viernes, 13 de septiembre de 2013

Living Colour en el Teatro Gran Rex

Nunca había llegado tan sobre la hora a un concierto en el centro entre semana. El bendito Metrobus 9 de julio desvió el trayecto de la puntual y veloz linea 7, y para llegar al obelisco me fui con un 26 que tuvo que atravesar Corrientes atestada de autos. Por suerte en el mundo del rock la relación con los relojes no resulta obsesiva, y cuando me acomodé en mi butaca, el escenario todavía estaba repleto de técnicos conectando cablecitos y probando micrófonos. Hasta hubiese tenido tiempo de un copetín, sino fuera porque dentro del teatro las Saladix tienen precio de caviar.
A Living Colour ya los vi varias veces así que llegué con la certeza de que las expectativas desprendidas de la lejana compra de la entrada (Abril!) no serían decepcionadas. Y eso lo afirmo aunque uno está acostumbrado a verlos en shows en estrutura similares.De hecho, más allá de los diferentes momentos en los que llegaron al país, y de los discos eventualmente editados en cercanía con esas llegadas, sus shows se sustentan esencialmente en sus dos primeros discos. Y en este caso, a poco de entrar de nuevo al estudio, la excusa era celebrar el cumpleaños número 25 de “Vivid”, su disco debut.
Recuerdo que recibí a “Vivid” como una bendición. A fines de los 80 la electrónica parecía imponerse para siempre y la aparición de Living Colour, una cruza extraña entre Led Zeppelin, James Brown y Jimmi Hendrix me volvió fan irremediable; y aquel primer disco siempre resultó mi preferido. Esta aclaración no es inocente, porque esta definición en una crónica anterior motivó la aparición de una buena cantidad de adoradores en privilegio de “Times up” que generó una breve polémica.
Ahora bien: mas allá de los shows con esqueleto similar y la previsible fidelidad al disco homenajeado, cada concierto de Living Colour tiene una característica particular, y en este caso fue una mayor dosis de blues. De por sí abrieron el concierto con “Preachin' blues” de Robert Johnson. Pero no solo por eso hago la referencia, sino también por el look de Vernon Reid. Con sus pantalones beige, el combo camisa + chaleco y su sombrero, parecía teletransportado desde el Mississippi de los años '30. Corey Glover vestía un curioso delantal amarillo, como si el show lo hiciera en un alto de su jornada como soldador. Y en cuanto a la estética, lo de Dough Wimbish y Will Calhoun estuvo más a tono con el colorido habitual de la banda.
Después de la densa apropiación de Robert Johnson, llegó el momento de “Vivid” y la apertura con “Cult of personality” produce en la sangre el mismo burbujeo que hace veinticinco años. Corey Glover empieza a desfilar por las pasarelas laterales a las plateas y la energía se apodera de un Gran Rex, cuyas butacas ofrecieron un ambiente inusual para un concierto de los neoyorquinos. Después el estribillo pegadizo y el riff cortante de “I want to know” confirmaron un rumbo, que no por previsible, dejó de ser arrollador.
La interpretación en orden fidedigno de “Vivid” hizo que quede más claro el recorrido y rumbo original del álbum. Partiendo del rock filoso a lo Zeppelin, del estallido de rumbo imprevisible de “Middle man” y “Desesperate people”, transitando entre climas diversos, y derivando en un funk de ritmo irresistible. Si el slide inicial de Reid tenía reminiscencias bluseras, ni bien uno se topa con su pirotecnia sonora, sabe que aquel espíritu fue atropellado por el convoy Hendrix del Oeste. Aún así, la versión de “Amazing grace” de John Newton, con la que introdujeron el lucimiento vocal en tono soul de Glover en “Open letter (to a Landlord)” tuvo la cadencia de un blues rural exquisito. El cantante se luce haciendo gala de su amplio registro, aunque a lo largo del concierto por momentos abuso innecesariamente de los falsetes agudos a lo Ian Gillan.
El funk metálico de “Funny vibe” mostró a la banda en el momento más expansivo de la noche, y el “Memories can't wait” de Talking Heads volvió a hacerle honor al tema que cerraba el lado uno del disco que da nombre a este blog. Con el solo de bajo en “Broken heart”, Doug Wimbish volvió a recordarme cuán equivocado estuve cuando juzgué la partida de Muzz Skillings como irreparable. Y con “Glamour boys”, que con su funk pegadizo y su estribillo metálico, tal vez resuma mejor que otro tema el espíritu de “Vivid”, la gente volvió a reaccionar de pie. Durante el puente instrumental y latino del tema, el cantante rescata a una chica de la primera fila para terminar el tema entre baile, abrazos y besos.
“What's your favorite colour baby?” rescata no solo el espíritu de James Brown desde lo rítimico, sino también en ese ida y vuelta que se produce con el público, que devuelve como respuesta a esa pregunta el nombre de la banda, a modo de reverencia. Y “Wich way to America?” reproduce la fórmula de “Glamour boys”, pero con los dientes apretados. La guitarra de Vernon Reid termina con las cuerdas enrojecidas, y el fin del disco y por lo tanto de la celebración, nos dejó a la expectativa de lo que llegaría como postre.
Cada vez que un baterista comienza un solo, la primera pregunta que me hago es si es necesario. Más aún cuando la performance de Will Calhoun a lo largo del show no requiere de semejante despliegue de destreza para merecer reconocimiento individual. Sin embargo Will construye su solo como si fuera un tema. Se escucha una voz a la distancia, como un pregón que trae el viento, y a partir de allí oimos diferentes pasajes que suman la electrónica, y su característico show circense con los palillos iluminados en un escenario a oscuras. Después regresa la banda y con “Bi” (temazo de “Stain” - 1993) y “Love rears it's ugly head”, el concierto se cierra con citas a los dos discos que suceden a “Vivid” en la primera etapa de vida de la banda.
Para los bises la gente pedía a gritos “Elvis is dead”, pero Living Colour decidió despedirse con dos covers tradicionales en sus setlist. Primero “Sunshine of your love”, y el ingreso al escenario de Tarja Turunen, la ex Nighwish, quien desde 2004 pasa buena parte del año como vecina del barrio de Caballito. El registro soprano y los modos operísticos de Tarja le resultan tan extraños al clásico de Cream como la voz de Pity Alvarez a un cover de Evanescence. Pero Tarja es grande, corrige sobre la marcha, acomoda su voz a duo con la de Corey Glover, y el duelo de agudo con el que cierran la versión vale por sí solo el experimento. Aún así, la despedida de la cantante finlandesa no estuvo excenta de ironías, y un pibe al lado mío la saludó con un “Chau maría Marta”, con obvia referencia a la Serra Lima.
Si bien “Should I stay or should I go” nos entregó la energía de siempre, las butacas conspiraron contra el imprescindible pogo en el estribillo hardcore, aunque no consiguieron limitar a Corey Glover, que se paseó por las pasarelas y pasillos de toda la parte baja del teatro. Cerraron todos saludando abrazados, y mientras yo caminaba buscando una salida, pues descreía de que alguno de los palillos de batería o de las púas arrojadas en la despedida pudieran llegar a la parte alta del Gran Rex, lo hacía con la convicción de que ver a Living Colour en vivo es más seguro que jugar al PRODE con una tarjeta de trece triples.
El frío, la llovizna y la hora, me ahorraron la posibilidad de volver a putear al carril macrista sobre la 9 de julio y me subí rápido a un taxi. Mi agenda incluye a Bruce Springsteen el sábado, y había que descansar y cuidar la garganta.

(Las fotos pertenecen al facebook oficial de Living Colour)

