miércoles, 30 de mayo de 2012

Joe Bonamassa en el Teatro Coliseo


Las primeras noticias más o menos masivas acerca de Joe Bonamassa llegaron a Argentina a traves del programa de radio de Bobby Flores allá por el año 2003. A esa altura, después de haber “currado” unos cuantos años, Bobby sabía que no podía seguir exprimiendo el catálogo de Alligator y comenzó a difundir a dos jóvenes artistas como novedad: la todavía adolescente Joss Stone, y al guitarrista neoyorquino que nos ocupa. Internet y su poder masivo no tenían el alcance de hoy, y salvo en oídos especializados, no era posible acceder a toda la música que se producía en el mundo. Pero en verdad para aquella época, Joe ya no era ninguna novedad. Había abandonado a sus compañeros de Bloodline, el grupo en el que lo acompañaban tres “superhijos”, Erin Davis (baterista, hijo de Miles), Berry Oakley Jr. (hijo del bajista de los Allman Brothers), y Waylon Krieger (la otra guitarra del grupo, hijo de Robbie), para iniciar un carrera solista en la cual empezaba a apuntar su talento para con el blues hacia un rumbo más rockero. A qué viene esta introducción poco habitual en este blog? Pues a que en aquella presentación de Bobby Flores, Joe era catalogado como el nuevo Steve Ray Vaughan y mientras íbamos por el segundo tema del concierto de anoche (“Last kiss”; había abierto con “Slow train”, de “Dust bowl”) yo pensaba que el tipo me hace acordar más a Gary Moore que a SRV. Bien, a continuación y de inmediato, su versión de “Midnight blues” me demostró que esa referencia era bastante más que una casualidad.
Casi sin publicidad el Teatro Coliseo estaba “sold out” desde un par de días antes, y si bien llegué bastante sobre la hora (20:30 hs es un horario poco habitual para un concierto entre semana), se notaba la ansiedad por encontrarse cara a cara con el afamado guitarrista. Y Joe, casi sin hablar, se fue metiendo al público en el bolsillo a fuerza de solos, impronta blusera y espíritu rocker. Bonamassa nació treinta años tarde. Tanto su música en sí como el ritmo de su carrera es de otro tiempo. Un disco de estudio por año, DVD's y grabaciones en vivo, más su faceta hard rock en Black Country Communion (supergrupo que comparte con Derek Sheridian, Glenn Hughes y Jason Bonham) lo convierten en un caso inusual en el siglo XXI. Y a ese ritmo, cada grabación nueva no es otra cosa que una excusa para sumar y renovar parcialmente el repertorio en vivo. Por ese motivo, aunque anoche alguien podía presumir la presentación en sociedad del reciente “Driving towards the daylight”, en realidad solo sonaron un par de temas nuevos del disco. Entre ellos, el cover pesado que hace del “Who's been talking” de Howlin' Wolf (y al que se podría enganchar “Whole lotta love” sin que nadie se diera cuenta del todo). En esa primera parte del show, Joe privilegió la distorsión y la tracción a sangre, excepto en “Dust bowl”, dueño de una base funky irresistible. “Slow gin” fue el momento en que ese rumbo se rompió, para continuar el concierto en climas sinuosos, alternando rock and roll con blues más suave.
En medio de la noche, y durante de uno de los pocos silencios que la banda permitió, alguien gritó: animal! Y la verdad que cuando uno está parado ante ese tipo de músicos, no vale la pena matarse buscando adjetivos, y la mejor definición será ese tipo de exclamaciones pasionales. Bonamassa es un guitarrista de blues blanco hasta la médula. Lleva en la sangre la santa triolgía Yardbirds, y ama el sonido sanguíneo y valvular. Además su manera pulcra de cantar lo transforman en un producto muy apto para FM. Claro, Joe Bonamassa, de proponérselo, podría ser John Mayer; pero felizmente lo evita. Y si bien nadie que toque blues podrá ignorar influencias negras, su estilo pasa más por un virtuosismo expansivo setentista que por las raíces más puras del género. Eso sí, ni un ápice de soberbia. Casi no tiene diálogo con el público, y sobre su estadía y comodidad, solo le leí en su perfil en facebook un comentario generoso para con la comida de Buenos Aires (nadie con ese apellido podría pasar por alto ese detalle).
La banda que lo acompaña tiene por estrella destacada a Tal Bergman, el baterista. Alguna vez “Bonzo” Bonham, consultado acerca de su estilo para tocar la batería, lo graficó dejando caer con fuerza su brazo sobre una mesa de madera. Así toca Tal, porque aunque su currículum incluya desde Billy Idol y Rod Stewart hasta Joe Zawinul y Terence Trent D'arby, es el típico baterista de una banda de hard rock. Carmine Rojas, el bajista, es preciso y melodioso cuando el clima lo requiere, y no adepto a los lujo, mientras que los teclados a cargo de Richard Melick no lucen. No están mal, al contrario, pero bien podrían tener algo más de protagonismo. “The ballad of John Henry”, “Lonesome road blues” son temas muy bien recibidos, como así también “Song of yesterday”, del primer disco con Black Country Comunnion. Pero lo mejor llega al final y a fuerza de covers. Primero “Look over yonders wall” (de James Clark, pero más conocido por las versiones de Paul Butterfield y especialmente Freddie King), y después “Blues deluxe” de Jeff Beck, en donde Bonamassa saca lo mejor de su feeling blusero. Para el cierre un “Young man blues” de The Who, explosivo y arrollador. Durante todo ese último tramo del conciertose se suceden desde guiños y citas (“Stairwy to heaven”, por ejemplo) , solos demoledores, y duelos entre Joe y su baterista, que también tendrá su momento de lucimiento personal.
Al regreso, Bonamassa hizo el tema que bautiza su nuevo trabajo (“Driving towards the daylight”), una balada melódica e intensa, muy facil de imaginar en esas voces de tonos medios como las de David Coverdale o Paul Rodgers, y para la despedida definitiva queda el momento monumental de sus conciertos: “Just got paid” de ZZ TOP. Allí Bonamassa confiesa lo que ya sabíamos: ama el hard rock de los setenta. Cambios de ritmo, solos que van y vienen, citas a temas que son un auténtico ejercicio para la memoria musical (anoche incluyó “Still of the night” de Whitesnake, por ejemplo). O esa pieza clave del rock de fusión que es el “Stratus” de Billy Cobham (a cuya línea de bajo le debe tanto “Safe from harm” de Massive Attack; a veces el mundo es un pañuelo), y al que Joe se sumerge respetando el abordaje que hiciera Tommy Bolin y que ya había tomado prestado Jeff Beck. Después el solo de “Dazed and confused” para volver y despedirse con el riff irresistible de los barbudos de Texas. Palillos y puas que vuelan por los aires hacia un público que se amontona hacia el escenario, y que se lleva la promesa de que no tendrá que esperar otros veintitres años para volver a verse cara a cara con ese gordito prolijo y canchero, que en la calle pasaría inadvertido, pero que con una guitarra entre manos sabe ser el centro mismo del universo.

jueves, 24 de mayo de 2012

Happy Mondays en el Anfiteatro de Puerto Madero


Si el nombre Happy Monday es una respuesta al Blue Monday de New Order, el día que que les tocó a los de Manchester para presentarse en Puerto Madero bien pudo haber sido un sarcasmo climático para que el miércoles parezca lunes. Buenos Aires en su expresión más agotadora: gris, una humedad insportable, un clima templado que amagaba a enfriarse de un momento a otro, un aire pesado e irrespirable y por si hiciera falta esa bruma pegajosa capaz de convertir el inminente fin de semana largo en tres días de reposo absoluto. A pesar de todo no estaba para perdérselo; lo gratuito por estos días suma y mucho, y además la posibilidad de ver a Happy Mondays con su formación original no era para desperdiciar. Eso sí, tampoco era para clavarse toda la previa abajo de la llovizna, por lo que no tuve el placer de conocer a los “We have band”, aunque tanta precaución hizo que me perdiera la primera parte del set de Wild Beasts. Temas más bien ambientales, hipnóticos, en donde las pocas melodías se sostienen en la voz teatral de su cantante Hayden Thorpe y su falsete, que resulta el sello de la banda. Más que interesantes, muy bien recibidos por la gente, terminaron por ser una apertura ideal.
Mientras acomodaban el escenario y Movistar se empeñaba en recordarnos que estábamos ahí gracias a su bondad y desinterés, uno de los plomos gritó “Manchester!” y puso “She bang the drums” para levantar el clima, pero al minuto le cerraron el sonido y sus intentos de ganar el corazón de la gente (???) quedaron en la nada. Unos pocos meses antes vi en el mismo lugar a los Inspiral Carpets, con lo cual podría decirse que el sello del sonido Manchester no era ajeno al anfiteatro. Como todo evento gratuito, si hubo algo que caracterizó al público fue el ecleticismo, pero el hecho que haya visto pasar a tres personas que me remitieron a Wil Weathon, puede acercar una idea de la fauna del lugar. Después puntualmente Bez haría su aparición sobre el escenario para presentarnos a la banda, que arrancó el set con un dueto irresistible: “Loose fit” y “King afro”. Shaun Ryder es un grande de esos de los que uno se la pasa lamentando cómo han desaprovechado su genio. Verlo allí parado, gordito y poco expresivo, limtando todo movimiento a tomar el agua que sostiene con su mano izquierda (y fumar a veces), al principio me produjo cierta indulgencia; pero su voz inconfundible y en buen estado, más una banda que sonó impecable, transformaron esa sensación en una anécdota. Rowetta sostenía una especie de látigos bondage de varias puntas, pero con los que jugaba ingenuamente como porrista. La guitarra de Mark Day empezaba a tomar temperatura y las cabecitas de todos se iban moviendo al ritmo que proponían los británicos.
Bastante menos gente que en otros eventos de la compañía de celulares en el mismo espacio. No sé si fue por el clima o si repartieron menos entradas, pero si lo comparo con la noche de, por ejemplo, Janes Addiction, el espacio libre era inocultable. Shaun Ryder se empecinó en saludar en español al público, con una pronunciación deplorable a pesar del “machete” que lo acompañaba. “Ustedes son un público incredible”, dijo cuando aún no terminábamos de reconocernos (su último paso por el país fue en Diciembre de 2007). Por otra parte su fanatismo por el United evitó referencias futboleras en general y a Kun Agüero en particular. Al paso de las canciones, que por lógica tuvieron el primer gran momento con “24 hour party people”, la banda fue ganando en contundencia. El sonido fue impecable e implacable, gran mérito de la organización. Y seguido a ese hit, cuando adoptaron su sonido más “clubber” (tramo que tuvo su pico en “Hallelujah”), directamente arrasaron.
Factory Records no existe más, y sus fundadores y promotores fueron exterminados por sobredosis, golpizas, cánceres y miterios. El ataúd de Tony Wilson lleva el 501 como número final del catálogo FAC. A excepción del primer disco con Black Grape, Shaun Ryder no ha vuelto a alcanzar los picos creativos de los '80, pero los Happy Mondays reunidos demuestran que aunque su música ya no sea novedosa, puesta a prueba al sonido en vivo, la fórmula todavía funciona. Rowetta entra y sale del escenario según los temas, el inefable Bez entra esporádicamente a bailar, pero su desenfreno no se repite en el público que acompaña todo el show con un leve bamboleo, pero sin exageraciones (salvo un par de chicas unos metros delante mío que se sacuden enajenadas y poseídas). Y así fue transcurriendo un show que a muchos nos devolvió la fe en la banda.
“Bob's Yer uncle”, la guitarra que arde en “Mad cyril” y un cierre desbordado con “Step on” le pusieron un broche sónico fenomenal a un set breve pero contundente. Bez volvió para arengar al baile y mientras desde unos de los VIP soltaban unos globos con helio que se escapaban hacia Alicia Moreau de Justo (único aditamento inesperado en una puesta sobria tanto escénica como lumínica), los Happy Mondays se despidieron entregando su mejor versión. Aquellos despropósitos en español de Shaun al inicio (“Ustedes son un público incredible”, “Movistar es fantasticou”), ahora repetidos se aunaron al tema como en un remix improvisado. Al rato volvieron sin que nadie se los pida e hicieron “Jellybean”, uno de los pocos puntos altos de su fallido regreso al estudio en 2007 (“Uncle Dysfunktional”). Un tema denso, muy cargado de capas de guitarra disonantes, que indujo a un breve trance. Y por último “Wrote for luck” para cerrar definitivamente a puro baile. Happy Mondays pasó por Buenos Aires sin novedades, apostando a lo seguro tanto desde la elección de los temas como en cuanto al sonido, pero entregando la versión más convincente en años. Ojalá esa energía pueda plasmarse en música nueva, porque basta con bailar un rato con ellos para darse cuenta lo falta que hacen.

