lunes, 17 de septiembre de 2012

Jose Gonzalez en Samsung Studio

Estuve dudando, ante la sucesión de recitales que se vienen, en si pagar o no para ver a Jose Gonzalez. Su presencia en el festival gratuito de la telefonía movil me mantuvo en vilo para poder acceder a esa especie de escenario VIP que armaban dentro del planetario, y para el cual se demoraban en dar precisiones. Pero cuando vi que tocaba en el Samsung dejé de dudar: si alguien me hubiese preguntado cual era el sitio ideal para esucharlo, no dudaría en elegir ese. Menos mal, porque considerando el poco tiempo que tocó en el Planetario, me hubiese quedado con las ganas. Y menos mal que la fecha y el horario se superpuso con el partido de River en Liniers, con lo cual me ahorré además el dolor de ver a una defensa católica, al punto de ofrecerle la otra mejilla a cualquier delantero rival que tome el atrevimiento de ofenderla. Las malas noticias llegaban via SMS, pero la copa de vino y el clima íntimo y ameno del Samsung mitigaban las penas.
Jose Gonzalez, hijo de argentinos exiliados en Suecia en los años de la dictadura, ha sido muy bien recibido por el público local, mas allá de ese lazo de sangre. Su música se fue divulgando casi en secreto, pero desde hace un buen tiempo en el ambiente indie su nombre resulta facilmente reconocible. Precisamente esa condición de hijo de exiliados es la que lo obliga a dar explicaciones cada vez que llega al país sobre su reticencia a hablar de política, ya sea sueca o argentina. Sin embargo, casi sin darse cuenta, da inicio al show con un “How low”, que bien podría resultar una perfecta descripción de parte de la sociedad que se ha paseado en las calles por estos días: “qué tan bajo estás dispuesto a ir hasta alcanzar todos tus objetivos egoístas?” canta solo con su guitarra ni bien se levanta el telón que lo separa de las mesas de la sala. Después de un sencillo saludo de bienvenida canta “Hints”, manteniendo una actitud de extrema humildad y sencillez que se prolongará a lo largo de todo el recital.
Jose Gonzalez lleva editados apenas dos discos: “Veneer” (2005) y “In our nature” (2007), por lo cual uno no esperaba mayores sorpresas en el repertorio. Además ha trabajado (liderado más específicamente) con el trío Junip, con el que editó un demorado álbum en el año 2010 titulado “Fields”. Y digo demorado porque el primer single de la banda (“Black refugee”) data del mismo año que su primer disco solista. Por otra parte la matriz de esas composiciones llevan su sello. La idea original de Jose Gonzalez para esta segunda llegada a Argentina era venir al país con Junip, pero problemas de agenda se lo impidieron. A cambio trajo a tres percusionistas: uno sueco, otro de Los Angeles, y un tercero londinense (es toda la precisión que puedo dar al respecto, no llegué a entender los nombres), que subieron al escenario a partir del tercer tema, y juntos regalaron “Far away”, uno de los temas de Junip, a modo de presentación. A medida que las canciones se suceden, la referencia de Nick Drake se torna ineludible. Pero la calidad de las composiciones de Gonzalez y la autoridad con que las interpreta lo colocan más allá de cualquier odiosa opinión que lo rebaje a la categoría de imitador.
Escuchar a Jose Gonzalez cantar y tocar la guitarra es un placer insuperable. Consigue concentrar una atención tan intensa que uno no puede sacarle los ojos de encima, tanto a él como a su guitarra. Su voz es tan dulce como profunda y cada arpegio de esa guitarra grave es dueño de una fragilidad cargada de belleza. Todo es mínimo y delicado, incluso la percusión sirve apenas para decorar las canciones sin que esta se transforme nunca en el pulso que las ordena. Momentos como “Time to send someone away” o “Stay in the shade” conmueven, y el show se vuelve decididamente exquisito cuando suenan canciones de altísimo vuelvo como “Cycling trivialities”. El tono y el clima del concierto es uniforme, y a la gente no le cuesta imbuirse en ese ambiente de extrema calidez creado por las melodías. La sensibilidad se contagia, y en una especie de monotonía engañosa, las canciones se suceden ganando expresividad y elevandonos a un estado de trance encantador. Incluso entre temas, mientras Jose afina la guitarra (lo hace rigurosamente antes de cada canción) nos mantenemos como hipnotizados atentos a esos sonidos que buscan su perfecto ordenamiento en la escala musical.
“Always” (de Junip), y el cover de Kilie Minogue “Hand on your heart”, más el final con “Remain” y “Down the line” provocaron algún tibio acompañamiento con palmas (muy tenue, a tono con el grupo) y alguna expresión de admiración, a las que el sueco respondió con una sonrisa tímida. Después se fue unos minutos, y retornó en seguida para regalarnos un puñado de canciones extra, entre ellas “Crosses”, en la cual el “We'll cast some light and you'll be alright” funciona como mantra. Por último, haciendo uso de su increíble talento para apropiarse de canciones ajenas, dos covers más: el “Heartbeats” de The Knife, y un “Teardrop” de Massive Attack en donde consigue el milagro de que olvidemos por un instante de la voz de Elizabeth Fraser. Había pasado cerca de una hora y cuarto que se me había ido volando. Excelente cierre para el fin de semana musical, en un tono absolutamente opuesto al del sábado, pero con la misma sensación de saciedad.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Cafe Tacuba y Carlinhos Brown en el Planetario


                Otra vez Movistar nos regalaba una excelente propuesta musical a sus usuarios. A sus usuarios o a quienes hayan comprado las entradas que sus usuarios usureros vendieron en algunas esquinas, porque escuché a más de uno contando la manera en que se habían hecho de los tickets. Y la movida tenía en esta oportunidad algunas variantes con respecto a las anteriores: mudaron la sede de Puerto Madero al Planetario, y sumaron un segundo escenario más íntimo. Cuando llegué, en el principal ya había tocado Junip. Me hubiese encantado ver al trío de Jose Gonzalez (aunque leí por allí que no viene con los dos integrantes del grupo, sino con otros diferentes), pero uno labura toda la semana, eso era muy temprano, iba  a ser largo y el Planetario no queda a la vuelta de casa. Además esta noche lo voy a ver a Jose al Samsung, por lo que espero que además de los suyo, se cope también con “Black refugee” o algún otro tema del trío.  Lo que sí se pudo ver por las pantallas fue el mini set de los Onda Vaga en el escenario íntimo dentro del Planetario. Un show al que no sé si por vi desde afuera y no llegaba audio del público, si porque la baja calidad de la imagen y sonido, o si porque mi imaginación tiene una idea equivocada de sus shows, pero la verdad es que lo juzgué muy frio. Tocaron poco y más que nada se destacaron temas de su primer disco (“Fuerte y caliente”) como “Te quiero” “ir al baile” y “Me pega fuerte”.
                Después apareció en escena Carlinhos Brown, ya en el escenario principal. Acá tengo que confesar que más allá de un par de grupos como Os Paralamas o Titas, más cercanos al rock, no tengo gran conocimiento de la música brasileña. Claro que es imposible no tener referencias, por lo que alguna expectativa tenía. Expectativas que se dieron por superadas largamente. Carlinhos arrancó con un tema tranqui, con arreglos orquestales, pero en seguida le metió ritmos latinos con “Carlito Marrón”. Y después de un par de temas medio cruza de funk, samba y reggae; después de hacer “A Namorada” y algo de Tribalistas (“Carnavália”), arrancó con una batucada que puso a la gente a mil. Dos percusionistas, un batero muy parecido al “negro” Astrada y un pianista exquisito (André Magalhaes)  fueron sus soportes en una banda de ritmo infernal. Muchas referencias a la unión espiritual latinoamericana, a sus duros comienzos y la posibilidad de la música como salvación (fundamental el documental “El milagro de Candeal” dirigido por Fernando Trueba para comprender el trabajo social que a partir de la percusión, realiza Carlinhos en la favela) y permanentes arengas a la gente, invitándola a participar, o acercándose él por los pasillos que dividían el campo. Emocionó la devoción con la que se refirió a Nestor Madrid, a quien presentó sobre el escenario como uno de sus maestros argentinos.  Bien amplio el espectro del show de Carlinhos Brown, porque también hizo algo de lo que fueran sus experimentos de tecno-batucada con DJ Dero, ritmos afro, mucho carnaval bahiano, y guardó para el cierre “Beija flor” y una gigante versión de “La bamba” para dejar a la gente  con ganas de más, no solo a los propios sino también a los extraños.  Después de eso, el íntimo show de José Gonzalez en el escenario 2 resultó un despropósito; como poner una porno al final de la misa. Descarto que quienes accedieron al Planetario seguro lo disfrutaron, pero yo aproveché a ir a los baños químicos y a rastrear a los vendedores clandestinos de cerveza que andaban con sus mochilas entre la gente. Las pantallas cortaron el audio de Gonzalez y empezaron a compartir los twitts de la gente, uno de los cuales (“hay  mucho olor a porro y a off”) extrajo carcajadas. Y sí, los mosquitos estaban a full en los lagos de Palermo.
                Café Tacuba me resultaba una curiosidad. No porque no los conozca ni los siga, sino porque no había tenido jamás la oportunidad de verlos en vivo. Y descollaron, me pasaron por arriba. Con la ventaja de no tener mucho nuevo para presentar, porque recién terminan de grabar el disco sucesor de “Sino” (2007), (luego de los experimentos de Ruben Albarran - aka Sizu Yantra con la música electrónica, más el repaso por la música latina con el grupo HopPo!), armaron un set repleto de hits de todas sus épocas y mantuvieron al palo a las cerca de veinte mil personas que, entre invitados y colados, poblaban el parque circundante del Planetario.  Si bien arrancaron tranqui con “El baile y el salón” (la garganta le jugó una mala pasada a Ruben en su primera entrada, después canto como los dioses aztecas. Como los dioses aztecas que cantan, claro), ya con el cover de Leo Dan, “Como te extraño mi amor”, consiguieron que la gente siga las canciones de memoria. “Las flores” y “La ingrata” continuaron en esa tónica, en un arranque para el que eligieron sus canciones más viejas.  Al lado mío cuatro chicas mexicanas (había muchos mexicanos, por cierto) aullaban como si sobre el escenario estuviera David Bisbal o algún otro sex simbol adolescente. Incomprensible e insoportable. Porque nos arruinaban la escucha a los que estábamos cerca y porque, que yo sepa, sobre el escenario no había ningún sex simbol. Bah! Uno nunca sabe. Sobre sex simbols no hay nada escrito, decía una vieja y se masturbaba con un poster de Jairo Patiño. Pero la gente les fue haciendo un vacío, y yo abandoné mi lugar relativamente privilegiado por la elevación, para así controlar mis incipientes instintos asesinos.
                Hasta ahí era un show entretenido y fiestero, pero cuando arrancaron con “Cero y uno”, la cosa cobró un vuelo inusitado. Cuando Café Tacuba adopta formas más modernas e incorpora sonidos del pop menos conformista, son una banda del carajo. Del carajo en serio. Cualquiera que anoche haya escuchado como sonaron el funky “El ciclón”, “La locomotora”, o el cover de los españoles Ole Ole, “No controles” , sabe perfectamente de qué estoy hablando.  Y el momento mágico fue con otro cover, “Déjate caer” de  Los Tres, canción de la que se han apropiado y convertido en un hit en toda Latinoamérica. A partir de allí las canciones se mezclaron con varias alocuciones de Ruben Albarrán: primero reivindicando el movimiento de estudiantes chilenos y su réplica en Mexico con el movimiento 132 (había banderas). Después saludando a unos chicos que estaban en la entrada del predio y que formaban parte de un movimiento que promueve el vegetarianismo. Aunque no sé cuánto les habrá alegrado a estos chicos que Ruben haya dicho algo como “al menos cuando coman un bife, guarden un pensamiento para el animalito” (????). Por último habló contra las corporaciones multinacionales, como si Movistar y Samsung (auspiciantes del evento de anoche) fueran ONGs ambientalistas. Supongo que como hay quien con diez Padre Nuestros lava sus culpas de la semana, hay músicos que en un par de arengas pretenden resolver sus propios cuestionamientos entre el espíritu libre de su arte y el sistema capitalista que les da de comer. La gente lo aplaudió, y le sacó fotos con sus Iphones, sus Backberrys y sus cámaras Sony, todo a tono con la contradicción.  El breve show cerró con “La chica banda” con un ovacionado Gustavo Santaolalla sobre el escenario.
                El show fue breve porque los bises fueron, por su duración,  una especie de segunda parte. Ahí entraron más suaves, con un adelanto del próximo disco llamado “De este lado del camino” y que es un temazo que abre las mejores expectativas para con el trabajo.  “El espacio”, de su disco debut, fue otro momento de alto vuelo, y entonces llegó el turno de Emmanuel del Real y “Eres”; un lujo. Volvió Ruben hicieron un par de temas más y el tramo “The bends” (???) cerró con la bellísima “Mediodía”. Con “Esa noche” volvieron a poner a toda la gente a cantar, y “El puñal y el corazón” los despidió mexicanísimos. Pero había más. Y así como en los cruces entre mexicanos y argentinos en Las Vegas, Maidana y “maravilla” Martinez dieron por  tierra con los aztecas, en el encuentro musical de Buenos Aires fueron los mexicanos los que nos dejaron knock out con una versión de “Juegos de seducción” que la rompió.
               