martes, 13 de agosto de 2013

Peter Murphy en el Teatro Vorterix

“Someone shot nostalgia in the back” cantaba hace años David J en aquel poema lírico de los 80, “Who killed Mr. Monlight?”, tomando por asalto la condición de voz principal de Bauhaus. Y Peter Murphy se adueña del nombre de aquel caballero, que parecía escapado de un poema de Poe en tono de sonata, para celebrar los 35 años del nacimiento de aquella banda, con el “Mr Moonlight tour”. Nostalgia por la espalda, sí. Pero con un tono especial; revitalizada y auténtica. Murphy nunca hizo abuso de su pasado con la banda, y cuando tuvo ganas de rescatarla y las condiciones se dieron, directamente la reunió. Pero en los últimos años sus shows solistas incluyeron algunos de aquellos clásicos, y el calendario a veces es una buena excusa. Entonces mientras el británico prepara su nuevo disco solista, aprovechó para traer a Buenos Aires (después de sus primeras visitas de 2009 y 2011) algo de la gira de reunión de Bauhaus de mediados de la década pasada, y que los porteños no pudimos llegar a ver.
Los resultados electorales del domingo habían rescatado mi lado más oscuro y pesimista, y nada mejor para hacerle frente a la sonrisa falsa y en éxtasis cocainómano de un adicto al auto robo, bajo el dominio de una dama con la sonrisa de Blancanieves y el espíritu de Herminio Iglesias, que sumergirme en el ambiente dark que venía a proponer Peter Murphy. Por ese motivo, entre las ofertas musicales de la semana, los 35 años de Bauhaus pudieron más que el blues texano de Joe Bonamassa.
Ni bien llegado al teatro sufrí una primera decepción: al comprar la entrada en el momento, no te daban ninguna oficial, sino un papelito con una X dibujada, que el tipo de seguridad te pedía al entrar, y que guardaba en una botella de plástico cortada (???). Yo acostumbro guardarlas como recuerdo, así que esta vez no pude. Pero eso es lo de menos, porque...de pagar impuestos, ni hablar, verdad Pergolini? Sumado esto a que si la capacidad del teatro hubiese desbordado (cosa que no sucedió) nadie podría explicar el por qué de la mayor cantidad de personas que las permitidas. Después cuando las bandas internacionales cancelan por la falta de profesionalismo local, los productores se quejan. El problema además, en el caso del dueño de este teatro, es que cacarea profesionalismo en cuanto micrófono accede.
Entré sobre el final del set de Flood of Tears, la banda local que hacía las veces de telonera. Tienen ya un buen trayecto recorrido, tres discos y el antecedente de haber tocado con Wayne Hussey. Sonaban interesantes, pero al cantante (canta en inglés) no le entendí una sola palabra. Por suerte el cierre con “I believe in miracles”alcanzó para tararear un poco de las lineas que el cerebro no necesita decodificar. Luego de una breve espera, durante la cual se llenó un teatro que en principio se veía con demasiados claros, se abrieron los cortinados para que Peter Murphy y su banda comenzaran el concierto con el clima hipnótico y espiritual de “King Volcano” y “Kingdom's coming”, para luego golpear por primera vez con las guitarras con “Double dare”.
Con su tono barítono intacto (aunque muy bien apoyado por los efectos desde la consola) y su figura imperturbable, este cincuentón que solo denota rasgos de su edad en algunas grietas en su rostro y unas entradas considerables en el cabello, consumó en una hora y media un auténtica misa pagana, en tributo a su pasado musical. Desde el vamos estaba claro que el recuerdo nos iba a traer una catarata de canciones adoradas (con Bauhaus es muy difícil hablar de hits), pero lo que sorprendió es como puestos en manos de su banda actual, esos temas sonaron vigentes y hasta rejuvenecidos. Y está claro que acá corresponde un temprano reconocimiento de su banda.
El bajo estuvo a cargo de Emilio China, quien además es violinista, y tiene antecedentes de colaboraciones con artistas tan disímiles como John Medeski y Philiph Glass. La guitarra estuvo a cargo de un viejo conocido: Mark Thwaite, quien formara parte en los '90 de otra gran banda gotica, de buena acogida en los escenarios porteños: The Mission (además tocó con Tricky, entre otros tantos). Pero el alma de la banda (algo que el mismo Peter Murphy reconocerá al momento de presentarlo) es el baterista Nick Lucero. Mas allá del antecedente de haber grabado con QOTSA en “Rated R.”, su pulso preciso, y la facilidad con la que aplica técnicas dubstep a las bases, lo convierten en el real lider musical del grupo.
Con “In the flat field” se escuchó el primer estallido del público, en “Boys”, un misterioso Peter Murphy escanea con una linterna de leds frios los rostros de sus músicos, “Silent edges” nos devolvió al clima místico, y en “Endless summer of the damned” (única cita a “Go away white”el disco de reunión en 2008) la garganta de Murphy se desgarró en cada grito atronador y desesperado. Peter Murphy y sus ojos abiertos como huevos duros canta cada tema con oscuro histrionismo. Se dobla, se retuerce, se inclina hacia el público y por momentos transmite la impavidez de un sepulturero, en otros se protege de la luz acechante como un vampiro, y a veces actúa como en pleno trance exorsista. Canta, dice, relata sus letras con tono misterioso, y señala hacia un punto difuso, que puede ser un rumbo a seguir, una alerta de amenaza celestial, o simplemente la nada misma.
La gran sorpresa fuera del repertorio Bauhaus, fue “A strange kind of love”, bellísima balada de su disco “Deep”, durante la cual Emilio China se luce con su violín eléctrico, y Murphy se cuelga por única vez una guitarra acústica. Y ese tema dio inicio al mejor tramo del concierto, porque continuó con el lúgubre clásico “Bela Lugosi's dead”, y el faro de luz espectral apuntando en el rostro de Murphy, el irresistiblemente bailable “Kick in the eye” y otro clásico: “The passion of lovers”. Ya con Peter Murphy sumando otra guitarra, el escenario se llenó de energía eléctrica con “Stigmata martyr” y la tremenda “Dark entries”. “If only for the old times, don't go waving your pretentious love” vocifera la garganta de Murphy, que repite hasta desgarrarse el “pretentious” de manera indefinida y agónica. Y como si fuese consciente de que con semejante nivel de energía resultaría imposible abandonar el escenario, “Severance”, el exquisito cover de Dead Can Dance que Bauhaus grabara durante la efímera reunión de 1998, resultó una despedida en forma de delicada catarsis.
Para los bises la banda retornó recargada, y “She's in parties” (por mi parte, la más esperada) hizo que Murphy se arrime al público para ponernos a cantar el estribillo, estirando su brazo hasta lo imposible y dejando el micrófono por encima de las cabezas, mientras la guitarra sonaba como si los '80 no hubieran terminado nunca. Y la noche cerró con dos covers: “Telegram sam”, una rockera manera de citar al glam de T-Rex, y el clásico ajeno que también es su clásico por excelencia “Ziggy Stardust”.
Afuera hacía frio en serio, así que el 42 que me esperaba a la salida del Vorterix resultó casi una bendición. Pasé por la Chacarita con la voz del que tal vez sea el mejor intérprete vivo del espíritu de Ian Curtis dándome todavía vueltas de tal manera en la cabeza, que hasta daban ganas de quedarse a pasar la noche en el cementerio. Pero el estómago sabía de las empanadas caseras que me esperaban, y por otra parte no hubiese podido soportar los reproches del General Perón observando como su más maravillosa música, empieza a desafinar de nuevo.