lunes, 7 de mayo de 2012

Crosby, Stills and Nash en el Luna Park


El domingo tenía una doble oferta musical y ambas muy tentadoras, al menos para mí: por un lado Noel Gallagher en GEBA, y por el otro Crosby, Stills and Nash en el Luna Park. La suma de espectáculos más los precios abusivos hicieron que aguante hasta último momento para decidirme, esperando el primer sitio de cupones de descuento que ofreciera lugares para alguno de los dos shows. Esta modalidad resulta una verdadera estafa para quienes se apuran a asegurarse un lugar en los conciertos, y se ha transformado en una habitual y muy poco leal práctica por parte de las productoras, pero mientras Lealtad Comercial (un verdadero oxímoron a esta altura) lo permita, yo voy a empezar a aprovecharlo. Pues bien, primero salió el descuento de C,S&N y con ellos pasé la noche del domingo.
“Nos vemos pronto” les decía en perfecto español Stephen Stills a los centenares de fans que se habían amuchado delante del escenario y a los miles que aplaudían desde sus lugares, mientras el trío se despedía definitivamente cerca de la medianoche del domingo, después de un concierto extraordinario. Tres horas antes, la misma voz había saludado con un “al fin!” como si los cuarenta y tres años de espera hubiesen sido por parte de los músicos y no el anhelo de la platea que poblaba buen parte del Luna Park. Y sea cual fuera el orden de la ansiedad por el encuentro, al final de la noche estos tres tipos que rondan de 70 años (Stills zafa con apenas 67) habían conseguido el milagro de revivir la chispa de fines de los '60 en un recinto sin barro en el piso, con el público acomodado en cómodas butacas y en el que no se permite fumar ni siquiera tabaco.
“Carry on, love is coming” coreaban los tres en el principio como una reafirmación del espíritu que los mueve no solo a seguir tocando juntos, sino a mantener vivo un mensaje pacifista increbrantable cuya llama permanece vigente a lo largo de todos y cada uno de los clásicos que nos dimos el gusto de cantar con ellos por primera vez. El concierto apeló a las emociones, a revivir pasiones y encantar con caricias el alma de tipos cuyo contacto más cercano con el trío había sido a partir de la película de Woodstock en el viejo cine America. Ahí estaban por fin los tres: Stephen Stills a la izquierda, descollando con su guitarra sanguínea, dueña además de una delicadeza y buen gusto únicos; Graham Nash y su timbre inconfundible en el centro; y David Crosby a la derecha, el más apocado y menos comunicativo de los tres, pero que haciendo alarde de un caudal vocal inusual fue el único que consiguió aliento por separado, con los “ole, ole, ole, Crosby, Crosby” que le arrancaron una sonrisa hacia el final del concierto. Los tres y sus armonías vocales inconfundibles, que aprovechando un sonido impecable que burló el maleficio del Luna Park , permitió (salvo alguna saturación inicial) gozar de los tintes de sus voces, los arreglos y la superposición de guitarras con absoluta fidelidad.
De entrada nomás pudimos disfrutar de clásicos como “Marrakesh express” o “Long time gone”, y de una potente “Southern cross” con el primer gran lucimiento de Stills. Pero entre esas explosiones intensas de una banda implacable, se intercalaban momento mínimos de belleza infinita, como el “Lay me down” de Nash y Crosby. Fue Nash, a pesar del español perfecto de Stills, el encargado de comunicarse con la gente y el que, por lo tanto, anunció “Almost gone (the ballad of Bradley Manning)”, tema dedicado al detenido y torturado analista de inteligencia del ejército norteamericano, cuyas filtraciones a Wikileaks permitieron conocer los crímenes de guerra perpetrados en Irak por el ejército de su país. Coherentes e inflexibles en su mensaje, Crosby, Stills and Nash no solo mantienen en alto sus banderas sobre el escenario, sino que además continúan activos en su militancia antibelicista y espíritu antisistema, como cuando hace unos meses atrás visitaran el campamento del movimiento Ocuppate Wall Street. Antes de “Almost...”, la elocuente “Military madness” y ya en la segunda parte del concierto, el mismo Nash interpelando a Dios por los crímenes cometidos en su nombre en la bella “In your name”, transitarán el mismo camino.
El concierto se dividió en dos partes. La primera de una hora y media mas eléctrica, que incluyó el “Bluebird” de Buffalo Springfield” y que terminó con “Deja vu” y “Wooden ships”, con preeminencia del órgano de Todd Caldwell, y los cambios de ritmo y climas en las melodías, dando lugar a la versión más “progresiva” de la banda. Sus integrantes fueron presentados citando los antecedentes de cada músico acompañante: además de Caldwell, Steve Distanislao en batería (David Gilmour), Kevin McCormick en bajo (Jackcson Browne), Shane Fontayne en guitarra (Sting, Springsteen) más el piano de James Raymond, a quien se reconoció como gran compositor. La segunda parte, luego de un intervalo de unos veinte minutos, incluyó las melodías más calmas y abrió con “Helplessly hoping”, el citado “In your name” y un exquisita versión de “Girl from north country” de Bob Dylan, interpretada por ellos tres solos en un escenario despojado. Mas adelante Crosby y Nash volverán a quedar solos para la preciosa “Guinnevere”.
Cada momento fue inmenso, cada pieza de colección. Nadie canta como ellos, y oírlos en vivo no hace más que confirmar ese dicho popular que dice que “mas viejo es el viento y todavía sopla”. O mejor, corroborar la sentencia de Jimi Hendrix que figuraba en el programa que nos daban en la entrada al estadio y que define a Crosby, Stills and Nash como “la música occidental del cielo”. En continuado siguieron “Jesus of Rio” (magnífico Raymond en el piano), y un nuevo lucimiento del órgano de Caldwell en “Cathedral”, en una explosión de psicodelia. Después Graham Nash dedicó “Our house” a las “beautiful women from Florida Street”, y un Crosby que arrancó aplausos con “Almost cut my hair”. Hacia el final un "Love the one you're with" explosivo para cerrar el concierto a lo grande.
En la despedida pudimos habernos quedado cantando hasta el amanecer, el Luna Park era un fogón gigante en donde el fuego estaba dentro de cada uno de los presentes. Al regreso hicieron otro tema de Buffalo Springfield, “For what it's worth ”, pero cuando amagaban a irse el índice en alto de Crosby indicó que había una más. Había que ver la cara de la gente cantando “Teach your children”, aplaudiendo y sonriendo, en una mezcla de inocencia y fascinación asombrosa. Generacionalmente no puedo ubicarme en ese lugar, pero era imposible no percibir la emoción con la que la gente recibía esa canción a modo de despedida. No porque uno no disfrute, pero era evidente que la llegada a los más grandes (mayoría, por cierto) era más intensa, y seguro centenares de recuerdos retornaron a cada memoria más vívidos que nunca. La energía que quedó flotando en el recinto obligó a un nuevo regreso y “Suite: Judy blue eyes”, fuera de programa, sirvió para que el hechizo fuera completo. “It's getting to the point where I am no fun anymore, I am sorry” se despiden culposos Crosby, Stills and Nash desde el escenario del Luna Park, que enciende las luces para devolvernos al siglo XXI. Y ese “nos vemos pronto” de parte de Stills que como gente de palabra que es, sonó más que prometedor.

viernes, 27 de abril de 2012

Bob Dylan en el Teatro Gran Rex



Pensé mil veces como empezar a contar el show de Dylan de anoche. A hacer una introducción me refiero, porque.....de Bob Dylan qué más se puede decir? Hablar de mí entonces y hacer una especie de descarga emocional por haberme perdido todas las visitas anteriores, y la venganza que significa que la vencida (la cuarta, y no la tercera en este caso) haya sido en un teatro, lugar óptimo para disfrutarlo, podría haber sido una opción. O contar que aunque no me parecieron muy fundamentadas que digamos, algunas críticas de sus recientes shows en España me habían puesto un poco a la defensiva. Pero no, sentado frente a la PC descubro que la mejor manera de empezar es como lo hacen Dylan y su banda: arrancar sin mucho prolegómeno. Y describir entonces que mientras los parsimonios acomodadores del Gran Rex terminan de indicar las ubicaciones a unos cuantos que llegaron sobre la hora, uno no puede evitar sentir la piel erizarse bajo los compases de “Leopard-skin Pill-box hat” del imperecedero “Blonde on blonde”. Y partir de allí dejarse llevar por el cúmulo de emociones que llegan desde un escenario ocupado por una banda cercana a la perfección, y que se encargará de que la noche resulte ideal.

