sábado, 1 de febrero de 2014

El Cuarteto de Nos en Groove

                Cuando uno vuelve de las vacaciones, y más cuando llega de un paisaje tan placentero y armónico como es la Patagonia norte, pisar la ciudad suele provocar un impacto difícil de asimilar. Aunque en mi caso es cierto que el espíritu urbano nunca me abandona del todo, no por nada la lectura de Vonnegut y los discos de Nacho Vegas me mantuvieron en contacto con mi esencia mientras recorría bosques y lagos del sur. Ahora bien, así como dicen que para meterse en un mar de agua fría la mejor manera de aclimatarse es haciéndolo de manera veloz y repentina, para asumirse en una ciudad húmeda y calurosa, nada mejor para aclimatarse que pasar una noche en Groove. Así que un poco siguiendo esa premisa, y otro poco por el placer que me produce la banda en vivo, casi que recién bajado del avión, rumbeé para Palermo para presenciar el show de El Cuarteto de Nos.
                Los conciertos de verano tienen de por sí una característica particular. Por lo general ninguna banda anda girando con material nuevo, ni con proyectos pretenciosos, sino simplemente los músicos se abocan a shows a los que uno podría llamar, sin desmerecerlos,  demagógicos: listas de hits a medida de un público excitado por el aire veraniego y el ímpetu vacacional. Y el concierto que los uruguayos dieron anoche en Groove no abandonó esta premisa en ningún momento.
                Largaron temprano, alrededor de las nueve, porque a continuación había una fiesta que incluía a los inefables Pibes Chorros. Así que el programa de todos anoche era escuchar, saltar, cantar, tomar impulso y huir rápido del lugar. Y gritar, desde ya. Porque con “El hijo de Hernandez” como apertura, las gargantas fueron exigidas desde el primer estribillo. Y en seguida “Algo mejor que hacer”, cuyas líneas complacientes resultan un canto a la inactividad vacacional y al asueto permanente. Casi como una continuidad conceptual, el “Ya no hacer conmigo” de Raro comenzó a hilvanar una especie de recorrido, que tal vez inconsciente, que se transformó en un relato que a lo largo de la noche glorificó la holgazanería, la indecisión, el inconformismo y la celebración desmedida y sin razón.
                En una pista atiborrada de gente de todas las edades, el pogo se sucedía como pocas veces, y la escena me recordó que habiendo visto a El Cuarteto de Nos en diferentes escenarios, los ambientes reducidos producen una versión de la banda que rescata su carácter más enérgico. Así que aunque Santiago Tavella le bajó un poco el clima a la noche con su “Enamorado tuyo”, “Así soy yo” y “Nada es gratis en la vida” devolvieron al show a su rumbo original. A continuación Roberto Musso quedó solo y sentado hizo “Todos pasan por mi rancho”, mientras parte del público también se sentó en la pista, para estallar el unísono cuando el resto de la banda se sumó para el cierre del tema.
                Cada canción fue cantada por el público a viva voz de manera tan unánime, que en muchas oportunidades las voces taparon a la de los músicos. Tal vez por eso Musso gritó más que otras veces, aunque por momentos también eligió cederle a la gente la voz principal. “Mi lista negra”  y su declaración de principios, el capricho ingenuo e inmaduro de “No te invité a mi cumpleaños” (tan Big Bang Theory….), la ironía de “Lo malo de ser bueno” y “Cuando sea grande”, precedieron a una dupla que tuvo al trabajo como eje: la entrevista laboral de “Breve descripción de mi persona” (con la máquina de escribir en escena), y “Pobre papá” y el disgusto con el peso de las tareas diarias.
                Yo me había ubicado en una de las pasarelas laterales elevadas, con lo cual la visión del despliegue físico del público más exaltado me quedaba en primer plano, y en mi caso aproveché  una leve corriente de aire que me aliviaba un poco. Los chicos parecían muñequitos de goma rebotando adentro de un baño sauna. Cuando “Bipolar” dio comienzo al tramo final del show, más de una chica con presión baja fue atravesando en brazos la pista, en busca de aire y agua. Y eso que anoche no fue precisamente la más calurosa de Enero….Groove en su máxima expresión.
                La lista había sumado muchos hits, así que por descarte resultaba sencillo preanunciar los temas que sonarían como despedida: “Miguel gritar” e “Invierno del ‘92”, primero; y luego de un receso breve, el vengativo  “Buen día, Benito”, y el descontrol absoluto con “Yendo a la casa de Damián”, previo anuncio de un show en el Gran Rex para el 17 de Mayo.  Y aunque la gente pedía espacio para Alvin, el batero, finalmente llegó una caricia de despedida con “Me amo”, vaya a saber si dedicada al público, a ellos mismos, o a todos.
                Confieso que escuché los últimos acordes bien cerca de la puerta, buscando aire por cierto. Pero también movido por el temor de quedar encerrado y terminar rodeado por la fiesta de trasnoche que se venía. A la salida, comida chatarra como para seguir reambientándome al ritmo citadino.
               

               





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