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sábado, 20 de agosto de 2016

Octafonic en el Teatro Vorterix - Presentación de "Mini Buda"

  Un Buda pequeñito que alcanza su nirvana en una explosión de rock industrial digna de Trent Reznor, es el leit motiv del segundo disco de Octafonic. Un Buda que señala a occidente y su perdición, y que invita a la salvación en una reencarnada vida libre de corrupción espiritual. Una imagen que pareciera encontrarse en el preciso instante de la transformación, de la liberación colosal de energía cuyas consecuencias resultarán impredecibles. Una situación de la que si uno es más o menos consciente, no podrá provocar otra cosa que ansiedad. Y así se percibía el ambiente del teatro Vorterix a pocos minutos del incio del show que significaría la presentación oficial del segundo disco de Octafonic: ansioso.
  Mi tercera visita al teatro en menos de diez días, quienes siguen el blog estaban avisados. Pero a diferencia de las dos visitas anteriores, no se trataba de reencontrarse con un pasado dando pruebas de vigencia, sino de un presente otorgando señales de futuro. Octafonic, la banda más difícil de encasillar del ambiente local, se proponía demostrar que un disco de sonido tan complejo como “Mini Buda” era posible de ser plasmado sobre un escenario. Y aunque mucha gente pareció demorarse en el acceso, al momento del comienzo del show, media hora después de lo anunciado, el recinto se encontraba repleto.
  Un guarda que pide tickets de ingreso en un tema de se llama “Welcome to life”. Si bien cuando uno habla de Octafonic por lo general hace referencia a su sonido, al alcance de los estilos abordados y a la expansión de su búsqueda musical, yo no podía dejar pasar por alto semejante ironía. Porque no hay manera que sea casual. Porque en un disco que se propone trascender, o al menos juega con eso, la parábola mercantilista del nacimiento tiene que ser necesariamente una señal. Y en ese piano que se presenta progresivo y que da comienzo tanto al disco como al concierto, hay mucho de lo que uno va a poder absorber a continuación. Se percibe, fundamentalmente, inquietud.
  El viernes Octafonic no solo ofreció un concierto consagratorio, un nuevo paso en el camino de su creciente popularidad, sino que reafirmó un hilo conductor que es su razón de ser:la fusión de estilos inabarcables desde lo musical, una maquinaria perfecta a la hora de la armonización de sonidos e instrumentos y un repertorio que con dos álbumes en su haber, es capaz de plasmar sobre el escenario una performance que no tiene antecedente directo en el medio local.
  “Nuestros miedos crean un Dios”, terminan sentenciando en “God”, el segundo de los temas del disco nuevo que tocaron y que es una reafirmación de la idea inicial: sentidos y sensaciones cuyas consecuencias son expuestas a carne viva. No se trata solo de lo nuevo: pasan “Mistifying” y “Love” del disco anterior (“Monster” - 2014) y la idea es la misma. En definitiva no hay manera de no linkear, por ejemplo, a “Love” con Radiohead, y más precisamente con el Radiohead de “Lotus flower”, como si una nueva referencias a Buda resultara necesaria.
  un repaso tema por tema de un show que consistió en todo el último disco y casi todo el primero, resultaría tan aburrido como absurdo. Solo puedo decir que hubo de todo: desde disco hasta funk metal (incluso dentro del mismo tema, como en el caso de “Plastic”). Aires house devenidos en más funk, pero cuasi psicodélico (“Sativa”), synth pop que cita a los primeros '80s y hasta citas latinas como en “Nana nana” , donde el calipso es una excusa para terminar dando pasos de baile. Rock industrial con reminiscencias orientales (“Mini buda”) o loops progresivos con estallidos en donde los vientos arman un pandemonium de riffs agresivos (“Wheels”, “Monster”). Y si bien el virtuosismo en Octafonic está puesto al servicio del conjunto, el clima festivo de la presentación dejó lugar a lucimientos individuales, como los de Hernan Rupolo en la guitarra, con un solo citando a Steve Ray Vaughan al final de “Wheels”, a Ezequiel Piazza con solo de batería durante “Monster” y los vientos, con menos ostentación pero igual de efectivos, haciéndose un espacio durante “I'm sorry”.
  Nicolás Sorin dirige una orquesta que se caracteriza por el buen humor. No solo el clima de fiesta se vive abajo del escenario, sino que además se perciba sobre el mismo. Y en un punto el ambiente es hasta familiar, como cuando Lula Bertoldi sube al escenario a sumar su voz y despide a su pareja (Sorin) con un apasionado beso al paso, como s estuvieran en el living de su casa, mientras la banda redondea su noche pasando primero por el paisaje apocalíptico de “Over” y luego se proclama rebelde ante la repetición y el hastío en “Slow down”, casualmente las canciones que cierran cada uno de los álbumes de Octafonic.
  Inevitablemente se recurrió al formulismo de los bises, aunque por la rapidez en salir y volver al escenario, lo de Octafonic haya significado solo tomarse un respiro, quedaban dos canciones por presentar de “Mini Buda”. Primero pasó “Thats OK”, tal vez la más amena desde lo melódico, aunque no exenta del toque incalificable de Octafonic, cuando los vientos guían al estribillo hacia un placidez de ribetes épicos. Y el cierre fue con “What”, otro funk metálico con idas y vueltas en tempos, vientos caóticos y un mensaje que quiebra la ironía inicial y las pretensiones de trascendencia, cuando ante las falsas máscaras y los mensajeros hipócritas, Octafonic se despide anunciando “we´re not gonna stop till it bleeds” a un paso que resulta un espejo del pogo que se ensaya frente al escenario.