                

jueves, 13 de septiembre de 2012

Massacre en el Teatro Gran Rex

Antes de comenzar, musicalmente hablando, el show de Massacre anoche en el Gran Rex, se proyectó un video en donde Ringo no era Bonavena, el boxeador compadrito pero buenazo de Parque Patricios en quien se inspira el último disco, sino un robot que como superheroe acude a enfrentar a un similar que destruye la ciudad a su paso. Un arranque en el que se despliega parte de toda la imaginería que sobrevuela a la banda: un mundo mitad ficción y mitad real, expuesto a un apocalipsis provocado por invasiones extraterrestres, zombies, catástrofes naturales y epidemias. “La epidemia” justamente fue el tema elegido para abrir el concierto. Y como si fuera necesario un impulso temporal antes de adentrarse en el material más nuevo, tocaron “Resurreción”, cierre de “El mamut”, el disco predecesor a “Ringo”. “Ya verás, van a crecernos alas” cantaba Walas. Y aunque a esa hora era demasiado temprano para asegurarlo, uno podía intuir que aún sin alas, todos íbamos a volar.
Conquistar la calle Corrientes era un desafío casi caprichoso para un grupo al que a pesar de la masividad alcanzada en el tramo maduro de su carrera, no deja de considerarse outsider. Y ese desafío no se limitaba al asalto del “Broadway argentino”, sino a encarar un show en un teatro, inusual espacio para la propuesta de Massacre. Y desde el comienzo quedaron claras las premisas para asimilar y sacar provecho a las condiciones del teatro: bombardeo de imagenes en las pantallas y una propuesta lumínica impactante y por momentos lisérgica. Walas y los suyos tocando en un parque de diversiones. Puesta psicodélica que se coronó con los habituales muñecos dispersos en el escenario, tres coristas vestidas de azafata y un Walas de infaltables calzas rosas, tapado violeta y sombrero de cowboy.
“Ringo” tiene ya un año en la calle, y las versiones en vivo de los temas se notan asentadas. Para colmo “Tengo captura”, temazo capaz de poner los pelos de punta a quien lo oiga, fue el primero en sonar en la noche del Ringo Rex. Aunque mejor debería decir LA noche, así en mayúscula, y cualquiera que haya vivido las casi tres horas del show de Massacre de ayer sabe perfectamente de lo que estoy hablando. Hicieron un show demoledor de principio a fin. Las lista de temas incluyó clásicos de todas sus épocas, muy bien dosificados entre las canciones más nuevas, y así fue como “Celebrity” dio paso a “Try to hide”, o más adelante “Muerte al faraón” hizo lo inverso, y nos sumergió en el pasado de “El espejo” y “Mi mami no lo hará” (a mi gusto, de lo mejor dentro de un show energéticamente parejo). “Todo bien?” pregunta Walas por enésima vez en la noche, y aunque lo sabe innecesario, ese tic mantiene su efecto en la complicidad que genera con el público.
Massacre es exageración en todo sentido; desparpajo y absurdo. La realidad y la ficción se cruzan todo el tiempo y el límite se borra en su ambigüedad. Si se trata de publicidad, las piernas de Mercedes Morán son los huesos de Misfits, y la desagradable imagen de un tipo escupiendo espuma blanca con sangre en una publicidad de dentífrico, una pesadilla de Walas. Nada es real, o todo es tan real que nos cuesta hacernos a la idea. Walas interroga a su público, y de allí surgen los veredictos: Schoklender culpable, Madonna antes que Lady GaGa, David Gilmour sí y David Guetta no; y Walas, que se debate entre ser Ave Fenix o Gato Felix, disfruta, rie, pasea por el escenario y saluda de nuevo: hola. Todo bien?
En el primer tramo del show se destacaron “Te leo al reves” y “La web del siglo” con un bombardeo de rayos laser que disparados desde el escenario robotaban en las paredes del teatro y en los ojos de los espectadores. “Rio siempre” y la deliciosa guitarra de Pablo Mondello (su hermano Darío tocó como invitado) en “Lo mío no es tan grave” fueron otros momentos de gran intensidad. Así como unos días atrás, Walas en TV se apropiara de la célebre frase de la presidente a sus funcionarios, y la convirtiera en “Solo hay que temerle a Dios, y un poquitito a los Massacre”, en “1984”, la consigna en las pantallas también es fruto de la reinvención de los tópicos orwellianos al universo del grupo, y se transforma es “Massacre is watching you”. Esa larga primera parte cerró con “Clavos y globos”, del último disco.
Tan sorprendente como gratificante resultó el breve set acústico que siguió a los pocos minutos de descanso: “Three walls” (sí, lo hicieron en la versión en inglés), “Mi alma en la barca” y “Te arrepiento” conformaron un mini set exquisito. Y “Sofía, la super vedette” y “Tanto amor” fueron las encargadas de devolver al concierto al éxtasis de la electricidad. Walas tiene puesta una remera de Devo, y en “La octava maravilla” la guitarra del “tordo” Mondello luce encendida. Y que se entienda: cuando digo encendida no hablo de luz, sino de fuego. Un científico acerca un theremin para representar la modernidad en la batalla entre “El robot y la momia azteca”y el cantante le extrae sonidos fantasmales y espeluznantes.
Walas acusa a Aerosmith de plagiarles el video de “Tengo captura”, y cuenta como el skateboard Cabrón modelo Walas llegó a la revista Gente en manos de la nueva novia de Tinelli. Massacre hace culto de la desmitificación de egos y vanidades, apelando a la desmesura y al ridículo. Las celebridades son sus víctimas predilectas, pero el sarcasmo de esa mirada no elude el espejo de la propia imagen. Entonces en ese contexto, Jack Black, Spinal Tap y Capusotto son citados como la trilogía fundacional del disparatado y herejético abordaje del rock, que tan bien le sienta al espíritu del grupo.
En un principio describí a la cosmogonía Massacre como apocalíptica, pero observado la fuerza descomunal que provenía de un escenario que se expande como en un Big Bang, también podría describirla como la belleza de la creación en medio del caos, el encanto del sonido del desorden y la anarquía, la energía disparada en el origen de algo aún incierto pero ya irresistible. Volviendo al show en sí, la Tori, manager de la banda, arenga desde la platea: maten a los Massacre! Y los Massacre desde el escenario responden despidiéndose con la cinéfila “La orquidea blanca” y “Juicio a un bailarín” con meddley de “Lago en el cielo” como convocando la presencia etérea de Gustavo Cerati.
La asistencia al Gran Rex de Blondie, la pequeña hija de Pity Alvarez, fue la excusa perfecta para abrir los bises con una versión de “Call me” mientras volvían los laser, que ahora rebotaban en dos bolas de espejo que habían descendido a ambos lados del escenario. Y “Plan B: anhelo de satisfacción” fue el broche de oro para una noche perfecta. El recuerdo para con los amigos de Catupecu y la banda que se despide saludando “como nos enseñó Seru Giran”, emulando la tapa de “No llores por mí, Argentina”. Era tarde y día de semana. Algunos se apuraban a salir, otros se quedaban pasamados, sin aliento y hablando solos, haciendo honor a su obsesión.
Massacre en el Teatro Gran Rex. Hasta suena como titular catátrofe y amarillista para esas matanzas alocadas que suelen ocurrir en el gran país del norte. Y a decir verdad, resulta como una perfecta definición de lo que se vio y sintió anoche. Una masacre en el Gran Rex. Con un gordo en calzas rosas que disparaba canciones, un guitarrista canoso que ametrallaba su guitarra acribillando oídos, y unas butacas que dejaron de ser respaldo confortable para convertirse en el sosten que evitó que terminemos todos con el culo por el piso.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Richard Coleman en Ultra Bar

