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miércoles, 6 de julio de 2016

Martes Indiegentes en Niceto - Valle de Muñecas, Bicicletas, Tan Frio el Verano, Usted Señálemelo

Esta fecha de los Martes Indiegentes en Niceto estuvo a punto de convertirse en un chiste de Les Luthiers, cuando (presumo que fue por ello) un partido de la selección en la Copa América la postergó para un miércoles. Por suerte (!) la burocracia municipal puso las cosas en orden: una fiesta con nombre de martes debe hacerse un martes y punto. Así que hubo que reprogramar, y entonces como Dios y Rodriguez Larreta mandan, la celebración ocurrió un martes.
Llegué a un horario en el que si se hubiese cumplido con la grilla anunciada, me hubiese dejado con muy poco de la primera banda, los mendozinos Usted Señálemeno. Considerando que uno labura al otro día, el retraso no deja de resultar un incordio, pero en términos de goce y descubrimiento musical, bienvenida la impuntualidad. Los chicos cuyanos deambulan en un electro pop, con algo de new wave, muy ochenta podría definirse a la propuesta. Van y vienen en los tempos, les gusta crear climas noise por momentos y de allí saltan al baile irresistible. Tocaron básicamente temas de su primer disco homónimo, algún estrena y tuvieron a Leo Garcia invitado en un tema. Hicieron un interesantísimo cover de “Tu nombre y el mio” de Lisandro Aristimuño y un poderoso “Cheques” del flaco Spinetta. Pero su principal virtud fueron convencerme con temas propios como “Plastilina” y “Fusión y fin”. Están grabando el segundo disco y estaré más que atento a las novedades.
El show de Usted Señálemelo se realizó en el lado B de Niceto. Del otro lado del tunel yo podía ver los reflejos en un los espejitos rectangulares de Tan Frio el Verano, la otra banda de la noche. Venezolanos ellos, afincado en Argentina, tienen una propuesta a la que le caben muchas etiquetas y a la que siempre le faltará una. Shoegaze, sí. Experimental, sí. Noise, sí. Ambient, sí. A ellos sí los había escuchado en su bandcamp y tenía muchas ganas de verlos en vivo, pero me enganché tanto con el primer show que poco puedo decir; llegué casi al final. Tocaron con sus rostros cubiertos con unas máscaras de ave rapaz y esos pocos minutos me alcanzaron para confirmar mis buenas impresiones digitales.
Las dos bandas de más trayectoria de la noche quedaron para el cierre. Primero fue el turno de Bicicletas, banda a la cual este blog le dedicó unos cuantos capítulos. Pues bien, la banda viene de celebrar su 15 años en San Telmo (evento que me perdí) y tal vez ese aniversario llevó a que el grupo recorra, dentro de un setlist acotado, temas de toda la historia de la banda. Abrieron con “Conversación” de Quema, y pegaron un lindo viaje al pasado con “Jueves” y de allí a lo último publicado por la banda hasta el momento: de “Magia amor locura animal”, “Buen muchacho”. Yo no los veía desde la presentación del disco, pero lo que percibí en la selección que eligieron anoche, que aquellas influencias de su paso por Mexico no están tan presentes en el Bicicletas del presente. Tocaron tres temas nuevos, y cada uno tiene una referencia a sus trabajos. Uno de las canciones remite a “Quema” (el tema que le da el nombre al disco lo tocaron hacia el final y fue uno de los puntos altos de receción del público, cita a “Rebel yell” incluida), otro tiene el beat de lo más bailable de “Magia, amor...” y el restante es otra cita a uno de los tópicos de la banda (además de la locura, los colores, los amigos y, por supuesto, el amor): la fiesta. Así como tocaron “Corre” del primer disco (“vamos a una fiesta en el bosque”) y “La gran fiesta”, llegó “La fiesta del zorro”, otro de los estrenos (el único al que le pesqué el nombre). Cerraron con otro clásico del primer disco: “Ojos”, paradójicamente uno de los primeros que había elegido tocar la última vez que pisaron el escenario de Niceto, allá por 2011. Por mi parte, la satisfacción de reencontrame con una de mis bandas preferidas del indie porteño, pero con el plus de las expectativas renovadas por lo nuevo que empieza a asomar.
Para el cierre quedó el show de Valle de Muñecas, del que tal vez sea del que menos tenga para decir. No por nada en particular, sino porque siguen adelante con “El final de las primaveras”, disco cuya presentación oficial tiene un detallado resumen un par de post atrás. Claro que no por eso voy a dejar de celebrar el reencuentro con canciones como “Las espadas del sol” y “Días de suerte” con las que abrieron el concierto. Dos contras tuvo el show de Valle de anoche: el horario, considerando el promedio de edad del público, que llevó a que más de uno relojee el celular y se retire silbando bajito, y la otra fue un volumen algo elevado de las guitarras, que no permitieron lucir del todo la voz de Manza. De la lista, poco para decir: muchos temas nuevos como “La cura y el dolor”, “La llave de los días mejores” e “Insomnio”, “Tormentas” (insólitamente alguien del público lo pidió después que ya lo habían tocado), algo de Menos que Cero y la energía de siempre. Las melodías que lucen bajo esa pared de guitarras y letras que van desde mínimas historias y guiños privados, hasta paisajes engañosos o que se deshacen en desierto, como en “1000 kilómetros”. Ese noise que no impide el impulso de seguir la letra como en un fogón. El cierre quedó a cargo de “La autopista que corre del océano hasta el amanecer” y “Vamos al cine”. Afuera todavía, después de más de cuatro días consecutivos, la lluvia decía presente, aunque bajo la forma de evidente despedida.
Para cerrar podría despotricar una vez más sobre la falta de apertura de un público que pareciera cerrarse a lo que le repite en la radio (quiero ser el dueño de tu corazón
en tu sillón..., verdad Bicis?) y sigue reservando a todas estas bandas maravillosas a pelear por rincones donde mostrar su música. Pero hoy no tengo ganas, que se vayan a cagar. Ellos se lo pierden.