  Ya con el clima apaciguado por las luces, las caras de satisfacción en el teatro en retirada, resultaban indisimulables. Aunque más de uno seguro seguía repitiéndose el “what” encolerizado, y andaba con salir por las calles a patear tachos de basura. Diga que estamos grandes para esas cosas.  







domingo, 14 de agosto de 2016

Television en el Teatro Vorterix

 Me ha pasado, felizmente, más de una vez tener dos shows internacionales con apenas horas de diferencia. Y siempre que esto ocurrió, se dio que los shows suponían climas muy diferentes entre sí, más que nada por estilos de cada banda. Eso fue lo que pasó en el salto de Pixies a Regina Spektor, y también con Pulp y Joss Stone con apenas horas entre uno y otro. El sábado volví al Teatro Vorterix que había abandonado el jueves a la noche, luego del show de PIL, para ver por segunda vez en Argentina a los Television de Tom Verlaine. Pero a diferencia de aquellos conciertos disonantes, entre estos dos se encadena una lógica fácil de percibir. Así como Lydon con los Pistols le vomitó al mundo su furia y sacudió la música pop adormecida por el virtuosismo a mediados de los '70, Verlaine desde Nueva York redefinia la etiqueta “punk” con un sonido inédito, junto a Richard Hell, los Talking Heads, y el resto de la movida del CBGB.
Después del concierto de Television en 2013 (en el mismo teatro), saber que volvían y no verlos, hubiera significado una decepción. Los tipos me habían elevado los sentidos por poco más de una hora y media y no había manera de saber que eso podía llegar a repetirse y no estar presente. Y no solo estuve de nuevo, sino que además entré temprano, puesto que me interesaba la apertura a cargo de Barbi Recanati y Gustavo Fiocchi, la mitad de Utopians.
Salieron un tanto más tarde de lo pautado y dedicaron el breve set a mostrar tres de las nuevas canciones que serán parte de “Todos nuestros átomos”, el nuevo álbum de la banda que, producido por Jimmy Rip, presentarán en el mismo escenario el 23 de septiembre. Entre ellas, “El tren de la alegría”, canción que ya circula en las redes. Después, y para afirmar su ADN garagero frente a algún desorientado que aún no los ubique, se despidieron con dos covers: “Hurt me” de Johnny Thunders y “Dancing Barefoot” de Patti Smith. Mas allá de la buena recepción por parte del público (que fue llenando la sala mientras ellos tocaban, por lo que la idea de retrasar el set resultó positiva), y de escuchar los temas nuevos, resultó muy lindo percibir la emoción de los chicos ante la banda que estaban teloneando; una inocultable como sincera admiración.
Luego sí salieron los Television y luego de una breve intro, largaron el show con “Prove it”. Si bien la vez pasada nadie salió disconforme ni mucho menos del Vorterix, sí quedó claro que por tratarse de una banda tan esperada, a muchos nos quedaron varias canciones pendientes, en especial del imprescindible “Marquee moon”. El segundo tema fue “Elevation” entonces si aquellas ausencias en el setlist significaban algún tipo de deuda, Televisión las empezó a pagar con creces la noche del sábado.
Después de “Venus”, Verlaine (bastante parco como de costumbre a la hora de las palabras) miró hacia las bolas de espejos que cuelgan del techo del teatro y comentó que le resultaban hipnóticas. En ese momento a mí me pareció hasta gracioso eso en boca de él, cuando era su guitarra la que estaba produciendo ese efecto en nuestros cuerpos amuchados frente al escenario. Y el descomunal solo en “Tom Curtain” no hizo otra cosa que corroborar esa impresión. Cada vez que Verlaine punteaba en su guiitarra, era cuestión de cerrar los ojos y sentirse volar. A continuación, el turno de lucirse le correspondió a Jimmy Rip, en “1880 or so”(del tercer disco, el menos conocido de la banda), con una impronta más rockera, pero no menos inspirada.
El de anoche sí fue un show hitero, aunque la palabra hitero sea imposible de asociar al universo Television. Pero entre nosotros, cuando digo hitero, me refiero que hubo mucho de Marquee Moon y los nombres que fui citando son prueba de ello. Además volvieron a tocar un par de temas inéditos. “I'm gonna find you”, que es un blues rural al que Verlaine canta desgranando las palabras al estilo de Dylan. Y “Persia” una excusa para un descomunal cuelgue instrumental, donde las guitarras se cruzan en un prolongado ejercicio sonoro, en donde los climas orientales guían al momento más elevado en términos de inspiración. Los punteros laser de los encargados de seguridad que procuraban desalentar a los fumadores no conseguían otra cosa que complementar visualmente el efecto que la música nos traía desde el escenario. En un momento, Tom Verlaine se arrima a Jimmy Rip y le dice algo al oído, y el gesto casi que los vuelve humanos; oírlos complementarse parecía el resultado de un telepatía a prueba de interferencias. Tan ensimismado escribo recordando ese momento sublime, que casi se me escapa nombrar a Billy Ficca, quien desde la batería guió los climas de “Persia” con maestría.
El cierre quedó a cargo de la balada “Guiding light” y por supuesto, “Marquee moon” con los músicos sonriendo de ver a la gente coreado las intrincadas guitarras, que obviamente, vuelven a lucirse en esos más de diez minutos que el vinilo original, despidiéndose en fade, les impidió gozar a los melómanos contemporáneos a la edición del disco. Parafraseando aquella desgraciada traducción del tema de Harrison del Álbum Blanco en la edición local, podría titular a ese momento “guitarra, vas a volar”.