Todo, pero todo lo que uno ya sabía a partir de videos, crónicas y relatos a los que accedió durante años y más años, se concretará sobre el escenario. La falsa indiferencia de Bob Dylan para con el público, el absoluto abocamiento y concentración de la banda a lo estrictamente musical, ignorando cliches de cualquier tipo. El indeleble rasgo nasal en la voz de Dylan, ahora acompañada por el desgaste de los años, lo cual le imprime acento áspero muy particular. Sus fraseos saben a noche, y por momentos es fácil imaginarse el tintineo de copas, el olor a tabaco, y el teatro bien podría ser un pub y sus butacas, sillas de madera. Un Bob Dylan que cambia del pequeño teclado a la guitarra, y que sobre una base siempre blusera va desgranado las canciones de manera casi misteriosa, convirtiendo a los presentes en arqueólogos de su obra, intentando descifrar el recuerdo de cada original dentro de versiones enrevesadas, que obligan a ese ejercicio fascinante. Reminiscencias en el decir de las frases, destellos en los acordes, pequeñas insinuaciones son los guiños con los que el viejo Bob nos revela sus canciones. El sonido es impecable y el ensamble que lo custodia, insuperable. Y si bien Tony Garnier desde el bajo suele ser el señalado como artífice del sonido musical que acompaña a Dylan estos últimos años, la presencia de Charlie Sexton en la guitarra líder le aporta a la banda detalles exquisitos que lo colocan en el centro de la escena a lo largo de toda la noche.
Preanunciar un setlist de Dylan es tarea imposible, pero a medida que avanza el show uno puede percibir que la lógica de la elección está basada en los extremos de su carrera. Entonces entre “High water (for Charley Patton)” (de “Love and theft”), “Beyond here lies nothing” (de “Together through life”), y “Love sick” ( de “Time of your mind”), aparecen reconstruídos a piaccere clásicos como “It ain't me baby”, “A hard rain's A-gonna fall” y “Highway 61 revisited”. Y en este recorrido tiene una notable preminencia “Modern times” (2006) con “Spirit on the water”, “The levee's gonna break” y la descomunal “Thunder on the mountain”. La platea permanece ensimismada, limitándose a aplaudir al final de cada tema y en el mejor de los casos, seguir con el pie los ritmos más marcados. La presencia de Dylan promueve una reverencia absoluta y esa lejanía que él impone es repetida por la gente, que acepta el tono de la relación como si fuera un contrato inquebrantable. Arriba del escenario la complicidad entre los músicos es absoluta, y sostienen a un Dylan que entre ellos se muestra tan cómodo que hasta se anima a tirar unos sutiles pasos de baile.
El final es el punto culminante. La concreción de lo que se venía cocinando por más de una hora, pero que a fuerza de clásicos únicos, construyen un cierre de set implacable. Primero es “Highway 61 revisited” el que aporta dos gemas: “Ballad of a thin man” (con la guitarra marcando el pulso que en el original está a cargo del piano) y “Like a rolling stone”; y por último “All along the watchover”. Y en ese momento es cuando yo me olvido de todo. El momento en el que deja de importarme que alguna vez pude haberme sorprendido con un Dylan más joven cantando “Maggie's farm” en Obras, que lo pude haber visto abrazado a Jagger y Richards, o que la abundandancia de shows y el precio de las entradas hagan que desde la cima del Gran Rex solo le vea el ala del sombrero. Porque a pesar que uno conoce la importancia del artista, y que sabe de la fuente de inspiración que ha significado su obra para la cultura de la segunda mitad del Siglo XX; y aunque uno perciba la vigencia de su influjo y se maraville por la manera en que su importancia se acrecienta a medida que avanzan los años, hasta no estar frente a Bob Dylan y esos clásicos es imposible tomar real dimensión del encanto y la fascinación que irradia su figura.
Para el final definitivo habrá un tema extra con las siempre vigentes preguntas de “Blowin' in the wind” retornando a nuestro presente. Después las ganas de algo más que nunca llega. Y una salida lenta del teatro preguntándome pretencioso: cuántos caminos sin recorrer, cuántos mares y cielos se ha perdido de gozar un hombre, hasta que finalmente tuvo la oportunidad de ver a Dylan? Y cuando estaba por decirme que ahora sí lo había visto todo, en la radio del taxi cantaba Leonard Cohen haciéndome saber que no, que todavía no me puedo morir tranquilo.

martes, 10 de abril de 2012

Björk - Biophilia Residency en Buenos Aires


Ni bien uno entra al Centro Municipal de Exposiciones puede percibir que lo que va a presenciar no será un recital común y corriente. Un par de pantallas gigantescas y una especie de manifiesto nos da la bienvenida y funcionan como puerta de entrada a la propuesta con la que Björk nos recibe: la naturaleza como eje, y de como esta entrelazada con la música y la teconología nos puede revelar sus componentes invisibles. Björk nos propone la misión de desentrañar los secretos de los perfumes, los colores, el sentido del tacto y por supuesto los sonidos combinados como origen de la música. Y a medida que uno avanza en el salón empieza a notar como con sencillez se introduce en un universo que las palabras de bienvenida podrían augurar pretencioso, y que sin embargo resulta todo lo contrario. Adentro, en un salón en donde una isla central ofrece desde sushi hasta pizzetas, y agua mineral Palau (!), los televisores se repiten recreando videos e imágenes del sitio web interactivo, rodeando un espacio en el que la gente se va ambientando en la propuesta y dentro del cual se puede jugar a crear sonidos con unos Ipads, interesarse por el Biophilia Educational Project o simplemente acceder al merchandising oficial. Telones negros hacen las veces de decorado de todo ese espacio a media luz, que además mediante letreros desaconseja el uso de cámaras fotográficas para poder disfrutar del show en tiempo presente y en el lugar, y no a futuro en casa. Algo que repetirá en inglés un locutor antes de comenzar el show, y que será traducido al español por una chica voluntariosa, aunque con mucha dificultad. Un pibe al lado mío aplaude a rabiar el consejo, mientras se compenetra en el show comiéndose unos nachos (?).
La apertura coral con Óskasteinn finalmente da por iniciado el concierto en sí, que aunque el concepto Biophilia Residency (anunciado como colaboración entre Björk y Michel Gondry allá por 2010) lo excede como tal, uno lo asume inconscientemente de esa manera, ya que más allá de las aplicaciones, los juegos, y los videos interactivos, lo que motiva en primer lugar a estar allí sentado son las canciones y la música de Björk. Y es “Thunderbold” la encargada de ser la primera en sumergirnos en una experiencia única. La voz cristalina de Björk nos invita a anhelar milagros, mientras las pantallas que rodean al escenario desde lo alto proyectan imágenes de la tierra cubriéndose de luz y sombra alternativamente. El negro absoluto que viste el recinto más las estrellitas a manera de cielo nocturno dan la impresión de estar dentro de un planetario. Todo es minimalista. Empezando por el espacio reducido que le da al show un ambiente cálido e íntimo, hasta los sonidos que acompañanan las melodías y que funcionan como música incidental para arropar canciones mínimas que la fragilidad de la islandesa interpreta con su conocida intensidad. Por un momento Björk podría ser una bailarina en medio de una cajita musical, y es notable como los distintos componentes del show fluyen en una armonía asombrosa.
El escenario está ubicado en el centro del recinto con lo cual todo parece más cercano. Una batería electrónica más un set de artilugios sonoros inclasificables a cargo de Manu Delago, más un par de teclados, una colección de laptops, un reactable, y la consola de comando de un órgano huérfano, además de cuatro péndulos ubicados en las esquinas opuestas, manejados por Max Weisel son los encargados de la música. Ellos más el coro Graduale Nobili, compuesto por un grupo de islandesas que parecen escapadas de un relato mitológico nórdico, son todo lo que necesita Björk para adentrarnos en su cosmogonía.
El set está compuesto obviamente por las canciones de Biophilia (tocó todas salvo “Sacrifice”) más una selección de gemas de toda la carrera de la cantante. Las pantallas nos muestran imagenes con paisajes tanto terrestres como marinos, todos ellos paradisíacos, figuras geométricas que se desarman y se reconstruyen en forma de constelaciones, y viajes insondables hacia el interior de moléculas y microorganismos que muestran su vitalidad como revelados bajo la lente de un microscopio. Björk transita el escenario lentamente, casi reverenciándose a cada paso, movimiento que nosotros seguimos encandilados. Es ella, vestida en plateado y azul bajo una peluca tan gigante como bizarra, el centro de ese cosmos creado a partir de la sugestión por la naturaleza, a la que se aborda desde una mirada fascinacinada e inocente. Todo parece primitivo. La voz fragil de Björk bien podría ser la perfecta alegoría del débil equilibrio natural que nos rodea; y los coros que la acompañan la ideal concreción para un ambiente etéreo en un espacio que parece atemporal. En cuanto a la continuidad de la música en sí, “Crystallyne” termina en una furiosa descarga percusiva; “Hollow” apuesta a encontrar el ADN del ritmo por debajo de un órgano enigmático y tenebroso, mientras que temas como “Dark matter” y “Virus” nos mantienen hipnotizados. A ellos se suman y adaptan con una naturalidad asomobrosa canciones como “Hidden place” (de “Vespertine”) y “Mouth's craddle” y “Sonnets/Unrealities XI” (de “Medulla”). También aparecen maravillas como “Joga” y “Pagan poetry”, aunque acá estoy obligado a hacer una salvedad: ver y escuchar a Björk a menos de diez metros interpretando esos temas es una experiencia de tamaña intensidad, que para describirlo requieriría de toda una crónica aparte. En el final hay un retorno a “Biophilia” con “Mutual core” y su alusión a los movimientos tectónicos, y en ese tramo sobresale la belleza única de “Cosmogony”. La despedida es con “Solstice” en la que la islandesa parece definir nuestro espacio en el universo (And then you remember, that you, yourself, you are a light-bearer. A light-bearer receiving radiance from others), mientras se retira lentamente del escenario por un pasillo que divide la platea principal.
Los bises dan cuenta por primera vez de algunas expresiones de admiración histérica, que a mí me fastidian y bastante, pero las canciones son un regalo que excede al universo “Biophilia”. Primero un viaje al pasado, más precisamente a 1995 y “Post”, con “You've been flirting again” e “Isobel”; y después un movido cierre a cargo de “Pluto” (en la gira actual, en los shows extra-Biophilia Residency, “Homogenic” es un disco que aporta muchas canciones al set). Y si me refiero a “Pluto” solmente como movido, es porque si no me quedaría sin palabras para graficar el segundo (e imprevisto) regreso, y un “Declare independence” que convirtió al escenario en una auténtica rave y al Centro Municipal de Exposiciones en un gigantesco boliche. Las coristas se sacudían enajenadas, poseídas por un ritmo que marcaba una especie de final liberador. La energía desprendida por todos se expandía como en un big bang desde el escenario hacia todas las plateas generando un clima celebratorio y vital que, aún cuando no haya sido buscado, cierra una parábola perfecta entre la exploración sensorial made in Biophilia y el éxtasis enfervorizado como punto culminante de la experiencia. Björk nos despide con un “gracias!” mientras vuelve a perderse debajo de las plateas y algún desobediente intenta obtener las últimas fotos de una noche irrepetible.