viernes, 19 de julio de 2013

Nubes en mi Casa y Sobrenadar en La Oreja Negra

Por cuestiones en las que no voy a entrar en detalles, últimamente las cosas no me están saliendo del todo bien. Dios debe andar enojado conmigo por mi manía de negarlo, o qué sé yo. Pero la cuestión es que más allá de algunos contratiempos personales, sumados a problemas cotidianos menores, pero que en su sucesión no hacen otra cosa que sumar fastidio, yo no andaba con ganas de mover el culo la noche de un jueves de invierno. Y en ese contexto, si me hubiese llegado un mail de una banda punk llamada Suicidas Reincidentes invitándome a la presentación de su disco “Los hermanos Schoklender le cantan al amor”, hubiese sentido que el mundo por fín me comprendía. Pero no; la banda no existe (quiero creer), el disco mucho menos (quiero creer más aún), y lo que recibí fue una invitación de los Nubes en mi Casa para su show en La Oreja Negra. Para los que siguen el blog recordarán la buena impresión que me dejaron en el poco tiempo que alcancé a escucharlos teloneando a Cat Power en el Coliseo, así que sabrán de donde viene mi curiosidad. Pero para ser honesto, el envión que me llevó a aceptar la invitación tuvo menos que ver con ese recuerdo que con una repentina intuición de que era la oportunidad para que el universo se empiece a recomponer, al menos el mío. Por todo esto, este post puede convertirse en un crónica de mi noche, la cual incluyó a una banda llamada Nubes en mi Casa, más que una crónica sobre su show. No estaría bien que así sea, así que intentaré evitarlo. Un par de párrafos más adelante sabremos si lo logré.
Llegué a La Oreja Negra y mientras elegía el tapeo y el vino encargados de saciar las necesidades menos espirituales, en la pared de mi izquierda Dennis Hopper encerrado en un placard espiaba a Isabella Rosellini mientras ella se desnudaba. “Blue velvet” no podía ser mejor augurio, y aunque el peinado de Isabella en esa película resulte un atentado terrorista, la cita a los '80 no sería una referencia fuera de lugar en la noche.
Nubes en mi Casa me seduce desde el nombre. Enterarme que proviene de un tema de Voivod no va a cambiar mi opinión al respecto. Me remite a George Harrison, pero también a Vox Dei, por aquello de encerrar a las nubes. Y ni siquiera la idea de (mal)pensar el nombre como matáfora sobre un cuarto lleno de humo marihuano le quita poesía a la imagen. Y además cuando uno ve la banda en escena, en seguida se da cuenta de que ese nombre les cae perfecto. Arrancaron el set con “Cuenta”. “Yo me aburro de lo absurdo y prefiero derribar tu juego” canta Josefina Mac Loughlin (a quien conocía por los temas que grabó con Entre Rios), haciendo un enorme esfuerzo por vencer una angina inoportuna, que no logró opacar su performance. El sonido prolijo y los detalles delicados que motivaron mi atención aquella noche en el Coliseo fueron apareciendo de a poco, y de a uno fueron confirmando de que no me había equivocado. “Cuerpo” fue el segundo tema de un set breve, pero encantador.
Antes dije que los '80 no serían una referencia desubicada, y “Después” es lo que confirma esa apreciación. La película de David Lynch es del '86, y poco antes (Noviembre del '85 para ser preciso) se editaba “Psychocandy”, el disco de The Jesus and Mary Chain desde el que los hermanos Reid parecen inspirar a la guitarra con la que Hernan Dadamo acompaña la melodía de la canción. Esta fórmula se repetirá en “Acostumbrados” y a mi juicio es, dentro de una propuesta variada, lo que mejor le sienta a Nubes en mi Casa. Las canciones por momentos tienden a un clima melancólico, pero si uno afina los sentidos los colores y las luces no tardan en aflorar. “Me suelto y vuelvo”, su segundo disco los descubre maduros y confiados, y en vivo la banda consigue transmitir cada sensación pretendida en las pistas grabadas.
El intenso y logrado final de “Los gigantes”, la dulzura pop de “Aceleremos”, y la bella melodía de “La ventana” (canción que los llevó a rotar en Club Fonograma) se fueron sucediendo para redondear el concierto precioso y delicado que fui a buscar. Cerraron con “Mareo”, incluída en la banda de sonido de “Voy a explotar” de Gerardo Naranjo, y que permitió al grupo hacerse de un lugarcito entre los oidos mexicanos. Para cuando volvieron para despedirse definitivamente con el optimista “Ser feliz”, mi botella de malbec estaba lo suficientemente vacía como para dedicarles un brindis a tono con la melodía.
Aunque yo fui a ver a Nubes, la noche musical venía por duplicado. También tocaba Sobrenadar, el proyecto solista de la chaqueña Paula García, quien tocó acompañada de un muchacho todo vestido de jean, a quien no presentó, al que googleando supe que se llama Javier Medialdea, y que es dueño de un look que a Federico Moura le hubiese fascinado. Sabiendo que los iba a ver, había buscado alguna info previa en internet y lo que había encontrado me había abierto expectativas que no llegué a confirmar. Pero ojo, que esto no se entienda como una crítica, porque como dice el profeta Diego Peretti: en este caso no sos vos, soy yo el del problema. La propuesta no estaba a tono con mi ánimo (mucho menos después de la cena y el brindis) y siento que me perdí la oportunidad de disfrutarla como se debe. Las melodías tienen una ineludible impronta dream pop, que por momentos me remitió a esos primeros y extraordinarios discos de Lush. Pero en lugar de guitarras, con dos laptop. Definitivamente Paula sabe trabajar los arreglos, la electrónica no se vuelve fria en ningún momento. A las letras no llegué a entenerlas, cosa que a decir verdad, no me hubiese importado tanto de haber tenido ganas de ser hipnotizado y no seducido. Ese susurro débil con el que Paula García dice las melodías es tan indispensable como coherente en la propuesta. Ya lo dije antes: era yo el del problema. Mientras escribo suenan algunos temas del bandcamp de Sobrenadar y mi inicial juicio indiferente lentamente se va revirtiendo. A esta altura podría llegar a decir que tal vez se trate de música más para escuchar en casa que para ver en vivo, pero no quiero meter la pata de nuevo. Con lo que a mí me gusta Cocteau Twins, la posibilidad de tener en Paula una Elizabeth Fraser vernácula, me entusiasma de sobremanera. Así que los invito a que como yo abramos los oidos a Sobrenadar.
Al final de la noche, y mientras la avenida Córdoba sufría un embotellamiento impropio para la hora, aquella intuición inicial se había confirmado. El universo (el mío al menos) empezaba a recomponerse. La almohada se encargaría de terminar el trabajo que el menú de La Oreja Negra, y la música de Sobrenadar y Nubes en mi Casa había comenzado. Ahora falta que se vaya el frio, pero el invierno es un enemigo dificil. Toneladas de combustible fosil quemado a diestra y siniestra aún no consiguen terminar con las olas polares que nos azotan.

sábado, 29 de junio de 2013

Pedro Aznar en el Teatro Gran Rex: Mil noches y un instante


                La decisión de ir a ver a Pedro Aznar la tomé medio a las apuradas y empujado por mi mujer.  Desde ya que me interesaba, pero uno no tiene tiempo y dinero para todo, y pensé que podía perdérmelo, más estando sobre la fecha del show sin lugar asegurado. Costó conseguir asientos contiguos y encima para retirar la entrada, el destino me colocó en la insoportable situación de tener que lidiar con casi un centenar de enajenadas pugnando por una entrada para ver a One Direction, cuyos tickets empezaban a venderse justo ese día.  Pero salí vivo de allí, y anoche 21:30hs estaba sentado en mi butaca en el Gran Rex.
                En primer lugar se proyectó un emotivo corto de la Fundación Itineris, que bajo el lema “No somos tan distintos” realiza talleres de capacitación institucional en discapacidad. Los mismos chicos participantes en los talleres repartían a la entrada unos señaladores aleccionadores al respecto. Prueba de que cualquier oportunidad de convocatoria masiva (el teatro estaba repleto) siempre puede servir para concientizar. Después empezó el show, el cual, según se anunció por micrófono, fue grabado para la futura edición de un DVD.  Pedro Aznar apareció solo con su guitarra colgada haciendo “Claroscuro”, de su disco “Quebrado” de 2008, y luego en acústica citó dos diferentes pero emotivos momentos spinetteanos (el proyecto “Puentes amarillos” dejó huellas en el repertorio de Pedro que presumo que no van a perderse jamás): “Que ves el cielo” primero, y esa monumental obra que es “Cantata de puentes amarillos”, un tema que ni el flaco tocaba en vivo, y que fue acompañado por imágenes de cuadros de Vincent Van Gogh y fotos de Antonine Artaud en la pantalla.
                La idea del show era que Aznar toque solo haciendo un compendio de su propia música (incluso estrenando temas) y la que lo marcó a lo largo de su vida. En clima íntimo pero de gran calidez, la noche tuvo dos segmentos especiales dedicados uno al folklore y el otro a los Beatles. El leit motiv del show “Mil noches y un instante” fue explicado por Pedro como una manera de resumir los innumerables shows dados a lo largo de su vida, y ese instante particular y único que significa cada uno. “Este puñado de canciones atraviesa años de amor a la música en una sola noche. Y el alma de esa noche florece en un instante” citaba Aznar desde el programa que se entregaba contra la infaltable colaboración “a voluntad”.
                Mas allá de la amplitud abarcativa que pretendía el concierto, Pedro Aznar lo supo ordenar muy bien, y cada tramo en particular fue dosificado en climas que lo llevaron desde la hipnosis absoluta hasta la más paralizante admiración. A Spinetta le siguieron tres temas de “Ahora”, su disco del año pasado;  y es en la delicadeza y  pequeñez de una canción como “Pensando en vos” en donde Aznar lleva a que uno se olvide por completo del talentoso y virtuoso instrumentista que es, para pensarlo únicamente como un magnífico cantautor. Pedro contó como una especie de retiro creativo en Mar de las Pampas dio origen a las canciones de ese disco y uno no puede dejar de someterse a la sensación de que cada uno de esos momentos y climas están presentes y son contagiados en cada interpretación. Después  llegó el primer estreno, “Perdón”, una canción que Aznar concibió para dos bajos y voz, y que para tocarla graba primero en vivo la armonía en el primer bajo, y luego la dispara para sí hacerla completa, con sus dedos entregando en el bajo mínimas dosis de su viejo estilo “pastorius”.
                Dentro de lo que suele ser el repertorio de Pedro Aznar, el tramo folklórico resultó el más inusual, y (aunque no necesariamente por eso) el más sorprendente. Un encuentro en un festival con Teresa Parodi llevó a que esta le entregue una letra a Pedro, para que se convierta en “Rio secreto del alma”, estrenada anoche. Y  tal fue el entusiasmo de Teresa con el resultado, que la idea se concretó por duplicado: una segunda letra (“Laura, la del estero”) tuvo música de Aznar, y en la interpretación apareció la mismísima Teresa Parodi sobre el escenario (Teresa abandonó por unos minutos su propio show en Salta y Resto para correrse hasta el Gran Rex y cumplir con Pedro). Después juntos hicieron “El otro país”, un clásico del repertorio de la correntina.  Y aunque Teresa Parodi se volvió a su show, el clima litoraleño permaneció en el escenario con “El cosechero” de Ramón Ayala.
                Para “Si llega a ser tucumana” la implícita dedicatoria a Mercedes Sosa se concretó con imágenes de ella en la pantalla. Y el tramo folklórico incluyó al segundo invitado: Abel Pintos (cuya presencia provocó gritos histéricos impropios en un concierto como el de anoche). Juntos hicieron “Zamba para olvidar” y después “A primera vista”, el hermoso tema de Chico César al que Pedro ha elevado hasta lo excelso. Todo ese tramo se cerró con otra cita spinetteana, y  Aznar solo haciendo “Barro tal vez” y un cierre vocal que arrancó aplausos.
                Para el tramo Beatle Pedro Aznar varió entre climas acústicos despojados (“Blackbird”, “Michelle”), con la guitarra eléctrica (“Strawberry fields”) y el teclado (“I’m the walrus”, “Lady madonna”). Pero sin dudas el momento cúlmine fue con “Because”. Allí Pedro contó desde la anécdota que da origen al tema (Yoko tocando la “sonata claro de luna”, y Lennon pidiéndole que la toque invertida) hasta como el encanto del tema radica en la superposición de voces y armonías. Entonces para hacerla en vivo Aznar la toca tres veces: primero con guitarra, luego con teclados y finalmente con bajo. Cada interpretación se suma  por sobre la anterior grabada, y cuando el resultado final se concreta, uno comprende que no solamente presenció una enorme interpretación, sino fue testigo de la “cocina” del tema, de la creación de los arreglos, la superposición de armonías y texturas, cosa que suele quedar reservada a las paredes de los estudios de grabación. Sin dudas lo mejor de la noche.
                Dos músicos argentinos más fueron citados: Andres Calamaro con “Media Verónica”, y Gustavo Cerati con “Lisa”, mientras sus imágenes en la pantalla provocaban la emoción que inevitablemente surge cada vez que su música nos recuerda el limbo impenetrable en el que se encuentra suspendido.  “Quebrado”, con eléctrica, y “While my guitar gently weeps” cerraron el concierto que la gente no dudó en saludar de pie.
                Los bises fueron un compendio en miniatura del show madre. “Todo amor que exista en esta vida” de Cazuza , y su magnífica letra (“Y ser artista de la convivencia por el infierno y cielo de los días. Por la poesía que nunca se vive, transformar el tedio en melodía”). Después “Quedándote o yéndote” de Spinetta. Y mientras Aznar consigue sumar más hermosura a lo ya de por sí bello, yo pienso que tal vez ese fue el último legado del flaco Spinetta: que su partida haya animado a Pedro Aznar a apropiarse de sus canciones es un regalo inmenso al que la vida nos permite ser testigos. Quedó para el final esa “nana” beatle que es “Good Night”.
                “Aquí estamos. Una noche entre mil. Un instante irrepetible.” reza el programa del concierto. Y al salir del teatro uno comprende que el objetivo fue conseguido con creces. Porque no solamente Pedro Aznar convirtió a la noche del 28 de junio en un instante  mágico, sino que cada canción fue magia en sí mismo. Despojarnos de a poco.  Ir de lo grande a lo pequeño, y de lo externo a lo interno. Llegar a lo más pequeño y aún después a lo mínimo. Del momento al instante, porque allí es donde radican el alma y la esencia de las cosas. Y vaya si Pedro Aznar consiguió plasmarlo sobre el escenario.
               


