sábado, 15 de junio de 2013

Me Daras Mil Hijos en Sala Siranush - Presentación de "Santo Remedio"

Me resulta raro armar una crónica de lo que fue el concierto de anoche de Me Darás Mil Hijos en la Sala Siranush porque al tratarse de la presentación de un disco al que no había escuchado, salvo algunos adelantos on line, los dedos tecleando me tientan a convertir esta crónica en un juicio sobre el disco en sí mismo. Porque aunque ambas cosas van de la mano, no necesariamente tienen que ser lo mismo. Sin embargo es imposible desprenderse a la hora de contar del primer impacto que las nuevas doce canciones de la banda producen, a medida que uno las va descubriendo.
Empiezo por retrotraerme unos años atrás, más exactamente a la noche del 3 de diciembre de 2009, en un Niceto repleto, con Me Daras Mil Hijos celebrando el final de la gira de presentación de “Aire”, su último trabajo hasta ese momento. La fecha me resulta imposible de olvidar, porque un día despues el flaco Spinetta repasaría toda su carrera en el inolvidable concierto en Velez. Y porque a pesar de la maravilla que sucedió una noche más tarde, perduran en mi memoria las imagenes intactas de ese jueves con Leonora Arbiser acomodando el acordeón por encima de su panza de embarazada y Kevin Johansen sumándose a la fiesta. Luego llegó un parate, un grupo transformado en quinteto y la concreción de “Santo remedio”, el disco al que fuimos anoche a escuchar completo por primera vez.
No conocía la Sala Siranush, había estado un par de veces a punto de ir, y por un motivo u otro no había podido hacerlo. Ubicada en el Centro Armenio en Palermo, entre un templo y el Colegio San Gregorio, resultó ser un lugar más que acogedor. Aunque la espera en la noche fría coincidió con una reunión en el patio del colegio, y mientras olíamos los aromas que llegaban desde las brasas daban ganas de olvidarse un rato de la música y arrimarse a la parrilla, la expectativa estaba dentro del teatro. Un recinto hermoso, con tres arañas dignas de museo y el público acomodado entre silloncitos y mesas, en las que puede disfrutar de una tabla armenia, quesos o pizzetas, y una copa de vino mientras disfruta del concierto.
A raíz de que, salvo algunos privilegiados, nadie había escuchado el disco, Me Daras Mil Hijos decidió iniciar el show tocándolo completo y en continuado (Qué cosa curiosa son las referencias que trae la mente, la última vez que recuerdo haber vivido una experiencia parecida fue con Spinetta y su “Para los árboles” en el Gran Rex). Sin nerviosismo, con orgullo y fe en esas nuevas canciones, la banda encaró cada uno de los nuevos temas como una auténtica reliquia. A medida que fueron pasando, cada una pasó a incorporarse a ese repertorio atemporal que consigue que cada nueva melodía pareciera haber existido desde siempre. “Algo del río” es remanso folk, que más tarde se vuelve pura sangre litoraleña en “Pasillo hacia el río”. En “Merienda” la angustia tensionada de una separación es cubierta por una bellísima melodía piadosa que pareciera sanar las almas de esos dos rendidos que se dirimen entre gritos y suspención. Y así pasan los temas mientras el grupo suma invitados que suben al escenario para enriquecer el sonido. Los coros de Pelu Romero, el piano de Horacio Gomez, el violin de Christine Brebes se suman a Gaspar Tytelman (percusión), Fede Ghazarossian (contrabajo), Santiago Fernandez (guitarra, cavaquinho), Gustavo Senmartin (guitarra eléctrico, acordeón) y Mariano Fernandez (guitarra y voz), y arman una especie de peña que hace de la presentación del disco una ceremonia que contagia cada uno de sus climas.
