Tricky, uno de los pilares de la trilogía fundamental del trip hop, junto a Massive Attack y Portishead, llegó por primera vez a Buenos Aires con su trabajo más accesible en mucho tiempo (Kwonle best boy – 2008). El artista se preocupó en aclarar en cuanto reportaje le hicieron, cuánto le molestaba aquella etiqueta que lo catalogaba en el estilo surgido en Bristol a principios de los ’90. Y habiendo presenciado el show de anoche en El Teatro de Colegiales, quedó bien en claro el motivo de ese disgusto. Porque al margen de no renegar de nada de su pasado el presente de Tricky está lejos del purismo trip hop, y su banda suena hoy como un compendio de estilos que incluye al hip hop, el soul, el reggae y la electrónica, pero también suma importantes dosis de garage rock y blues.
En un recinto repleto y con poco más de media hora de demora, los músicos se fueron acomodando mientras se oía la introducción del “In the air tonight” de Phil Collins y el show arrancó con los dos vocalistas (el propio Tricky y Francesca Belmonte) de espaldas al público mientras la banda se despachaba con esa versión densa de “Sweet dreams” que utilizara como base para el tema “You don’t wanna” en el disco “Blowback” (2001). Luego con “Puppy toy” sí comenzó el repaso del último trabajo en el cual se centró el show, aunque eso no le restó lugar para un repaso de buena parte de su carrera, especialmente a la hora de extraer gemas de su aclamado debut de 1995, “Maxinquaye”. Tricky que compartió el centro del escenario con Francesca Belmont, alternándose en las voces, consiguió una excelente comunicación con el público apelando más a lo gestual que a las palabras, sacudiendo la cabeza de manera espasmódica y golpeándose el pecho tatuado con los puños y el micrófono.
La banda integrada por Pete Clements (bajo), John Maiden (batería), Gareth Bowen (teclados) y Tristan Cassel-Delavois (guitarra) suena ajustada y contundente, y sostiene los climas, alternando momentos calmos e íntimos con explosiones densas y de enorme intensidad; siempre dirigidos por Tricky, que como director de orquesta los motiva o aplaca mediante indicaciones con sus manos. Las primeras intervenciones de Francesca Belmont hicieron suponer que iríamos a extrañar y mucho a la notable Martina Topley-Bird, aquella magnífica cantante que lo acompañara en sus primeros trabajos, pero con el correr del show se asentó y tuvo al promediar el concierto un momento de gran lucimiento personal en el cover de XTC, “Dear God”. Entre los temas sonaron clásicos como la poderosísima versión de “Black steel” y la intimista “Overcome” con la que cerró la primera parte, y canciones recientes como “Past Mistakes”, “Council Estate” y “Veronika”. El concierto encuentra uno de sus clímax cuando el británico desciende del escenario para mezclarse entre un público, que una vez superada la sorpresa, no para de abrazarlo y besarlo. Pocos minutos después será el público el que invitado por Tricky, en éxtasis absoluto se encarame en el escenario mientras la banda se despacha con una demoledora versión del clásico de Motorhead, “Aces of spades”, con Francesca en la voz y una muy buena intervención de Gareth Brown en los teclados.
“Joseph”, “Vent”, y “Tricky kid” fueron otros de los temas que sonaron en un final que mantuvo al público embelesado, mientras la música ganaba en intensidad y Tricky se despedía de se debut en Buenos Aires arrojando los micrófonos al piso, y dejando al público en un estado de trance del cual solo comenzó a salir cuando la música y las luces le indicaron que la banda no volvería al escenario. En resumen, un excelente show de uno de los artistas más inconformistas y menos predecibles de los últimos tiempos, y que Buenos Aires se debía hace mucho tiempo.
sábado, 22 de agosto de 2009
viernes, 17 de julio de 2009
Cat Power en el Teatro Gran Rex
La escena parece salida del final de una película. La estrella camina hacia un lado del escenario, recibe un ramo de rosas y las empieza a repartir entre el público; arroja algunas, entrega en mano otras a algún privilegiado. Es el primer gesto directo de la artista hacia el público al cabo de dos horas de recital. Después la leve flexión de rodillas y la misma reverencia con la que saludó al entrar despiden a Cat Power del Gran Rex y escenario queda finalmente vacío y a oscuras.
Lejos del caos alcoholizado de su primera visita en 2001 en el Teatro Margarita Xirgu, pero también con un disco de versiones bajo el brazo (“The covers record” antes, “Jukebox” ahora), la nativa de Georgia hizo de sus dos horas de show un lento proceso que bien se puede describir con una sola palabra: encantamiento. Porque la voz frágil pero densa de Chan Marshall impregna una característica tan particular a las canciones, que en su monotonía suave y placentera mantienen a la gente en un estado de gracia que se interrumpe apenas en los aplausos al final de cada tema o con alguna explosión instrumental de la banda que la acompaña. En su manera de abordar las canciones, ralentizando las melodías y apoderándose de cada una hasta imbuirlas en la misma atmósfera que las propias, Cat Power hace de su arte una particular manera de homenajear a los artistas que la marcaron a fuego. Y en ese proceso consigue que tres mil personas no puedan despegar sus ojos de ella, que mientras tanto no deja de recorrer el escenario meciéndose lentamente casi abrazando al micrófono, enroscándose con el cable, escondiéndose entre las penumbras de la tenue iluminación que transita entre el lila, el violeta y el azul, y sin otra relación con la audiencia que no sea su voz y sus melodías. Tanto es así, que sobre el final del set, Chan desciende del escenario y empieza a caminar por los pasillos entre la gente, que no atina a levantarse de sus asientos y ni siquiera se atreve a estirar una mano. Hipnosis absoluta.
En el comienzo, la encargada de abrir el show es aquel tradicional que Eric Burdon y Alan Price les devolvieran a los norteamericanos hecho clásico: “The house of the rising sun”. Pero ya está dicho, todo será a su manera. Entonces poco importa que que “Fortunate son” o “Woman left lonely” hayan estado alguna vez en boca de John Fogerty o Janis Joplin, o cuántos artistas de hayan sumergido en “New York, New York” o “Sea of love”, porque todo gira alrededor del universo Marshall. En medio, algunas canciones propias como “The moon”, “Metal heart” o “Song to Bobby” (dedicada a Dylan) que curiosamente son las mejor recibidas por el público. Y detrás de ella una banda que descolla. Porque los Dirty Delta Blues band se amoldan a la cadencia de Chan, y sostienen y engrandecen los climas durante todo momento. El grupo, cuyo nombre surge de la suma de los otros proyectos de sus integrantes (Jim White baterista de Dirty Three, Gregg Foreman tecladista de The Delta 72, Judah Bauer guitarrista de Blues Explosion, acompañados por el bajo de Eric Paparozzi que también incursiona en un vibráfono gigante) lleva la música americana en su ADN, y parecen saber todo sobre rythm & blues, soul, y countryfolk. Sin lucimientos personales, aunque detenerse en Jim White puede resultar un lujo extra, son un ensamble perfecto a la tensa calma de Cat Power y por momentos consiguen climas extremadamente intensos.
En un recital de recorrido parejo, se pueden destacar momentos como “Dark end of the streets” (de James Car), la renombrada “Ramblin’ woman” de Hank Williams, o el “Don’t explain” de Billie Holiday que la devuelve al escenario para los bises, pero no habrá manera de superar el conmovedor final con “Angelitos negros”. Porque a pesar de la pronunciación del español, Cat Power consigue plasmar en su versión lo mejor de sí misma, quebrando la voz, casi suplicando y entregándose con una intensidad única y emocionante. El resto fue la ceremonia final de las flores, arrojando en bollitos también las listas de temas, y la despedida de un público que a esa altura había abandonado en buena parte sus lugares y se había amuchado ensimismado delante del escenario. entonces cuando las luces del teatro tuvieron a cargo la ingrata tarea de romper el hechizo.
Lejos del caos alcoholizado de su primera visita en 2001 en el Teatro Margarita Xirgu, pero también con un disco de versiones bajo el brazo (“The covers record” antes, “Jukebox” ahora), la nativa de Georgia hizo de sus dos horas de show un lento proceso que bien se puede describir con una sola palabra: encantamiento. Porque la voz frágil pero densa de Chan Marshall impregna una característica tan particular a las canciones, que en su monotonía suave y placentera mantienen a la gente en un estado de gracia que se interrumpe apenas en los aplausos al final de cada tema o con alguna explosión instrumental de la banda que la acompaña. En su manera de abordar las canciones, ralentizando las melodías y apoderándose de cada una hasta imbuirlas en la misma atmósfera que las propias, Cat Power hace de su arte una particular manera de homenajear a los artistas que la marcaron a fuego. Y en ese proceso consigue que tres mil personas no puedan despegar sus ojos de ella, que mientras tanto no deja de recorrer el escenario meciéndose lentamente casi abrazando al micrófono, enroscándose con el cable, escondiéndose entre las penumbras de la tenue iluminación que transita entre el lila, el violeta y el azul, y sin otra relación con la audiencia que no sea su voz y sus melodías. Tanto es así, que sobre el final del set, Chan desciende del escenario y empieza a caminar por los pasillos entre la gente, que no atina a levantarse de sus asientos y ni siquiera se atreve a estirar una mano. Hipnosis absoluta.
En el comienzo, la encargada de abrir el show es aquel tradicional que Eric Burdon y Alan Price les devolvieran a los norteamericanos hecho clásico: “The house of the rising sun”. Pero ya está dicho, todo será a su manera. Entonces poco importa que que “Fortunate son” o “Woman left lonely” hayan estado alguna vez en boca de John Fogerty o Janis Joplin, o cuántos artistas de hayan sumergido en “New York, New York” o “Sea of love”, porque todo gira alrededor del universo Marshall. En medio, algunas canciones propias como “The moon”, “Metal heart” o “Song to Bobby” (dedicada a Dylan) que curiosamente son las mejor recibidas por el público. Y detrás de ella una banda que descolla. Porque los Dirty Delta Blues band se amoldan a la cadencia de Chan, y sostienen y engrandecen los climas durante todo momento. El grupo, cuyo nombre surge de la suma de los otros proyectos de sus integrantes (Jim White baterista de Dirty Three, Gregg Foreman tecladista de The Delta 72, Judah Bauer guitarrista de Blues Explosion, acompañados por el bajo de Eric Paparozzi que también incursiona en un vibráfono gigante) lleva la música americana en su ADN, y parecen saber todo sobre rythm & blues, soul, y countryfolk. Sin lucimientos personales, aunque detenerse en Jim White puede resultar un lujo extra, son un ensamble perfecto a la tensa calma de Cat Power y por momentos consiguen climas extremadamente intensos.
En un recital de recorrido parejo, se pueden destacar momentos como “Dark end of the streets” (de James Car), la renombrada “Ramblin’ woman” de Hank Williams, o el “Don’t explain” de Billie Holiday que la devuelve al escenario para los bises, pero no habrá manera de superar el conmovedor final con “Angelitos negros”. Porque a pesar de la pronunciación del español, Cat Power consigue plasmar en su versión lo mejor de sí misma, quebrando la voz, casi suplicando y entregándose con una intensidad única y emocionante. El resto fue la ceremonia final de las flores, arrojando en bollitos también las listas de temas, y la despedida de un público que a esa altura había abandonado en buena parte sus lugares y se había amuchado ensimismado delante del escenario. entonces cuando las luces del teatro tuvieron a cargo la ingrata tarea de romper el hechizo.
martes, 16 de junio de 2009
Russian Red en el Centro Cultural Recoleta
Podría hacer un resumen de lo poco que llegué a ver del 2º Festival Ciudad Emergente en el Centro Cultural Recoleta. Dedicar algunas palabras al prolijo show de Entre Rios, que además de recorrer su interesante trabajo del 2008 se dio el lujo de estrenar tres temas nuevos en un set de poco más de media hora. Contar que el domingo estuve más tiempo y que de ese día destaco la energía de Utopians (cerraron con una versión de “Estallando desde el océano” de Sumo), la fiesta electro pop bailable y provocativo de Pánico Ramirez, y la intensidad del show de Florencia Ruiz. Que dejé pasar premeditadamente el show de Hana, y que no me terminó por enganchar la nueva propuesta de Mariana Bianchini. Que me causó mucha gracia el corto animado “The carets” con el que se amenizaba la espera entre shows. Pero si hay algo que me conmovió el lunes feriado fue el show de la española Russian Red. Porque la madrileña Lourdes Hernandez encantó a la gente con un puñado de canciones folk sin grandes pretensiones, pero que en su voz tiñen de una intensidad poco habitual. Se podrán buscar cientos de comparaciones, a alguno le vendrá a la mente la voz de Lisa Hannigan, a otros Alanis Morrisestte, a mí en particular algunos de sus agudos me recordaron a Grace Slick, y sin dudas todos habremos tenido algo de razón. Porque la mayor riqueza en la voz Lourdes se encuentra en la variedad con que aborda las canciones y la versatilidad de su estilo al interpretarlas. Hay que decir que su calidez se engrandece con los arreglos sencillos que acompañan los temas, especialmente cuando la guitarra slide dice presente. Con varias canciones propias, todas cantadas en inglés, más algún cover ( “All mi little words” de The Magnetic Fields), Russian Red justificó cada uno de los elogios que llegan del otro lado del Atlántico y que se confirmaron con el magnetismo generado desde el escenario ubicado en la terraza del Centro Cultural Recoleta. Y si hay que poner un ejemplo de la impresión que causó, basta con decir que en un festival que se desarrolló con precisión de relojería, Lourdes tuvo que volver al escenario a pedido del público a hacer un tema más. Poco puedo agregar de Russian Red ya que recién los estoy conociendo, pero no quería dejar pasar la oportunidad de compartir esta presentación que seguro tendrá secuelas. Por ahora a disfrutar de "I love your glasses", su único disco hasta el momento y como muestra un video de anoche y otro oficial como para apreciarla en toda su dimensión.
domingo, 7 de junio de 2009
The Bad Plus en La Trastienda
La noche del sábado estuvo encajonada entre eventos deportivos. Porque partí para La Trastienda ni bien finalizó el partido de la selección en el cual el héroe terminó resultando uno de los peores jugadores de la cancha, y ahora me siento a escribir mientras Roger Federer celebra haberle ganado Roland Garros a un sueco con cara de actor porno. Pero el objetivo es resumir la nueva lección musical que el grupo norteamericano The Bad Plus entregó anoche durante la casi hora y media que duró su show. Con un recorrido que se va acercando a la década, el trío de jazz integrado por Ethan Iverson en el piano, Reid Anderson en el contrabajo y David King en la batería, ha demostrado ser especialista en el oficio de destruir y reconstruir canciones ligadas al pop y al rock con probada eficacia. Y en su nueva apuesta, por primera vez incorporaron una cantante invitada (Wendy Lewis), lo cual significaba todo un desafío para una banda más acostumbrada a desarticular melodías que a seguirlas al pie de la letra. Pues bien, después del show de anoche cualquier duda preexistente ha quedado definitivamente despejada.
El show se dividió en dos partes bien marcadas aunque de despareja duración: la primera más breve con solo el trío sobre el escenario, y la segunda íntegramente acompañados de Wendy sobre el mismo. El primer tramo del concierto estuvo centrado en pasajes en los cuales la música clásica contemporánea estuvo presente: “Variation d’Apollon” de Stravinsky, o la propia composición “Rinoceros is my profesión” (de Suspicious activity – 2005) dieron muestra de este enfoque y revelaron a un Ethan Iverson brillante haciendo gala de una sorprendente independencia de manos. Reid Anderson se dirige al público en perfecto español presentando a los músicos y a los temas, y ese primer tramo llega a su fin con “Fém (etude nº8)” de Gyorgy Ligeti, composición ya de por sí transgresoramente caótica, que en manos de The Bad Plus se torna aún más anárquica. Si a Ethan en ese momento le cambiasen el piano por un mellotron tranquilamente se pudiese pensar en Keith Emerson sobre el escenario. David King acompaña sus golpes con movimientos corporales sutiles que se contraponen con la potencia que por momentos extrae de sus tambores.
La segunda parte comienza cuando Reid comenta sobre su nuevo proyecto e invita a su amiga Wendy Lewis al escenario y abren ese tramo con el tema del cual extrajeron el nombre del disco (For all I care - 2009), una poderosa versión de “Lithium” de Nirvana. Wendy, una cantante indie poco conocida proveniente de Minesotta, se acopla al trío de una manera natural y hace que las versiones estén cargadas de una intensidad y un componente emocional nunca antes alcanzado por el grupo. La bellísima “Radio Cure” de Wilco es otra muestra de ello, y tal vez esta impresión alcance su punto más alto en “How deep is your love” de los Bee Gees. La voz no priva para nada al The Bad Plus de su intención experimental y obliga a afinar el oído para descubrir los preciosos arreglos que se revelan detrás de las melodías cantadas por Lewis. Y como para dejar en claro que el proyecto busca llegar más allá que un solo trabajo, dejan de lado sus versiones de The Flaming Lips y Yes, para abocarse a otras no incluidas en “For all I care”; así es que aparecen un standard como “Blue velvet” (magnífica Wendy!) y “A new years day” de U2, con una introducción arrolladora de King y que en el desarrollo instrumental alcanza momentos sublimes. Hacia el final quedaron la contundente “Barracuda” de Heart, y por supuesto “Confortably numb” en donde el tandem de voces de Reid Anderson y Wendy Lewis en los coros es sencillamente una delicia, mientras detrás de ellos Ethan Iverson hace maravillas con sus manos sobre las teclas.
El regreso al escenario fue con una sorpresa: una breve versión de “Heart of gold” que me dejó fascinado. Porque Reid Anderson se revela como un gran cantante, y porque The Bad Plus renuncia cualquier pretensión virtuosa para rendirse ante la hermosísima melodía de Neil Young. Hubo pedidos de más, pero los músicos volvieron al escenario solo para aclarar que un evento posterior en la sala les impedía prolongar el show, cosa que por sus rostros hubieran hecho gustosos. Aplausos y despedida final para una experiencia que no solo espero que se repita sino que se profundice, porque si algo quedó claro anoche, es que la alianza entre The Bad Plus y Wendy Lewis todavía tiene mucho para dar. Por mi parte la noche de San Telmo todavía tenía reservado un goulash todo lo sustancioso y picante como lo exige el invierno, pero la sección gastronomía queda para otro momento.