sábado, 15 de junio de 2013

Me Daras Mil Hijos en Sala Siranush - Presentación de "Santo Remedio"

Me resulta raro armar una crónica de lo que fue el concierto de anoche de Me Darás Mil Hijos en la Sala Siranush porque al tratarse de la presentación de un disco al que no había escuchado, salvo algunos adelantos on line, los dedos tecleando me tientan a convertir esta crónica en un juicio sobre el disco en sí mismo. Porque aunque ambas cosas van de la mano, no necesariamente tienen que ser lo mismo. Sin embargo es imposible desprenderse a la hora de contar del primer impacto que las nuevas doce canciones de la banda producen, a medida que uno las va descubriendo.
Empiezo por retrotraerme unos años atrás, más exactamente a la noche del 3 de diciembre de 2009, en un Niceto repleto, con Me Daras Mil Hijos celebrando el final de la gira de presentación de “Aire”, su último trabajo hasta ese momento. La fecha me resulta imposible de olvidar, porque un día despues el flaco Spinetta repasaría toda su carrera en el inolvidable concierto en Velez. Y porque a pesar de la maravilla que sucedió una noche más tarde, perduran en mi memoria las imagenes intactas de ese jueves con Leonora Arbiser acomodando el acordeón por encima de su panza de embarazada y Kevin Johansen sumándose a la fiesta. Luego llegó un parate, un grupo transformado en quinteto y la concreción de “Santo remedio”, el disco al que fuimos anoche a escuchar completo por primera vez.
No conocía la Sala Siranush, había estado un par de veces a punto de ir, y por un motivo u otro no había podido hacerlo. Ubicada en el Centro Armenio en Palermo, entre un templo y el Colegio San Gregorio, resultó ser un lugar más que acogedor. Aunque la espera en la noche fría coincidió con una reunión en el patio del colegio, y mientras olíamos los aromas que llegaban desde las brasas daban ganas de olvidarse un rato de la música y arrimarse a la parrilla, la expectativa estaba dentro del teatro. Un recinto hermoso, con tres arañas dignas de museo y el público acomodado entre silloncitos y mesas, en las que puede disfrutar de una tabla armenia, quesos o pizzetas, y una copa de vino mientras disfruta del concierto.
A raíz de que, salvo algunos privilegiados, nadie había escuchado el disco, Me Daras Mil Hijos decidió iniciar el show tocándolo completo y en continuado (Qué cosa curiosa son las referencias que trae la mente, la última vez que recuerdo haber vivido una experiencia parecida fue con Spinetta y su “Para los árboles” en el Gran Rex). Sin nerviosismo, con orgullo y fe en esas nuevas canciones, la banda encaró cada uno de los nuevos temas como una auténtica reliquia. A medida que fueron pasando, cada una pasó a incorporarse a ese repertorio atemporal que consigue que cada nueva melodía pareciera haber existido desde siempre. “Algo del río” es remanso folk, que más tarde se vuelve pura sangre litoraleña en “Pasillo hacia el río”. En “Merienda” la angustia tensionada de una separación es cubierta por una bellísima melodía piadosa que pareciera sanar las almas de esos dos rendidos que se dirimen entre gritos y suspención. Y así pasan los temas mientras el grupo suma invitados que suben al escenario para enriquecer el sonido. Los coros de Pelu Romero, el piano de Horacio Gomez, el violin de Christine Brebes se suman a Gaspar Tytelman (percusión), Fede Ghazarossian (contrabajo), Santiago Fernandez (guitarra, cavaquinho), Gustavo Senmartin (guitarra eléctrico, acordeón) y Mariano Fernandez (guitarra y voz), y arman una especie de peña que hace de la presentación del disco una ceremonia que contagia cada uno de sus climas.
La música de Me Daras Mil Hijos, de impronta rioplatense pero de expansión ilimitada, tiene una característica que a mí es lo que más me impacta y rescato: las canciones hablan de rutinas reconocibles. De desayunos, siestas, trabajos, anécdotas que parecen llegar desde otro tiempo y lugar, pero que sin embargo son presentes y tangibles. De anécdotas ajenas que contadas en su sencillez pueden volverse propias De música llegada desde una radio a válvula sobre un mueble destartalado, de una tazón de leche mirando la, ahora improbable, escarcha citadina en la vereda. De recuperar aromas e imágenes que cruzan puentes imaginarios con el ahora, y de percibir como esas reminiscencias abandonan el pasado para covertirse en un cálido presente. De saber que a la hora de atesorar momentos y de construir rutinas, no somos tan distintos que nuestros abuelos. Y que la vida se celebra hasta en los momentos más imperceptibles y menos valorados. Por eso Me Daras Mil Hijos contagia la alegría de levantarse temprano a trabajar “para que mis hijos tengan lo mejor” (“Tempranito”), la inocencia infantil de “Canción desordenada”, y el voluntarismo optimista de “Esta no es una canción de amor” (Si hay que remar, yo remo. Si hay que nadar, aprendo. Si hay que esperar, espero. Si hay que volar, me suelto). La música de Me Daras Mil Hijos sana el espíritu, y por ese motivo “Santo remedio” es un nombre perfecto para el disco.
A mi juicio los dos puntos más altos (en realidad son tres, porque también incluyo “Merienda” a la que ya cité) son en los que participan los dos invitados que anoche estuvieron ausentes. “El inadecuado”, en donde el recitado de Daniel Melingo entrega algunos versos gloriosos (Los fantasmas no sangran, sangran los inadecuados. Los de la muerte romántica, poética, ególatra. Los que ruedan cuesta abajo en lugar de avanzar. Los que ven el abismo como quien mira al mar y comentan: qué lindo che...parece una postal). Y en el cual un slide delicioso acuna una historia espectral que parece escapada de una película de Wenders. Y “El reflejo”, en el que Liliana Herrero suma su voz para una canción que cierra el disco en un círculo volviendo al clima orillero, melancólico y en el que la espera de la lluvia para limpiar los espejos es tan palpable que hacen de la canción un cuadro pintado a fuerza de trazos de melodía y verso.
Una vez terminada la presentación de “Santo remedio” llegó el momento de abandonar las novedades y finalizar el concierto con las gargantas de la gente acompañando los clásicos reconocibles. Primero desde “Un camino, algún lugar” con “Ojos verdes”, un “Sueños de autostop” adivinado por una chica del público (que motivó una ironía sobre el setlist filtrado en wikileaks), y “Luna vieja”, con una gran performance de Horacio Gomez al piano. Después “Canción rota” de “Aire” y un viaje de más de diez años hacia al disco debut, con “Virgen de acero”. Por último “Invierno” haciendo honor al clima de afuera que después de una semana templada y húmeda, se había sometido al mandato del calendario. Sin embargo el “te veo y amaina el invierno” en boca de Mariano Fernandez traspasa su sentido original y se convierte en una perfecta descripción de lo que muchos sentimos dentro de la sala.
Había tiempo para más y ganas de levantarse un poco de las butacas. Todos, músicos y público lo entendimos así, y la niña del collar de flores, que ya debe marchar más que derechito y firme, volvió a tambalear con sus primeros pasos solo para ponernos a palmear un ratito. Y después todos los invitados juntos al escenario para “Paso bien cortito” y esa cumbia que a mí tanto me remite a Los Lobos y que terminó por romper la barrera con el escenario.
Afuera se vendía el CD en una edición limitada y artesanal que le entrega al disco un valor extra. Me Daras Mil Hijos habla de atesorar, y creo que es la palabra que más se acomoda al significado del disco. Y con esto no me refiero solo al formato físico, sino también a cada una de las canciones, y de la noche de presentación toda. Se repite el 6 de Julio y yo que ustedes me estaría asegurando un lugar.

