jueves, 6 de septiembre de 2012

Richard Coleman en Ultra Bar

La trayectoria de algunos artistas es sobrada información para que uno se permita presumir que su bagaje musical es lo suficientemene amplio como para que su paleta de recomendaciones resulte tan tentadora como sus propias creaciones. Tal es el caso de Richard Coleman, al que uno imagina tan exigente e inconformista a la hora de ser oyente, como a la hora de componer. Por este motivo un shows suyo basado en versiones de canciones ajenas no solo es motivo de goce sino también de expectativa, porque uno no solo llega con la seguridad de disfrutar melodías dóciles y conocidas, sino también para aprender y sorprenderse.
La idea del show, o mejor dicho de la serie de shows que recorren los cuatro miércoles de Septiembre, es presentar el disco “A song is a song”, cuya edición fue financiada por fans de Richard, quienes recibieron a cambio remeras, cd's autografiados y otra serie de privilegios y exclusividades que no vienen al caso. Las canciones habían empezado a escucharse en los recitales de presentación de “Siberia country Club”, el excelente primer (y tardío) disco solista de Coleman y todas se transformaron en un disco completamente en ingles. También para estos shows se supieron sumar otro puñado de temas extra. Pero nada define mejor la propuesta del disco y show íntimo del guitarrista que las primeras palabras de Leon Rusell en “A song for you”, tema elegido para abrir el recital: “He estado en tantos lugares en mi vida, y ha pasado tanto tiempo. He cantado muchísimas canciones, he hecho algunas malas rimas. He actuado, mi amor, en escenarios con diez mil personas mirando. Pero estamos solos ahora, y estoy cantando esta canción para tí”.
La selección de canciones es ecléctica, como así también las tonalidades que exigen a la garganta de Richard Coleman (en excelente estado por cierto) algunas interpretaciones en tonos medios y altos en los que uno no está acostumbrado a oirlo. Ese buen estado, más los efectos de micrófono muy bien administrados y algunos falsetes poco habituales en su estilo, consiguen que la apropiación de los temas no suene forzada en ningún momento. En ese sentido hay canciones como “Give me to love to Rose” de Johnny Cash, “Love me tender” de Elvis o “Personal Jesus” de Depeche Mode, que le sientan naturalmente de maravillas, mientras que otras como “Changes” (inusual balada extraída del cuarto álbum de Black Sabbath), o el conocido “Psycho Killer” de Talking Heads, reclaman una adecuación que en todos los casos resulta exitosa.
Richard toca casi todo el show con una guitarra electroacústica y una colección de pedales de efecto (falló en la primera “patada” en el tema de Russell, inusual blooper de su parte), y en varios de los temas es acompañado por Bodie Datino, que se sucede en guitarras, bajo, teclados y hasta una armónica. En tren de continuidad pasan “Satellite of love”de Lou Reed, “Midnight rider” de Allman Brothers (con uno de los pocos punteos de la noche). Mas tarde Coleman se calzará una Gibson SG para “Jeepster” de T Rex y, a mi gusto lo mejor de la noche, “To bring you my love” el denso blues que abría y bautizaba el tercer disco de P.J. Harvey.
Coleman habla poco, apenas nombra las canciones y sus autores, y solo dedica mayor tiempo para explayarse sobre compositores de culto como Terry Reid y Nick Drake (la versión de “Pink Moon” tal vez haya sido la única que me dejó la necesidad de otra escucha para terminar de convencerme); o para contar sobre la historia del disco maldito de Luis Alberto Spinetta en inglés (“Only love can sustain”), del que extre, con letra de Guillermo Vilas, “Children of the bells”. Los estilos varían, y una viajera Martin Backpacker sirve para acopañar la versión de “Thick as a brick” de Jethro Tull (Anderson fue el primer cantante que me provocó querer cantar como él, confesó Richard). Del barroco se puede pasar al insólito romanticismo, viniendo de quien viene, del “Drive” de The Cars (otro highlight del concierto).
Así como los cuatro quesos de la pizza con los que acompaño el “fogón” de Richard Coleman se funden y hacen uno solo y nuevo sabor entre todos, las canciones seleccionadas se mixturan, cruzan, se acoplan con naturalidad y en su sucesión otorgan al show una identidad que las vuelve naturalmente cómplices. Pero hay además un claro hilo conductor que, para seguir con la absurda metáfora de los quesos, así como el roquefort termina preponderando entre lo sabores de la pizza, en el show lo otorga la indeleble impronta que la oscuridad y melancolía de Coleman le imprime a las canciones. “Spider en I” de Brian Eno, es otro gran momento y “Wild is the wind” (que más allá de la original de Johnny Mathis, y de Nina Simone y cuanto otro la haya interpretado, todos sabemos que si está incluída en el repertorio es debido a la versión que David Bowie grabara en “Station to station”), termina por redondear el show que uno fue a buscar. La despedida es con un falso bis, porque jamás Bodie y Richard bajan de escena, y un tema que ya venía formando parte desde hace unos meses del repertorio de Coleman : “No big deal” de Love and Rockets. Único tema en el que el disparo de pistas con percusión le dan al show un sonido de banda completa.
La mayoría de las versiones que disfrutamos anoche están contenidas en un disco cuyo nombre es seguido por un prometedor “volumen 1”. Canciones hay; además del repertorio de ayer, Coleman ha hecho en el ciclo algún tema de Tears for Fears y prometió repetir, junto a Andrea Alvarez, para la última fecha, “Please read the letter” del disco de Page y Plant “Walking into clarksdale” (al que por la voz femenina imagino más cercana a como Robert la hiciera junto a Alison Krauss). Hasta dónde el músico continuará con esta veta, no lo sabemos. “Siberia country club” merece tener más rodaje en los escenarios, pero la excelente recepción que ha tenido este proyecto probablemente lo mantenga con vigencia, o en paralelo con la propia carrera solista de Coleman. Y si no quedará en estado latente, perdido en algún laberinto cuyos caminos enrevesados volverán a juntar al músico con estas y otras muchas canciones. Laberintos dije, borgeana palabra que viene como anillo al dedo para un proyecto concretado en un bar que recibe a sus visitantes con la “Anatomía de mi ultra” del gran Jorge Luis. Y si a eso se le suma la presencia de Maria Kodama en la primera fecha del ciclo de Coleman, la parábola cierra a la perfección. El miércoles 12 sale la última función, yo no desaprovecharía la oportunidad.
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