viernes, 13 de septiembre de 2013

Living Colour en el Teatro Gran Rex

Nunca había llegado tan sobre la hora a un concierto en el centro entre semana. El bendito Metrobus 9 de julio desvió el trayecto de la puntual y veloz linea 7, y para llegar al obelisco me fui con un 26 que tuvo que atravesar Corrientes atestada de autos. Por suerte en el mundo del rock la relación con los relojes no resulta obsesiva, y cuando me acomodé en mi butaca, el escenario todavía estaba repleto de técnicos conectando cablecitos y probando micrófonos. Hasta hubiese tenido tiempo de un copetín, sino fuera porque dentro del teatro las Saladix tienen precio de caviar.
A Living Colour ya los vi varias veces así que llegué con la certeza de que las expectativas desprendidas de la lejana compra de la entrada (Abril!) no serían decepcionadas. Y eso lo afirmo aunque uno está acostumbrado a verlos en shows en estrutura similares.De hecho, más allá de los diferentes momentos en los que llegaron al país, y de los discos eventualmente editados en cercanía con esas llegadas, sus shows se sustentan esencialmente en sus dos primeros discos. Y en este caso, a poco de entrar de nuevo al estudio, la excusa era celebrar el cumpleaños número 25 de “Vivid”, su disco debut.
Recuerdo que recibí a “Vivid” como una bendición. A fines de los 80 la electrónica parecía imponerse para siempre y la aparición de Living Colour, una cruza extraña entre Led Zeppelin, James Brown y Jimmi Hendrix me volvió fan irremediable; y aquel primer disco siempre resultó mi preferido. Esta aclaración no es inocente, porque esta definición en una crónica anterior motivó la aparición de una buena cantidad de adoradores en privilegio de “Times up” que generó una breve polémica.
Ahora bien: mas allá de los shows con esqueleto similar y la previsible fidelidad al disco homenajeado, cada concierto de Living Colour tiene una característica particular, y en este caso fue una mayor dosis de blues. De por sí abrieron el concierto con “Preachin' blues” de Robert Johnson. Pero no solo por eso hago la referencia, sino también por el look de Vernon Reid. Con sus pantalones beige, el combo camisa + chaleco y su sombrero, parecía teletransportado desde el Mississippi de los años '30. Corey Glover vestía un curioso delantal amarillo, como si el show lo hiciera en un alto de su jornada como soldador. Y en cuanto a la estética, lo de Dough Wimbish y Will Calhoun estuvo más a tono con el colorido habitual de la banda.
Después de la densa apropiación de Robert Johnson, llegó el momento de “Vivid” y la apertura con “Cult of personality” produce en la sangre el mismo burbujeo que hace veinticinco años. Corey Glover empieza a desfilar por las pasarelas laterales a las plateas y la energía se apodera de un Gran Rex, cuyas butacas ofrecieron un ambiente inusual para un concierto de los neoyorquinos. Después el estribillo pegadizo y el riff cortante de “I want to know” confirmaron un rumbo, que no por previsible, dejó de ser arrollador.
La interpretación en orden fidedigno de “Vivid” hizo que quede más claro el recorrido y rumbo original del álbum. Partiendo del rock filoso a lo Zeppelin, del estallido de rumbo imprevisible de “Middle man” y “Desesperate people”, transitando entre climas diversos, y derivando en un funk de ritmo irresistible. Si el slide inicial de Reid tenía reminiscencias bluseras, ni bien uno se topa con su pirotecnia sonora, sabe que aquel espíritu fue atropellado por el convoy Hendrix del Oeste. Aún así, la versión de “Amazing grace” de John Newton, con la que introdujeron el lucimiento vocal en tono soul de Glover en “Open letter (to a Landlord)” tuvo la cadencia de un blues rural exquisito. El cantante se luce haciendo gala de su amplio registro, aunque a lo largo del concierto por momentos abuso innecesariamente de los falsetes agudos a lo Ian Gillan.
El funk metálico de “Funny vibe” mostró a la banda en el momento más expansivo de la noche, y el “Memories can't wait” de Talking Heads volvió a hacerle honor al tema que cerraba el lado uno del disco que da nombre a este blog. Con el solo de bajo en “Broken heart”, Doug Wimbish volvió a recordarme cuán equivocado estuve cuando juzgué la partida de Muzz Skillings como irreparable. Y con “Glamour boys”, que con su funk pegadizo y su estribillo metálico, tal vez resuma mejor que otro tema el espíritu de “Vivid”, la gente volvió a reaccionar de pie. Durante el puente instrumental y latino del tema, el cantante rescata a una chica de la primera fila para terminar el tema entre baile, abrazos y besos.
“What's your favorite colour baby?” rescata no solo el espíritu de James Brown desde lo rítimico, sino también en ese ida y vuelta que se produce con el público, que devuelve como respuesta a esa pregunta el nombre de la banda, a modo de reverencia. Y “Wich way to America?” reproduce la fórmula de “Glamour boys”, pero con los dientes apretados. La guitarra de Vernon Reid termina con las cuerdas enrojecidas, y el fin del disco y por lo tanto de la celebración, nos dejó a la expectativa de lo que llegaría como postre.
Cada vez que un baterista comienza un solo, la primera pregunta que me hago es si es necesario. Más aún cuando la performance de Will Calhoun a lo largo del show no requiere de semejante despliegue de destreza para merecer reconocimiento individual. Sin embargo Will construye su solo como si fuera un tema. Se escucha una voz a la distancia, como un pregón que trae el viento, y a partir de allí oimos diferentes pasajes que suman la electrónica, y su característico show circense con los palillos iluminados en un escenario a oscuras. Después regresa la banda y con “Bi” (temazo de “Stain” - 1993) y “Love rears it's ugly head”, el concierto se cierra con citas a los dos discos que suceden a “Vivid” en la primera etapa de vida de la banda.
Para los bises la gente pedía a gritos “Elvis is dead”, pero Living Colour decidió despedirse con dos covers tradicionales en sus setlist. Primero “Sunshine of your love”, y el ingreso al escenario de Tarja Turunen, la ex Nighwish, quien desde 2004 pasa buena parte del año como vecina del barrio de Caballito. El registro soprano y los modos operísticos de Tarja le resultan tan extraños al clásico de Cream como la voz de Pity Alvarez a un cover de Evanescence. Pero Tarja es grande, corrige sobre la marcha, acomoda su voz a duo con la de Corey Glover, y el duelo de agudo con el que cierran la versión vale por sí solo el experimento. Aún así, la despedida de la cantante finlandesa no estuvo excenta de ironías, y un pibe al lado mío la saludó con un “Chau maría Marta”, con obvia referencia a la Serra Lima.
Si bien “Should I stay or should I go” nos entregó la energía de siempre, las butacas conspiraron contra el imprescindible pogo en el estribillo hardcore, aunque no consiguieron limitar a Corey Glover, que se paseó por las pasarelas y pasillos de toda la parte baja del teatro. Cerraron todos saludando abrazados, y mientras yo caminaba buscando una salida, pues descreía de que alguno de los palillos de batería o de las púas arrojadas en la despedida pudieran llegar a la parte alta del Gran Rex, lo hacía con la convicción de que ver a Living Colour en vivo es más seguro que jugar al PRODE con una tarjeta de trece triples.
El frío, la llovizna y la hora, me ahorraron la posibilidad de volver a putear al carril macrista sobre la 9 de julio y me subí rápido a un taxi. Mi agenda incluye a Bruce Springsteen el sábado, y había que descansar y cuidar la garganta.

(Las fotos pertenecen al facebook oficial de Living Colour)

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