viernes, 24 de mayo de 2013

Cat Power en el Teatro Coliseo

Ayer era la tercera vez que iba a ver en vivo a Cat Power. El dicho popular dice que la tercera es la vencida, pero en este caso las dos primeras habían sido victorias contundentes, con shows parecidos entre sí (a no ser por la banda de apoyo reducida en el segundo), en cambio en este caso la novedad era que, si uno andaba desprevenido por el mundo, Chan Marshall parecía estar feliz. Bueno...feliz. Aclaremos, porque se puede prestar a confusión: se trata de todo lo feliz que puede llegar a mostrarse Chan Marshall. A la hora de compilar su vida, la prensa suele hablar de abusos y excesos, uno ya sabe. De hecho su primera visita al país en 2001 mostró más de eso que de otra cosa. A ese show no fui, pero sí a los posteriores en 2009 y 2010 (la última en el mismo teatro), en donde vimos una versión de Chan Marshall mínima e instrospectiva. Ahora, luego de la separación de su novio Giovanni Ribisi, la nacida en Georgia parece haberse tomado las cosas de buena manera, y reaccionado hasta con cierto optimismo, algo que salta a la luz en “Sun” su disco del año pasado, en el que muestra un insospechado lado amable y pop. Todo esto al menos desde las formas de las melodías, porque a la hora de las letras, Cat Power deja en claro que no está dispuesta a ocultar ninguna de las huellas y heridas que resultan el saldo de aquella ruptura.
“Nubes en mi casa” era la banda soporte, a la que esuché apenas en sus dos últimos temas, suficiente como para deducir dos cosas: la primera, que era una buena elección para la noche; y la segunda, que tengo que prestarles atención, suenan prolijos, bien arreglados, y tienen una saludable vocación por las melodías. Eso sí, terminaron de tocar casi a la hora en que estaba anunciado el show principal, así que para disfrutar de Cat Power hubo que esperar un poquito. Una música suave amenizó una espera en la que se cruzaron Iggy Pop cantando en francés y Nico y la Velvet con “I'll be your mirror”. Un espejo justamente, tal vez un mirada lapidaria sobre sí misma es lo que haya dado origen a “Sun”, aunque no solo al disco sino a la gira toda. Porque los cambios en Cat Power no se limitan solo a la música, sino que se suman a su banda (de sus Dirty Delta Blues Band solo sobrevive el tecladista Gregg Foreman), y un rotundo cambio de imagen, que nos la devuelve a Buenos Aires con chaqueta negra, y pelo rubio, corto e irregular.
El show abrió con una letárgica versión de “The greatest” y una especie de blooper (o efectivamente un blooper, vaya uno a saber) porque un asistente se cruzó hasta el centro del escenario ya iluminado y con los músicos tocando, para buscar el micrófono con el que Chan entraría cantando. Y ni bien su figura se recortó en el primer haz de luz que la iluminó, buena parte de la gente en la platea abandonó sus asientos para colmarla de presentes: algún disco, recuerdos y, por supuesto, flores. Esa reacción de la gente no es nueva, y aunque esta vez pareció por lo menos apresurada, tiene que ver con la devoción que siente por la artista. Una devoción que es también una especie de ternura sobreprotectora, para con una Chan Marshall que se expone sin límites, que desnuda sus dudas y confiesa todos y cada uno de sus temores a traves de sus canciones. Porque aunque “Cherokee” suene pegadiza, y el “kissing me, when I'm going down” parezca jovial, solo anticipa el relato de una ruptura amorosa que se mostrará de manera descarnada.
El concierto se basó en “Sun” y apenas tuvo algunos gestos para con el resto de su discografía. Desde lo musical, la presencia de programaciones, y por momentos una doble percusión, le dieron otro ritmo al show, a diferencia de los que Cat Power nos tiene acostumbrados. En “Silent machine” la banda suena poderosísima a tres guitarras, y en “3,6,9” el ritmo es por demás contagioso. Chan Marshall recorre el escenario menos retraída que otras veces, como si ese pulso la obligara a mostrarse más segura. Alguna vez la vimos tímida, casi ensimismada, mientras que ayer, siempre con esos pasos lentos y alargados que caracterizan su andar por las tablas, se mostró más elocuente y decidida. Ese tono tiene mucho que ver con los ritmos del disco, que liberan un costado optimista que le desconocíamos. Aunque desde ya, todo en dosis mínimas, y con una fuerte mirada cargada de cinismo, sin inocencias ni incredulidades. Eso sí, no faltaron los momentos íntimos y de alta intensidad, como en “Bully” (un tema estrenado hace un año en lo del bueno de Jools Holland), cuando queda iluminada por un círculo de luz rojo, como en una sala de revelado, del que entra y sale como si su indecisión tuviera que ver con aceptar o no esa luz que la la descubre en su contorno. “Everything we now know, with a smile on our face. I, I can never forget” le canta Chan a un amor de los 27, que también dejó cicatrices. Esa intensidad se mantendrá con “Angelitos negros” de Pedro Infante, y esa especie de interludios apocalípticos que preceden a cada estrofa.
“Metal heart” es otro de los momentos más profundos, con una canción que la define e identifica tanto, que hasta la grabó dos veces en álbumes diferentes “I once was lost but now I'm found was blind but now I see you how selfish of you”. Otro clásico que sonó anoche fue “I don't blame you” (de “You are free” de 2003), e incluyó una destacada performance de Gregg Foreman en el piano. “Nothing but time” es una épica canción inspirada en la adolescente hija de su ex pareja, pero que vale como implacable visión del mundo adolescente (You know what you got to do. You ain't got nothing but time and it ain't got nothing on you). En el disco Iggy Pop se suma a los coros en los últimos versos, ayer nosotros no tuvimos ese privilegio. Y hacia el final, fiel a su estilo, Cat Power nos regala otro personal cover, esta vez de “Shivers”, el tema de Rowland Stuart Howard, el compañero de Nick Cave en The Boys Next Door y The Birthday Party., fallecido en 2009.
Entre las cosas que sorprenden en “Sun”, tal vez lo más inusual sea “Peace and love”, en donde Cat Power le roba un verso a la Nina Simone de “Funkier than a mosquito's tweeter” (“Peace and love is a famous generation ”), para casi rapear una despiadada visión del mundo, sobre una base irresistible, que termina con Chan Marshal (a esa altura con camisa celeste) sumándose a la percusión, en una versión suya tan divertida como infrecuente. Y para el final, porque no hubo bises, (apenas un amague de saludo en “Peace and love”, pero nunca se fueron del escenario), quedó “Ruin” y ese loop de piano contagioso sobre el que Chan Marshall despliega toda su desesperanza, relatando las postales más crueles de sus periplos por el mundo para concluir en un desencantado “What are we doing? We’re sitting on a ruin”. Mientras tanto, y como si ese teatro fuera una abstracción perfecta del mundo que relata, Chan se acerca a la gente, les toca las palmas de las manos, los saluda tímida y les devuelve las flores, lanzándolas de a una a una platea que en toda la noche, jamás dejó de observarla de cerca ni de velar por ella.

