Hacía rato que en este tipo de
festivales no estaba tan entusiasmado con los line up. Más allá que uno siempre
exagera a la hora de exigir, esta vez la gente de Pesonal se esmeró. Y más allá
de eso, por primera vez se realiza este tipo de espectáculos en la sede San Martín
del Club GEBA. Gigante, cómoda, sin vecinos cerca, y por lo tanto ideal para no
escatimar en decibeles. Un tanto incómodo el acceso, pero realmente resultó un
tema menor. Y ayer, en la primera jornada del Festival, la lluvia, que amagó a
arruinar la noche, solamente se trató de un chaparrón fuerte pero pasajero.
Llegué al predio caminando bajo la
lluvia que empezaba a ser copiosa. La gente que había llevado paraguas se
fastidiaba porque se los sacaban en la entrada, y los que compraban pilotos a
$10 puteaban porque se desarmaban antes de poder calzarlos por la cabeza.
Sonaban los White Lies, una de esas bandas que hacen culto a Ian Curtis, y que
tiene algo de Ian McCulloch, o de Interpol, si uno no quiere irse tan atrás. Yo
no los tenía tanto, escuché algo por curiosidad al saberlos partícipes del
festival, y tengo que decir que aprovecharon al máximo los beneficios de un
sonido impecable, con el volumen ideal para este tipo de conciertos masivos.
Además la tormenta que se desató hacia el final del set le entregó un
condimento especial: los rayos metían miedo y la gente en su combate contra el
agua se dedicó a saltar, incluso cuando el ritmo no lo incentivaba. En seguida,
en el escenario 2, con menor volumen, pero manteniendo la calidad del sonido,
se presentaban los Broken Social Scene, el primero de mis platos fuertes. Los
canadienses dieron un show impecable. Arrancaron a cuatro guitarras,
incorporaron teclados y vientos e hicieron un set de recorrido parejo por todos
sus discos. “World sick”, “Superconnected” fueron puntos fuertes del show.
Terminaron de ganarse al público al invitar a Emilie Haines de Metric (una de
las voces femeninas que los acompañó en sus comienzos) para hacer la sugestiva
“Anthems for a seventeen year old girl”, y desatarse con “Almost crimes”. A propósito, Metric es una cuenta pendiente
para las productoras, tendrían una tercera o cuarta banda para un festival que
les aseguraría un excelente show. Los BSS cerraron con el instrumental “Meet me
in the basement” de su último disco. Adrenalítico riff al que se la van sumando
instrumentos, y que sobre el final los vientos vuelven adictivo. Para los que
no los conocían, inmejorable oportunidad para hacerlo. Los canadienses no solo
no pasaron desapercibidos, sino que además convencieron por demás. Para los que
los esperábamos, una confirmación de los que lo que preveíamos. Y en mi caso,
me queda el lamento por haberme perdido el show de La Trastienda del martes.
Claro, ese día estaba viendo a Charly, pero por el momento los científicos
parecen más interesados en clonar a las personas, en lugar de disociarlas.
Siguió Goldfrapp. Otra que aprovechó
el sonido del escenario 1. Los británicos optaron por un set con los temas más
bailables, y dejaron de lado la versión más intimista de su carrera. Alison
apenas saludó a los gritos a un público que la siguió con atención, aunque sin
demasiada efusividad. Se vio gente bailando en algún sector alejado del
amontonamiento, pero poco más. Eso sí, momentos como “You never know” y “Happiness” hicieron que el show valga la
pena. Y el cierre con “Oh lala” y “Strict machine” resultó irresistible.
A continuación fue el turno de Beady
Eye. El único momento en el que la lluvia amagó con volver, pero los gruesos
gotones que cayeron fueron apenas un susto. Bien. Beady Eye es Oasis sin Noel
Gallagher. Y este es mucho más que un sencillo recuento de integrantes para
algún desprevenido, sino que es una auténtica definición. La ausencia del
hermano compositor hizo que Liam se muestre contento y desenvuelto. Hasta algo
más humilde y simpático a veces. Andy Bell también aparece más suelto, y en los
temas más potentes, Beady Eye alcanza una performance contundente. Abrieron
“Four letter word” y “Beatles and stones” y tuvieron una buena parte del
público a su favor. Sus fans se adelantaron hacia el escenario 2 e hicieron
todo lo posible para hacer notar que para ellos, los británicos eran el punto
fuerte de la noche. Como contrapartida, promediando el show, mucha gente se
alejó para acomodarse mejor para el set de The Strokes. Y creo que no solo se
trató de eso, sino que a medida que Beady Eye avanzó en su lista, el show fue
decayendo. Cuando se trata de guitarras al frente, o incluso cuando incorporan
tintes psicodélicos (“Wigwam”) la banda
se muestra compacta, pero cuando encaran temas más melodiosos es cuando el “sin
Noel” prima, y a las canciones les falta vuelo creativo. Cerraron con Liam
enfundado en una bandera argentina (antes había dedicado un tema al Kun Agüero)
haciendo “Sons of stage”, el cover de World of Twist con el que vienen
despidiéndose en la gira.
Y por último The Strokes. Si alguien
tenía dudas de sobre lo que los neoyorkinos eran capaces de dar arriba de un
escenario, anoche se le fueron todas las dudas. Sobre una base machacante, las
guitarras de Albert Hammond Jr. y Nick Valensi se sacan chispas. Julian
Casablancas canta y se mueve con toda la indulgencia que uno espera. Y la banda
arrolla por donde se la mire. Sin llegar a la continuidad enfermiza de los
Ramones, el show se sostuvo en un encadenamiento de temas que no hacían más que
duplicar la energía del anterior. Abrieron con “New York City cops” y “Heart in
the cage” dejando en claro que no solo se trataba de presentar “Angels”. Sin
embargo, canciones como “Under cover of darkness” y Machu Pichu” fueron platos
fuertes del set. Ni hablar de “You’re so
right”, que de las nuevas, es la canción que más gana en su versión en vivo. La
dupla de “Room of fire”, “12 51”
y “Reptilia” terminaron por incendiar el escenario, con un público que
combinaba pogo con pasitos dance, y piecitos rítmicos con cabeceos frenéticos.
En The Strokes hay punk, hay Televisión, hay Lou Reed, y fundamentalmente hay
una determinación a acuchillarte los músculos con guitarras de filo asesino. El
final de un set breve, bien festivalero fue con la contundente “Juicebox” y el
grito desesperado y agónico de “Last night”. Tras un breve receso, volvieron
para despedirse con dos clásicos de su primer disco, “Hard to explain” y “Take
or leave it” para un público que se quedó con ganas de más, pero al que no le
quedó tiempo para pedirlo, porque las luces, la música y la irrupción de una
andanada de fuegos artificiales, le indicó que la noche había terminado. Lo de
los Strokes resultó una aplanadora (si ya sé, eso es de Divididos, pero juro
que fue así) y si a alguien le quedan dudas, se busca el setlist en internet, y
se lo arma en grooveshark tal cual el
orden de anoche. Si al cuarto tema no está saltando solo arriba de la cama, no
escribo más crónicas de recitales.
Hoy la segunda fecha. Y cierra Sonic
Youth, nada menos.
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