El show se dividió en dos partes bien marcadas aunque de despareja duración: la primera más breve con solo el trío sobre el escenario, y la segunda íntegramente acompañados de Wendy sobre el mismo. El primer tramo del concierto estuvo centrado en pasajes en los cuales la música clásica contemporánea estuvo presente: “Variation d’Apollon” de Stravinsky, o la propia composición “Rinoceros is my profesión” (de Suspicious activity – 2005) dieron muestra de este enfoque y revelaron a un Ethan Iverson brillante haciendo gala de una sorprendente independencia de manos. Reid Anderson se dirige al público en perfecto español presentando a los músicos y a los temas, y ese primer tramo llega a su fin con “Fém (etude nº8)” de Gyorgy Ligeti, composición ya de por sí transgresoramente caótica, que en manos de The Bad Plus se torna aún más anárquica. Si a Ethan en ese momento le cambiasen el piano por un mellotron tranquilamente se pudiese pensar en Keith Emerson sobre el escenario. David King acompaña sus golpes con movimientos corporales sutiles que se contraponen con la potencia que por momentos extrae de sus tambores.
La segunda parte comienza cuando Reid comenta sobre su nuevo proyecto e invita a su amiga Wendy Lewis al escenario y abren ese tramo con el tema del cual extrajeron el nombre del disco (For all I care - 2009), una poderosa versión de “Lithium” de Nirvana. Wendy, una cantante indie poco conocida proveniente de Minesotta, se acopla al trío de una manera natural y hace que las versiones estén cargadas de una intensidad y un componente emocional nunca antes alcanzado por el grupo. La bellísima “Radio Cure” de Wilco es otra muestra de ello, y tal vez esta impresión alcance su punto más alto en “How deep is your love” de los Bee Gees. La voz no priva para nada al The Bad Plus de su intención experimental y obliga a afinar el oído para descubrir los preciosos arreglos que se revelan detrás de las melodías cantadas por Lewis. Y como para dejar en claro que el proyecto busca llegar más allá que un solo trabajo, dejan de lado sus versiones de The Flaming Lips y Yes, para abocarse a otras no incluidas en “For all I care”; así es que aparecen un standard como “Blue velvet” (magnífica Wendy!) y “A new years day” de U2, con una introducción arrolladora de King y que en el desarrollo instrumental alcanza momentos sublimes. Hacia el final quedaron la contundente “Barracuda” de Heart, y por supuesto “Confortably numb” en donde el tandem de voces de Reid Anderson y Wendy Lewis en los coros es sencillamente una delicia, mientras detrás de ellos Ethan Iverson hace maravillas con sus manos sobre las teclas.
El regreso al escenario fue con una sorpresa: una breve versión de “Heart of gold” que me dejó fascinado. Porque Reid Anderson se revela como un gran cantante, y porque The Bad Plus renuncia cualquier pretensión virtuosa para rendirse ante la hermosísima melodía de Neil Young. Hubo pedidos de más, pero los músicos volvieron al escenario solo para aclarar que un evento posterior en la sala les impedía prolongar el show, cosa que por sus rostros hubieran hecho gustosos. Aplausos y despedida final para una experiencia que no solo espero que se repita sino que se profundice, porque si algo quedó claro anoche, es que la alianza entre The Bad Plus y Wendy Lewis todavía tiene mucho para dar. Por mi parte la noche de San Telmo todavía tenía reservado un goulash todo lo sustancioso y picante como lo exige el invierno, pero la sección gastronomía queda para otro momento.
jueves, 21 de mayo de 2009
Cassandra Wilson en el Teatro Gran Rex
Si había algo innecesario a esta altura de la carrera de Cassandra Wilson era un premio Grammy. Entre otras cosas porque hace años que es una artista consagrada, y por otro lado porque “Loverly”, su disco de 2008, está lejos de ser el punto más alto de su carrera. Pero lo cierto es que los premios a veces suelen cumplir la función de reconocimiento tardío para buena parte del público, y tal vez por ese motivo fue que la primera visita de Cassandra a la Argentina estuvo promocionada utilizando el reciente premio. Por mi parte, guardo entre mis preferidos de Cassandra tres discos fascinantes: “Blue light ‘til down” (primer trabajo para Blue Note, y que terminó por encaminar su carrera), “Traveling Miles” (Homenaje de fin de siglo a Miles Davis), y “Thunderbird” (trabajo de 2006 producido por T-Bone Burnnet, que a pesar de algunas críticas posee un lado blusero que me resulta más que atractivo); y la posibilidad de oirla en vivo me generaba las mayores expectativas. Y tengo que decir que me llevé una sospecha mayúscula. Porque anoche no vi solamente una gran cantante, sino una excelente banda que además incluye una gran cantante. Porque si bien el espectáculo gira en torno a Cassandra, los pasajes instrumentales conviven con los cantados en partes iguales, otorgándole al show un balance perfecto.
Desde el momento en que la apertura queda a cargo de “Caravan”, uno empieza a sospechar que nada puede salir mal. Porque el clásico de Ellington luce en vivo mucho mejor que en la versión del disco, esencialmente gracias a los aportes solistas de los músicos. La banda que acompaña a Cassandra en esta visita está integrada por Herlin Riley en batería, el nigeriano Lekan Babalola en percusión, Reginald Veal en contrabajo, Marvin Sewell en guitarras y Jonathan Batiste en piano; este último en reemplazo de Jason Moran que grabó en “Loverly”. Y son ellos los encargados de respaldar el tono grave de Cassandra Wilson, con arreglos abundantes en sutilezas y buen gusto. El repertorio tiene como sustento el álbum “Loverly” y los clásicos versionados en el mismo: “St. James infirmary” de Irving Mills, “Lover come back to me” de Oscar Hammerstein, y el descomunal “Dust my broom” de Elmore James y Robert Johnson, en donde Marvin Sewell se luce con el slide y Cassandra reivindica sus orígenes en el Mississippi. Precisamente Marvin Sewell y el piano de Jonathan Batiste son los músicos cuyas intervenciones solistas, intensas y deliciosas evitando caer en un virtuosismo que podría resultar exagerado, son las que cosechan los mayores aplausos.
Pero si hubo un momento culminante en la noche del Gran Rex (que mostró algunos claros en la platea) ese fue cuando Marvin Sewell tomó la guitarra acústica y Cassandra Wilson hizo su exquisita versión de “Harvest moon”. Porque desde que lo grabara en “New moon daugther” en el año 1995, Cassandra se ha apropiado de la canción y en cada interpretación parece engrandecer aun más la bella melodía que Neil Young creara en los primeros años de la década del ‘70. El final fue con otro clásico, “`Til there was you”, que supo tener versiones de Chet Atkins, Sonny Rollins y hasta Marvin Gaye, y que decora con perfección la hora y cuarto de show que no hizo más que confirmar cada una de las virtudes de Cassandra Wilson. Hubo un regreso al escenario y la despedida final estuvo a cargo de “Arere”, en donde la banda se luce en un rubro (la fusión) que no había sido abordado en toda la presentación.
Excelente debut de Cassandra Wilson en Buenos Aires, en donde esta noche hará una segunda función, e inmejorable manera para la gente de Tribulaciones de celebrar sus primeros diez años en la producción de espectáculos de alto calibre, y que tendrá como continuidad la actuación de The Bad Plus en Junio, mientras anuncian la cuarta visita de Living Colour para el mes de Noviembre.
Desde el momento en que la apertura queda a cargo de “Caravan”, uno empieza a sospechar que nada puede salir mal. Porque el clásico de Ellington luce en vivo mucho mejor que en la versión del disco, esencialmente gracias a los aportes solistas de los músicos. La banda que acompaña a Cassandra en esta visita está integrada por Herlin Riley en batería, el nigeriano Lekan Babalola en percusión, Reginald Veal en contrabajo, Marvin Sewell en guitarras y Jonathan Batiste en piano; este último en reemplazo de Jason Moran que grabó en “Loverly”. Y son ellos los encargados de respaldar el tono grave de Cassandra Wilson, con arreglos abundantes en sutilezas y buen gusto. El repertorio tiene como sustento el álbum “Loverly” y los clásicos versionados en el mismo: “St. James infirmary” de Irving Mills, “Lover come back to me” de Oscar Hammerstein, y el descomunal “Dust my broom” de Elmore James y Robert Johnson, en donde Marvin Sewell se luce con el slide y Cassandra reivindica sus orígenes en el Mississippi. Precisamente Marvin Sewell y el piano de Jonathan Batiste son los músicos cuyas intervenciones solistas, intensas y deliciosas evitando caer en un virtuosismo que podría resultar exagerado, son las que cosechan los mayores aplausos.
Pero si hubo un momento culminante en la noche del Gran Rex (que mostró algunos claros en la platea) ese fue cuando Marvin Sewell tomó la guitarra acústica y Cassandra Wilson hizo su exquisita versión de “Harvest moon”. Porque desde que lo grabara en “New moon daugther” en el año 1995, Cassandra se ha apropiado de la canción y en cada interpretación parece engrandecer aun más la bella melodía que Neil Young creara en los primeros años de la década del ‘70. El final fue con otro clásico, “`Til there was you”, que supo tener versiones de Chet Atkins, Sonny Rollins y hasta Marvin Gaye, y que decora con perfección la hora y cuarto de show que no hizo más que confirmar cada una de las virtudes de Cassandra Wilson. Hubo un regreso al escenario y la despedida final estuvo a cargo de “Arere”, en donde la banda se luce en un rubro (la fusión) que no había sido abordado en toda la presentación.
Excelente debut de Cassandra Wilson en Buenos Aires, en donde esta noche hará una segunda función, e inmejorable manera para la gente de Tribulaciones de celebrar sus primeros diez años en la producción de espectáculos de alto calibre, y que tendrá como continuidad la actuación de The Bad Plus en Junio, mientras anuncian la cuarta visita de Living Colour para el mes de Noviembre.
miércoles, 20 de mayo de 2009
George Clinton en La Trastienda
Si hacía falta algo para comprender aquel lema de George Clinton de fines de los ’60, cuando en plena ebullición del LSD afirmaba aquello de “Free your mind and your ass will follow”, eso era tener la oportunidad de presenciar en vivo a ese colectivo del funk que resulta el combo Parliament, Funkadelic, P-funk All stars, o cuanto nombre pueda o quiera atribuirse. Porque a partir que la arenga “We Got The Funk” empezó a hacerse eco en La Trastienda, lo que se vivió anoche fueron cerca de 3 horas y media (!!!) de explosión musical de alto voltaje, repletas de groove, ritmo, baile, desparpajo, intensidad, lucimiento personal, y mucha diversión y color.
Sobre el escenario de La Trastienda había músicos como para cortar la 9 de Julio, llegué a contar 19 en un momento, pero no puedo asegurar que no haya habido más. El show en sí tiene al funk como sustento, pero a lo largo de él aparecen chistes, danzas, se reparten volantes al público, personajes excéntricos por donde se los vea, y todo dirigido por un George Clinton que hace las veces de maestro de ceremonia, aunque recién haya pisado el escenario cuando había transcurrido casi una hora de show. En escena se puede ver a lo largo del show a Larry “starchid” Shider vestido solamente con un pañal, una cantante vestido de rey, una guitarrista (Sauna Hall) que a lo lejos parece Michael Jackson, un guitarrista con una máscara y peluca afro multicolor, a la bella corista Kim Manning haciendo gala de sus agudos casi operísticos paseando en patines sobre el escenario mientras comparte cigarrillos y bebida con el público a cambio de sonrisas y corazones, y algunas incursiones de Carlos “sir No se” McMurray portando carteles con leyendas tipo “george fuck” y pidiendo al público que no aplauda a los solistas. Pero además de todo el color y el movimiento de personas sobre el escenario, hubo música, y mucha. Porque Lige Curry en el bajo de seis cuerdas y Frankie “khas” Waddy en batería sostienen una banda, que a modo de las grandes orquestas del jazz, despliega toda su música haciendo bailar al público (las mesas del salón duraron poco más de 20 minutos en su lugar) e intercalando momentos solistas, algunos de ellos brillantes, en especial los que corresponden a las voces de Steve Doy y Belita Woods.
Si bien la excusa era presentar el disco “George Clinton & the gangsters of love” de 2008, se pudieron escuchar clásicos como “Give up the funk (tear the roof off the sucker)”, “One nation under a groove”, “Dr. funkenstein”, “Cosmic slop” o “(not just) knee deep” (con Larry Shider haciendo corear al público mientras hacía gala de su voz blusera). Además de funk hubo soul, blues (extraordinaria y desgarradora performance de Mary Griffin en la voz), y mucho rock. La versión de “Maggot brain” a cargo de la Gibson Flyin V de Michael “kid funkadelic” Hampton fue descomunal, aunque cortó un poco el clima festivo del show. En el final, mientras algunas personas se retiraban en virtud del horario, otras se trepaban al escenario invitadas por “Sir no se”, para sumarse a su baile contorsionista y abrazar al gran George, pretendiendo que el show no termine nunca. Quedará alguna queja con el sonido (algún acople, micrófonos que dejaban de funcionar) que puede quedar justificado en el poco espacio y el vértigo con que se desarrollan las entradas y salidas de músicos.
En resumen un show extraordinario, que no se puede compara con nada que ande dando vueltas hoy por el mundo, que deja bien en claro por qué el legado del padrino del funk está más vigente que nunca, y que marcará un hito en una ciudad poco acostumbrada al funk y sus desprendimientos. Quedan dos noches más, y aunque el costo de las entradas no es nada económico, créanme que valen cada peso que vayan a pagar.
Sobre el escenario de La Trastienda había músicos como para cortar la 9 de Julio, llegué a contar 19 en un momento, pero no puedo asegurar que no haya habido más. El show en sí tiene al funk como sustento, pero a lo largo de él aparecen chistes, danzas, se reparten volantes al público, personajes excéntricos por donde se los vea, y todo dirigido por un George Clinton que hace las veces de maestro de ceremonia, aunque recién haya pisado el escenario cuando había transcurrido casi una hora de show. En escena se puede ver a lo largo del show a Larry “starchid” Shider vestido solamente con un pañal, una cantante vestido de rey, una guitarrista (Sauna Hall) que a lo lejos parece Michael Jackson, un guitarrista con una máscara y peluca afro multicolor, a la bella corista Kim Manning haciendo gala de sus agudos casi operísticos paseando en patines sobre el escenario mientras comparte cigarrillos y bebida con el público a cambio de sonrisas y corazones, y algunas incursiones de Carlos “sir No se” McMurray portando carteles con leyendas tipo “george fuck” y pidiendo al público que no aplauda a los solistas. Pero además de todo el color y el movimiento de personas sobre el escenario, hubo música, y mucha. Porque Lige Curry en el bajo de seis cuerdas y Frankie “khas” Waddy en batería sostienen una banda, que a modo de las grandes orquestas del jazz, despliega toda su música haciendo bailar al público (las mesas del salón duraron poco más de 20 minutos en su lugar) e intercalando momentos solistas, algunos de ellos brillantes, en especial los que corresponden a las voces de Steve Doy y Belita Woods.
Si bien la excusa era presentar el disco “George Clinton & the gangsters of love” de 2008, se pudieron escuchar clásicos como “Give up the funk (tear the roof off the sucker)”, “One nation under a groove”, “Dr. funkenstein”, “Cosmic slop” o “(not just) knee deep” (con Larry Shider haciendo corear al público mientras hacía gala de su voz blusera). Además de funk hubo soul, blues (extraordinaria y desgarradora performance de Mary Griffin en la voz), y mucho rock. La versión de “Maggot brain” a cargo de la Gibson Flyin V de Michael “kid funkadelic” Hampton fue descomunal, aunque cortó un poco el clima festivo del show. En el final, mientras algunas personas se retiraban en virtud del horario, otras se trepaban al escenario invitadas por “Sir no se”, para sumarse a su baile contorsionista y abrazar al gran George, pretendiendo que el show no termine nunca. Quedará alguna queja con el sonido (algún acople, micrófonos que dejaban de funcionar) que puede quedar justificado en el poco espacio y el vértigo con que se desarrollan las entradas y salidas de músicos.
En resumen un show extraordinario, que no se puede compara con nada que ande dando vueltas hoy por el mundo, que deja bien en claro por qué el legado del padrino del funk está más vigente que nunca, y que marcará un hito en una ciudad poco acostumbrada al funk y sus desprendimientos. Quedan dos noches más, y aunque el costo de las entradas no es nada económico, créanme que valen cada peso que vayan a pagar.
sábado, 16 de mayo de 2009
Proyecto Verona en Velma Cafe
Si había algo que en la noche fresca de ayer resultaba tentador, eso era arrimarse al Velma Café a participar de la presentación en vivo de “Caravana”, el recientemente editado tercer trabajo de Proyecto Verona. La banda liderada por la cantante Verónica Verdier ha conseguido plasmar en el estudio un compilado de muy buenas canciones, en una producción prolija y delicada que se cristaliza en un excelente trabajo que ya anticipaba aquel EP adelanto del año pasado llamado “Tabaco & chocolate”. Y esas canciones, a veces íntimas, casi siempre cálidas encontraron en el escenario del Velma el mejor ambiente para expresarse y brillar como se merecen.
El show, que abrió con el intenso “Elusivo” y se encadenó con “Indivisible”, contó con buena parte de los músicos invitados que participaron de la grabación de “Carvana”, lo que amplificó la performance de Poryecto Verona sobre el escenario, otorgando a las interpretaciones todos los detalles y sutilezas plasmadas en el CD. Y tantas eran las ganas de mostrar los nuevos temas, aunque muchos de ellos ya habían sido anticipados a lo largo de 2008, que el repaso por los discos anteriores (Tontas promesas falsas - 2002 y Encendida - 2005) lo hicieron todo junto y durante el primer tramo del show. Así fue que pudieron oírse versiones de “Adolescencia” e “Último intento”, junto a una dedicatoria a Andy Bonomo, ex - guitarrista y cofundador junto a Vero Verdier de Proyecto Verona, hoy radicado en España.