La trayectoria de algunos artistas es sobrada información para que uno se permita presumir que su bagaje musical es lo suficientemene amplio como para que su paleta de recomendaciones resulte tan tentadora como sus propias creaciones. Tal es el caso de Richard Coleman, al que uno imagina tan exigente e inconformista a la hora de ser oyente, como a la hora de componer. Por este motivo un shows suyo basado en versiones de canciones ajenas no solo es motivo de goce sino también de expectativa, porque uno no solo llega con la seguridad de disfrutar melodías dóciles y conocidas, sino también para aprender y sorprenderse.
La idea del show, o mejor dicho de la serie de shows que recorren los cuatro miércoles de Septiembre, es presentar el disco “A song is a song”, cuya edición fue financiada por fans de Richard, quienes recibieron a cambio remeras, cd's autografiados y otra serie de privilegios y exclusividades que no vienen al caso. Las canciones habían empezado a escucharse en los recitales de presentación de “Siberia country Club”, el excelente primer (y tardío) disco solista de Coleman y todas se transformaron en un disco completamente en ingles. También para estos shows se supieron sumar otro puñado de temas extra. Pero nada define mejor la propuesta del disco y show íntimo del guitarrista que las primeras palabras de Leon Rusell en “A song for you”, tema elegido para abrir el recital: “He estado en tantos lugares en mi vida, y ha pasado tanto tiempo. He cantado muchísimas canciones, he hecho algunas malas rimas. He actuado, mi amor, en escenarios con diez mil personas mirando. Pero estamos solos ahora, y estoy cantando esta canción para tí”.
La selección de canciones es ecléctica, como así también las tonalidades que exigen a la garganta de Richard Coleman (en excelente estado por cierto) algunas interpretaciones en tonos medios y altos en los que uno no está acostumbrado a oirlo. Ese buen estado, más los efectos de micrófono muy bien administrados y algunos falsetes poco habituales en su estilo, consiguen que la apropiación de los temas no suene forzada en ningún momento. En ese sentido hay canciones como “Give me to love to Rose” de Johnny Cash, “Love me tender” de Elvis o “Personal Jesus” de Depeche Mode, que le sientan naturalmente de maravillas, mientras que otras como “Changes” (inusual balada extraída del cuarto álbum de Black Sabbath), o el conocido “Psycho Killer” de Talking Heads, reclaman una adecuación que en todos los casos resulta exitosa.
Richard toca casi todo el show con una guitarra electroacústica y una colección de pedales de efecto (falló en la primera “patada” en el tema de Russell, inusual blooper de su parte), y en varios de los temas es acompañado por Bodie Datino, que se sucede en guitarras, bajo, teclados y hasta una armónica. En tren de continuidad pasan “Satellite of love”de Lou Reed, “Midnight rider” de Allman Brothers (con uno de los pocos punteos de la noche). Mas tarde Coleman se calzará una Gibson SG para “Jeepster” de T Rex y, a mi gusto lo mejor de la noche, “To bring you my love” el denso blues que abría y bautizaba el tercer disco de P.J. Harvey.
Coleman habla poco, apenas nombra las canciones y sus autores, y solo dedica mayor tiempo para explayarse sobre compositores de culto como Terry Reid y Nick Drake (la versión de “Pink Moon” tal vez haya sido la única que me dejó la necesidad de otra escucha para terminar de convencerme); o para contar sobre la historia del disco maldito de Luis Alberto Spinetta en inglés (“Only love can sustain”), del que extre, con letra de Guillermo Vilas, “Children of the bells”. Los estilos varían, y una viajera Martin Backpacker sirve para acopañar la versión de “Thick as a brick” de Jethro Tull (Anderson fue el primer cantante que me provocó querer cantar como él, confesó Richard). Del barroco se puede pasar al insólito romanticismo, viniendo de quien viene, del “Drive” de The Cars (otro highlight del concierto).
Así como los cuatro quesos de la pizza con los que acompaño el “fogón” de Richard Coleman se funden y hacen uno solo y nuevo sabor entre todos, las canciones seleccionadas se mixturan, cruzan, se acoplan con naturalidad y en su sucesión otorgan al show una identidad que las vuelve naturalmente cómplices. Pero hay además un claro hilo conductor que, para seguir con la absurda metáfora de los quesos, así como el roquefort termina preponderando entre lo sabores de la pizza, en el show lo otorga la indeleble impronta que la oscuridad y melancolía de Coleman le imprime a las canciones. “Spider en I” de Brian Eno, es otro gran momento y “Wild is the wind” (que más allá de la original de Johnny Mathis, y de Nina Simone y cuanto otro la haya interpretado, todos sabemos que si está incluída en el repertorio es debido a la versión que David Bowie grabara en “Station to station”), termina por redondear el show que uno fue a buscar. La despedida es con un falso bis, porque jamás Bodie y Richard bajan de escena, y un tema que ya venía formando parte desde hace unos meses del repertorio de Coleman : “No big deal” de Love and Rockets. Único tema en el que el disparo de pistas con percusión le dan al show un sonido de banda completa.
La mayoría de las versiones que disfrutamos anoche están contenidas en un disco cuyo nombre es seguido por un prometedor “volumen 1”. Canciones hay; además del repertorio de ayer, Coleman ha hecho en el ciclo algún tema de Tears for Fears y prometió repetir, junto a Andrea Alvarez, para la última fecha, “Please read the letter” del disco de Page y Plant “Walking into clarksdale” (al que por la voz femenina imagino más cercana a como Robert la hiciera junto a Alison Krauss). Hasta dónde el músico continuará con esta veta, no lo sabemos. “Siberia country club” merece tener más rodaje en los escenarios, pero la excelente recepción que ha tenido este proyecto probablemente lo mantenga con vigencia, o en paralelo con la propia carrera solista de Coleman. Y si no quedará en estado latente, perdido en algún laberinto cuyos caminos enrevesados volverán a juntar al músico con estas y otras muchas canciones. Laberintos dije, borgeana palabra que viene como anillo al dedo para un proyecto concretado en un bar que recibe a sus visitantes con la “Anatomía de mi ultra” del gran Jorge Luis. Y si a eso se le suma la presencia de Maria Kodama en la primera fecha del ciclo de Coleman, la parábola cierra a la perfección. El miércoles 12 sale la última función, yo no desaprovecharía la oportunidad.

jueves, 9 de agosto de 2012

Catupecu Machu - Madera microchip en Samsung Studio

    Si uno juzgara a Catupecu Machu como la banda más saludablemente inquieta de la escena local, probablemente terminaría siendo injusto con un montón de pibes que andan por bares y pubs (y salas de ensayo) con propuestas jugadas que escapan a facilismo y la repetición. Pero si uno reduce esa afirmación al parámetro de los grupos más convocantes, sin duda ese lugar les pertenece con holgura. Madera Microchip es una propuesta en la cual la promesa de fusionar música y tecnología no resulta en principio nada innovadora a esta altura del siglo XXI. En cambio sí lo hace el formato íntimo del show, con cena incluída (150 personas sentadas en mesas de a cuatro, más otro tanto paradas detrás) que permite un contacto entre la banda y su gente, infrecuente en estos tiempos masivos. “Opus 1”, uno de los temas rescatados para la ocasión empieza diciendo: “Este encuentro que se da hoy aquí en este momento, tornando a mi ser de gala y mordiendo mis ansias en puro placer al fín”, y de esa manera define casi a la perfección el espíritu de la propuesta.
    El Samsung Studio es un recinto ideal para los encuentros de todos los miércoles de Agosto, y para hacerlo aún más hospitalario cada uno de nosotros fuimos recibidos con porrones de cerveza gratis y degustación de vino. El menú de ayer (cambia cada función) incluía un arrolladito primavera, una cazuela de fideos con salsa de hongos, un cheescake, y un desorientado grupito de camareras superadas por la situación. Pero aún así, si bien no todo el menú llegó a tiempo, sí lo hizo en forma. Y más tarde la música, porque de eso en escencia se trataba el asunto. Catupecu abrió con “El mezcal y la cobra”, con Fernando sentado en el centro con una guitarra acústica , Agustín Rocino en batería y Sebastián Cáceres en el bajo a la derecha del escenario, y del otro lado Macabre con su despliegue de Laptops, teclados y tablets. De entrada nomás quedó claro que la propuesta distaba bastante de aquella otra versión low fi de Catupecu Machu, en la época de las presentaciones de “Laberintos entre aristas y dialectos”. Los arreglos y programaciones se suman a las reconocibles melodías que se mantienen intactas en su lírica. Y el recorrido musical de la noche encontró a un Catupecu contenido, pero con toda su electricidad en estado latente.
    El show se dividió en dos tramos, pero la dinámica fue similar en ambos: algunos hits mezclados con otros temas rescatados de lo profundo de su discografía, que precisamente son los que terminan por darle identidad a la propuesta. En el primer tramo se destacaron especialmente “Hormigas” y “Refugio”, y un emotivo “Vistiendo”, canción que solía estar a cargo de Gabriel Ruiz Diaz, cuyo nombre funciona como una especie de mantra que lo vuelve omnipresente. En las versiones de “En los sueños” y “Musas” queda claro que la adrenalina urgente en la voz le impide a Fernando Ruiz Diaz sacarle todo el brillo a temas cuyo potencial crece en un formato como el de anoche. Por momentos la informalidad en el trato con la gente y en algunos comentarios entre los músicos, le dan al concierto una impronta de ensayo con público, como los cuarenta grados de fiebre de Agustín, divagues que van desde los elfos de El Señor de los anillos, pasando por comentarios sobre los shows de Björk en Buenos Aires, para llegar hasta las anécdotas del viejo y recordado Ave Porco. Pero más que un ensayo la escena parece un proceso de creación permanente con detalles que van madurando sobre la marcha. La primera parte del show termina con Mariana Baraj invitada en percusión y coros para una arrolladora versión del viejísimo “Mil voces finas” (de “Dale!”), que le saca el mejor de los provechos al formato.
    La segunda parte abre sumando la presencia de Mariano Mazzella en guitarra y su hermana Laura como bailarina para darle un aire flamenco a “Vi llover” (Agustín se encargó del cajón). Y lo mejor llegó a continuación cuando otro tema de “Dale!”, “Ritual”, fue acumulando capas sonoras hasta conseguir una sobrecarga que la colocó al límite de la psicodelia. Fernando parece sorprenderse con las posibilidades de la tecnología y adopta una pose de neófito en el tema, cosa que a todas luces no es tal. Más tarde jugará en vivo probando las posibilidades de la pedalera instalada en su tablet, a la que confiesa haber comprado solo “porque todos los demás tenían una”. A la versión de “Más y más” de Draco Rosa (en la que citó cambiándole la letra al “Chan chan” de Compay Segundo), le siguió otro punto alto de la noche: “Cuadros dentro de cuadros”. Algunas personas le acercan regalos a Fernando pensando en su futuro hijo, y el espacio reducido convierte al show en una reunión familiar. Tanto que como en una fiesta de cumpleaños, al amigo que se emborracha (ayer un par de pibes aprovecharon a full la generosidad de las promotoras de Quilmes y se volvieron locuaces) primero se le festejan las ocurrencias, después se le dedican reprimendas cuando quiere volverse el centro de la noche, y al final se lo termina disculpando porque en definitiva “quién no se puso en pedo alguna vez”.
    “Opus 1”, otro temazo del que se encargaba Gabriel Ruiz Diaz, devolvió la emotividad a la sala, clima que se cortó con los “Hablando a tu corazón” (pensar que Fernando alguna vez bajó de su escenario de una trompada al Charly García bardero de los '90) y “Persiana americana” a capella. A pesar que no tocaron “Seguir viviendo sin tu amor” (si lo hicieron la primera fecha) hubo tiempo también para recordar a Luis Alberto Spinetta. “Dialecto” fue otro de los momento más experimentales en cuanto a sonido, y “Magia veneno” y “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” consiguieron poner de pie a la gente de las mesas. Entre medio de anécdotas sobre Jorge Corona contando chistes sobre el Padre Grassi en The Roxy, el show se fue con “Metropolis nueva” y una versión tecno y bailable de “Eso vive”.
    En mi caso, mas que conclusión sobre la apuesta sonora de Madera Microchip, me llevé una confirmación de lo que ya sabía de Catupecu Machu. Es probable que alguien exigente pueda llegar a cuestionar cierta uniformidad en el sonido, cosa que, dada la experiencia, bien podría haberse evitado. O bien el trabajo experimental aún está en proceso, o el sello de la banda es tan fuerte que resulta imposible de romper en su escencia. Sea cual fuere la respuesta, la posibilidad de ver a una banda masiva en un espacio íntimo y en pleno proceso de experimentación no deja de ser una oportunidad digna de aprovechar. Y aún cuando algún dueño de un espíritu menos aventurero prefiera los shows masivos y hiteros, los hongos de la salsa de los fideos bien valen la visita al Samsung en los próximos miércoles de Agosto.

