viernes, 18 de noviembre de 2016

Isabel de Sebastián en el Teatro Picadero

Tal vez resulte injusto, porque hay un presente artístico vital en el que vale la pena sumergirse, pero en los conciertos de Isabel de Sebastián me invade una sensación de nostalgia. Tal vez que Isabel haya venido a Buenos Aires en los últimos trimestres de los últimos dos años, la época en la que comienzan los repasos, influya. Hay otros motivos, claro. La música y las voces con las que uno se formó, más cuestiones más íntimas y de coyuntura, también. Y más que nada el hecho de que la artista resida en el exterior y eso provoque que el concierto tenga mucho de celebración y reencuentro. Es personal esta apreciación, pero cuando en un momento de la noche, mientras cita varios nombres que pueblan la platea, Isabel dice que parece un bar mitzvah o algo así, uno se da cuenta que la caracterización de las sensaciones habían sido las correctas.
Sin mucho preámbulo, el concierto abrió con canciones grabadas en el último trabajo de Isabel de Sebastián (2013). “Skatango” y “Corazón y hueso” (de Daniel Melingo). Del amor perdido a una nueva sumisión en sus laberintos. La estructura de pequeño anfiteatro que tiene el Picadero ayuda a reforzar la sensación de intimidad. Todo parece estar cerca y a mano. Un silloncito termina por definir una escena confidente. Y en ese ambiente, cada canción tendrá una mínima historia que la justifique.
Los ochenta dirán presente temprano con “En camino”. El slide de la guitarra de David Bensimon trae el sonido “ceratiano” al 2016, pero la versión luce con identidad propia. Y en un recorrido sinuoso, la noche atravesó varios climas con la voz en espléndido estado de Isabel de Sebastian como hilo conductor. Habrá bolero en “Te mataría”, folklore en “Aquí” (tributo a Mercedes Sosa, que funciona también como homenaje a Yupanqui), jazz de salón en una preciosa versión traducida de “Is that all there is?” de Peggy Lee, y hasta humor, como cuando la cantante pide perdón en nombre de su generación, por las baterías electrónicas de los '80.
Al principio hablé de nostalgia y tal vez sea el momento en el que suena “Pequeño vals vienes” el tramo en el que mejor se exprese esa sensación. Isabel basa su versión en la de Enrique Morente, que se animó a cantar a Lorca solo después de que el poema se impregne de la impronta de Leonard Cohen. Las palabras viajan de España a Canadá y regresan maduras e intactas en su fuerza poética. Ese ida y vuelta, con sus propios vericuetos, también puede apreciarse en dos canciones propias y nuevas (ambas en ingles). Una que linkea a Coney Island con el recuerdo de Italpark, y otra que pinta a Buenos Aires con extrema belleza, en un exitoso ejercicio de extrañamiento (Isabel tradujo alguno de los versos antes de comenzar).
Con diferentes características, dos tramos reforzaron el clima de intimidad. “Canción del ángel sin suerte”, una vieja letra del flaco Spinetta cedida a Isabel y recién grabada en el último disco, nos trajo el recuerdo del maestro. La presencia de Anibal “la vieja” Barrios asistiendo en el escenario acentuó la cercanía, que la lírica había dejado a flor de piel. Y la presencia de David Telson, hijo de Isabel, que no solo hizo su propia versión de “La Paloma” de Rafael Alberti (con una linda historia familiar detras, en donde el extrañamiento no es un ejercicio sino una imposición del tiempo), sino que además cantó la propia “Compañera”, canción que obliga a futuro a estar atento a lo que provenga de él.
El bolero regresó con “Sin excusas” (de los chilenos Chico Trujillo), pero en ese último tramo lo celebrado fueron las citas a Metrópoli. Primero “Tormenta en la Bristol” y la infaltable “Heroes anónimos”.
El Teatro Picadero está asociado a la resistencia cultural en plena dictadura. Los nuevos tiempos políticos exigen compromiso y la multiplicación de esos heroes anónimos que cita su canción más conocida. Entonces también el concierto de anoche resultó una afirmación. Porque no se trata solo militancia en el sentido más altruista de la palabra, sino de la música, la poesía , el hecho artístico todo como refugio y a la vez expresión de voluntad. Ese “me bombardean otra vez, vuelvo a construir mi casa” es entonces, ahora también, sinónimo de resistencia y perseverancia personal y colectiva.
En la cumbia “Cariñito”, el grán éxito de los peruanos Los hijos del Sol a final de los '70, el encargado de ponerle actualidad al tema fue Machito Ponce, rapeando sobre los modos de tratar a una dama. Y luego de la formalidad del pedido de bises (y en el año en donde varios rockeros indies locales se animaron a homenajear a Jose Luis Perales), el cierre definitivo fue con “Por qué te vas”.
Tanto era una reunión de amigos, que mucha de la gente que presenció el show se aguantó el freco que corría por el pasaje Discépolo, para saludar a la salida. Yo me quedé allí mismo, pero del lado de adentro, comiendo unos fideos en el salon lindero al teatro, que tiene tanto de porteño como detalles de pub neoyorquino en la decoración y la barra. Porque anoche nada pareció ser caual.


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