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domingo, 3 de abril de 2016

Enrique Bunbury en el Luna Park - Mutaciones Tour 2016

“Hoy amanecí con los puños cerrados, pero no lo tomen al pie de la letra, es apenas un signo de perseverancia”. Así comienza “Otra noción de patria”, el poema de Mario Benedetti al que Enrique Bunbury le pidió prestado el primer verso para su caótica y desesperanzada visión de su España, en “Iberia Sumergida”. Música que nació a mediados de la década del '90 pero a nadie que esté un poco atento a las noticias le pasará desapercibida la actualidad de aquella descripción. Allá en Iberia, y ahora, después de unos años de respiro, también por estos pagos. Pero además, y desde ya sin que medie intención posible, el poema de Don Mario habla de perseverancia, y esa condición sirve muy bien para adjetivar al artista zaragozano más latinoamericano que jamás haya existido. Un artista que sin perder jamás su impronta no se conforma nunca, no se detiene en las búsquedas y lleva su forma de vida al escenario con sincera fidelidad.
Anoche, el del Luna Park era un concierto especial: por lo general Enrique comienza sus giras en el norte y llega al país al final del recorrido. Esta vez Córdoba y Buenos Aires fueron la plataforma de lanzamiento para el “Mutaciones Tour 2016”, la expansiva concreción sobre el escenario del Unpluged (que en verdad no lo es tanto) en MTV, cuyo testimonio grabado se publicó como “El libro de las mutaciones”. Ese reencuentro y replanteo de su obra llegó como nunca a una etapa a la que Bunbury ha recurrido en su etapa solista solo en ocasiones esporádicas: las canciones que grabara con Héroes del Silencio. Sin nostalgia y con apenas una leve cuota de inevitable melancolía, el reencuentro de Bunbury y esas canciones con el público porteño, concretó una enorme fiesta en donde la memoria y las gargantas, fueron las destacadas de la noche.
Se trata de una etapa extraña y novedosa en la carrera de Bunbury, porque además de apelar como pocas veces al repertorio de su banda madre, viene de publicar “El camino más largo”, el rockumental de Alexis Morante, en donde deja ver su intimidad (en el marco de una gira norteamericana) como nunca antes.
El repaso, tal cual lo advertía el programita que repartían en la entrada, no sería parejo. Así que mientras “El club de los imposibles” cita al Bunbury más bohemio, “Destrucción masiva” se corre al tramo más apocalíptico de “Palosanto”. Y el cover de Raphael, “Dos clavos en mis alas”, es el único tema nuevo en esta etapa. Pero claro, los fans esperaban el viaje al mundo Heroes.
Si bien los temas grabados en MTV daban algunas pistas, fueron varias las sorpresas. Y a primera vista lo que yo noté fue que las canciones elegidas fueron las que más explícitas referencias literarias tienen. Alejandro Casona en “La sirena varada”, la decadencia de Baudelaire en “Avalancha”, William Balke para “El camino del exceso”. Esas fueron algunas de las primeras citas. En el medio “Porque las cosas cambian”, con los reflectores tiñendo el escenario de amarillo. Ironías del destino.
En escena Bunbury sigue siendo el mismo de siempre: una cruza de Daltrey y Jim Morrison, con movimientos de torero. Su banda, Los Santos Inocentes, es una extraordinaria conjunción de buen gusto y energía rockera, aunque este último atributo no estuvo tan presente anoche como en las últimas visitas. El escenario estaba adornado por una especie de serpientes aztecas luminosas, que le daban un toque místico a la puesta.
A la hora de los nuevos arreglos a las canciones de Héroes del Silencio, “Iberia...” adquirió una cadencia reggae, y en un principio se nota que el encargado principal de revestirlas es Jorge Rebenaque desde los teclados. Es él el responsable del leve toque funk en “El camino del exceso” y del rythm & blues más puro para “Avalancha”, donde además se destaca el slide de Jordi Mena. Pero al margen de los esfuerzos, la efusividad con la que el publico cantó esas canciones, tapó cualquier pretensión a la hora de degustar los nuevos sonidos.
“Que tengas suertecita” primero y “Alicia (expulsada al país de las maravillas)” dieron paso a un momento del show donde Los Santos Inocentes se pusieron el traje de El Huracán Ambulante. Rebenaque tomó el acordeón y sonaron “El extranjero” e “Infinito”. Curioso momento el de parte del público, que al cabo de gritar eso de “los nacionalismos, qué miedo me dan!” pasó a cantar “el que no salta es un ingles”. Pero bueno, era dos de Abril y había que meter Malvinas por cualquier hueco. “El hombre delgado que no flaqueará jamás” (esos temas donde Los Santos Inocentes rockean a lo Heartbreakers) y “Despierta”, fueron las encargadas de encaminar el show hacia el final.
Llegó “Mar adentro”y ese amor que cambia de labios, y que muestra al Bunbury más hedonista. Y la gran sorpresa de la noche, con tal vez el mejor tema que Bunbury haya compuesto jamás: “Maldito duende”. Versos nacidos bajo la percepción reconvertida por los efectos de las drogas, cuya letra fue cantada de tal forma, que poco podré decir de cualquier nuevo arreglo que Bunbury haya pretendido. Y si se trata de soledades y suspensiones, el cierre dejó de lados las citas literarias de Héroes del Silencio, para su gran tributo a Bowie, y su propia reinvención de la historia de Major Tom: “Lady Blue”.
Los bises constaron de dos tramos de tres canciones cada uno. El primero empezó con “Más alto que nosotros sólo el cielo”, siguió con “El rescate” de “El viaje a ninguna parte” y cerró con otro clásico a viva voz: “La chispa adecuada”, o como diez mil personas le cantan a un desamor con, otra vez, versos prestados de Mario Benedetti.
Pero fue el segundo regreso el que evidentemente estuvo craneado como despedida. Dos temas de “Las consecuencias”: “Los habitantes” y “De todo el mundo”, una especie de auto plegaria en la que Enrique se confiesa, como si hiciera falta, un espíritu libre. Y por último, el vals de “Flamingos”, “...y al final”, tema que parece ideado para una despedida definitiva en los mejores términos, pero que en su tono ameno, en la relación de Bunbury con su público, pareciera dar puntapié a la melancolía que perdurará hasta el próximo encuentro.