sábado, 23 de junio de 2012

El Cuarteto de Nos en el Luna Park - Presentación de "Porfiado"


                               El 22 de junio es un día especial para los uruguayos y las palabras, al menos de este lado del Rio de la Plata. Ayer, mientras en el Luna Park tocaba El Cuarteto de Nos, el grupo de rock oriental que ha hecho del tratamiento de las palabras y los juegos con ellas su principal sello distintivo, se cumplían veintiséis años de que otro uruguayo adornara con palabras inspiradísimas la corrida inmortal de Diego en Mexico ‘86, para hacer a aquella obra maestra más grande todavía. Sí, era el aniversario del barrilete cósmico; frase que si no tuviese la carga histórica que soportan esas palabras, de seguro Roberto Musso sería capaz de hacer algo genial con ella.
                En un Luna Park mucho más cubierto que en su concierto anterior (en la presentación de “Bipolar” no estaban las populares habilitadas), El Cuarteto de Nos arrancó la presentación de “Porfiado” con el tema que abre el disco: “Algo mejor que hacer” (demasiado parecido al “Mr. Understanding” de Pete and The Pirates, hay que decirlo), un tema dueño de un irresistible riff sintetizado bien ochentoso. Y a partir de allí, tamizando con canciones de los dos discos antecesores (“Raro” y “Bipolar”), completará de punta a punta el disco que terminó por delinear una trilogía que los puso definitivamente en el lugar, que aún sin proponérselo a destajo, habían merecido durante años. La fórmula es conocida: rimas, juegos de palabras citando refranes, marcas registradas, apellidos,  y el recurso de insólitas pronunciaciones de otros idiomas, solo para que puedan entrar en esa métrica digna del mejor flow hiphopero; pero que además es dueña de una picaresca e ingenio bien rioplatense. Ambigüedades, extrañezas lisérgicas y paradojas por doquier para armar canciones que rematan en estribillos nacidos para hit. Y una impronta y actitud punk adolescente que provoca una mezcla de gracia, ternura y rebeldía.
                Si se trata de nombrar temas del set, puedo citar el caprichoso “El lado soleado de la calle”, la ambigüedad de “Lo malo de ser bueno”, o “El balcón de Paul”, sitio descripto de manera casi parapsicológica en donde todo es un misterio, se tejen pactos inquebrantables (lo que pasa en el balcón, queda en el balcón), y todo sucede a la inversa de la lógica, rematando en un genial “dale una careta a un hombre y verás quien realmente es”. Si bien la gente conoce las nuevas canciones (junto con la entrada se entregaba el CD de regalo), las viejas son las que ponen al público más al palo. “El hijo de Hernandez”, por ejemplo o “Ya no sé que hacer conmigo” en donde mi hija me hace notar que el grito final de “ya lancé piedras y escupitajos al lugar  donde ahora trabajo” le cae como anillo al dedo a Jorgito Lanata. Además están los temas más naif, siempre a cargo de Santiago Tavella, quien abandona el bajo para ponerle voz a la cumbia “Enamorado tuyo” o al irónico y vengativo “No te invité a mi cumpleaños”. Más tarde hará lo mismo con “Pobre papá”, de “Raro”.
                La puesta de luces resultó impecable haciendo especial uso del flash. Además unas pantallas detrás del escenario, que coloridas y geométricas, acompañaron cada uno de los temas. El gran problema del Cuarteto en vivo es que las frases de las letras son a veces tan largas que  Roberto Musso por momentos  se queda sin aire, lo cual para la gente que se sabe los temas de memoria, no es problema. Pero no queda bien. Anoche sucedió menos que en otras oportunidades, pero se notó especialmente en la primera parte del show.  Eso sí, la actitud rockera sobre el escenario es arrasadora y las guitarras mueven a saltar con cada estallido. Hacer un resumen de cada canción es ilógico, invito a escucharlas a quien no lo hizo, pero hay momentos especialmente logrados como “Todos pasan por mi rancho” y dos temas que ponen las pulsaciones a mil, como “Vida ingrata” y especialmente “Insaciable”. Roberto simulará alguna conversación por teléfono, intentará un par de gags con Santiago, recuperará canciones como “Así soy yo” y, tal vez uno de sus mayores picos creativos, “Mi lista negra”. Desde más atrás todavía traerán “Bo cartero”, su particular adaptación del “Mr. Postman” beatle. Y con “Vida ingrata” llegará su lado más cínico (“No hay como manejar esta dislexia, Dios le dan pan a los que tienen anorexia”, canta Roberto reformulando el conocido refrán)
                Para la parte final guardaron los temas más desaforados, como “Miguel gritar” y “Yendo a la casa de Damián”. En medio de ellos tocaron “Buen día Benito”, tal vez el mejor recibido de los temas nuevos, en la cual el personaje de la letra se reencuentra y encara con tono vengativo a un viejo “amigo” que le atormentó la infancia y la adolescencia. Las rimas son apenas una excusa graciosa para una historia que incluye humillaciones, robos y traiciones de todo tipo. Más calmo, guardaron para el final “Me amo”, su ya conocido canto al narcisismo.
                Los bises no arrancaron de la mejor manera porque Alvaro Pintos, quien tiene su momento en el show cantando las penurias de los bateristas de rock en “Yo soy Alvin, el batero”, se olvidó la letra un par de veces, y para colmo la gente tampoco se la soplaba bien. Un momento que por lo general es risueño en sus shows, terminó resultando graciosamente torpe. Después sí, “Nada es gratis en la vida” (con meddley de “El putón del barrio” un hit de su etapa de letras de trazo más grueso), e “Invierno del ‘92” con la gente a los saltos, entregándole a la banda una despedida efusiva. Cada vez somos más, parecen decirse los rostros mientras salen del Luna Park, reconociéndose en el otro por esa complicidad única que genera la banda. Es que cuando uno absorbe y se sumerge en los códigos y las claves que El Cuarteto de Nos propone, comprende que son una banda de características únicas. Es tómalo o déjalo. Y bien lo sabe Roberto Musso, que se despide con un “A veces raros, a veces bipolares, pero siempre porfiados”, una sentencia que los define a la perfección.
                

miércoles, 30 de mayo de 2012

Joe Bonamassa en el Teatro Coliseo


Las primeras noticias más o menos masivas acerca de Joe Bonamassa llegaron a Argentina a traves del programa de radio de Bobby Flores allá por el año 2003. A esa altura, después de haber “currado” unos cuantos años, Bobby sabía que no podía seguir exprimiendo el catálogo de Alligator y comenzó a difundir a dos jóvenes artistas como novedad: la todavía adolescente Joss Stone, y al guitarrista neoyorquino que nos ocupa. Internet y su poder masivo no tenían el alcance de hoy, y salvo en oídos especializados, no era posible acceder a toda la música que se producía en el mundo. Pero en verdad para aquella época, Joe ya no era ninguna novedad. Había abandonado a sus compañeros de Bloodline, el grupo en el que lo acompañaban tres “superhijos”, Erin Davis (baterista, hijo de Miles), Berry Oakley Jr. (hijo del bajista de los Allman Brothers), y Waylon Krieger (la otra guitarra del grupo, hijo de Robbie), para iniciar un carrera solista en la cual empezaba a apuntar su talento para con el blues hacia un rumbo más rockero. A qué viene esta introducción poco habitual en este blog? Pues a que en aquella presentación de Bobby Flores, Joe era catalogado como el nuevo Steve Ray Vaughan y mientras íbamos por el segundo tema del concierto de anoche (“Last kiss”; había abierto con “Slow train”, de “Dust bowl”) yo pensaba que el tipo me hace acordar más a Gary Moore que a SRV. Bien, a continuación y de inmediato, su versión de “Midnight blues” me demostró que esa referencia era bastante más que una casualidad.
Casi sin publicidad el Teatro Coliseo estaba “sold out” desde un par de días antes, y si bien llegué bastante sobre la hora (20:30 hs es un horario poco habitual para un concierto entre semana), se notaba la ansiedad por encontrarse cara a cara con el afamado guitarrista. Y Joe, casi sin hablar, se fue metiendo al público en el bolsillo a fuerza de solos, impronta blusera y espíritu rocker. Bonamassa nació treinta años tarde. Tanto su música en sí como el ritmo de su carrera es de otro tiempo. Un disco de estudio por año, DVD's y grabaciones en vivo, más su faceta hard rock en Black Country Communion (supergrupo que comparte con Derek Sheridian, Glenn Hughes y Jason Bonham) lo convierten en un caso inusual en el siglo XXI. Y a ese ritmo, cada grabación nueva no es otra cosa que una excusa para sumar y renovar parcialmente el repertorio en vivo. Por ese motivo, aunque anoche alguien podía presumir la presentación en sociedad del reciente “Driving towards the daylight”, en realidad solo sonaron un par de temas nuevos del disco. Entre ellos, el cover pesado que hace del “Who's been talking” de Howlin' Wolf (y al que se podría enganchar “Whole lotta love” sin que nadie se diera cuenta del todo). En esa primera parte del show, Joe privilegió la distorsión y la tracción a sangre, excepto en “Dust bowl”, dueño de una base funky irresistible. “Slow gin” fue el momento en que ese rumbo se rompió, para continuar el concierto en climas sinuosos, alternando rock and roll con blues más suave.
En medio de la noche, y durante de uno de los pocos silencios que la banda permitió, alguien gritó: animal! Y la verdad que cuando uno está parado ante ese tipo de músicos, no vale la pena matarse buscando adjetivos, y la mejor definición será ese tipo de exclamaciones pasionales. Bonamassa es un guitarrista de blues blanco hasta la médula. Lleva en la sangre la santa triolgía Yardbirds, y ama el sonido sanguíneo y valvular. Además su manera pulcra de cantar lo transforman en un producto muy apto para FM. Claro, Joe Bonamassa, de proponérselo, podría ser John Mayer; pero felizmente lo evita. Y si bien nadie que toque blues podrá ignorar influencias negras, su estilo pasa más por un virtuosismo expansivo setentista que por las raíces más puras del género. Eso sí, ni un ápice de soberbia. Casi no tiene diálogo con el público, y sobre su estadía y comodidad, solo le leí en su perfil en facebook un comentario generoso para con la comida de Buenos Aires (nadie con ese apellido podría pasar por alto ese detalle).
La banda que lo acompaña tiene por estrella destacada a Tal Bergman, el baterista. Alguna vez “Bonzo” Bonham, consultado acerca de su estilo para tocar la batería, lo graficó dejando caer con fuerza su brazo sobre una mesa de madera. Así toca Tal, porque aunque su currículum incluya desde Billy Idol y Rod Stewart hasta Joe Zawinul y Terence Trent D'arby, es el típico baterista de una banda de hard rock. Carmine Rojas, el bajista, es preciso y melodioso cuando el clima lo requiere, y no adepto a los lujo, mientras que los teclados a cargo de Richard Melick no lucen. No están mal, al contrario, pero bien podrían tener algo más de protagonismo. “The ballad of John Henry”, “Lonesome road blues” son temas muy bien recibidos, como así también “Song of yesterday”, del primer disco con Black Country Comunnion. Pero lo mejor llega al final y a fuerza de covers. Primero “Look over yonders wall” (de James Clark, pero más conocido por las versiones de Paul Butterfield y especialmente Freddie King), y después “Blues deluxe” de Jeff Beck, en donde Bonamassa saca lo mejor de su feeling blusero. Para el cierre un “Young man blues” de The Who, explosivo y arrollador. Durante todo ese último tramo del conciertose se suceden desde guiños y citas (“Stairwy to heaven”, por ejemplo) , solos demoledores, y duelos entre Joe y su baterista, que también tendrá su momento de lucimiento personal.
Al regreso, Bonamassa hizo el tema que bautiza su nuevo trabajo (“Driving towards the daylight”), una balada melódica e intensa, muy facil de imaginar en esas voces de tonos medios como las de David Coverdale o Paul Rodgers, y para la despedida definitiva queda el momento monumental de sus conciertos: “Just got paid” de ZZ TOP. Allí Bonamassa confiesa lo que ya sabíamos: ama el hard rock de los setenta. Cambios de ritmo, solos que van y vienen, citas a temas que son un auténtico ejercicio para la memoria musical (anoche incluyó “Still of the night” de Whitesnake, por ejemplo). O esa pieza clave del rock de fusión que es el “Stratus” de Billy Cobham (a cuya línea de bajo le debe tanto “Safe from harm” de Massive Attack; a veces el mundo es un pañuelo), y al que Joe se sumerge respetando el abordaje que hiciera Tommy Bolin y que ya había tomado prestado Jeff Beck. Después el solo de “Dazed and confused” para volver y despedirse con el riff irresistible de los barbudos de Texas. Palillos y puas que vuelan por los aires hacia un público que se amontona hacia el escenario, y que se lleva la promesa de que no tendrá que esperar otros veintitres años para volver a verse cara a cara con ese gordito prolijo y canchero, que en la calle pasaría inadvertido, pero que con una guitarra entre manos sabe ser el centro mismo del universo.

