martes, 10 de abril de 2012

Björk - Biophilia Residency en Buenos Aires


Ni bien uno entra al Centro Municipal de Exposiciones puede percibir que lo que va a presenciar no será un recital común y corriente. Un par de pantallas gigantescas y una especie de manifiesto nos da la bienvenida y funcionan como puerta de entrada a la propuesta con la que Björk nos recibe: la naturaleza como eje, y de como esta entrelazada con la música y la teconología nos puede revelar sus componentes invisibles. Björk nos propone la misión de desentrañar los secretos de los perfumes, los colores, el sentido del tacto y por supuesto los sonidos combinados como origen de la música. Y a medida que uno avanza en el salón empieza a notar como con sencillez se introduce en un universo que las palabras de bienvenida podrían augurar pretencioso, y que sin embargo resulta todo lo contrario. Adentro, en un salón en donde una isla central ofrece desde sushi hasta pizzetas, y agua mineral Palau (!), los televisores se repiten recreando videos e imágenes del sitio web interactivo, rodeando un espacio en el que la gente se va ambientando en la propuesta y dentro del cual se puede jugar a crear sonidos con unos Ipads, interesarse por el Biophilia Educational Project o simplemente acceder al merchandising oficial. Telones negros hacen las veces de decorado de todo ese espacio a media luz, que además mediante letreros desaconseja el uso de cámaras fotográficas para poder disfrutar del show en tiempo presente y en el lugar, y no a futuro en casa. Algo que repetirá en inglés un locutor antes de comenzar el show, y que será traducido al español por una chica voluntariosa, aunque con mucha dificultad. Un pibe al lado mío aplaude a rabiar el consejo, mientras se compenetra en el show comiéndose unos nachos (?).
La apertura coral con Óskasteinn finalmente da por iniciado el concierto en sí, que aunque el concepto Biophilia Residency (anunciado como colaboración entre Björk y Michel Gondry allá por 2010) lo excede como tal, uno lo asume inconscientemente de esa manera, ya que más allá de las aplicaciones, los juegos, y los videos interactivos, lo que motiva en primer lugar a estar allí sentado son las canciones y la música de Björk. Y es “Thunderbold” la encargada de ser la primera en sumergirnos en una experiencia única. La voz cristalina de Björk nos invita a anhelar milagros, mientras las pantallas que rodean al escenario desde lo alto proyectan imágenes de la tierra cubriéndose de luz y sombra alternativamente. El negro absoluto que viste el recinto más las estrellitas a manera de cielo nocturno dan la impresión de estar dentro de un planetario. Todo es minimalista. Empezando por el espacio reducido que le da al show un ambiente cálido e íntimo, hasta los sonidos que acompañanan las melodías y que funcionan como música incidental para arropar canciones mínimas que la fragilidad de la islandesa interpreta con su conocida intensidad. Por un momento Björk podría ser una bailarina en medio de una cajita musical, y es notable como los distintos componentes del show fluyen en una armonía asombrosa.
El escenario está ubicado en el centro del recinto con lo cual todo parece más cercano. Una batería electrónica más un set de artilugios sonoros inclasificables a cargo de Manu Delago, más un par de teclados, una colección de laptops, un reactable, y la consola de comando de un órgano huérfano, además de cuatro péndulos ubicados en las esquinas opuestas, manejados por Max Weisel son los encargados de la música. Ellos más el coro Graduale Nobili, compuesto por un grupo de islandesas que parecen escapadas de un relato mitológico nórdico, son todo lo que necesita Björk para adentrarnos en su cosmogonía.
El set está compuesto obviamente por las canciones de Biophilia (tocó todas salvo “Sacrifice”) más una selección de gemas de toda la carrera de la cantante. Las pantallas nos muestran imagenes con paisajes tanto terrestres como marinos, todos ellos paradisíacos, figuras geométricas que se desarman y se reconstruyen en forma de constelaciones, y viajes insondables hacia el interior de moléculas y microorganismos que muestran su vitalidad como revelados bajo la lente de un microscopio. Björk transita el escenario lentamente, casi reverenciándose a cada paso, movimiento que nosotros seguimos encandilados. Es ella, vestida en plateado y azul bajo una peluca tan gigante como bizarra, el centro de ese cosmos creado a partir de la sugestión por la naturaleza, a la que se aborda desde una mirada fascinacinada e inocente. Todo parece primitivo. La voz fragil de Björk bien podría ser la perfecta alegoría del débil equilibrio natural que nos rodea; y los coros que la acompañan la ideal concreción para un ambiente etéreo en un espacio que parece atemporal. En cuanto a la continuidad de la música en sí, “Crystallyne” termina en una furiosa descarga percusiva; “Hollow” apuesta a encontrar el ADN del ritmo por debajo de un órgano enigmático y tenebroso, mientras que temas como “Dark matter” y “Virus” nos mantienen hipnotizados. A ellos se suman y adaptan con una naturalidad asomobrosa canciones como “Hidden place” (de “Vespertine”) y “Mouth's craddle” y “Sonnets/Unrealities XI” (de “Medulla”). También aparecen maravillas como “Joga” y “Pagan poetry”, aunque acá estoy obligado a hacer una salvedad: ver y escuchar a Björk a menos de diez metros interpretando esos temas es una experiencia de tamaña intensidad, que para describirlo requieriría de toda una crónica aparte. En el final hay un retorno a “Biophilia” con “Mutual core” y su alusión a los movimientos tectónicos, y en ese tramo sobresale la belleza única de “Cosmogony”. La despedida es con “Solstice” en la que la islandesa parece definir nuestro espacio en el universo (And then you remember, that you, yourself, you are a light-bearer. A light-bearer receiving radiance from others), mientras se retira lentamente del escenario por un pasillo que divide la platea principal.
Los bises dan cuenta por primera vez de algunas expresiones de admiración histérica, que a mí me fastidian y bastante, pero las canciones son un regalo que excede al universo “Biophilia”. Primero un viaje al pasado, más precisamente a 1995 y “Post”, con “You've been flirting again” e “Isobel”; y después un movido cierre a cargo de “Pluto” (en la gira actual, en los shows extra-Biophilia Residency, “Homogenic” es un disco que aporta muchas canciones al set). Y si me refiero a “Pluto” solmente como movido, es porque si no me quedaría sin palabras para graficar el segundo (e imprevisto) regreso, y un “Declare independence” que convirtió al escenario en una auténtica rave y al Centro Municipal de Exposiciones en un gigantesco boliche. Las coristas se sacudían enajenadas, poseídas por un ritmo que marcaba una especie de final liberador. La energía desprendida por todos se expandía como en un big bang desde el escenario hacia todas las plateas generando un clima celebratorio y vital que, aún cuando no haya sido buscado, cierra una parábola perfecta entre la exploración sensorial made in Biophilia y el éxtasis enfervorizado como punto culminante de la experiencia. Björk nos despide con un “gracias!” mientras vuelve a perderse debajo de las plateas y algún desobediente intenta obtener las últimas fotos de una noche irrepetible.
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