Seguido a ese repaso sonaron dos de las mejores canciones del nuevo disco: “La nena que fui” (con un buen aporte de Benjamín Collins en trompeta) y “Perfecto camarada”; y a esa altura la luminosa guitarra de Claudio Iulano más los modos jazzeros de la voz de Vero Verdier revalidaban con creces que son los mejores atributos en los que se sostiene la banda, que se completa con Martín Paladino en la batería. Los climas cercanos al trip hop se mantienen por momentos, pero han desaparecido con el tiempo los atisbos electrónicos y el formato de canción se ha ido imponiendo en el universo actual de Proyecto Verona.
Lo mejor del show sucedió cuando tres Pablos subieron al escenario: Sbaraglia se hizo cargo de los teclados a lo largo de varios temas, Memi y “sarcófago” Cano (ambos miembros de Ratones Paranoicos) se sumaron para hacer “Delicioso”. Y por último Juan Ravioli cerró la lista de invitados acoplándose al final en voz y guitarra para hacer “Caravana”. Para los bises, todos los invitados volvieron al escenario y la versión de la blusera “Tu voz bipolar” fue el postre perfecto para una noche en la cual la música volvió a resultar el mejor remedio para el frio. El tiempo será el encargado de decir si este nuevo paso de Proyecto Verona permite sumar oídos a su atrayente propuesta y que el gran disco que han grabado pueda alcanzar el reconocimiento que sin dudas merece.
El show, que abrió con el intenso “Elusivo” y se encadenó con “Indivisible”, contó con buena parte de los músicos invitados que participaron de la grabación de “Carvana”, lo que amplificó la performance de Poryecto Verona sobre el escenario, otorgando a las interpretaciones todos los detalles y sutilezas plasmadas en el CD. Y tantas eran las ganas de mostrar los nuevos temas, aunque muchos de ellos ya habían sido anticipados a lo largo de 2008, que el repaso por los discos anteriores (Tontas promesas falsas - 2002 y Encendida - 2005) lo hicieron todo junto y durante el primer tramo del show. Así fue que pudieron oírse versiones de “Adolescencia” e “Último intento”, junto a una dedicatoria a Andy Bonomo, ex - guitarrista y cofundador junto a Vero Verdier de Proyecto Verona, hoy radicado en España.
Seguido a ese repaso sonaron dos de las mejores canciones del nuevo disco: “La nena que fui” (con un buen aporte de Benjamín Collins en trompeta) y “Perfecto camarada”; y a esa altura la luminosa guitarra de Claudio Iulano más los modos jazzeros de la voz de Vero Verdier revalidaban con creces que son los mejores atributos en los que se sostiene la banda, que se completa con Martín Paladino en la batería. Los climas cercanos al trip hop se mantienen por momentos, pero han desaparecido con el tiempo los atisbos electrónicos y el formato de canción se ha ido imponiendo en el universo actual de Proyecto Verona.
Lo mejor del show sucedió cuando tres Pablos subieron al escenario: Sbaraglia se hizo cargo de los teclados a lo largo de varios temas, Memi y “sarcófago” Cano (ambos miembros de Ratones Paranoicos) se sumaron para hacer “Delicioso”. Y por último Juan Ravioli cerró la lista de invitados acoplándose al final en voz y guitarra para hacer “Caravana”. Para los bises, todos los invitados volvieron al escenario y la versión de la blusera “Tu voz bipolar” fue el postre perfecto para una noche en la cual la música volvió a resultar el mejor remedio para el frio. El tiempo será el encargado de decir si este nuevo paso de Proyecto Verona permite sumar oídos a su atrayente propuesta y que el gran disco que han grabado pueda alcanzar el reconocimiento que sin dudas merece.
lunes, 4 de mayo de 2009
Oasis en River
Fueron dos los motivos por el cual decidí ir a ver a Oasis a River: en primer lugar, “Dig out your soul”, su último disco me gustó mucho y me devolvió buena parte de la valoración que tenía de la banda, y en segundo lugar, no los había visto en las otras tres visitas a Argentina. Y que un grupo de ese tamaño nos visite con tanta asiduidad no es algo para desaprovechar. La apuesta era fuerte, después del Luna Park y el Campo de Polo, Oasis jugaba por el estadio de River Plate, y hay que decir que les quedó grande. Porque si bien las plateas estaban repletas y el campo bien nutrido, lo cierto es que el estadio estuvo lejos de llenarse y para colmo la tribuna popular no estuvo habilitada. Y considerando que ese sector se había puesto a la venta, es más que probable que los compradores de los tickets más económicos se hayan visto beneficiados con el acceso al campo para que este presente una apariencia más nutrida. La espera estuvo amenizada por Estelares (llegué cuando estaban terminando su set, así que poco puedo decir), Mole (sigue siendo interesante la propuesta, pero se nota que les falta bastante), y Los Tipitos, que con buenos arreglos vocales intercalan buenas y pegadizas canciones, con otras decididamente pobres.
Puntualmente a las 21hs se apagaron las luces del estadio y se empezó a escuchar el sonido sampleado de “Fuckin´ in the bushes” mientras la banda se acomoda para comenzar con una primera media hora que literalmente me voló la cabeza. Porque desde “Rock´n roll star” hasta “The meaning of soul” fue una sucesión de rock and roll a todo volumen, con unos Oasis derrochando energía y sacudiendo a la audiencia con temas como “The shock of the lightning” y especialmente “Cigarettes & alcohol”, en versiones demoledoras. Con un escenario carente de atributos escenográficos y una iluminación sin grandes pretensiones, la atención se centró en una banda ajustada y contundente, que a partir de ese comienzo demoledor se tomó tiempo para transitar por otros estilos que le bajaron la adrenalina al show. Hubo momento para la psicodelia con “To be where there´s life”, y el primer momento con Noel Gallagher a cargo de la voz. Y allí sucede algo particular, porque Noel es mucho más simpático su hermano y la relación con el público resulta mucho más cercana y amena. Por otra parte, la voz de Noel se encarga de interpretar algunos de los mejores temas que Oasis haya hecho, como “The masterplan” o “The importance of being idle” (que sonaría hacia el final del show)
El tramo final interecaló hits infaltables como “Wonderwall” con algunos tramos en donde retomaron aquella energía del comienzo como “Morning glory” y el final con “Supersonic”. La hora y cuarto de show había parecido muchísimo menos. El regreso al escenario fue con Noel otra vez al frente, y su versión de “Don´t look back in anger” con el público coreando el estribillo, en lo que fue el momento de mayor participación, así como el más emotivo. “Falling down” no sumó mucho en ese tramo del show y la vuelta de Liam Gallagher al escenario fue para el cierre absoluto con “Champagne supernova” y un final tan arrollador que recuperó y amplificó la energía de aquel comienzo del show, con “I’m the walrus”. Porque el tema de Lennon no solo los explica en parte, sino que además les calza como anillo al dedo, y los Beatles reviven en unos Oasis encendidos para redondear el recital de manera contundente.
En poco más de una hora y media, los de Manchester revalidaron sus credenciales ante un público fiel, al que le prometieron volver desmintiendo los rumores de separación que habían surgido en los últimos días y que llegaron a anunciar el show de anoche como el último en la carrera de la banda. En mi caso particular, recibí mucho más de lo que había ido a buscar y elevaron considerablemente la valoración que tenía de una banda que hasta ahora apenas miraba de reojo. Y como me hizo notar mi hija, después de un buen tiempo me pude dar el gusto de salir de la cancha de River aplaudiendo.
Puntualmente a las 21hs se apagaron las luces del estadio y se empezó a escuchar el sonido sampleado de “Fuckin´ in the bushes” mientras la banda se acomoda para comenzar con una primera media hora que literalmente me voló la cabeza. Porque desde “Rock´n roll star” hasta “The meaning of soul” fue una sucesión de rock and roll a todo volumen, con unos Oasis derrochando energía y sacudiendo a la audiencia con temas como “The shock of the lightning” y especialmente “Cigarettes & alcohol”, en versiones demoledoras. Con un escenario carente de atributos escenográficos y una iluminación sin grandes pretensiones, la atención se centró en una banda ajustada y contundente, que a partir de ese comienzo demoledor se tomó tiempo para transitar por otros estilos que le bajaron la adrenalina al show. Hubo momento para la psicodelia con “To be where there´s life”, y el primer momento con Noel Gallagher a cargo de la voz. Y allí sucede algo particular, porque Noel es mucho más simpático su hermano y la relación con el público resulta mucho más cercana y amena. Por otra parte, la voz de Noel se encarga de interpretar algunos de los mejores temas que Oasis haya hecho, como “The masterplan” o “The importance of being idle” (que sonaría hacia el final del show)
El tramo final interecaló hits infaltables como “Wonderwall” con algunos tramos en donde retomaron aquella energía del comienzo como “Morning glory” y el final con “Supersonic”. La hora y cuarto de show había parecido muchísimo menos. El regreso al escenario fue con Noel otra vez al frente, y su versión de “Don´t look back in anger” con el público coreando el estribillo, en lo que fue el momento de mayor participación, así como el más emotivo. “Falling down” no sumó mucho en ese tramo del show y la vuelta de Liam Gallagher al escenario fue para el cierre absoluto con “Champagne supernova” y un final tan arrollador que recuperó y amplificó la energía de aquel comienzo del show, con “I’m the walrus”. Porque el tema de Lennon no solo los explica en parte, sino que además les calza como anillo al dedo, y los Beatles reviven en unos Oasis encendidos para redondear el recital de manera contundente.
En poco más de una hora y media, los de Manchester revalidaron sus credenciales ante un público fiel, al que le prometieron volver desmintiendo los rumores de separación que habían surgido en los últimos días y que llegaron a anunciar el show de anoche como el último en la carrera de la banda. En mi caso particular, recibí mucho más de lo que había ido a buscar y elevaron considerablemente la valoración que tenía de una banda que hasta ahora apenas miraba de reojo. Y como me hizo notar mi hija, después de un buen tiempo me pude dar el gusto de salir de la cancha de River aplaudiendo.
jueves, 30 de abril de 2009
Bicicletas en La Trastienda
Aunque recién estemos terminando Abril, puedo asegurar que “Quema”, el recientemente editado segundo trabajo de Bicicletas (descontando todos los EP) estará entre los mejores discos que se puedan conocer por estas tierras a lo largo de 2009. La cita era una apuesta fuerte para la banda, tocar por primera vez solos en La Trastienda y estar a la altura de las muy buenas críticas que “Quema” viene cosechando en cuanto medio se tome el trabajo de juzgarlo. Y si bien el lugar estuvo lejos de llenarse, una muy buena cantidad de público se acercó anoche a San Telmo para disfrutar de una hora y media de unos Bicicletas en muy buena forma y desbordantes de energía.
El show tuvo un arranque medido con “La puerta”, pero en seguida las versiones de “Ojos” y “Corre” se encargaron de levantar la temperatura y entregarle a la noche el tono que correspondía y se esperaba. Bicicletas es esencialmente una banda de guitarras oníricas, que en su vuelo nunca pierden su carácter directo y frontal. Con una voz siempre al límite, que parece quebrarse en cada frase surrealista, con letras en donde abundan los colores, las aves y casas que se hunden, se alejan, que siempre permanecen como último refugio. En ese clima la sucesión de temas no hace más que mantener el vuelo en niveles más o menos elevados según las canciones, pero nunca se volverá a sentir los pies sobre la tierra. No se trata de saltos o de pogos, sino de sentidos elevados por una música que los estimula e incita al vuelo.
Los temas nuevos suenan más roqueros, pero no por eso les costaron entrelazarse con los anteriores, y se intercalaron momentos de extrema intensidad como “Pica pica” o “Corre”, con algunos más calmos (“Pájaros”). La iluminación es un bombardeo colorido que con la ayuda inestimable del flash termina por concretar la propuesta psicodélica. La voz de Crivelli parece tomarse al pie de la letra la súplica de “Conversación” cuando pide quiero que lo sientas cuando se rompa mi voz y el show va de menor a mayor. Pasan “Elefantes”, “El gran Houdini”, el tándem “Quema” y “11 y 20” (lo más parecido a un hit radial que hayan hecho), “Cara de rojo” y esa especie de blues espacial que resulta “Araña negra”, con cita a la apertura de la serie “Los Locos Adams”, en lo que fue el momento de mayor electricidad de la noche.
Hacia el cierre (que no incluyó bises) tocaron una potentísima versión de “Granadas y paraíso”, tema que cierra el disco anterior (Bicicletas – 2006) y “Tren”, que cumple la misma función en el nuevo. La psicodelia se arrima al fogón, y el espíritu de Miguel Abuelo recorre la sala. Aunque me quedé con las ganas de escuchar “Adios mundo cruel”o la extraordinaria versión de “Sucio y desprolijo” de Pappo que suelen hacer en vivo, la presentación en público de “Quema” quedó concretada de la mejor manera. Bicicletas celebró su primera Trastienda en solitario y a partir de ahora se verá hasta donde los lleva el envión. Es deseable que las notas y comentarios que provocaron la realización de este show en algunos medios masivos que no acostumbran siquiera a a considerarlos, consiga aumentar la cantidad de oídos que acepten acercarse a esta propuesta y colabore con el crecimiento. Por mi parte, me mantengo en mi pesimismo y empiezo a sospechar que deberé pasar el invierno tolerando a Andres Calamaro y su insoportable versión de la Marcha de San Lorenzo en tiempo de jingle de bocadito de dulce de leche.
El show tuvo un arranque medido con “La puerta”, pero en seguida las versiones de “Ojos” y “Corre” se encargaron de levantar la temperatura y entregarle a la noche el tono que correspondía y se esperaba. Bicicletas es esencialmente una banda de guitarras oníricas, que en su vuelo nunca pierden su carácter directo y frontal. Con una voz siempre al límite, que parece quebrarse en cada frase surrealista, con letras en donde abundan los colores, las aves y casas que se hunden, se alejan, que siempre permanecen como último refugio. En ese clima la sucesión de temas no hace más que mantener el vuelo en niveles más o menos elevados según las canciones, pero nunca se volverá a sentir los pies sobre la tierra. No se trata de saltos o de pogos, sino de sentidos elevados por una música que los estimula e incita al vuelo.
Los temas nuevos suenan más roqueros, pero no por eso les costaron entrelazarse con los anteriores, y se intercalaron momentos de extrema intensidad como “Pica pica” o “Corre”, con algunos más calmos (“Pájaros”). La iluminación es un bombardeo colorido que con la ayuda inestimable del flash termina por concretar la propuesta psicodélica. La voz de Crivelli parece tomarse al pie de la letra la súplica de “Conversación” cuando pide quiero que lo sientas cuando se rompa mi voz y el show va de menor a mayor. Pasan “Elefantes”, “El gran Houdini”, el tándem “Quema” y “11 y 20” (lo más parecido a un hit radial que hayan hecho), “Cara de rojo” y esa especie de blues espacial que resulta “Araña negra”, con cita a la apertura de la serie “Los Locos Adams”, en lo que fue el momento de mayor electricidad de la noche.
Hacia el cierre (que no incluyó bises) tocaron una potentísima versión de “Granadas y paraíso”, tema que cierra el disco anterior (Bicicletas – 2006) y “Tren”, que cumple la misma función en el nuevo. La psicodelia se arrima al fogón, y el espíritu de Miguel Abuelo recorre la sala. Aunque me quedé con las ganas de escuchar “Adios mundo cruel”o la extraordinaria versión de “Sucio y desprolijo” de Pappo que suelen hacer en vivo, la presentación en público de “Quema” quedó concretada de la mejor manera. Bicicletas celebró su primera Trastienda en solitario y a partir de ahora se verá hasta donde los lleva el envión. Es deseable que las notas y comentarios que provocaron la realización de este show en algunos medios masivos que no acostumbran siquiera a a considerarlos, consiga aumentar la cantidad de oídos que acepten acercarse a esta propuesta y colabore con el crecimiento. Por mi parte, me mantengo en mi pesimismo y empiezo a sospechar que deberé pasar el invierno tolerando a Andres Calamaro y su insoportable versión de la Marcha de San Lorenzo en tiempo de jingle de bocadito de dulce de leche.
viernes, 17 de abril de 2009
Andrea Alvarez en Niceto
La doble A puede tener varios significados. Desde la marca de bandoneones homenajeada por Astor Piazzolla, hasta un papel de lija, pasando por la sigla de Alcohólicos Anónimos. Pero en el caso de Andrea Alvarez, además de las iniciales de su nombre, en la canción que da título a su último trabajo discográfico describen el tamaño de una pila de 1,5v. Nada más inexacto para definir la presentación de su disco: si hubo algo ausente anoche en Niceto fue baja tensión, porque la banda liderada por Andrea Alvarez desplegó una energía de alto voltaje y un poderío formidable.
La espera fue amenizada por la presentación de “Cirugía visual”, de Damián Bentucci: un recorrido fotográfico por los últimos tres años en la vida musical de Andrea, que van desde la presentación de su segundo trabajo solista (Dormis? – 2005), hasta la grabación en los estudios Ion de “Doble A” con Jim Diamond (el mismo que supo plasmar la crudeza minimalista en los primeros trabajos de The White Stripes) en la producción. Y mientras de fondo sonaba la guitarra de Santana hechizando con “Black magic woman”, una Andrea Alvarez enfundada en rojo se aprestaba en su batería para empezar su show con el dueto “Alter ego” y “Calladitos”, que dejó bien en claro que tipo de show íbamos a presenciar. Porque el trío comandado por la baterista (y que se completa con Mauro Quintero en guitarra y Nano Casale en bajo) es dueño de un sonido compacto, que se mete de lleno en un rock eléctrico, potente y arrollador. Basado lógicamente en su último trabajo, el repertorio incluyó los pasajes de su predecesor más emparentados musicalmente con “Doble A”, como “Dormis?”, “Asi como te digo una cosa, te digo la otra” o “Belleza”. La afinadísima y aguda voz de Andrea, carente del sonido procesado del disco, luce a pleno y sus frases se funden con la música aportándole contundencia, como si algunas palabras estuvieran presentes para sumar un nuevo golpe de tambor de un improbable tercer brazo. Por momentos la banda remite a los tiempos más densos y pesados de Pappo’s Blues, y casi no hay interrupciones entre los temas, más que para algún agradecimiento.