La gira recién comienza y habrá que ver si Enrique Bunbury la armó como una retrospectiva inalterable, o si guardo gemas para ir corrigiéndola o renovándola al cabo de su continuidad. Por lo pronto, en Córdoba y en Buenos Aires la lista fue la misma, y por el momento lo que los porteños podemos decirle al resto de Latinoamérica es que preparen sus gargantas. Las van a necesitar.





domingo, 13 de abril de 2014

Enrique Bunbury en el Luna Park

                El fin de semana tenía un montón de opciones musicales dignar de participar. Por un lado Placebo en el Estadio Malvinas.  Los vi en el mismo estadio, sé de lo que son capaces de dar en vivo y llegaban con un disco (“Loud like love”) mucho más interesante del que presentaban cuando los vi en 2010. Después estaba el show del Indio Solari en Gualeguaychu. Formar parte de esa fiesta requiere de una logística medio compleja que mis tiempos y responsabilidades hoy por hoy no me permiten, y por otra parte, desconfío del disfrute musical en medio de la exageración de la concurrencia. Claro que el goce pasa por muchos otros lados, aunque esta vez quedó (volvió a quedar) relegado. El tercer show era el que intento contar, y fue el de Enrique Bunbury, un artista ya a amigo de este blog, puesto que  lleva una buena cantidad de posteos dedicados.
                Bunbury volvía al Luna Park después de 2009 (Hellville de luxe tour) y no pareció desconocer el contexto de su noche en Buenos Aires, pues rápidamente agradeció a quienes lo habíamos elegido,  y mandó un saludo al Indio, a sus fans y confesó: a nosotros también nos hubiera gustado estar allí. Tal vez algún claro en la platea y el campo concurrido, pero no atiborrado, tenían en Gualeguaychu a sus posibles ocupantes. Antes de eso un plato volador desde la pantalla trasera del escenario había “depositado” a los músicos, que abrieron el show con “Despierta”, del disco “Palosanto”, excusa para esta nueva gira. “Despierta, todo ha cambiado, nada es como habíamos imaginado”  resultó una buena carta de presentación.  Y “El club de los imposibles” pareció una cita dedicada al estadio que supo ser catedral del boxeo en Argentina.
                A pesar del buen comienzo y de los primeros cantos con “El club…” el clima “Palosanto” comenzó de manera efectiva con “Los inmortales” y una mirada desencantada sobre las propias cruces y con una lapidaria y desencantada sentencia final “los inmortales están bajo tierra, y sus cenizas se perderán, como todo lo demás, sin dejar huella”. Después de “Licenciado Cantinas”, un disco dedicado a la bohemia y tugurios latinos, “Palosanto” devuelve a un Bunbury más oscuro, y por primera vez, por momentos siniestro. Aunque no la haya tocado, “Habrá una guerra en las calles” imagina un apocalipsis violento detrás de los últimos recursos del planeta. Y en ese sentido, “Destrucción masiva” y esa especie de Terminator aniquilando hormigas humanas a su paso sea tal vez el mejor símbolo del espíritu del disco.  Pero la lectura en vivo no es lineal. Antes de eso Bunbury va y viene sobre su discografía e hilvana un recorrido que lo hace tan reconocible como querible. “Contracorriente” (de “Radical Sonora – 1997) fue un regalo para los fans más rebuscados, “Hijo de Cortes” es una, a esta altura, innecesaria auto defensa sobre su origen ibérico, aunque el groove la vuelve irresistible. El cover de “Odiame” le sienta perfecto a su versión más latina y “Más alto que nosotros solo el cielo” es una súplica idílica que corta el clima agobiante de “Palosanto”.
