jueves, 22 de mayo de 2014

Jesus and Mary Chain en Groove

Había terminado el show de Jesus and Mary Chain en Groove y mientras yo buscaba acercarme a la puerta, una chica le decía a su amiga: “me parece que nos cagaron”. Claro, había pasado apenas una hora y cuarto del comienzo de un show muy esperado, cuyas entradas no habían sido precisamente accesibles. Yo también me iba con ganas de más, especialmente porque el concierto había finalizado en un punto tan alto de intensidad, que quedaba gusto a poco. Volver tan rápido a la luz y al afuera (nunca mas justa esta palabra) resultaba injusto. Pero jamás juzgué a un recital por su duración (al menos no solo por eso) y a decir verdad, lo último que uno espera de los hermanos Reid es condescendencia, así que rápidamente me olvidé del reloj y comencé a repasar mentalmente los mejores momentos del concierto. Pero claro, no podía dejar de citar el dato de la duración, y si empiezo justamente por esto, no es porque me interese magnificarlo, sino para sacármelo rápido de encima.
Yo venía de un fin de semana de euforia riverplatense, y si a las 21 hs estaba a punto para los escoceses se debió a que Buenos Aires se puso todo lo húmeda, gris y melancólica que pudo, como para estar a tono para recibirlos. Además, al fin de cuentas, si uno llega a Palermo con la cabeza susurrándole aquello de “nine million rainy days have swept across my eyes thinking of you”, resulta evidente que el inconsciente ya se había preparado de antemano para el evento.
Entré cuando estaban empezando a tocar los Iguana Lovers, que están preparando su próximo disco que cuenta con la participación de Adrián Yanzón ex-Los Pillos. A esa hora la gente no era mucha, aunque la estoica cola que bajo la llovizna aguardaba para comprar entradas, hacían imaginar un marco más digno. Celebré la decisión de haber comprado la entrada anticipada, me hice de un trago y me acerqué a esuchar a los entusiastas teloneros locales.
Para cuando los Jesus and Mary Chain salieron al escenario, la pista de Groove ya estaba repleta, y sin mediar saludo ni mucho menos, largaron con un “Snakedriver” que sonó desprolijo, aún para los parámetros de la banda. Jim Reid bebía de su porrón de Stella Artois y cubría los eructos que le devolvía el diafragma con su mano derecha. El sonidista acomodaba rápido las perillas para que todo suene como lo esperado, William Reid comenzaba a construir su mundo aparte en el escenario, y el público esperó el bajo machacante de “Head on” para dar sus primeros saltos.
Mas allá de su historia y su innegable vigencia, Jesus and Mary Chain parece ser un grupo reunido para usufructuar la renaciente popularidad que les otorgó Sofía Coppola con “Lost in translation”. Toman partes de su discografía salteados (privilegiando “Automatic” e ignorando “Stoned & dethroned”), le agregan lo único nuevo que hicieron en quince años (“All thing must past”, buen punteo de William), entrelazan tramos oscuros con sus temas más bailables, y apuestan a que cualquier error sea atribuído a una premeditada vocación por mantener la vigencia de su “suciedad”. Un par de inicios en falso, cierto desgano que más que vocación parecieron pose forzada (ni siquiera la bandera escocesa que le alcanzaron conmovió a Jim Reid) y una maquinaria que por momentos parece sostenerse en piloto automático. Yo no había estado en el Personal Fest de 2008 (compararlos con su versión del '90 resultaría injusto), pero los comentarios sobre aquella presentación hacían previsible el tipo de show que iba a ver. Y por ese motivo, al bajar el nivel de exigencia, momentos como “Blues from a gun”, “Sidewalking” o “Teenage lust” consiguen rescatar la mejor memoria y construir momentos de alta intensidad.
No niego que imaginé que el reencuentro con Alan McGee (que acaba de relanzar Creation Records, de ficharlos en primer lugar y que además los acompaña en la gira) podía devolver la mística en niveles altos.Tal vez  eso quedará para la explotación comercial de los treinta años de “Psychocandy” en 2015, veremos. Pero no quiero ser injusto con esta versión de Jesus and Mary Chain, entre otras cosas, porque estaban tocando en un boliche que no se caracteriza por favorecer el sonido de nadie. Eso sí, evidentemente funcionan a un ritmo y bajo reglas que les son propios. Un setlist repetido por años tiene que significar necesariamente que la progresión de energía que va ganado espacio con el avance del show sea premeditada. Los hermanos Reid no se hablan, y apenas se miran. Al menos no pelean y eso ya es bastante. La base King-Colbert funciona perfecta, y la guitarra de Mark Crozer es desde lo instrumental lo más rescatable por lo parejo. Párrafo aparte para el look de Crozer, que con saco, camisa negra, pelo canoso peinado hacia atrás y patillas blancas, parece la versión de Tony el Gordo, pero después de un by pass gástrico.
Dije que show crecía de a poco, y a la altura de “Some candy talking” ya convencían . Encima le pegaron “Happy when it rain”, que resultó de lo más celebrado. Ver a un tipo de más de cincuenta, cantando que no sabe bien dónde está parado y pidiendo que lo traigan de vuelta, mientras confiesa que la lluvia lo hace feliz, es una postal tan perfecta de la banda, que me olvidé de cualquier prurito que había tenido con la performance hasta ese momento. Y cerraron con una sucia y felizmente distorsionada versión de “Halfway to crazy” a la que continuaron con “Just like honey” y una voz femenina presentada simplemente como “a friend”. Pobre versión, por cierto, que los devolvió al desparejo nivel del comienzo. Una pena, no tanto por ellos, pero sí semejante tema.
Muchos miraron la hora en sus celulares, porque se empezaba a consumar la idea de un show breve, casi festivalero (de hecho los festivales se han convertido en su hábitat natural desde la reunión de la banda). El regreso al escenario fue bastante veloz con la ruidosa “The hardest walk”. Jim Reid salió con el ceño fruncido, casi enojado y con movimientos más bruscos sobre el escenario. Como una metáfora de la decadencia había cambiado el porrón de Stella por una lata de Quilmes, pero a nadie pareció importarle. Es más, esa versión de Jim resultó muchísimo más interesante y conmovedora que la anterior. Y si “Taste of Cindy” estuvo a la altura de la ira del cantante , el cierre con “Reverence” y el repetido aullido de “I wanna die” consumó un remate perfecto. El pie de micrófono golpeado con furia contra el piso reafirmaba la voluntad de ese grito que llega desde “Honey's dead” y los iniciales '90, pero que permanece como una declaración de principios.
Varios volvieron a cronometrar la duración del concierto, pero a la salida abundaban más las sonrisas que las quejas. Y aunque ya no lloviznaba, la húmeda avenida Santa Fe a esa hora era la continuación perfecta para el show que había terminado. Yo me alejé de Palermo intentando conciliar sentimientos encontrados, pero cubierto de un melancolía que en gran parte había sido mérito de esos escoceses. Al fin de cuentas, a tipo con una remera que reza “Born to lose” y que anda a los gritos diciendo que se quiere morir, perfección es lo último que se me ocurriría pedirle.



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