La noche, vivida más como celebración que como presentación, incluyó la presencia en el escenario de los músicos invitados en el disco. Así fue que desfilaron la armoniquista Sandra Vazquez, quien supo de impregnar de intimidad “Melody”, además de resucitar la “Cirugía mayor” encargada de cerrar el disco “Doble A”; y Richard Coleman, junto a quien Andrea Alvarez rescató “Te maté porque sí” de su primer disco (“Andrea Alvarez” – 2001), para compartir luego voces en la magnífica “Aleluya” en lo que musicalmente significó lo mejor de la noche. El tramo final fue decididamente demoledor: pasaron “Doble A” y “Nurse”, lo que transformó al trío en una verdadera aplanadora. Pero ocurre que en estas tierras el adjetivo aplanadora tiene dueño, y entonces, luego del lucimiento personal en “Al límite” (con Mauro Quintero duplicándose entre la guitarra y la percusión), fue el mismísimo Ricardo Mollo el encargado de validar semejante valoración sumándose a las viscerales “Muerto” y “Sapo”. En el final, Andrea Alvarez se encargó de traer casi 30 años hacia adelante la alienación de la Celeste Carballo recién llegada de Coronel Pringles, en una versión demoledora de “Me vuelvo cada día más loca”. Entonces aquella cirugía que una hora y media antes había sido solo visual, se había consumado en intervenciones que estremecieron huesos y dejaron cicatrices al por mayor.
En resumen, una extraordinaria presentación de una artista que después de colaborar con grandes como Soda Stereo y Charly García, comienza a consolidar su camino desde el under y acrecienta la fama de sus shows intensos y poderosos, como una propuesta original y valiente, al menos en nuestro medio.
La espera fue amenizada por la presentación de “Cirugía visual”, de Damián Bentucci: un recorrido fotográfico por los últimos tres años en la vida musical de Andrea, que van desde la presentación de su segundo trabajo solista (Dormis? – 2005), hasta la grabación en los estudios Ion de “Doble A” con Jim Diamond (el mismo que supo plasmar la crudeza minimalista en los primeros trabajos de The White Stripes) en la producción. Y mientras de fondo sonaba la guitarra de Santana hechizando con “Black magic woman”, una Andrea Alvarez enfundada en rojo se aprestaba en su batería para empezar su show con el dueto “Alter ego” y “Calladitos”, que dejó bien en claro que tipo de show íbamos a presenciar. Porque el trío comandado por la baterista (y que se completa con Mauro Quintero en guitarra y Nano Casale en bajo) es dueño de un sonido compacto, que se mete de lleno en un rock eléctrico, potente y arrollador. Basado lógicamente en su último trabajo, el repertorio incluyó los pasajes de su predecesor más emparentados musicalmente con “Doble A”, como “Dormis?”, “Asi como te digo una cosa, te digo la otra” o “Belleza”. La afinadísima y aguda voz de Andrea, carente del sonido procesado del disco, luce a pleno y sus frases se funden con la música aportándole contundencia, como si algunas palabras estuvieran presentes para sumar un nuevo golpe de tambor de un improbable tercer brazo. Por momentos la banda remite a los tiempos más densos y pesados de Pappo’s Blues, y casi no hay interrupciones entre los temas, más que para algún agradecimiento.
La noche, vivida más como celebración que como presentación, incluyó la presencia en el escenario de los músicos invitados en el disco. Así fue que desfilaron la armoniquista Sandra Vazquez, quien supo de impregnar de intimidad “Melody”, además de resucitar la “Cirugía mayor” encargada de cerrar el disco “Doble A”; y Richard Coleman, junto a quien Andrea Alvarez rescató “Te maté porque sí” de su primer disco (“Andrea Alvarez” – 2001), para compartir luego voces en la magnífica “Aleluya” en lo que musicalmente significó lo mejor de la noche. El tramo final fue decididamente demoledor: pasaron “Doble A” y “Nurse”, lo que transformó al trío en una verdadera aplanadora. Pero ocurre que en estas tierras el adjetivo aplanadora tiene dueño, y entonces, luego del lucimiento personal en “Al límite” (con Mauro Quintero duplicándose entre la guitarra y la percusión), fue el mismísimo Ricardo Mollo el encargado de validar semejante valoración sumándose a las viscerales “Muerto” y “Sapo”. En el final, Andrea Alvarez se encargó de traer casi 30 años hacia adelante la alienación de la Celeste Carballo recién llegada de Coronel Pringles, en una versión demoledora de “Me vuelvo cada día más loca”. Entonces aquella cirugía que una hora y media antes había sido solo visual, se había consumado en intervenciones que estremecieron huesos y dejaron cicatrices al por mayor.
En resumen, una extraordinaria presentación de una artista que después de colaborar con grandes como Soda Stereo y Charly García, comienza a consolidar su camino desde el under y acrecienta la fama de sus shows intensos y poderosos, como una propuesta original y valiente, al menos en nuestro medio.
viernes, 3 de abril de 2009
Coralie Clement en el Teatro 25 de Mayo
El BAFICI y la música francesa se siguen dando la mano. En la edición 2008 tuvimos la oportunidad de ver por primera vez en vivo a Benjamín Biolay con dos excelentes shows en Niceto, y en esta oportunidad el honor le correspondió a su hermana, Coralie Clement. Siempre con el auspicio de la Embajada Francesa, la cita en este caso fue en el Teatro 25 e Mayo en Villa Urquiza, y con entrada gratuita.
Con su tercer trabajo recientemente editado, “Toystore”, la cantante francesa presentó su repertorio renovado, acompañada solo por una guitarra y un teclado más programaciones, lo que le permitió al concierto transitar sus 75 minutos en un clima de intimidad que favoreció el resultado final. Coralie, dueña de una voz muy suave y sugerente, tiene muy claro como moverse en el ámbito de la chanson, y saca provecho a sus tristes canciones de amor, con interpretaciones cálidas con un dejo melancólico que compenetra a la audiencia con suma facilidad.
Si bien su carrera se apoya en su hermano Benjamín Biolay, quien produjo todos sus discos y es además autor de la mayoría de las canciones, su espectro musical es mucho más acotado y el pop francés de los ’60 le sienta a la perfección, lo que la hizo merecedora de legítimas comparaciones con Francoise Hardy y Jane Birkin. El repertorio estuvo basado en “Toystore”, de donde se destacan “C'est la vie”, “Le brasier permanent”, y “La reine des pommes”. “Houlala” y “So long babylong” son dos canciones simpáticas y sumamente contagiosas, y “Share the day” (único tema cantado en inglés) una hermosísima e intensa balada. La variedad de idiomas se completó con el italiano en “Sono io”, que en el disco recibe la colaboración de Chiara Mastroianni. Y si de Chiara Mastroianni se habla, vale destacar la muy buena versión que se pudo oir de “La balade de mois de juin” que la italiana grabara en el disco del 2004 en conjunto con Benjamín Biolay, “Home”.
Como no podía ser de otra manera, Coralie hizo un recorrido también por sus dos trabajos anteriores (“Salle des pas perdeus” de 2002, y “Bye bye beauté” de 2005) de donde extrajo “Ca vailant la peine”, “Avec ou sans moi”, “Beau joir un pour mourir” y “L’enfer”. Hubo lugar para la bossa nova en “L’ombre et la lumiére”, y unos tibios coros del público en “Lou”. Si bien la audiencia estaba compuesta más por curiosos que por conocedores del trabajo de Coralie Clement, lo cierto es que la cantante francesa consiguió seducir paulatinamente a la gente, que aunque limitó su participación al acompañamiento con unos pocos aplausos hacia el final, se retiró complacida luego de los bises, que terminaron con la repetición del primer corte de “Toystore”, “C'est la vie”.
La sana decisión de acompañar en BAFICI con música de escucha no tan habitual por estos pagos resulta más que saludable, y es de esperar que la embajada francesa siga colaborando para seguir teniendo la oportunidad de poder ver en vivo artistas que de otra manera sería muy difícil que se den una vuelta por estas tierras.
Para cerrar, dejo el video de “C'est la vie”.
Con su tercer trabajo recientemente editado, “Toystore”, la cantante francesa presentó su repertorio renovado, acompañada solo por una guitarra y un teclado más programaciones, lo que le permitió al concierto transitar sus 75 minutos en un clima de intimidad que favoreció el resultado final. Coralie, dueña de una voz muy suave y sugerente, tiene muy claro como moverse en el ámbito de la chanson, y saca provecho a sus tristes canciones de amor, con interpretaciones cálidas con un dejo melancólico que compenetra a la audiencia con suma facilidad.
Si bien su carrera se apoya en su hermano Benjamín Biolay, quien produjo todos sus discos y es además autor de la mayoría de las canciones, su espectro musical es mucho más acotado y el pop francés de los ’60 le sienta a la perfección, lo que la hizo merecedora de legítimas comparaciones con Francoise Hardy y Jane Birkin. El repertorio estuvo basado en “Toystore”, de donde se destacan “C'est la vie”, “Le brasier permanent”, y “La reine des pommes”. “Houlala” y “So long babylong” son dos canciones simpáticas y sumamente contagiosas, y “Share the day” (único tema cantado en inglés) una hermosísima e intensa balada. La variedad de idiomas se completó con el italiano en “Sono io”, que en el disco recibe la colaboración de Chiara Mastroianni. Y si de Chiara Mastroianni se habla, vale destacar la muy buena versión que se pudo oir de “La balade de mois de juin” que la italiana grabara en el disco del 2004 en conjunto con Benjamín Biolay, “Home”.
Como no podía ser de otra manera, Coralie hizo un recorrido también por sus dos trabajos anteriores (“Salle des pas perdeus” de 2002, y “Bye bye beauté” de 2005) de donde extrajo “Ca vailant la peine”, “Avec ou sans moi”, “Beau joir un pour mourir” y “L’enfer”. Hubo lugar para la bossa nova en “L’ombre et la lumiére”, y unos tibios coros del público en “Lou”. Si bien la audiencia estaba compuesta más por curiosos que por conocedores del trabajo de Coralie Clement, lo cierto es que la cantante francesa consiguió seducir paulatinamente a la gente, que aunque limitó su participación al acompañamiento con unos pocos aplausos hacia el final, se retiró complacida luego de los bises, que terminaron con la repetición del primer corte de “Toystore”, “C'est la vie”.
La sana decisión de acompañar en BAFICI con música de escucha no tan habitual por estos pagos resulta más que saludable, y es de esperar que la embajada francesa siga colaborando para seguir teniendo la oportunidad de poder ver en vivo artistas que de otra manera sería muy difícil que se den una vuelta por estas tierras.
Para cerrar, dejo el video de “C'est la vie”.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Radiohead en el Club Ciudad
Llegué al Club Ciudad cuando Diego Frenkel invitaba a Fernando Ruiz Diaz, de Catupecu Machu. Quedaban apenas dos temas del show de La Portuaria y a esa hora la prioridad eran los baños químicos y la provisión de agua, con lo cual poco puedo decir sobre la única presencia nacional en el escenario mayor del Festival Quilmas Rock en su primera fecha. Sí pude ver íntegro el show de Kratwerk, que resultó mucho más que un aperitivo. Los alemanes, con un solo integrante original (Ralf Hütter) desde la salida de Florian Schneider, hicieron versiones compactas de buena parte de sus hits y en sintonía con las imágenes que los acompañaban en las pantallas, completaron un show preciso y contundente. Abrieron con “The man machine”, y antes del cierre con “Music non stop”, pasaron “Tour de France”, “Autobahn”, “The model”, “Trans Europe express”, “Computer world” y “Radioactivity”, entre otros.
Pero la expectativa estaba puesta en Radiohead, y hubo que esperar alrededor de cuarenta minutos para que los de Oxford suban al escenario. Y a partir del comienzo con “15 steps” lo que siguió fue éxtasis absoluto. Porque de inmediato sonaron los primeros acordes de “Airbag”, el tema que abre aquella obra maestra que es “OK computer”, y el show comenzó a transitar entre tramos de increíble intensidad alternados con explosiones eléctricas demoledoras. La puesta ya conocida de la gira, basada en esa especie de estalactitas luminosas que cubren la parte superior del escenario funciona como complemento perfecto para cada uno de los climas: tenue y contenedora en “All I need”, alucinante y apocalíptica en “The Nacional Anthem” o “Bodysnatchers”.
La voz de Tom Yhorke, que se mostraba en excelente estado desde el primer tema, a la altura de “Nude” ya era decididamente sublime. Y Jonny Greenwood comandaba una banda precisa y preciosa, que apoyada en un sonido que permitía no perder ningún detalle, repetía a la perfección los arreglos de los temas de “In rainbows”, pero en versiones que redoblaban en potencia a las originales. Justamente su último trabajo fue el centro del show (solo dejaron sin tocar “Faust arp”), que se completó con temas de toda la trayectoria de la banda. En distintos momentos fueron sonando “Karma police” (de los más cantados por el público), “Kid A”, “The gloaming”, “Jigsaw Falling Into Place” y una seguidilla que por sí sola bien pudo haber devuelto el costo de la entrada: el encanto de esa hermosa canción de cuna que es “No suprises”, seguida de la introspección y melancolía de “Pyramid song” y “Street spirit”. El final fue con un Tom Yhorke poseído haciendo “Idioteque” y la electricidad desbordante de “Bodysnatchers”. Pero cada país y cada show tiene sus particularidades, y Radiohead decidió no ignorar que estaba tocando en Buenos Aires en el 33º aniversario del último golpe de estado que dio inicio a la sangrienta dictadura, y aunque hasta ese momento su contacto con el público se había limitado a algunos holas y muchas gracias, por un breve texto leído por Ed O´Brien expresaron su solidaridad con las víctimas y sus familiares, y les dedicaron el emotivo final con “How to disappear completely”.
Los bises no hicieron más que terminar por decorar un show que permanecerá imborrable para quienes tuvimos la suerte de poder presenciarlo. La primera tanda arrancó con “Videotape”, para continuar con una versión contundente y explosiva de “Paranoid android”, seguir con la hermosa “House of cards” y cerrar con “Reckoner”. La segunda fue la que dio lugar a las sorpresas, ya que tocaron tres temas que no venían incluyendo en los set list de sus shows en Mexico y Brasil: “Planet telex” de The Bends, “Go slowly” (tema incluido en la edición especial de “In rainbows”), y una demoledora “2+2=5” de “Hail to the tief”. El cierre fue con una versión acelerada y casi dance de “Everything in its a right place”, para luego de una amague, despedirse definitivamente con “Creep”, aquel primer hit con el que la banda no se termina de amigar, pero que han vuelto a tocar como concesión a los fans.
Para quienes presas de la ansiedad nos tomamos el trabajo de buscar las listas de temas de los últimos shows sabemos que en la elección del de anoche quedaron afuera maravillas como “Fake plastic trees”, “Lucky”, “Exit music” o “Talk show host”, pero claro, lo tenemos asumidos: somos insaciables. Y por otra parte, si se trata de pedir, que se vengan a Parque Chacabuco y que ensayen en el fondo de casa. Eso sí que no estaría nada mal.
Pero la expectativa estaba puesta en Radiohead, y hubo que esperar alrededor de cuarenta minutos para que los de Oxford suban al escenario. Y a partir del comienzo con “15 steps” lo que siguió fue éxtasis absoluto. Porque de inmediato sonaron los primeros acordes de “Airbag”, el tema que abre aquella obra maestra que es “OK computer”, y el show comenzó a transitar entre tramos de increíble intensidad alternados con explosiones eléctricas demoledoras. La puesta ya conocida de la gira, basada en esa especie de estalactitas luminosas que cubren la parte superior del escenario funciona como complemento perfecto para cada uno de los climas: tenue y contenedora en “All I need”, alucinante y apocalíptica en “The Nacional Anthem” o “Bodysnatchers”.
La voz de Tom Yhorke, que se mostraba en excelente estado desde el primer tema, a la altura de “Nude” ya era decididamente sublime. Y Jonny Greenwood comandaba una banda precisa y preciosa, que apoyada en un sonido que permitía no perder ningún detalle, repetía a la perfección los arreglos de los temas de “In rainbows”, pero en versiones que redoblaban en potencia a las originales. Justamente su último trabajo fue el centro del show (solo dejaron sin tocar “Faust arp”), que se completó con temas de toda la trayectoria de la banda. En distintos momentos fueron sonando “Karma police” (de los más cantados por el público), “Kid A”, “The gloaming”, “Jigsaw Falling Into Place” y una seguidilla que por sí sola bien pudo haber devuelto el costo de la entrada: el encanto de esa hermosa canción de cuna que es “No suprises”, seguida de la introspección y melancolía de “Pyramid song” y “Street spirit”. El final fue con un Tom Yhorke poseído haciendo “Idioteque” y la electricidad desbordante de “Bodysnatchers”. Pero cada país y cada show tiene sus particularidades, y Radiohead decidió no ignorar que estaba tocando en Buenos Aires en el 33º aniversario del último golpe de estado que dio inicio a la sangrienta dictadura, y aunque hasta ese momento su contacto con el público se había limitado a algunos holas y muchas gracias, por un breve texto leído por Ed O´Brien expresaron su solidaridad con las víctimas y sus familiares, y les dedicaron el emotivo final con “How to disappear completely”.
