lunes, 7 de mayo de 2012

Crosby, Stills and Nash en el Luna Park


El domingo tenía una doble oferta musical y ambas muy tentadoras, al menos para mí: por un lado Noel Gallagher en GEBA, y por el otro Crosby, Stills and Nash en el Luna Park. La suma de espectáculos más los precios abusivos hicieron que aguante hasta último momento para decidirme, esperando el primer sitio de cupones de descuento que ofreciera lugares para alguno de los dos shows. Esta modalidad resulta una verdadera estafa para quienes se apuran a asegurarse un lugar en los conciertos, y se ha transformado en una habitual y muy poco leal práctica por parte de las productoras, pero mientras Lealtad Comercial (un verdadero oxímoron a esta altura) lo permita, yo voy a empezar a aprovecharlo. Pues bien, primero salió el descuento de C,S&N y con ellos pasé la noche del domingo.
“Nos vemos pronto” les decía en perfecto español Stephen Stills a los centenares de fans que se habían amuchado delante del escenario y a los miles que aplaudían desde sus lugares, mientras el trío se despedía definitivamente cerca de la medianoche del domingo, después de un concierto extraordinario. Tres horas antes, la misma voz había saludado con un “al fin!” como si los cuarenta y tres años de espera hubiesen sido por parte de los músicos y no el anhelo de la platea que poblaba buen parte del Luna Park. Y sea cual fuera el orden de la ansiedad por el encuentro, al final de la noche estos tres tipos que rondan de 70 años (Stills zafa con apenas 67) habían conseguido el milagro de revivir la chispa de fines de los '60 en un recinto sin barro en el piso, con el público acomodado en cómodas butacas y en el que no se permite fumar ni siquiera tabaco.
“Carry on, love is coming” coreaban los tres en el principio como una reafirmación del espíritu que los mueve no solo a seguir tocando juntos, sino a mantener vivo un mensaje pacifista increbrantable cuya llama permanece vigente a lo largo de todos y cada uno de los clásicos que nos dimos el gusto de cantar con ellos por primera vez. El concierto apeló a las emociones, a revivir pasiones y encantar con caricias el alma de tipos cuyo contacto más cercano con el trío había sido a partir de la película de Woodstock en el viejo cine America. Ahí estaban por fin los tres: Stephen Stills a la izquierda, descollando con su guitarra sanguínea, dueña además de una delicadeza y buen gusto únicos; Graham Nash y su timbre inconfundible en el centro; y David Crosby a la derecha, el más apocado y menos comunicativo de los tres, pero que haciendo alarde de un caudal vocal inusual fue el único que consiguió aliento por separado, con los “ole, ole, ole, Crosby, Crosby” que le arrancaron una sonrisa hacia el final del concierto. Los tres y sus armonías vocales inconfundibles, que aprovechando un sonido impecable que burló el maleficio del Luna Park , permitió (salvo alguna saturación inicial) gozar de los tintes de sus voces, los arreglos y la superposición de guitarras con absoluta fidelidad.
De entrada nomás pudimos disfrutar de clásicos como “Marrakesh express” o “Long time gone”, y de una potente “Southern cross” con el primer gran lucimiento de Stills. Pero entre esas explosiones intensas de una banda implacable, se intercalaban momento mínimos de belleza infinita, como el “Lay me down” de Nash y Crosby. Fue Nash, a pesar del español perfecto de Stills, el encargado de comunicarse con la gente y el que, por lo tanto, anunció “Almost gone (the ballad of Bradley Manning)”, tema dedicado al detenido y torturado analista de inteligencia del ejército norteamericano, cuyas filtraciones a Wikileaks permitieron conocer los crímenes de guerra perpetrados en Irak por el ejército de su país. Coherentes e inflexibles en su mensaje, Crosby, Stills and Nash no solo mantienen en alto sus banderas sobre el escenario, sino que además continúan activos en su militancia antibelicista y espíritu antisistema, como cuando hace unos meses atrás visitaran el campamento del movimiento Ocuppate Wall Street. Antes de “Almost...”, la elocuente “Military madness” y ya en la segunda parte del concierto, el mismo Nash interpelando a Dios por los crímenes cometidos en su nombre en la bella “In your name”, transitarán el mismo camino.
El concierto se dividió en dos partes. La primera de una hora y media mas eléctrica, que incluyó el “Bluebird” de Buffalo Springfield” y que terminó con “Deja vu” y “Wooden ships”, con preeminencia del órgano de Todd Caldwell, y los cambios de ritmo y climas en las melodías, dando lugar a la versión más “progresiva” de la banda. Sus integrantes fueron presentados citando los antecedentes de cada músico acompañante: además de Caldwell, Steve Distanislao en batería (David Gilmour), Kevin McCormick en bajo (Jackcson Browne), Shane Fontayne en guitarra (Sting, Springsteen) más el piano de James Raymond, a quien se reconoció como gran compositor. La segunda parte, luego de un intervalo de unos veinte minutos, incluyó las melodías más calmas y abrió con “Helplessly hoping”, el citado “In your name” y un exquisita versión de “Girl from north country” de Bob Dylan, interpretada por ellos tres solos en un escenario despojado. Mas adelante Crosby y Nash volverán a quedar solos para la preciosa “Guinnevere”.
Cada momento fue inmenso, cada pieza de colección. Nadie canta como ellos, y oírlos en vivo no hace más que confirmar ese dicho popular que dice que “mas viejo es el viento y todavía sopla”. O mejor, corroborar la sentencia de Jimi Hendrix que figuraba en el programa que nos daban en la entrada al estadio y que define a Crosby, Stills and Nash como “la música occidental del cielo”. En continuado siguieron “Jesus of Rio” (magnífico Raymond en el piano), y un nuevo lucimiento del órgano de Caldwell en “Cathedral”, en una explosión de psicodelia. Después Graham Nash dedicó “Our house” a las “beautiful women from Florida Street”, y un Crosby que arrancó aplausos con “Almost cut my hair”. Hacia el final un "Love the one you're with" explosivo para cerrar el concierto a lo grande.
En la despedida pudimos habernos quedado cantando hasta el amanecer, el Luna Park era un fogón gigante en donde el fuego estaba dentro de cada uno de los presentes. Al regreso hicieron otro tema de Buffalo Springfield, “For what it's worth ”, pero cuando amagaban a irse el índice en alto de Crosby indicó que había una más. Había que ver la cara de la gente cantando “Teach your children”, aplaudiendo y sonriendo, en una mezcla de inocencia y fascinación asombrosa. Generacionalmente no puedo ubicarme en ese lugar, pero era imposible no percibir la emoción con la que la gente recibía esa canción a modo de despedida. No porque uno no disfrute, pero era evidente que la llegada a los más grandes (mayoría, por cierto) era más intensa, y seguro centenares de recuerdos retornaron a cada memoria más vívidos que nunca. La energía que quedó flotando en el recinto obligó a un nuevo regreso y “Suite: Judy blue eyes”, fuera de programa, sirvió para que el hechizo fuera completo. “It's getting to the point where I am no fun anymore, I am sorry” se despiden culposos Crosby, Stills and Nash desde el escenario del Luna Park, que enciende las luces para devolvernos al siglo XXI. Y ese “nos vemos pronto” de parte de Stills que como gente de palabra que es, sonó más que prometedor.
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