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jueves, 17 de marzo de 2016

Noel Gallagher's High Flying Birds en el Luna Park

Oasis y el Luna Park. Allí sucedieron en 1998 los primeros conciertos de los mancunianos en Argentina, y allí volvió Noel Gallagher para realizar su segundo concierto con los High Flying Birds en el país. Pero además en mi caso particular, tiene un punto más de coincidencia. Allí estaba yo viendo a Crosby, Stills and Nash cuando Noel daba en GEBA su primer show argentino de su estapa post Oasis.
Allí llegué en lo que será mi único contacto con la edición 2016 del Lollapalooza local, a este evento anunciado en una segunda etapa de side shows (fueron muchos más este año, por lo general eran tres). Y aunque el Luna Park no estaba repleto, sí había mucha gente, puesto que los fans no se conforman con los 45 minutos que tendrá Noel para hacer los suyo el sábado en el Hipódromo de San Isidro.
De la previa mucho no puedo decir, escuché el partido de River hasta donde pude, así que me abstraje por completo de un clima que tampoco estaba demasiado exaltado. Pero cuado apagaron las luces y empezó a sonar de fondo “Shoot a hole into the sun”, mientras la banda se acomodaba en el escenario, para dar comienzo al show con “Everybody's on the run”, uno de los cortes que más sonaron del disco debut de la banda, todos mis sentidos estaba puestos allí. Y a partir de allí, y tal vez con el espíritu festivalero con el que llega al país, se sucedieron unas veinte canciones, la mitad de las cuales fueron temas de Oasis.
Noel Gallagher suele afirmar con altanería (perdón por la obviedad, pero no quería dejar afuera el adjetivo) que Beady Eye es la banda que hubiera sido Oasis si no lo hubiesen incorporado a él. Entonces haciendo el juego inverso, lo que a mí me interesaba era ver cómo sonaban sus High Flying Birds sin sus ex compañeros. Y lo que me encontré ya de entrada fue con una banda mucho más cruda en vivo de lo que suena en los discos, y que esa característica lo arrima inevitablemente a su anterior banda. “Lock all the doors” es en ese sentido el mejor ejemplo, porque aunque “In the heat of the moment” también se diferencia en vivo de la energía de la versión de estudio, no alcanza el pico de distosión eléctrica de su predecesora.
La escenagrafía no tuvo ninguna pretensión. Apenas las iniciales de la banda (NGHFB) al fondo del escenario y solo el colorido de la mesa soporte de los teclados de Mike Rowe se destacaba en escena. Incluso no hubo imagen adicional alguna; las pantallas laterales del Luna Park se apagaron cuando comenzó el show y ya no volvieron a encenderse.
En ese primer tramo la cuestión avanzó en términos amenos entre banda y público. Ni siquiera la suavizada interpretación de “Fade away”, un lado B de Oasis, cambió la tónica. Sin embargo todo cambió apartir de una excelente versión de “The death of you and me” (yo no puedo dejar de emparentarla con “The importance of being idle”, pero puede que sean solo cosas mías) con los vientos arremetiendo estridentes, otorgándole a esta banda de Noel el principal sello distintivo en comparación con la que compartió con su hermano.
A los que cantaban “solo les pido que se vuelvan a juntar” (tibio canto que surgió desde el campo y no terminó de prender nunca en el resto del estadio), Noel les respondió cantando “You know we can't go back”. Sin embargo el espíritu de Oasis se hizo presente con una dispar selección de clásicos y lados B. Salvo “If I had a gun”, todo fue de aquella banda promediando el concierto: “Champagne supernova”, “Sad song”, “D'yer wanna be a spaceman?” (dedicada sin mucho convencimiento al Papa Francisco) e incluso en una especie de fogón improvisado al que podría llamar “Noel by request”, hizo sonar su guitarra para que la gente coree la primera parte de “Live forever”. Preguntó por quienes iban el sábado al Lollapalooza y las manos alzadas de los que sí iban y los que no, fueron bastante parejas en cantidad.
Hasta el final del show con “The masterplan” la noche había adquirido un clima más festivo por parte del público. Tim Smith se destacó en “The mexican”, aunque su aporte es notable a lo largo de todo el show, y resulta bastante más que un repetidor de los arreglos de Gem Archer a la hora de los clásicos. Y en el final de “Champagne supernova” sus punteos conviven con la gente coreando a la argentina el fraseo. Como postal final, en la voz acumulada de miles de fans, el “we're all part of the masterplan” cobra un sentido casi épico, y termina por ser un excelente cierre para un concierto que mantiene la característica de los de Oasis: breve, compacto y contundente.
La experiencia del público en materia de recitales hace que siendo tan obvio un set de bises, ya nadie se preocupa mucho en batir palmas para convencer a ningún artista de que regrese al escenario. Así que el reingreso de Noel y los suyos al escenario fue saludado con entusiasmo, pero ya no es esa exclamación corolario de una griterío durante cinco minutos interminables, ni mucho menos. Y en esos bises, aunque fue casi todo de Oasis (“Listen up” y un “Wonderwall” apenas cambiado para que los versos que uno repite de memoria se desacoplen de la voz del artista en escena), llegó lo que para mí fue lo mejor de la noche, con “AKA...what a life!”. Y si uno piensa que Noel Gallagher pisó por primera vez Argentina como plomo de los Inspiral Carpets, el sonido de su banda hace justicia con la influencia que mamó por aquellos años, y de alguna manera cierra un círculo propio con estas tierras.
A poco de anunciar su separación, los Oasis brindaron un extraordinario concierto en River, en donde las tensiones latentes en la banda quedaron más expuestas que nunca y le otorgaron al show un condimento extra que en lugar de menguar su energía, no hizo otra cosa que potenciarla. Pero a la hora del set de Noel, Liam abandonó el escenario, y casi que aquel acústico “Don't look back in anger” se transformó en el lanzamiento de su etapa solista (aunque después haya armado su banda y no lo de solista no haya sido tal). Anoche en el cierre, el tema sonó “a la Oasis” a banda completa y el único punto de contacto con aquella versión fueron las gargantas exigidas al máximo para acompañar a Noel en la despedida.
Quedará por ver qué sucede en el Lollapalooza y en términos del espacio breve que le dieron (45 minutos), qué elige Noel recortar de su show de anoche para presentarse el sábado en San Isidro. Pero de lo que uno puede estar seguro es que a la hora de atesorar este paso por el país, los fans de Noel Gallagher elegirán este encuentro más “íntimo” como mejor recuerdo. Por mi parte, y como conclusión de la experiencia, la performance en vivo de los High Flying Birds hizo que a la hora de escucharlos en el futuro elija más grabaciones en vivo y menos sus discos de estudio, y fundamentalmente, que extrañe mucho menos a Oasis.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Pearl Jam en el Estadio Unico de La Plata