Los bises no hicieron más que terminar por decorar un show que permanecerá imborrable para quienes tuvimos la suerte de poder presenciarlo. La primera tanda arrancó con “Videotape”, para continuar con una versión contundente y explosiva de “Paranoid android”, seguir con la hermosa “House of cards” y cerrar con “Reckoner”. La segunda fue la que dio lugar a las sorpresas, ya que tocaron tres temas que no venían incluyendo en los set list de sus shows en Mexico y Brasil: “Planet telex” de The Bends, “Go slowly” (tema incluido en la edición especial de “In rainbows”), y una demoledora “2+2=5” de “Hail to the tief”. El cierre fue con una versión acelerada y casi dance de “Everything in its a right place”, para luego de una amague, despedirse definitivamente con “Creep”, aquel primer hit con el que la banda no se termina de amigar, pero que han vuelto a tocar como concesión a los fans.
Para quienes presas de la ansiedad nos tomamos el trabajo de buscar las listas de temas de los últimos shows sabemos que en la elección del de anoche quedaron afuera maravillas como “Fake plastic trees”, “Lucky”, “Exit music” o “Talk show host”, pero claro, lo tenemos asumidos: somos insaciables. Y por otra parte, si se trata de pedir, que se vengan a Parque Chacabuco y que ensayen en el fondo de casa. Eso sí que no estaría nada mal.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Indio Solari en Estadio único de La Plata
Resulta sorprendente darse cuenta que hay lugares de los que uno no se va nunca. Situaciones que tienen que ver con la pertenencia. No importa a cuántas ceremonias uno puede haber faltado, bastan un riff de guitarra y una frase a modo de sentencia, para sentir en la piel la sensación que veinte años pueden suceder en un solo día. Y la fiesta del Indio anoche en La Plata tuvo eso. Caras que podrían ser las mismas o no, pero que uno cree reconocer desde siempre, banderas decoloradas que revelan el paso del tiempo, cantos que se guardan atravesados en las gargantas esperando salir a la luz dos o tres veces al año, casi como una liberación.
El estadio único estuvo repleto y todo se encadenó a la perfección. El ingreso prolijo, la espera paciente, un sonido que después de luchar contra el viento en la apertura permitió disfrutar del show sin inconvenientes. La banda, Los Fundamentalistas del aire acondicionado, que suena solvente y ajustada, y que con el apoyo de los vientos y las voces de Debora Dixon y Luciana Palacios, resulta la plataforma para que el Indio pueda hacer su recorrido con comodidad.
El show propiamente dicho está basado en “Porco Rex”, el último disco con pasajes redonditos intercalados de manera efectiva, y que al final terminan por ganar el repertorio. Desde la apertura, con “Pedía temas en la radio”, “Ramas desnudas”, y “Porco rex” quedó claro que el público escucha y disfruta de los temas nuevos, pero que la pasión aparece cuando suenan los clásicos, por eso la primera explosión de la noche se produce con el tándem de “La mosca y la sopa”: “Un poco de amor francés” y “Fusilados por la cruz roja”. Tras el desgarrador “Pabellón 7º”, uno de los pocos pasajes por “El tesoro de los inocentes”, el show vuelve al cauce de “Porco rex”, y vuelve a estallar cuando el Indio anuncia “un tema de la época de los pubs”; entonces se escucha el punteo de “El infierno está encantador” en donde Baltasar Comotto (brillante a lo largo del show) se viste de Skay y el tema suena tal cual sonó tantas veces a lo largo de los años ’80 y ’90. Le sigue “Mariposa pontiac/Rock del país” y otra vez la vuelta al siglo XXI: “Bebamos de las copas lindas”, “El tesoro de los inocentes” y “Y mientras tanto el sol se muere”.
Después se produjo la anunciada participación de Andrés Calamaro, que fue bien recibido (“reciban a mi invitado como yo recibiría al de ustedes”, pidió el Indio) aunque sin euforia, y que después de pasar desapercibido en “Veneno paciente”, repartió estrofas con Solari en “Esa estrella era mi lujo” y una potente versión de “El salmón”. Tras una breve interrupción para reacomodar el sonido, sonó “To beef or not to beef”, y el final resultó una implacable y demoledora seguidilla que empezó con “Un angel para tu soledad”, que siguió con “Nadie es perfecto” y “Ñam fri fruti fali fru” y terminó con el obligado himno de “Luzbelito”: “Juguetes perdidos”
La vuelta al escenario fue con “Flight 956”, el anuncio de un solo show en la agenda del 2009 y una innecesaria invitación a “mover el culito”, ya que lo que ocurre con “Ji ji ji” no por repetido y previsible deja de ser conmovedor. El pogo más grande del mundo resucita una vez más en La Plata, y deja en claro que no existe nada en el mundo que se le pueda comparar. Y tal vez, después de tanto video desenfocado y tambaleante, la prometida edición del DVD para el 2009 con las grabaciones de los shows del sábado y el domingo en La Plata, permita que de una vez por todas vaya a existir un testimonio fiel en imagen de esa incomparable explosión adrenalítica.
El estadio único estuvo repleto y todo se encadenó a la perfección. El ingreso prolijo, la espera paciente, un sonido que después de luchar contra el viento en la apertura permitió disfrutar del show sin inconvenientes. La banda, Los Fundamentalistas del aire acondicionado, que suena solvente y ajustada, y que con el apoyo de los vientos y las voces de Debora Dixon y Luciana Palacios, resulta la plataforma para que el Indio pueda hacer su recorrido con comodidad.
El show propiamente dicho está basado en “Porco Rex”, el último disco con pasajes redonditos intercalados de manera efectiva, y que al final terminan por ganar el repertorio. Desde la apertura, con “Pedía temas en la radio”, “Ramas desnudas”, y “Porco rex” quedó claro que el público escucha y disfruta de los temas nuevos, pero que la pasión aparece cuando suenan los clásicos, por eso la primera explosión de la noche se produce con el tándem de “La mosca y la sopa”: “Un poco de amor francés” y “Fusilados por la cruz roja”. Tras el desgarrador “Pabellón 7º”, uno de los pocos pasajes por “El tesoro de los inocentes”, el show vuelve al cauce de “Porco rex”, y vuelve a estallar cuando el Indio anuncia “un tema de la época de los pubs”; entonces se escucha el punteo de “El infierno está encantador” en donde Baltasar Comotto (brillante a lo largo del show) se viste de Skay y el tema suena tal cual sonó tantas veces a lo largo de los años ’80 y ’90. Le sigue “Mariposa pontiac/Rock del país” y otra vez la vuelta al siglo XXI: “Bebamos de las copas lindas”, “El tesoro de los inocentes” y “Y mientras tanto el sol se muere”.
Después se produjo la anunciada participación de Andrés Calamaro, que fue bien recibido (“reciban a mi invitado como yo recibiría al de ustedes”, pidió el Indio) aunque sin euforia, y que después de pasar desapercibido en “Veneno paciente”, repartió estrofas con Solari en “Esa estrella era mi lujo” y una potente versión de “El salmón”. Tras una breve interrupción para reacomodar el sonido, sonó “To beef or not to beef”, y el final resultó una implacable y demoledora seguidilla que empezó con “Un angel para tu soledad”, que siguió con “Nadie es perfecto” y “Ñam fri fruti fali fru” y terminó con el obligado himno de “Luzbelito”: “Juguetes perdidos”
La vuelta al escenario fue con “Flight 956”, el anuncio de un solo show en la agenda del 2009 y una innecesaria invitación a “mover el culito”, ya que lo que ocurre con “Ji ji ji” no por repetido y previsible deja de ser conmovedor. El pogo más grande del mundo resucita una vez más en La Plata, y deja en claro que no existe nada en el mundo que se le pueda comparar. Y tal vez, después de tanto video desenfocado y tambaleante, la prometida edición del DVD para el 2009 con las grabaciones de los shows del sábado y el domingo en La Plata, permita que de una vez por todas vaya a existir un testimonio fiel en imagen de esa incomparable explosión adrenalítica.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Personal Fest - REM
No pudo haber sido mejor la segunda fecha del Personal fest. Fundamentalmente porque en donde había puesto las mayores expectativas (The Mars Volta y REM) no solo las cumplieron, sino que las superaron, y porque me llevé un par de buenos momentos extra como regalo. Previendo esto llegué temprano para poder ver al menos a todas las bandas de los dos escenarios principales. Arrancó No lo Soporto, con un set cortito basado en el último disco y con “No sé” como cierre. Tuvieron algún problema de sonido (ese escenario tenía un nivel de sonido considerablemente menor al principal, y lo sufrieron todos los que tocaron ahí), pero hicieron lo suyo con solvencia y prolijidad. Los mismo para Leo Garcia, que estuvo más sobrio que cuando lo vi en el Pepsi. El set más corto lo benefició en el efecto, y se despachó con una muy buena versión de “Amor amarillo” (segunda cita a Cerati en la tarde, NLS lo había incluido en video para cantar su parte de “Nunca iré”). A esto le siguió Mole, la banda de otro ex-Soda, Charly Alberti (la trilogía Soda la completaría Zeta con un DJ set al final del show de REM) que hizo un show muy bueno. Una banda de guitarras que a esta altura no sorprende a nadie, pero que suena bien, y tiene buenos temas. A Mole le siguió Emmanuel Horvilleur, del que puedo decir que descubrí que no solo no me gusta ni un poquito, sino que además me irrita de sobremanera. Aproveché su set para visitar los otros dos escenarios, pero en uno estaba cantando una ex-Bandana, y en el otro recién empezaba Rosal, de quienes apenas pude escuchar solo dos temas, mientras miraba la hora pensando en Mars Volta.
Lo de The Mars Volta fue extraordinario. Absolutamente anárquicos y caóticos. Es imposible seguir el orden de los temas (tres al menos de “The bedlam in Goliat” el último disco), es un despliegue de virtuosismo permanente, con un Omar Rodríguez Lopez luciéndose al comando de una banda que lo sigue e interpreta al pie de la letra. Cambios permanentes, fusión de ritmos y estilos, un baterista (Thomas Pridgen) que desde la pantalla atrapa todas las miradas, maravillando al público con su despliegue. Cedric Brixler Zavala canta todo lo agudo que uno podía imaginar, y en los pasajes instrumentes se convierte en un inquieto contorsionista y malabarista, capaz de devorarse parte del la escenografía. Muchas ganas de verlos en un set más largo, y de escuchar “The window”, tema quedó afuera en la tarde de ayer.
Siguió Bloc Party, y tengo que reconocer que estaba tan abrumado por Mars Volta que me impidió disfrutar del show. El útimo disco, “Intimacy” no está nada mal, y tenía ganas de verlos en vivo. Sonaron bien, fueron prolijos, e hicieron un repaso de sus tres discos. Kele Okereke tuvo una buena comunicación con el público, y del show me quedo con las versiones de “Hunting for witches”, “Mercury” y “Like eating glass”. A Bloc Party le siguió Kaiser Chiefs, que salió al escenario mientras sonaba de fondo Dire Straits con “Money for nothing”, e hicieron un muy buen show, sostenido por una buena cantidad de hits. Ricky Wilson resultó un showman creíble, arengó a la gente (especialmente en “Ruby”), y terminaron con “Oh my God”, mientras buena parte del público empezaba a retroceder buscando ubicación frente al escenario opuesto.
Lo de REM fue sencillamente conmovedor. Fundamentalmente porque son una banda con un trayecto, una experiencia y un repertorio repleto de hits, cuya suma entrega un resultado imbatible. La vuelta a un sonido más rockero y eléctrico en “Accelerate” me hizo prever un set list basado en el último disco y con apoyo en “Monster”, lo cual resultó un error. Si bien es cierto que quedaron afuera por completo discos más introspectivos como el caso de “Around the sun”, o más pretencioso desde el sonido como “Up”, el recital fue un repaso por buena parte de su discografía. Abrieron con la potente “Living well is the best revenge”, de Accelerate, y enseguida una dupla salida de “Monster”: “I took your name” y “Whats the frecuency, Kenneth?” con la cual terminaron por convencer que estábamos frente a una gran noche. Lo que siguió fue una seguidilla de canciones, algunas previsible (“The one I love”, “Imitation of life”), y otras no tanto. Hubo una cita a las próximas elecciones en USA con Barak Obama en el fondo de la pantalla antes de “Ignoreland” (que en “Automatic por the people” estaba destinada George Bush padre), y entre otros temas pasaron muy buenas versiones de “Electrolite”, “Drive” y “Hollow man”. Michael Stipe demostró por qué es uno de los vocalistas más expresivos que se puedan encontrar, y Peter Buck que es un guitarrista de extremo bueno gusto y expresividad (excelente en “She just wants to be”, de “Reveal”). Hubo emoción en “Everybody hurts”, intimidad (“Night swimming” y la muy buena versión acústica de “Let me in”, que Michael Stipe dedicara en “Monster” a Kurt Cobain), y un final con un regreso a la electricidad con una seguidilla impecable “Bab day”, “Orange crush”, y “It’s the end of the world as we know it”.
Antes de los bises hubo un juego con el público mediante la pantalla que se basó en post-it que iban siendo escritos en español (con error de redacción incluido), y entonces sí volvieron con “Supernatural superserious”, “Losing my religion”, “Great beyond” (uno de los temas inéditos, junto a “Bad day” del compilado “In time”) y el cierre fue con “Man of the moon”. Un recital que guardaré entre mis recuerdos más preciados, y que dio fin a una semana de música que incluyó otro momento inolvidable: el show de Spiritualized en La Trastienda.
Lo de The Mars Volta fue extraordinario. Absolutamente anárquicos y caóticos. Es imposible seguir el orden de los temas (tres al menos de “The bedlam in Goliat” el último disco), es un despliegue de virtuosismo permanente, con un Omar Rodríguez Lopez luciéndose al comando de una banda que lo sigue e interpreta al pie de la letra. Cambios permanentes, fusión de ritmos y estilos, un baterista (Thomas Pridgen) que desde la pantalla atrapa todas las miradas, maravillando al público con su despliegue. Cedric Brixler Zavala canta todo lo agudo que uno podía imaginar, y en los pasajes instrumentes se convierte en un inquieto contorsionista y malabarista, capaz de devorarse parte del la escenografía. Muchas ganas de verlos en un set más largo, y de escuchar “The window”, tema quedó afuera en la tarde de ayer.
Siguió Bloc Party, y tengo que reconocer que estaba tan abrumado por Mars Volta que me impidió disfrutar del show. El útimo disco, “Intimacy” no está nada mal, y tenía ganas de verlos en vivo. Sonaron bien, fueron prolijos, e hicieron un repaso de sus tres discos. Kele Okereke tuvo una buena comunicación con el público, y del show me quedo con las versiones de “Hunting for witches”, “Mercury” y “Like eating glass”. A Bloc Party le siguió Kaiser Chiefs, que salió al escenario mientras sonaba de fondo Dire Straits con “Money for nothing”, e hicieron un muy buen show, sostenido por una buena cantidad de hits. Ricky Wilson resultó un showman creíble, arengó a la gente (especialmente en “Ruby”), y terminaron con “Oh my God”, mientras buena parte del público empezaba a retroceder buscando ubicación frente al escenario opuesto.
Lo de REM fue sencillamente conmovedor. Fundamentalmente porque son una banda con un trayecto, una experiencia y un repertorio repleto de hits, cuya suma entrega un resultado imbatible. La vuelta a un sonido más rockero y eléctrico en “Accelerate” me hizo prever un set list basado en el último disco y con apoyo en “Monster”, lo cual resultó un error. Si bien es cierto que quedaron afuera por completo discos más introspectivos como el caso de “Around the sun”, o más pretencioso desde el sonido como “Up”, el recital fue un repaso por buena parte de su discografía. Abrieron con la potente “Living well is the best revenge”, de Accelerate, y enseguida una dupla salida de “Monster”: “I took your name” y “Whats the frecuency, Kenneth?” con la cual terminaron por convencer que estábamos frente a una gran noche. Lo que siguió fue una seguidilla de canciones, algunas previsible (“The one I love”, “Imitation of life”), y otras no tanto. Hubo una cita a las próximas elecciones en USA con Barak Obama en el fondo de la pantalla antes de “Ignoreland” (que en “Automatic por the people” estaba destinada George Bush padre), y entre otros temas pasaron muy buenas versiones de “Electrolite”, “Drive” y “Hollow man”. Michael Stipe demostró por qué es uno de los vocalistas más expresivos que se puedan encontrar, y Peter Buck que es un guitarrista de extremo bueno gusto y expresividad (excelente en “She just wants to be”, de “Reveal”). Hubo emoción en “Everybody hurts”, intimidad (“Night swimming” y la muy buena versión acústica de “Let me in”, que Michael Stipe dedicara en “Monster” a Kurt Cobain), y un final con un regreso a la electricidad con una seguidilla impecable “Bab day”, “Orange crush”, y “It’s the end of the world as we know it”.
Antes de los bises hubo un juego con el público mediante la pantalla que se basó en post-it que iban siendo escritos en español (con error de redacción incluido), y entonces sí volvieron con “Supernatural superserious”, “Losing my religion”, “Great beyond” (uno de los temas inéditos, junto a “Bad day” del compilado “In time”) y el cierre fue con “Man of the moon”. Un recital que guardaré entre mis recuerdos más preciados, y que dio fin a una semana de música que incluyó otro momento inolvidable: el show de Spiritualized en La Trastienda.
jueves, 30 de octubre de 2008
Spiritualized en La Trastienda
La vuelta a los estudios de Spiritualized fue una de las buenas novedades de este año. El disco “Songs in A&E” es de lo mejor que se haya podido escuchar en lo que va de 2008, y si no fuera por aquel deslumbrante “Ladies and gentlemans we are floating in space” de 1997, sería considerado de lo mejor de su carrera. Profundizando con la línea iniciada con “Let it come down”(2001) y continuada con matices más eléctricos por “Amazin grace” (2003); la incorporación de elementos soul y gospel, entrega a la banda de Jason Pierce un componente de espiritualidad que la revela como hipnótica y emocional. La extraña enfermedad que tuvo a Jason Pierce al borde de la muerte allá por el 2005 tiene su correlato en el disco, y la vida y la muerte recorren cada uno de los momentos del álbum. De hecho A & E son las iniciales con que se reconoce en Inglaterra a las salas de “ambulaces and emergencies”. La posibilidad de verlos en vivo en un muy buen momento de su carrera es un privilegio que me quería dar, y ya que no iba a poder ir a la primera fecha del Personal Fest en donde forman parte de la grilla junto a Jesus and Mary Chain y The Offspring, entre otros, el show en La Trastienda era el momento ideal para sacarme el gusto. Y no solo me saqué el gusto, si no que tuve la oportunidad de ver un show excelente, que entregó la mejor versión de la banda y que durante poco más dos horas, demostró que su versión en vivo mejora largamente lo grabado en los discos.