Comencé este posteo recordando el show de Television en 2013 y en el texto que le correspondió a ese show, con vergüenza por la osadía que significaba reclamarle algo a semejantes bestias, me acuerdo que anoté a “Friction” en la columna de pendientes. Pues bien, esa fue la elección de Television a la hora de regresar al escenario y despedirse de manera definitiva. Y entonces, aún para los que nos habíamos quejado de llenos, no quedaba más que reclamar y decir. Simplemente rendirse a que aquel recuerdo idílico, había quedado reducido a anécdota por un concierto todavía más grande que el anterior. Porque solo Television puede superar a Television.

viernes, 12 de agosto de 2016

Public Image Limited en el Teatro Vorterix

El show promediaba, John Lydon le cantaba a su insatisfacción, a la impotencia de no poder hablar ni caminar, a una memoria que le resulta esquiva. Relata allí (I'm not satisfied) la meningitis de su infancia y el esfuerzo por sobreponerse a la frustración de esas limitaciones, algo que según él mismo, lo terminaría definiendo como artista, pero fundamentalmente como persona. Delante suyo, en un atril, va pasando las hojas que le recuerdan las palabras que tiene que decir, cantar, gritar. Parece una Mercedes Sosa del punk. Está algo más ancho, sus pelos coloridos tienden a seguir parados, su noz nasal es más grave pero aún conserva la virtud de conmover en cada aullido, los aritos en sus lóbulos lo vuelven un “señor copado”, y yo desde abajo del escenario, mientras marcaba el ritmo con zapatazos en el piso, me repetía: envejeció bien, John Lydon envejeció bien.
Cuando hace unos años recibí el newsletter de NME (o Spin, o Mojo, no viene al caso) en donde se anunciaba que John Lydon reunía PIL, me acuerdo que lo publiqué en mi perfil de Facebook como una de las noticias destacadas del año. En ese momento no pensé en qué era lo que Lydon le podía aportar a la música en tiempo presente, en qué podía significar en mí escuchar nueva música de esa banda, pero escencialmente jamás imaginé que esa reunión me iba a permitir la posibilidad de verlos actuar en vivo.
Desde ese momento, Public Image Ltd. publicó dos discos. El nombre del primero remite a una reafirmación de identidad (This is PIL), desde el título del segundo (Whats the world needs now) la banda se ofrece a modo de respuesta a las ansiedades y carencias de este tiempo, pero también se toma espacio para aquello de ponerse de pie a señalar eso que está mal. En ambos, el sonido que los caracterizó en los '80 y que definió al post punk, renace actual sin perder un ápice su capacidad de sugestión y encanto. Y cuando su música se apodera de un escenario, el tiempo toma la precaución de hacerse a un lado.
Anoche el show empezó puntual. Puntualísimo. Cuando los músicos se acomodaban sus instrumentos, saqué el celular del bolsillo para sacar alguna foto que grafique este post y el reloj cambiaba de 20:59 a 21:00hs. Empezaron con “Albatross” del fundamental “Metal box”. Lydon se burla de Malcom McLaren. No se olvida, sigue siendo el mismo. La banda suena bien, crea atmósferas oscuras a fuerza de guitarras etéreas y el pulso de las bases obliga al cuello a provocar un cabeceo constante y sistemático. Pero es con los temas nuevos en donde esta versión de PIL se siente más a gusto y suena más aguerrida, como en el doblete “Double trouble” y “Know now”. La versión actual de la banda incluye dos miembros que pasaron por alguna de las encarnaciones de los '80: el baterista Bruce Smith y un guitarrista con pinta de granjero desarreglado: el ex The Damned Lu Edmonds. El cuarteto lo completa Scott Firth, un bajista sesionista, de origen jazzero pero que tiene como antecedente haber formado parte de la backing band de las Spice Girls.
Fue con “This is not a love song” que el público empezó a participar con coros y sería algo que no se detendría jamás. En medio de la pista, algunos hacían lugar para el pogo, al tiempo que le gritaban a John para que comparta el vino que tenía encanutado en el fondo del escenario y al que cada tanto le dedicaba un trago. Y los ritmos disco trajeron los primeros pasos de baile. Esta vez, a diferencia del histórico show en Obras en los tempranos '90, no hubo escupitajos ni petardo, todo transcurrió con normalidad.
El setlist combinó con habilidad temas nuevos (en una proporción alta para una banda de tanto recorrido, por lo general se apela a un par de temas nuevos y apostar a los seguro) como “The one” y “Corporate”, con clásicos como “Death disco”, en donde la guitarra se aunó con las gargantas para que Lydon pudiese concretar su terapia de gritos con la que pretende saldar la muerte de su madre. Y en ese contexto de comunión entre público y banda, “The body” fue una fiesta.
Si con “Deep water” Lydon se propuso describir musicalmente el bálsamo que resultan sus paseos aguas afuera con su yate, lo consiguió a todas luces. En tiempos en los que el medio rockero local se encuentra en la picota, con denuncias de abusos y declaracaciones tan absurdas como dañinas, con “Religion” Lydon le devolve al rock el lugar de acusador. Y si de condenar abusos e injusticias se trata, el cierre con “Rise” no pudo ser más adecuado. La ira es energía, sí. Y Lydon lo sabe más que nadie.
Quedaron unos bises de regalo. “Public enemy” para el PIL más punk en términos sonoros, y el dueto con el que viene cerrando todos los conciertos de la gira:”Open up” (el tema de Leftfield con el que colaborara en la grabación) y “Shoom”, tema que también cierra el último disco de la banda.
Día de semana, salí rápido y se me fue un 42. Quería ver el partido de basquet, así que invertí en un taxi. Aunque pensándolo bien me podría haber llevado una bolsa de dormir al Vorterix; el sábado allí mismo toca Television, y el jueves que viene Octafonic presenta su segundo disco. Después les cuento, obvio.




sábado, 11 de julio de 2015

Andrea Alvarez en el Teatro Vorterix - Presentación de "Y lo dejamos venir"