martes, 3 de abril de 2012

Gogol Bordello en Groove


Después del evento monstruoso y la parafernalia conceptual de Roger Waters, yo necesitaba volver a tierra. Sentir nuevamente las sensaciones y la energía que producen un recital de rock en su versión más básica y por lo tanto, como dicen los narcocatadores, de mayor pureza. Y nada mejor que Gogol Bordello para recuperarlo. La banda de Nueva York tocó anoche en Groove, luego de su presentación por el Lollapalooza chileno, volviendo a la Argentina tras su breve paso por el Pepsi music en el Club Ciudad allá por 2009, en uno de los escenarios mutilados a los oídos porteños por el Santísimo Señor de las Bicisendas. A pesar de llegar relativamente sobre la hora pude escuchar el último tema de la banda soporte “4 pesos de propina”, que mas allá de la obviedad de una rima entre plata y pirata, parecían sonar bastante bien y tener muy buen recepción por parte del público. Pero yendo a la banda principal, mas allá de su identidad gitana, Gogol Bordello no encaja en los parámetros de la llamada “movida balcánica” que Kusturica mediante, tuvo su pequeño auge en el país desde fines de los '90 hasta algunos años avanzado el nuevo siglo. Aún cuando algún oído interesado se haya acercado a la propuesta de Eugene Hutz y los suyos desde aquella movida, lo cierto es que en el caso de Kusturica existe un cierto componente nacionalista que en Gogol Bordello desaparece por completo. Aquí se reivindica al gitano en su versión nómade y asume como propia la causa de todos los inmigrantes del mundo. Mirando remeras uno puede guiarse también sobre lo heterogéneo del público que se acercó anoche hasta Plaza Italia, y mientras esperaba el inicio del show (torturado por el pésimo gusto de DJ de Groove empecinado en el cuarteto y la peor cumbia) pude ver remeras de Free Palestine, The Wall, Mano Negra e incluso un flaco que llevaba puesta una remera de Licenciado Cantinas de Bunbury junto a un buzo de Lacrimosa (???).
Escenario despojado, apenas decorado por una bandera con el símbolo del disco “Gyspy punks”: un puño aferrado a una honda, a punto de lanzar una estrella identificada con la libertad. En el desprolijo ingreso de los músicos, más la botella de vino en la mano izquierda del ucraniano Eugene Hutz, uno tiene el primer síntoma de los condimentos que va a tener el show. Y el comienzo irresistible con “Ultimate”, también apertura de su anteúltimo trabajo“Super Taranta!” (2007), se trata entonces tan solo de una confirmación. A partir de allí será todo delirio y traspiración. Cada riff del acordeón de Yuri Lemeshev y el violín (Sergey Ryabtsev es componente fundamental de la banda) será coreado a toda voz, cada ritmo replicado en saltos y palmas, cada grito liberado acompañado por puños en alto. Punk gitano, innecesaria etiqueta, porque a decir verdad: hay algo en el mundo más punk que los gitanos? Y luego “Sally”, a puro pulso ska, con el violín marcando el ritmo como un cuchillo, para devenir en furia punk. Y no habrá respiro, porque todo el show mantendrá la adrenalina de esos primeros minutos, con ritmos que van desde el reggae hasta el hardcore, a cargo de una banda sanguinea y visceral.
La fiesta permanente de Gogol Bordello estará siempre acompañada por un espiritu rebelde irrenunciable. La actitud frente al escenario es la de “si molestamos, no nos importa. Así somos, tómalo o déjalo (si puedes)”. A los pasos de Sergey llevando a pasear su violín por todo el escenario, y los movimientos desaforados de Hutz, se suma la presencia de Pedro Erazo, el percusionista y MC ecuatoriano del grupo, quien es el encargado de las arengas al público, innecesarias por cierto. Desde la mitad del local veo pasar cuerpos exhaustos que salen del pogo constante para tomar una bocanada de aire (y un poco de cerveza) para regresar renovados a seguirle el ritmo a la banda. Una banda que avanzando en el show arma una continuidad con “Inmigrant punk” y “Tribal connection” que tiene a Joe Strummer como Dios pagano y “The guns of Brixton” como biblia sagrada. Y después sigue con las lejanas reminiscencias españolas de “My companjera”. Este tema es de su último disco “Trans-Continental Hustle”, producido por un Rick Rubin que consiguió la versión más madura de Gogol Bordello, al menos de lo que hasta ahora conocemos de ellos. De allí también sonaron la cumbia “Last one goes the hope” y el momento más calmo del show, con “When universes collide”.
Tratándose de un 2 de Abril, me intrigaba ver como Gogol Bordello se abocaba al tema Malvinas (si es que lo hacían) sin caer en demagogia. Y el encargado fue una vez más Pedro Erazo, quien afirmó: no solo las Malvinas, todo el mundo es nuestro. Perfecto, bien a tono con su espíritu nómade, y ahí nomás pegaron lo que tal vez sea su más elocuente declaración de principios “Inmigraniada (We comin' rougher)”, y el pogo llegó hasta la avenida Santa Fe. Ya para el final quedaron “Break the spell”, el irresistible “Pala tute” y un “Star wearing purple” (con cita al floydeano “Hey teacher, leave the kids alone”, como si el espíritu de Roger Waters aún permaneciera entre nosotros) que nos dejó a todos saltando hasta volvernos púrpuras del calor, mientras Eugene Hutz vaciaba su botella de vino sobre las cabezas de la gente más cercana, y revoleaba lo que quedaba repartiéndolo por todo el escenario.
Breve receso para un regreso que fue más de lo mismo, una fiesta en continuado que solo se tomó un respiro para dar lugar al inevitable canto del público local, porque también Gogol Bordello es un sentimiento que no se puede parar. “Alcohol”, oda que también resulta otra declaración de principios, con menos rebeldía pero más enajenación, y “Think locally, fuck globally”, "Sacred darling" y un final que los encuentra a todos los músicos entrelazados sobre el escenario, mientras suena de fondo la voz de Johnny Cash y su versión de “Redemption song”, un auténtico himno para los inmigrantes del mundo.
Con seguridad las efusivas crónicas de los esperados shows de Foo Fighters en River dejarán en segundo plano lo sucedido anoche en un Groove repleto, pero quienes estuvimos allí sabemos que semejante descarga de energía no será sencillo de ser superada por mucho tiempo. Y tratándose de Gogol Bordello, no será cuestión de pedirles que vuelvan, porque será su andar errante el que inevitablemente los traiga casi sin querer de regreso, para volver a regar esta tierra con mucho vino, más sudor, y ninguna lágrima.

sábado, 10 de marzo de 2012

Roger Waters - The Wall en el estadio de River Plate


            Fabian Casas se me adelantó a la idea con la que yo me paraba ante “The wall” antes de estos shows: quién escucha hoy The Wall completo? se preguntó en su nota para Rolling Stone. Y allí surge la principal incertidumbre frente a la obra de Roger Waters: cuál es su grado de actualidad, pasados más de treinta años de su aparición? Y para responder esto habría que encontrarle un significado a una obra que con el tiempo se fue resignificando (sola o a la fuerza) y que como toda obra de arte, sobrevive diferente a partir de cómo afecta a cada uno de los seres que se exponen ante ella. Y es que aquel alerta sobre el fascismo y el rock, aquel compendio de miedos y fobias a la crueldad de las masas y los poderes absolutos se ha transformado en un combo que incluye paralelos con el muro de Berlín, Madres de Plaza de Mayo, Malvinas, y que motiva aportes periodísticos tanto  de Alfredo Rosso como de Catalina Dlugi.  
En mi caso yo soy de la generación que pudo disfrutar tanto de los Pistols como de Floyd sin culpa alguna. Llegué adolescente a las trasnoches del Select Lavalle para ver decenas de veces una película que de antemano me habían anticipado que me iba a costar entender. (Aunque confieso que en materia de trasnoches yo prefería la película de Zeppelin en el Lara, la cual requería menos dedicación intelectual y solo la necesaria concentración para estar atento al momento en que Bonzo Bonham le palmeaba el culo a una vaca). Entonces, cómo pararme frente a The Wall hoy, cuando la obra ha tenido un recorrido sinuoso, tan sinuoso como mi propio recorrido de vida, sin hacerlo con un espíritu crítico, en el buen sentido de la palabra? Da la impresión que a  Waters lo supera la dimensión de su obra y que por algún motivo (desde el económico que le adjudican los más escépticos hasta cierto exceso de ego) necesita adaptarla a los tiempos como forzando (innecesariamente según mi parecer) su carácter  inmortal. Es cierto, él la pensó así de descomunal desde un comienzo y hoy la tecnología le permite ponerla en práctica tal cual su mente la ideó hace más de treinta años. Pero volver a abordarla significa necesariamente acondicionarla al presente, asumiendo todos los riesgos que eso implica. Y yo, mas allá de todos estos cuestionamientos que tienen más que ver con la pretensión del propio británico que con la obra en sí, que crecí con la película, que escuché cientos de veces el disco y que soñé con estar frente a semejante monstruosidad, me olvido de todo y por un momento me propongo pararme frente al concierto desde la más absoluta inocencia.                                       
Y ahora que pasé por la experiencia de reencontrarme con The Wall en su versión más desmesurada, me doy cuenta que todas esas inquietudes previas bien pueden quedar a un lado. Porque basta que empiece a sonar “In the flesh” para que comprenda que por primera vez no estoy enfrente de nada, sino adentro de todo. En el medio del sueño, o pesadilla como más guste, de Roger Waters. Porque los sonidos llegan de todos lados, los helicópteros están encima de mi cabeza, las bombas me estallan debajo de los pies, los gritos suenan adentro de mis oídos y las ráfagas de metralleta apuntan directo a mi pecho. Va a volar un avión y se va a estrellar sobre la pared aún inconclusa, y la adrenalina empieza a recorrer las venas creando un estado de éxtasis que durará por varios minutos y que no va a decaer hasta que las propias energías en baja de Pink contagien el estado letárgico del encierro. 
Dos premisas a la hora de narrar: la primera es que las sensaciones que se viven dentro del estadio son tan complejas que las palabras no alcanzan, por lo que no vale la pena intentarlo; la segunda es que siendo The Wall una obra tan conocida no tiene sentido escribir sobre su argumento. Solo decir que está todo: la marioneta gigante del profesor, el coro de niños atacándolo (Roger convocó a chicos de villas de emergencia para cumplir este papel), la madre sobreprotectora vigilando a Pink por sobre uno de los extremos del muro, la guerra, la muerte, la lujuria y el engaño representados en la inolvidable danza de flores devenidas en acto sexual y luego en alambres de púa. La pared grafiteada por las proyecciones sirve para repetir consignas contra los poderes de todo tipo y además nos alerta: el miedo construye muros. Incita a descreer de los gobiernos, denuncia desigualdades, recuerda víctimas de las guerras reflejando sus rostros y fechas de nacimiento y muerte. Y señala enemigos, como cuando las bombas despedidas desde los aviones son representadas con símbolos de corporaciones multinacionales  y religiosos (la estrella de David, la luna árabe y la cruz católica que, unidas, en Madonna y en Bono significan paz y concordia, aquí son balas asesinas). Tal vez allí, en esa ampliación del campo abarcativo de la obra, es en donde surgen las inevitables contradicciones. Por ejemplo, pienso en que la primera reinvención de  The Wall se hizo carne para, aprovechando la analogía entre muros, saludar los mazazos que en Noviembre del ’89 dieron por tierra con el muro de Berlín;  y anoche en River pude ver como la palabra “capitalismo” escrita con la tipografía de Coca Cola, era señalada desde la denuncia. Entonces me pregunto: no fue acaso la caída del muro de Berlín el mayor símbolo del fin del mundo bipolar y de la consagración definitiva (definitiva?) del capitalismo como sistema? Paradojas.
Pero además están las canciones, que por la respuesta negativa a la inicial pregunta de Fabián Casas (hoy por hoy nadie escucha The Wall entero, aceptémoslo), retornan a mis oídos con la capacidad intacta para estremecer. Porque además de todo lo que gira a su alrededor, The Wall es un compilado de excelentes canciones que más allá de toda la parafernalia se defienden, y muy bien, por sí solas. O acaso no nos estremecimos cuando Eddie Vedder nos cantó “Mother” en La Plata, alejado de cualquier contexto y pretensión conceptual? Y allí están entonces la emotiva “Goodbye blue sky”, la fuerza de “Young lust” y el carácter irresistible de “Another brick in the wall pt.2”. Todo esto en la primera parte del show, que luego de los giros, malos días y desequilibrios, finaliza con un Waters agónico anunciando “Goodbye cruel world” asomado por el último hueco de la pared, que luego se cierra por completo. Muchos años atrás en ese momento yo me levantaba a dar vuelta el cassette. En River es intervalo, veinte minutos libres para llegarse hasta el merchandising, por si faltaban contradicciones.
En la segunda parte, por la lógica continuidad del relato, la adrenalina cae. “Hey you” es cantada por un Waters invisible, que solo reaparecerá en un hueco en la pared para hacer solo con su guitarra “Is there anybody out there?”. Luego, en otro hueco que se abre, la intimidad de una habitación solitaria arropa la desolación de “Nobody home”. En este tramo, con el muro cubriendo por completo el escenario, el centro de la atención está en las proyecciones. Roger Waters es entonces un actor que encarna la debilidad y la autodestrucción de Pink. Llega el esperadísimo “Confortably numb” y Waters (Pink) golpea el muro que se despedaza imaginariamente, logrando la imagen más impactante desde lo visual de todo el concierto. Pero “The show must go on”, y con el regreso de “In the flesh”, caen las banderas con los martillos cruzados vistiendo los muros, y el encierro se transforma en la despiadada recreación del imaginario nazi. Crecen la paranoia y las persecuciones, y todo deriva en un “Run like hell” con una cámara (“Big Brother is watching you” alerta el muro) que desde la pantalla central y circular que asoma por sobre la pared, controla a un estadio pasmado, mientras el cerdo inflable que repite las consignas del muro, sobrevuela la platea, y la imborrable imagen de la marcha de los martillos transita un escenario dominado por el rojo y el negro. Todo este tramo termina con Roger enfundado en cuero y su brazalete identificatorio ametrallando al público.
El tramo final es la versión ampliada de la película de Alan Parker, porque la espera de los gusanos y el juicio impiadoso es representado casi exclusivamente con las imágenes del film. La banda ya toca completa al frente del muro, que con Pink condenado a vivir entre sus semejantes y al grito masivo de “tear down the wall”,  finalmente se derrumba dejando al escenario con la apariencia de una terrible devastación, pero con el espíritu optimista que precede a toda reconstrucción. Los músicos se adelantan a los ladrillos derribados, Roger Waters con su trompeta inicia la melodía de “Outside the wall”, y mientras nosotros aplaudimos de pie, los músicos se retiran de a uno, presentados por un Roger Waters que no deja de agradecer. En la lenta marcha de salida, más de uno que pagó $ 1400 y que vuelve a la seguridad de su barrio cerrado, no reparará en que minutos antes aplaudía a rabiar la sentencia que obligaba a Pink a vivir junto a sus semejantes. Pero no es tiempo de detenerme en señalar más contradicciones. Me voy de River anonadado por el tamaño del espectáculo que acabo de presenciar, con la poco convinente conclusión de que ya nadie escucha The Wall entero, porque hace rato que The Wall ha dejado de ser solo un disco de una gran banda de rock; y recordándome adolescente tallando con la punta de un compás en el viejo pupitre de madera aquello de “Solos o en pareja, los que de verdad te aman caminan fuera de la pared”.
           