jueves, 24 de mayo de 2012

Happy Mondays en el Anfiteatro de Puerto Madero


Si el nombre Happy Monday es una respuesta al Blue Monday de New Order, el día que que les tocó a los de Manchester para presentarse en Puerto Madero bien pudo haber sido un sarcasmo climático para que el miércoles parezca lunes. Buenos Aires en su expresión más agotadora: gris, una humedad insportable, un clima templado que amagaba a enfriarse de un momento a otro, un aire pesado e irrespirable y por si hiciera falta esa bruma pegajosa capaz de convertir el inminente fin de semana largo en tres días de reposo absoluto. A pesar de todo no estaba para perdérselo; lo gratuito por estos días suma y mucho, y además la posibilidad de ver a Happy Mondays con su formación original no era para desperdiciar. Eso sí, tampoco era para clavarse toda la previa abajo de la llovizna, por lo que no tuve el placer de conocer a los “We have band”, aunque tanta precaución hizo que me perdiera la primera parte del set de Wild Beasts. Temas más bien ambientales, hipnóticos, en donde las pocas melodías se sostienen en la voz teatral de su cantante Hayden Thorpe y su falsete, que resulta el sello de la banda. Más que interesantes, muy bien recibidos por la gente, terminaron por ser una apertura ideal.
Mientras acomodaban el escenario y Movistar se empeñaba en recordarnos que estábamos ahí gracias a su bondad y desinterés, uno de los plomos gritó “Manchester!” y puso “She bang the drums” para levantar el clima, pero al minuto le cerraron el sonido y sus intentos de ganar el corazón de la gente (???) quedaron en la nada. Unos pocos meses antes vi en el mismo lugar a los Inspiral Carpets, con lo cual podría decirse que el sello del sonido Manchester no era ajeno al anfiteatro. Como todo evento gratuito, si hubo algo que caracterizó al público fue el ecleticismo, pero el hecho que haya visto pasar a tres personas que me remitieron a Wil Weathon, puede acercar una idea de la fauna del lugar. Después puntualmente Bez haría su aparición sobre el escenario para presentarnos a la banda, que arrancó el set con un dueto irresistible: “Loose fit” y “King afro”. Shaun Ryder es un grande de esos de los que uno se la pasa lamentando cómo han desaprovechado su genio. Verlo allí parado, gordito y poco expresivo, limtando todo movimiento a tomar el agua que sostiene con su mano izquierda (y fumar a veces), al principio me produjo cierta indulgencia; pero su voz inconfundible y en buen estado, más una banda que sonó impecable, transformaron esa sensación en una anécdota. Rowetta sostenía una especie de látigos bondage de varias puntas, pero con los que jugaba ingenuamente como porrista. La guitarra de Mark Day empezaba a tomar temperatura y las cabecitas de todos se iban moviendo al ritmo que proponían los británicos.
Bastante menos gente que en otros eventos de la compañía de celulares en el mismo espacio. No sé si fue por el clima o si repartieron menos entradas, pero si lo comparo con la noche de, por ejemplo, Janes Addiction, el espacio libre era inocultable. Shaun Ryder se empecinó en saludar en español al público, con una pronunciación deplorable a pesar del “machete” que lo acompañaba. “Ustedes son un público incredible”, dijo cuando aún no terminábamos de reconocernos (su último paso por el país fue en Diciembre de 2007). Por otra parte su fanatismo por el United evitó referencias futboleras en general y a Kun Agüero en particular. Al paso de las canciones, que por lógica tuvieron el primer gran momento con “24 hour party people”, la banda fue ganando en contundencia. El sonido fue impecable e implacable, gran mérito de la organización. Y seguido a ese hit, cuando adoptaron su sonido más “clubber” (tramo que tuvo su pico en “Hallelujah”), directamente arrasaron.
Factory Records no existe más, y sus fundadores y promotores fueron exterminados por sobredosis, golpizas, cánceres y miterios. El ataúd de Tony Wilson lleva el 501 como número final del catálogo FAC. A excepción del primer disco con Black Grape, Shaun Ryder no ha vuelto a alcanzar los picos creativos de los '80, pero los Happy Mondays reunidos demuestran que aunque su música ya no sea novedosa, puesta a prueba al sonido en vivo, la fórmula todavía funciona. Rowetta entra y sale del escenario según los temas, el inefable Bez entra esporádicamente a bailar, pero su desenfreno no se repite en el público que acompaña todo el show con un leve bamboleo, pero sin exageraciones (salvo un par de chicas unos metros delante mío que se sacuden enajenadas y poseídas). Y así fue transcurriendo un show que a muchos nos devolvió la fe en la banda.
“Bob's Yer uncle”, la guitarra que arde en “Mad cyril” y un cierre desbordado con “Step on” le pusieron un broche sónico fenomenal a un set breve pero contundente. Bez volvió para arengar al baile y mientras desde unos de los VIP soltaban unos globos con helio que se escapaban hacia Alicia Moreau de Justo (único aditamento inesperado en una puesta sobria tanto escénica como lumínica), los Happy Mondays se despidieron entregando su mejor versión. Aquellos despropósitos en español de Shaun al inicio (“Ustedes son un público incredible”, “Movistar es fantasticou”), ahora repetidos se aunaron al tema como en un remix improvisado. Al rato volvieron sin que nadie se los pida e hicieron “Jellybean”, uno de los pocos puntos altos de su fallido regreso al estudio en 2007 (“Uncle Dysfunktional”). Un tema denso, muy cargado de capas de guitarra disonantes, que indujo a un breve trance. Y por último “Wrote for luck” para cerrar definitivamente a puro baile. Happy Mondays pasó por Buenos Aires sin novedades, apostando a lo seguro tanto desde la elección de los temas como en cuanto al sonido, pero entregando la versión más convincente en años. Ojalá esa energía pueda plasmarse en música nueva, porque basta con bailar un rato con ellos para darse cuenta lo falta que hacen.

