
Eran poco más de las
diez y media de la noche, y Adrián Paoletti decía algo así como
“si quieren ver a Nacho me van a tener que fumar a mí primero”.
Sin sacarse, con prudencia y hasta casi con elegancia, respondía a
la impaciencia de buena parte del público que empezaba a aplaudir de
manera socarrona el final de cada uno de sus temas. Si la cosa no
pasó a mayores fue porque todos comprendimos que los culpables no
estaban arriba ni abajo del escenario. Y además Adrian, ni su
trayectoria, ni sus canciones merecían tipo alguno de destrato.
Niceto, siempre Niceto. Nadie esperaba que el show anunciado 20hs
empiece puntual, pero dos sets teloneros (El Príncipe Idiota y
Adrian Paoletti y los Impares) de más de cuarenta minutos y
comenzados pasadas las 21hs resultó demasiado para un día se semana
y un show que no convoca precisamente jovenes desprovistos de
responsabilidades. Claro que la espera que a esa hora parecía
interminable no solo se iba a borrar de un plumazo, sino que además
un par de horas más tarde el deseo común sería que la noche no se
terminara nunca.

Mi llegada a Niceto
había empezado con un rápido paso por la barra y la búsqueda de un
lugar que, a medida que iba entrando gente, se veía que iba a
escasear. Sabía de los artistas teloneros (a más de uno lo tomó
por sorpresa) así que me tomé las cosas con calma, aunque no era
fácil evadirme del cinismo nervioso que me rodeaba. La expectativa
era alta, por diferentes motivos no había visto a Nacho Vegas en
ninguna de las dos veces que anduvo por Buenos Aires, y que para
abrir el concierto haya elegido un tema de “Desaparezca aquí”
fue casi como una bendición. “Nuevos planes, idénticas
estrategias” es una historia dylanesca repleta de personajes
palpables, escenas diarias reconocibles (otras no tanto), y el esbozo
de un plan de supervivencia. Nacho Vegas en estado puro.
Camisa blanca con el
cuello desabrochado, saco abierto, el pelo del largo justo para que
cubra sus ojos con solo inclinar la cabeza, pose de crooner tomando
al micrófono con ambas manos, hablando poco, desgranando sus
historias cantadas entre una falsa apatía y la confesión sentida.
Ese es Nacho Vegas, que parado delante de su ajustada banda se abocó
al magnífico “Resituación” (2014) con “Adolfo suicide”,
dedicada, o influida vaya uno a saber, por Adolfo P. Suarez, el
ilustrador de “La zona sucia” que parece no haberle caído del
todo bien verse reflejado en ese espejo. Siguió “Perplejidad”
(de “La zona sucia”) y “Ciudad vampira” (otra vez
“Resituación”), el influjo de Daniel Johnston (que alguna vez
pisó el mismo escenario) y el reclamo porque “nos devuelvan la
ciudad”.

El escenario estaba
presidido por el dibujo de una guitarra que llevaba la inscripción
“this machine kills fascists”. Desde “Como hacer crac”, Nacho
Vegas ha sumado una mirada social a sus muchos tips, una visión
descarnada de la actualidad de España y de Europa toda. Sin embargo
su rebeldía y su convicción no han cambiado sus modos. Cuando canta
“polvo somos, lo sabemos, y en pólvora nos convertiremos” lo
hace con tal suavidad, que parece guiado por aquel precepto del Che
de no perder jamás la ternura. Aunque tratándose de Nacho Vegas la
máxima debería ser “endurecerse sin perder la indolencia jamás”.
La indolencia con la que anuncia, por ejemplo, la borrachera que
coronará el abandono de “Taberneros”. La bebida, también estará
presente junto al desamor, el sexo, y una de sus muchas referencias
tangenciales a una probable bisexualidad en “Dry Martini S.A.”.

Cada uno de los
personajes que forman parte del imaginario film de “Actores poco
memorables” podrían protagonizar una canción completa del
cantante. Todos exponen sus
timideces, sus conflictos y las pocas certezas que los aferran a su
mundo. Él mismo, si contamos que el Nachin medio maricón y con
canciones lúgubres a cuestas se presta al juego de la primera
persona. Junto con “Dry Martini S.A.”, “Gang bang” fue el
momento más explícitamente sexual de la noche y no casualmente
estuvieron casi en continuado. Todos mirábamos y cantábamos las
canciones ensimismados. Había algún tubio intento de cantito
tribunero entre tema y tema, pero el clima no se prestaba para eso.
La ensoñación era absoluta. Los climas del show, el sonido de la
banda (en especial cuando el órgano pasaba bien al frente) hacían
justicia con aquella definición del “Nick Cave asturiano” con la
que se lo calificó alguna vez. Quién si no un Nick Cave ibérico
puede empezar una canción diciendo “Amanecí con la única certeza
de que hoy iba a morir”. “La vida manca” es el tema que mejor
expresa el espíritu de “Resituación”, donde la realidad social
y los desahucios se mezclan con un recorrido por rincones y refugios
de Gijón, amigos, personajes, arrebatos anárquicos (“podríamos
llegar a expropiar el club de regatas”), pesadillas dueñas de un
humor negro pavoroso (cadaver de Miguel Bosé hinchado flotando en
una psicina incluído) y un final elegido, guionado y liberador en un
desparramarse hacia el Cantábrico.

Para el último tramo
del show, y cuando la noción del tiempo se había borrado y en
Niceto nadie podía despegar los ojos del mismo tipo trasnochado que
se había subido al escenario poco más de una hora antes, sonaron
“Perdimos el control”, y “La gran broma final”, el tema que
en “La zona sucia” le puso música y palabras cínicas a la
ruptura de Nacho con Cristina Rosenvinge. Un cierre a la medida de
un concierto que a esa altura ya resultaba inolvidable.
Nacho Vegas volvió al
escenario solo y la “Luz de agosto en Gijón” fue también
porteña por un rato. Los músicos se iban reacomodando para cerrar
musicalmente la noche mientras un asistente le servía un vaso de
whisky al cantante. Después quedó el único tema ajeno del setlist
(que ya ha tocado en más de una oportunidad, inclusive en
Argentina), que fue “Déjame vivir con alegría” de Vainica
Doble, el duo femenino español que la creó a mediados de los '70 y
que Nacho presentó como un canto contra el fascismo. El cierre quedó
a cargo de otra de las canciones que mejor resumen su carrera, “El
hombre que casi conoció a Michi Panero”, con el tipo desnudándose
con versos mientras nosotros tarareábamos la ronda de niñas del
estribillo. Después nos prendieron la luz rápido, no sea cosa que
nos quedemos pidiendo una más. Para eso Niceto parece que sí es
eficiente.

Llegué a mi casa y como
nunca (mientras picaba algo, porque el estómago también se había
puesto impaciente con el horario) me puse a recrear minuciosamente la
lista de temas del show. Necesitaba repasar una y otra vez un
recorrido musical que seguramente formará parte de un playlist
imginario que me acompañará zumbando en mis oidos por mucho,
muchísimo tiempo.
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