A fines de 2014 se editó el libro “El agua mala” de Josefina Licitra, una crónica acerca de la inundación que se llevó puesta a la localidad de Epecuén en Noviembre de 1985. Unos meses más tarde, Andrea Alvarez eligió al mismo pueblo como escenario para la cubierta de su cuarto trabajo solista, “Y lo dejamos venir”. El por qué de Epecuén lo explicitó en su momento la propia Andrea en su sitio oficial: “documento viviente del resultado de la capacidad de corrupción del ser humano”. De la desidia, acoto yo. Del exceso de confianza ante una naturaleza que tarde o temprano nos termina doblegando. Y así como en el libro de Josefina Licitra los testimonios compilados dan cuenta de sentimientos que van desde la impotencia y el asombro hasta la bronca, el disco de Andrea Alvarez expresa a esos mismos sentimientos con una fuerza arrolladora, que los expone a sangre viva y los grita a viva voz, en otro disco de rock directo y sin vueltas, visceral.
Anoche era la presentación en el Teatro Vorterix, una apuesta interesante para un trio que no suele tocar seguido ni habitar los grandes escenarios porteños. Los viernes en la ciudad suelen ser de por sí complicados, y para lo mi lo era doble, así que llegué cerca del horario anunciado para el inicio del show. Aún así pude ver el final del set de Billy James and His One Man Band, un uruguayo que toca blues del delta con su slide guitar mientras usa sus piernas para percutir un bombo y marcar el pulso en el hi-hat. Interesante el sonido, aunque a primera escucha a mí me resultó un tanto repetitivo y lineal. No dejó de ser un buen “amenitie” para la espera del show principal, puesto que lo hice a garganta seca; la barra del Vorterix deberían clausurarla por mal gusto: apenas esa bebida que pretende ser cerveza llamada Quilmes y Fernet con Pepsi (!).
Como si para abocarse al nuevo trabajo fuera necesario calentar motores, el trio dio inicio al show con varias citas de “Doble A”, el disco anterior de Andrea, de 2008: “Alter ego”, “Calladitos”, “Doble A” y “Sapo”. Y si bien el disco aquel y el nuevo tienen muchos puntos en común, en este nuevo trío con Tomás Brugués en guitarra y Lonnie Hillyer en bajo, la propuesta sanguínea de Andrea parece haber encontrado a sus mejores intérpretes. Las premisas son claras, un riff basta para desatar la energía de una banda que toca cada tema como si fuera el último. La potencia es arrolladora, y aunque esta vez la produccción del disco corrió por cuenta propia, el rastro de Jim Diamond y el espíritu de Jack White se perciben todavía en muchos de los temas nuevos. El disco finalmente debutó con “RU fucking with me”.
Como en toda presentación (y más tratándose de una artista que ha colaborado con infinidad de músicos), hubo invitados. Conce Soares fue la primera, y es una percusionista que Andrea conoció en el proyecto “Se trata de nosotras”, un colectivo de artistas femeninas que desde Enero giran por el país concientizando acerca de la trata de personas y la divulgación del número 145 para denuncias. Y el aporte de la percusión fue fundamental para que “Olas” (de “Dormis?” 2004) tuviera un pasaje al que la guitarra de Brugués terminará por darle un tinte “santanesco”. “Se pudre todo” (un tema que ya había tenido una versión de descarga digital y que fue regrabado para “Y lo dejamos venir”) es un grito casi apocalíptico, y “Vende humo” un desafío en modo futbolero que la cae tan perfecto a un político mentiroso como a las promesas vacuas de un ex.
Aunque desde que salió “Doble A” yo dije que el grupo de Andrea Alvarez es el Pappo's Blues de nuestro tiempo, el formato trío en el rock argentino tiene en Manal a su primer gran exponente. Y no fue casual entonces que “Porque hoy nací” haya formado parte del setlist. Andrea estaba contenta y divertida. Emocionada con el lugar, con la gente que había ido, pero especialmente, visiblemente orgullosa con su nuevo trabajo. En escena, su brazo izquierdo en alto por sobre la batería al final de cada tema cuenta como un pararrayos que se extiende para recargar la energía liberada en la interpretación del tema anterior, pero es también sinónimo de victoria. De la victoria de una heroina baterista que con cada tema tema y cada golpe de tambor derriba uno a uno los mitos machistas del mundo del rock.
Richard Coleman fue el segundo invitado, que empezó participando en “Toxico”, pero que escencialmente subió para hacer “Despertándote”, el tema que cierra el disco, y está dedicado a Gustavo Cerati. Y aunque la canción resulta una expresión de incomprensión ante una ausencia inesperada, en un disco cuyo uno de sus vectores es la desidia ante los alertas, el final de Gustavo no deja de resultar una paradoja. Por cierto, nadie lo nombró, pero todos sentimos que su espíritu nos sobrevoló en ese instante. Que de tan intenso mitigó mi pena porque no haya tocado “Aleluya”, la maravilla que hicieran en conjunto para “Doble A”.
“Y lo dejamos venir” (el tema) es un blues denso, pesado, brumoso con un grito agudo como estribillo que marca el punto más alto de Andrea desde lo vocal, y que no hace otra cosa que confirmar mi cita a Pappo's Blues. Después quedó tiempo para el tercer invitado, Mariano Martinez , que participó de “Te lo juro” y “Lastima todo”. Se había hablado de Mollo como invitado también, pero aparentemente una gripe lo dejó afuera.
Hacia el final se encaminaron “Vamos viendo” y “Muerto”, de “Doble A”. “Cargué mi cruz, jugué morir, resucité y te parí. Estás muerto”. Así es todo en las canciones de Andrea Alvarez. No requiere de grandes frases ni juegos de palabras. Son expresiones brutales, honestas, tan elementales como contundentes, expelidas con una fuerza imposible de contradecir y montadas sobre riffs que desentumecen al músculo más agarrotado. Y si el disco ya de por sí es capaz de expresarlo, en vivo la performance duplica el efecto. Las piernas zapatean el piso con cada golpe de redoblante, y en la pista unas chicas chispeadas se atreven a un pogo que reparte salpicaduras de la cerveza que emana de vasos a medio beber.
“Alucinado quiero vivir” propone Pappo en “Algo ha cambiado”, el tema que Andrea Alvarez y su trio (otra vez con Mariano Martinez sobre el escenario) eligieron para cerrar el concierto. Y sí, alucinado, no había otra manera de sentirse después de semajante dosis de rock. Tan convincente resultó, que cuando las cortinas del escenario se corrieron y mientras los oidos aún no dejaban de zumbar, nadie se atrevió a pedir nada más. No solo quedaba la convicción de que la banda lo había dado todo, sino la conciencia de que nuestros cuerpos ya no podían recibir más.