viernes, 10 de junio de 2016

Calexico en Niceto

Decidí sobre la marcha ir al show de Calexico en Niceto. En realidad me enteré casi sobre la hora, la publicidad no abundó y una mano generosa que vendió a precio accesible una entrada de invitación me hicieron acreedor a un show al que me había resignado a perder. Pero me debía una revancha de mi ausencia en 2014, porque se trata de una banda que cuando la vi en La Trastienda, me había dejado con ganas de volver a tenerla enfrente.
La noche fria se prestaba para estar amuchados como de costumbre en Niceto pero la concurrencia no pasó de nutrida. La devaluación y el ajuste empiezan a mermar las convocatorias en los shows, y en las redes se empiezan a multiplicar las quejas para con los precios de las entradas. Pues bien, la cuestión fue que a la hora del show la concurrencia era respetable, pero distaba de la que el concierto ameritaba.
Empecé hablando de precios, renuncias y cuestiones sociales y no hay manera de no abocarse a la realidad de Calexico sin dedicar unas lineas a la amenaza de Trump. Claro, porque aunque la banda no haga de su paseo por los escenarios del mundo un alegato contra el magnate construyemuros, la comunión de la música del desierto de Arizona con los sonidos que llegan del otro lado del rio Bravo, lo vuelve una referencia inevitable. Alguna vez Milan Hlavsa dijo que sus Plastic People of The Universe jamás se habían propuesto hacer de su arte una proclama anti régimen, y que sin embargo habían sido perseguidos por la dictadura Checoslovaca porque lo que no podían aceptar era la libertad de la creación. Y en este caso, en definitiva, es otra vez el hecho artístico lo que incomoda y pone en jaque a los prejuicios de Trump. Es la música la encargada de borrar las fronteras que los fascista pretenden fortificar, y es la naturalidad con la que se expresa la que más expone la ridiculez de los prejuicios.
Calexico llegó a Buenos Aires para presentar “Edge of the sun” su último trabajo, pero la apuesta distó de reducirse a eso. Los de Tucson, que abrieron su show con “Frontera/Tigger” y es el drama y la desesperación del que busca salvarse cruzando la frontera aún a riesgo de dejar la vida lo que nos introduce en su universo. Y enseguida sí, el último disco con “Falling from the sky”. Para los que conocemos la carrera de la banda no nos sorprendemos como transitan de la cumbia a los sonidos del desierto texano. Sabemos de sus interminables referencias a Latinoamérica, que exceden lo rítmico y que se expresan en canciones como “Victor Jara hands”.
En lo que al show de anoche se refiere, comenzó en un clima íntimo que fue ganando en temperatura y que superó algunos escollos inesperados, como la rotura de la guitarra acústica de Joey Burns. Pero la sintonía con el público porteño se sintió desde el primer momento.
Calexico tiene una particularidad que para mí es su principal sello distintivo: la capacidad de transportar con sus sonidos al contexto que le dieron origen. Cuando suena el slide tiene el andar lento del viento desértico y cálido. Y las trompetas marichi en su estridencia llevan consigo el signo de una taberna en El Paso. La música retoma y profundiza el camino que abrieron Los Lobos y construye un repertorio que no se define por la fusión sino por la diversidad.
De los temas nuevos sonaron entre otros “Bullets & rocks”, “Cumbia de donde” (en el disco colabora Amparo Sanchez) y “Moon never rises”. Pero hubo lugar para todo, como “Sunken waltz”(otra vez el duro camino de alejarse de lo suyo para construir un destino en tierra ajena) y también “Soledad (cumbia en la mar)” de los también texanos Los Gallegos.
A medida que el show avanzó, no solo tomó mayor temperatura arriba del escenario sino también debajo. Las palmas, los bailes y los tarareos se sumaron a la banda, que con citas a Manu Chao y una violinista invitada sobre el escenario terminó por enamorar a su gente.
Para el final, con “Inspiración” (de “Carried to dust”) y una prolongada “Güero canelo” dejaron el escenario rápidamente con el sello de sus tips latinoamericanos preferidos. Un telón que se cerró veloz, las luces y la música de Bob Marley que ganó la pista de Niceto dejaron en claro que no había lugar para un regreso al escenario. Pero en los rostros de los músicos que abrazados se habían despedido unos minutos antes, quedaba bien en claro que el reencuentro ya comenzó su cuenta regresiva.