jueves, 16 de mayo de 2013

Rufus Wainwright en el Teatro Gran Rex

Alguna vez la edición local de la revista Rolling Stone publicó una foto de Rufus Wainwright en la plaza de toros de Valencia con una remera de Sumo que decía Luca Vive. Nunca hubo una explicación de cómo llegó esa remera a él, pero lo cierto es que a partir de esa curiosidad yo me había figurado una relación especial entre el artista neoyorquino y la Argentina. La cosa es que esta anécdota es de 2006 y los años fueron pasando y Rufus no se dignó a bajar a Buenos Aires; cosa que finalmente ocurrió ayer, junto con la primera ola polar anticipando el invierno y con la gente con ganas de amucharse alrededor de su piano para tenerlo y escucharlo bien de cerquita, mientras él contagiaba su calidez. Sí, alrededor de su piano, porque Rufus Wainwright vino solo, sin su banda, y esa ausencia de complementos que bien podría haber sido un déficit terminó resultando su mayor virtud. O acaso de haber venido con su banda, no habríamos reservado el adjetivo de mágico para su eventual momento en solitario sobre el escenario?, me preguntaba ayer a la salida del Gran Rex, mientras hacía sociales (??) con los contactos virtuales que la música vuelve de carne y hueso. Mágico entonces termina por ser un calificativo válido para todo el concierto.
Rufus entró a un escenario despojado con una boina ladeada, unos zapatos imposibles (a ver si Elton John se les atreve) y una bufanda con los colores argentinos la cual, según contó más tarde, le regaló su club de fans local. Su estampa hizo que por un momento tema que nos hubieran engatusado un Mike Amigorena de cotillón, pero no. Saludó con una leve reverencia y se sentó frente a su piano para dar comienzo al concierto con “The art teacher” de su disco “Want two” de 2004. De entrada nomás se mostró animado y charlatán, y para cada anécdota fue acompañada por el histrionismo de sus manos. Ya en el segundo tema, “This love affair”, deja una nota suspendida en el tiempo y su garganta entrega los primeros síntomas de una voz provilegiada en gran estado. Se acompaña en arpegios de piano más o menos complejos según el tema, pero el centro siempre está puesto en esa voz, tanto es así que a la hora de tocar “Vibrate” prescinde en absoluto de su mano derecha.
Rufus Wainwright fue alterando los climas del concierto intercalando canciones más amenas con otras de tono melodramático. Por lo general en los tonos amables se acompañó con una guitarra, mientras que el piano quedó reservado para los climas más íntimos, al menos en la primera parte del show. Entre los momentos más sencillos y contagiosos se destacaron las canciones de su último trabajo (“Out of the game”-2012) como “Jericho” o la que le da el nombre al álbum; y hasta la ironía tuvo su lugar en “Who are you, New York?”. A la hora de los homenajes, los beneficiarios fueron River Phoenix en”Matinee idol”, mientras que en “Memphis skyline” la dedicatoria es para Jeff Buckley, a quien Rufus confiesa que llegó a odiar por creer que jamás iba a poder cantar como él. “Then came hallelujah sounding like Ophelia for me in my living room, so kiss me, my darling stay with me till morning. Turn back and you will stay under the Memphis syline” canta Rufus en lo que probablemente sean los versos más bellos que se hayan escrito en tributo al enorme cantautor ahogado en el rio Wolf. Después el homenaje continúa con su versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen, incluída en la soundtrack de “Shrek”, canción de la cual Buckley hiciera su versión más conmovedora.
Tratándose de un artista confesional, resulta extraordinario como consigue transmitir los estados de ánimo que dispararon e impregnaron el momento de la creación de sus canciones, a sus versiones en vivo, y por consiguiente, al público. Podría decirse sin exagerar que Rufus Wainwright no interpreta sus canciones, sino que las revive. Todos los temas de “All days are nights: songs for Lulu”, por ejemplo, fueron escritos durante la agonía de su madre (la cantautora canadiense Kate McGarrigle), y los suplicantes versos como los de “Martha”, dedicada a su hermana, conmueven hasta el llanto. Los climas se contagian, las vivencias se comparten y el extraordinario registro vocal de Wainwright se convierte en un condimento exquisito y distinguido que adorna todas esas historias que encadenan el relato que conforma su propia vida. Pero como dije antes no todo fue drama, y una anécdota sobre un fetiche barato termina con “California” tocada en una guitarra de Hello Kitty. Y en “Going to town”, Rufus ironiza a lo Zappa sobre el sueño americano.
Los últimos años en la vida de Rufus Wainwright han sido muy movidos. La muerte de su madre en 2010 fue lo que más prolíficamente signó su obra, pero también en 2011 nació su hija Viva (concebida junto a Lorca Cohen, hija de Leonard y amiga de infancia), y en 2012 se casó con su pareja Jörn Weisbrodt. Esos elementos se aúnan en “Montauk” en donde Rufus le canta a su hija sobre su futuro con dos padres (One day you will come to Montauk and see your dad wearing a kimono and see your other dad pruning roses) para terminar citando al espíritu de su madre muerta (One day years ago in Montauk lived a woman now a shadow, there she does wait for us in the ocean ) en una de las melodías más bellas que haya compuesto. Después estremece hasta el dolor con “Zebulon”, (My mother's in the hospital. My sister's at the opera. I'm in love but let's not talk about it. There's so much to tell ya. I believe in freedom. Freedom's apparently all I need but who's ever been free in this world? Who has never had to bleed in this world? ), y como si en un click fuese capaz de transformarse, termina el concierto risueño y divertido con “Cigarretes and chocolate milk”.
Para los bises guardó dos de sus clásicos como son “Poses” y “Foolish love”, primera canción de su primer disco de 1998. Parecía que todo terminaba allí, Rufus ya había recogido las flores que le arrojaron al escenario, más algún CD de algún osado e iluso artista local, y la gente se aprestaba a buscar sus abrigos para volver a enfrentarse con la lo polar. Pero tal vez allí afloró aquella imaginaria comunión que yo imaginé a raíz de la inexplicable remera de Sumo, y Rufus volvió al esceanario para despedirse en frances haciendo “La complainte de la butte”, la canción de Jean Renoir que grabara para la banda de sonido de “Moulin rouge”. Ese tipo de atenciones son las hacen que uno se sienta por un momento privilegiado y especial. Perfecto final para el concierto de un músico que coquetea con el musical casi tanto como con la ópera, y que hace de cada melodía una auténtica y compleja artesanía. Y la voz, claro. Esa voz imposible que me convence de que si hasta ahora no se me había dado por cantar, después de anoche cualquier intento tendrá todavía menos sentido que antes.

miércoles, 24 de abril de 2013

Television en el Teatro Vorterix

    Stephen Malkmus acaba de grabar junto a un puñado de amigos su versión de “Eye Bamyasi”, el disco que Can grabara en 1972. Qué tiene que ver este dato con el show de Television anoche en el Teatro Vorterix? Mas allá de que basta escuchar “No more shoes”, en “Face the truth” (el disco de Malkmus de 2005) para comprobar el grado de influencia que tiene Verlaine sobre el fundador de Pavement (y que bien serviría como excusa para trazar infinidad de lineas que crucen discos y artistas); se m
e ocurrió citarlo porque aquel álbum de los alemanes acaso sea junto a “Marquee moon” uno de esos trabajos emblemáticos que a pesar de los años siguen estando un paso adelante de la mayoría de música que se edita por estos días.
    Entré al teatro cuando Sol Pereyra, la mexicana compañera de Julieta Venegas, estaba terminando su set. El público la despedía con un aplauso apenas respetuoso y yo, que ni siquiera sabía que había telonero, me fui a buscar algo de cerveza y procurar un lugar más o menos cómodo. Se preveía que el Vorterix iba a estar lleno, la ventilación del lugar es más que insuficiente, y la idea era colocarse a salvo de esos concurrentes que no hacen otra cosa que recorrer la pista entre la gente como si estuvieran en los pasillos de las combinaciones del subte. De esas dos pretensiones lo único que conseguí fue la cerveza.
    La expectativa era grande, Television acá (especialmente acá) es más una banda de culto que otra cosa, pero quienes sostenemos ese culto lo hacemos con absoluta devoción. Que haya que haber esperado tantos años para tenerlos frente a frente hizo que nos privemos del lujo de ver a Richard Lloyd sobre el escenario, pero considerando que el establecimiento de Jimmy Rip en el país fue lo que probablemente haya posibilitado esta chance, no había mucho para lamentar. Por otra parte el ladero de Verlaine tiene años trabajando a su lado, y el mismo lider de la banda resalta que la química entre ambos lo hace un digno ocupante del puesto.
    Abrieron el show con “Prove it”, con la voz de Verlaine un tanto baja (aspecto que se fue corrigiendo a lo largo del show) y a partir de allí redondearon un show inolvidable. En casi 40 años de carrera Televisión editó apenas tres discos; aún así la banda en vivo rinde culto a su pasado pero se muestra activa y vigente. Por eso además de citar a “Adventure” (1978), “Televisión” (1992) y desde ya “Marquee moon”(1977), pudimos escuchar temas de lo que alguna vez podrá llegar a ser su cuarto trabajo. Aunque a decir verdad, con Television sobre el escenario, el setlist es lo de menos. Cada tema es una excusa para el despliegue de dos guitarras que recorren estilos, juegan con los sonidos, dialogan entre efectos y construyen un clima que va del hipnotismo a la fascinación, pasando por la psicodelia, dejando rastros de virtuosismo y no abandonando jamás la impronta rockera que las moviliza.
    Television permite que entre su público pueda haber tantas remeras de los Stooges como de Robert Fripp, y que ninguno vaya a sentirse sapo de otro pozo. La voz nasal de Verlaine y por momentos su manera casi recitada de cantar, lo pone a mitad de camino entre Lou Reed y Johnny Lydon. Y aunque la poética intrincada de Verlaine es uno de los grandes atributos de Television, en vivo lo que prima es el sonido de un tandem de guitaras inigualable. No quiero desmerecer el trabajo de Fred Smith en el bajo, ni de Billy Ficca en la batería, pero a las cosas hay que decirlas como son, y el vuelo llega a fuerza de slides, “noise”, escalas enrevesadas y notas sostenidas en el espacio y el tiempo. “El rock es inconciencia, audacia, transgresión y muchas veces tambien es musica. Amigos el rock es muchas veces producto del azar o de algunos hechos fortuitos que hace que seres que serian incapaces de usar un abrelata lleguen al exito ” ha dicho alguna vez Peter Capusotto. Mas allá del chiste, pensaba que tal vez la primera parte de esa frase resultaba una buena definición para la música de Television, mientras descubría al mismísimo Capusotto (Diego, no Peter; su versión "seria" más cercana a la sección “y sus videos” del programa, que a los hilarantes personajes que compone) disfrutando del show en la parte alta del teatro.
    “1880 or so”, “The fire”, “Glory” fueron las encargadas de sumergirnos lentamente en clima mientras escuchábamos los sonidos que nos resultaban más reconocibles. En “Choppy chunga” el vecino Rip nos invitó a repetir el coro, en “Little Johnny jewel” dijo presente la versión más jazzera de la banda, mientras que “Venus” fue una especie de regalo entre tanto clásico ignorado anoche. El coreado y extenso “Marquee moon” (hay veces en donde ciertos acompañamientos del público restan más de lo que suman, hay guitarras que hablan por sí solas y esto no era, dicho con todo respeto, “Ji,ji,ji” muchachos) dio por terminado el concierto. Aunque hubo un regreso, y el cover de Count Five “Psychotic reaction” nos despidió de Television en una versión cruda y garagera. Nos quedamos un rato largo esperando por algo más, un tanto absortos por el descomunal show que habíamos presenciado y otro tanto porque guardábamos esperanzas de llevarnos algo más. Estábamos conformes sí, pero escuchar “Friction” no hubiese estado nada mal. O “Call Mr. Lee”, así yo citaba (como tenía pensado) al gran Arthur Lee y tendía un puente musical imaginario entre los '60 y los '70, pero no pudo ser.
    Me fui con la convicción de que será muy dificil que el año nos depare un show que pueda superar al de Television anoche en el Vorterix (así como creo que no será fácil encontrar un disco más lindo en 2013 que “The messenger” de Johnny Marr). Y me fui pensando además en el carácter atemporal del concierto, porque no es muy común que una banda clásica como Television, nacida en el CBGB en pleno corazón de Nueva York y de los '70, consiga no solo mostrarse actual, sino que todavía sea capaz de sonar innovadora. Un auténtico salto al pasado y al futuro al mismo tiempo. Ya en casa el cable me mostraba otra versión de los '70 en un viejo capítulo de “That 70's show”. No sé bien qué tendrá que ver esto con el concierto, pero Mila Kunis está más buena que un pan con manteca espolvoreado con Nesquik.