sábado, 2 de agosto de 2014

Juana Molina en el Teatro Vorterix

                Anoche, cuando llegué a casa de regreso del recital, escribí en mi perfil de Facebook: Thom Yorke + Björk + Nini Marshall = Juana. Fue algo muy intuitivo y casi como para dejar testimonio de dónde había estado, y caracterizado por mi tendencia a la exageración, aún a la hora de exagerar. Pero lo cierto es que ahora cuando me pongo a escribir, vuelvo a ese capricho y casi que se me ocurre la necesidad de justificarlo. Entonces pienso en la letanía de la voz de Yorke, en “The eraser”, en la superposición de texturas y loops electrónicos. Y si se trata de la islandesa la cosa viene por los modos en el uso de la voz, en algunas palabras elegidas y pronunciadas por su sonoridad, en la modulación gutural de “Medulla” y hasta algunos gestos tribales de “Volta”. Y bueno….lo de Nini  Marshall es más que obvio, aunque de solo pensarlo se me aparezca la voz de mi abuela recordándome que “Nini Marshall hubo una sola, nene. No escribas pelotudeces”.         
                En el Vorterix el público era de lo más ecléctico a pesar de que el prejuicioso pueda imaginar un ambiente hipster. Hoy por hoy, y por suerte, ciertas etiquetas no significan limitaciones, y si uno ve una campera de Kiss en un recital de Juana Mollina, es porque la batalla está más cerca que nunca de ganarse.         
                El show empezó muy pocos minutos después de lo programado, con un teatro colmado (tuvo que agregar una nueva función para el 23) y expectante. Abrió con el tema que nombra al disco, “WED 21”, y siguió con “Eras” y “Lo decidí yo”, también de ese disco. Ella en el centro del escenario, con la SG colgando de sus hombros, un teclado, una consola e infinidad de pedales.  A su izquierda Diego Arcaute en la batería, y del otro lado, Odín Schwartz en teclados y una electroacústica. Muchos aparatos y cero escenografía. Como si en definitiva, más allá de toda la tecnología, en el fondo se pretendiera representar que la esencia de los sonidos sigue siendo la misma.
                Con “WED 21” Juana ha abandonado la preeminencia de las texturas acústicas y fue incorporando complementos eléctricos y beats más agresivos. La manera en que los sonidos son sampleados en vivo y se van incorporando a los temas permite una versión gráfica de la composición de las canciones. De las armonías que se van concretando y también desarmando, porque los recorridos son sinuosos, imprevisibles y enrevesados.  Cada canción avanza en una espiral hacia un climax sonoro que pone a todo el mundo a bailar. Un baile leve, de pequeños cabeceos de personas que tampoco se comportan de manera sincopada, sino que parecieran sumirse en la misma  imprevisibilidad de la música. En ese punto, “Un día”, del disco anterior, resulta el punto más alto, con un crescendo que eleva al éxtasis. Es fantástico sentir como el letargo bagualístico original se desvanece para reconvertirse en una catarata de beats que dejan al público a los gritos. Antes dije Björk y en ese momento yo pensé mucho en “Declare Independence”
                “Vive solo” y “Ay, no se ofendan” también pertenecen al último disco y continúan en la misma línea, y luego Juana cambia de guitarra y se adelanta en el escenario para un set más intimista. Allí aparece la versión mínima de Juana Molina, en donde su voz susurrante se vuelve frágil, y el clima se tiñe de una ligera somnolencia que se hamaca entre sensaciones angustiantes y placenteras. Eso sí, el clima se vio interrumpido durante “Curame” cuando le avisaron a Juana de un desmayo en el fondo de la sala y eso dio lugar a un paso de comedia (Juana improvisó una letra acerca de traer a la chica desvanecida al escenario que estaba fresquito), que aunque resultó hilarante, cortó con la pretensión de la artista. Incluso “Rara” sonó desubicada y la desconcentración provocó algún leve pifie. Temas “oldies” (Juana dixit) y una especie de relax para retomar el impulso rítmico.
 