miércoles, 19 de agosto de 2015

Nacho Vegas en Niceto

Eran poco más de las diez y media de la noche, y Adrián Paoletti decía algo así como “si quieren ver a Nacho me van a tener que fumar a mí primero”. Sin sacarse, con prudencia y hasta casi con elegancia, respondía a la impaciencia de buena parte del público que empezaba a aplaudir de manera socarrona el final de cada uno de sus temas. Si la cosa no pasó a mayores fue porque todos comprendimos que los culpables no estaban arriba ni abajo del escenario. Y además Adrian, ni su trayectoria, ni sus canciones merecían tipo alguno de destrato. Niceto, siempre Niceto. Nadie esperaba que el show anunciado 20hs empiece puntual, pero dos sets teloneros (El Príncipe Idiota y Adrian Paoletti y los Impares) de más de cuarenta minutos y comenzados pasadas las 21hs resultó demasiado para un día se semana y un show que no convoca precisamente jovenes desprovistos de responsabilidades. Claro que la espera que a esa hora parecía interminable no solo se iba a borrar de un plumazo, sino que además un par de horas más tarde el deseo común sería que la noche no se terminara nunca.
Mi llegada a Niceto había empezado con un rápido paso por la barra y la búsqueda de un lugar que, a medida que iba entrando gente, se veía que iba a escasear. Sabía de los artistas teloneros (a más de uno lo tomó por sorpresa) así que me tomé las cosas con calma, aunque no era fácil evadirme del cinismo nervioso que me rodeaba. La expectativa era alta, por diferentes motivos no había visto a Nacho Vegas en ninguna de las dos veces que anduvo por Buenos Aires, y que para abrir el concierto haya elegido un tema de “Desaparezca aquí” fue casi como una bendición. “Nuevos planes, idénticas estrategias” es una historia dylanesca repleta de personajes palpables, escenas diarias reconocibles (otras no tanto), y el esbozo de un plan de supervivencia. Nacho Vegas en estado puro.
Camisa blanca con el cuello desabrochado, saco abierto, el pelo del largo justo para que cubra sus ojos con solo inclinar la cabeza, pose de crooner tomando al micrófono con ambas manos, hablando poco, desgranando sus historias cantadas entre una falsa apatía y la confesión sentida. Ese es Nacho Vegas, que parado delante de su ajustada banda se abocó al magnífico “Resituación” (2014) con “Adolfo suicide”, dedicada, o influida vaya uno a saber, por Adolfo P. Suarez, el ilustrador de “La zona sucia” que parece no haberle caído del todo bien verse reflejado en ese espejo. Siguió “Perplejidad” (de “La zona sucia”) y “Ciudad vampira” (otra vez “Resituación”), el influjo de Daniel Johnston (que alguna vez pisó el mismo escenario) y el reclamo porque “nos devuelvan la ciudad”.
El escenario estaba presidido por el dibujo de una guitarra que llevaba la inscripción “this machine kills fascists”. Desde “Como hacer crac”, Nacho Vegas ha sumado una mirada social a sus muchos tips, una visión descarnada de la actualidad de España y de Europa toda. Sin embargo su rebeldía y su convicción no han cambiado sus modos. Cuando canta “polvo somos, lo sabemos, y en pólvora nos convertiremos” lo hace con tal suavidad, que parece guiado por aquel precepto del Che de no perder jamás la ternura. Aunque tratándose de Nacho Vegas la máxima debería ser “endurecerse sin perder la indolencia jamás”. La indolencia con la que anuncia, por ejemplo, la borrachera que coronará el abandono de “Taberneros”. La bebida, también estará presente junto al desamor, el sexo, y una de sus muchas referencias tangenciales a una probable bisexualidad en “Dry Martini S.A.”.