Ya desde el comienzo se pudo ver la dualidad por la que iba a transitar el show. La apertura con la fuerza de “Amazin Grace” y “You lie you cheat” contrastó con la calma psicodélica de “Shine a light”, una paseo por su primer y lejano trabajo “Lazer guided melodies” de 1992. Porque todo el recital transcurrió entre momentos eléctricos, y climas de tenue intimidad y ambiente casi cósmico. El repertorio se sostuvo fundamentalmente en el último trabajo, y tuvo en la voz de Pierce, engrandecida por la potencia de los coros femeninos, y el buen gusto de la guitarra de Doggen (delicioso con el slide) los detalles más importantes para destacar. Entre las interpretaciones más logradas, se pueden nombrar “Sweet talk”, “Cheapser”, “Baby I’just a fool” (con el sello de Dylan, y Jason Pierce por única vez en la noche con guitarra acústica), la oscuridad de “Death take your fiddle”, con un Doggen deslumbrante, y “Sittin’ on fire”. Spiritualized derrochó energía cuando correspondía hacerlo, mantuvo los climas sin aburrir en los momentos más tenues, y a pesar de su hermetismo (Jason Pierce jamás de dirigió al público en toda la noche, y ni siquiera se ubica de frente en el escenario, sino de perfil) supo conseguir una buena comunión con el público. El show fue extremadamente parejo, muchas de las canciones comenzaban suaves para terminar en crescendos sonoros en los cuales los coros de matriz gospel encontraban su clímax; y si bien estuvieron poca presencia las explosiones casi progresivas de los primeros discos, el show fue un buen muestrario de todas las facetas de la banda. Dos grandes momentos se vivieron cuando se sonaron “Soul of fire”, canción que si hubiese sido compuesta por los hermanos Gallagher estaría catalogada sin duda como uno de los mejores temas del año, y “Lades & gentlemans we are floating in space”, con cita final a “I can’t help falling in love with you”.
El final fue apoteósico. La trilogía “She kissed me” (de Amazin grace), “Come together” (de Ladies & gentlemans….) y “Take me to the other side” (clásico de 1987 de la banda anterior de Jason Pierce, Spacemen 3) fue una demoledora explosión sonora y visual, cargada de energía y distorsión. Un auténtico apocalipsis eléctrico que por más de quince minutos atronó los oídos del público, mientras la iluminación disparaba flashes, engranajes y figuras de colores sobre el escenario. Fue un final extraordinario, en donde desparecieron todas las reminiscencias soul y folk, para devolver a Spiritualized a aquella psicodelia vibrante que los distinguió en la segunda mitad de los años ’90 y que quedara retratada en el disco en vivo en el Royal Albert Hall, en Octubre de 1997. Tan contundente fue ese final, que contrastó con los bises, ya que nadie había podido reponerse de semejante andanada. La excelente versión de “Lord can you hear me”, del disco “Let it come down” (otra vez brillante el slide), y el característico cierre con el tradicional del gospel “Oh happy day”, no resultaron bálsamo suficiente para lo que había sucedido unos pocos minutos antes.
Es de esperar que en el reducido set del Viernes 31, en el día 1 del Personal Fest puedan repetir algo de lo que se vivió anoche en La Trastienda. Así que si alguien está dudando, desde ya está recomendado. Y más aún cuando además estará tocando Jesús and Mary Chain, la cita se torna imperdible.
Ya desde el comienzo se pudo ver la dualidad por la que iba a transitar el show. La apertura con la fuerza de “Amazin Grace” y “You lie you cheat” contrastó con la calma psicodélica de “Shine a light”, una paseo por su primer y lejano trabajo “Lazer guided melodies” de 1992. Porque todo el recital transcurrió entre momentos eléctricos, y climas de tenue intimidad y ambiente casi cósmico. El repertorio se sostuvo fundamentalmente en el último trabajo, y tuvo en la voz de Pierce, engrandecida por la potencia de los coros femeninos, y el buen gusto de la guitarra de Doggen (delicioso con el slide) los detalles más importantes para destacar. Entre las interpretaciones más logradas, se pueden nombrar “Sweet talk”, “Cheapser”, “Baby I’just a fool” (con el sello de Dylan, y Jason Pierce por única vez en la noche con guitarra acústica), la oscuridad de “Death take your fiddle”, con un Doggen deslumbrante, y “Sittin’ on fire”. Spiritualized derrochó energía cuando correspondía hacerlo, mantuvo los climas sin aburrir en los momentos más tenues, y a pesar de su hermetismo (Jason Pierce jamás de dirigió al público en toda la noche, y ni siquiera se ubica de frente en el escenario, sino de perfil) supo conseguir una buena comunión con el público. El show fue extremadamente parejo, muchas de las canciones comenzaban suaves para terminar en crescendos sonoros en los cuales los coros de matriz gospel encontraban su clímax; y si bien estuvieron poca presencia las explosiones casi progresivas de los primeros discos, el show fue un buen muestrario de todas las facetas de la banda. Dos grandes momentos se vivieron cuando se sonaron “Soul of fire”, canción que si hubiese sido compuesta por los hermanos Gallagher estaría catalogada sin duda como uno de los mejores temas del año, y “Lades & gentlemans we are floating in space”, con cita final a “I can’t help falling in love with you”.
El final fue apoteósico. La trilogía “She kissed me” (de Amazin grace), “Come together” (de Ladies & gentlemans….) y “Take me to the other side” (clásico de 1987 de la banda anterior de Jason Pierce, Spacemen 3) fue una demoledora explosión sonora y visual, cargada de energía y distorsión. Un auténtico apocalipsis eléctrico que por más de quince minutos atronó los oídos del público, mientras la iluminación disparaba flashes, engranajes y figuras de colores sobre el escenario. Fue un final extraordinario, en donde desparecieron todas las reminiscencias soul y folk, para devolver a Spiritualized a aquella psicodelia vibrante que los distinguió en la segunda mitad de los años ’90 y que quedara retratada en el disco en vivo en el Royal Albert Hall, en Octubre de 1997. Tan contundente fue ese final, que contrastó con los bises, ya que nadie había podido reponerse de semejante andanada. La excelente versión de “Lord can you hear me”, del disco “Let it come down” (otra vez brillante el slide), y el característico cierre con el tradicional del gospel “Oh happy day”, no resultaron bálsamo suficiente para lo que había sucedido unos pocos minutos antes.
Es de esperar que en el reducido set del Viernes 31, en el día 1 del Personal Fest puedan repetir algo de lo que se vivió anoche en La Trastienda. Así que si alguien está dudando, desde ya está recomendado. Y más aún cuando además estará tocando Jesús and Mary Chain, la cita se torna imperdible.
lunes, 29 de septiembre de 2008
Pepsi Music día 3 - Adam Green
Dos situaciones casuales y un empujón al espíritu, conspiraron para que me haya sacado el gusto de ver la primera presentación de Adam Green en Argentina: mi hija me cedió la entrada que le regalaron el día anterior (parece que había una para los primeros mil que llegaran) y el monumental queda a poco más de diez cuadras del club Ciudad; el empujón vino cuando a la salida del partido la lluvia no paraba, y yo no sabía qué hacer, y Sole me dijo: a mi edad no lo dudabas…Ante semejante desafío no me quedó opción, así que allí fui finalmente.
(Antes no puedo evitar hacer un comentario. Cuesta mucho creer que Gerlo juega al mismo deporte que Rosales o Maxi Morales. Ahora sí vuelvo a la música.)
Como se trata de un festival resumo lo que llegué a ver antes: el final de No Lo Soporto, los últimos dos o tres temas, Adicta (suenan prolijo, el pibe canta bien, buena escena), Leo García (al margen que no me guste para nada, qué necesidad tiene de cantar medio recital con una mano en el micrófono y la otra filmando al público?), y El otro yo, con un excelente show, bien festivalero, muy compacto, que cerró con “No me importa morir” con Miki Huidobro de Molotov al bajo.
Finalmente llegó el Sr. Green al escenario cuando la banda había empezado a tocar. Entró saltando, con una remera con flecos en los brazos y un histrionismo desbordante que no decayó en ningún momento. En un español bastante comprensible en la pronunciación, pero ilógico en la ilación, se presentó como Pipo Pescador (¿!!?!?), y le alcanzó para romper el hielo de un público que mayormente lo desconocía. Abrió con “Carolina” y “Be my man” y entregó un show parejo, contundente, que se fue ganando al público tema a tema, mientras su mirada extraviada (muy extraviada) observaba por encima del público vaya a saber adonde, su sonrisa esbozaba una expresión solo comprensible por él mismo, y su cuerpo no dejaba de moverse y sacudirse con cada canción; espasmos que solo interrumpía para buscar agua al final de cada tema (lo que probablemente resulte una buena explicación para todo lo anterior) Pero siempre mantuvo el dominio de la escena y esa estampa que lo convierte por momentos en un Morrison en versión glam, se sostuvo a lo largo de todo el set. Y eso sí, en ningún momento el neoyorquino perdió un ápice de su afinación, ese registro bajo que le valió la comparación con Scott Walker y que le permite pasearse entre varios estilos sin desentonar en ninguno. La banda (a la que presentó como payasos neoyorquinos) compuesta por bajo, batería, teclado y guitarra (a veces eléctrica, otra acústica) sonó ajustada, y la ausencia de vientos, cuerda y coros, probablemente hizo que el set list no incluya algunos temas de su último trabajo “Sixes and sevens”, que tiene un componente mucho más soul y que requieren de mayor instrumentación. Sin embargo no estuvieron ausentes “Cannot get sicker” y “Laeky frask” con una gran introducción a capella. Poco antes del final, Adam quedó solo con la guitarra acústica para hacer una versión de “Jessica”, el tema que dedicara con todo el sarcasmo del mundo a Jessica Simpson. A lo largo de casi una hora fueron pasando “Gemstones”, “Nat King Cole”, “Dance with me”, y casi al final una demoledora versión de “Crackhouse blues”. Terminó arrojándose al público en un final casi lógico para tanto derroche de energía.
Un show de antología que dejará marcas, que seguramente provocará un regreso, y que al final de festival quedará marcado como uno de los puntos más altos de la edición 2008. Espero que el regreso sea pronto y que toque en un lugar en donde se lo pueda apreciar mejor. Tal vez el show en La Trastienda de hoy (gratis, con entradas entregadas por el programa “Day Tripper” de Rock & Pop) pueda tener algo de eso. Pero el horario de las 16 hs me resulta imposible. Y ante las ironías acá si tengo respuesta: hija, a tu edad no trabajaba.
(Hasta ahí llegaba mi interés. Vi parte del show de Massacre antes de irme, pero yo había conseguido todo lo que había ido a buscar. Así que nada puedo decir de Dante y de Babasónicos. En otra situación hubiese ido a ver a Proyecto Verona al tercer escenario, pero había que atravesar un mar de barro que me hubiese dado ganas de inciar un Woodstock que los producidos fans de Babasonicos que iban llegando hubiesen seguramente rechazado con vehemencia)
(Antes no puedo evitar hacer un comentario. Cuesta mucho creer que Gerlo juega al mismo deporte que Rosales o Maxi Morales. Ahora sí vuelvo a la música.)
Como se trata de un festival resumo lo que llegué a ver antes: el final de No Lo Soporto, los últimos dos o tres temas, Adicta (suenan prolijo, el pibe canta bien, buena escena), Leo García (al margen que no me guste para nada, qué necesidad tiene de cantar medio recital con una mano en el micrófono y la otra filmando al público?), y El otro yo, con un excelente show, bien festivalero, muy compacto, que cerró con “No me importa morir” con Miki Huidobro de Molotov al bajo.
Finalmente llegó el Sr. Green al escenario cuando la banda había empezado a tocar. Entró saltando, con una remera con flecos en los brazos y un histrionismo desbordante que no decayó en ningún momento. En un español bastante comprensible en la pronunciación, pero ilógico en la ilación, se presentó como Pipo Pescador (¿!!?!?), y le alcanzó para romper el hielo de un público que mayormente lo desconocía. Abrió con “Carolina” y “Be my man” y entregó un show parejo, contundente, que se fue ganando al público tema a tema, mientras su mirada extraviada (muy extraviada) observaba por encima del público vaya a saber adonde, su sonrisa esbozaba una expresión solo comprensible por él mismo, y su cuerpo no dejaba de moverse y sacudirse con cada canción; espasmos que solo interrumpía para buscar agua al final de cada tema (lo que probablemente resulte una buena explicación para todo lo anterior) Pero siempre mantuvo el dominio de la escena y esa estampa que lo convierte por momentos en un Morrison en versión glam, se sostuvo a lo largo de todo el set. Y eso sí, en ningún momento el neoyorquino perdió un ápice de su afinación, ese registro bajo que le valió la comparación con Scott Walker y que le permite pasearse entre varios estilos sin desentonar en ninguno. La banda (a la que presentó como payasos neoyorquinos) compuesta por bajo, batería, teclado y guitarra (a veces eléctrica, otra acústica) sonó ajustada, y la ausencia de vientos, cuerda y coros, probablemente hizo que el set list no incluya algunos temas de su último trabajo “Sixes and sevens”, que tiene un componente mucho más soul y que requieren de mayor instrumentación. Sin embargo no estuvieron ausentes “Cannot get sicker” y “Laeky frask” con una gran introducción a capella. Poco antes del final, Adam quedó solo con la guitarra acústica para hacer una versión de “Jessica”, el tema que dedicara con todo el sarcasmo del mundo a Jessica Simpson. A lo largo de casi una hora fueron pasando “Gemstones”, “Nat King Cole”, “Dance with me”, y casi al final una demoledora versión de “Crackhouse blues”. Terminó arrojándose al público en un final casi lógico para tanto derroche de energía.
Un show de antología que dejará marcas, que seguramente provocará un regreso, y que al final de festival quedará marcado como uno de los puntos más altos de la edición 2008. Espero que el regreso sea pronto y que toque en un lugar en donde se lo pueda apreciar mejor. Tal vez el show en La Trastienda de hoy (gratis, con entradas entregadas por el programa “Day Tripper” de Rock & Pop) pueda tener algo de eso. Pero el horario de las 16 hs me resulta imposible. Y ante las ironías acá si tengo respuesta: hija, a tu edad no trabajaba.
(Hasta ahí llegaba mi interés. Vi parte del show de Massacre antes de irme, pero yo había conseguido todo lo que había ido a buscar. Así que nada puedo decir de Dante y de Babasónicos. En otra situación hubiese ido a ver a Proyecto Verona al tercer escenario, pero había que atravesar un mar de barro que me hubiese dado ganas de inciar un Woodstock que los producidos fans de Babasonicos que iban llegando hubiesen seguramente rechazado con vehemencia)
jueves, 25 de septiembre de 2008
Amparanoia en La Trastienda
La globalización, el cruce de las culturas, la fusión del arte cuando es suma de identidades y no imposición de ninguna sobre otra, permite en estos tiempos cosas como las que sucedieron anoche en La Trastienda: que el mundo, o al menos buena parte de él, ocupe y se exprese en un mismo escenario y al mismo tiempo. Amparanoia consigue que su Bye bye tour sea una auténtica fiesta de despedida, una celebración de la vida en su versión más caliente, en donde la alegría y la energía se desatan expresadas en ritmos, bailes y canciones que durante dos horas y media contagian, seducen y arrasan a un público que siempre parece dispuesto a más.
“No traigo balas, pero traigo el fuego y tu sonrisa es lo que yo quiero” dice Amparo Sanchez en una de sus letras, y vaya si lo consigue. En medio de rumbas, ska, reaggae, y boleros, todos atravesados por un espíritu gitano que les imprime un manto de celebración y desborde permanente, las canciones se suceden entre declamaciones de rebeldía y un feminismo a flor de piel. Porque con Amparo Sanchez en el escenario la palabra mujer es mucho más que un sustantivo y se vuelve verbo; un manifiesto permanente de la mujer como madre, como hija, y como amante. Entonces pasa otra mujer/madre/amiga sobre el escenario, Mimi Maura, en una visita temprana cuando el sonido todavía no se había acomodado y el retorno hacía estragos en los oídos de los músicos. Y todo fluye de una manera tan natural que durante la noche es probable que Cuba y Jamaica sean un mismo lugar, que Andalucía limite con Puerto Rico y que los Balcanes queden al borde del Río Bravo. Todo está allí, mientras la banda de desgañita en no detenerse nunca y sostener el ritmo hasta el último aliento. Mientras la guitarra sueca imprime rasgos bluseros sobre cadencias latinas, mientras el voluminoso percusionista venezolano, dueño de un par de brazos capaces de defender la revolución bolivariana ellos solos y a las trompadas, hace gala de una gracia asombrosa para el baile. Y los espíritus de Bob Marley y de Joe Strummer dicen presente en la noche de San Telmo. Todo es probable; hasta una torta y un ramo de flores en manos de Mimi Maura, porque además y como si fuese poco festejo, Amparo cumple años.
Pasan montones de canciones, “Somos viento”, “La vida te da”, “Dolor, dolor”, “Hacer dinero”, “Ella baila bembé”, “Sacaron agua” y “Seguiré caminando” (nombre del DVD y CD de la despedida), mientras el idioma español se mezcla con el inglés y el francés, el calor crece y el ritmo no decae jamás. La felicidad se dibuja en cada rostro, arriba y abajo del escenario, el éxito de la fiesta se expresa en cada gota sudor, la pasión parece no tener límite, y hace a la despedida tan larga y difícil que el final resulta una bienvenida: un Welcome to Tijuana, al tequila y a todo lo demás. Entonces sí, presentación de los músicos y telón final. Una de esos adioses que quedan marcadas en la piel y por mucho tiempo. Una de esas noches que nos devuelven las ganas de vivir, nos recuerdan que la rebeldía puede ser también sinónimo alegría, y que nos demuestra que la sangre que nos circula puede alcanzar la temperatura del fuego. Y que como dice Amparo:. “Somos el viento, que baila y que canta y si estamos juntos, somos huracán”.
