martes, 25 de octubre de 2016

Richard Ashcroft en el Teatro Gran Rex

“Siento que somos lo únicos que estamos vivos” canta Richard Ashcroft en el final de “Hold on”. La canción está inspirada en los levantamientos en Medio Oriente en general, y en las imagenes de lo sucedido en Egipto en 2011 en particular. Es una arenga a no rendirse, un aliento que indica que en el esfuerzo habrá siempre recompensa. Pero cantada en un teatro porteño frente a casi tres mil personas, bien podría ser una sensación común dentro de ese recinto. Es el tercer tema de los bises y el cantante de Wigan está terminando uno de los mejores shows del año en el Gran Rex. El concierto podría terminar allí. El hombre que venció a las drogas y a varios prejuicios, que según su propio creer, torció el destino que la industria de la música le tiene asignado a las estrellas surgidas de la clase trabajadora, consuma la conquista de Buenos Aires en su primera y demorada visita. Podría terminar ahí, sí. Pero faltaba “Bittersweet symphony”, claro.
Por cuestiones que no vienen al caso no vengo programando mucho mi vida social estos meses, así que cuando puedo aprovechar alguno de los shows que hay dando vuelta por allí, lo hago decidiendo sobre la marcha. La visita de Ashcroft era uno de los conciertos que tenía apuntado, en principio en el Personal Fest, pero cuando vi que tocaba también en el Gran Rex, pasé a priorizar este último. Algunas notas en los medios y las repercusiones de su set en el Personal me terminaron de decidir. Además la web que vendía las entradas mostraba el suficiente espacio disponible como para hacer lo que finalmente hice: sacar la entrada más barata en la fila más alta del teatro y ganar una docena de escalones, que en términos de precio, son unos $200 o más. De todas maneras, al comenzar el show, salvo las últimas filas y algún claro a los costados de la pullman, el Gran Rex mostraba una buena concurrencia.
Ashcroft vino al pais con un buen disco bajo el brazo. “These people”, con su altibajos, es un acertado paso en su carrera después del flojo “United nations of sound”. Y ese dato siempre es un reflejo del ánimo con el que se encara el show; y también con el que se lo espera. Más aún cuando se trata de la primera visita a una ciudad. Con esa premisa, el concierto resultó un desbalance perfecto. Varias canciones de “These people”, nada de “United nations of sound”, un tema de cada uno del resto de sus discos solistas, y mucho de The Verve. Y ni siquiera The Verve en alcance amplio, para que no queden dudas, mucho de “Urban Hymns” y punto.
El concierto abrió con el bailable “Out of my body”, con un escenario sin grandes pretensiones, a no ser un impactante juego de luces y flashes que no otorgaría descanso visual en todo el show. Y enseguida “Sonnet”, el primer himno urbano de la noche. De allí en más, sin bien el clima no fue lineal, el show no decayó nunca. Ashcroft se mostró como un gran performer y su voz no evidenció síntoma alguno de desgaste. Tanto a él como a sus músicos se los notó entusiasmados con la respuesta del público local, y además de algunas banderas esparcidas sobre el escenario, el momento demagógico de la noche llegó cuando Richard se calzó una camiseta de la selección que le arrojaron desde la platea. Prometió volver pronto y hasta imaginó un Luna Park
Sin bien los samples abundaron, y las guitarras más las luces le otorgaron un leve efecto psicodélico a los temas en escena, el mayor mérito de la música de Ashcroft radicó en las melodías, que relucieron más allá de los arreglos. En todo el tramo solista del set, las canciones más celebradas fueron “A song for the lovers” y “Music is power”, que arrancó como un country folk y terminó bien arriba, luego del lucimiento de los dos guitarristas.
Los temas intrepretados no fueron muchos, pero las versiones fueron largas, con lo cual cuando el show cerró a puro The Verve, con Ashcrot revoleando las banderas que le arrojaron y la banda tocando “Space and time” primero y “Lucky man” después, yo nunca pensé que apenas habían sonado diez canciones.
Para los bises Richard Ashcroft volvió solo con la acústica. Primero citó sus batallas personales con “Weeping willow” y luego la impotencia ante el drama ajeno (la muerte de su padre) con “The drugs don't work”. Sobre el final volvieron los músicos y la versión derivó en un crescendo muy emotivo. Después sí, “Hold on” y el final con todos de pie y “Bittersweet symphony”. Desencanto frente la sociedad de consumo que en medio de semejante concierto se expresa contradictorio en una auténtica celebración. Después sí, nadie se atreve a pedir más.
En mi cuenta personal de estrellas del brit pop, el álbum de figuritas está lleno. Y a la hora del recuerdo de los mejores shows del año, el de anoche rankeará bien alto. 




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