Cuarta vez que voy a ver a Pearl Jam, tercera que voy a dejar registro en este blog, y tengo miedo de mirar los post anteriores y notar la manera en que me repito. No, no es que los shows hayan sido un calco ni mucho menos, pero es imposible no poner en primer lugar a la hora de relatar el evento, la increíble conexión que existe entre la banda y su público argentino. A los picos emotivos, a una serie de escenas que son premeditadamente recreadas, y que siguen funcionando como un intercambio de energías entre los músicos y su gente. Público al que no solo me refiero en general,, a sus actitudes y los códigos que se han creado, sino que cada uno de los que estuvimos anoche tenemos un punto de comunión particular con la banda. Incluso la ciudad, que ya los había recibido en el mismo estadio en 2011, y que cuando vinieron en Abril de 2013 a Costanera, se había levantado azotada por una tremenda inundación, tiene mucho para contar acerca de Pearl Jam. En mi caso el recuerdo pasa por aquel cambio de último momento en los shows de 2011, la salida del estadio de Boca para pasar a Ferro, acercándome a la banda a quince cuadras de casa y evitando tener el recuerdo de ese primer encuentro asociado a un espacio tan poco simpático, cuyos highligts tienen que ver con lo deportivo: una vuelta olímpica y la pelota naranja, una vaselina bajo la lluvia y una aparición agónica de un bastardeado zaguero saltando hacia la inmortalidad.
Ayer llegué tempranísimo, casi que tuve que esperar una hora y media con mis Halls strong ($40 el paquete de Oreo en el estadio) a los Capsula, que hacían las veces de banda soporte. Surgidos de Argentina, radicados en España, tocaron con Pearl Jam en Bilbao en 2010, y ahora los invitaron a abrir este show. Garage rock crudo, mucha actitud en el vivo, aplomo, pero desde donde yo estaba (cabecera) el sonido no ayudó. Si bien el estilo no requiere de sutilezas, por momentos a mis oídos llegó apenas una bola de ruido distorsionada que me impide juzgarlos como corresponde.
A esa hora parecía que la convocatoria en el campo iba a ser menor, pero cuando unos cuantos minutos después de las 21hs, la banda empezó el concierto con “Pendulum”, el marco era el esperado, mientras todavía seguía entrando gente. “Lightning bolt” era la única novedad de la banda desde su visita de 2013, pero dado que el álbum ya tiene mucho rodaje, lo de novedoso resultó relativo. Eso sí, el rojo negro y blanco que caracteriza al álbum era lo que resaltaba desde el fondo de un escenario sin grandes pretensiones, aunque con una puesta lumínica más que efectiva.
Recorrer tres horas de concierto, sus climas, sus diferentes grados de emotividad es más fácil vivirlo que contarlo. El show comenzó, como Pearl Jam nos tiene acostumbrados, tranquilo, ganando en intensidad, una especie de llamado a la inevitable comunión. Así fue el comiendo hasta que “Mind your manners” marcó el primer momento al palo. Y “Do the evolution”, por si alguien todavía no se había despabilado.
La banda sonó bien, Mike Mc Cready la rompió (en especial en “Dissident” y “Even flow”), Eddie Vedder cantó igual de bien que siempre, aunque en algunos agudos la voz le jugó alguna mala pasada (en el falsete de “Sirens” específicamente), y el resto fue todo lo contundente que uno puede esperar de la base Cameron-Ament y el aporte insustituible de Stone Gossard. Y no puede olvidar los teclados de Kenneth Gaspar. Cuando apelan a los medios tiempos y a los climas íntimos, conmueven. Cuando se trata de rockear, arrasan.
Hablar del cuerpo del show resulta relativo, porque anoche sonaron 33 temas y apenas 19 compusieron ese tramo. “Gracias por hacernos sentir tan grandes, ahora nuestras vergas están iguales”, chapuceó en español Eddie Vedder en uno de los tramos en los cuales entabló contacto extra musical con el público. A veces las charlas (en especial cuando son en inglés, porque Vedder habla fluido y la gente capta el mensaje igual) resultan de una complicidad entrañable. El vino, en copa primero, de la botella más tarde, suele acompañar esos tramos, como cuando Vedder contó sobre su año difícil, sobre el acierto de traer a su hija a la gira, y verla asombrada por el cariño del público. Obvio, ahí sonó “Daughter”. Y después de la conmovedora “Inmortality”, el show cerró a puro nervio grunge con “Life wasted” y “Rearviewmirror”, y un pico de electricidad y adrenalina como solo Pearl Jam puede alcanzar .
De allí al final el concierto transitó un espiral de épica que ni las luces encendidas del estadio, ni la suave despedida final con “Indifference” pudieron atenuar. Si de entrada “Footsteps” fue un mimo particular para fans (al clásico B Side de "Jeremy" no lo habían tocado en ninguna de las visitas anteriores), lo que siguió fue de igual tenor, mezcla de la sorpresa ante lo imprevisible, y la gratitud común cuando lo predecible tiene tanto de afinidad. A Lennon se lo homenajeó con “Imagine”. A Johnny Ramone con su tema favorito de la banda (“Corduroy”) y con la versón de “I belive in miracles”. “Jeremy” y “Porch” sonaron antes que la banda vuelva a retirarse a tomar un poco de aire (eso si es que después de “Porch” quedaba algo de aire dentro del estadio).
“Leaving home”, “Better man” y (a pedido)”Red mosquito” los devolvieron al escenario participativos. Una chica en primer plano no paraba de llorar emocionada mientras las cámaras no dejaban de tomarla. Eddie destacó el trato para con las chicas en los primeros lugares contra el vallado, citó a la marcha de unos meses atrás y desplegó un letrero con la consigna “Ni una menos”. Lógicamente fue ovacionado. Y todo hasta que con “Black” se revivió el momento más íntimo y cómplice que tiene el público local con la banda. El grupo termina de tocar, la gente sigue coreando y la escena se prolonga con los músicos aplaudiendo a la gente. Nada nuevo, claro, pero Eddie Veder contó de cuánto los sorprendió eso la primera vez que vinieron, y cómo se siguen sorprendiendo al ver que se repite en cada visita.
Llegó “Alive” infaltable, y cuando todos esperábamos el “Rockin`in the free world”, se despacharon con una versión de “Baba O’Riley” que dejó en claro que pocas bandas le hacen tanto honor a los Who como Pearl Jam. Las luces en el estadio ya estaban encendidas por completo desde hacía un rato, y solo el hecho de conocer el tono con el que Pearl Jam elige vestir las despedidas nos mantuvo alertas con la vista al escenario.
Alguna vez Eddie Vedder dijo que “Indifference” trata sobre la impotencia de quien transitó su vida sin dejar huella; de las vidas irrelevantes. Así que la elección de despedida casi que resultó una ironía. Todos los que estuvimos ahí salimos con una nueva marca indeleble en nuestra memoria. Cuarta visita al país, quinto show en Argentina, y las sorpresas, y la intensidad de las emociones siguen tan vigentes como aquel amor a primera vista de 2005. Y, por supuesto, prometieron volver.