Cada uno de los personajes que forman parte del imaginario film de “Actores poco memorables” podrían protagonizar una canción completa del cantante. Todos exponen sus timideces, sus conflictos y las pocas certezas que los aferran a su mundo. Él mismo, si contamos que el Nachin medio maricón y con canciones lúgubres a cuestas se presta al juego de la primera persona. Junto con “Dry Martini S.A.”, “Gang bang” fue el momento más explícitamente sexual de la noche y no casualmente estuvieron casi en continuado. Todos mirábamos y cantábamos las canciones ensimismados. Había algún tubio intento de cantito tribunero entre tema y tema, pero el clima no se prestaba para eso. La ensoñación era absoluta. Los climas del show, el sonido de la banda (en especial cuando el órgano pasaba bien al frente) hacían justicia con aquella definición del “Nick Cave asturiano” con la que se lo calificó alguna vez. Quién si no un Nick Cave ibérico puede empezar una canción diciendo “Amanecí con la única certeza de que hoy iba a morir”. “La vida manca” es el tema que mejor expresa el espíritu de “Resituación”, donde la realidad social y los desahucios se mezclan con un recorrido por rincones y refugios de Gijón, amigos, personajes, arrebatos anárquicos (“podríamos llegar a expropiar el club de regatas”), pesadillas dueñas de un humor negro pavoroso (cadaver de Miguel Bosé hinchado flotando en una psicina incluído) y un final elegido, guionado y liberador en un desparramarse hacia el Cantábrico.
Para el último tramo del show, y cuando la noción del tiempo se había borrado y en Niceto nadie podía despegar los ojos del mismo tipo trasnochado que se había subido al escenario poco más de una hora antes, sonaron “Perdimos el control”, y “La gran broma final”, el tema que en “La zona sucia” le puso música y palabras cínicas a la ruptura de Nacho con Cristina Rosenvinge. Un cierre a la medida de un concierto que a esa altura ya resultaba inolvidable.
Nacho Vegas volvió al escenario solo y la “Luz de agosto en Gijón” fue también porteña por un rato. Los músicos se iban reacomodando para cerrar musicalmente la noche mientras un asistente le servía un vaso de whisky al cantante. Después quedó el único tema ajeno del setlist (que ya ha tocado en más de una oportunidad, inclusive en Argentina), que fue “Déjame vivir con alegría” de Vainica Doble, el duo femenino español que la creó a mediados de los '70 y que Nacho presentó como un canto contra el fascismo. El cierre quedó a cargo de otra de las canciones que mejor resumen su carrera, “El hombre que casi conoció a Michi Panero”, con el tipo desnudándose con versos mientras nosotros tarareábamos la ronda de niñas del estribillo. Después nos prendieron la luz rápido, no sea cosa que nos quedemos pidiendo una más. Para eso Niceto parece que sí es eficiente.
Llegué a mi casa y como nunca (mientras picaba algo, porque el estómago también se había puesto impaciente con el horario) me puse a recrear minuciosamente la lista de temas del show. Necesitaba repasar una y otra vez un recorrido musical que seguramente formará parte de un playlist imginario que me acompañará zumbando en mis oidos por mucho, muchísimo tiempo. 







