
A fines de 2014 se editó
el libro “El agua mala” de Josefina Licitra, una crónica acerca
de la inundación que se llevó puesta a la localidad de Epecuén en
Noviembre de 1985. Unos meses más tarde, Andrea Alvarez eligió al
mismo pueblo como escenario para la cubierta de su cuarto trabajo
solista, “Y lo dejamos venir”. El por qué de Epecuén lo
explicitó en su momento la propia Andrea en su sitio oficial:
“documento viviente del resultado de la capacidad de corrupción
del ser humano”. De la desidia, acoto yo. Del exceso de confianza
ante una naturaleza que tarde o temprano nos termina doblegando. Y
así como en el libro de Josefina Licitra los testimonios compilados
dan cuenta de sentimientos que van desde la impotencia y el asombro
hasta la bronca, el disco de Andrea Alvarez expresa a esos mismos
sentimientos con una fuerza arrolladora, que los expone a sangre viva
y los grita a viva voz, en otro disco de rock directo y sin vueltas,
visceral.
Anoche era la
presentación en el Teatro Vorterix, una apuesta interesante para un
trio que no suele tocar seguido ni habitar los grandes escenarios
porteños. Los viernes en la ciudad suelen ser de por sí
complicados, y para lo mi lo era doble, así que llegué cerca del
horario anunciado para el inicio del show. Aún así pude ver el
final del set de Billy James and His One Man Band, un uruguayo que
toca blues del delta con su slide guitar mientras usa sus piernas
para percutir un bombo y marcar el pulso en el hi-hat. Interesante el
sonido, aunque a primera escucha a mí me resultó un tanto
repetitivo y lineal. No dejó de ser un buen “amenitie” para la
espera del show principal, puesto que lo hice a garganta seca; la
barra del Vorterix deberían clausurarla por mal gusto: apenas esa
bebida que pretende ser cerveza llamada Quilmes y Fernet con Pepsi
(!).

Como si para abocarse al
nuevo trabajo fuera necesario calentar motores, el trio dio inicio al
show con varias citas de “Doble A”, el disco anterior de Andrea,
de 2008: “Alter ego”, “Calladitos”, “Doble A” y “Sapo”.
Y si bien el disco aquel y el nuevo tienen muchos puntos en común,
en este nuevo trío con Tomás Brugués en guitarra y Lonnie Hillyer
en bajo, la propuesta sanguínea de Andrea parece haber encontrado a
sus mejores intérpretes. Las premisas son claras, un riff basta para
desatar la energía de una banda que toca cada tema como si fuera el
último. La potencia es arrolladora, y aunque esta vez la produccción
del disco corrió por cuenta propia, el rastro de Jim Diamond y el
espíritu de Jack White se perciben todavía en muchos de los temas
nuevos. El disco finalmente debutó con “RU fucking with me”.

Como en toda
presentación (y más tratándose de una artista que ha colaborado
con infinidad de músicos), hubo invitados. Conce Soares fue la
primera, y es una percusionista que Andrea conoció en el proyecto
“Se trata de nosotras”, un colectivo de artistas femeninas que
desde Enero giran por el país concientizando acerca de la trata de
personas y la divulgación del número 145 para denuncias. Y el
aporte de la percusión fue fundamental para que “Olas” (de
“Dormis?” 2004) tuviera un pasaje al que la guitarra de Brugués
terminará por darle un tinte “santanesco”. “Se pudre todo”
(un tema que ya había tenido una versión de descarga digital y que
fue regrabado para “Y lo dejamos venir”) es un grito casi
apocalíptico, y “Vende humo” un desafío en modo futbolero que
la cae tan perfecto a un político mentiroso como a las promesas
vacuas de un ex.
Aunque desde que salió
“Doble A” yo dije que el grupo de Andrea Alvarez es el Pappo's
Blues de nuestro tiempo, el formato trío en el rock argentino tiene
en Manal a su primer gran exponente. Y no fue casual entonces que
“Porque hoy nací” haya formado parte del setlist. Andrea estaba
contenta y divertida. Emocionada con el lugar, con la gente que había
ido, pero especialmente, visiblemente orgullosa con su nuevo trabajo.
En escena, su brazo izquierdo en alto por sobre la batería al final
de cada tema cuenta como un pararrayos que se extiende para recargar
la energía liberada en la interpretación del tema anterior, pero es
también sinónimo de victoria. De la victoria de una heroina
baterista que con cada tema tema y cada golpe de tambor derriba uno a
uno los mitos machistas del mundo del rock.

Richard Coleman fue el
segundo invitado, que empezó participando en “Toxico”, pero que
escencialmente subió para hacer “Despertándote”, el tema que
cierra el disco, y está dedicado a Gustavo Cerati. Y aunque la
canción resulta una expresión de incomprensión ante una ausencia
inesperada, en un disco cuyo uno de sus vectores es la desidia ante
los alertas, el final de Gustavo no deja de resultar una paradoja.
Por cierto, nadie lo nombró, pero todos sentimos que su espíritu
nos sobrevoló en ese instante. Que de tan intenso mitigó mi pena
porque no haya tocado “Aleluya”, la maravilla que hicieran en
conjunto para “Doble A”.
“Y lo dejamos venir”
(el tema) es un blues denso, pesado, brumoso con un grito agudo como
estribillo que marca el punto más alto de Andrea desde lo vocal, y
que no hace otra cosa que confirmar mi cita a Pappo's Blues. Después
quedó tiempo para el tercer invitado, Mariano Martinez , que
participó de “Te lo juro” y “Lastima todo”. Se había
hablado de Mollo como invitado también, pero aparentemente una gripe
lo dejó afuera.

Hacia el final se
encaminaron “Vamos viendo” y “Muerto”, de “Doble A”.
“Cargué mi cruz, jugué morir, resucité y te parí. Estás
muerto”. Así es todo en las canciones de Andrea Alvarez. No
requiere de grandes frases ni juegos de palabras. Son expresiones
brutales, honestas, tan elementales como contundentes, expelidas con
una fuerza imposible de contradecir y montadas sobre riffs que
desentumecen al músculo más agarrotado. Y si el disco ya de por sí
es capaz de expresarlo, en vivo la performance duplica el efecto. Las
piernas zapatean el piso con cada golpe de redoblante, y en la pista
unas chicas chispeadas se atreven a un pogo que reparte salpicaduras
de la cerveza que emana de vasos a medio beber.
“Alucinado quiero
vivir” propone Pappo en “Algo ha cambiado”, el tema que Andrea
Alvarez y su trio (otra vez con Mariano Martinez sobre el escenario)
eligieron para cerrar el concierto. Y sí, alucinado, no había otra
manera de sentirse después de semajante dosis de rock. Tan
convincente resultó, que cuando las cortinas del escenario se
corrieron y mientras los oidos aún no dejaban de zumbar, nadie se
atrevió a pedir nada más. No solo quedaba la convicción de que la
banda lo había dado todo, sino la conciencia de que nuestros cuerpos
ya no podían recibir más.
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