             

lunes, 5 de marzo de 2012

Morrissey en GEBA


Una de las pocas cosas a las que nunca le encontré explicación fue haberme perdido la visita anterior de Morrissey a la Argentina. La del 2000 tiene más atenuantes, pero la de 2004....encima aquella vez vino a un festival que incluía a Blondie y Cerati entre otros, así que doble culpa por mi lado. Esta vuelta no podía dejarlo pasar, además GEBA es un lindo lugar para ver un show. Un lindo lugar si uno llega temprano, porque la platea estaba repleta y tuve que ver el show desde un ángulo muy rebuscado. A Mozz lo vi joya, al resto poco y nada. Supongo que el baterista, a quien Morrissey desgnó su preferido durante la presentación de la banda debería, mover mucho sus bracitos para hacer sonar los tambores. Pero esa presentación de músicos fue al final. Antes Kristeen Young había cumplido las veces de número de apertura, aunque yo solo la escuché en los últimos dos temas y me alcanzó para definirla como una Kate Bush gritona (iba a escribir “una Kate Bush con pretenciones de Valeria Lynch”, pero me arrepentí. Cuando la escuche tranquilo seguro le hallaré sus méritos). Después una pantalla proyectó varios de los videos favoritos del británico, en los que apenas reconocí a Nico medio de refilón. Y puntualmente a las nueve de la noche, como marcando tarjeta, actitud que repetirá cumplida la hora y media prevista de concierto, Morrissey arrancó el show con “First of the gang to die”, y allí nomás le pegó “You have killed me”. Irresistible. Dos golpes certeros en el primer round para una pelea que ya estaba ganada antes de empezar. Porque no nos engañemos, Morrissey girando con un grandes éxitos casi que no tiene rival.
Mucho público y como suele suceder con artistas masivos bienvenidos en el universo de la diversidad sexual, lo más lleno era el VIP. Un espacio en el que más de uno se debe haber sentido estafado, porque formaron una especie de corralito a la izquierda del escenario, con lo cual quien pagó la mitad de dinero y se tomó el tiempo de llegar temprano, consiguió, en el peor de los casos, la misma ubicación que quien pagó por un sector supuestamente privilegiado. Detalles menores, en realidad, porque cuando reparé en esto el show estaba en pleno apogeo y a nadie le molestaba nada. En continuiudad con el concierto, a aquel arranque demoledor le siguió “You're the one for me, fatty” y el primer momento Smiths de la noche: “Theres is a light that never goes out”. Allí sorprende como Morrissey es capaz de recuperar el tinte que tenía su voz más de veinte años atrás. Como si el semitono más grave con el canta sus canciones más nuevas fuese una decisión propia más que una exigencia del paso del tiempo. Y pegadito “Everyday is like sunday”, justamente en un domingo que por clima y por él mismo, no tuvo nada de silencioso ni gris.
El histrionismo de este Morrissey es medido. Su pose sobre el escenario mantiene su postura a medio camino (o la suma de ambos) entre la sensibilidad y la arrogancia. De la ironía y el sarcasmo se encargan las T-shirts de los músicos declarando su odio por los príncipes William y Kate. Camisas coloridas que cambian del amarillo al rojo, y luego al azul. Pocas palabras, las justas en realidad, diciendo que nos ama, y pidiendo que lo amemos a él. (“I'm the star!” Gritó al salir al escenario, y “griten duro por este hombre” arengó Gustavo Manzur, su tecladista colombiano, cuando volvieron para el último tema). Y la música claro. Esas canciones poseedoras de una lírica única y que en continuado van armando un show inolvidable. Aunque para decir verdad, y en esto me baso únicamente en mis espectativas, temazos como “Alma matters” o el oscuro “Ouija board, ouija board” no tuvieron la mejor respuesta. Es decir, sí mucha atención, pero los aplausos al final no parecieron ser la justa medida de juicio por lo que acababa de suceder.
Pasaron la bella “I'm throwing my arms around Paris” (justo la noche anterior un pub había acompañado la cena post Bunbury con “Midnight in Paris”, mirá vos) y llegó el momento que yo más esperaba cuando Mozz a capella arrancó con “I can feel the soil falling over my head” (No. No pronunció el “Oh mother”). “I know is over” es una de las mejores canciones que jamás se hayan escrito. Y que cuando la escuché en la voz de Jeff Buckley decidí que era la mejor de todos los tiempos, consagración que los melómanos podemos sostener a lo sumo por una semana. Pero sí, una de las más grandes. Versión sentida, sin el desborde de emotividad en el final prolongado de otros shows que vi en video (ni hablar de los de The Smiths) pero lo suficientemente conmovedora como para que yo sienta que eso solo había valido la entrada. Y en seguida “Let me kiss you” y la camisa revoleada al VIP, para confirmar que la imagen de sex symbol no se pierde por unos kilos demás.
Después de “Black cloud” llegó una oscura versión de “Meet is murder”, esa especie de cachetazo a los que nos sentimos a gusto como especie omnívora. Mi posición en la platea me sirvió para estratégicamente ignorar el video con imagenes crudas y golpes bajos, y mi poco conocimiento del inglés me sirvió para esconderme de las palabras y disfrutar de un clásico como pocos, que tuvo un final sonoro y luminoso casi apocalítiptico. Después llegó esa especie de disculpa que hoy por hoy parecen necesitar los británicos honestos (??) con respecto a la postura de su gobierno para con las Islas Malvinas. Sí, quedate tranquilo Steven Patrick: las Malvinas son argentinas y no le vamos a achacar a los buenos británicos en general la acusación de piratas; y mucho menos aún si cantan como vos. Anécdota: a la salida, una chica de piernas interminables vestía calzas con la bandera inglesa, con lo cual bien podría haber zanjado la cuestión de la soberanía con un “Las Malvinas son argentinas, but my legs are british”. Seguido hubiese estado genial un “Margaret in the guillotine”, pero Mozz eligió dejar la política de lado para suplicarnos “Please, please, please let me get what I want”. Y sí, claro. Como no.
El cierre fue con “Scandinavia”el tema nuevo que todos los que no pudimos con la ansiedad, escuchamos decenas de veces en internet, y por si le faltaba a algo al show, otro clásico de los Smiths: “How soon is now”. “I am human and I need to be loved, just like everybody else does”; nada para agregar entonces. Varios buscamos el celular para ver la hora, porque nos pareció poco. Y sí, estábamos en lo cierto. Aunque tengo que decir que cuando un show resulta tan consistente como el de anoche, cuando una banda suena con tanta fuerza, precisión e intensidad, al menos para mí, el tiempo no cuenta. Y si bien la despedida incluyó como único bis a “One day godbye will be farewell”, la cuenta estaba saldada de antemano. Las luces se encendieron veloces como para que no queden dudas de que el final no admitía prerrogativas, y el humo de los patys en las afueras del estadio resultaron una provocación.