jueves, 18 de junio de 2015

Johnny Marr en Niceto 2015

Cuando hace un año y pico me fui de Niceto después del primer show en solitario de Johnny Marr en la Argentina (el evento resultaba un sideshow del Lollapalooza 2014, en el que le dieron poco espacio y lo confinaron a un horario demasiado temprano), lo hice con la convicción de que lo veríamos de nuevo por estas tierras. Era una sensación difícil de explicar, que se basaba más en una propia intuición (que a decir verdad, ha fallado más de una vez) que en la promesa del músico, pero que como expliqué en la crónica de entonces, se sustentaba en que a Johnny Marr lo seguía el nucleo “duro” de fans argentinos de los Smiths, y eso me hizo pensar que semejante tenacidad merecía recompensa. Y desde ya, con las emociones de la primera experiencia frente a frente a flor de piel, que había reciprocidad en lo ferreo de la incipiente relación.
Pues bien, pasó muchísimo menos tiempo que el imaginado, y fue la gira de presentación de “Playland” la que lo trajo de nuevo a la Argentina. Y como si aquella intuición resultara una verdad constatada por el universo, la cita se consumó en el mismo espacio: Niceto Club de Palermo. Con un clima bastante más frio que la primera vez, pero solo afuera del recinto. Adentro Niceto estaba desbordado de gente e igual de cálido que un año atrás.
En cuanto a estructura, el show tuvo casi la misma que la del año pasado. Temas propios y las canciones de The Smiths (más algún cover), mechadas en los momentos cruciales del concierto. Si alguien que fue a aquel y no a este intenta imaginárselo, le bastará cambiar un par de nombres en la grilla, reacomodar no más de dos o tres temas y listo. Poque aunque ahora los discos propios son dos, la esencia de la intención del guitarrista de Manchester parece ser incluir una presencia bien notable de su pasado más glorioso en los shows. La etapa actual de Marr lo muestra en su momento más inspirado desde la lejana separación de los Smiths, y tal vez sea esa inspiración la que haga que el combo presente/pasado resulte imposible de divorciar.
La apertura (tan puntual como en 2014) fue con “Playland”, el tema que le da título al segundo trabajo solista. Post punk en su versión más pura, que podría sonar a destiempo y que sin embargo convence de entrada. Y en seguida “Panic” provoca el primer pogo de la noche. Yo ya no estoy para grandes sacrificios físicos a la hora de vivir un show, pero la estampida me perdió entre la gente y emergí a unos pocos metros del escenario, privilegiada posición que mantuve hasta el final del concierto. Había llegado bastante sobre la hora, había pasado por la barra, y el amontonamiento me había impedido acceder del todo a la pista.
Hablando de posiciones, la vez pasada estuve en el que se supone que es el VIP, arriba y bien cerca del escenario, pero también de uno de los parlantes que me atronó y que no permitió que disfrutara de todos los detalles de la banda. En esta oportunidad sucedió todo lo contrario, y es notable gozar de un grupo que a la medida del talento de Marr, es pura energía cuando corresponde, pero muestra infinidad de detalles y exquisiteces en cada arreglo, con un sonido en vivo que es sumamente más poderoso que el que el cuarteto alcanza en su versión de estudio. Así sonaron por ejemplo “The right thing right” y “25 hours”, una de cada uno de sus discos solistas. Y esa energía se vuelve dance irresistible con la celebradísima “Easy money” y una linea de bajo que le debe su existencia a la inspiración de Peter Hook. “New town velocity” es dueña de una sugerente belleza y es una excelente decisión que sea una de los temas de “The messeger” que hayan permanecido en el setlist.
Para los ansiosos que chusmeamos los detalles de la gira no resultó una novedad, pero no por eso no dejó de ser una bendición, que Johnny Marr nos regalara “The headmaster ritual”, aquel tema que abría “Meat is murder” y cuyos arreglos de guitarra bien justifican el paso de Marr por este mundo. El bueno de Johnny entendió cómo venía la relación con el público, colgó una bandera argentina con la inscripción “Johnny genius Marr” en el escenario (regalo de fans, seguramente), se adelantó varias veces durante los solos, respondió con gestos a los elogios y esta vez no nombró a Kun Agüero, que por estos días es nuestro y solo nuestro.
El show fue breve, compacto y bien dosificado. “Back in the box” y “Generate! Generate!” nos pusieron lo pelos de punta, “Bigmouth strikes again” nos reclamó más energías, cantamos el estribillo de “The messenger”, disfrutamos de “Candidate” (tema nuevo tocado como adelanto el año pasado), volvimos a bailar con “Getting away with it” de Electronic, y despedimos a Marr repitiendo eso de que “never never want to go home” y que si esa noche era la última, nada nos importaba un carajo. “There is a light and it never goes out” es un hit, un mantra, y funciona como un mutuo agradecimiento eterno: “the privilege is mine”.
El regreso no se demoró, y esta vez Johnny Marr abandonó la pretensión de ponerse a la par de su ex compañero de juventud en “Please, please, please let me get what I want”, aunque no se resignó a abandonar a los Smiths para el primer paso de los bises. Entonces hizo “Stop me if you think I've heard this one before”. Después “Upstarts” y terminó el show en una versión de la banda más oscura, recargada de guitarras por momentos superpuestas y saturadas. Primero un cover potente de “I feel you” de Depeche Mode, casi para congraciarse con este cronista y su nuevo proyecto radial, y por último ese temazo que es “How soon is now”. Algo que se sabe desde siempre, pero que expuestos los sentidos ante una nueva escucha, es imposible dejar de repetir.
Eran 22:35hs, para los que laburamos al otro día resultaba casi ideal. Llegué a casa temprano, justo para la trifulca entre brasileños y colombianos al final del partido. Durante el trayecto de regreso un taxista intentó explicarme por qué el rock empezaba y terminaba con La Renga, pero lo que me dijo entró por un oido y salió por el otro. Podría haber contestado que el rock es “the son and the heir of nothing in particular. You shut the mouth”, pero no valía la pena. 








