jueves, 16 de mayo de 2013

Rufus Wainwright en el Teatro Gran Rex

Alguna vez la edición local de la revista Rolling Stone publicó una foto de Rufus Wainwright en la plaza de toros de Valencia con una remera de Sumo que decía Luca Vive. Nunca hubo una explicación de cómo llegó esa remera a él, pero lo cierto es que a partir de esa curiosidad yo me había figurado una relación especial entre el artista neoyorquino y la Argentina. La cosa es que esta anécdota es de 2006 y los años fueron pasando y Rufus no se dignó a bajar a Buenos Aires; cosa que finalmente ocurrió ayer, junto con la primera ola polar anticipando el invierno y con la gente con ganas de amucharse alrededor de su piano para tenerlo y escucharlo bien de cerquita, mientras él contagiaba su calidez. Sí, alrededor de su piano, porque Rufus Wainwright vino solo, sin su banda, y esa ausencia de complementos que bien podría haber sido un déficit terminó resultando su mayor virtud. O acaso de haber venido con su banda, no habríamos reservado el adjetivo de mágico para su eventual momento en solitario sobre el escenario?, me preguntaba ayer a la salida del Gran Rex, mientras hacía sociales (??) con los contactos virtuales que la música vuelve de carne y hueso. Mágico entonces termina por ser un calificativo válido para todo el concierto.
Rufus entró a un escenario despojado con una boina ladeada, unos zapatos imposibles (a ver si Elton John se les atreve) y una bufanda con los colores argentinos la cual, según contó más tarde, le regaló su club de fans local. Su estampa hizo que por un momento tema que nos hubieran engatusado un Mike Amigorena de cotillón, pero no. Saludó con una leve reverencia y se sentó frente a su piano para dar comienzo al concierto con “The art teacher” de su disco “Want two” de 2004. De entrada nomás se mostró animado y charlatán, y para cada anécdota fue acompañada por el histrionismo de sus manos. Ya en el segundo tema, “This love affair”, deja una nota suspendida en el tiempo y su garganta entrega los primeros síntomas de una voz provilegiada en gran estado. Se acompaña en arpegios de piano más o menos complejos según el tema, pero el centro siempre está puesto en esa voz, tanto es así que a la hora de tocar “Vibrate” prescinde en absoluto de su mano derecha.
Rufus Wainwright fue alterando los climas del concierto intercalando canciones más amenas con otras de tono melodramático. Por lo general en los tonos amables se acompañó con una guitarra, mientras que el piano quedó reservado para los climas más íntimos, al menos en la primera parte del show. Entre los momentos más sencillos y contagiosos se destacaron las canciones de su último trabajo (“Out of the game”-2012) como “Jericho” o la que le da el nombre al álbum; y hasta la ironía tuvo su lugar en “Who are you, New York?”. A la hora de los homenajes, los beneficiarios fueron River Phoenix en”Matinee idol”, mientras que en “Memphis skyline” la dedicatoria es para Jeff Buckley, a quien Rufus confiesa que llegó a odiar por creer que jamás iba a poder cantar como él. “Then came hallelujah sounding like Ophelia for me in my living room, so kiss me, my darling stay with me till morning. Turn back and you will stay under the Memphis syline” canta Rufus en lo que probablemente sean los versos más bellos que se hayan escrito en tributo al enorme cantautor ahogado en el rio Wolf. Después el homenaje continúa con su versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen, incluída en la soundtrack de “Shrek”, canción de la cual Buckley hiciera su versión más conmovedora.
Tratándose de un artista confesional, resulta extraordinario como consigue transmitir los estados de ánimo que dispararon e impregnaron el momento de la creación de sus canciones, a sus versiones en vivo, y por consiguiente, al público. Podría decirse sin exagerar que Rufus Wainwright no interpreta sus canciones, sino que las revive. Todos los temas de “All days are nights: songs for Lulu”, por ejemplo, fueron escritos durante la agonía de su madre (la cantautora canadiense Kate McGarrigle), y los suplicantes versos como los de “Martha”, dedicada a su hermana, conmueven hasta el llanto. Los climas se contagian, las vivencias se comparten y el extraordinario registro vocal de Wainwright se convierte en un condimento exquisito y distinguido que adorna todas esas historias que encadenan el relato que conforma su propia vida. Pero como dije antes no todo fue drama, y una anécdota sobre un fetiche barato termina con “California” tocada en una guitarra de Hello Kitty. Y en “Going to town”, Rufus ironiza a lo Zappa sobre el sueño americano.
Los últimos años en la vida de Rufus Wainwright han sido muy movidos. La muerte de su madre en 2010 fue lo que más prolíficamente signó su obra, pero también en 2011 nació su hija Viva (concebida junto a Lorca Cohen, hija de Leonard y amiga de infancia), y en 2012 se casó con su pareja Jörn Weisbrodt. Esos elementos se aúnan en “Montauk” en donde Rufus le canta a su hija sobre su futuro con dos padres (One day you will come to Montauk and see your dad wearing a kimono and see your other dad pruning roses) para terminar citando al espíritu de su madre muerta (One day years ago in Montauk lived a woman now a shadow, there she does wait for us in the ocean ) en una de las melodías más bellas que haya compuesto. Después estremece hasta el dolor con “Zebulon”, (My mother's in the hospital. My sister's at the opera. I'm in love but let's not talk about it. There's so much to tell ya. I believe in freedom. Freedom's apparently all I need but who's ever been free in this world? Who has never had to bleed in this world? ), y como si en un click fuese capaz de transformarse, termina el concierto risueño y divertido con “Cigarretes and chocolate milk”.
Para los bises guardó dos de sus clásicos como son “Poses” y “Foolish love”, primera canción de su primer disco de 1998. Parecía que todo terminaba allí, Rufus ya había recogido las flores que le arrojaron al escenario, más algún CD de algún osado e iluso artista local, y la gente se aprestaba a buscar sus abrigos para volver a enfrentarse con la lo polar. Pero tal vez allí afloró aquella imaginaria comunión que yo imaginé a raíz de la inexplicable remera de Sumo, y Rufus volvió al esceanario para despedirse en frances haciendo “La complainte de la butte”, la canción de Jean Renoir que grabara para la banda de sonido de “Moulin rouge”. Ese tipo de atenciones son las hacen que uno se sienta por un momento privilegiado y especial. Perfecto final para el concierto de un músico que coquetea con el musical casi tanto como con la ópera, y que hace de cada melodía una auténtica y compleja artesanía. Y la voz, claro. Esa voz imposible que me convence de que si hasta ahora no se me había dado por cantar, después de anoche cualquier intento tendrá todavía menos sentido que antes.
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