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domingo, 6 de septiembre de 2015

Richard Coleman en La Trastienda

                Después del show del Teatro Opera del año pasado, había vuelto a ver a Richard Coleman otra vez, y también en  La Trastienda. El espacio se lleva a la perfección con Richard y sus fans, y esos shows se convierten en reuniones casi de amigos. Se han vuelto encuentros frecuentes en donde a veces hay sorpresas, amigos,  anuncios, y otras simplemente las ganas de juntarse a tocar y a escuchar música. Aquel show en el Opera había estado enmarcado por las emociones a flor de piel luego de la partida definitiva de Gustavo Cerati. Ayer la situación podía volver a reeditarse, un día antes se había cumplido un año de la muerte de Gustavo y Richard Coleman había participado con otros músicos en un homenaje en el Centro Cultural Kirchner. Y tal vez fue ese evento el que permitió descargar las energías evocadoras porque a pesar de la efeméride, cuando en el show de anoche correspondió apelar al pasado, se limitó al propio.
                Llegué a La Trastienda casi sobre la hora, esta vez había optado por las mesitas del entre piso, así que cuando Richard Coleman y su banda empezar el show con “Jamás”, aún no me habían alcanzado las papas fritas con las que había decidido conformar al estómago hasta una cena que sería lógicamente demorada. Y ni bien arrancó el concierto hubo un detalle que a ningún fan se le podía pasar por alto: Richard Coleman se había vuelo a vestir de negro. Ese dato necesariamente tenía que indicar algo de lo que sería el show, pero en seguida el mismo Coleman se encargaría de citar un dato que terminaría por anticipar el recorrido y el tono de la noche: Ultrapop había reeditado “Siberia Country Club”. A continuación siguieron la furia de “Normal”, y los temas de ese disco que mejor linkean con el sonido post punk de la banda: “Jardines líquidos” y “Cosas”. Y “Es tres” para cerrar un comienzo de show digno de 2012.
                “Veo todo en blanco y negro” canta Richard en “Cosas”, y casi que resultaría una pista para los viajes al pasado que bien dosificados, aparecerían a lo largo de la noche. Porque después del “Prohibida”, primera cita a “Incandescente”, Coleman quedó solo en el escenario para una perla extraída del disco de rarezas de Los Siete Delfines (“Dudosa estrella”), uno de los temas propios inéditos en aquel trabajo: “El corazón de los amables”. Tremenda versión de un tema poco conocido, que merece sin duda un lugar en el próximo DVD a filmarse en Noviembre. Ese show fue otro de los anuncios de anoche. El Vorterix parece ser el lugar elegido, aunque tampoco se lo anunció con absoluta certeza. “Incandescente” resultó una buena elección para seguir en el tono de “El corazón…”, y luego de unos problemas técnicos, su versión de “Computer world”, ya incorporada definitivamente a los setlist.
                Es en “Lo que nos une” en donde Coleman encontró la mejor manera de plasmar las sensaciones y pensamientos durante esos cuatro años en los cuales Cerati se mantuvo en una nebulosa imposible de descifrar. Se trata de lazos invisibles, de recuerdos comunes y también de imaginar lo que nunca será. “Turbio elixir” habla de cuerpos llamados a permanecer, y aunque la función en la lista probablemente haya tenido que ver con seguir citando al reeditado “Siberia Country Club”, resultó una lógica continuidad en ese tramo del concierto.   
                Hace un par de meses, aunque no haya dejado testimonio en el blog, había visto a Coleman en el mismo lugar, y en ese show estuvo de invitada Andrea Alvarez. Luego Richard devolvió el gesto cuando Andrea presentó su excelente “Y lo dejamos venir” en el Vorterix. Pero esta vez el invitado llegó para evocar un pasado común: Roly Ureta. Y aunque parte de ese  recorrido en común incluya un buen tramo  de la vida de Los Siete Delfines, Richard lo presentó como ex Fricción. Y claro, la triada que descargaron a continuación, justificó ese recorte: “Heroes”, “Amar con lástima” y “Enjaulados”. Con los dos guitarristas, sumados a Daniel Castro en el bajo, sobre el escenario estaban 3/5 partes del Fricción que grabó el álbum que incluye esos temas: “Para terminar”.  Habría que buscar antecedentes, pero fue lo más cerca a una reunión que yo tenga memoria.
                Había que bajar de alguna manera. El propio Coleman anunció que de eso se trataba lo que seguiría, y con “Corre la voz” y “Hamacándote”, el concierto se encaminó hacia un final que se concretaría con otra cita al pasado: desde “Nada memorable”, llegó “Tuyo”. Y después sí la despedida, con “Fuego”, que si bien pertenece a “Incandescente”, se acomoda mejor que ningún otro al espíritu de “Siberia…”