martes, 15 de abril de 2014

Macy Gray en Niceto

Comenzar la crónica de una noche de música que me dejó en estado de gracia con una queja resultaría muy injusto. Pero dejar pasar la conocida, repetida y a esta altura irrespetuosa manera que tiene Niceto de tratar a sus concurrentes es imposible. Uno llega a un show anunciado a las 21 hs y se encuentra que ni siquiera abrieron las puertas del local. De allí todo el desplante que quieran imaginar. Bien una vez hecha la referencia, abandono el modo Defensa del Consumidor y me aboco a lo que de verdad importa. Porque después de una espera prolongada (tampoco se van a pensar que el show empezó cuando la gente estuvo adentro) bien musicalizada y con unos tragos que ayudaron a sobrellevar la espera, asistimos a una preciosa y encantadora versión de Macy Gray que contagió al público y que a partir de una lenta y progresiva sugestión, terminó por dejarnos en éxtasis absoluto.
Los primeros en acomodarse en el escenario fueron los músicos, quienes con unas corbatas luminosas se aprestaron en sus lugares e introdujeron musicalmente a Macy, quien entró con un traje de lentejuelas brillante y una sonrisa dibujada en el rostro que no se le iba a borrar en toda la noche. Allí nomás arrancaron con el rítmico “Why didn't you call me” al que le pegaron en seguida “Do something”, ambas del disco debut de Macy Gray, “On how life is”. Los quince años de aquel trabajo inicial que la posicionara junto a Erykah Badu y Lauryn Hill a la vanguardia de movimiento llamado neo soul, que para mí nunca fue otra cosa que la incorporación de sonidos modernos a las fórmulas clásicas del ryhthm and blues, era la visita. Claro que además estaba esa voz sugerente y delicada, y un carisma irresisitble.
Rápidamente Macy Gray presentó a sus músicos, interactuó con ellos casi tanto como el público y promovió los primeros gritos (cada vez que ella contaba cuatro había que lanzar un “ahhhh” lo suficientemente fuerte como para conformarla) y dedicó los primeros cumplidos. Los presentes pasamos a partir de allí a ser sexy people y un público maravilloso. Pero todo sucedió lentamente. En ese primer tramo lo que descollaba era la banda perfecta que la acompañó, y Macy Gray comenzaba a tomar temperatura privilegiando el diálogo con el público, con su voz bien afinada, pero a la que le faltaba la soltura que alcanzó varios minutos más tarde. En ese primer tramo, el bajista Michael Torres descolló en “Still” y Macy recién alcanzó su primera gran interpretación con la balada “Glad you're here”. Y entonces, como si la cadencia soul de ese tema hubiese roto un encanto, el resto fue de una energía y ritmo inigualable.
Hubo un elemento que Macy introdujo sutilmente a lo largo de la noche y a cuyo ritmo el show ganó obviamente en temperatura: el sexo. En su gestos, en algunos movimientos, y con sus manos “masturbando” el soporte del micrófono mientras observaba tocar a sus músicos. Pero también tuvo mucho que ver el repertorio elegido para ese tramo que empezó con “Sex-o-matik venus freak”, que incluyó “A moment to myself”, “Ghetto love” y la inédita “First time”, y que derivó en una desbordante “Sexual revolution”, que demostró que para disfrutar de la explosión de Macy Gray solo era cuestión de respetar sus tiempos. Hubo momentos de lucimiento para el baterista Shay Godwin al final de “Sex-o-matik...”, y para la trompeta en “Ghetto love”. Un crescendo que culminó con la banda tocando carnaval carioca y Macy meciendo sus brazos a la par de la gente.
“Sweet baby” fue la encargada de cortar el clima, como una especie de relajación premeditada para tomar impulso hacia el tramo final. Allí se lució el piano, y luego la guitarra de Martin Esstrada (es igual al Chino Luna) en “When I see you”, en lo que fue un tramo entre dulce y romántico. Entonces el “Da ya think I'm sexy” de Rod Stewart puso a todos a bailar, y el show cerró con el clásico que todos habíamos ido a buscar, y que era el broche perfecto para celebrar los quince años de la explosión de Macy Gary, “I try”. En una versión intensa, prolongada, con todos los tips de juegos con el público repetidos hasta el hartazgo, con la cita al Marley de “Three little birds”, la gente corando el “Here is my confession, may I be your possesion....”, y un cierre a solas de la banda, que se retiró muy aplaudida, mientras la gente a pesar del lunes y el horario solo pensaba en pedir un poco más.
El regreso al escenario repitió en tiempo reducido el recorrido del show. Primero fueron unos toques clásicos del pianista, quien luego se calzó la acústica mientras la batería era cubierta con una paño para que suene apocada en “Stoned”, el anticipo de “The way”, inminente octavo album de estudio de Macy Gray. Al alegato pro marihuana (aunque fuera del escenario Macy no muestra el mismo entusiasmo por el cannabis) le faltaron las imágenes del video alusivo, pero en lo melódico le dio al show un tono más limpio y pop. A ese clima se sumó la versión semi acústica de “Beauty in the world” tarareada por todo el mundo. Y a  ese canto casi inocente lo siguió el cover de “Creep” de Radiohead, paradójicamente la más cantada por el público de principio a fin. El “I’m a creep” tenía muy poco que ver con la noche, pero los modos de Macy hicieron sentir a la confesión más como un juego perverso que una auto flagelación psíquica.
Para el final quedó “The letter”, la historia del desafío de dejar el hogar en busca de la libertad y la decepción de asumir que en realidad no hay tal cosa. El coro gospel acompañado por el público con garganta y palmas no pudo ser mejor puesta para la historia con la que Macy Gray decidió cerrar el primero de sus conciertos en Buenos Aires. La cantante se retiró saludando y dejando que los músicos se despidan de a uno, recibiendo el merecido aplauso mientras los sonidos se apagaban de a poco. En su página en Facebook, Macy Gray se presenta diciendo que quiere ser tan famosa como la medianoche, poderosa como un arma y tan amada como una pizza. Quise buscar un mejor cierre la nota, y la verdad que no encontré.
Afuera el taxista que me llevó a casa me contó que había cambiado el turno para manejar durante el eclipse. Seguro soy más que injusto con él, pero en ese momento ni me importó. A esa altura hasta me había olvidado de que me hubiese gustado oir alguna de las versiones que Macy hizo en su reinterpretación de “Talking book”.