La música de Me Daras Mil Hijos, de impronta rioplatense pero de expansión ilimitada, tiene una característica que a mí es lo que más me impacta y rescato: las canciones hablan de rutinas reconocibles. De desayunos, siestas, trabajos, anécdotas que parecen llegar desde otro tiempo y lugar, pero que sin embargo son presentes y tangibles. De anécdotas ajenas que contadas en su sencillez pueden volverse propias De música llegada desde una radio a válvula sobre un mueble destartalado, de una tazón de leche mirando la, ahora improbable, escarcha citadina en la vereda. De recuperar aromas e imágenes que cruzan puentes imaginarios con el ahora, y de percibir como esas reminiscencias abandonan el pasado para covertirse en un cálido presente. De saber que a la hora de atesorar momentos y de construir rutinas, no somos tan distintos que nuestros abuelos. Y que la vida se celebra hasta en los momentos más imperceptibles y menos valorados. Por eso Me Daras Mil Hijos contagia la alegría de levantarse temprano a trabajar “para que mis hijos tengan lo mejor” (“Tempranito”), la inocencia infantil de “Canción desordenada”, y el voluntarismo optimista de “Esta no es una canción de amor” (Si hay que remar, yo remo. Si hay que nadar, aprendo. Si hay que esperar, espero. Si hay que volar, me suelto). La música de Me Daras Mil Hijos sana el espíritu, y por ese motivo “Santo remedio” es un nombre perfecto para el disco.
A mi juicio los dos puntos más altos (en realidad son tres, porque también incluyo “Merienda” a la que ya cité) son en los que participan los dos invitados que anoche estuvieron ausentes. “El inadecuado”, en donde el recitado de Daniel Melingo entrega algunos versos gloriosos (Los fantasmas no sangran, sangran los inadecuados. Los de la muerte romántica, poética, ególatra. Los que ruedan cuesta abajo en lugar de avanzar. Los que ven el abismo como quien mira al mar y comentan: qué lindo che...parece una postal). Y en el cual un slide delicioso acuna una historia espectral que parece escapada de una película de Wenders. Y “El reflejo”, en el que Liliana Herrero suma su voz para una canción que cierra el disco en un círculo volviendo al clima orillero, melancólico y en el que la espera de la lluvia para limpiar los espejos es tan palpable que hacen de la canción un cuadro pintado a fuerza de trazos de melodía y verso.
Una vez terminada la presentación de “Santo remedio” llegó el momento de abandonar las novedades y finalizar el concierto con las gargantas de la gente acompañando los clásicos reconocibles. Primero desde “Un camino, algún lugar” con “Ojos verdes”, un “Sueños de autostop” adivinado por una chica del público (que motivó una ironía sobre el setlist filtrado en wikileaks), y “Luna vieja”, con una gran performance de Horacio Gomez al piano. Después “Canción rota” de “Aire” y un viaje de más de diez años hacia al disco debut, con “Virgen de acero”. Por último “Invierno” haciendo honor al clima de afuera que después de una semana templada y húmeda, se había sometido al mandato del calendario. Sin embargo el “te veo y amaina el invierno” en boca de Mariano Fernandez traspasa su sentido original y se convierte en una perfecta descripción de lo que muchos sentimos dentro de la sala.
Había tiempo para más y ganas de levantarse un poco de las butacas. Todos, músicos y público lo entendimos así, y la niña del collar de flores, que ya debe marchar más que derechito y firme, volvió a tambalear con sus primeros pasos solo para ponernos a palmear un ratito. Y después todos los invitados juntos al escenario para “Paso bien cortito” y esa cumbia que a mí tanto me remite a Los Lobos y que terminó por romper la barrera con el escenario.
Afuera se vendía el CD en una edición limitada y artesanal que le entrega al disco un valor extra. Me Daras Mil Hijos habla de atesorar, y creo que es la palabra que más se acomoda al significado del disco. Y con esto no me refiero solo al formato físico, sino también a cada una de las canciones, y de la noche de presentación toda. Se repite el 6 de Julio y yo que ustedes me estaría asegurando un lugar.
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