domingo, 4 de marzo de 2012

Enrique Bunbury en el Estadio de Ferrocarril Oeste


                Caminaba para la cancha de Ferro y mientras me acercaba a la barrera del Sarmiento caí que a pesar de vivir relativamente cerca de ahí, la última  vez que transité esa zona Federico García Lorca se llamaba Cucha Cucha, y los Molinos de Morixe ocupaban el lugar de esa inmensa torre que está ahora, que de seguro en su exceso de aires acondicionados es responsable de varios de los cortes de luz que me afectaron este verano. Pero eso no es todo, además me iba fijando en la cantidad de remeras con los logos de Heroes del Silencio que hacían el mismo camino que yo. Es increíble lo que esa banda representa en Argentina, tanto que la gente se resiste a olvidarla en los shows de Bunbury aún cuando su cantante y líder se haya preocupado tanto por transitar un camino musical tan diferente como coherente, y que en definitiva ya lleva recorridos la misma cantidad de años que lo que duró la vida de la banda que lo hizo trascender al gran público. Y una vez adentro del estadio y mas aún con el show en pleno apogeo, me doy cuenta que el carisma de Enrique Bunbury traspasa esas identidades, no necesariamente contrapuestas pero sí diferentes, y consigue que a pesar de algún canto tibio de “Heroes va a volver” o algún murmullo entre dientes pidiendo “más rock”, la gente se acopla a su (no tan) nueva propuesta y la acepta con beneplácito.
                En un campo acotado con vallas para limitar el espacio disponible para la cantidad de gente que se había llegado hasta Caballito, Los Santos Inocentes dieron comienzo al show con “El mar, el cielo y tú”, la breve pieza instrumental de Agustín Lara que da comienzo al álbum a presentar: “Licenciado Cantinas”. Después sí el ingreso de Enrique para hacer “Llevame” y en seguida “El solitario (Diario de un borracho)” de Alfredo Gutierrez con un arreglo en donde la cumbia se mezcla con el reggae, mientras la guitarra de de Álvaro Suite le saca telepáticamente más de un gesto de aprobación a Cesar Rosas. Disco nuevo sí, pero para quienes hayamos presenciado presentaciones de discos de Enrique Bunbury no es novedad que el disco sea solo una excusa. Una excusa que sirve para sumar canciones al repertorio, pero jamás el aragonés va a tomarse el trabajo de tocar todo un disco nuevo en un solo show, porque a este tramo de su carrera lo guía su andar errante entre España y Latinoamérica, durante el cual recoge canciones ajenas, rescata otras propias,  y aprende y absorbe melodías y enseñanzas. En definitiva: suma y enriquece su repertorio. Ese viaje sin pausa ha dado por resultado un disco (y un mediometraje dirigido por Alexis Morante llamado “Licenciado Cantinas – The movie”) que no hace otra cosa que plasmar su deleite y devoción por una vida que encuentra su mejor expresión en las cantinas o bares latinoamericanos, cuyas noches lo han licenciado en bohemia. Emparentado musicalmente con “El viaje a ninguna parte” (2004), pero esta vez limitándose a interpretar versiones de temas tradicionales de todo el continente, “Licenciado Cantinas” es la muestra más acabado de cómo Bunbury ha asimilado esas canciones y se ha apropiado de ellas de tal manera, que si uno no las conociera de antes, bien podría adjudicárselas a su autoría. Como por ejemplo la versión del bolero “Ódiame”, con la cual parece asumir una identificación absoluta.
                Arriba del escenario el español sigue siendo el mismo de siempre: una especie de Marc Bolan torero, elegante y glamoroso, pero  también pasional y dramático. Recostado sobre una banda sólida y precisa, intercaló sabiamente canciones viejas haciendo una selección acorde con los sonidos del nuevo disco como “El extranjero” (de las más celebradas), “No me llames cariño” y “Sácame de aquí”, y mantuvo en la lista un par de verdaderos temazos de “Las conseuencias” como “Los habitantes” y “De todo el mundo”. No quiero dejar pasar  por alto la versión de “El anzuelo” cuyo nueva base funk saca lo mejor de la banda y que por momentos la emparenta con el “Superstition” de Stevie Wonder. También Enrique soportó las quejas con el volumen que llegaron desde el campo VIP, deficiencia que quienes estábamos más atrás no notamos en absoluto, y que me llevó a sospechar más en un problema de orientación del sonido que de decibeles, y coronó su afición por las cantinas y las noches interminables con la mexicanísima “Ánimas, que no amanezca”. Para el final guardó el irresistible “El día de mi suerte” de Willie Colon, levantó el clima y compartió con la gente “Si” y cerró, luego de presentar uno por uno a los integrantes de los Santos Inocentes, con “El hombre delgado que no flaquerá jamás”, en la cual la banda demuestra que a la hora de rockear no se privan de nada y no tienen nada que envidiarle a los Heartbreakers de Tom Petty (dicho esto por alguien que aún no ha visto en vivo a Tom Petty y que probablemente el día que lo haga se arrepienta de la exageración que acaba de escribir. Yo solo quería dar una referencia, así que ofrezco las disculpas correspondientes).
                A la primera tanda de bises, Enrique eligió abrirla con (según sus propias palabras) un blues de Atahualpa. Entonces la noche encontró su momento más emotivo. Cada frase de “El cielo está dentro de mí” que se desprende de la garganta de Bunbury es acompañada por un slide lejano y atemporal que pareciera llegar para confirmar cada sentencia que la sabiduría de Yupanqui plasmó en cada uno de los versos. La gente escucha esas verdades eternas en un silencio hipnótico y hasta respetuoso, mientras la versión gana en intensidad. “El cielo está dentro de uno, y está el infierno también. El alma escribe sus libros, pero ninguno los lee”. Por si alguien lo dudaba: Atahualpa es (también) rock. A semejante momento había que cortarlo con mucha energía, y la encargada fue “Bujías para el dolor” y finalmente cerró “Infinito”, ese blues latino de “Pequeño”, clásico por excelencia del repertorio solista de Bunbury. Pero claro, además de Yupanqui había que homenajear a Buenos Aires y Enrique y los suyos volvieron para hacer “Cosas olvidadas” de Rodio y Contursi. Honestamente no me parece muy lograda esta versión (ni siquiera está a la altura de la versión de “Confesión” con la que cerraba el “Pequeño Cabaret Ambulante” a principios de siglo), y si se trataba de hacer un tema más del repertorio argentino, me quedo mil veces con el rockero y potente cover de “Chacarera de un triste” de los Hermano Simon, que forma parte de “Licenciado Cantinas” y que anoche quedó en el debe. Como último tema quedó “Y al final”, el vals de “Flamingos” que ya es una especie de código de despedida entre Bunbury y su público que se fue lentamente por Avellaneda esquivando la sobreabundancia de vendedores ambulantes de remeras, poco estratégicamente colocados frente a la única salida del estadio. “Sigue dando vueltas, si aguantas de pie” canta Bunbury en el final, y en mi caso el seguir dando vueltas me llevará esta noche a Palermo al encuentro con Morrissey. Pavada de programa.

jueves, 9 de febrero de 2012

Y las ciudades siguen cayendo y un niño nace (o mi manera de recordar al flaco Spinetta)


