lunes, 14 de noviembre de 2011

Pearl Jam en el Estadio Unico de La Plata


El show de Pearl Jam de anoche puede resumirse en una sola imagen: mientras la banda está terminando de tocar ese temazo que es “Black” y la gente no para de corear la parte de guitarra del estribillo, los músicos aminoran el volumen hasta hacer silencio y se quedan embelesados mirando a la gente cantar. Entonces los miles de tipos que hace seis años nos íbamos con la piel de gallina caminando por las calles de Caballito, en una noche tán cálida y húmeda como lo indica el mandato porteño, preguntándonos si alguna vez íbamos a volver a ser testigos de semajante química entre una banda de rock y su público, nos damos cuenta que sí. Que no solo era posible, sino que para que se repita solo bastaba con volvernos a ver cara a cara con esos músicos que anoche terminan “Black” aplaudiendo a su gente, en una reacción que tiene poco de demagógica y mucho de sincera emoción. Porque realmente son conmovidos por esos cantos consagrados hacia ellos y a los que Eddie Vedder, en un gesto de auténtico peronista, llamará más adelante “música hermosa”. Pero eso sucede cuando promedia la extensa segunda tanda de bises, y antes Peal Jam hizo mucho para llegar a ese momento.
La primera sorpresa había llegado cuando Eddie Vedder subió como invitado a cerrar el set de X, la histórica banda punk de Los Angeles, casi desconocida en Argentina y que oficiaron de teloneros de la gira Sudamericana. Con una voz femenina al frente, la de Exene Cervenka (una especie de versión moderada y previa en la linea evolutiva de Beth Ditto), se las arreglaron para que la gente les preste atención al set, y con un punk primitivo, más las versiones de “Soul kitchen” de The Doors y “Breathless” de Jerry Lee Lewis, consiguieron animar la previa. El cierre con invitado de lujo resultó el moño. Una demostración de humildad por parte del cantante estrella de la noche, pero también de afirmación de identidad: Pearl Jam tiene especial preocupación en revelar las raíces de su música a la hora de elegir telonero.
Veinte años de “Ten”, veinte años de grunge. Y en Argentina con diferencia de días vamos a tener el privilegio de tener tres voces emblemáticas: Cornell, con su show acústico de la semana pasada, Scott Weiland y sus STP en Diciembre, y anoche Eddie Vedder, que dio inicio al concierto homenajeando a aquel puntepié inicial, con el confesional “Release”. Pero enseguida “Go” y “Corduroy” se encargaron de entregar las primeras andanadas de rock primal. En un show que se preocupó por repasar la larga carrera de la banda, Pearl Jam supo administrar energía e intercalar momentos calmos a las descargar brutales de furia punk. Así fue que el dueto de “Backspacer”, “The fixer” y “Amongst the waves”, fue interrumpido con la intensidad de “Inmortality”.
Lo que sucede a lo largo del show es la suma de pequeñas complicidades y anécdotas entre la banda y su público. La banda sí, pero en particular Eddie Vedder. Que pide tres pasos atrás a la gente cuando la ve agolpada contra el vallado (Rosklide los curó de espanto), que no para de beber y que hacia el final hasta se permite un cigarro. Que no olvida que en su primera visita al país llegó como seguidor de los Ramones, y que confiesa cuánto los extraña, antes de rematar la anécdota con “I believe in miracles”. Y que desgarra su garganta en cada tema sin medir consecuencias, entregando toda su vitalidad para un estadio que no hace más que recibirla y devolverla por duplicado. Supliendo en parte a un sonido que no favoreció a las guitarras, que en los temas más poderosos sonaron algo saturadas, al menos desde mi lugar.
La gente extasiada se entrega de manera absoluta. Salta con “Even Flow”, simplemente se rinde ante el rescate de “Ederly woman behind the counter in a small town” y corea a más no poder el fraseo de guitarra de “Do the evolution”, tal vez la característica que más sorprenda y atraiga a los músicos, del público argentino. Que en los intervalos entre temas se preocupa de corear el nombre de la banda, y recordar entre ole, ole y olas que Pearl Jam es un sentimiento y que no se puede parar. Que revolea remeras, que salta las vallas que dividen la parte trasera del campo de la del medio (la delantera, la VIP, resultó infranqueable) a riesgo de comerse un golpe de los tipos de seguridad, que impotentes observan como el orden que les encargaron los abandona. Cuando Pearl Jam vuelve a “Ten” para cerrar la primera parte del concierto con “Jeremy” y “Porch” (en un final prolongado de altísimo vuelo), yo miré el reloj y cuando noté que había pasado una hora y veinte, no podía creerlo. Parecía que recién había empezado, y con solo mirar las caras a mi alrededor me di cuenta que no era el único con esa sensación.
Volvieron al escenario en una versión relajada. “Just Breathe” y “Garden” fueron seguidas por la irresistible simpleza del cover de Wayne Cochran, “Last kiss”, que fue acomañado con aplausos rítmicos por miles de manos elevadas. Y luego del nombrado tributo a Ramones, cerraron ese tramo con “State of love and trust” y un “Blood” en donde la performance de Vedder se vuelve épica, exponiento al límite a sus cuerdas vocales, y el desgarrado grito “Fuck, fuck, fuck” resulta una mezcla de bronca y rebeldía descomunal.
Pero había más. Y mucho más. Porque regresaron con el riff hiriente de “Smile” y luego se embarcaron en “Mother” de Roger Waters, que aunque la vienen haciendo en la gira y uno ha buscado entre los videos disponibles en la web, solo es posible medirla en la dimensión de emotividad que emana la versión, escuchándondo en vivo. Emotividad que se incremeta y alcanza su pico en “Black” y la escena contada al comienzo. Y que continua con “Better man”, como si fuera poco, con el estadio cantando y Vedder saltando como un chico y alejándose del micrófono para oir al público entusiasmado. La batería de Matt Cameron da inicio a “Why go” y otra vez Pearl Jam desborda de ímpetu rockero, con McCready y Gossard sacándose chispas, y que llega a un final apocalíptico que se resuelve en el inmortal “Alive”. Y si hasta ese momento se había cantado, entonces la entrega, tanto arriba como abajo del escenario es absoluta. Y el “I'm still alive” es entonces un grito de liberación y celebración. Una éxtasis casi religioso por alabar el regreso de Pearl Jam a la tierra prometida. Y después a rockear en el mundo libre, festejando el cumpleaños de Neil Young, con las luces que se van encendiendo de a poco, y que no solo no logran cortar el clima, sino que además dan auténtico testimonio de la fiesta que se vive en el estadio colmado.
El final definitivo fue con la hendrixiana “Yellow ledbetter” y Eddie Vedder correteando frente a la gente y tocando cada una de las palmas a su alcance, y McCready haciendo su solo final sentado al borde del escenario. Entre amigos. Borrando los límites entre las estrellas de rock y el público. En una abosluta comunión que no terminará nunca y a la que solo podrá igualar una próxima visita de Pearl Jam.

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