lunes, 7 de mayo de 2012

Crosby, Stills and Nash en el Luna Park


El domingo tenía una doble oferta musical y ambas muy tentadoras, al menos para mí: por un lado Noel Gallagher en GEBA, y por el otro Crosby, Stills and Nash en el Luna Park. La suma de espectáculos más los precios abusivos hicieron que aguante hasta último momento para decidirme, esperando el primer sitio de cupones de descuento que ofreciera lugares para alguno de los dos shows. Esta modalidad resulta una verdadera estafa para quienes se apuran a asegurarse un lugar en los conciertos, y se ha transformado en una habitual y muy poco leal práctica por parte de las productoras, pero mientras Lealtad Comercial (un verdadero oxímoron a esta altura) lo permita, yo voy a empezar a aprovecharlo. Pues bien, primero salió el descuento de C,S&N y con ellos pasé la noche del domingo.
“Nos vemos pronto” les decía en perfecto español Stephen Stills a los centenares de fans que se habían amuchado delante del escenario y a los miles que aplaudían desde sus lugares, mientras el trío se despedía definitivamente cerca de la medianoche del domingo, después de un concierto extraordinario. Tres horas antes, la misma voz había saludado con un “al fin!” como si los cuarenta y tres años de espera hubiesen sido por parte de los músicos y no el anhelo de la platea que poblaba buen parte del Luna Park. Y sea cual fuera el orden de la ansiedad por el encuentro, al final de la noche estos tres tipos que rondan de 70 años (Stills zafa con apenas 67) habían conseguido el milagro de revivir la chispa de fines de los '60 en un recinto sin barro en el piso, con el público acomodado en cómodas butacas y en el que no se permite fumar ni siquiera tabaco.
“Carry on, love is coming” coreaban los tres en el principio como una reafirmación del espíritu que los mueve no solo a seguir tocando juntos, sino a mantener vivo un mensaje pacifista increbrantable cuya llama permanece vigente a lo largo de todos y cada uno de los clásicos que nos dimos el gusto de cantar con ellos por primera vez. El concierto apeló a las emociones, a revivir pasiones y encantar con caricias el alma de tipos cuyo contacto más cercano con el trío había sido a partir de la película de Woodstock en el viejo cine America. Ahí estaban por fin los tres: Stephen Stills a la izquierda, descollando con su guitarra sanguínea, dueña además de una delicadeza y buen gusto únicos; Graham Nash y su timbre inconfundible en el centro; y David Crosby a la derecha, el más apocado y menos comunicativo de los tres, pero que haciendo alarde de un caudal vocal inusual fue el único que consiguió aliento por separado, con los “ole, ole, ole, Crosby, Crosby” que le arrancaron una sonrisa hacia el final del concierto. Los tres y sus armonías vocales inconfundibles, que aprovechando un sonido impecable que burló el maleficio del Luna Park , permitió (salvo alguna saturación inicial) gozar de los tintes de sus voces, los arreglos y la superposición de guitarras con absoluta fidelidad.
De entrada nomás pudimos disfrutar de clásicos como “Marrakesh express” o “Long time gone”, y de una potente “Southern cross” con el primer gran lucimiento de Stills. Pero entre esas explosiones intensas de una banda implacable, se intercalaban momento mínimos de belleza infinita, como el “Lay me down” de Nash y Crosby. Fue Nash, a pesar del español perfecto de Stills, el encargado de comunicarse con la gente y el que, por lo tanto, anunció “Almost gone (the ballad of Bradley Manning)”, tema dedicado al detenido y torturado analista de inteligencia del ejército norteamericano, cuyas filtraciones a Wikileaks permitieron conocer los crímenes de guerra perpetrados en Irak por el ejército de su país. Coherentes e inflexibles en su mensaje, Crosby, Stills and Nash no solo mantienen en alto sus banderas sobre el escenario, sino que además continúan activos en su militancia antibelicista y espíritu antisistema, como cuando hace unos meses atrás visitaran el campamento del movimiento Ocuppate Wall Street. Antes de “Almost...”, la elocuente “Military madness” y ya en la segunda parte del concierto, el mismo Nash interpelando a Dios por los crímenes cometidos en su nombre en la bella “In your name”, transitarán el mismo camino.
El concierto se dividió en dos partes. La primera de una hora y media mas eléctrica, que incluyó el “Bluebird” de Buffalo Springfield” y que terminó con “Deja vu” y “Wooden ships”, con preeminencia del órgano de Todd Caldwell, y los cambios de ritmo y climas en las melodías, dando lugar a la versión más “progresiva” de la banda. Sus integrantes fueron presentados citando los antecedentes de cada músico acompañante: además de Caldwell, Steve Distanislao en batería (David Gilmour), Kevin McCormick en bajo (Jackcson Browne), Shane Fontayne en guitarra (Sting, Springsteen) más el piano de James Raymond, a quien se reconoció como gran compositor. La segunda parte, luego de un intervalo de unos veinte minutos, incluyó las melodías más calmas y abrió con “Helplessly hoping”, el citado “In your name” y un exquisita versión de “Girl from north country” de Bob Dylan, interpretada por ellos tres solos en un escenario despojado. Mas adelante Crosby y Nash volverán a quedar solos para la preciosa “Guinnevere”.
Cada momento fue inmenso, cada pieza de colección. Nadie canta como ellos, y oírlos en vivo no hace más que confirmar ese dicho popular que dice que “mas viejo es el viento y todavía sopla”. O mejor, corroborar la sentencia de Jimi Hendrix que figuraba en el programa que nos daban en la entrada al estadio y que define a Crosby, Stills and Nash como “la música occidental del cielo”. En continuado siguieron “Jesus of Rio” (magnífico Raymond en el piano), y un nuevo lucimiento del órgano de Caldwell en “Cathedral”, en una explosión de psicodelia. Después Graham Nash dedicó “Our house” a las “beautiful women from Florida Street”, y un Crosby que arrancó aplausos con “Almost cut my hair”. Hacia el final un "Love the one you're with" explosivo para cerrar el concierto a lo grande.
En la despedida pudimos habernos quedado cantando hasta el amanecer, el Luna Park era un fogón gigante en donde el fuego estaba dentro de cada uno de los presentes. Al regreso hicieron otro tema de Buffalo Springfield, “For what it's worth ”, pero cuando amagaban a irse el índice en alto de Crosby indicó que había una más. Había que ver la cara de la gente cantando “Teach your children”, aplaudiendo y sonriendo, en una mezcla de inocencia y fascinación asombrosa. Generacionalmente no puedo ubicarme en ese lugar, pero era imposible no percibir la emoción con la que la gente recibía esa canción a modo de despedida. No porque uno no disfrute, pero era evidente que la llegada a los más grandes (mayoría, por cierto) era más intensa, y seguro centenares de recuerdos retornaron a cada memoria más vívidos que nunca. La energía que quedó flotando en el recinto obligó a un nuevo regreso y “Suite: Judy blue eyes”, fuera de programa, sirvió para que el hechizo fuera completo. “It's getting to the point where I am no fun anymore, I am sorry” se despiden culposos Crosby, Stills and Nash desde el escenario del Luna Park, que enciende las luces para devolvernos al siglo XXI. Y ese “nos vemos pronto” de parte de Stills que como gente de palabra que es, sonó más que prometedor.

viernes, 27 de abril de 2012

Bob Dylan en el Teatro Gran Rex



Pensé mil veces como empezar a contar el show de Dylan de anoche. A hacer una introducción me refiero, porque.....de Bob Dylan qué más se puede decir? Hablar de mí entonces y hacer una especie de descarga emocional por haberme perdido todas las visitas anteriores, y la venganza que significa que la vencida (la cuarta, y no la tercera en este caso) haya sido en un teatro, lugar óptimo para disfrutarlo, podría haber sido una opción. O contar que aunque no me parecieron muy fundamentadas que digamos, algunas críticas de sus recientes shows en España me habían puesto un poco a la defensiva. Pero no, sentado frente a la PC descubro que la mejor manera de empezar es como lo hacen Dylan y su banda: arrancar sin mucho prolegómeno. Y describir entonces que mientras los parsimonios acomodadores del Gran Rex terminan de indicar las ubicaciones a unos cuantos que llegaron sobre la hora, uno no puede evitar sentir la piel erizarse bajo los compases de “Leopard-skin Pill-box hat” del imperecedero “Blonde on blonde”. Y partir de allí dejarse llevar por el cúmulo de emociones que llegan desde un escenario ocupado por una banda cercana a la perfección, y que se encargará de que la noche resulte ideal.

Todo, pero todo lo que uno ya sabía a partir de videos, crónicas y relatos a los que accedió durante años y más años, se concretará sobre el escenario. La falsa indiferencia de Bob Dylan para con el público, el absoluto abocamiento y concentración de la banda a lo estrictamente musical, ignorando cliches de cualquier tipo. El indeleble rasgo nasal en la voz de Dylan, ahora acompañada por el desgaste de los años, lo cual le imprime acento áspero muy particular. Sus fraseos saben a noche, y por momentos es fácil imaginarse el tintineo de copas, el olor a tabaco, y el teatro bien podría ser un pub y sus butacas, sillas de madera. Un Bob Dylan que cambia del pequeño teclado a la guitarra, y que sobre una base siempre blusera va desgranado las canciones de manera casi misteriosa, convirtiendo a los presentes en arqueólogos de su obra, intentando descifrar el recuerdo de cada original dentro de versiones enrevesadas, que obligan a ese ejercicio fascinante. Reminiscencias en el decir de las frases, destellos en los acordes, pequeñas insinuaciones son los guiños con los que el viejo Bob nos revela sus canciones. El sonido es impecable y el ensamble que lo custodia, insuperable. Y si bien Tony Garnier desde el bajo suele ser el señalado como artífice del sonido musical que acompaña a Dylan estos últimos años, la presencia de Charlie Sexton en la guitarra líder le aporta a la banda detalles exquisitos que lo colocan en el centro de la escena a lo largo de toda la noche.
Preanunciar un setlist de Dylan es tarea imposible, pero a medida que avanza el show uno puede percibir que la lógica de la elección está basada en los extremos de su carrera. Entonces entre “High water (for Charley Patton)” (de “Love and theft”), “Beyond here lies nothing” (de “Together through life”), y “Love sick” ( de “Time of your mind”), aparecen reconstruídos a piaccere clásicos como “It ain't me baby”, “A hard rain's A-gonna fall” y “Highway 61 revisited”. Y en este recorrido tiene una notable preminencia “Modern times” (2006) con “Spirit on the water”, “The levee's gonna break” y la descomunal “Thunder on the mountain”. La platea permanece ensimismada, limitándose a aplaudir al final de cada tema y en el mejor de los casos, seguir con el pie los ritmos más marcados. La presencia de Dylan promueve una reverencia absoluta y esa lejanía que él impone es repetida por la gente, que acepta el tono de la relación como si fuera un contrato inquebrantable. Arriba del escenario la complicidad entre los músicos es absoluta, y sostienen a un Dylan que entre ellos se muestra tan cómodo que hasta se anima a tirar unos sutiles pasos de baile.
El final es el punto culminante. La concreción de lo que se venía cocinando por más de una hora, pero que a fuerza de clásicos únicos, construyen un cierre de set implacable. Primero es “Highway 61 revisited” el que aporta dos gemas: “Ballad of a thin man” (con la guitarra marcando el pulso que en el original está a cargo del piano) y “Like a rolling stone”; y por último “All along the watchover”. Y en ese momento es cuando yo me olvido de todo. El momento en el que deja de importarme que alguna vez pude haberme sorprendido con un Dylan más joven cantando “Maggie's farm” en Obras, que lo pude haber visto abrazado a Jagger y Richards, o que la abundandancia de shows y el precio de las entradas hagan que desde la cima del Gran Rex solo le vea el ala del sombrero. Porque a pesar que uno conoce la importancia del artista, y que sabe de la fuente de inspiración que ha significado su obra para la cultura de la segunda mitad del Siglo XX; y aunque uno perciba la vigencia de su influjo y se maraville por la manera en que su importancia se acrecienta a medida que avanzan los años, hasta no estar frente a Bob Dylan y esos clásicos es imposible tomar real dimensión del encanto y la fascinación que irradia su figura.
Para el final definitivo habrá un tema extra con las siempre vigentes preguntas de “Blowin' in the wind” retornando a nuestro presente. Después las ganas de algo más que nunca llega. Y una salida lenta del teatro preguntándome pretencioso: cuántos caminos sin recorrer, cuántos mares y cielos se ha perdido de gozar un hombre, hasta que finalmente tuvo la oportunidad de ver a Dylan? Y cuando estaba por decirme que ahora sí lo había visto todo, en la radio del taxi cantaba Leonard Cohen haciéndome saber que no, que todavía no me puedo morir tranquilo.