sábado, 11 de julio de 2015

Andrea Alvarez en el Teatro Vorterix - Presentación de "Y lo dejamos venir"

A fines de 2014 se editó el libro “El agua mala” de Josefina Licitra, una crónica acerca de la inundación que se llevó puesta a la localidad de Epecuén en Noviembre de 1985. Unos meses más tarde, Andrea Alvarez eligió al mismo pueblo como escenario para la cubierta de su cuarto trabajo solista, “Y lo dejamos venir”. El por qué de Epecuén lo explicitó en su momento la propia Andrea en su sitio oficial: “documento viviente del resultado de la capacidad de corrupción del ser humano”. De la desidia, acoto yo. Del exceso de confianza ante una naturaleza que tarde o temprano nos termina doblegando. Y así como en el libro de Josefina Licitra los testimonios compilados dan cuenta de sentimientos que van desde la impotencia y el asombro hasta la bronca, el disco de Andrea Alvarez expresa a esos mismos sentimientos con una fuerza arrolladora, que los expone a sangre viva y los grita a viva voz, en otro disco de rock directo y sin vueltas, visceral.
Anoche era la presentación en el Teatro Vorterix, una apuesta interesante para un trio que no suele tocar seguido ni habitar los grandes escenarios porteños. Los viernes en la ciudad suelen ser de por sí complicados, y para lo mi lo era doble, así que llegué cerca del horario anunciado para el inicio del show. Aún así pude ver el final del set de Billy James and His One Man Band, un uruguayo que toca blues del delta con su slide guitar mientras usa sus piernas para percutir un bombo y marcar el pulso en el hi-hat. Interesante el sonido, aunque a primera escucha a mí me resultó un tanto repetitivo y lineal. No dejó de ser un buen “amenitie” para la espera del show principal, puesto que lo hice a garganta seca; la barra del Vorterix deberían clausurarla por mal gusto: apenas esa bebida que pretende ser cerveza llamada Quilmes y Fernet con Pepsi (!).
Como si para abocarse al nuevo trabajo fuera necesario calentar motores, el trio dio inicio al show con varias citas de “Doble A”, el disco anterior de Andrea, de 2008: “Alter ego”, “Calladitos”, “Doble A” y “Sapo”. Y si bien el disco aquel y el nuevo tienen muchos puntos en común, en este nuevo trío con Tomás Brugués en guitarra y Lonnie Hillyer en bajo, la propuesta sanguínea de Andrea parece haber encontrado a sus mejores intérpretes. Las premisas son claras, un riff basta para desatar la energía de una banda que toca cada tema como si fuera el último. La potencia es arrolladora, y aunque esta vez la produccción del disco corrió por cuenta propia, el rastro de Jim Diamond y el espíritu de Jack White se perciben todavía en muchos de los temas nuevos. El disco finalmente debutó con “RU fucking with me”.
Como en toda presentación (y más tratándose de una artista que ha colaborado con infinidad de músicos), hubo invitados. Conce Soares fue la primera, y es una percusionista que Andrea conoció en el proyecto “Se trata de nosotras”, un colectivo de artistas femeninas que desde Enero giran por el país concientizando acerca de la trata de personas y la divulgación del número 145 para denuncias. Y el aporte de la percusión fue fundamental para que “Olas” (de “Dormis?” 2004) tuviera un pasaje al que la guitarra de Brugués terminará por darle un tinte “santanesco”. “Se pudre todo” (un tema que ya había tenido una versión de descarga digital y que fue regrabado para “Y lo dejamos venir”) es un grito casi apocalíptico, y “Vende humo” un desafío en modo futbolero que la cae tan perfecto a un político mentiroso como a las promesas vacuas de un ex.
Aunque desde que salió “Doble A” yo dije que el grupo de Andrea Alvarez es el Pappo's Blues de nuestro tiempo, el formato trío en el rock argentino tiene en Manal a su primer gran exponente. Y no fue casual entonces que “Porque hoy nací” haya formado parte del setlist. Andrea estaba contenta y divertida. Emocionada con el lugar, con la gente que había ido, pero especialmente, visiblemente orgullosa con su nuevo trabajo. En escena, su brazo izquierdo en alto por sobre la batería al final de cada tema cuenta como un pararrayos que se extiende para recargar la energía liberada en la interpretación del tema anterior, pero es también sinónimo de victoria. De la victoria de una heroina baterista que con cada tema tema y cada golpe de tambor derriba uno a uno los mitos machistas del mundo del rock.
Richard Coleman fue el segundo invitado, que empezó participando en “Toxico”, pero que escencialmente subió para hacer “Despertándote”, el tema que cierra el disco, y está dedicado a Gustavo Cerati. Y aunque la canción resulta una expresión de incomprensión ante una ausencia inesperada, en un disco cuyo uno de sus vectores es la desidia ante los alertas, el final de Gustavo no deja de resultar una paradoja. Por cierto, nadie lo nombró, pero todos sentimos que su espíritu nos sobrevoló en ese instante. Que de tan intenso mitigó mi pena porque no haya tocado “Aleluya”, la maravilla que hicieran en conjunto para “Doble A”.
“Y lo dejamos venir” (el tema) es un blues denso, pesado, brumoso con un grito agudo como estribillo que marca el punto más alto de Andrea desde lo vocal, y que no hace otra cosa que confirmar mi cita a Pappo's Blues. Después quedó tiempo para el tercer invitado, Mariano Martinez , que participó de “Te lo juro” y “Lastima todo”. Se había hablado de Mollo como invitado también, pero aparentemente una gripe lo dejó afuera.
Hacia el final se encaminaron “Vamos viendo” y “Muerto”, de “Doble A”. “Cargué mi cruz, jugué morir, resucité y te parí. Estás muerto”. Así es todo en las canciones de Andrea Alvarez. No requiere de grandes frases ni juegos de palabras. Son expresiones brutales, honestas, tan elementales como contundentes, expelidas con una fuerza imposible de contradecir y montadas sobre riffs que desentumecen al músculo más agarrotado. Y si el disco ya de por sí es capaz de expresarlo, en vivo la performance duplica el efecto. Las piernas zapatean el piso con cada golpe de redoblante, y en la pista unas chicas chispeadas se atreven a un pogo que reparte salpicaduras de la cerveza que emana de vasos a medio beber.
“Alucinado quiero vivir” propone Pappo en “Algo ha cambiado”, el tema que Andrea Alvarez y su trio (otra vez con Mariano Martinez sobre el escenario) eligieron para cerrar el concierto. Y sí, alucinado, no había otra manera de sentirse después de semajante dosis de rock. Tan convincente resultó, que cuando las cortinas del escenario se corrieron y mientras los oidos aún no dejaban de zumbar, nadie se atrevió a pedir nada más. No solo quedaba la convicción de que la banda lo había dado todo, sino la conciencia de que nuestros cuerpos ya no podían recibir más.