                Si bien los músicos habían descendido de un plato volador, Las Santos Inocentes (que acompañan ya desde haces unos años a Bunbury), es una banda viajera con reconocible espíritu de rockeros gastados. Aunque el rock and roll no sea lo que abunde en el setlist, cuando se sueltan son impecables (aprovechando un sonido a la altura; las mezclas en los conciertos de Bunbury suelen rondar la perfección) y se sostienen en el tándem de guitarras que forman Alvaro Suite y Quique Mena, más el teclado por momentos delicioso de Jorge Rebenaque. Y ellos son los encargados de sostener a un Enrique Bunbury que mientras canta parece poseído por el espíritu de Marc Bolan, pero que cuando habla con su público, parece ese mismo  Bolan, pero luego de un improbable baño de humildad. “El extranjero”, “Deshacer el mundo” (con ejércitos marciales marchando desde la pantalla) y “El rescate”, del descomunal “Viaje a ninguna parte”, fueron momentos que pusieron a prueba las gargantas del público.
                “Salvavidas” fue la última cita de “Palosanto”. La imagen de un canibalismo gourmet le otorga un delicioso espíritu de belleza, distinción y sexo al apocalipsis. Después solo se trató de cantar y cantar. “El hombre delgado que no flaqueará jamás” es uno de los momentos en donde Los Santos Inocentes arrasan. Pasa “Hay muy poca gente” (tal vez el tema de su carrera solista  que mejor rescata la épica de Heroes), y con “Frente a frente” el público femenino toma la delantera de las voces. “Que tengas suertecita” parece desatinada a tener un arreglo nuevo en cada gira. “De todo el mundo” es una confesión, una declaración de principios proveniente de “Las consecuencias”, a esta altura ya clásica. “Sí” es una afirmación de desaforado optimismo (“ante la duda, un sí”) y “Lady Blue” fue la encargada de cerrar el tramo madre del concierto, volviendo al arreglo original, como si el retorno de Bowie hubiese inspirado ese nuevo/viejo arreglo. Justamente ese astronauta abandonado en la inmensidad del espacio tuvo bastante más que ver con el plato volador que regresó y que desde la pantalla “abdujo” a los artistas, porque al inicio la escena no se comprendió del todo.
                Nadie dudaba que habría más, pero nadie tampoco imaginaba las sorpresas. El concierto de anoche daba por fin a la segunda etapa de la gira de presentación de “Palosanto” (dato que yo, honestamente, desconocía), y eso resultó la excusa para el encuentro de Enrique con algunos amigos locales. Primero fue Manuel Moretti (Bunbury participó en “El costado izquierdo”, último trabajo de Estelares) quien puso voces en la versión de “Puta desagradecida” del disco con Nacho Vegas. Después volvió el rock con “Bujias para el dolor” y el cierre fue con el efectivo y clásico blues latino “Infinito”.
Otro breve receso y otra vez dos micrófonos en el centro del escenario preanunciaron otro invitado. Se trató del ovacionado Andrés Calamaro, junto a quien Bunbury le puso al concierto la nostalgia y  melancolía necesarias para hacerlo bien porteño, con la versión de “Cosas olvidadas” de José Maria Contursi. Pero en este caso Andrés se quedó, se calzó una guitarra y mientras Bunbury citaba a Jake y Elwood Blues diciendo “estamos en misión divina”, la banda a pleno apostó y ganó por el Rock and Roll. Después de esa descarga, el “si ya nada puede ir peor, haz un último esfuerzo y espera que sople el viento a favor” resultó un mantra, un lógico gesto optimista para contrastar con algunas escenas de “Palosanto”. Como si esas imágenes de un mundo arrasado que pintan algunas canciones fueran más un alerta que una descripción. Y si en todo caso se concretan, pues será cuestión resistir, hacer el esfuerzo y esperar que el viento sople para el otro lado.