                “Las edades” resulta reflexiva, y “Ferocísimo” fue  recibida como hit. “Bicho auto” fue otro momento clave en la noche (también lo es en el disco) en donde  unos teclados oscuros encierran a las guitarras de espíritu country, al tiempo que los sintetizadores construyen una vorágine sonora sin respiro que continua en una superposición de voces y sonidos, que sumadas a la música, se resuelve en un caos tan pavoroso como seductor. Por momentos, hasta surrealista. Y como si para la despedida fuera necesario redoblar el clima, el cierre quedó a cargo de “Sin guía no”, sumando angustia a todos los sentimientos anteriores. Más coros se incorporan y superponen, y la pregunta “Cuándo va a venir el día?” termina convirtiéndose en una súplica al límite de lo tolerable. El final requiere de un prolongado respiro reparador.
                Hubo bises, por supuesto, y primero escuchamos la pesadilla consumada en “Final feliz”, y un nuevo (falso) cierre con “Los hongos de Marosa” (una de las más pedidas, además de un insistente muchacho que no dejó de pedir “El perro”) en donde una especie de psicodelia  tenebrosa recompone el estado de trance al que nos había llevado el concierto. Y aunque Juana volvió al escenario una vez más para despedirse definitivamente con la culposa “Quién?”, a los efectos de un concierto cautivante, se trató más de un regalo de que un complemento.
                    Volviendo a casa, cuando me bajé del 42 pasé por una cuadra por la que casi nunca paso, pero que me encanta por el siguiente motivo: es bastante oscura, muy poco transitada y las casas tienen tantos sensores de movimiento que a medida que voy avanzando se encienden a mi paso y me hacen sentir una estrella. A veces sucede que también pasa un perro, las luces se encienden igual y me desilusiono. Pero después me consuelo pensando que también Pier llenó Obras. Bo sé si esto último tiene mucho que ver con el recital, pero en mi memoria todo forma parte de la misma noche. 


                
               

               