martes, 10 de abril de 2012

Björk - Biophilia Residency en Buenos Aires


Ni bien uno entra al Centro Municipal de Exposiciones puede percibir que lo que va a presenciar no será un recital común y corriente. Un par de pantallas gigantescas y una especie de manifiesto nos da la bienvenida y funcionan como puerta de entrada a la propuesta con la que Björk nos recibe: la naturaleza como eje, y de como esta entrelazada con la música y la teconología nos puede revelar sus componentes invisibles. Björk nos propone la misión de desentrañar los secretos de los perfumes, los colores, el sentido del tacto y por supuesto los sonidos combinados como origen de la música. Y a medida que uno avanza en el salón empieza a notar como con sencillez se introduce en un universo que las palabras de bienvenida podrían augurar pretencioso, y que sin embargo resulta todo lo contrario. Adentro, en un salón en donde una isla central ofrece desde sushi hasta pizzetas, y agua mineral Palau (!), los televisores se repiten recreando videos e imágenes del sitio web interactivo, rodeando un espacio en el que la gente se va ambientando en la propuesta y dentro del cual se puede jugar a crear sonidos con unos Ipads, interesarse por el Biophilia Educational Project o simplemente acceder al merchandising oficial. Telones negros hacen las veces de decorado de todo ese espacio a media luz, que además mediante letreros desaconseja el uso de cámaras fotográficas para poder disfrutar del show en tiempo presente y en el lugar, y no a futuro en casa. Algo que repetirá en inglés un locutor antes de comenzar el show, y que será traducido al español por una chica voluntariosa, aunque con mucha dificultad. Un pibe al lado mío aplaude a rabiar el consejo, mientras se compenetra en el show comiéndose unos nachos (?).
La apertura coral con Óskasteinn finalmente da por iniciado el concierto en sí, que aunque el concepto Biophilia Residency (anunciado como colaboración entre Björk y Michel Gondry allá por 2010) lo excede como tal, uno lo asume inconscientemente de esa manera, ya que más allá de las aplicaciones, los juegos, y los videos interactivos, lo que motiva en primer lugar a estar allí sentado son las canciones y la música de Björk. Y es “Thunderbold” la encargada de ser la primera en sumergirnos en una experiencia única. La voz cristalina de Björk nos invita a anhelar milagros, mientras las pantallas que rodean al escenario desde lo alto proyectan imágenes de la tierra cubriéndose de luz y sombra alternativamente. El negro absoluto que viste el recinto más las estrellitas a manera de cielo nocturno dan la impresión de estar dentro de un planetario. Todo es minimalista. Empezando por el espacio reducido que le da al show un ambiente cálido e íntimo, hasta los sonidos que acompañanan las melodías y que funcionan como música incidental para arropar canciones mínimas que la fragilidad de la islandesa interpreta con su conocida intensidad. Por un momento Björk podría ser una bailarina en medio de una cajita musical, y es notable como los distintos componentes del show fluyen en una armonía asombrosa.
El escenario está ubicado en el centro del recinto con lo cual todo parece más cercano. Una batería electrónica más un set de artilugios sonoros inclasificables a cargo de Manu Delago, más un par de teclados, una colección de laptops, un reactable, y la consola de comando de un órgano huérfano, además de cuatro péndulos ubicados en las esquinas opuestas, manejados por Max Weisel son los encargados de la música. Ellos más el coro Graduale Nobili, compuesto por un grupo de islandesas que parecen escapadas de un relato mitológico nórdico, son todo lo que necesita Björk para adentrarnos en su cosmogonía.
El set está compuesto obviamente por las canciones de Biophilia (tocó todas salvo “Sacrifice”) más una selección de gemas de toda la carrera de la cantante. Las pantallas nos muestran imagenes con paisajes tanto terrestres como marinos, todos ellos paradisíacos, figuras geométricas que se desarman y se reconstruyen en forma de constelaciones, y viajes insondables hacia el interior de moléculas y microorganismos que muestran su vitalidad como revelados bajo la lente de un microscopio. Björk transita el escenario lentamente, casi reverenciándose a cada paso, movimiento que nosotros seguimos encandilados. Es ella, vestida en plateado y azul bajo una peluca tan gigante como bizarra, el centro de ese cosmos creado a partir de la sugestión por la naturaleza, a la que se aborda desde una mirada fascinacinada e inocente. Todo parece primitivo. La voz fragil de Björk bien podría ser la perfecta alegoría del débil equilibrio natural que nos rodea; y los coros que la acompañan la ideal concreción para un ambiente etéreo en un espacio que parece atemporal. En cuanto a la continuidad de la música en sí, “Crystallyne” termina en una furiosa descarga percusiva; “Hollow” apuesta a encontrar el ADN del ritmo por debajo de un órgano enigmático y tenebroso, mientras que temas como “Dark matter” y “Virus” nos mantienen hipnotizados. A ellos se suman y adaptan con una naturalidad asomobrosa canciones como “Hidden place” (de “Vespertine”) y “Mouth's craddle” y “Sonnets/Unrealities XI” (de “Medulla”). También aparecen maravillas como “Joga” y “Pagan poetry”, aunque acá estoy obligado a hacer una salvedad: ver y escuchar a Björk a menos de diez metros interpretando esos temas es una experiencia de tamaña intensidad, que para describirlo requieriría de toda una crónica aparte. En el final hay un retorno a “Biophilia” con “Mutual core” y su alusión a los movimientos tectónicos, y en ese tramo sobresale la belleza única de “Cosmogony”. La despedida es con “Solstice” en la que la islandesa parece definir nuestro espacio en el universo (And then you remember, that you, yourself, you are a light-bearer. A light-bearer receiving radiance from others), mientras se retira lentamente del escenario por un pasillo que divide la platea principal.
Los bises dan cuenta por primera vez de algunas expresiones de admiración histérica, que a mí me fastidian y bastante, pero las canciones son un regalo que excede al universo “Biophilia”. Primero un viaje al pasado, más precisamente a 1995 y “Post”, con “You've been flirting again” e “Isobel”; y después un movido cierre a cargo de “Pluto” (en la gira actual, en los shows extra-Biophilia Residency, “Homogenic” es un disco que aporta muchas canciones al set). Y si me refiero a “Pluto” solmente como movido, es porque si no me quedaría sin palabras para graficar el segundo (e imprevisto) regreso, y un “Declare independence” que convirtió al escenario en una auténtica rave y al Centro Municipal de Exposiciones en un gigantesco boliche. Las coristas se sacudían enajenadas, poseídas por un ritmo que marcaba una especie de final liberador. La energía desprendida por todos se expandía como en un big bang desde el escenario hacia todas las plateas generando un clima celebratorio y vital que, aún cuando no haya sido buscado, cierra una parábola perfecta entre la exploración sensorial made in Biophilia y el éxtasis enfervorizado como punto culminante de la experiencia. Björk nos despide con un “gracias!” mientras vuelve a perderse debajo de las plateas y algún desobediente intenta obtener las últimas fotos de una noche irrepetible.

martes, 3 de abril de 2012

Gogol Bordello en Groove


Después del evento monstruoso y la parafernalia conceptual de Roger Waters, yo necesitaba volver a tierra. Sentir nuevamente las sensaciones y la energía que producen un recital de rock en su versión más básica y por lo tanto, como dicen los narcocatadores, de mayor pureza. Y nada mejor que Gogol Bordello para recuperarlo. La banda de Nueva York tocó anoche en Groove, luego de su presentación por el Lollapalooza chileno, volviendo a la Argentina tras su breve paso por el Pepsi music en el Club Ciudad allá por 2009, en uno de los escenarios mutilados a los oídos porteños por el Santísimo Señor de las Bicisendas. A pesar de llegar relativamente sobre la hora pude escuchar el último tema de la banda soporte “4 pesos de propina”, que mas allá de la obviedad de una rima entre plata y pirata, parecían sonar bastante bien y tener muy buen recepción por parte del público. Pero yendo a la banda principal, mas allá de su identidad gitana, Gogol Bordello no encaja en los parámetros de la llamada “movida balcánica” que Kusturica mediante, tuvo su pequeño auge en el país desde fines de los '90 hasta algunos años avanzado el nuevo siglo. Aún cuando algún oído interesado se haya acercado a la propuesta de Eugene Hutz y los suyos desde aquella movida, lo cierto es que en el caso de Kusturica existe un cierto componente nacionalista que en Gogol Bordello desaparece por completo. Aquí se reivindica al gitano en su versión nómade y asume como propia la causa de todos los inmigrantes del mundo. Mirando remeras uno puede guiarse también sobre lo heterogéneo del público que se acercó anoche hasta Plaza Italia, y mientras esperaba el inicio del show (torturado por el pésimo gusto de DJ de Groove empecinado en el cuarteto y la peor cumbia) pude ver remeras de Free Palestine, The Wall, Mano Negra e incluso un flaco que llevaba puesta una remera de Licenciado Cantinas de Bunbury junto a un buzo de Lacrimosa (???).
Escenario despojado, apenas decorado por una bandera con el símbolo del disco “Gyspy punks”: un puño aferrado a una honda, a punto de lanzar una estrella identificada con la libertad. En el desprolijo ingreso de los músicos, más la botella de vino en la mano izquierda del ucraniano Eugene Hutz, uno tiene el primer síntoma de los condimentos que va a tener el show. Y el comienzo irresistible con “Ultimate”, también apertura de su anteúltimo trabajo“Super Taranta!” (2007), se trata entonces tan solo de una confirmación. A partir de allí será todo delirio y traspiración. Cada riff del acordeón de Yuri Lemeshev y el violín (Sergey Ryabtsev es componente fundamental de la banda) será coreado a toda voz, cada ritmo replicado en saltos y palmas, cada grito liberado acompañado por puños en alto. Punk gitano, innecesaria etiqueta, porque a decir verdad: hay algo en el mundo más punk que los gitanos? Y luego “Sally”, a puro pulso ska, con el violín marcando el ritmo como un cuchillo, para devenir en furia punk. Y no habrá respiro, porque todo el show mantendrá la adrenalina de esos primeros minutos, con ritmos que van desde el reggae hasta el hardcore, a cargo de una banda sanguinea y visceral.
La fiesta permanente de Gogol Bordello estará siempre acompañada por un espiritu rebelde irrenunciable. La actitud frente al escenario es la de “si molestamos, no nos importa. Así somos, tómalo o déjalo (si puedes)”. A los pasos de Sergey llevando a pasear su violín por todo el escenario, y los movimientos desaforados de Hutz, se suma la presencia de Pedro Erazo, el percusionista y MC ecuatoriano del grupo, quien es el encargado de las arengas al público, innecesarias por cierto. Desde la mitad del local veo pasar cuerpos exhaustos que salen del pogo constante para tomar una bocanada de aire (y un poco de cerveza) para regresar renovados a seguirle el ritmo a la banda. Una banda que avanzando en el show arma una continuidad con “Inmigrant punk” y “Tribal connection” que tiene a Joe Strummer como Dios pagano y “The guns of Brixton” como biblia sagrada. Y después sigue con las lejanas reminiscencias españolas de “My companjera”. Este tema es de su último disco “Trans-Continental Hustle”, producido por un Rick Rubin que consiguió la versión más madura de Gogol Bordello, al menos de lo que hasta ahora conocemos de ellos. De allí también sonaron la cumbia “Last one goes the hope” y el momento más calmo del show, con “When universes collide”.
Tratándose de un 2 de Abril, me intrigaba ver como Gogol Bordello se abocaba al tema Malvinas (si es que lo hacían) sin caer en demagogia. Y el encargado fue una vez más Pedro Erazo, quien afirmó: no solo las Malvinas, todo el mundo es nuestro. Perfecto, bien a tono con su espíritu nómade, y ahí nomás pegaron lo que tal vez sea su más elocuente declaración de principios “Inmigraniada (We comin' rougher)”, y el pogo llegó hasta la avenida Santa Fe. Ya para el final quedaron “Break the spell”, el irresistible “Pala tute” y un “Star wearing purple” (con cita al floydeano “Hey teacher, leave the kids alone”, como si el espíritu de Roger Waters aún permaneciera entre nosotros) que nos dejó a todos saltando hasta volvernos púrpuras del calor, mientras Eugene Hutz vaciaba su botella de vino sobre las cabezas de la gente más cercana, y revoleaba lo que quedaba repartiéndolo por todo el escenario.
Breve receso para un regreso que fue más de lo mismo, una fiesta en continuado que solo se tomó un respiro para dar lugar al inevitable canto del público local, porque también Gogol Bordello es un sentimiento que no se puede parar. “Alcohol”, oda que también resulta otra declaración de principios, con menos rebeldía pero más enajenación, y “Think locally, fuck globally”, "Sacred darling" y un final que los encuentra a todos los músicos entrelazados sobre el escenario, mientras suena de fondo la voz de Johnny Cash y su versión de “Redemption song”, un auténtico himno para los inmigrantes del mundo.
Con seguridad las efusivas crónicas de los esperados shows de Foo Fighters en River dejarán en segundo plano lo sucedido anoche en un Groove repleto, pero quienes estuvimos allí sabemos que semejante descarga de energía no será sencillo de ser superada por mucho tiempo. Y tratándose de Gogol Bordello, no será cuestión de pedirles que vuelvan, porque será su andar errante el que inevitablemente los traiga casi sin querer de regreso, para volver a regar esta tierra con mucho vino, más sudor, y ninguna lágrima.

