miércoles, 6 de abril de 2011

The Flaming Lips en G.E.B.A.

La pantalla semicircular muestra la imagen de una chica desnuda que baila en la ruta. De a poco mientras las luces y la música acompañan su danza leve, la chica se va colocando en posición de parto y su vagina, que queda en primer plano, va ganando en tamaño y se convierte en gigante y multicolor. (Así que estos eran los famosos labios en llama? Mirá vos que ingenuo yo!) A través de ella “nacen” al escenario de a uno los músicos y toman lugar frente a sus instrumentos. Wayne Coyne aparece envuelto en una placenta transparente que se infla y se transforma en una burbuja espacial. Él la mueve desde adentro, a lo Peter Gabriel recorriendo el escenario para, explanada mediante, lanzarse sobre el público que se abalanza sobre ella y la hace pasar por encima de cada uno de los concurrentes, al menos de los que están más cerca del escenario. De regreso el cantante se libera, y mientras suenan los acordes de “The fear”, durante los siguientes minutos se podrán ver en escena: dos grupos de unos diez bailarines vestidos de naranja, mujeres y hombres, uno de ellos con barba beduina y hasta un enano; cada grupo a un lado del escenario, lugar en el cual agitarán sus brazos, animarán a la gente y bailaran por el resto de la noche, incluso rodeando a un alien inflable. Un bajista que toca sentado y un guitarrista que saluda con voz de Buonanotte. Un cantante que en sus movimientos toma la máquina de humo y convierte el escenario en una nube espesa, o que dispara con sus lanza-serpentinas de largo alcance, mientras decenas de globos recorren las cabezas de la gente, y que cuando explotan liberan miles de papelitos multicolores. Ese cantante además tienen una cámara en el micrófono y su imagen en primer plano se va a agigantar en la pantalla trasera como si fuera uno de los impertinentes hermanos que conducen MDQ. Se trata obviamente de Wayne Coyne, que como si fuera poco, si uno lo mira al descuido tiene un aire a Tim Burton y quien en un momento va a aparecer encaramado en los hombros de un oso, mientras decenas de flashes se disparan sobre nuestros ojos dejándolos perplejos. Para completar la escena, el paisaje se aúna con la propuesta y los trenes hacen sonar sus bocinas, mientras aparecen y desaparecen a un lado y al otro, por detrás del escenario.
El show de The Flaming Lips había comenzado de manera inusual: los músicos, Coyne incluído, hacían las últimas pruebas de micrófono sobre el escenario. En un momento Wayne Coyne llamó a una traductora que titubeante (mi pobre inglés entendía mejor lo que decía al americano, que la balbuceante traducción de la chica) para advertir que el show utilizaba fuertes luces y que en caso de convulsiones entre el público, lo que había que hacer era….no mirar. La gente, mientras tanto, recibió el anuncio de las convulsiones con un enorme griterío. Insólito comienzo, casi desmitificador para los grupos de rock que suelen hacer de su entrada al escenario un plato fuerte, pero claro, el inicio del concierto es tan fuerte desde lo visual que a los pocos minutos nadie se va a acordar de esto.
Hasta ahora solo me referí a la parafernalia que rodea a la banda, pero es indispensable decir que si esta apuesta sonora y lumínica funciona es porque detrás hay una banda de rock extraordinaria, que ha sabido absorber las mejores influencias y hacen de su música una especie de psicodelia progresiva que consigue trasladarse a escena con fidelidad y desenfado. Que han grabado una decena de discos magníficos, muchos de ellos indispensables, y que se toman tiempo para “entretenerse” con proyectos alternativos, como la reciente colaboración en un EP con los Neon Indian, o para grabar su propia versión de un clásico como “The dark side of the moon” y salir siempre bien parados. Basta introducirse en los primeros temas del show, como “Warm mountain” o “”Silver trembling hands” ambas de “Embryonic” (2009) para comprender que todo, música y escena, son parte de un solo conjunto, de un espectáculo que significa una experiencia sensorial incomparable con cualquier concierto que hayamos presenciado antes en nuestras vidas.
“She dont’s use Jelly” nos transporta al primer Flaming Lips, en la primera mitad de los ’90, y “The yeah, yeah, yeah song” encuentra al público por primera vez saltando y cantando, después de contemplar atónito el bombardeo inicial. Y todo el despliegue desaparece gradualmente, para que sea solo la melodía de la bellísima “Yoshimi battle the pink robots pt.1” la que produzca un momento de mágico encantamiento, mientras Coyne toca la acústica pasando la mano dentro de un globo transparente que cubre la parte delantera de su guitarra. Hacia el final de “See the leaves”, Wayne Coyne aparece con dos manos gigantes que disparan decenas de rayos laser y que apuntan contra un bola de espejos que desciende sobre el escenario y multiplica esos rayos consiguiendo un momento fascinante desde lo visual.
El bajo de “The ego’s last stand” marca el pulso del ingreso al momento más progresivo de la noche, cuando la canción se vuelve estallido, retorna a una calma siempre psicodélica y deriva en la descomunal “Pompeii Am Göotterdämmerung” de “At the war the mystics” (2006), que nos transporta hipnotizados al Pink Floyd circa “Animals”, mientras Wayne Coney golpea un gong gigante que despide luces multicolores desde su circunferencia y se acopla al bombardeo lisérgico de flashes que cubre el escenario. El final del show empieza su recorrido final como la contracara de todo lo visto hasta entonces, con el escenario en penumbras, nosotros ya entregados al hechizo que propone la banda, y la melodía sugerente de “What is the light” que gana de poco en intensidad mientras la pantalla recuerda, palabra por palabra, la letra que pregunta “What is the light that you have shinning around you? Is it chemically derived?”. El instrumental “The observer” termina por redondear el concierto.
Los bises fueron dos: primero el éxtasis absoluto de “Race for the prize” en donde todo lo visto hasta el momento se multiplica por mil, las serpentinas caen de todos lados, cañones lanzan papelitos de a millones y los flashes y las luces descargan todo su potencial mientras la gente corea eufórica el riff del teclado. Y luego la encantadora “Do you realize?” que se prolonga interminable, con la gente es absoluto estado de hipnosis cantando junto a Coyne que amaga con irse y empieza nuevamente, sabiendo que es un final que nos va a dejar a todos con ganas, pero que necesariamente tiene que terminar en esa adormecedora melodía que se volvió clásico desde el dia que salió “Yoshimi battle the pink robots”, allá por el año 2002.
Presenciar a los Flaming Lips es una experiencia única. Un show impecable al que solo puede achacársele alguna debilidad en el volumen, especialmente al comienzo del show, pero que sabemos que reclamar es una batalla perdida mientras en esta ciudad sigamos bajo los designios de Nuestro Señor de las Bicisendas.
A la salida veo a una chica con una nena en brazos que debe tener unos dos años y me imagino, después de tanta serpentina y tanto globo, lo difícil que será para esa madre conseguir pelotero que conforme a esa nena somnolienta los próximos cumpleaños. Se lo digo y la chica sonríe. Sonríe y me dice que la nena está acostumbrada, cosa que llevó a preguntarme sobre qué tipo de hongos crecerán en su jardín. Después apuré mis pasos porque temía que algún monstruo de luz haya cobrado forma a mis espaldas y me estuviera persiguiendo. A la salida, las balizas giratoria de los patrulleros me parecen apenas débiles luciérnagas. Mientras tanto mi mente me devuelve el recuerdo de un gran show anterior de Massacre, aunque a esa hora no podía asegurar que haya ocurrido en el mismo lugar ni en el mismo tiempo.
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