viernes, 6 de junio de 2014

Yo La Tengo en Teatro Vorterix

Un jueves porteño bien otoñal resultaba ideal para recibir a Yo La Tengo. Aunque yo venía de una semana movida, sin demasiado tiempo para detenerme a aclimatarme y casi que llegue al Vorterix por inercia, había algo en el ambiente que indicaba que los planetas estaban alineados para recibir a los músicos de Nueva Jersey. El show estaba anunciado temprano y mi puntualidad me llevó a disfrutar de buena parte del set de atrás Hay Truenos, la banda local que los teloneaba. Grata sorpresa, no los conocía (apenas me había informado de que son de Neuquen), y casi que la elección fue perfecta. Con su sonido que en buena parte coincide con la expansión instrumental de Yo La Tengo, pero con algunos otros condimentos interesantes. Por momentos las melodías tienen reminiscencias dark, las guitarras se complementan perfecto y cuando se internan en climax distorsivos saben manejar muy bien los volumenes y los tiempos como para no saturar y salir airosos. Por otra parte se enfrentaban a un público acostumbrado a esa propuesta, con lo cual no estar a la altura los hubiese dejado en evidencia. Fueron muy bien tratados a lo largo de todo el set y se llevaron un gran aplauso de despedida.
Bien, una vez cerrado el telón y mientras apenas se podían ver piecitos que se movían acomodando equipos e intrumentos, el Teatro Voerterix que lucía bien poblado desde temprano, terminó por completarse el límite de la sobreventa (Algo que sucede siempre allí, y presumo que si algún día alguien se toma el laburo de verdad de chequear este dato, se deberían comer un garrón. Aunque con la radio del mismo nombre cubriendo eventos oficiales del Gobierno de la Ciudad, sospecho que los inspectores no estarán muy interesados en entrometerse en estos menesteres).
Yo había visto a Yo La Tengo en La Trastienda en 2010, y aunque uno sabe que las listas de tema cambian según cada ciudad y son imprevisibles, hay un espíritu en sus shows que sí es permanente y que marcan el clima para el que uno se predispone: distorsión noise, hipnosis, belleza acústica y un rumbo imprevisible, siempre guiado por un Ira Kaplan, quien es el que lleva la voz de mando a la hora del sube y baja de sensaciones por las que va transitando el show.
Abrieron con “Stupid thing” de “Fade”, su último trabajo. Georgia Hubley estaba a cargo de una de las guitarras, y James Mcnew en la batería, sitios que intercambiaron al segundo tema. Justamente fue el último disco en el que se centró el show. Un disco que si bien continua la linea que vienen trazando desde hace unos cuantos años (en donde la primera escucha resulta más accesible para oidos desprevenidos), a mí me resultó más logrado y menos previsible que el predecesor “Popular songs”. Pero esa no fue la única premisa en un lista que entre “Fade” y “Fakebook” (1990) se llevaron buena parte del show. Porque el concierto tuvo preeminencia de sonido acústico. Y si bien hubo tiempo para la distorsión en temas como “Super kiwi” o el rítmico y casi funk falsete de “Mr. Tough”, fueron las canciones más suaves las que constituyeron la esencia de la noche de Colegiales.