                Richard volvió solo para así hacer “Cuestión de tiempo”, y la banda volvió para “Down by the River” de Neil Young  y cerrar otra vez citando a “Siberia Country Club” con “Memoria”.  “Perdí la memoria, no sé qué pasó. No tengo historia y no sé adónde voy” canta Richard en una despedida que si uno la juzgaba con lo que había terminado de vivir, parecía más una ironía que otra cosa. Porque a lo largo de la noche, el pasado había dado buenas muestras de su vigencia, y el artista demostrado de tenerlo bien presente.  Y porque cuando uno miraba a los músicos abrazados despidiéndose de su público, el rumbo a seguir también parece ser preciso: después de otra noche cercana a la perfección, esa banda merece tener su testimonio fílmico. Y felizmente así será, aunque todavía haya fecha confirmada.




domingo, 28 de septiembre de 2014

Richard Coleman en el Teatro opera

                Si bien el show de Richard Coleman en el Opera estaba programado desde unos meses antes, el mediodía del 4 de Septiembre le cambió el signo por completo. La muerte de Gustavo Cerati llevó a que todos, artista y público, concurramos al Opera bajo un espíritu diferente al que lo hubiésemos hecho en otras condiciones. Encima durante el día la noticia de la muerte del negro Garcia Lopez. Y Chaban (polémicas al margen, nombre ineludible en la movida cultural que nos moldeó en lo que hoy somos) que otra vez tambalea. Una serie de noticias como trompadas cuyo efecto podría ser demoledor si el instinto no nos guiase, como un boxeador acorralado, a la tozudez de seguir hacia adelante. Más música, más reuniones, más celebraciones del arte y la vida. Y si había alguna duda de si este espíritu era el mismo que a Richard Coleman le interesaba invocar para su gran noche en la calle Corrientes, el programa oficial que contaba de sus inicios como oyente, plomo, y como músico “a pulmón”  terminaba así “Esta noche mi amigo está en la platea más alta. Creo que estamos todos. Gracias por venir”. No había manera de no arrancar sin morderse los labios.
                Tal vez resulte injusto arrancar la crónica con esta descripción de sentimientos para un artista que después de treinta años de carrera se encuentra en una inédita espiral creciente de popularidad (a los Massacre, el otro ejemplo similar, les llevó algo menos), porque no hay dudas que su etapa solista con dos discos menos oscuros (“Siberia Country Club”, pero especialmente “Incandescente”) y una inspiración de altísimo vuelo a la hora de la composición le abrieron el merecido camino. Pero así se dieron las cosas, y como si a esa dualidad (masivo/culto, oscuridad/luz) fuese necesario invocarla en la noche, Richard abrió el show con su versión de la desgarradora confesión deNeil Young en  “Down by the river”.
                La puesta fue sobria. El escenario gigante fue ocupado apenas por los músicos y unas tarimas elevadas en donde Leandro Fresco en teclados y un cuarteto de cuerdas, subieron para ponerle color  a “Incandescente”, una de las mejores canciones de amor en tono nostálgico que se hayan compuesto por acá.  La banda, que ya tiene bastante tiempo tocando junta, suena ajustada. Y con el correr del show sabrá apretar los dientes y destilar delicadeza en los casos que cada una corresponda. Bodie Datino en teclados es el lugarteniente perfecto. La base de Daniel Castro y Diego Cariola, y la guitarra de Gonzalo Cordoba, son el resto de los músicos sobre los cuales se apoyan Richard Coleman y su  voz en excelente estado, para dar lo mejor de sí a lo largo de la noche.  
