miércoles, 18 de mayo de 2011

Ian Anderson's Jethro Tull en el Teatro Gran Rex

Viviendo en el pasado. Ellos y nosotros. Los de la platea esperando ver sobre el escenario algo de la música que nos hizo vibrar en muchos momentos de nuestras vidas. Ellos (o él, Ian Anderson, y sus lugartenientes en este caso) mostrando una versión digna de su gloria de antaño. Nosotros, porque desde la primera vez que escuchamos un disco de Jethro Tull supimos estar ante una música tan única como inclasificable, o, según como se lo mire, merecedora de todas las clasificaciones imaginables. Ellos, porque más allá de cualquier iniciativa en tiempo presente, saben que el brillo de sus mejores gemas se encuentra a sus espaldas. “Let’s go living in the past” propone entonces la inconfundible voz de Ian Anderson desde el primer tema, y nosotros sabemos que con el hombre de la flauta encantada, viajar en el tiempo se trata solo de dejarse llevar. En definitiva, como en la canción de Milanes, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Y si no que lo diga el propio Ian: It was a new year yesterday, but it’s an old day now.
El formato del show de anoche en el Gran Rex era un misterio, al menos para el que no se haya tomado el trabajo de hurgar en videos caseros de los shows previos en San Pablo. La gira se había anunciado inicialmente como una versión reducida y acústica de la banda. Un mes atrás estaban tocando en Moscú junto a una orquesta de cuerdas y en breve inician en Canada y USA la celebración de los 40 años de la edición de “Aqualung”. Pero al tercer tema (“Up to me”) ya no quedaban dudas: Ian Anderson había llegado con una banda que resultó una de las versiones ambulantes de Jethro Tull: con John O’Hara en teclados y acordeón, y David Goodier en el bajo como miembros oficiales, y con Scott Hammond en batería y el ya conocido Florian Opahle en guitarra. La ausencia de Martin Barre motiva el “Ian Anderson’s Jethro Tull” con el cual se presenta el concierto.
“Hare in the wine cup” le puso un poco de humor a la noche, con Ian y sus movimientos de mimo, previos a tomar asiento en su banqueta. Siguieron con un tema nuevo y una buena versión de “Songs from the Woood”. Anderson presenta las canciones citando los años de edición y riéndose de las distintas etiquetas con la cual su música fue clasificada: blues, folk rock, jazz rock, prog rock, y cuanto rótulo se haya inventado. Se pasea por el escenario. Actúa cada movimiento, repite su pose clásica, sosteniéndose con la pierna derecha y cruzando la izquierda sobre su rodilla, al tiempo que eleva su flauta hacia el cielo. El pañuelo atado en su cabeza lo vuelve una especie de corsario que avanza agazapado por el escenario persiguiendo enemigos invisibles, soplando (sí, Anderson sopla) su flauta mientras cambia el paso y el rumbo, tanto de sus movimiento como los de la música. Un arlequín director de orquesta, eso es el británico sobre el escenario. Que cuando corresponde, se pone serio. Como cuando presenta el set clásico a cargo de su amado Bach. Primero el “Preludio en C mayor” a duo con O’Hara, y después su tradicional versión jazzeada de “Bouree”. Sutileza en cada arreglo, belleza encantadora en la melodía y magia flotando en cada rincón del teatro.
Después de Bach llega un momento crucial en el concierto, cuando Ian Anderson anuncia “Thick as a brick”,.en su versión larga. Esta pieza en forma de suite, capaz de combinar el folk tradicional con la música clásica, yendo y viniendo por ritmos y melodías que pasan de la sugestión al éxtasis, y que de chico me cansé de escuchar, aborreciendo el momento de levantarme para dar vuelta el casette. Tanto que me sabía cada variación de tiempo de memoria, y que en algún momento motivó la idea absuda de tener dos veces el mismo casette, con el lado 2 en punta en la segunda casettera del radiograbador. Que es el punto culminante del concierto desde lo musical hasta lo emotivo y que provoca que la sala salude de pie un final prolongado. Vi a Clapton tocando “Crossroads” y Page y Plant haciendo “Since I’ve been living you”, puedo ahora tachar al “Thick as a brick” de Jethro Tull de mi lista de pendientes.
Luego el regreso a Bach, la “Tocatta y fuga” a cargo de Florian Opahle y su guitarra, en un solo que remite a los guitar hero del metal. Florian lleva años tocando al lado de Anderson y se acopla con comodidad con las canciones de Jethro Tull; sus contrapuntos con la flauta de Anderson no desentonan ni mucho menos, y hacen que nos olvidemos por un rato (solo por un rato, que quede claro) de Martin Barre. Después de “A change of horses”, llega el tramo final del concierto, que resulta una delicia para los fans. Primero “My God”, con Anderson y su frulato característico, sus canturreos en correlato y sus pulmones que felizmente han pasado los sesenta años y todavía guardan capacidad para que nuestro héroe haga estallar su flauta, al punto que me lleva a pensar que si Hendrix hubiese sido flautista, en ese momento prendería fuego la flauta. Y en seguida el tono desciende al misterio y encanto de “Budapest”, una joya de “Crest of a Knave”, aquel disco del ’87 que les valió el insólito Grammy a mejor banda de hard rock. Y el cierre con “Aqualung” en una versión extraña, con un inicio minimalista y elriff a cargo del acordeón de O’Hara, pero que hacia el final estalla y recupera su paso rockero arrollador.
Los músicos no se hicieron esperar mucho para el bis y el teclado marcó los acordes que dan comienzo a la apoteosis de “Locomotive breath” que a casi dos horas del inicio del show nos quita el aliento que nos quedaba. El muchacho que tenía sentado al lado, que cometió la herejía de llegar cuatro temas tarde, y que en ese momento se disponía a enviar un SMS, se quedó con el dedo tieso apuntando a un teléfono que casi se le suelta de la otra mano atónita con la energía que provenía del escenario. Un padre le golpeaba el hombro a su hijo adolescente y le repetía “escuchá, escuchá”, al tiempo que el pibe, sin despegar los cinco sentidos del escenario, le respondía indiferente: “Sí pa. Escucho, escucho.” Y yo que empezaba a querer que no se termine nunca, porque me había perdido las cuatro visitas anteriores a Buenos Aires, y que no sabía si agradecer por estar en la quinta o autocondenarme por la ausencia en las anteriores. Pero no solo termina, sino que además hay que apurar el paso, porque la mayoría estams grandes y salimos mirando el reloj pensando en la hora que hay que levantarse al otro día. Así que mientras algunos se quedan haciendo números para volver hoy, y otros piensan en el show de Asia del sábado, la mayoría nos vamos canturreando anonadados con la voz de Anderson que desde algún lugar de la conciencia nos aconseja “No way to show down”.
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