“No traigo balas, pero traigo el fuego y tu sonrisa es lo que yo quiero” dice Amparo Sanchez en una de sus letras, y vaya si lo consigue. En medio de rumbas, ska, reaggae, y boleros, todos atravesados por un espíritu gitano que les imprime un manto de celebración y desborde permanente, las canciones se suceden entre declamaciones de rebeldía y un feminismo a flor de piel. Porque con Amparo Sanchez en el escenario la palabra mujer es mucho más que un sustantivo y se vuelve verbo; un manifiesto permanente de la mujer como madre, como hija, y como amante. Entonces pasa otra mujer/madre/amiga sobre el escenario, Mimi Maura, en una visita temprana cuando el sonido todavía no se había acomodado y el retorno hacía estragos en los oídos de los músicos. Y todo fluye de una manera tan natural que durante la noche es probable que Cuba y Jamaica sean un mismo lugar, que Andalucía limite con Puerto Rico y que los Balcanes queden al borde del Río Bravo. Todo está allí, mientras la banda de desgañita en no detenerse nunca y sostener el ritmo hasta el último aliento. Mientras la guitarra sueca imprime rasgos bluseros sobre cadencias latinas, mientras el voluminoso percusionista venezolano, dueño de un par de brazos capaces de defender la revolución bolivariana ellos solos y a las trompadas, hace gala de una gracia asombrosa para el baile. Y los espíritus de Bob Marley y de Joe Strummer dicen presente en la noche de San Telmo. Todo es probable; hasta una torta y un ramo de flores en manos de Mimi Maura, porque además y como si fuese poco festejo, Amparo cumple años.
Pasan montones de canciones, “Somos viento”, “La vida te da”, “Dolor, dolor”, “Hacer dinero”, “Ella baila bembé”, “Sacaron agua” y “Seguiré caminando” (nombre del DVD y CD de la despedida), mientras el idioma español se mezcla con el inglés y el francés, el calor crece y el ritmo no decae jamás. La felicidad se dibuja en cada rostro, arriba y abajo del escenario, el éxito de la fiesta se expresa en cada gota sudor, la pasión parece no tener límite, y hace a la despedida tan larga y difícil que el final resulta una bienvenida: un Welcome to Tijuana, al tequila y a todo lo demás. Entonces sí, presentación de los músicos y telón final. Una de esos adioses que quedan marcadas en la piel y por mucho tiempo. Una de esas noches que nos devuelven las ganas de vivir, nos recuerdan que la rebeldía puede ser también sinónimo alegría, y que nos demuestra que la sangre que nos circula puede alcanzar la temperatura del fuego. Y que como dice Amparo:. “Somos el viento, que baila y que canta y si estamos juntos, somos huracán”.
domingo, 14 de septiembre de 2008
Hamacas al Rio en Notorius
Era una linda noche la se ayer para abrigarse al calor de las melodías de Hamacas al Río, que en Notorius presentaban su reciente EP “Un pequeño relato”, y que desde hace un par de días se puede descargar gratuitamente en su web. Quienes visitan este blog, saben lo que opino y disfruto de la música de Hamacas, así que no voy a ser reiterativo con palabras que intenten describir la intensidad de sus armonías, ni el efecto seductor que me provocan. Hoy tengo, simplemente, ganas de contar.
Notorius es un lugar en el que uno no puede sentirse de otra forma que no sea a gusto, rodeado de buenos discos para revisar y que ayudan a amenizar cualquier espera. Un lugar en donde uno puede cruzarse con un desconocido que al pasar, y no mediando otro motivo que el de reparar en el mismo Cd, es capaz de expresar algo como que “el mejor año del jazz fue el ‘43”, para terminar hablando de Parker, Hendrix y Pastorius. Ese tipo de lugares capaces de devolver esa sensación placentera por la música que la ambición acumulativa en tiempos de “free download” pareciera habernos hecho olvidar. Adentro, ya en la sala, esta sensación se mantiene y colabora para adentrar al público en el clima del show. Todavía permanecían en mi paladar los aromas del camembert, el sésamo y los higos; de los mejillones en azafrán y dijón; de la creme brulee y un malbec que había viajado directamente desde Cafayate para adueñarse de mi memoria. Y como venía de una esquina que resulta un pequeño retazo de Paris en Buenos Aires, no dudé en acompañar la música con una copa de cognac, ya que había decidido por mi cuenta que anoche, el río de las hamacas bien podría ser el Sena.
El show fue más largo que lo habitual, la presencia de un piano de cola le entregó a algunas canciones un matiz acústico encantador. Volvieron algunos temas que no sonaron en el último show, como “Mitad de Junio” y “Ya sé volvés” que están entre mis preferidas; y Laura aprovechó para compartir su alegría por haberse recibido de instructora de algo que honestamente no entendí bien qué era, pero que por el nombre relaciono directamente con la meditación (o con alguna arte marcial, pero me quedo con lo primero). Y por supuesto, las tres canciones nuevas que se sostienen en los mismos argumentos que las anteriores: “Un pequeño relato”, “El canto de la sirena” y “El mismo invierno”, todas ellas con la voz de Paula Meijide en coros.
El final fue con “Mañana” y el anuncio de una nueva fecha para el Viernes 17 de Octubre. Hamacas se había encargado de encontrarle el sonido perfecto capaz de decorar cada uno de mis sentidos para mi sábado de cadencia parisina. Afuera, el invierno era el mismo, pero la noche única, una vez más.
Notorius es un lugar en el que uno no puede sentirse de otra forma que no sea a gusto, rodeado de buenos discos para revisar y que ayudan a amenizar cualquier espera. Un lugar en donde uno puede cruzarse con un desconocido que al pasar, y no mediando otro motivo que el de reparar en el mismo Cd, es capaz de expresar algo como que “el mejor año del jazz fue el ‘43”, para terminar hablando de Parker, Hendrix y Pastorius. Ese tipo de lugares capaces de devolver esa sensación placentera por la música que la ambición acumulativa en tiempos de “free download” pareciera habernos hecho olvidar. Adentro, ya en la sala, esta sensación se mantiene y colabora para adentrar al público en el clima del show. Todavía permanecían en mi paladar los aromas del camembert, el sésamo y los higos; de los mejillones en azafrán y dijón; de la creme brulee y un malbec que había viajado directamente desde Cafayate para adueñarse de mi memoria. Y como venía de una esquina que resulta un pequeño retazo de Paris en Buenos Aires, no dudé en acompañar la música con una copa de cognac, ya que había decidido por mi cuenta que anoche, el río de las hamacas bien podría ser el Sena.
El show fue más largo que lo habitual, la presencia de un piano de cola le entregó a algunas canciones un matiz acústico encantador. Volvieron algunos temas que no sonaron en el último show, como “Mitad de Junio” y “Ya sé volvés” que están entre mis preferidas; y Laura aprovechó para compartir su alegría por haberse recibido de instructora de algo que honestamente no entendí bien qué era, pero que por el nombre relaciono directamente con la meditación (o con alguna arte marcial, pero me quedo con lo primero). Y por supuesto, las tres canciones nuevas que se sostienen en los mismos argumentos que las anteriores: “Un pequeño relato”, “El canto de la sirena” y “El mismo invierno”, todas ellas con la voz de Paula Meijide en coros.
El final fue con “Mañana” y el anuncio de una nueva fecha para el Viernes 17 de Octubre. Hamacas se había encargado de encontrarle el sonido perfecto capaz de decorar cada uno de mis sentidos para mi sábado de cadencia parisina. Afuera, el invierno era el mismo, pero la noche única, una vez más.
viernes, 12 de septiembre de 2008
No lo Soporto en La Trastienda
Una verdadera lástima el espacio libre en La Trastienda. Porque se estaba presentando uno de las mayores sorpresas del año, el disco “Avión” de No lo Soporto”. Un disco plagado de excelentes arreglos, de melodías originales por estos pagos y una intensidad que hipnotiza. Pena a la cual, lamentablemente esto acostumbrado en un ambiente en el cual saber tres tonos y conocer tres marcas diferentes de cerveza alcanza para llenar Obras, o como se llame ese estadio ahora.
El premio revelación MTV, la apuesta de la discográfica por ellas, un video de alta rotación, y fundamentalmente un trabajo prolijo, lleno de matices, con melodías sugerentes
El show abrió con la voz en off del video invitando a los pasajeros a ajustar los cinturones para emprender un viaje aéreo, que no es otro que el repaso por un trabajo
El show abrió con “Avión” y con “ ”, en el mismo orden del disco y ya en el tercer tema , el sonido se había acomodado y la banda asentado en su sonido. Naila y su estilo contenido lideró a NLS en un recorrido parejo por los nuevos temas y un repaso sin novedades por su primer disco () que a la distancia se nota lejano en calidad al nuevo material. Sin embargo, la solvencia del trío, y sus invitados (los mismos de “Avión”, Fernando Samalea en percusión y Blanco, de Los Pericos en teclados) consigue mantener un clima parejo a lo largo del show. No hay desbordes, hay extrema prolijidad. Hay una extraña mezcla de pretensión de profesionalismo a raiz de la buena producción, y un cierto clima de amiguismo alternativo, que se termina imponiendo en el ambiente (VACIO)
Innecesario a mi gusto el intervalo, justo a continuación de “instantes”, uno de los mejores temas de Avioon, y cuando la banda se había asentado y empezaba a sentirse a guto, en el cual se proyecta el video de “Nunca iré” y tras el cual las chicas vuelven al escenario enfundadas en la vestimeta de azafatas, la misma del video y para hacer….”nunca iré” de nuevo! Para colmo la ausencia de Gustavo Cerati (la bajosta le reconoció el esfuerzo por intentar estar) que pudo haber sido un momento alto de la noche
El premio revelación MTV, la apuesta de la discográfica por ellas, un video de alta rotación, y fundamentalmente un trabajo prolijo, lleno de matices, con melodías sugerentes
El show abrió con la voz en off del video invitando a los pasajeros a ajustar los cinturones para emprender un viaje aéreo, que no es otro que el repaso por un trabajo
El show abrió con “Avión” y con “ ”, en el mismo orden del disco y ya en el tercer tema , el sonido se había acomodado y la banda asentado en su sonido. Naila y su estilo contenido lideró a NLS en un recorrido parejo por los nuevos temas y un repaso sin novedades por su primer disco () que a la distancia se nota lejano en calidad al nuevo material. Sin embargo, la solvencia del trío, y sus invitados (los mismos de “Avión”, Fernando Samalea en percusión y Blanco, de Los Pericos en teclados) consigue mantener un clima parejo a lo largo del show. No hay desbordes, hay extrema prolijidad. Hay una extraña mezcla de pretensión de profesionalismo a raiz de la buena producción, y un cierto clima de amiguismo alternativo, que se termina imponiendo en el ambiente (VACIO)
Innecesario a mi gusto el intervalo, justo a continuación de “instantes”, uno de los mejores temas de Avioon, y cuando la banda se había asentado y empezaba a sentirse a guto, en el cual se proyecta el video de “Nunca iré” y tras el cual las chicas vuelven al escenario enfundadas en la vestimeta de azafatas, la misma del video y para hacer….”nunca iré” de nuevo! Para colmo la ausencia de Gustavo Cerati (la bajosta le reconoció el esfuerzo por intentar estar) que pudo haber sido un momento alto de la noche
lunes, 4 de agosto de 2008
Hamacas al Rio en Vaca profana
El frío del fin de semana que se iba terminando fue el último empujón que necesitaba para refugiarme en ese reducto más que confortable que es el Club de amigos de la Vaca Profana, en Almagro. La excusa: estar presente en la última presentación en vivo de Hamacas al Río, antes de terminar la grabación de su tercer trabajo.
La apertura estuvo a cargo de Juanito el Cantor, nombre con el que Juani Serrano presenta un manojo de canciones acústicas inclasificables. Con un disco editado de manera independiente ("Doce canciones de amor y una botella de vino") y otro en camino (anunciado como "El sueño de las ballenas"), Juanito posee un repertorio más que interesante, con melodías y letras premeditadamente ingenuas a veces, casi surrealistas en otras, y es dueño de una voz cautivante; armas con las cuales consigue en el escenario un magnetismo muy particular. Durante el breve recorrido de anoche pude hallar rastros de Drexler, Spinetta y Nebbia entre las referencias musicales que sirven como influencia, pero seguramente después de otras escuchas esta lista quedará relegada por la propia identidad de las canciones de Juanito, que tienen suficiente calidad para valerse por sí mismas. Tomo nota de esta grata sorpresa y prometo seguir más de cerca su música de ahora en más.
Casi sin respiro, ya que el corto intervalo tomó de sorpresa a los que decidieron salir a fumar afuera, Hamacas subió al escenario y le bastaron dos temas, "Sueños" y "Ciego", para construir el clima que caracteriza a sus presentaciones. Ese suave vaivén que tiene mucho de péndulo hipnotizante, y que a fuerza de melodías simples e intensas consigue cautivar al público y ensimismarlo con la música y sus emociones. Con un repertorio que recorrió de manera pareja sus dos trabajos, presentaron nuevo guitarrista (Jorge a secas, en lugar de Javier Picerno), y con él estrenaron algunos sutiles y nuevos arreglos, que no modifican en gran medida lo que vienen haciendo hasta el momento.
No encuentro manera más adecuada para describir la impresión que provoca Hamacas sobre el escenario, que compararlo con la imagen de un hogar a leña. Ese calor que no es solo calor, sino calidez; esa lumbre que es más que luz, sino un efecto inestable de brillos, colores y sombras que ganan y pierden en intensidad, que produce una mezcla de abrigo e intimidad, y que provoca arrimarse y compartir. En ese ambiente, un olvido es una anécdota risueña, cada melodía resulta una caricia suave, y el transcurrir de canciones como "La isla", "Andar" o "Pinta colores" es un recorrido placentero para los sentidos. El final con "El viaje" y "Carla" fue la perfecta despedida para una noche de sensaciones intensas y en la que el frío había quedado reservado para el afuera, porque la música se había encargado de dejarnos con la tibieza interna que solo saben dejar los momentos agradables. Solo resta esperar a mediados de Septiembre para conocer las nuevas canciones y comprobar hasta donde Hamacas al Río es capaz de ampliar su encanto y su resplandor.
La apertura estuvo a cargo de Juanito el Cantor, nombre con el que Juani Serrano presenta un manojo de canciones acústicas inclasificables. Con un disco editado de manera independiente ("Doce canciones de amor y una botella de vino") y otro en camino (anunciado como "El sueño de las ballenas"), Juanito posee un repertorio más que interesante, con melodías y letras premeditadamente ingenuas a veces, casi surrealistas en otras, y es dueño de una voz cautivante; armas con las cuales consigue en el escenario un magnetismo muy particular. Durante el breve recorrido de anoche pude hallar rastros de Drexler, Spinetta y Nebbia entre las referencias musicales que sirven como influencia, pero seguramente después de otras escuchas esta lista quedará relegada por la propia identidad de las canciones de Juanito, que tienen suficiente calidad para valerse por sí mismas. Tomo nota de esta grata sorpresa y prometo seguir más de cerca su música de ahora en más.
Casi sin respiro, ya que el corto intervalo tomó de sorpresa a los que decidieron salir a fumar afuera, Hamacas subió al escenario y le bastaron dos temas, "Sueños" y "Ciego", para construir el clima que caracteriza a sus presentaciones. Ese suave vaivén que tiene mucho de péndulo hipnotizante, y que a fuerza de melodías simples e intensas consigue cautivar al público y ensimismarlo con la música y sus emociones. Con un repertorio que recorrió de manera pareja sus dos trabajos, presentaron nuevo guitarrista (Jorge a secas, en lugar de Javier Picerno), y con él estrenaron algunos sutiles y nuevos arreglos, que no modifican en gran medida lo que vienen haciendo hasta el momento.
No encuentro manera más adecuada para describir la impresión que provoca Hamacas sobre el escenario, que compararlo con la imagen de un hogar a leña. Ese calor que no es solo calor, sino calidez; esa lumbre que es más que luz, sino un efecto inestable de brillos, colores y sombras que ganan y pierden en intensidad, que produce una mezcla de abrigo e intimidad, y que provoca arrimarse y compartir. En ese ambiente, un olvido es una anécdota risueña, cada melodía resulta una caricia suave, y el transcurrir de canciones como "La isla", "Andar" o "Pinta colores" es un recorrido placentero para los sentidos. El final con "El viaje" y "Carla" fue la perfecta despedida para una noche de sensaciones intensas y en la que el frío había quedado reservado para el afuera, porque la música se había encargado de dejarnos con la tibieza interna que solo saben dejar los momentos agradables. Solo resta esperar a mediados de Septiembre para conocer las nuevas canciones y comprobar hasta donde Hamacas al Río es capaz de ampliar su encanto y su resplandor.
viernes, 25 de julio de 2008
Muse en el teatro Gran Rex
Me había entusiasmado con la llegada de Muse a Buenos Aires. Demasiado. Saqué las entradas ni bien salieron a la venta y esperé ansioso la llegada del día del show. La edición del DVD H.A.A.P. grabado durante sus shows en Wembley a medidos de 2007 me entregó la posibilidad de tener alguna noción de lo que significaba ver a la banda que desde 2004 es considerada por la prensa especializada británica, la dueña del mejor show en vivo del momento.