                En el primer tramo del show “Incandescente” acaparó la lista. “Lo que nos une” (“una risa más, una anécdota, y cosas que no llegaron a pasar”, imposible no pensar en Gustavo), “Perfecto amor” y “Corre la voz”. A Coleman se lo notó de buen humor, y aunque sin la extensión de los shows íntimos que dio en Ultra Bar, también con ganas de hablar. “Este es el Coleman bueno”, nos recuerda en un momento, como para que tengamos presente que no siempre fue, ni será, todo tan agradable. Y después de “Normal”, (en Siberia toca Cerati. Gustavo, siempre Gustavo), una sorpresa: la TREMENDA versión de “Computer world” de Kraftwerk.
                Había que dosificar los climas. “Caravana”, el tema de “Ahí Vamos” sirvió para la primera emoción de la noche. “Gus está viendo el show, así que voy a tocar bien y a decir estupideces” nos dice Richard al final, aunque bien uno podría pensar que se lo está diciendo a sí mismo. “To bring you my love” de P.J. Harvey fue otro de los covers de ayer. Ese nacer en el desierto, esa tristeza de años, y la odisea de atravesar infiernos mares y montañas, para entregar su amor. Cambien amor por música, y bien podría ser una parábola de la carrera de Richard. Y el momento de mayor emotividad se consumó cuando después de una versión acústica de “Azulado”, con Coleman solo sobre un escenario apenas iluminado, la gente comenzó a aplaudir, mezcla de devoción y respecto, y alguien gritó por Gustavo. Entonces Richard también aplaudió y mirando al cielo, estuvo a punto de quebrarse.  “Qué haremos con tantos temores, con tantas dudas” arranca el “Hamacándote” con el que continuó el concierto. No sé si fue pensado, pero no había mejor manera de describir lo que pasaba adentro del Opera.
                Después de una versión electroacústica de “Heroes”, llegó otro invitado: Alejandro Lerner, encargado del hipnótico y seductor teclado de “Cuestión de tiempo”.  Y un viaje al pasado que los fans más fieles y cuarentones todavía estamos agradeciendo: Fricción (“A veces llamo”), Los Siete Delfines (“Never du nozin”), otra vez Fricción (“Durante la demolición) y “Es tan celosa” como para encaminar el show hacia el arrollador cierre que nos tenía preparado: “Como la música lenta”  y “Fuego” con Daland de La Armada Cósmica como último invitado.
                Para el tiempo de regresar al escenario,  el aura de Gustavo que durante varios momentos había sobrevolado el show, se había dispersado. O mejor dicho, se había hecho a un lado para dejar fluir a Richard Coleman en su mejor versión. Hubo dos temas más, “Momentos de cambio” y “Turbio elixir” para cerrar una noche de consagración tan tardía como merecida. “Acá hay gente que me ha salvado la vida” había dicho Coleman una hora y pico antes, cuando el espíritu de pub lo había asaltado en medio de una noche masiva. Y aunque en el tamaño del teatro tal vez se haya dificultado el reconocerse, muchos pudimos haber dicho lo mismo. Por lo menos, y especialmente, del artista que abrazado a sus músicos saludaba despidiéndose. Porque en definitiva,  de eso se trata la música. De los hechizos que nos permiten estar aquí aunque el cuerpo siga allí. De amores perfectos. De recuerdos incandescente. De salvar vidas  siendo héroes, por al menos una puta vez.