Sensación de que con el alma nos ve mejor. Así le cantaba el flaco a una desaparecida cuando empecé a escuchar su música a los trece años. Y la primera reacción que tuve cuando me enteré de su muerte fue pensar que ahora él también nos ve mejor con el alma. Un boludo, me reprendí al instante, porque en realidad si hay alguien que siempre nos miró con el alma, ese fue el flaco Spinetta. Después pensé con odio en los hijos de puta que le robaron la tranquilidad de sus últimos días. Tampoco sirve de nada, pero la impotencia a veces genera ese sentimiento del que estos tipos merecen hasta la última gota. Mientras caminaba de regreso a casa, me puse a elegir por enésima vez mi canción favorita. Cambié infinidad de veces a lo largo de los veinte minutos y las diez cuadras que caminé. Ahora, mientras me pongo a escribir, la elegida es “Canción para los días de la vida”, cuando termine quien sabe. Finalmente me acordé que tengo este blog en el que intento transmitir las sensaciones y sentimientos que los conciertos a los que voy me dejan en la piel. Y en esa necesidad de contar algo, de escribir y descargar cada uno de los sentimientos que una noticia como esta me provoca, me propuse hacer un repaso de la cantidad de veces que lo vi en vivo. Algunas, no todas, porque por suerte fueron muchas. No sé si sirve, tal vez ni siquiera pueda terminarlo, pero así como otros corren a poner el CD de “Peluson of milk”, a mí se me dio por escribir esto.
Primero que nada me acuerdo de un show gratis en Barrancas de Belgrano, calculo principios del ’84. Yo había llegado esa misma tarde de Santa Teresita y a la noche Spinetta tocaba con Jade en ese escenario de madera medio destartalado que armaban de espaldas a Virrey Vertiz. No había visto jamás a un guitarrista tocando en vivo, y en esa formación todavía estaba Lito Epumer, pavada de debut me tocó. Esa noche subió Pedrito Aznar e hicieron “Viento del lugar”, un tema de un proyecto conjunto que jamás se concretó. Ya en ese primer encuentro aprendí que al flaco había que gritarle entre tema y tema, que él siempre iba a tener una respuesta ingeniosa a mano. Hubo otros Barrancas más adelante, en especial uno con él solo tocando con la Ovation, cuando Jade se había desarmado. Allí en youtube andan los videos. Ese día le escuché hacer por primera vez “Credulidad”, una de las que en el repaso de favoritas lleva las de ganar. Y “La sed verdadera”, video que colgué del muro de mi perfil en facebook hace un par de horas, por aquello de que “las luces que saltan a lo lejos, no esperan que vayas a apagarlas jamás”. Jade se había despedido en el Luna Park en el ’85. También fui a ese concierto al que Spinetta terminó casi con un portazo porque habían silbado a Charly García, con el que habían hecho “Una sola cosa”; algo de otro proyecto que jamás llegó a concretarse (aunque el inmenso “Rezo por vos” que dejaron vale por veinte discos de cualquier otro artista). Y se chivó el flaco esa noche. Se puso del orto porque no se bancó el paladar negro de parte de su público poco receptivo de los “Clics Modernos” del otro flaco. Así que terminó “Ludmila” y se fue casi sin saludar. Y eso que era gallina a muerte el flaco, mirá si sabía de paladar negro. Hasta me animaría a reformular el dicho y decir que “a cada chancho le llega su platea San Martín”. A la salida, mientras caminaba por Corrientes alejándome del bajo, pasé por la puerta del Astros. Esa misma noche Sumo presentaba “Divididos por la felicidad”. Fue la primera vez que me lamenté de no poder estar en dos lugares al mismo tiempo.
El proyecto que sí se concretó fue el disco con Fito Paez, “La la la”. Lo presentaron en Obras, con las dos bandas tocando por separado y juntándose para las canciones del disco conjunto. En esa serie de conciertos Paez estrenó “Ciudad de pobres corazones” y nos enteramos arrasados por un tifón que Fito podía ser mejor cuando no era tan bondadoso. 14 de Diciembre del ’86. Cómo me voy a olvidar si corrí el 15 y después de bajarme en Asamblea y Avenida La Plata, volví a correr hasta mi casa con el corazón en la boca para encender la tele y ver como el “beto” Alonso apuraba un tiro libre y el uruguayo Alzamendi cabeceaba al gol el rebote en el palo para que River sea campeón del mundo. Dicen los que presenciaron la segunda función aquel día, que el flaco entró a los saltos con el manto sagrado en el pecho.
Después pasaron una serie de conciertos de la época de “Privé” en donde Spinetta tocaba sin baterista, algo que yo aborrecía. Los ciclos ya no se hacían en Barrancas de Belgrano, sino el Velódromo de Palermo. Y al final lo llamó a “jota” Morelli en la época de “Tester de violencia”. Ese disco tenía una canción que yo había escuchado en shows varias veces antes y que amaba con devoción: “La luz de la manzana”. Lo vi en el Fenix de Flores, antes que sea boliche y después El Teatro de Flores. Y en Colegiales, cuando el Teatro de Federico Lacroze todavía se llamaba Argos. Y me acuerdo de un show que vi en vivo por TV en los jardines de ATC, porque mi viejo no me dejó ir a causa de un kilombo grande que se había armado una semana antes con los Cadillacs en pleno estallido de popularidad ska. “Don lucero”, “Pelusón…” fueron discos a los que no recuerdo haber visto en presentaciones, más allá que mi memoria retiene versiones en vivo de “Fina ropa blanca”. Y de esa época queda el paso breve por el escenario gigantesco de Retiro, adonde ahora está el hotel, en la celebración de los cinco años de democracia. Y también la noche en que los Virus lo llamaron para ponerle la voz a “Imágenes paganas” en su primer gran show sin Federico Moura.
Habían pasado unos cuantos años sin presentaciones en vivo. Spinetta volvió con el disco doble de Los Socios del Desierto. No sé cuantas veces tomé real dimensión del tamaño de la obra ante la que estaba parado, con la sola primera escucha de un disco. “So” de Peter Gabriel, por ejemplo. Y seguro alguno más, pero no muchos y además ahora no vienen al caso. Y el vivo de “San Cristóforo”, un disco animal para los que por edad nos habíamos perdido de ver a Pescado Rabioso. Para esa época vino a tocar al Parque Chacabuco. Un sueño. Me acuerdo que el día del concierto no iba a poder estar, estaba amargadísimo. Y por suerte llovió. Todo se llovió. Y no sé si lo postergaron una semana o un día, lo que sí me acuerdo que fue un domingo. Y que esa noche el flaco tocó “Los libros de la buena memoria” casi en el patio de mi casa.
Claro que me voy salteando algunos recuerdos, porque si me detengo en detalles voy a perder la ilación con la que escribo, pero mi memoria guarda un concierto en Puerto Madero, de espaldas al rio, antes que terminen de parquizarlo. Y salto a 2001. A Diciembre de 2001. A una noche de calor imposible, en un país imposible. El concierto se había suspendido por el estado de sitio, estábamos todos muy sensibles, habíamos visto muertes al por mayor y todavía no sabíamos cuantas más nos tocaría ver. Queríamos que se vayan todos. Todos menos el flaco. El flaco que no se vaya nunca, y el tipo nos hizo caso con una versión de “Ana no duerme” que meddley rapero incluido, parecía no terminar más. Se había ido Harrison hacía pocos días, y Spinetta tocó una versión de “Don’t bother me” que todavía me estremece cada vez que la escucho. Grace Coceri cantó “Good night”, ese tema del Álbum Blanco del que casi nadie se acuerda. El tipo siempre le escapó a la complacencia de los hits y amaba los Beatles. Tanto que no había concierto suyo que no terminara con los de Liverpool sonando en los parlantes. Casi que presentaba dos discos esa noche, “Los ojos” y “Silver sorgo”. En “Los ojos” hay un tema que se llama “Ekathe”, dedicado a Carolina Pelleritti, su pareja de entonces. Treinta años después de “Muchacha” el tipo todavía era capaz de dedicar su amor con maravillas como esa.
“Para los árboles” no fue un disco fácil de asimilar. Y la presentación en el Rex resultó exclusiva para fans. Tocó unas pocas canciones y al disco lo presentó de corrido en el mismo orden que el CD. Para esa época Divididos había grabado “Despiértate nena”, y en uno de los primeros festivales auspiciados por Quilmes, Mollo (casi que pidiendo perdón por haberlo tenido de telonero), lo invitó a tocar con la aplanadora. También estuve allí, en lo que eran las cancha de tenis a metros de las tribunas del Monumental, que no hacían otra cosa que traernos todo el sonido de rebote. “Pan” y “Un mañana” son dos discos no tan difundidos (aún bajo los parámetros de difusión de la obra de Spinetta) y que a mi gusto lo devolvieron al más alto nivel de inspiración. Si en orden cronológico mi anterior recuerdo fuerte de un concierto de Spinetta fue en el mes de Diciembre de 2001, en el mismo mes pero en 2006, me di otro gusto de los grandes. Mesa uno en La Trastienda. Un copa de malbec y Spinetta tocando a metro y medio de distancia. El capricho de mi obstinación por leer al revés las palabras que se reflejan en los espejos, me sirvió ese día para adelantarme con la lista de temas escrita en una hoja translúcida al alcance de mi vista. En esos días Nerina Nicotra estaba empezando a reemplazar a Malosetti en el bajo.
Si en los años 2001 y 2006, Diciembre fue un mes importante en mi relación con el arte spinetteano, lo del 4 de Diciembre de 2009 fue incomparable. En esos días mi cuerpo fue víctima de un raid interminable. El Jueves 3 había trasnochado viendo a Me Daras Mil Hijos en Niceto. El viernes laburé todo el día y salí corriendo hasta Velez mirando la web del servicio meteorológico; poco más de un mes antes me había bañado en la noche del regreso de Charly García en el mismo estadio. Esa noche también el flaco había aportado lo suyo. El concierto de las bandas eternas duró cinco horas y media. El sábado volví al laburo casi sin dormir (los taxis no abundaban esa noche por Liniers), y salí a mediodía del negocio, corriendo de nuevo para votar en las elecciones de River y hacer a tiempo para estar presente en la ceremonia en la que a mi mujer le daban el diploma de profesora. Si cuento esto que estoy contando, es porque llegué a tiempo, sino tendría ahora el “privilegio” de estar compartiendo un fogón celestial con el flaco; no había “Ekathe” que me salvara. Y esa noche de la que tanto se dijo tuve la sensación de estar presente frente a todos los conciertos históricos a los que no había podido ir. A ese concierto de domingo a mediodía de presentación de “Artaud”, a los Luna Park de Invisible, al regreso de Almendra en Obras. Al Seru Giran y Jade de La Rural, porque Charly y Spinetta volvieron a tocar juntos “Rezo por vos”. Si mal no recuerdo esa noche hasta aplaudí a Juanse…mirá si habré hecho cosas por Spinetta! Nadie, pero absolutamente nadie esperaba poder tomar conciencia en una sola noche de la verdadera dimensión de lo que la obra de Spinetta significa. Y ahora queda la paradoja que lo que fue una noche de repaso, reencuentro y celebración, muchos la recordarán como una noche de despedida.
Aunque en verdad no fue tan así. El flaco siguió tocando en 2010 mientras todos manteníamos la ilusión de que la noche del 4D haya despertado la llama en cualquiera de las bandas reencontradas y podamos presenciar un concierto completo de alguna de ellas. Y pedíamos y exigíamos el DVD de esa noche que la magia hizo ruido y en serio. Por mi lado queda el concierto en el Coliseo en Octubre de 2010 en el que le cantó “Té para tres” a la madre de Gustavo Cerati presente en la platea, y que cerró con “A Starosta el idiota”. Ahora haciendo esos juegos medios bobos que uno hace recontextualizando las letras de las canciones, puedo decir que “vámonos de aquí” fue la última frase que escuché salir de su boca desde un escenario, justo el día en que parece habérsela tomado bien en serio a esa frase. Pero quiero terminar optimista aunque me cueste. Entonces me retrotraigo a otro Diciembre, Diciembre de 2008. En el día en que se recuerda la Declaración universal de los Derechos Humanos, Spinetta y su banda tocaron gratis en el anfiteatro de Puerto Madero, ahí pegadito a la fuente de Las Nereidas. Esa noche el locutor anunció que mientras Spinetta hacía su set, una madre había dado a luz a su hija detrás del escenario. Con Spinetta al lado nunca mejor utilizada la expresión “dar a luz”, verdad? Así que ahora pienso en esa criatura que conoció el mundo con tanta buena energía y luz alrededor, y hago la cuenta que ya tiene tres años y que seguro su inocencia lo hará correr en jardines y soñarse gorrión esta noche. Y pienso en que va a crecer y que todo aquello que la rodeó en su llegada al mundo, algún día va a expresarse y tener su consecuencia y concreción. Y con el recuerdo de esa anécdota bien presente al momento de terminar estas palabras, sin darme cuenta caigo en que mi canción favorita ahora es “Todas las hojas son del viento”.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Roger McGuinn en el Teatro Coliseo


