lunes, 19 de diciembre de 2016

Andres Calamaro en el Teatro Gran Rex - Licencia para cantar

“Y cuando debo quedarme, vida. Me voy andando”. Atahualpa Yupanqui dice en “Piedra y camino”, con su saber pausado y añoso que él, a su manera, también es un salmón que nada contra la corriente. Y anoche en el Teatro Gran Rex, con la extraordinaria voz de Abel Pintos como invitado haciendo una versión de esa canción de Atahualpa, la versión crooner de Andres Calamaro se reafirmó, bajo modos sigilosos, en su espíritu de salmón.
De entrada nomás, desde el programa que entregaban al ingreso, Andres se mostraba “peleador”. Nada de cámaras, nada de celulares, vivir la experiencia alejados de la virtualidad. Una propuesta que desde la platea no será asimilada por completo y que motivará tensión durante el primer tramo del concierto. Que lo mostrará a Andres quisquilloso, amenazando quitar canciones del setlist y hasta arrojando el micrófono por encima del piano.
Yo estoy de acuerdo con Andres, claro. Ciertamente la propuesta apuntaba a un grado de intimidad, cercanía y complicidad que imponía ese modo de comportamiento sugerido por el artista. Pero hay algo en toda esa actitud que no deja de hacerme ruido: en un punto veo a un señor grande diciéndole a los más chicos cómo es que deben disfrutar. Me acordé anoche del disco “Los Abuelos en el Ópera”, en donde Miguel Abuelo reta a los acomodadores que no dejan a los chicos bailar sobre las butacas. El público expresándose como le sale.
En fin, todo ese debate entre el público analógico y el público 2.0 cargó de tensión la primera parte del concierto. “Todos creemos que buscamos lo mismo” canta Calamaro en “La libertad”, la canción que eligió para abrir el concierto, y creo que por ahí viene parte de la respuesta. Como sea, la cuestión se terminó resolviendo con un “antes en los recitales se fumaba porro, ahora vienen con los telefonitos” por parte del cantante, que fue respondido con una ovación. Porque cuando no se sabe cómo convencer, un poco de demagogia siempre ayuda. Andres lo sabe, y está muy bien.
La gira “Licencia para cantar” es una propuesta en la que Calamaro expande el alcance de su álbum “Romaphnic sessions” y se afirma en su función de cantante popular. Apoyado en un trio acústico compuesto por Antonio Miguel en contrabajo, Martín Bruhn en percusión y el exquisito piano de Germán Wiedemer (por momentos se sumarán dos coros ,Juan De Benedictis y Mariano Dominguez), sus canciones apelan a la sensibilidad. De los oídos, pero también, y especialmente, de los corazones.
Así como el clima inicial estuvo condicionado por la cuestión de las fotos, la voz de Calamaro pareció también necesitar de un tiempo para encontrarse a punto. Andrés canta lo suyo con soltura, pero cuando interpreta temas ajenos (“Garúa” especialmente) apela al fraseo made in Goyeneche para resolver los versos. Otras canciones ajenas, sin embargo, parecen hechas a su medida, como el caso de “Algo contigo” de Chico Navarro, o “La copa rota” de Benito de Jesus.
Andres Calamaro asume su condición de cantor del pueblo (de hecho el disco que publicó junto a Bunbury en 2015 se llama precisamente “Hijos del pueblo”), de creador de melodías que forman parte del inconsciente colectivo hace rato y por ese motivo se permite, a la vez que recorre su carrera, interpretar a esas otras canciones de artistas populares como si fueran propias.
A veces, cuando ocurren este tipo de propuestas, se suele usar la figura del fogón para definirlas. Pero no es el caso. El clima (si bien las gargantas del público acompañan las letras, especialmente hacia el final del show) es el de un cantor dirigiéndose a los suyos. Separando los espacios, gratificando, pero gratificándose también con el desafío. La comunión se concreta entonces en la experiencia sensible entre artista y público, y no en una de esas mancomuniones que terminan por desigurar los roles.
En términos de setlist, hubo de todo. Desde Los Rodriguez citados con canciones a pedido de las gargantas ajenas (“Tuyo siempre”, “Para no olvidar”), pero también con perlas como “7 segundos”, hasta varias etapas de su carrera solista (“Bohemio”, “Ansia en plaza Francia”). Sin embargo el momento crucial del show sucede con los invitados. Cuando Abel Pintos sube para “Piedra y camino”, y cuando al duo se le suma Daniel Melingo para una emotiva “Himno de mi corazón”. Desconozco si Andres Calamaro piensa editar de alguna forma estos cuatro Gran Rex, pero si algo de eso se concreta, seguro que esa cita a Los Abuelos será el centro de ese proyecto. Después Melingo quedará para sumar su clarinete a “Los aviones”.
Para el final se encadenaron cataratas de hits, el público abandonó su postura pasiva y acompañó con palmas y voces todo lo que Andres les propuso cantar y aplaudir. “Flaca”, “Carnaval de brasil”, “Estadio Azteca”…..prueben escucharlas en continuado e imagínense adentro de ese teatro. En el medio, una sesión de humor cordobés junto a su baterista, Y luego volvió Abel Pintos para que el desamor y la más trágica historia argentina se amalgamen en una versión de “Crímenes perfectos” que quienes estuvimos allí recordaremos por mucho tiempo.
Para los bises la propuesta no varió. Primero “Mi enfermedad” y después “Media Verónica” le abrieron paso a “Paloma”, reclamada por la platea en cada intervalo entre canciones. Otra vez desamor, soledad y alguna doble lectura tóxica para el cierre del show y de la gira toda.
Faltaba saludar y las formalidades del caso, pero Andres tenía guardada una sorpresa. Provocativo, nadando una vez más contra la corriente, se quitó su saco, y mientras empezaba a sonar un paso doble, comenzó a emular a un torero, animando al público a acompañar con “ole” cada uno de sus movimientos. La gente respondió y recién cayó en la trampa cuando Calamaro le clavava unas falsas espadas en la espalda a un Melingo toro que lo embestía. La incomodidad se percibió, pero nadie reprochó nada. El artista volvió para saludar solo y todo fue otra vez reverencia. Los teléfonos ya liberados de su momentáneo ostracismo, capturaban el momento.

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