miércoles, 14 de diciembre de 2011

Roger McGuinn en el Teatro Coliseo


Hace unos meses, cuando los habitantes de la ciudad de Buenos Aires decidieron reelegir al Ingeniero Macri como Jefe de Gobierno, Fito Paez dijo que sintió asco. Más allá del revuelo que se armó en su momento por la expresión de Fito, supongo que aquello tuvo mucho que ver con la impotencia de no poder modificar las cosas como uno desea o cree conveniente. Y tengo que decir que anoche cuando vi la cantidad de butacas vacías en el Coliseo en donde tocaba Roger McGuinn, sentí algo de aquella impotencia del rosarino. Y acá no hay excusa de precios, y la superstición por el martes 13 no cuenta como justificativo. No es que fueran económicas las entradas, sino porque otros artistas de menor talla y con precios más altos han llenado recintos incluso más amplios. En tiempos en donde las ganas de reinterpretar la historia argentina parece haber encontrado apoyo estatal, no estaría mal una especie de instituo de revisionismo rockero urgente. Hay fuentes imposibles de ignorar, y corremos el riesgo de permitir que germine una generación de chicos que crean que el rock empezó con los Artic Monkeys.
Dicho esto, tengo que confesar que los lugares vacíos me dieron la oportunidad de bajar un par de pisos y aprovechar la desidia del resto de los rockers porteños ausentes, porque en mi caso, la original ubicación elevada y lejana en el teatro, sí tenía que ver con los precios y la exagerada inversión en recitales de este año. Pero era imperdible, y si a alguien le quedaban dudas de esto, cuando Roger McGuinn entró con su Rickenbaker blanquinegra de doce cuerdas cantando “My back pages”, las dudas se le terminaron por esfumar. Vestido completamente de negro, con un sombrero que apenas permitía ver sus ojos y en un escenario dueño de una escenografía mínima, Roger camina pausado, toma asiento, cambia la Rickenbacker por la acústica, nos habla de Dennis Hopper, las motos, el destino, y se larga con “Ballad of easy rider”. “Take me from this road, to some other town” , ese será el lema del concierto. Un recorrido por la vida de un tipo que de solo pensar que influyó a los Beatles, que inspiró “afanosamente” a Harrison, que tocó con David Crosby, Gene Clark, Gram Parsons, Tom Petty y Bob Dylan, entre otros, y que además es uno de los responsables del Dylan de Newport y por lo tanto de toda la música pop y rock tal cual la conocimos luego, produce escalofríos. Basta escucharlo tocar la guitarra para preguntarse, por ejemplo, qué hubiese sido de la vida de gente como Peter Buck, sí McGuinn no hubiera existido. Y que además de todo eso, muestra la capacidad intacta para emocionar con gemas como “Mr. Spaceman” , “You ain't going nowhere”, y tomarse tiempo de homenajear a Woody Guthrie con “Pretty boy floyd”.
McGuinn toca sentado, delante de una mesa de bar flanqueada apenas por unos arbustos. A su lado dos guitarras acústicas y la nombrada Rickenbacker esperan pacientes su turno de ser elegidas para cada canción. Roger no escatima en anécdotas para cada tema, por eso cosecha sonrisas cuando recuerda la dedicatoria que junto a Gram Parsons le hicieran al DJ británico Ralph Emery, antes de tocar “Drug store truck drivin' man”; o aplausos cuando nombra a Tom Petty para la estremecedora “King of the hill”. La primera parte del show la cerró con la propia “Russian hill”, el clásico de los Byrds “5th dimension”, “Parade of lost dreams” (compuesta junto a su mujer Camilla) y otra vez los Byrds y “Chimes of freedom”.
Luego del intervalo, anunciado de cinco minutos pero que se prolongó un poco más, Roger repitió el molde para iniciar la segunda parte del concierto: entró con la guitarra eléctrica colgada, y de pie cantó “Lover on the Bayou”. Después vuelta a sentarse y el turno de “Chestnut mare”, “Just a season” y “Jolly Roger”. Roger McGuinn resulta un iman. Sentado delante de la mesita de bar, relatando historias y cantando sus canciones, parece un viajero que ha hecho un alto en el camino y necesita despojarse de sus vivencias. Un auténtico juglar que además marca el ritmo de las canciones haciendo repiquetear sus botas sobre el piso del escenario. Pasa “You showed me” y empieza a cantar “Mr. Tambourine man” con la acústica, a la que de inmediato cambia por la eléctrica (David Crosby dice “no, así no la van a pasar en ninguna radio” rememorando el momento que dio origen al arreglo original). Dije ayer al terminar el concierto y repito ahora: vi en vivo a Roger McGuinn cantando "Mr. Tambourine man". Un día de estos la burocracia celestial se va poner al día, van a ver cuántos sueños llevo cumplidos y me van a mandar los Falcon verdes de Dios a buscarme por abuso. Pero aún faltaba más. El lucimiento en la guitarra para “Eight miles high” y las citas a John Coltrane y Ravi Shankar, que se vio interrumpida por la ruptura de una cuerda. Pero Roger reaccionó rápidamente cambiando de guitarra, y terminó el concierto otra vez de pie, con “Turn, turn, turn”.
Durante el breve segundo intervalo, los asistentes acomodaron un teclado sobre el escenario para confirmar lo que era un secreto a voces: Charly Garcia iba a subir a tocar con Roger. Y el riff de “I'll feel a whole lot better” que empezó a escucharse mientras lo músicos se acomodaban en sus lugares dio inicio a esa reunión cumbre. Tengo que decir que el Charly que subió ayer al Coliseo distaba mucho del impecable de los shows del Rex, pero hay algo que es cierto: anoche Flopa Lestani, a quien le envidié una foto con Roger en el muro de su facebook, comentaba que Charly estaba emocionado como una quinceañera, y que eso habla bien de él. Más que certera la apreciación. Había en la mirada de García un gesto de admiración que conmovía. Gesto para con un tipo dueño de una matriz a la hora de hacer canciones que ha marcado un rumbo que García conoce de memoria, y el resultado entonces tiene más valor emotivo y testimonial que otra cosa, porque desde lo musical, el encuentro no resultó todo lo feliz que a mí me hubiera gustado. Intercambiaron estrofas en inglés y español, pero nunca terminaron de ensamblar. La fragilidad de Charly quedó expuesta ante la emoción, pero de todas maneras se quedó, sin cantar y junto a Fernando Kabusacki en guitarra acústica, para compartir dos temas más: “So you want to be a rock'n roll star” y el “Knockin' on heavens door” con el que cerraron el concierto. Quedó, por insistencia del público y propio placer de Roger un extra con el tradicional “May the road rise to meet you”. Afuera, el hall del teatro convocaba a charlas y comentarios como pocas veces. Todos, absolutamente todos los que estuvimos anoche en el Coliseo, sabíamos perfectamente frente a qué tipo de procer habíamos estado. Pero que del revisionismo rockero se encargue otro, a mí déjenme con las emociones.
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