viernes, 8 de octubre de 2010

Regina Spektor en el Teatro Gran Rex

La idea de desembarazarme de la energía Pixies para disfrutar del concierto de Regina Spektor no había funcionado. Habías sido tantas y tan intensas las emociones que había vivido en el Luna Park que cuando entré al Gran Rex y vi todas esas butacas tapizadas, casi quería arrancarlas de a una. Pero la impuntualidad de la moscovita me vino como anillo al dedo. Porque los cuarenta y cinco minutos de demora (pensar que al “bichi” Borghi lo echaron por salir un minuto tarde del entretiempo….) cumplieron con la función de ponerme en clima. Para colmo mi asiento estaba sobre uno de los laterales de la platea, y no sé si había una boca de aire acondicionado, si por ese pasillo circula alguna corriente antártica o si Regina quería que conozca el clima de su Moscú natal (si era así, un vodka no hubiese estado nada mal), pero la cosa fue que ese tiempo bastó para enfriarme. Además, en un sitio en donde los Sugus confitados tienen el valor de una cazuela de pulpo, que el tiempo se pase comiendo resulta imposible.
Finalmente las luces se apagaron y Regina Spektor entró al escenario para arrancar con “Holding chair” y seguir con “Eat”. El público la adora. Adoración de un estilo que a mí me disgusta un poco, una adulación exagerada, casi adolescente. Pero ella responde con sonrisas, no se la cree y sigue. Su banda se compone de un violín, un cello y batería. En el medio su piano, en el que se sienta de perfil al público. Como una intérprete clásica, o al estilo de Tory Amos, para ser más exacto. Durante ese segundo tema se le volcó una de las botellitas de te (Sí. Té en botellita plástica, nada de Samovar la rusa) y eso hizo que se produzcan un par de diálogos graciosos con el público. Seguido tocó “Blue lips”, para envidia de los que fueron el Miércoles, pero fue a partir de “Sailor song” cuando el recital tomó el rumbo que yo esperaba. Porque ahí apareció la Regina Spektor que me sedujo desde la tapa de “Soviet Kitsch”, rodeada de mamushkas, con gorra de policía y bebiendo vodka del pico de una botella. Una especie de Fiona Apple del este; irresistible. Siguió con “Machine”, el sonido había ganado en volumen, y dentro del estilo, claro, el show iba tomando temperatura.
En la música de Regina Spektor todo es sutil. Preciso y precioso. Cada arreglo de piano es delicado. La voz de Regina, como si fuera poco, luce mejor en vivo que en los discos. Los matices, su amplitud vocal, los falsetes, todo se engrandece sobre el escenario. Y con esos aditivos nada puede salir mal. En su sencillez, en una actitud inocente, a veces exagerada hasta el cinismo, Regina seduce. Pasan las canciones más pop (“Better”, “On the radio”), y Regina se levanta del piano de cola para pararse frente a su público por primera vez, para desde su Yamaha hacer “Dance anthem of the ‘80s”. Después se queda sola sobre el escenario y se cuelga una guitarra para un tándem magnífico: “Bobbing for apples” (Rock and roll, you hate my soul, You sucked dry my bones but you spit out my mole, I'll always opt to fall down these stairs in the end) y una versión de “That time” que la devolvió a sus inicios; a la movida anti folk de New York, bajo los influjos de Moldy Peaches y el empuje de The Strokes. Y seguido volvió al piano para hacer un “Apres moi” que estremeció hasta los huesos. Cada peso del valor de la entrada se pagó con esos breves minutos de la canción extraída de “Begin to hope” en una versión descarnada y conmovedora. El momento más alto del show bajo cualquier concepto, al punto que todo lo que siguió a partir de allí buen pudo haberse obviado. Porque siguió hasta el final sola en el piano haciendo bellezas como “Human of the year”, pero nada iba a igualar a aquel instante. Durante ese tramo un asistente la acercó una silla de madera, y con la mano izquierda sobre el piano y con la derecha golpeando la silla con un palillo de batería, hizo “Poor little rich boy”, como una Rick Wackeman que en lugar de moogs y sintetizadores, repartía sus brazos entre el piano y la percusión. Por último se despidió con la intensa “Man of thousand faces”.
Quedaban los bises, y en el primero de ellos, Regina me regaló el “Samson” que yo había ido a buscar. A mí no me importaba nada de lo que ocurría en el resto del teatro, si había más gente o no. Ella cantaba para mí, el resto podía no existir o efectivamente no existió, no estoy seguro. Solo faltaban el whisky y el habano. El “Us” que siguió fue una excusa, y el “Fidelity” un final alegre, como para irse a casa con una sonrisa placentera. El de anoche fue un gran debut en Buenos Aires de una artista completa, compleja y madura, pero que encuentra su mejor definición en un único adjetivo: Regina Spektor es adorable. Segunda noche del Hernán Fest. El sábado le toca a Spinetta.
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