sábado, 13 de abril de 2013

The Cure en River Plate


            “Say goodbye on a like that is, if it's the last thing we ever do”. No, este tema no sonó, pero bien habría valido como una despedida serena para una noche que las más de 40 mil personas que estuvimos en el estadio más lindo de la Argentina no vamos a olvidar jamás. Noche fría y  mágica.  Noche que cayó lenta con una expectativa mayúscula y que consiguió que cualquier previsión se haya quedado corta. Noche que terminó potente y bien arriba, pero que había transitado caminos oscuros, bien oscuros y densos, con algunas gotas de luz amigable casi como bálsamos brillantes entre tanta nebulosa gótica. “See you again” dice un intacto Robert Smith, que sin muestra alguna del desgaste de casi tres horas y media de show, nos despide con una frase para la cual ya estamos contando los días para que se concrete.
            Los viernes en Buenos Aires son imposibles. Atravesar la ciudad me llevó dos horas arriba del 15, intentando dormitar mientras dos nerds hablaban sobre vaya a saber qué complemento, una chica usaba el colectivo de oficina para pelearse con un proveedor, y un veterinario le recomendaba omeprazol a un perro que reaccionaba con vómitos a una dieta blanda. Ya en Libertador me hice de los imprescindibles Halls, y entré con relativa comodidad a un estadio todavía tranquilo. En la San Martin un hombre con sombrero exhibía orgulloso el afiche callejero del show de The Cure en Ferro, allá por el '87, y la gente se sacaba fotos junto al tipo que tuvo sus cinco minutos de celebridad. Previendo una noche larga, yo aproveché para pasar por un baño a oscuras (Passarella, la puta que te parió).
Puntualmente a las 20 hs salieron a tocar los Utopians frente a un público que los recibió apenas con curiosidad. El viento conspiró contra el sonido de una banda a la que vi sonar muy poderosa otras veces y que sin embargo ayer no logró del todo plasmar ese efecto. Barbie tiene carisma, “Trastornados” es un disco más que interesante, pero (al menos desde donde yo estaba) el sonido definitivamente no llegó como debía. Por ese motivo no voy a hacer mayores comentarios, solo decir que le pusieron garra, que se los notó emocionados por la oportunidad de telonear a The Cure (más tarde Robert Smith se les aparecería en su camarín con un champagne como ofrenda), y que River no es precisamente el garage para que se luzcan como deben. Ya sea si se quedaron con ganas de más o si les quedó alguna duda, vayan la madrugada del viernes que viene a Crobar y después me cuentan.
            La cantidad de gente que llegó sobre la hora obligó a demorar unos minutos el show que estaba a punto como para arrancar a la hora indicada (21hs), y cuando se apagaron las luces nadie podía ocultar la ansiedad que se respiraba en el estadio. Si hay un tag que jamás uno puede incluir a la hora de catalogar la música de The Cure, ese es euforia. Sin embargo las ganas de muchos estaban cerca de esa sensación, a la que Robert Smith y los suyos se encargaron de apagar con una triada inicial salida de “Disintegration”: “Plainsong”, “Pictures of you” y “Lullaby”. “High” mantuvo el clima, que recién se rompió cuando el bajo de Simon Gallup empezó a golpearnos los pechos en “The end of the world.
            Cuando The Cure llegó a la Argentina por primera vez en 1987 el desorden superó a una organización caótica. Aquel show en Ferro convenció a los productores de que si querían organizar eventos masivos, debían ser profesionales. No sé si alcanzaron a serlo del todo, pero al menos se acercaron más. Se vivía a destiempo. Recuerdo a Siouxsie sorprendida por los escupitajos del público en Obras, porque por ese entonces los otrora punks londinenes solo escupían cuando expulsaban el enjuague bucal. Aquellos primeros años de democracia fueron testigos de un necesario y saludable libertinaje, y entre las costas de esa época quedó la reticencia de Robert Smith a volver al país. Pero nada es eterno, y allí estábamos en la noche de Nuñez todos, público y artistas, saldando aquella deuda.
            Contar más de tres horas de concierto puede volverse tan aburrido como inútil. El repaso de la lista de temas da cuenta de que The Cure privilegió la parte más oscura de su obra, y que decidió interrumpir el “tormento” con temas adorables como “Lovesong”, o al ponernos a bailar con “The walk” y “Mint car”. Las canciones se sucedieron como una unidad asombrosa, y aún en los momentos de ruptura, formaron vínculos en pequeñas sociedades, como en las naturalmente hermanadas “In between days” y “Just like heaven”. En “From the edge of the deep green sea” Reeves Gabrels dio las primeras muestras de que su participación significaría mucho más que un lujo decorativo, cosa que confirmaría en “Wrong number”, single del '97 en el cual participó de la grabación original.
            Robert Smith apenas se limitó a saludar, casi no hubo diálogo con un público hipnotizado que fue literalmente abducido por los climas que provenían del escenario. Hubo atisbos de cantos entre tema y tema, algún estribillo coreado, pero la postal fue la de una marea humana con la vista fija e incrédula sobre el escenario. Faltando una hora para que termine el viernes, The Cure nos recordó que “Friday I'm  in love”, y más adelante tocarían el tema que le da nombre a mi blog de cuentos (al que tengo bastante abandonado, por cierto): “Fascination street”; así que mi ego lo asume como un pequeño gesto personal. “Charlotte somethings” sonó como una caricia áspera y por supuesto que también nos deleitamos con el espejismo de “A forest”; momento que 26 años atrás había sido culminante, al menos en la memoria de quienes entre perros policías muertos, botellas partidas, corridas y garrotes, recuerdan que en esas noches también hubo música en Caballito. Si faltaba algo, el mejor momento de todo el show llegó con “One hundred years” y las guitarras de Smith y Gabrels en un duelo sonoro que me ayudó a encontrar los adjetivos exactos para describir la reacción de todos: pasmados y perplejos. Cuando un prolongado acople quedó sonando como despedida al final de “Disintegration”, el círculo de la primera y larga parte del concierto se cerró a la perfección. Todos sabíamos que había más, pero si la cosa hubiese terminado allí, nadie se hubiese atrevido a reclamar nada.
            Uno sabía que tenían que llegar los hits más fiesteros (???), pero The Cure todavía no estaba dispuesto a explotar. Así que al regreso hicieron un miniset exclusivo con “Kiss me, kiss me, kiss me”: “The kiss” (con un sonoro beso de Robert de regalo), “If only tonight we could sleep” y “Fight”. Otra vez la fotografía de un encantamiento masivo. Todos subyugados sentíamos una guerra interna entre las ganas de saltar un poco y la voluntad de permanecer en el estado de suspensión al que nos elevaba la música. Cuando la banda se volvió a retirar unos pocos se acomodaban hacia las bocas de salida, pero nadie quería perderse el final.
            Y por fin llegó el poderoso cierre, que aunque tuvo un prolegómeno calmo con “Dressing up” (el “I could eat your face, I could eat all of you…Oh! This night will never let me go” sonó como una propuesta de compromiso eterno con nosotros, con la noche, con Buenos Aires toda), a partir de los maullidos guitarreros de “Love cats” comenzó de cargar de energía a la gente hasta el estallido final. En “Close to me” el sueño del encierro fue apagado a fuerza de las palmas rítmicas, “Hot, hot, hot”, valga la redundancia, levantó la temperatura. Para “Let’s got to bed” estábamos todos cantando y bailando, y si le repetimos a obert Smith aquello de “Everything you do is simply delicate, everything you do is quite angelicate, why can't I be you?” fue porque de verdad teníamos ganas de serlo. Después The Cure volvió a sus orígenes post punk, “Boy’s don’t cry” fue como la señal para viajar en el tiempo, y en “10:15 Saturday night” por primera vez el pogo ganó a parte del apretujado campo, con la guitarra de Gabrels como disparador. No por obvio el final definitivo no dejó de ser ideal, y en “Killing an arab” nadie pensó en el existencialismo ni en Camus, sino que cada uno se dedicó a gastar las últimas energías que le quedaban mientras la madrugada cada vez más fría parecía tomarse un descanso.
            El “see you again” que dejó Robert Smith como despedida promete que el tiempo de espera para el reencuentro no será tan prolongado. Guardo esa frase esperanzado, porque mientras salgo caminando por Quinteros una parte de mí continúa extasiada, mientras que mi lado más riguroso y exigente comienza a elaborar una lista interminable de pendientes, que incluye en primer lugar a “Bloodflowers”, “Shake dog shake” y “The hanging garden”. A mi lado veo más peladas que crestas, más camperas que sobretodos, y más ojeras que ojos delineados. Todos avanzamos pausado con unos pies a los cuales aún les cuesta reencontrarse con el suelo, mientras una voz etérea nos zumba en los oídos :“sleep sweet child, the moon will change your mind”.
           

