
Tal vez resulte injusto,
porque hay un presente artístico vital en el que vale la pena
sumergirse, pero en los conciertos de Isabel de Sebastián me invade
una sensación de nostalgia. Tal vez que Isabel haya venido a Buenos
Aires en los últimos trimestres de los últimos dos años, la época
en la que comienzan los repasos, influya. Hay otros motivos, claro.
La música y las voces con las que uno se formó, más cuestiones más
íntimas y de coyuntura, también. Y más que nada el hecho de que la
artista resida en el exterior y eso provoque que el concierto tenga
mucho de celebración y reencuentro. Es personal esta apreciación,
pero cuando en un momento de la noche, mientras cita varios nombres
que pueblan la platea, Isabel dice que parece un bar mitzvah o algo
así, uno se da cuenta que la caracterización de las sensaciones
habían sido las correctas.
Sin mucho preámbulo, el
concierto abrió con canciones grabadas en el último trabajo de
Isabel de Sebastián (2013). “Skatango” y “Corazón y hueso”
(de Daniel Melingo). Del amor perdido a una nueva sumisión en sus
laberintos. La estructura de pequeño anfiteatro que tiene el
Picadero ayuda a reforzar la sensación de intimidad. Todo parece
estar cerca y a mano. Un silloncito termina por definir una escena
confidente. Y en ese ambiente, cada canción tendrá una mínima
historia que la justifique.

Los ochenta dirán
presente temprano con “En camino”. El slide de la guitarra de
David Bensimon trae el sonido “ceratiano” al 2016, pero la
versión luce con identidad propia. Y en un recorrido sinuoso, la
noche atravesó varios climas con la voz en espléndido estado de
Isabel de Sebastian como hilo conductor. Habrá bolero en “Te
mataría”, folklore en “Aquí” (tributo a Mercedes Sosa, que
funciona también como homenaje a Yupanqui), jazz de salón en una
preciosa versión traducida de “Is that all there is?” de Peggy
Lee, y hasta humor, como cuando la cantante pide perdón en nombre de
su generación, por las baterías electrónicas de los '80.
Al principio hablé de
nostalgia y tal vez sea el momento en el que suena “Pequeño vals
vienes” el tramo en el que mejor se exprese esa sensación. Isabel
basa su versión en la de Enrique Morente, que se animó a cantar a
Lorca solo después de que el poema se impregne de la impronta de
Leonard Cohen. Las palabras viajan de España a Canadá y regresan
maduras e intactas en su fuerza poética. Ese ida y vuelta, con sus
propios vericuetos, también puede apreciarse en dos canciones
propias y nuevas (ambas en ingles). Una que linkea a Coney Island con
el recuerdo de Italpark, y otra que pinta a Buenos Aires con extrema
belleza, en un exitoso ejercicio de extrañamiento (Isabel tradujo
alguno de los versos antes de comenzar).

Con diferentes
características, dos tramos reforzaron el clima de intimidad.
“Canción del ángel sin suerte”, una vieja letra del flaco
Spinetta cedida a Isabel y recién grabada en el último disco, nos
trajo el recuerdo del maestro. La presencia de Anibal “la vieja”
Barrios asistiendo en el escenario acentuó la cercanía, que la
lírica había dejado a flor de piel. Y la presencia de David Telson,
hijo de Isabel, que no solo hizo su propia versión de “La Paloma”
de Rafael Alberti (con una linda historia familiar detras, en donde
el extrañamiento no es un ejercicio sino una imposición del
tiempo), sino que además cantó la propia “Compañera”, canción
que obliga a futuro a estar atento a lo que provenga de él.
El bolero regresó con
“Sin excusas” (de los chilenos Chico Trujillo), pero en ese
último tramo lo celebrado fueron las citas a Metrópoli. Primero
“Tormenta en la Bristol” y la infaltable “Heroes anónimos”.
El Teatro Picadero está
asociado a la resistencia cultural en plena dictadura. Los nuevos
tiempos políticos exigen compromiso y la multiplicación de esos
heroes anónimos que cita su canción más conocida. Entonces también
el concierto de anoche resultó una afirmación. Porque no se trata
solo militancia en el sentido más altruista de la palabra, sino de
la música, la poesía , el hecho artístico todo como refugio y a
la vez expresión de voluntad. Ese “me bombardean otra vez, vuelvo
a construir mi casa” es entonces, ahora también, sinónimo de
resistencia y perseverancia personal y colectiva.

En la cumbia “Cariñito”,
el grán éxito de los peruanos Los hijos del Sol a final de los '70,
el encargado de ponerle actualidad al tema fue Machito Ponce,
rapeando sobre los modos de tratar a una dama. Y luego de la
formalidad del pedido de bises (y en el año en donde varios
rockeros indies locales se animaron a homenajear a Jose Luis Perales), el
cierre definitivo fue con “Por qué te vas”.
Tanto era una reunión
de amigos, que mucha de la gente que presenció el show se aguantó
el freco que corría por el pasaje Discépolo, para saludar a la
salida. Yo me quedé allí mismo, pero del lado de adentro, comiendo
unos fideos en el salon lindero al teatro, que tiene tanto de porteño
como detalles de pub neoyorquino en la decoración y la barra. Porque
anoche nada pareció ser caual.
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