domingo, 17 de mayo de 2015

Zappa plays Zappa en el Teatro Opera

        Aunque lo mío ustedes bien saben que es hobby, si nos ponemos un poco estrictos lo que va a suceder a continuación será el intento de ustedes, que no saben leer, de tratar de entender lo que yo, que no sé escribir, pretendo contar de la descomunal noche de Dweezil Zappa y su banda en el Teatro Opera. Claro que en este caso no se tratará de entrevistar a nadie, sino simplemente del, de antemano vano, intento de transmitir las sensaciones de una noche única e inolvidable.
         El show del Teatro Opera se había anunciado en el marco de la gira tributo al 40º aniversario de “One size fits all”. Sin embargo el jueves, mientras los jugadores de River se tiraban agua en los ojos tratando de aliviar el ardor provocado por el gas arrojado por hinchas de Boca impotentes ante la evidente superioridad de un rival que los dejaba fuera de la copa en su propio estadio, la banda de Dweezil Zappa descargaba en el show agregado en el Teatro Vorterix, un setlist completamente diferente al de la gira prometida. Eso le puso un interrogante extra al show, que se dilucidó, mientras en Paraguay la CONMBEOL hacía gala de su misericordia infinita para con los agresores poderosos, cuando los puntualísimos músicos salieron a escena e iniciaron el concierto con “Inca roads”.
         Mas allá del jugueteo con la teoría de los platos voladores y las líneas de Nazca, la música realmente parece llegada de otro planeta. No porque uno la conozca deja de sorprenderse, y en esos cortes, idas y vueltas, cambios de ritmos y climas, la música interpela, exige, incomoda y termina seduciendo a fuerza de una precisión implacable y una interpretación sentida y cercana a la perfección. Los climas se construyen en función del álbum, el jazz fusión del comienzo, la cadencia de “Sofa nro1”, el groove de “Po-jama people”, el rock progresivo con el sello bien ‘70s de “Florentine pogeon”, en un combo de recorridos musicales que en “San Ber’dino” parecen encontrar su punto de comunión. Continua en “Andy” y cierra con “Sofa nro 2”.
          Para que todo lo que había sucedido hasta allí, y para que se consume la orgía musical que lo sucedió, hubo una banda integrada por músicos notables que lo permitieron. Dweezil muestra como aprendió cada detalle de su padre a la hora de tocar la guitarra, y con una humildad delicada dirige a sus compañeros de banda, que parecen haber hecho el mismo recorrido que él, pero sin lazo alguno de consanguinidad. Chris Norton inventa sonidos en los teclados, se luce en los momentos más jazzeros de la noche y es dueño de un falsete imprescindible a la hora de temas como “Inca roads”. Ryan Brown marca los tempos desde a batería, y golpea los tambores dirigiendo los pasajes más anárquicos en términos de ritmo y contrapuntos. Kurt Morgan toca el bajo casi siempre de perfil al público, rara vez se pone de frente y tiene un gancho muy particular con Sheila Gonzalez, ya que por momentos se aíslan y parecen tener su propio goce compartido al margen de la banda. Seguirlo con el oído solo a él, por momentos es lo que hice, resultó un placer inigualable. Precisamente Sheila Gonzalez es un imán. Toca teclados, saxos, flauta, aporta voces, pero esencialmente vive la música con su cuerpo. Baila, zapatea los ritmos, sonríe siempre, se adelanta, se complota con Kurt, y hasta es la primera en animarse a una arenga al público cuando detecta que el coreo de la gente permite acoplarse a algún pasaje musical reconocible. Por último Ben Thomas es el que con su voz grave (sin desmerecer el resto de sus aportes en vientos y guitarras) nos permite cerrar los ojos  y sentir que el universo está consumando lo que el cáncer de próstata nos privó a fines de 1993. Mas allá de que el apellido ya lo colocaba lejos de esa calificación, Zappa plays Zappa es mucho más que una banda tributo.
   Luego de “One size fits all”, Dweezil nos comunicó, y Sheila tradujo, que en ese momento era el cumpleaños número siete de su hija Ceylon. Así que le cantamos un feliz cumpleaños, que fue grabado por un asistente, y que le llegará via web como regalo. Después sí se empezó a consumar un espiral de éxtasis tal, que terminó cerca de medianoche con la gente de pie, agolpada contra el escenario, bailando, sacando fotos, y repartiendo brazos estirados a modo de saludo. Al happy birthday en honor a Ceylon, Dweezil nos gratificó con “The torture never stops” (no me voy a extender, pero imposible no señalar la vigencia de esas palabras en el USA del presente) y “The black pages #2”. Y a medida de que el show avanzaba se fue haciendo presente el humor, otra de las características imprescindibles a la hora de convocar el arte de Frank Zappa en su versión más completa.
      Seguir el setlist de memoria es imposible, ya habrá quien se encargue de citarlo con precisión, pero hubo tramos especialmente participativos por parte del público: “Baby snakes” seguida del encolerizado “I’m so cute”, por ejemplo. Un placer detenerse en  los gestos de sorpresa de los músicos cuando la gente coreaba “Peaches en Regalia” como si se tratase del riff más predecibles y el actual hit radiofónico.  Y como si fuera poco (y en el mismo orden que en “Hot rats”) le siguió ese blues podrido extraordinario que es “Willie the pimp”. Captain Beefheart también merecía al menos una cita en la noche (y no sería solo una).
        A la música de Frank Zappa no se la puede querer a medias. Al que le gusta, le gusta en serio. Por ese motivo quien lea esto y no haya estado anoche, se estará maldiciendo cuando lea títulos como “Uncle Remus”, “Cosmik debris”, “Trouble every day” y “The grand Wazoo” (impecable Sheila Gonzalez en el saxo). Una cantidad indecible e inclasificable de clásicos, como si Dweezil estuviera pagando la deuda que su padre dejó al no visitar jamás el continente. Y no había mejor manera de homenajear a Frank que con “Sinister footwear”, el elegido para cerrar el concierto. Impredecible, inclasificable, hasta ilógico si uno se limita a la formalidad y pretensión de la mayoría de la música a la que accede habitualmente.
        Para el momento del regreso y los bises,  ya la gente de la platea se había agolpado sobre el escenario. Sonó “Dancin’ fool”, como para que baile todo el mundo. Un (no tan) pibe sacudía su brazo al ritmo de la música como colgado de un para avalanchas, sentado en el borde del escenario. Una chica bailaba moviendo su cuerpo casi con la misma anarquía que la música. Otra fue invitada a subir por Ben Thomas para las preguntas de rigor: querés tomar algo? sos judía? Sos de Libra? Alguno aprovechó para una selfie con los músicos. Pasó "I'm the slime" y el final arrollador con “Muffin man”, como para no olvidar nunca. Como para salir zapateando a Corrientes, para masticar una porción de pizza y comprobar que uno era capaz de volver a cerrar las mandíbulas, de una boca abierta por la admiración, la sorpresa y el avasallamiento de una música única, de una banda notable y de una historia que por fin, hijo mediante, se había consumado.







