jueves, 9 de agosto de 2012

Catupecu Machu - Madera microchip en Samsung Studio

    Si uno juzgara a Catupecu Machu como la banda más saludablemente inquieta de la escena local, probablemente terminaría siendo injusto con un montón de pibes que andan por bares y pubs (y salas de ensayo) con propuestas jugadas que escapan a facilismo y la repetición. Pero si uno reduce esa afirmación al parámetro de los grupos más convocantes, sin duda ese lugar les pertenece con holgura. Madera Microchip es una propuesta en la cual la promesa de fusionar música y tecnología no resulta en principio nada innovadora a esta altura del siglo XXI. En cambio sí lo hace el formato íntimo del show, con cena incluída (150 personas sentadas en mesas de a cuatro, más otro tanto paradas detrás) que permite un contacto entre la banda y su gente, infrecuente en estos tiempos masivos. “Opus 1”, uno de los temas rescatados para la ocasión empieza diciendo: “Este encuentro que se da hoy aquí en este momento, tornando a mi ser de gala y mordiendo mis ansias en puro placer al fín”, y de esa manera define casi a la perfección el espíritu de la propuesta.
    El Samsung Studio es un recinto ideal para los encuentros de todos los miércoles de Agosto, y para hacerlo aún más hospitalario cada uno de nosotros fuimos recibidos con porrones de cerveza gratis y degustación de vino. El menú de ayer (cambia cada función) incluía un arrolladito primavera, una cazuela de fideos con salsa de hongos, un cheescake, y un desorientado grupito de camareras superadas por la situación. Pero aún así, si bien no todo el menú llegó a tiempo, sí lo hizo en forma. Y más tarde la música, porque de eso en escencia se trataba el asunto. Catupecu abrió con “El mezcal y la cobra”, con Fernando sentado en el centro con una guitarra acústica , Agustín Rocino en batería y Sebastián Cáceres en el bajo a la derecha del escenario, y del otro lado Macabre con su despliegue de Laptops, teclados y tablets. De entrada nomás quedó claro que la propuesta distaba bastante de aquella otra versión low fi de Catupecu Machu, en la época de las presentaciones de “Laberintos entre aristas y dialectos”. Los arreglos y programaciones se suman a las reconocibles melodías que se mantienen intactas en su lírica. Y el recorrido musical de la noche encontró a un Catupecu contenido, pero con toda su electricidad en estado latente.
    El show se dividió en dos tramos, pero la dinámica fue similar en ambos: algunos hits mezclados con otros temas rescatados de lo profundo de su discografía, que precisamente son los que terminan por darle identidad a la propuesta. En el primer tramo se destacaron especialmente “Hormigas” y “Refugio”, y un emotivo “Vistiendo”, canción que solía estar a cargo de Gabriel Ruiz Diaz, cuyo nombre funciona como una especie de mantra que lo vuelve omnipresente. En las versiones de “En los sueños” y “Musas” queda claro que la adrenalina urgente en la voz le impide a Fernando Ruiz Diaz sacarle todo el brillo a temas cuyo potencial crece en un formato como el de anoche. Por momentos la informalidad en el trato con la gente y en algunos comentarios entre los músicos, le dan al concierto una impronta de ensayo con público, como los cuarenta grados de fiebre de Agustín, divagues que van desde los elfos de El Señor de los anillos, pasando por comentarios sobre los shows de Björk en Buenos Aires, para llegar hasta las anécdotas del viejo y recordado Ave Porco. Pero más que un ensayo la escena parece un proceso de creación permanente con detalles que van madurando sobre la marcha. La primera parte del show termina con Mariana Baraj invitada en percusión y coros para una arrolladora versión del viejísimo “Mil voces finas” (de “Dale!”), que le saca el mejor de los provechos al formato.
    La segunda parte abre sumando la presencia de Mariano Mazzella en guitarra y su hermana Laura como bailarina para darle un aire flamenco a “Vi llover” (Agustín se encargó del cajón). Y lo mejor llegó a continuación cuando otro tema de “Dale!”, “Ritual”, fue acumulando capas sonoras hasta conseguir una sobrecarga que la colocó al límite de la psicodelia. Fernando parece sorprenderse con las posibilidades de la tecnología y adopta una pose de neófito en el tema, cosa que a todas luces no es tal. Más tarde jugará en vivo probando las posibilidades de la pedalera instalada en su tablet, a la que confiesa haber comprado solo “porque todos los demás tenían una”. A la versión de “Más y más” de Draco Rosa (en la que citó cambiándole la letra al “Chan chan” de Compay Segundo), le siguió otro punto alto de la noche: “Cuadros dentro de cuadros”. Algunas personas le acercan regalos a Fernando pensando en su futuro hijo, y el espacio reducido convierte al show en una reunión familiar. Tanto que como en una fiesta de cumpleaños, al amigo que se emborracha (ayer un par de pibes aprovecharon a full la generosidad de las promotoras de Quilmes y se volvieron locuaces) primero se le festejan las ocurrencias, después se le dedican reprimendas cuando quiere volverse el centro de la noche, y al final se lo termina disculpando porque en definitiva “quién no se puso en pedo alguna vez”.
    “Opus 1”, otro temazo del que se encargaba Gabriel Ruiz Diaz, devolvió la emotividad a la sala, clima que se cortó con los “Hablando a tu corazón” (pensar que Fernando alguna vez bajó de su escenario de una trompada al Charly García bardero de los '90) y “Persiana americana” a capella. A pesar que no tocaron “Seguir viviendo sin tu amor” (si lo hicieron la primera fecha) hubo tiempo también para recordar a Luis Alberto Spinetta. “Dialecto” fue otro de los momento más experimentales en cuanto a sonido, y “Magia veneno” y “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” consiguieron poner de pie a la gente de las mesas. Entre medio de anécdotas sobre Jorge Corona contando chistes sobre el Padre Grassi en The Roxy, el show se fue con “Metropolis nueva” y una versión tecno y bailable de “Eso vive”.
    En mi caso, mas que conclusión sobre la apuesta sonora de Madera Microchip, me llevé una confirmación de lo que ya sabía de Catupecu Machu. Es probable que alguien exigente pueda llegar a cuestionar cierta uniformidad en el sonido, cosa que, dada la experiencia, bien podría haberse evitado. O bien el trabajo experimental aún está en proceso, o el sello de la banda es tan fuerte que resulta imposible de romper en su escencia. Sea cual fuere la respuesta, la posibilidad de ver a una banda masiva en un espacio íntimo y en pleno proceso de experimentación no deja de ser una oportunidad digna de aprovechar. Y aún cuando algún dueño de un espíritu menos aventurero prefiera los shows masivos y hiteros, los hongos de la salsa de los fideos bien valen la visita al Samsung en los próximos miércoles de Agosto.
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