viernes, 4 de abril de 2014

Johnny Marr en Niceto

Al final no fui al Lollapalooza. La lista de excusas es casi tan larga como la de motivos para arrepentirme. La cuestión, resumida, porque no es motivo de este posteo, es que de la grilla de ambas fechas, había dos artistas que no había visto nunca y me interesaban en particular por encima del resto: Arcade Fire y Johnny Marr. Dicen los que uno sabe que saben, que lo de los canadienses fue extraordinario. Pero un martes laboral, llegar a San Isidro a tiempo, para mí era casi como llegar a Chile, y en el mejor de los casos, pagar veinte shows y ver uno solo. El miércoles sí era feriado pero jugaba River, y como decía la campaña “en la vida hay que elegir”. Elegí y el gol de Carbonero compensó cualquier pena musical. Mi pequeña venganza sería (esto ya lo sabía de antemano y hace bastante tiempo) el sideshow de Johnny Marr; venganza que los deseos de “amo del universo del rock” de los que adolece Mario Pergolini, puso en riesgo al negar caprichosamente y sobre la hora el Teatro Vorterix. La producción actuó rápido, movieron los sideshows a Niceto y yo pasé sin culpa alguna de un miércoles cantando “el que no salta es un ingles” en Nuñez, a una cita de jueves con el guitarrista de Manchester.
Ni bien llegado a Niceto me topé con que la entrada que yo tenía para el concierto original en el Vorterix había que canjearla en la boletería, que además era la misma en la que se vendían remanentes. Media hora para entregar un papelito amarillo a cambio de uno rosa...parece que la burocracia ha copado también el rock. Dónde está Frank Zappa cuándo se lo necesita!, pensé antes de encontrar buena ubicación. Bien, una vez adentro no tuve mucha espera, algo insual en Niceto, que por lo general no respeta horarios en busca de que el público se hidrate en la barra. Será que había un evento de trasnoche o será que decidieron sumarse con timidez a la abstemia militante de Johnny. La cosa fue que apenas quince minutos después de las 9, y con un Niceto atiborrado de gente, Johnny Marr y los suyos entraron al escenario.
Para los que veníamos chusmeando lo que el guitarrista de Manchester venía haciendo, el show casi no tuvo sorpresas: abrió con “The right thing right”, uno de los temas bien “garageros” de su primer disco solista, y nos dio la pauta de dos cosas: que energía no iba a faltar, y que el volumen iba a sangrar oidos. Si bien encadenó “Stop me if you think you've heard this one before”, el primer tema de Smiths de la noche, recién fue con “Upstarts” (perteneciente a la veta brit de “The messenger”) que el público lanzó sus primeros saltos. Aunque mucha gente comentaba el show que un día antes Johnny había dado (en el insólito horario de las 15:45hs) en el Lollapalooza, se notaba que el concierto que todos esperaban era el de anoche. Digamos que la “mesa chica” de los fans presumía que sería en ese ámbito, en donde el tardío contacto de Marr con el público argentino, alcanzaría la gloria. Y vaya que no nos equivocamos.
Con “Sun & moon” y “The crack up” la banda retomó su espíritu y sonido más punk, y a partir de “Panic” el show alcanzó un estado de gracia. Hay que decir, salvando las enormes distancias, que Johnny Marr es a los Smiths lo que Skay a Los Redondos. Porque mientras Morrissey transita el camino de la masividad y el éxito, Johnny se recuesta en una ámbito de pretensión más acotada. Y a mí, que tuve la posibilidad de ver a ambos en vivo, no me costó mucho percibir que el público se sentía de verdad a gusto en esa pequeña montonera apretujada sobre el escenario. Menos histeria, y más agresividad al grito de “Johnny fucking Marr”, mientras desde el escenario se recibía la energía y se devolvía por duplicado.