                

sábado, 25 de abril de 2015

El Cuarteto de Nos en el Luna Park - Presentación de "Habla tu espejo"

   Por lo general prefiero ver a El Cuarteto de Nos en vivo a la hora de la presentación de sus discos, y siempre lo hago con las canciones con varias escuchas en su haber. Pero en este caso en particular el interés era doble. Después de la trilogía “Raro”, “Bipolar” y “Porfiado”, la banda uruguaya se despachó con disco de quiebre extraordinario. Con los mismos argumentos musicales de siempre e idénticas fórmulas a la hora del entramado de palabras, pero con una mirada personal, en donde la ironía, el inconformismo y la inmadurez dan lugar a devaneos existenciales, cuestionamientos filosóficos y un repaso por las incertidumbres de la adultez, como el paso del tiempo, hijos, padres, la memoria y la trascendencia. Y si bien “Habla tu espejo” no es estrictamente lo que se se suele calificar como un disco conceptual, tiene una ilación y una lógica en el orden de aparición de las canciones, que me llevó a imaginar (erróneamente, como no tardaría en descubrir) que la presentación se haría de un tirón, respetando el armado del álbum.
   En un Luna Park casi colmado (estimo que se trató de su show más convocante en Argentina), poco más de diez minutos después de lo pactado, abrieron con “El aprendiz”, tal vez la canción nueva que mejor linkea con la trilogía que los volvió masivos. Pero no solo eso fue lo que me llevó al pasado. A principios de siglo, y cuando aún no cruzaban con asiduidad las fronteras del Uruguay, El Cuarteto de Nos tenía una canción sarcástica para con el death metal llamada “Mamá, el bajista me está pegando”. Y durante buena parte del primer tramo del show me sentí maltratado por una mezcla que dejó al bajo demasiado al frente y con un grado de saturación que por momentos impedía comprender lo que cantaba Roberto Musso. A mi alrededor las caras de espanto fueron varias, mientras que en el campo la gente celebraba y cantaba a viva voz sin rastro alguno de semejante incordio. Tal vez no haya sucedido esto en todos los sectores del estadio, pero con la tecnología sonora con la que se cuenta hoy en día cuesta creer semejante desatino, que fue una enorme mancha en el show.
   “Ya no sé qué hacer conmigo” y “El hijo de Hernandez” confirmaron que la presentación del disco no sería lineal, y el inconformismo primero, y la definición por oposición luego, levantaron a la gente que se sabe las letras de memoria. Santiago Tavella y su“ Enamorado tuyo” cerraron ese primer tramo de la presentación. Varias pantallas detrás y por sobre la banda emitían imágenes fugaces, coloridas, por momentos geométricas, que en consonancia con flashes por decenas, conformaron la puesta de un grupo que no suele exagerar a la hora de la escenografía.
   El tema que le da nombre al disco tiene un estribillo pegadizo y concentra el espíritu del trabajo: un auto reconocimiento impiadoso, sin concesiones. “Cómo pasa el tiempo” se introduce en la filosofía de interpretar el concepto de tiempo, que se resuelve en un “Carpe diem” imperativo. En medio de ellos varios pasajes anteriores que se acoplan perfecto a las nuevas canciones. Roberto Musso escribe por lo general en primera persona, y aunque uno sabe que eso no necesariamente convierte en una confesión de por sí a cada canción, facilita que “Asi soy yo”, “Breve descripción de mi persona” o “Cuando sea grande” resulten creíbles y hasta lógicas en el contexto del proceso de reflexión personal de “Habla tu espejo”.
   “Whisky en Uruguay” es una reinvención del “Whiskey in the jar” irlandés, que yo conocí por Thin Lizzy, otros por Metállica, y que tiene infinidad de versiones. Ya habían hecho algo parecido tiempo atrás con el “Mr. Postman” beatle devenido en el propio “Bo, cartero”. En el disco esta canción tiene una función primordial: descomprimir la angustia que deja “21 de Septiembre”, canción que en el show terminó sucediéndola. Roberto Musso canta sobre el Alzheimer de su madre de una manera desgarradora, sobre una melodía bellísima y con unos hallazgos poéticos que estremecen. Es imposible no terminar con los ojos enrojecidos con esa historia en la cual un primer beso como recurrente recuerdo resulta el único anclaje de un ser evadido de la persona que fue algún día. La fecha con tono primaveral no es casual: es también el día que el mundo dedica a concientizar sobre la enfermedad. Cuesta no quebrarse al oirla, y es admirable la entereza de Roberto al cantarla.
   “No llora” es otro de los puntos cruciales del disco. La paternidad y la inquietud sobre la fortaleza de una hija que alguna vez tendrá que vivir en el mundo sin la protección paterna. La mirada condescendiente, la construcción de un futuro imaginario para el devenir de una niña que aprende a dar sus primeros pasos y a transitar las primeras adversidades, son las vacilaciones que expone la canción que transmite alta dosis de emotividad. Antes había sonado “Algo mejor que hacer” y luego siguió “Pobre papá” en donde un Santiago Tavella, con su tupida barba entrecana y su puño izquierdo levantado resulta un Carlos Marx, pero cuyo manifiesto es una apología a la fiaca digna de Roberto Arlt.
   A la hora de definir hits, ese sitio en “Habla tu espejo” le corresponde a “Roberto”. Dentro del álbum es el momento en el que aflora la conciencia. Base hip hop típica del Cuarteto , un compilados de consejos para atravesar desventuras y contratiempos, y una sentencia: el día que no escuches estas voces es que vas a estar muerto. Desde allí el final se encadenó con la eufórica “Miguel gritar”, y ese divague surrealista y pop que es “Yendo a la casa de Damian”.
   Mientras esperábamos el regreso al escenario, me quedé pensando en que tres canciones del disco habían quedado afuera, y que posiblemente (ahí sí acerté) no sonarían en los mal llamados bises. “De hielo” (en donde el amor trastoca a un personaje destemplado a fuerza de desvelos y desengaños), la prepotencia optimista de “Caminamos”, y “Un problema menos”, el casi resignado cierre del disco, en donde el personaje inconformista y provocador, asume que en el mundo que lo trascienda apenas se lo recordará como un escollo salvado. Esas ausencias en medio de un disco de un recorrido metódicamente estructurado, a mi juicio hicieron que el show resultara trunco en tanto presentación.
   Desde ya que de ninguna manera esas elucubraciones que empezaba a crear mi mente y que concreté en el párrafo anterior hicieron que deje de disfrutar lo que siguió. De “Porfiado” llegó “Todos pasan por mi rancho”, luego “Me amo” y como la venganza es un plato que se sirve frio, para último momento quedó “Benito”. Aunque la despedida definitiva fue con la suma de desgracias del “Invierno del 92” y la hija de Musso saltando y bailando por delante de la batería.
   Me fui feliz, volviendo a cantar para mis adentros varias de las canciones, pero con una íntima sensación de que el show resultó algo modesto en función de las posibilidades que permite un trabajo brillante como “Habla tu espejo”. Aunque tal vez la culpa sea de mis pretenciosas expectativas de adulto, y a mí también me corresponda un profundo reconocimiento frente a un espejo, antes de seguir juzgando a los demás. Qui lo sá. 





