miércoles, 11 de mayo de 2011

The Cult en el Teatro de Flores

“Te parecés al de The Cult”, me dijeron alguna vez. Debía tener unos diecisiete años y aunque al incipiente melómano que era, la imprecisión en eso de “el de The Cult” le molestaba un poco, y los posters de mi cuarto lo desmentían, en ese momento lo creí una de las cosas más lindas que me habrán dicho en unos años en los que cualquier cosa que llegara a mis oídos con voz femenina sonaba linda. Era el tiempo en que la inconfundible voz de Ian Astbury gritaba al límite de quebrarse, el “born to be wild”, aquella sentencia rutera de Steppenwolf que los ponía en el prime time de las radios de rock. Así que anoche, de alguna manera, resultaba para mí una especie de volver a los diecisiete.
El concierto había bajado de las pretensiones del Estadio Islas Malvinas al más modesto, en cuanto a capacidad, Teatro de Flores. Los precios altos, la amplitud de la oferta en cuanto a recitales…, son muchos los motivos en los últimos tiempos por los cuales la convocatoria no es la esperada en más de un show. A mí, en este caso en particular, el cambio me benefició desde lo geográfico. El estadio de La Paternal será muy cómodo, pero la zona se vuelve inhóspita para programar un regreso cómodo a casa en una noche entre semana. El 44 tiene a esa hora menos frecuencia que el Halley, y transitar los paredones de la Chacarita de noche no es el paseo más reconfortante. Así que por mi parte, más que agradecido.
Si dije antes que el concierto me retrotraía a mi adolescencia, el The Cult que vi anoche tuvo mucho de aquel que me empezó a seducir en los ’80. Una banda que resultaba la perfecta mixtura entre la oscuridad post punk y el misticismo zeppeliano. Esta comunión les otorgaba un sello indeleble y un encanto muy particular, que con el tiempo en parte fueron perdiendo. Nunca defraudando, está claro. Pero mis preferencias siempre permanecieron en esa primera versión de la banda. Y anoche, en un show en el que repasaron toda su carrera, haciendo base minuciosamente en cada uno de sus trabajos discográficos, The Cult me dio el gusto y sostuvo su concierto en sus dos primeras gemas: “Dreamtime” y “Love”.
Abrieron el concierto con “Everyman and woman is a star”, uno de los temas nuevos, entregados en esas pequeñas producciones a las que se han abocado y que llamaron “Capsule”. Pero el idilio con la gente y la primera respuesta energética desde abajo del escenario llegó cuando se escucharon los primeros acordes de “Rain”. En seguida un descenso a la prehistoria con “Horse nation”, y pegadito el “Sweet soul sister” de “Sonic temple”. En el fondo del escenario, los tradicionales símbolos piratas encarnados en la calavera y dos tibias cruzadas completaban y justificaban el look de Astbury: lentes oscuros, pañuelo rojo aprisionando su recuperada cabellera y una barba descuidada. Gordo. Además Ian Astbury está gordo. A su izquierda, Billy Duffy ofrecía lo mejor de sí: acordes y texturas complejas, riffs precisos y punteos hirientemente rockeros. La banda se completó con Chris Wise en el bajo, un segundo guitarrista (Mike Dimkitch) que con sus anteojos oscuros, su sombrero y la campera de cuero ajustada, parecía salido de un concierto de Los Violadores a medidos de los ’80, y John Tempesta ( ex White Zombie) en la batería.
En tren del repaso de su carera que The Cult se propuso para esta gira, la banda no cayó en facilismos. No apostó todo a los hits seguros y revalorizó temas como el hipnótico “White” (de “Ceremony”) y el oscuro “Saints are down”, de “The Cult” (1994), los cuales crearon un clima denso en la sala, y que obligó a zambullirse en el trance que proponían los ambientes creados por la guitarra de Duffy. De ese tramo salieron con “Dirty little rock star”, un tema cuyo riff le debe muchísimo al “Undercover of the night” de los Stones. Y para cuando Astbury cantaba aquello de “It rained flowers when the music began, love all around when the music is loud. Every day, nirvana”, esas palabras resultaban una perfecta descripción del clima que se vivía en el teatro.
Tanto, pero tanto se propusieron no dejar ninguna etapa de lado, que hasta incluyeron en el setlist a “Ghost dance” del disco de rarezas. Hubo un breve intermedio con un video que mostraba una cámara recorriendo pasajes desérticos cuya inclusión no se entendió demasiado, más temas nuevos (“Embers” primero y “Until the light take us” hacia el final), y “Go west”, otra joya de “Dreamtime” muy bien recibida por el público. Después la contundencia de “Wild flower” para que no nos olvidemos que los tipos cuando quieren rockean en serio. El cierre fue con “She sells sanctuary” un temazo al que el tiempo no corroe para nada, y la demoledora “Love removal machine” con la inconfundible voz de Ian repitiendo los “baby, baby” hasta el paroxismo adrenalítico final.
Hubo un regreso al escenario, claro. E incluso allí fueron consecuentes en la elección de las canciones: primero “Rise”, de “Beyond good and evil”, que significó en el momento más pesado de la noche, después un increíble “Spiritwalker”, otra vez desde “Dreamtime”. Y para despedirse definitivamente, un único gesto condescendiente: el “Break on through (to the other side)” de The Doors, con Ian Astbury despegándose de la apropiación de Morrison que lo llevara a tomar su papel en aquella banda, y liderando ahora su propio grupo, y homenajeando a una de sus mayores influencias con una versión categórica del clásico. Queda para hoy un segundo concierto en Colegiales con Coverheads como teloneros y el sorteo en una FM de una campera autografiada.
A los diecisiete hubiera esperado una hora el 134. Anoche, con el madrugón laboral por delante, me tomé un taxi. Si no fuera por ese detalle, podría decir que el hechizo del regreso en el tiempo se había cumplido. Y si se trata de reeditar supuestos parecidos, el pelo no ha vuelto crecer, es cierto. Pero yo estoy más flaco.
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