sábado, 10 de marzo de 2012

Roger Waters - The Wall en el estadio de River Plate


            Fabian Casas se me adelantó a la idea con la que yo me paraba ante “The wall” antes de estos shows: quién escucha hoy The Wall completo? se preguntó en su nota para Rolling Stone. Y allí surge la principal incertidumbre frente a la obra de Roger Waters: cuál es su grado de actualidad, pasados más de treinta años de su aparición? Y para responder esto habría que encontrarle un significado a una obra que con el tiempo se fue resignificando (sola o a la fuerza) y que como toda obra de arte, sobrevive diferente a partir de cómo afecta a cada uno de los seres que se exponen ante ella. Y es que aquel alerta sobre el fascismo y el rock, aquel compendio de miedos y fobias a la crueldad de las masas y los poderes absolutos se ha transformado en un combo que incluye paralelos con el muro de Berlín, Madres de Plaza de Mayo, Malvinas, y que motiva aportes periodísticos tanto  de Alfredo Rosso como de Catalina Dlugi.  
En mi caso yo soy de la generación que pudo disfrutar tanto de los Pistols como de Floyd sin culpa alguna. Llegué adolescente a las trasnoches del Select Lavalle para ver decenas de veces una película que de antemano me habían anticipado que me iba a costar entender. (Aunque confieso que en materia de trasnoches yo prefería la película de Zeppelin en el Lara, la cual requería menos dedicación intelectual y solo la necesaria concentración para estar atento al momento en que Bonzo Bonham le palmeaba el culo a una vaca). Entonces, cómo pararme frente a The Wall hoy, cuando la obra ha tenido un recorrido sinuoso, tan sinuoso como mi propio recorrido de vida, sin hacerlo con un espíritu crítico, en el buen sentido de la palabra? Da la impresión que a  Waters lo supera la dimensión de su obra y que por algún motivo (desde el económico que le adjudican los más escépticos hasta cierto exceso de ego) necesita adaptarla a los tiempos como forzando (innecesariamente según mi parecer) su carácter  inmortal. Es cierto, él la pensó así de descomunal desde un comienzo y hoy la tecnología le permite ponerla en práctica tal cual su mente la ideó hace más de treinta años. Pero volver a abordarla significa necesariamente acondicionarla al presente, asumiendo todos los riesgos que eso implica. Y yo, mas allá de todos estos cuestionamientos que tienen más que ver con la pretensión del propio británico que con la obra en sí, que crecí con la película, que escuché cientos de veces el disco y que soñé con estar frente a semejante monstruosidad, me olvido de todo y por un momento me propongo pararme frente al concierto desde la más absoluta inocencia.                                       
Y ahora que pasé por la experiencia de reencontrarme con The Wall en su versión más desmesurada, me doy cuenta que todas esas inquietudes previas bien pueden quedar a un lado. Porque basta que empiece a sonar “In the flesh” para que comprenda que por primera vez no estoy enfrente de nada, sino adentro de todo. En el medio del sueño, o pesadilla como más guste, de Roger Waters. Porque los sonidos llegan de todos lados, los helicópteros están encima de mi cabeza, las bombas me estallan debajo de los pies, los gritos suenan adentro de mis oídos y las ráfagas de metralleta apuntan directo a mi pecho. Va a volar un avión y se va a estrellar sobre la pared aún inconclusa, y la adrenalina empieza a recorrer las venas creando un estado de éxtasis que durará por varios minutos y que no va a decaer hasta que las propias energías en baja de Pink contagien el estado letárgico del encierro. 
Dos premisas a la hora de narrar: la primera es que las sensaciones que se viven dentro del estadio son tan complejas que las palabras no alcanzan, por lo que no vale la pena intentarlo; la segunda es que siendo The Wall una obra tan conocida no tiene sentido escribir sobre su argumento. Solo decir que está todo: la marioneta gigante del profesor, el coro de niños atacándolo (Roger convocó a chicos de villas de emergencia para cumplir este papel), la madre sobreprotectora vigilando a Pink por sobre uno de los extremos del muro, la guerra, la muerte, la lujuria y el engaño representados en la inolvidable danza de flores devenidas en acto sexual y luego en alambres de púa. La pared grafiteada por las proyecciones sirve para repetir consignas contra los poderes de todo tipo y además nos alerta: el miedo construye muros. Incita a descreer de los gobiernos, denuncia desigualdades, recuerda víctimas de las guerras reflejando sus rostros y fechas de nacimiento y muerte. Y señala enemigos, como cuando las bombas despedidas desde los aviones son representadas con símbolos de corporaciones multinacionales  y religiosos (la estrella de David, la luna árabe y la cruz católica que, unidas, en Madonna y en Bono significan paz y concordia, aquí son balas asesinas). Tal vez allí, en esa ampliación del campo abarcativo de la obra, es en donde surgen las inevitables contradicciones. Por ejemplo, pienso en que la primera reinvención de  The Wall se hizo carne para, aprovechando la analogía entre muros, saludar los mazazos que en Noviembre del ’89 dieron por tierra con el muro de Berlín;  y anoche en River pude ver como la palabra “capitalismo” escrita con la tipografía de Coca Cola, era señalada desde la denuncia. Entonces me pregunto: no fue acaso la caída del muro de Berlín el mayor símbolo del fin del mundo bipolar y de la consagración definitiva (definitiva?) del capitalismo como sistema? Paradojas.
Pero además están las canciones, que por la respuesta negativa a la inicial pregunta de Fabián Casas (hoy por hoy nadie escucha The Wall entero, aceptémoslo), retornan a mis oídos con la capacidad intacta para estremecer. Porque además de todo lo que gira a su alrededor, The Wall es un compilado de excelentes canciones que más allá de toda la parafernalia se defienden, y muy bien, por sí solas. O acaso no nos estremecimos cuando Eddie Vedder nos cantó “Mother” en La Plata, alejado de cualquier contexto y pretensión conceptual? Y allí están entonces la emotiva “Goodbye blue sky”, la fuerza de “Young lust” y el carácter irresistible de “Another brick in the wall pt.2”. Todo esto en la primera parte del show, que luego de los giros, malos días y desequilibrios, finaliza con un Waters agónico anunciando “Goodbye cruel world” asomado por el último hueco de la pared, que luego se cierra por completo. Muchos años atrás en ese momento yo me levantaba a dar vuelta el cassette. En River es intervalo, veinte minutos libres para llegarse hasta el merchandising, por si faltaban contradicciones.
En la segunda parte, por la lógica continuidad del relato, la adrenalina cae. “Hey you” es cantada por un Waters invisible, que solo reaparecerá en un hueco en la pared para hacer solo con su guitarra “Is there anybody out there?”. Luego, en otro hueco que se abre, la intimidad de una habitación solitaria arropa la desolación de “Nobody home”. En este tramo, con el muro cubriendo por completo el escenario, el centro de la atención está en las proyecciones. Roger Waters es entonces un actor que encarna la debilidad y la autodestrucción de Pink. Llega el esperadísimo “Confortably numb” y Waters (Pink) golpea el muro que se despedaza imaginariamente, logrando la imagen más impactante desde lo visual de todo el concierto. Pero “The show must go on”, y con el regreso de “In the flesh”, caen las banderas con los martillos cruzados vistiendo los muros, y el encierro se transforma en la despiadada recreación del imaginario nazi. Crecen la paranoia y las persecuciones, y todo deriva en un “Run like hell” con una cámara (“Big Brother is watching you” alerta el muro) que desde la pantalla central y circular que asoma por sobre la pared, controla a un estadio pasmado, mientras el cerdo inflable que repite las consignas del muro, sobrevuela la platea, y la imborrable imagen de la marcha de los martillos transita un escenario dominado por el rojo y el negro. Todo este tramo termina con Roger enfundado en cuero y su brazalete identificatorio ametrallando al público.
El tramo final es la versión ampliada de la película de Alan Parker, porque la espera de los gusanos y el juicio impiadoso es representado casi exclusivamente con las imágenes del film. La banda ya toca completa al frente del muro, que con Pink condenado a vivir entre sus semejantes y al grito masivo de “tear down the wall”,  finalmente se derrumba dejando al escenario con la apariencia de una terrible devastación, pero con el espíritu optimista que precede a toda reconstrucción. Los músicos se adelantan a los ladrillos derribados, Roger Waters con su trompeta inicia la melodía de “Outside the wall”, y mientras nosotros aplaudimos de pie, los músicos se retiran de a uno, presentados por un Roger Waters que no deja de agradecer. En la lenta marcha de salida, más de uno que pagó $ 1400 y que vuelve a la seguridad de su barrio cerrado, no reparará en que minutos antes aplaudía a rabiar la sentencia que obligaba a Pink a vivir junto a sus semejantes. Pero no es tiempo de detenerme en señalar más contradicciones. Me voy de River anonadado por el tamaño del espectáculo que acabo de presenciar, con la poco convinente conclusión de que ya nadie escucha The Wall entero, porque hace rato que The Wall ha dejado de ser solo un disco de una gran banda de rock; y recordándome adolescente tallando con la punta de un compás en el viejo pupitre de madera aquello de “Solos o en pareja, los que de verdad te aman caminan fuera de la pared”.