domingo, 22 de marzo de 2015

Lollapalooza 2015 Dia 1 - Jack White + 10

            Uno de los grandes problemas de los mega festivales es que puede suceder que haya artistas que uno quiera ver sí o sí y toquen a horas insólitas. Como el caso de St. Vincent para esta primera fecha del Lollapalooza 2015. Espero que quienes hayan podido verla la hayan tratado lo suficientemente bien como para tentarla a volver, porque yo no llegué. Al margen del horario, el hipódromo de San Isidro queda lejos y trasmano y para los que trabajamos medio día, nos resulta imposible llegar a tiempo para esos primeros sets. Pésima elección de zona para un festival. Y seguro que alguien de Zona Norte que lea esto estará pensando “pero nosotros siempre tenemos que viajar, era hora que por una vez los porteños muevan el culo”. Y yo digo: no. Cada uno se mueve acorde a su hábitat y costumbres, y no le pidamos al chancho que migre. Para eso Dios (!) creó a las golondrinas  y a los de Zona Norte.
            Bien, como había previsto según mis cálculos, llegué para el final de Interpol. La verdad es que con ellos tenía una mala experiencia, y del show gratuito que dieron en Puerto Madero me fui media hora antes completamente hastiado. Pero mientras buscaba lugar para tirarme un ratito en el pasto después de los dos millones de kilómetros que hay que atravesar dentro del hipódromo si se entra por Santa Fe para llegar a la zona de los escenarios, “Slow hands” sonó como la mejor bienvenida. Y para entonces ya estaba en clima.
            Se supone que una de las gracias de estos festivales es pasear de escenario en escenario y escuchar un poquito de cada cosa. Pues bien, yo en esto soy muy conservador, así que elegí lo que iba a ver y me abstraje de lo que sucedía a mi alrededor. Y para la hora en que yo llegué, todo se repartía entre los escenarios 1 y 2.  Al término de Interpol, llegaba The Kooks, luego Foster The People, y finalmente Robert Plant y Jack White como plato fuerte.
            Con respecto a las dos primeras bandas me pasó algo extraño: si bien ninguna de las dos me impresiona demasiado, esperaba menos de The Kooks, y algo más de Foster The People. Tal vez un hueco hipster en mi espíritu, no sé. Y resultó al revés. Porque si The Kooks que arrancó medio demagogo, prolijo y no mucho más, a la altura del tercer tema sonaban de primera y derrochaban energía. “It was London” y “Bad habit” resultaron un dueto fantástico. Aunque la gente coreó “Seaside” junto a Luke Pritchard, a mí esa versión de la banda me resulta menor. Lo mismo cuando se pretenden una banda de power pop. Sin embargo cuando se ponen más bailables es en donde se vuelven más interesantes, como en el caso de “Forgive & forget”. Eso sí, cuando los tipos tocan un hit irresistible como “Junk of the heart (happy)”, uno comprende que solo por haber hecho eso se merecen todo lo bueno que les pase.
            Para el caso de Foster The People, mi expectativa estaba puesta en una experiencia algo más psicodélica, que nunca sucedió. Es cierto que esa característica en ellos aparece en cuenta gotas, pero mi mente imaginó que el vivo le podría abrir más espacio a esa veta de la banda. Pero no sucedió. Y si bien parte de la decepción pueda deberse a mis expectativas equivocadas, lo cierto es que los tipos me resultaron una heladera. Si el viento del sur había traído de prepo al otoño disfrazado de invierno la noche anterior, Foster The People se encargó de consolidar el reinado del frio. No es que los temas estén del todo mal, hay cositas interesantes, pero a mí no me generaron absolutamente nada. Paradójicamente cuando sí se pusieron a tono a final del set, especialmente a partir de “Call it what you want”, la gente se les empezó a ir y repartir entre los dos escenarios linderos, esperando los sets de Cypress Hill por un lado, y Robert Plant por el otro. “Pumped up kicks” por supuesto fue la mejor manera hitera de empezar a despedirse, cosa que sucedió definitivamente con la guitarrera “Don’t stop (color on the walls)”.
            A Robert Plant lo había visto en el Luna Park en 2012 y considerando la ausencia de nuevo material y la consolidación de los Sensational Space Shifters como banda de apoyo, no esperaba nada nuevo. Simplemente la felicidad de estar frente a frente ante uno de los máximos próceres del rock. Sin embargo Plant me sorprendió. De aquel show de 2012 extrajo los momentos más bluseros y rockeros, dejó de lado los temas más étnicos, acomodó el setlist al contexto de festival y privilegió los clásicos. Y literalmente, la rompió. Le costó algo engranar con la voz durante el “Baby, I’m gonna leave you” con el que abrió (notable y lucida intro en acústica a cargo del barbado Liam Tyson), y después fue tomando temperatura. “Tin pan valley” y “Rainbow” le abrieron paso a “Black dog” y su riff bluseado, que le encuentra