” como grito liberador. Pero más allá de todo el condimento extra que la relación del grupo y el público local tiene, Pearl Jam es una poderosa banda de rock con un repertorio infalible. No digo nada nuevo, pero esos argumentos pagan, y mucho.
Quedará como postal la imagen de Eddie Vedder y su largavista observando la interminable continuidad de las más de cincuenta mil cabezas que poblaban la Costanera Sur. Y la dedicatoria a Fabricio Oberto, uno de sus más enfervorizados y famosos fans locales, cuyo paso por la popular NBA le permitió hacerse acreedor de semajante cumplido.
Otra vez quedó para el final “Yellow ledbetter” y un “I don't wanna stay” tan metiroso en boca de Vedder como en las gargantas que lo replicaban. Era tarde, si bien el clima había dado una tregua, todo el mundo sintió el peso de unas jornadas complicadas. Por eso tal vez la gente se retiró mansa sin cantar el infaltable “una más y no queremos más”. Mientras caminaba por España esquivando el barro y los vendedores ambulantes, yo me fui abrazado a la felicidad infinita del reencuentro con Pearl Jam, y con la necesidad imperiosa de que mañana mismo comience el operativo de regreso de The Black Keys. Buenos síntomas que me preparan para unos días musicalmente agitados.
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