viernes, 7 de marzo de 2014

Joan Baez en el Teatro Gran Rex


“Dios es Dios, y Dios no soy yo” dice la canción de Steve Earle que Joan Baez eligió para abrir su último trabajo de estudio (“Day after tomorrow” - 2008) y también el concierto de anoche en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Una letra que habla de la pequeñez del hombre ante el universo, de la bendición de la vida y la importancia de no creerse más de lo que uno es. Si uno no conociese la trayectoria de la artista, podría decir que resulta una especie de carta de presentación confesional. Pero esas palabras pronunciadas por esa voz atemporal terminan por significar apenas una confirmación de humildad y sencillez.
Puntualmente y casi con timidez, la norteamericana de 72 años pisó un escenario en Buenos Aires, por primera vez desde 1974. Saludó extendiendo el brazo como quien lo hace hacia una multitud a la distancia, y desde allí comenzó una recorrida por buena parte del repertorio de su extensa carrera, que incluyó varias citas al cancionero latinoamericano. Desde el “Gracias a la Vida tour” que lleva por nombre la gira que la trae por el sur del continente se preveían estos gestos, pero el tiempo transcurrido desde aquella lejana primera llegada (en la segunda, en 1981, no pudo llegar a tocar) dejaba lugar a la posibilidad de algunas sorpresas. En ese contexto, “Don't cry for me Argentina” fue casi un cumplido, aunque yo no llegué a comprender la categoría de “políticamente incorrecta” en la cual Joan incluyó a la canción. “Farewell Angelina” (aquel outtake de “Bringing it all back home” que Dylan le regalara en el '65) y “Long black veil” fueron otros de los clásicos que se escucharon en la primera parte, hasta que con “La llorona” llegó la primera canción en español de la noche.
Joan Baez salió sola al escenario, y aunque así cantó los primeros temas, luego estuvo acompañada por Dirk Powell en mandolina, banjo, piano y acordeón, y por su hijo Gabriel Harris en percusión, con quien se reencontrara, después de años de diferencias. Aunque podría incluir también a Grace Stumberg, la asistente que le alcanzó las guitarras antes de cada tema, y quien se animó a algunos coros. La historia de Joe Hill, el sindicalista fusilado en 1915 fue otra muestra de canción testimonial, y la belleza de “Jerusalem” (también de Steve Earle) contrasta con una letra que denosta la violencia en tierra santa.
Entonces llegó el momento más latinoamericano de la noche. Los versos escalofriantes del comandante Tomas Borge en “Mi venganza personal” calan hasta los huesos. “Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores” le canta el poeta a su carcelero y torturador, y de pronto nos vemos sumergidos en un clima de mediados de los '80 y una primavera sandinista. “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, y “Calice” (acompañada con palmas por el público) de Chico Buarque y Milton Nascimento, cerraron el tramo de las canciones más duras, pero siempre envueltas en una belleza lírica que hace que a partir de la tragedia, se concrete el arte más elevado y conmovedor.
La honestidad y coherencia de Joan Baez hacen que ninguno de esos gestos suenen forzados o condescendientes. La bandera de resistencia y pacifismo a ultranza que sostuvo a lo largo de su vida la llevó a exponer el cuerpo más de una vez. Porque, con todo respeto, no es lo mismo proclamar la paz desde la habitación de un hotel, que hacerlo bajo las bombas en Hanoi o Sarajevo, o cantando semi escondida en una iglesia de Santiago de Chile en 1981. Tal vez en este sentido, su mayor victoria resultó aquel concierto del 10 de Junio de 1989 en Bratislava, cuando las fuerzas de seguridad irrumpieron en el escenario ante el anuncio de la presencia del disidente Václav Havel (introducido por ella misma de manera subrepticia al teatro), hecho que, según las propias palabras de Havel, fue la gota que rebalsó el vaso y que terminó por desatar la llamada Revolución de Terciopelo. El concierto iba en directo por TV, y la emisión también fue interrumpida, mientras Baez cantaba a capella y a media luz. El resto es conocido, Havel sería un presidente capaz de aparecer en un pub de la mano de Lou Reed o nombrar como embajador a Frank Zappa, y trabarían una entrañable amistad. Havel murió de cáncer el 18 de diciembre de 2011, y unos pocos días después Baez lo despidió con un emotivo poema que finaliza diciendo “estoy tan contenta de que hayas seguido fumando después que los doctores te dijeron que dejes de hacerlo. Amabas hacerlo! El Dalai Lama estará de acuerdo. Tuviste diez mil tristezas. Es tiempo para diez mil alegrías”.

Joan Baez con Madres de Plaza de Mayo. Buenos Aires, Mayo 1981. Foto de Julio Emilio Moline
Como leerán, me resulta dificil limitarme en la crónica al concierto en sí, porque también resulta imposible separar a la artista que canta sobre el escenario de la activista que hizo de su voz y su música la excusa para proclamar su convicciones. Todo lo que proviene del escenario contiene la impronta de una vida tan admirable como la propia trayectoria artística. Y aunque esa voz mezzo soprano suene atenuada en su elocuencia, las canciones vibran en un decir más tenue, más íntimo, pero igual de bello. Joan Baez pasó por el country folk, volvió a Mexico con “El preso número nueve”, e invitó al escenario a su amigo Leon Gieco (ovacionado) a quien le costó seguir en “Como la cigarra” de Maria Elena Walsh, con el que homenajearon a Mercedes Sosa. León confesó que fue Joan la que lo convenció de cantar “Solo le pido a Dios”, al que hicieron intercalándose las estrofas. Lennon tenía que ser una referencia infaltable en la noche, entonces Joan hizo “Imagine” en esa versión mitad cantada, mitad recitada que la caracteriza. Y con “The boxer” nos puso a tararear, para cerrar con Violeta Parra y el leit motiv de la noche: “Gracias a la vida”. El reloj decía que había pasado algo menos de hora y media, pero en realidad fueron casi cincuenta años.
Para los bises volvió Leon Gieco, medio retraído, quien hizo unos coros en “Here's to you”, o “La balada de Sacco y Vanzetti” como prefieran, uno de los temas más pedidos por el público (junto con “We shall overcome”, que quedó pendiente). Y si faltaban íconos por recordar, con “Sweet slow, sweet charriot” llegó el turno de Martin Luther King. Después la propia “Diamonds and rust” (pensar que conocí ese tema antes que nada por la versión de Judas Priest en “Sin after sin”), y la despedida con Leon y el espíritu de Dylan, con “Blowin' in the wind” (aunque parezca mentira, en una parte, al igual que en “Gracias a la vida”, Joan se olvida la letra y la dibuja al estilo “Una que sepamos más o menos” de Peter Capusotto. Los años no vienen solos).
Ya casi que nos íbamos, las luces del teatro empezaban a encenderse, pero como en una especie de acto de rebeldía, Joan volvió al micrófono, nos puso de pie, y a capella cantó el “No nos moverán”, el mismo que alguna vez hiciera retumbar en la TV de la España franquista. Entonces al final del concierto, esta artista que hoy dice no interesarle la nostalgia de los '60 y dedicada más al arte plástico que a la música, vuelve a elevar el puño y convocar a la rebeldía. Y por más que muchos salgamos del teatro pensando en acostarnos temprano porque al otro día hay que generar plusvalía para el patrón, saber que en algún lugar del cuerpo la llama aún está encendida, se siente de maravillas. 




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