una vuelta de tuerca fantástica al clásico. En el medio aparecieron las intervenciones de Juldeh Camara y su violín africano de una cuerda, que construye pasajes de auténtico trance en medio de las canciones. “Going to California” y “Ramble on”, cada una en su clima, son los temas que Plant toca lo más fiel posible a las originales de Zeppelin, y en momentos como el “Spoonful” de Willie Dixon o “Fixin’ to die” de Bukka White (lucimiento a cargo del otro violero, Justin Adams), la banda saca lo mejor de sí. Los samplers y efectos disparados  John Baggot (frecuente colaborador tanto de Massive Attack como de Portishead) son los que le aportan al grupo los sonidos más modernos. El cierre fue con “Whole lotta love” en mix con “Who do you love”. Contradiciendo el correcto comportamiento en los festivales que aconsejan la ausencia de bises, Plant volvió al escenario para hacer “Rock and roll” cuando la gente ya se acomodaba para ver a Jack White.
            La gente no se había terminado de pasar del frente de un escenario a otro cuando la banda de Jack White ya había salido al escenario y arrancado con “Just one drink”. Y fue un anticipo perfecto: todo fue así. Urgente, sin pausa, adrenalina al máximo sin descanso. Que Jack White haya repartido el set entre todas las etapas de su carrera es lo de menos. Que haya pasado por The Raconteurs con “Broken boy soldier”, por White Stripes con “Dead leaves and the dirty ground”, y hasta haya metido un cover de Gene Vincent como “Baby blue”, nada de eso fue lo trascendental. El tipo es un compilado perfecto de la música norteamericana. Un manual abierto del folk, del country, del blues rural, del blues en general y por supuesto del rock and roll. Sabe todo, porque antes de músico es un gran melómano y aplica todo ese conocimiento a sus temas y a su concreción en vivo. Es un concierto por momentos cocainómano, porque hasta para hablar con el público Jack parece apresurado. Como si la misión fuese liberarse de una sobrecarga de energía a lo largo de la hora y media de show. Con una banda extraordinaria a la que dirige con gestos y órdenes al oído. A la que la muerte de Isaiah Owens no la afectó, y en la que se destacan el baterista Daru Jones, y la violinista y cantante Lillie Mae Rische.
            Cuando suceden momento con el concierto de anoche es casi imposible transmitir las sensaciones con palabras. Ver a Jack White en vivo fue como gritar setecientas veces en dos horas el gol de Pisculichi a los bosteros. Un éxtasis total, pero que además está lleno de música y condimentos que hacen que el tipo sea una bendición y lo mejor que le pasó al rock en el siglo XXI. Ese rock que han dado por muerto tantas veces y que gracias a Jack White se ganó cien años más de vida. “Lazaretto” es un disco del carajo y en vivo suena aún mejor. Y los muchos temas de White Stripes que tocó, se muestran más vitales y expansivos cuando abandonan el minimalismo original, como “We’re going to be friends” o “Ball and biscuit” (ya en la segunda parte de show).  Cuando Jack White cierra la primera parte del set con “Power of my love” de Elvis Presley, representa de manera perfecta al pasado y presente del rock al mismo tiempo.
            Si en todo ese primer tramo el concierto había hecho méritos para ganarse el adjetivo de descomunal, el cierre fue todavía mejor. Primero la sorpresa, el riff de “The lemon song” y la presencia de Robert Plant sobre el escenario, algo que yo había soñado pero que como no se había dado en Chile, creí que jamás se concretaría. Y la cita al “Killing flor” de Howlin’ Wolf, que en voz de Plant y en medio de ese tema, es casi una confesión de parte. Sin duda a la hora del racconto será EL momento de esta edición del Lollapalooza argentino. “Steady and she goes” y “Little bird” prepararon el terreno para la apoteosis que significó el final definitivo con “Seven nation army”. Lo único que podrá superar a Jack White será el mismo Jack White. Inolvidable, a la altura de los mejores conciertos que vi en mi vida.  
            Para el cierre de la jornada quedaba todavía a Calvin Harris, pero después del despliegue valvular de Jack White, resultaba una herejía. Me volvían a la cabeza los prejuicios y aquello del “trabajo honesto” del que hablaba Pappo. Así que aproveché para huir, además por aquello de las distancias, y que en horario nocturno se podía duplicar el trastorno. Sin embargo un colectivo al que ni siquiera le vi el número pero que decía “Puente Saavedra” me sacó rápidamente de allí; sumado a que en General Paz me esperaba con el motor encendido el único 133 que queda con vida, convirtieron al regreso en un trámite.  Lla sucesión de hechos fortuitos me permitió que una media de la mañana haya estado en Flores devorando unas porciones de pizza con la misma voracidad con la que Jack White toca su guitarra.