Hace unos meses, cuando los habitantes de la ciudad de Buenos Aires decidieron reelegir al Ingeniero Macri como Jefe de Gobierno, Fito Paez dijo que sintió asco. Más allá del revuelo que se armó en su momento por la expresión de Fito, supongo que aquello tuvo mucho que ver con la impotencia de no poder modificar las cosas como uno desea o cree conveniente. Y tengo que decir que anoche cuando vi la cantidad de butacas vacías en el Coliseo en donde tocaba Roger McGuinn, sentí algo de aquella impotencia del rosarino. Y acá no hay excusa de precios, y la superstición por el martes 13 no cuenta como justificativo. No es que fueran económicas las entradas, sino porque otros artistas de menor talla y con precios más altos han llenado recintos incluso más amplios. En tiempos en donde las ganas de reinterpretar la historia argentina parece haber encontrado apoyo estatal, no estaría mal una especie de instituo de revisionismo rockero urgente. Hay fuentes imposibles de ignorar, y corremos el riesgo de permitir que germine una generación de chicos que crean que el rock empezó con los Artic Monkeys.
Dicho esto, tengo que confesar que los lugares vacíos me dieron la oportunidad de bajar un par de pisos y aprovechar la desidia del resto de los rockers porteños ausentes, porque en mi caso, la original ubicación elevada y lejana en el teatro, sí tenía que ver con los precios y la exagerada inversión en recitales de este año. Pero era imperdible, y si a alguien le quedaban dudas de esto, cuando Roger McGuinn entró con su Rickenbaker blanquinegra de doce cuerdas cantando “My back pages”, las dudas se le terminaron por esfumar. Vestido completamente de negro, con un sombrero que apenas permitía ver sus ojos y en un escenario dueño de una escenografía mínima, Roger camina pausado, toma asiento, cambia la Rickenbacker por la acústica, nos habla de Dennis Hopper, las motos, el destino, y se larga con “Ballad of easy rider”. “Take me from this road, to some other town” , ese será el lema del concierto. Un recorrido por la vida de un tipo que de solo pensar que influyó a los Beatles, que inspiró “afanosamente” a Harrison, que tocó con David Crosby, Gene Clark, Gram Parsons, Tom Petty y Bob Dylan, entre otros, y que además es uno de los responsables del Dylan de Newport y por lo tanto de toda la música pop y rock tal cual la conocimos luego, produce escalofríos. Basta escucharlo tocar la guitarra para preguntarse, por ejemplo, qué hubiese sido de la vida de gente como Peter Buck, sí McGuinn no hubiera existido. Y que además de todo eso, muestra la capacidad intacta para emocionar con gemas como “Mr. Spaceman” , “You ain't going nowhere”, y tomarse tiempo de homenajear a Woody Guthrie con “Pretty boy floyd”.
McGuinn toca sentado, delante de una mesa de bar flanqueada apenas por unos arbustos. A su lado dos guitarras acústicas y la nombrada Rickenbacker esperan pacientes su turno de ser elegidas para cada canción. Roger no escatima en anécdotas para cada tema, por eso cosecha sonrisas cuando recuerda la dedicatoria que junto a Gram Parsons le hicieran al DJ británico Ralph Emery, antes de tocar “Drug store truck drivin' man”; o aplausos cuando nombra a Tom Petty para la estremecedora “King of the hill”. La primera parte del show la cerró con la propia “Russian hill”, el clásico de los Byrds “5th dimension”, “Parade of lost dreams” (compuesta junto a su mujer Camilla) y otra vez los Byrds y “Chimes of freedom”.
Luego del intervalo, anunciado de cinco minutos pero que se prolongó un poco más, Roger repitió el molde para iniciar la segunda parte del concierto: entró con la guitarra eléctrica colgada, y de pie cantó “Lover on the Bayou”. Después vuelta a sentarse y el turno de “Chestnut mare”, “Just a season” y “Jolly Roger”. Roger McGuinn resulta un iman. Sentado delante de la mesita de bar, relatando historias y cantando sus canciones, parece un viajero que ha hecho un alto en el camino y necesita despojarse de sus vivencias. Un auténtico juglar que además marca el ritmo de las canciones haciendo repiquetear sus botas sobre el piso del escenario. Pasa “You showed me” y empieza a cantar “Mr. Tambourine man” con la acústica, a la que de inmediato cambia por la eléctrica (David Crosby dice “no, así no la van a pasar en ninguna radio” rememorando el momento que dio origen al arreglo original). Dije ayer al terminar el concierto y repito ahora: vi en vivo a Roger McGuinn cantando "Mr. Tambourine man". Un día de estos la burocracia celestial se va poner al día, van a ver cuántos sueños llevo cumplidos y me van a mandar los Falcon verdes de Dios a buscarme por abuso. Pero aún faltaba más. El lucimiento en la guitarra para “Eight miles high” y las citas a John Coltrane y Ravi Shankar, que se vio interrumpida por la ruptura de una cuerda. Pero Roger reaccionó rápidamente cambiando de guitarra, y terminó el concierto otra vez de pie, con “Turn, turn, turn”.
Durante el breve segundo intervalo, los asistentes acomodaron un teclado sobre el escenario para confirmar lo que era un secreto a voces: Charly Garcia iba a subir a tocar con Roger. Y el riff de “I'll feel a whole lot better” que empezó a escucharse mientras lo músicos se acomodaban en sus lugares dio inicio a esa reunión cumbre. Tengo que decir que el Charly que subió ayer al Coliseo distaba mucho del impecable de los shows del Rex, pero hay algo que es cierto: anoche Flopa Lestani, a quien le envidié una foto con Roger en el muro de su facebook, comentaba que Charly estaba emocionado como una quinceañera, y que eso habla bien de él. Más que certera la apreciación. Había en la mirada de García un gesto de admiración que conmovía. Gesto para con un tipo dueño de una matriz a la hora de hacer canciones que ha marcado un rumbo que García conoce de memoria, y el resultado entonces tiene más valor emotivo y testimonial que otra cosa, porque desde lo musical, el encuentro no resultó todo lo feliz que a mí me hubiera gustado. Intercambiaron estrofas en inglés y español, pero nunca terminaron de ensamblar. La fragilidad de Charly quedó expuesta ante la emoción, pero de todas maneras se quedó, sin cantar y junto a Fernando Kabusacki en guitarra acústica, para compartir dos temas más: “So you want to be a rock'n roll star” y el “Knockin' on heavens door” con el que cerraron el concierto. Quedó, por insistencia del público y propio placer de Roger un extra con el tradicional “May the road rise to meet you”. Afuera, el hall del teatro convocaba a charlas y comentarios como pocas veces. Todos, absolutamente todos los que estuvimos anoche en el Coliseo, sabíamos perfectamente frente a qué tipo de procer habíamos estado. Pero que del revisionismo rockero se encargue otro, a mí déjenme con las emociones.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El Club de Tobi en Samsung Studio


                El viernes feriado era tan feriado que parecía sábado. Y el fin de semana largo guardaba para ese viernes que era sábado dos propuestas con sello uruguayo. En GEBA, No Te Va Gustar despedía su gran año con un concierto masivo, y en el Samsung, con menos pretensiones de concurrencia, pero con las mismas ganas de mostrar de este lado del río el orgullo por un disco que guarda en su espíritu el sello del aire, el fuego y la música rioplatense, El Club de Tobi y su original propuesta. Y yo me decidí por la segunda. Principalmente porque a pesar de escucharlos mucho, no había tenido oportunidad de verlos en vivo, pero también por rescatar el placer que produce escuchar música en un clima de intimidad. El cuarteto de cuerdas uruguayo integrado por Bruno Masci en cello, Fernado Luzardo en viola, y Mario Gulla y Fernando Rosa en violines (más Paolo Buscaglia en percusión) ha adoptado una formación típica de cámara para abocarse a composiciones populares, rescatándolas en sus melodías, revalorizando desde lo sonoro la belleza de lo simple y devolviéndolas a nuestros oídos renovadas, revitalizadas y originales. Presentando un disco (“Tobismo” – 2010) que a pesar de haber sido grabado en el país, en la provincia de San Luis más específicamente, recién ahora tiene su edición local.
Los uruguayos abrieron  el concierto con dedicatoria especial al rock argentino de los ’80. Primero con “Vencedores vencidos”, después “Mañana en el Abasto”. Y desde ese comienzo quedan claro dos maneras diferentes de encarar las versiones. En la primera la cita es literal, reproduce arreglos originales adoptando el sonido propio del grupo, mientras que en el tema de Sumo, se expanden más allá de la melodía y aportan sus propios tintes.  La percusión es mínima, por momentos apenas el golpeteo de los palillos escobilla sobre una tabla, pero alcanza para acompañar a las cuerdas y agregarle fuerza a las interpretaciones.  Después aparecieron temas propios, como “Vida faz vida” o “Arde puch”, en la cual Bruno abandona el arco y con los dedos sobre las cuerdas le da al cello el lugar de contrabajo.  Son los dos violinistas los encargados de entablar diálogos con la gente, sosteniendo con chistes y juegos con los nombres de las canciones, un clima ameno que provoca sonrisas cómplices en el público. Y el concierto avanza en ese clima llevadero, mientras El Club de Tobi salta desde “Funkciona”, el primer tema de su primer disco (“Anselmo” – 2003) hasta “Libre”, de su último trabajo.
En “Milonga japonesa”, otra canción de “Tobismo”, por momentos el cuarteto adquiere una impronta piazzoleana que hace honor a una sala que supo ser Michelangelo, el recinto preferido del gran Astor, y a la  que le llegó a dedicar un tango. Es más, habiendo visto la noche anterior “Midnight in Paris”, bien podría haber imaginado al bandoneonista escondido en alguno de los rincones del Samsung aprobando a los músicos con una sonrisa.  Cuando interpretan “Cheques” de Spinetta queda bien en claro el por qué un cuarteto de cuerdas tiene llegada y se mueve con comodidad  entre el público rockero: no solo es una cuestión de repertorio, sino de la actitud arriba del escenario. Entonces resulta imposible no seguir el ritmo de cada canción, olvidándose de la letra de la versión original. Y ese tal vez sea el mayor mérito de El Club de Tobi: que temas cuyas letras uno sabe de memoria y que no son de tono inocente ni mucho menos, sean olvidadas por un momento, o queden relegadas al segundo plano, para que sea la melodía la que tome preponderancia y la que exhiba todas sus virtudes de manera límpida, absolutamente despojada de palabras.
El mejor momento a mi gusto se da con “Albañil”, un tema de Jorge Lazaroff. Al final, Mario Gulla le pregunta al público si alguien descubrió la intertextualidad presente en la versión, y alguien responde certero: “Construcción” de Chico Buarque. Y en ese juego de adivina adivinador, está otro de los encantos de estar frente a El Club de Tobi. Cada canción tiene idas y vueltas que revelan citas a otras canciones, algunas breves y ocultas, otras más elocuentes, pero siempre significa un desafío para afinar el oído y la memoria.  En “Luna al revés” hay lugar para el lucimiento solista del cello, y “De mí” es otro de los ejemplos en los cuales la letra confesional del original, pasa a segundo plano a favor de la melodía. “Sabadaba” es puro candombe  y fue seguido del momento Marley de la noche, con “Jamming” y la cita al “Get up, stand up” de Tosh, más el lucimiento de Fernando Luzardo en la viola.
El final con “Post crucifixión” (así es el original muchachos, en el disco lo pusieron con doble c) demostró que las cuerdas pueden adquirir la misma potencia que las guitarras amplificadas, y el propio “Fuck you”, con jugueteo made in Vivaldi incluido, marcó el final del show. Hubo tiempo para bis y estuvo a cargo otro vez de Los Redondos: “La bestia pop” mixturada con “Sweet dreams” y una interminable cantidad de citas que ellos mismos serían incapaces de detallar, porque cada uno de los músicos recorre sus propios caminos y caprichos.
Salí encantado del Samsung y me fui a encontrar con mi hija a la salida del show de No Te Va Gustar. Y ya arriba del 64, comprobé una vez más qué bien se llevan ese disco enorme que es “Un día normal en el maravilloso mundo de Ariel Minimal” y Buenos Aires. Pensando en otro sábado de fiesta popular y orgullo peronista, resultó la mejor manera de ir poniéndome a tono.