“Autumn sweater” fue el primer clásico en aparecer, y a partir de “Before you run” encadenaron unas cuantas canciones de “Fade”, entre ellas “The point of it” y la encantadora “Cornelia and Jane”, con Georgia al frente. En todos los casos se trata de melodías casi susurradas, con arreglos mínimos, que cuando las canta Ira parecen lamentos y que se vuelven súplicas cuando es Georgia la que se hace cargo de la voz. La gente se contagia del clima, a tal punto que pareciera hipnotizada y se limita a una escucha pasiva. Cerca mio unos discuten por el destino del humo de un cigarrillo (la prohibición de no fumar en los boliches no se cumple, y si no la van a hacer cumplir, que la saquen. De esta manera lo único que genera son rispideces entre fundamentalistas del humo y sus víctimas alérgicas) y son acallados de manera vehemente. Otros intentan acompañar con palmas algún tema y son silenciados con chistidos. Como si nada pudiera interferir el trance que prosigue en “The one to cry”, “Griselda” y “I'll be around”. Ira cambia de guitarras, se sienta frente a los teclados, la percusión pasa de las sutiles escobillas a la firmeza de los golpes de tambor, y la banda parece reinventarse a sí misma con cada tema.
Recién hacia el final, mas allá de los climas que fueron intercalando entre los tramos acústicos y que parecieron una provocativa forma de jugar con los extremos, es en donde la electricidad finalmente gana su espacio. Un equilibrio entre un ruido ordenado y la delicadeza tensionada al límite de la fragilidad. Y allí “Ohm” es un mantra que abre “Fade” y que compila los mayores atributos de Yo La Tengo, con destino de clásico. Antes “Sugarcube” había provocado que algunos headbangers evidencien que no todo era quietud en la sala. Y el final demoledor con “Pass the hacket, I think I'm goodkind” y una linea de bajo repetida hasta el infinito, una métrica perfecta sobre la cual Ira Kaplan despliega su éxtasis de ruido, acribillando la guitarra, golpénadola con palillos de batería, mientras la abandona en un acople e intenta entrometerse entre la gente, lo cual va a terminar resultándole imposible. Fueron casi diez minutos de una espiral sonora que rompió el encanto al que los oidos habían sido sometidos durante todo el tramo previo del concierto.
Si la elección de los temas del cuerpo principal de un show de Yo La Tengo es imprevisible, los bises suelen ser un misterio aún mayor. Abrieron con la propia y calma “Our way to fall”, y pasaron a una tremenda versión de “Can't seem to make you mine”, aquel tema de The Seeds que pasara también por manos de los Ramones. Y como si ellos mismos se dieran cuenta de que para bajar necesitaban hacerlo de manera abrupta, se sumergieron en el enorme desafío de “By the time it gets dark”. Y digo enorme desafío porque la voz de Sandy Denny será inalcanzable, y entonces es en la cadencia initimista que Yo La Tengo le imprime, en donde la canción reluce diferente, pero impregnada de la misma gracia otoñal que la original.
El escenario se fue despojando de instrumentos y en la despedida, que amagó a ser definitiva y no fue tal, con el cover de Sun Ra “Somebody's in love” las armonías casi que se limitaron a los arreglos vocales. Toda ese clima se mantuvo en el segundo regreso, aunque con el agregado de una cuota de informalidad, ya que el tema de cierre lo terminó eligiendo Ira Kaplan sobre el escenario, mientras invitaba a los asistentes a sumarse a la banda. “Speeding motorcycle” de Daniel Johnston fue entonces la encargada de la despedida definitiva con Yo La Tengo convertido en quinteto.
La lenta salida de la gente, la levedad de los gestos sonrientes y conformes, casi que fueron una continuidad de lo que habíamos presenciado. Y a poco de empezar a vernos enfrascados en la euforía típica del Mundial de futbol, ese cierre mínimo y tranquilo funcionó como una especie de paso por un spa, que nos permita disponer de las energías renovadas para las experiencias que se vienen.