viernes, 7 de marzo de 2014

Joan Baez en el Teatro Gran Rex


“Dios es Dios, y Dios no soy yo” dice la canción de Steve Earle que Joan Baez eligió para abrir su último trabajo de estudio (“Day after tomorrow” - 2008) y también el concierto de anoche en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Una letra que habla de la pequeñez del hombre ante el universo, de la bendición de la vida y la importancia de no creerse más de lo que uno es. Si uno no conociese la trayectoria de la artista, podría decir que resulta una especie de carta de presentación confesional. Pero esas palabras pronunciadas por esa voz atemporal terminan por significar apenas una confirmación de humildad y sencillez.
Puntualmente y casi con timidez, la norteamericana de 72 años pisó un escenario en Buenos Aires, por primera vez desde 1974. Saludó extendiendo el brazo como quien lo hace hacia una multitud a la distancia, y desde allí comenzó una recorrida por buena parte del repertorio de su extensa carrera, que incluyó varias citas al cancionero latinoamericano. Desde el “Gracias a la Vida tour” que lleva por nombre la gira que la trae por el sur del continente se preveían estos gestos, pero el tiempo transcurrido desde aquella lejana primera llegada (en la segunda, en 1981, no pudo llegar a tocar) dejaba lugar a la posibilidad de algunas sorpresas. En ese contexto, “Don't cry for me Argentina” fue casi un cumplido, aunque yo no llegué a comprender la categoría de “políticamente incorrecta” en la cual Joan incluyó a la canción. “Farewell Angelina” (aquel outtake de “Bringing it all back home” que Dylan le regalara en el '65) y “Long black veil” fueron otros de los clásicos que se escucharon en la primera parte, hasta que con “La llorona” llegó la primera canción en español de la noche.
Joan Baez salió sola al escenario, y aunque así cantó los primeros temas, luego estuvo acompañada por Dirk Powell en mandolina, banjo, piano y acordeón, y por su hijo Gabriel Harris en percusión, con quien se reencontrara, después de años de diferencias. Aunque podría incluir también a Grace Stumberg, la asistente que le alcanzó las guitarras antes de cada tema, y quien se animó a algunos coros. La historia de Joe Hill, el sindicalista fusilado en 1915 fue otra muestra de canción testimonial, y la belleza de “Jerusalem” (también de Steve Earle) contrasta con una letra que denosta la violencia en tierra santa.
Entonces llegó el momento más latinoamericano de la noche. Los versos escalofriantes del comandante Tomas Borge en “Mi venganza personal” calan hasta los huesos. “Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores” le canta el poeta a su carcelero y torturador, y de pronto nos vemos sumergidos en un clima de mediados de los '80 y una primavera sandinista. “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, y “Calice” (acompañada con palmas por el público) de Chico Buarque y Milton Nascimento, cerraron el tramo de las canciones más duras, pero siempre envueltas en una belleza lírica que hace que a partir de la tragedia, se concrete el arte más elevado y conmovedor.
La honestidad y coherencia de Joan Baez hacen que ninguno de esos gestos suenen forzados o condescendientes. La bandera de resistencia y pacifismo a ultranza que sostuvo a lo largo de su vida la llevó a exponer el cuerpo más de una vez. Porque, con todo respeto, no es lo mismo proclamar la paz desde la habitación de un hotel, que hacerlo bajo las bombas en Hanoi o Sarajevo, o cantando semi escondida en una iglesia de Santiago de Chile en 1981. Tal vez en este sentido, su mayor victoria resultó aquel concierto del 10 de Junio de 1989 en Bratislava, cuando las fuerzas de seguridad irrumpieron en el escenario ante el anuncio de la presencia del disidente Václav Havel (introducido por ella misma de manera subrepticia al teatro), hecho que, según las propias palabras de Havel, fue la gota que rebalsó el vaso y que terminó por desatar la llamada Revolución de Terciopelo. El concierto iba en directo por TV, y la emisión también fue interrumpida, mientras Baez cantaba a capella y a media luz. El resto es conocido, Havel sería un presidente capaz de aparecer en un pub de la mano de Lou Reed o nombrar como embajador a Frank Zappa, y trabarían una entrañable amistad. Havel murió de cáncer el 18 de diciembre de 2011, y unos pocos días después Baez lo despidió con un emotivo poema que finaliza diciendo “estoy tan contenta de que hayas seguido fumando después que los doctores te dijeron que dejes de hacerlo. Amabas hacerlo! El Dalai Lama estará de acuerdo. Tuviste diez mil tristezas. Es tiempo para diez mil alegrías”.

Joan Baez con Madres de Plaza de Mayo. Buenos Aires, Mayo 1981. Foto de Julio Emilio Moline
Como leerán, me resulta dificil limitarme en la crónica al concierto en sí, porque también resulta imposible separar a la artista que canta sobre el escenario de la activista que hizo de su voz y su música la excusa para proclamar su convicciones. Todo lo que proviene del escenario contiene la impronta de una vida tan admirable como la propia trayectoria artística. Y aunque esa voz mezzo soprano suene atenuada en su elocuencia, las canciones vibran en un decir más tenue, más íntimo, pero igual de bello. Joan Baez pasó por el country folk, volvió a Mexico con “El preso número nueve”, e invitó al escenario a su amigo Leon Gieco (ovacionado) a quien le costó seguir en “Como la cigarra” de Maria Elena Walsh, con el que homenajearon a Mercedes Sosa. León confesó que fue Joan la que lo convenció de cantar “Solo le pido a Dios”, al que hicieron intercalándose las estrofas. Lennon tenía que ser una referencia infaltable en la noche, entonces Joan hizo “Imagine” en esa versión mitad cantada, mitad recitada que la caracteriza. Y con “The boxer” nos puso a tararear, para cerrar con Violeta Parra y el leit motiv de la noche: “Gracias a la vida”. El reloj decía que había pasado algo menos de hora y media, pero en realidad fueron casi cincuenta años.
Para los bises volvió Leon Gieco, medio retraído, quien hizo unos coros en “Here's to you”, o “La balada de Sacco y Vanzetti” como prefieran, uno de los temas más pedidos por el público (junto con “We shall overcome”, que quedó pendiente). Y si faltaban íconos por recordar, con “Sweet slow, sweet charriot” llegó el turno de Martin Luther King. Después la propia “Diamonds and rust” (pensar que conocí ese tema antes que nada por la versión de Judas Priest en “Sin after sin”), y la despedida con Leon y el espíritu de Dylan, con “Blowin' in the wind” (aunque parezca mentira, en una parte, al igual que en “Gracias a la vida”, Joan se olvida la letra y la dibuja al estilo “Una que sepamos más o menos” de Peter Capusotto. Los años no vienen solos).
Ya casi que nos íbamos, las luces del teatro empezaban a encenderse, pero como en una especie de acto de rebeldía, Joan volvió al micrófono, nos puso de pie, y a capella cantó el “No nos moverán”, el mismo que alguna vez hiciera retumbar en la TV de la España franquista. Entonces al final del concierto, esta artista que hoy dice no interesarle la nostalgia de los '60 y dedicada más al arte plástico que a la música, vuelve a elevar el puño y convocar a la rebeldía. Y por más que muchos salgamos del teatro pensando en acostarnos temprano porque al otro día hay que generar plusvalía para el patrón, saber que en algún lugar del cuerpo la llama aún está encendida, se siente de maravillas.