Este dato nunca lo incluí en las crónicas, pero lo prolongado de la lista me lleva en esta oportunidad a hacer una excepción. El setlist completo de The Cure anoche:
Primer parte: 1) Plainsong 2) Pictures of you 3) Lullaby 4) High 5) The end of the world 6) Lovesong 7) Push 8) In between days 9) Just like heaven 10) From the edge of the deep green sea 11) Sleep when I’m dead 12) Play for today 13) A forest 14) Primary 15) Bananafishbones 16) Charlotte somethings 17) The walk 18) Mint car 19) Friday I’m in love 20) Doing the unstuck 21) Trust 22) Want 23) Fascination street 24) The hubgry ghost 25) Wrong number 26) One hundred years 27) Disintegration

Mini set: 28) The kiss 29) If only tonight we could sleep 30) Fight

Cierre: 31) Dressing up 32) The lovecats 33) The caterpillar 24) Close to me 35) Hot, hot, hot!!! 36) Let’s go to bed 37) Why can’t I be you 38) Boys don’t cry 39) 10:15 Saturday naught 49) Killing an arab

domingo, 7 de abril de 2013

Regina Spektor en GEBA




Desde el primer momento en que supe que Regina Spektor volvía al país tuve dos certezas: que GEBA no era el lugar indicado para una presentación suya, y que aún a pesar de eso, no me la iba a perder por nada del mundo. Bien, para empezar cuento entonces que anoche certifiqué esas convicciones iniciales: yo estaba presente en el concierto de Regina, y GEBA resultaba un lugar incómodo para gozar en plenitud de la música de la moscovita, adoptada y moldeada por Nueva York. Empiezo entonces por el lugar. La música de Regina Spektor es poseedora de una calidez que exige que su mayor posibilidad de goce se concrete en la intimidad. El motivo por el cual se eligió un estadio, aún de dimensiones moderadas, para montar su show de regreso al país resulta inexplicable. Por otra parte los precios de las entradas se condecían con lo de un teatro, con lo cual ni siquiera se obtenía un beneficio económico para el público.  Y encima de todo el frio que se levantó ni bien el sol abandonó al sábado porteño no hizo otra cosa que sumar cierta incomodidad al evento. Promotoras de cigarrillos sin olor (????), unos puestos de hamburguesas y papas que facturaron bastante aprovechando la gente destemplada (la última vez que estuve en GEBA tocaba Morrissey y si alguien tiraba una hamburguesa en la parrilla nos bombardeaba la OTAN), y el retraso del show, más un insólito corralito para discapacitados colocado en un incómodo y lejano espacio, completaron el ambiente previo.
El concierto de Regina Spektor estaba anunciado para las 21.30hs pero las luces se apagaron quince minutos antes para dar lugar a la presentación de Only Son, muchacho que toca bajo ese nombre, pero que en realidad se llama Jack Dishel. Arrancó solo con una guitarra acústica, pero enseguida sumó los sonidos de su banda a través de un Ipad, que no resultó muy beneficiado por la mezcla, ya que las pistas sonaron apagadas y chatas. De todas formas me convenció, su pasado como guitarrista de The Moldy Peaches (la banda de Adam Green y Kimya Dawson) está presente en sus composiciones, y se fue despedido con cálido aplauso después de realizar un set de media hora, durante la cual se destacaron canciones como “Magic”, “My museum”, y “Long live de future”.
“What we saw from the cheap seats” es el nombre del último trabajo de Regina que bien podría valer como título para esta crónica, y explicación a la elección del estadio como sede para el concierto (explicación válida para todos menos para los estoicos y verticales presentes en el sector de campo). Y lo que vimos de entrada fue a Regina Spektor entrar sola al escenario para hacer a capella, apenas golpeteando el ritmo con sus dedos en el micrófono, “Ain’t no cover”. “The sun is setting, the day is done. Good night my lover, good night my son. I shouldn’t bother, he’s eight miles high. Buy I love no other, til the day that I die” desgarra con una voz que entra caliente y entonada al escenario, condición que no abandonará en toda la noche. Y ese tono confesional, autorreferencial a veces, siempre dueño de una enorme belleza poética y melódica, es el que conduce el clima de todo el show. Después entran el cello y la batería, pero será ella la única que pareciera concentrar toda la energía, la única que pareciera estar presente en el escenario , la única que se vuelve el centro y dueña de la noche. Continuará citando discos anteriores (“The calculation” de Far, y “On the radio” de Being to hope), para recién adentrarse en el nuevo álbum con “Small town moon”
Siempre que por diferentes motivos escribo o digo algo acerca de Regina Spektor cito la tapa de “Soviet kitsch”. La primera vista de la rebelde foto que ilustra la tapa de aquel álbum es la que la vuelve irresistible. En un programa de TV, de esos livianos de una media tarde entre semana, la podrían calificar, en términos estrictamente estéticos como dueña de una belleza exótica. Mas allá de la consideración personal que cada uno pueda hacer, yo traslado esa definición a sus melodías. Porque no son sencillas, no son fáciles, no tienen nunca rumbo previsible, y sin embargo (o tal vez por eso) seducen irremediablemente. Aquella imagen rebelde de 2004 tiene algún punto de contacto con la tapa de “What we saw from the cheap seats”, digamos que la nueva es una versión más prolija y madura de aquella, pero en el escenario Regina se muestra decididamente elegante, con un vestido que le jugó una mala pasada con el clima, según confesó. Y precisamente desde aquel disco de 2004 llegó “Ode to divorce”, una ácida letra repleta de dolor y sarcasmo: “I need your money, it will help me. I need you car and I need you love”. Una especie de cinismo forzado que no sabe, o no quiere, ocultar su fragilidad es el tono de cada canción de Regina Spektor, que varía apenas los climas con melodías más intimistas como “How”, “Patrol saints” o “Blue lips”, con otras de belleza más simple y pop, como el caso de “Better” e “Eet”.
Jack Dishel, (u Only son, como prefieran) volvió al escenario para hacer una hermosa “Call them brothers”, un tema compuesto en conjunto con Regina que Jack grabó en su disco “Searchlight”, y a continuación aconteció un momento cumbre del show, con “The prayer of Fracois Villon (Molitva)”, una bellísima  canción del songwritter georgiano Bulat Okudzhava, dedicada al poeta francés autor de “La balada de los ahorcados”. La canción fue interpretada en ruso, y los idiomas volverían a mezclarse con “Don’t leave me (ne me quitte pas)”, entre el francés y el inglés. Quedaron la graciosa e italianísima “Oh Marcello”, “Dance anthem of the 80’s”, “Ballad of a politician” en donde Regina evita el lugar común y se mete más con la intimidad del político y la oscuridad del abandono de sus principios, y  el cierre del concierto con la alegre “The party” de su último disco, con Regina imitando con su boca el sonido de una trompeta.
El frio había seguido ganando a la gente, buena parte de ella sin abrigos, y eso motivó que GEBA se parezca por un momento a la cancha de Boca: gente abandonando sus lugares antes del final del concierto. Sin embargo la mayoría esperamos por algo más, que Regina Spektor (con saquito sobre sus hombros) nos regaló por unos cuantos minutos, tan delicados y sutiles como durante la primera parte de la noche. Primero “Us”, y luego dos de sus canciones más divertidas  y que mueven al tarareo: “Hotel song” y “Fidelity”. Para despedirse definitivamente, quedó sola en el escenario como al principio del concierto, pero esta vez sentada a su piano y una deliciosa interpretación de “Samson”. “You are my sweetest downfall, I love you first” canta Regina Spektor a manera de despedida triunfal. A esa hora yo me había olvidado del clima y del espacio amplio mal elegido para el concierto, porque las distancias se había borrado, y la gran victoria de la artista había consistido precisamente en eso: en volver a ese estadio abierto y helado, en una tibia, íntima y  confortable habitación de otoño.