Nunca había llegado tan
sobre la hora a un concierto en el centro entre semana. El bendito
Metrobus 9 de julio desvió el trayecto de la puntual y veloz linea
7, y para llegar al obelisco me fui con un 26 que tuvo que atravesar
Corrientes atestada de autos. Por suerte en el mundo del rock la
relación con los relojes no resulta obsesiva, y cuando me acomodé
en mi butaca, el escenario todavía estaba repleto de técnicos
conectando cablecitos y probando micrófonos. Hasta hubiese tenido
tiempo de un copetín, sino fuera porque dentro del teatro las
Saladix tienen precio de caviar.

Recuerdo que recibí a
“Vivid” como una bendición. A fines de los 80 la electrónica
parecía imponerse para siempre y la aparición de Living Colour, una
cruza extraña entre Led Zeppelin, James Brown y Jimmi Hendrix me
volvió fan irremediable; y aquel primer disco siempre resultó mi
preferido. Esta aclaración no es inocente, porque esta definición
en una crónica anterior motivó la aparición de una buena cantidad
de adoradores en privilegio de “Times up” que generó una breve
polémica.
Ahora bien: mas allá de
los shows con esqueleto similar y la previsible fidelidad al disco
homenajeado, cada concierto de Living Colour tiene una característica
particular, y en este caso fue una mayor dosis de blues. De por sí
abrieron el concierto con “Preachin' blues” de Robert Johnson.
Pero no solo por eso hago la referencia, sino también por el look de
Vernon Reid. Con sus pantalones beige, el combo camisa + chaleco y su
sombrero, parecía teletransportado desde el Mississippi de los años
'30. Corey Glover vestía un curioso delantal amarillo, como si el
show lo hiciera en un alto de su jornada como soldador. Y en cuanto a
la estética, lo de Dough Wimbish y Will Calhoun estuvo más a tono
con el colorido habitual de la banda.
Después de la densa
apropiación de Robert Johnson, llegó el momento de “Vivid” y la
apertura con “Cult of personality” produce en la sangre el mismo
burbujeo que hace veinticinco años. Corey Glover empieza a desfilar
por las pasarelas laterales a las plateas y la energía se apodera
de un Gran Rex, cuyas butacas ofrecieron un ambiente inusual para un
concierto de los neoyorquinos. Después el estribillo pegadizo y el
riff cortante de “I want to know” confirmaron un rumbo, que no
por previsible, dejó de ser arrollador.
La interpretación en
orden fidedigno de “Vivid” hizo que quede más claro el recorrido
y rumbo original del álbum. Partiendo del rock filoso a lo Zeppelin,
del estallido de rumbo imprevisible de “Middle man” y
“Desesperate people”, transitando entre climas diversos, y
derivando en un funk de ritmo irresistible. Si el slide inicial de
Reid tenía reminiscencias bluseras, ni bien uno se topa con su
pirotecnia sonora, sabe que aquel espíritu fue atropellado por el
convoy Hendrix del Oeste. Aún así, la versión de “Amazing grace”
de John Newton, con la que introdujeron el lucimiento vocal en tono
soul de Glover en “Open letter (to a Landlord)” tuvo la cadencia
de un blues rural exquisito. El cantante se luce haciendo gala de su
amplio registro, aunque a lo largo del concierto por momentos abuso
innecesariamente de los falsetes agudos a lo Ian Gillan.

“What's your favorite
colour baby?” rescata no solo el espíritu de James Brown desde lo
rítimico, sino también en ese ida y vuelta que se produce con el
público, que devuelve como respuesta a esa pregunta el nombre de la
banda, a modo de reverencia. Y “Wich way to America?” reproduce
la fórmula de “Glamour boys”, pero con los dientes apretados. La
guitarra de Vernon Reid termina con las cuerdas enrojecidas, y el fin
del disco y por lo tanto de la celebración, nos dejó a la
expectativa de lo que llegaría como postre.
Cada vez que un
baterista comienza un solo, la primera pregunta que me hago es si es
necesario. Más aún cuando la performance de Will Calhoun a lo largo
del show no requiere de semejante despliegue de destreza para merecer
reconocimiento individual. Sin embargo Will construye su solo como si
fuera un tema. Se escucha una voz a la distancia, como un pregón que
trae el viento, y a partir de allí oimos diferentes pasajes que
suman la electrónica, y su característico show circense con los
palillos iluminados en un escenario a oscuras. Después regresa la
banda y con “Bi” (temazo de “Stain” - 1993) y “Love rears
it's ugly head”, el concierto se cierra con citas a los dos discos
que suceden a “Vivid” en la primera etapa de vida de la banda.

Si bien “Should I stay
or should I go” nos entregó la energía de siempre, las butacas
conspiraron contra el imprescindible pogo en el estribillo hardcore,
aunque no consiguieron limitar a Corey Glover, que se paseó por las
pasarelas y pasillos de toda la parte baja del teatro. Cerraron todos
saludando abrazados, y mientras yo caminaba buscando una salida, pues
descreía de que alguno de los palillos de batería o de las púas
arrojadas en la despedida pudieran llegar a la parte alta del Gran
Rex, lo hacía con la convicción de que ver a Living Colour en vivo
es más seguro que jugar al PRODE con una tarjeta de trece triples.
El frío, la llovizna y
la hora, me ahorraron la posibilidad de volver a putear al carril
macrista sobre la 9 de julio y me subí rápido a un taxi. Mi agenda
incluye a Bruce Springsteen el sábado, y había que descansar y
cuidar la garganta.
(Las fotos pertenecen al facebook oficial de Living Colour)
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