Unos diez días atrás pasé por la muestra que Kevin Cummins presentó en Buenos Aires, así que “New town velocity” resultó la pincelada musical perfecta para decorar las imágenes del Manchester que las fotografías de Kevin me habían revelado, y de algua manera me sirvió para cerrar ese círculo. La adolescencia de Marr, el abandono del colegio, la arquitectura de aquella ciudad, son retratados en el que tal vez sea el tema que rankee entre lo más alto del disco a la hora de los arreglos. Y en “The messenger” la dupla de guitarras continua mostrando ese otro tipo de sutilezas (en este tramo es brillante el trabajo de James Doviak), que aunque sean interrumpidas por “Lockdown”, vuelven en el momento más denso de la noche, con “Say demesne”.
Al igual que en Lolla, “Generate! Generate!” estuvo dedicada al Kun Agüero, porque la pasión por el City no tiene fronteras (aunque sospecho que si Johnny llegara a escuchar alguno de los discos de la noviecita cantante del Kun, se olvida por completo de mezclar futbol y música por mucho tiempo). Y el descontrol se apoderó de todos con una rockerísima versión de “Bigmouth strikes again”, cuyo pogo excedió largamente a los más entusiastas fans y se prolongó a lo largo de todo el boliche, contagiando incluso a los más grandes (que no eran pocos) que se habían mantenido en una prudente pasividad. El show desbordó por todos lados, la temperatura hizo que el aire se vuelva irrespirable, y fue el bajo new wave irresistible en “Word starts attack” el encargado de cambiar empellones por pasitos de baile.
Un tema nuevo, “Boys get straight”, de frenético espíritu punk, fue la antesala para una demoledora versión de “How soon is now?”, con las guitarras al palo y una voz que por momentos apenas llegaba a oirse. El concierto se cerró con el mismo tema que Morrissey en su último paso por el país, lo que da la pauta que a la hora de allegarse a su vieja banda, sienten y asimilan parecido. Acá nadie canta “solo les pido que se vuelvan a juntar”, pero más de uno se imaginó lo que hubiera sido la voz de Mozz en semejante cierre.
Hablando de The Smiths: si hay algo en las versiones que Marr hace de los viejos temas, es que a pesar de intentar acondicionar un poco su voz a los tonos más melodiosos de su ex compañero, allí radica su principal limitación. Si bien en temas como “Panic” la fuerza y la actitud superan el condicionamiento, en otros como “Please, please, please let me get what I want” (el elegido para abrir la tanda de bises) la cosa se le dificulta. Y como si se rebelara a él mismo, el cover de “I fought the law”, lo reafirma en su crudeza vocal, mientras la banda arrasa a sus espaldas.
Siguió otra nueva, “Candidate”, con unos arreglos de guitarras que valdrá la pena oir en la prolijidad del próximo disco, y si de Manchester se trataba, “Getting away with it” (de Electronic, la banda que compartiera con Bernard Sumner de New Order), lo más parecido a un hit que hizo en su carrera post-Smiths, nos trajo el espíritu de la ex industrial ciudad del Reino Unido, y un trabajo en bajo de Iwan Gronow digno de destacar. Después había que cerrar, y no podía haber mejor despedida que “There is a light than never goes out”. Y aunque todos allí teníamos casa adonde regresar, la idea de no volvernos resultó una súplica, y el canto a la luz que nunca se apaga casi que quedó en manos (en gargantas, mejor dicho) del público que en su euforia llevó a Johnny Marr a apartarse del micrófono y limitarse a escuchar a los suyos.
En medio de las crónicas sobre el primer Lollapalooza argentino, tal vez este show termine siendo olvidado, o al menos, relegado a un segundo plano. Pero los que elegimos privilegiar (o en muchos de los casos sumar) el ámbito reducido a la experiencia, podemos inflar el pecho orgullosos.