Está más que claro a esta altura que con la edición de OK Computer, Radiohead marcó a fuego a una generación de músicos de las islas y que su influencia perdura hasta estos días. Coldplay, Travis, Starsailor, Doves son algunos ejemplos. Y el estilo de Thom Yorke puede ser reconocido en los cantantes de cada uno de esos grupos. Muse, por supuesto, no escapa a esto. Pero con una particularidad: Muse ha elegido recorrer el camino que Radiohead decidió premeditadamente sortear al hacer “Kid A”. Muse le suma a una lírica de tinte dramático, cierta teatralidad y un componente de hard rock progresivo, deudor de bandas como Rush y hasta (por momentos) Dream Theater, que lo convierte en una rareza en el panorama del rock actual.
Cuando poco antes de las 22hs las luces se apagaron y empezaron a sonar los acordes de “La danza de los caballeros” del “Romeo y Julieta” de Prokofiev, el Gran Rex se transformó en un pequeño Wembley; la versión en miniatura de aquellos shows grabados en el DVD. Porque más allá de algún cambio en el orden y ligeras variaciones en la lista de temas, el show resulta casi una réplica de aquel. Una puesta en escena sobria, una iluminación más efectista que pretenciosa y una pantalla de estadio que bombardea la vista con imágenes vertiginosas fueron el marco en donde Muse se movió con comodidad y alto nivel de profesionalismo. Sin descollar, y apoyándose en un sonido impecable entregaron un set list previsible y regalaron algunas sorpresas. El público recibió a la banda de la mejor manera, cantó los estribillos, coreó los riffs de guitarra y permaneció en un éxtasis que lo mantuvo de pie a lo largo de todo el recital. Matthew Bellamy demostró ser un gran cantante, un muy buen guitarrista, y a la hora de sentarse en su piano blanco lo hizo con autoridad aunque reveló una peligrosa tendencia a cierto clasicismo almibarado. Mucho me sorprendió el bajo de Chris Wolstenholme, cuyo aporte es fundamental para conseguir cohesión en el sonido, y a su machaqueo saturado, Muse le debe buena parte de su identidad. La banda se completa con el baterista Dominic Howard y recibe el aporte en teclados de Morgan Nicholls como invitado.
A mi entender el show tiene un déficit importante: carece de matices. Es absolutamente lineal; el clima es exactamente el mismo de principio a fin. El orden de los temas se puede cambiar cuantas veces a uno se le ocurra que el resultado final no se va a ver afectado. De hecho ayer abrieron con “Knights of Cydonia” el tema que fue cierre en el show del miércoles. Claro que si uno repasa la discografía de Muse se va a encontrar con que esta es una característica habitual en sus canciones, y en todo caso esta salvedad corresponde hacérsela al estilo de Muse más que al show en sí mismo, que en definitiva lo que hace es sacar a la luz la pretensión de una banda que tiene muy en claro a donde apunta y que no duda un solo momento como plasmarlo sobre el escenario. Lo mejor en este sentido sucede al promediar el show, cuando con la interpretación de temas como “Map of the problematique” o “Butterflies and hurricanes” el grupo parece soltarse un poco más y consigue pasajes instrumentales cambiantes y muy logrados. Este tramo del show termina con una zapada de bajo y batería.
Las sorpresas vinieron por el lado de la inclusión de “Fury” (un bonus track incluido en la edición japonesa de “Absolution”), “Space dementia” (de “Origin of simetry”) y “Apocalypse please”, casi un manifiesto extraído de “Absolution”, (inocultable la referencia al “On the run” de “The dark side of the moon”) que según pude ver por allí no tocaron el primer día y que funcionó como guiño a los fans que sacaron entradas para este show que en definitiva fue el primero que se puso a la venta.
Pasaron “Invincible”, “Starlight”, “Supermassive black hole” y al cabo de una hora y media, y entre mangueras de humo y globos gigantes botando sobre las plateas, el show termina tal cual lo hace el DVD: “Stockholm syndrome” y “Take a bow”. Nadie pide más nada. Los rostros reflejan la alegría de saber que han tenido el privilegio de presenciar un momento único. De haber estado frente a lo que es, sin duda, una de las performances más destacadas del panorama del rock actual. Yo me fui con una sensación extraña y dual, y que es la misma que me produce escuchar H.A.A.R.P.: por un lado la felicidad y la convicción de haber disfrutado a una gran banda de rock pasando por su mejor momento y entregando lo mejor de sí, pero por otro lado una ligera sensación de agobio que me reclama una urgente tregua de Muse por un buen tiempo.
Está más que claro a esta altura que con la edición de OK Computer, Radiohead marcó a fuego a una generación de músicos de las islas y que su influencia perdura hasta estos días. Coldplay, Travis, Starsailor, Doves son algunos ejemplos. Y el estilo de Thom Yorke puede ser reconocido en los cantantes de cada uno de esos grupos. Muse, por supuesto, no escapa a esto. Pero con una particularidad: Muse ha elegido recorrer el camino que Radiohead decidió premeditadamente sortear al hacer “Kid A”. Muse le suma a una lírica de tinte dramático, cierta teatralidad y un componente de hard rock progresivo, deudor de bandas como Rush y hasta (por momentos) Dream Theater, que lo convierte en una rareza en el panorama del rock actual.
Cuando poco antes de las 22hs las luces se apagaron y empezaron a sonar los acordes de “La danza de los caballeros” del “Romeo y Julieta” de Prokofiev, el Gran Rex se transformó en un pequeño Wembley; la versión en miniatura de aquellos shows grabados en el DVD. Porque más allá de algún cambio en el orden y ligeras variaciones en la lista de temas, el show resulta casi una réplica de aquel. Una puesta en escena sobria, una iluminación más efectista que pretenciosa y una pantalla de estadio que bombardea la vista con imágenes vertiginosas fueron el marco en donde Muse se movió con comodidad y alto nivel de profesionalismo. Sin descollar, y apoyándose en un sonido impecable entregaron un set list previsible y regalaron algunas sorpresas. El público recibió a la banda de la mejor manera, cantó los estribillos, coreó los riffs de guitarra y permaneció en un éxtasis que lo mantuvo de pie a lo largo de todo el recital. Matthew Bellamy demostró ser un gran cantante, un muy buen guitarrista, y a la hora de sentarse en su piano blanco lo hizo con autoridad aunque reveló una peligrosa tendencia a cierto clasicismo almibarado. Mucho me sorprendió el bajo de Chris Wolstenholme, cuyo aporte es fundamental para conseguir cohesión en el sonido, y a su machaqueo saturado, Muse le debe buena parte de su identidad. La banda se completa con el baterista Dominic Howard y recibe el aporte en teclados de Morgan Nicholls como invitado.
A mi entender el show tiene un déficit importante: carece de matices. Es absolutamente lineal; el clima es exactamente el mismo de principio a fin. El orden de los temas se puede cambiar cuantas veces a uno se le ocurra que el resultado final no se va a ver afectado. De hecho ayer abrieron con “Knights of Cydonia” el tema que fue cierre en el show del miércoles. Claro que si uno repasa la discografía de Muse se va a encontrar con que esta es una característica habitual en sus canciones, y en todo caso esta salvedad corresponde hacérsela al estilo de Muse más que al show en sí mismo, que en definitiva lo que hace es sacar a la luz la pretensión de una banda que tiene muy en claro a donde apunta y que no duda un solo momento como plasmarlo sobre el escenario. Lo mejor en este sentido sucede al promediar el show, cuando con la interpretación de temas como “Map of the problematique” o “Butterflies and hurricanes” el grupo parece soltarse un poco más y consigue pasajes instrumentales cambiantes y muy logrados. Este tramo del show termina con una zapada de bajo y batería.
Las sorpresas vinieron por el lado de la inclusión de “Fury” (un bonus track incluido en la edición japonesa de “Absolution”), “Space dementia” (de “Origin of simetry”) y “Apocalypse please”, casi un manifiesto extraído de “Absolution”, (inocultable la referencia al “On the run” de “The dark side of the moon”) que según pude ver por allí no tocaron el primer día y que funcionó como guiño a los fans que sacaron entradas para este show que en definitiva fue el primero que se puso a la venta.
Pasaron “Invincible”, “Starlight”, “Supermassive black hole” y al cabo de una hora y media, y entre mangueras de humo y globos gigantes botando sobre las plateas, el show termina tal cual lo hace el DVD: “Stockholm syndrome” y “Take a bow”. Nadie pide más nada. Los rostros reflejan la alegría de saber que han tenido el privilegio de presenciar un momento único. De haber estado frente a lo que es, sin duda, una de las performances más destacadas del panorama del rock actual. Yo me fui con una sensación extraña y dual, y que es la misma que me produce escuchar H.A.A.R.P.: por un lado la felicidad y la convicción de haber disfrutado a una gran banda de rock pasando por su mejor momento y entregando lo mejor de sí, pero por otro lado una ligera sensación de agobio que me reclama una urgente tregua de Muse por un buen tiempo.
domingo, 22 de junio de 2008
El Cuarteto de Nos en El Teatro de Flores
Yo estuve ahí. Quiero decir, ahí antes. En ese teatro que alguna vez se llamó Fénix. Y el capricho adolescente de guardar alguna entrada como si fuera de oro me ayuda con algunas precisiones: Junio de 1987. Día 6, La Sobrecarga; día 20 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En ese año, El Cuarteto de Nos editaba "Soy una arveja", su primer disco. Ayer volví. A ese teatro, y por un momento también a los años '80.
Claro que el recorrido a lo largo de más de veinte años no es lineal, pero El Cuarteto de Nos representa ese espíritu. La frescura, el inconformismo, el humor ácido a veces, ingenuo otras, la búsqueda permanente. En los '80 la rebeldía era más una actitud artística y estética que una cuestión ideológica. No se trata de edades ni de tiempo sino de conceptos. Y eso diferencia a estos uruguayos de algunos de sus compatriotas que por estos días llenan estadios en Buenos Aires. Si hay que cantarle al año '92, el Cuarteto elige recordar el invierno maldito, si se trata de hacer una canción de amor, no hay mejor destinatario que uno mismo.
Difícil será encontrar una banda que encuentre la cúspide creativa a los veinte años de carrera, pero en este caso ha sucedido y no viene al caso ahora encontrar explicaciones. Es así y amerita disfrutarlo. "Raro" es con seguridad uno de los puntos más altos del rock en español que hayamos escuchado en los últimos años, y ese potencial puesto en las manos de un grupo maduro pero con las ambiciones intactas puede resultar una mezcla explosiva. Ya había escuchado el disco, ahora quería verlos en vivo.
Mucha gente. El lugar reconoce 1872 lugares disponibles y por estos días esas normas no se violan, así que anoche éramos unos 2000. El show empieza a las 21 hs. y los primeros tres temas son una invitación inmediata a la fiesta: "Hoy estoy raro", "Ya no sé que hacer conmigo" y "Nada es gratis en la vida". La gente salta, se contagia, participa. Pero no todo es el último disco y había que ver cómo hacían para producir el mismo efecto con las canciones menos conocidas, más aún tratándose de una banda con fuerte preeminencia de las letras, tan difíciles de seguir en vivo. Y la decisión de intercalar las canciones más viejas con las de "Raro" resulta ser un método adecuado. Pasan "El calzoncillo a rayas", "No quiero ser normal", "Solo un rumor", "Vino en mi jeringa" "Al cielo no voy" y junto a ellas "Pueblo podrido" y "El karaoke de mi noviecita". Santiago Tavella y Ricardo y Roberto Musso se van repartiendo las voces, y promediando el show comparten un mini set acústico con "Me hace bien, me hace mal", dos temas rescatados de su primer disco: "El guardián del Zoo" (sonando como los Byrds) y "Andamio pijuan", y finalmente "Pobre papá".
Párrafo aparte para el video wall. La sucesión vertiginosa de imágenes que acompaña a cada tema obliga a prestarle atención por sobre lo despojado de la puesta en escena de la banda en sí. La primera imagen es un ojo en primer plano y en blanco y negro. Tranquilamente pudiera aparecer la gillette que lo atraviese, pero no sucede. Lo que sí sucede es que allí conviven billetes con los patriotas uruguayos transformados en diablitos y punks, con imágenes del Indio Solari, unos jóvenes Soda Stereo, Atahualpa Yupanqui, John Lennon, Lady Di, gags de cine mudo, y caricaturas de los miembros del Cuarteto en un paraíso psicodélico que bien podría ser la versión rioplatense de "Magical Mistery Tour". Hay humor y delirio. Por eso la falla de un micrófono puede ser atribuida a satán en una parodia de un predicador en portugués, y una improbable tesis de órgano sobre la quema de pastizales del delta y el humo que atraviesa el Río de la Plata se convierte en el riff de "Smoke on the water" que parece salido de las 60 lecciones de piano de Luis Majul, circa Peter Capusotto.
El final fue contundente: "Yendo a la casa de Damián" e "Invierno del 92". Había pasado solo una hora y cuarto y teníamos ganas de más. Y por supuesto hubo bises, en dos tandas. La primera con temas viejos "Me amo" (Me amo, como la tierra al sol. Me amo, como Narciso soy. Me amo, dibujé un corazón que dice "yo y yo". Me amo) y "El día que Artigas se emborrachó". La segunda con "Bo Cartero", esa particular versión de "Please Mr. Postman" en donde las voces y los coros se lucen mejor que nunca, y otro hit del último disco, "Así soy yo".
Siempre me cayeron bien los uruguayos. Seguramente Francéscoli y Alzamendi tienen mucho que ver con eso. Pero supongo que conocidos, amistades eventuales y la música también han contribuido. Y su sencillez y su tranquilidad siempre me provocaron sana envidia y ganas de ser contagiado, aún en tiempo de papeleras. Y hasta tengo la ilusión que la nube tóxica de Botnia atraviese el río Uruguay y la lluvia ácida produzca una mutación genética en las próximas generaciones de habitantes de Gualeguaychu, y los niños allí empiecen a nacer con cerebro.
Claro que el recorrido a lo largo de más de veinte años no es lineal, pero El Cuarteto de Nos representa ese espíritu. La frescura, el inconformismo, el humor ácido a veces, ingenuo otras, la búsqueda permanente. En los '80 la rebeldía era más una actitud artística y estética que una cuestión ideológica. No se trata de edades ni de tiempo sino de conceptos. Y eso diferencia a estos uruguayos de algunos de sus compatriotas que por estos días llenan estadios en Buenos Aires. Si hay que cantarle al año '92, el Cuarteto elige recordar el invierno maldito, si se trata de hacer una canción de amor, no hay mejor destinatario que uno mismo.
Difícil será encontrar una banda que encuentre la cúspide creativa a los veinte años de carrera, pero en este caso ha sucedido y no viene al caso ahora encontrar explicaciones. Es así y amerita disfrutarlo. "Raro" es con seguridad uno de los puntos más altos del rock en español que hayamos escuchado en los últimos años, y ese potencial puesto en las manos de un grupo maduro pero con las ambiciones intactas puede resultar una mezcla explosiva. Ya había escuchado el disco, ahora quería verlos en vivo.
Mucha gente. El lugar reconoce 1872 lugares disponibles y por estos días esas normas no se violan, así que anoche éramos unos 2000. El show empieza a las 21 hs. y los primeros tres temas son una invitación inmediata a la fiesta: "Hoy estoy raro", "Ya no sé que hacer conmigo" y "Nada es gratis en la vida". La gente salta, se contagia, participa. Pero no todo es el último disco y había que ver cómo hacían para producir el mismo efecto con las canciones menos conocidas, más aún tratándose de una banda con fuerte preeminencia de las letras, tan difíciles de seguir en vivo. Y la decisión de intercalar las canciones más viejas con las de "Raro" resulta ser un método adecuado. Pasan "El calzoncillo a rayas", "No quiero ser normal", "Solo un rumor", "Vino en mi jeringa" "Al cielo no voy" y junto a ellas "Pueblo podrido" y "El karaoke de mi noviecita". Santiago Tavella y Ricardo y Roberto Musso se van repartiendo las voces, y promediando el show comparten un mini set acústico con "Me hace bien, me hace mal", dos temas rescatados de su primer disco: "El guardián del Zoo" (sonando como los Byrds) y "Andamio pijuan", y finalmente "Pobre papá".
Párrafo aparte para el video wall. La sucesión vertiginosa de imágenes que acompaña a cada tema obliga a prestarle atención por sobre lo despojado de la puesta en escena de la banda en sí. La primera imagen es un ojo en primer plano y en blanco y negro. Tranquilamente pudiera aparecer la gillette que lo atraviese, pero no sucede. Lo que sí sucede es que allí conviven billetes con los patriotas uruguayos transformados en diablitos y punks, con imágenes del Indio Solari, unos jóvenes Soda Stereo, Atahualpa Yupanqui, John Lennon, Lady Di, gags de cine mudo, y caricaturas de los miembros del Cuarteto en un paraíso psicodélico que bien podría ser la versión rioplatense de "Magical Mistery Tour". Hay humor y delirio. Por eso la falla de un micrófono puede ser atribuida a satán en una parodia de un predicador en portugués, y una improbable tesis de órgano sobre la quema de pastizales del delta y el humo que atraviesa el Río de la Plata se convierte en el riff de "Smoke on the water" que parece salido de las 60 lecciones de piano de Luis Majul, circa Peter Capusotto.
El final fue contundente: "Yendo a la casa de Damián" e "Invierno del 92". Había pasado solo una hora y cuarto y teníamos ganas de más. Y por supuesto hubo bises, en dos tandas. La primera con temas viejos "Me amo" (Me amo, como la tierra al sol. Me amo, como Narciso soy. Me amo, dibujé un corazón que dice "yo y yo". Me amo) y "El día que Artigas se emborrachó". La segunda con "Bo Cartero", esa particular versión de "Please Mr. Postman" en donde las voces y los coros se lucen mejor que nunca, y otro hit del último disco, "Así soy yo".
Siempre me cayeron bien los uruguayos. Seguramente Francéscoli y Alzamendi tienen mucho que ver con eso. Pero supongo que conocidos, amistades eventuales y la música también han contribuido. Y su sencillez y su tranquilidad siempre me provocaron sana envidia y ganas de ser contagiado, aún en tiempo de papeleras. Y hasta tengo la ilusión que la nube tóxica de Botnia atraviese el río Uruguay y la lluvia ácida produzca una mutación genética en las próximas generaciones de habitantes de Gualeguaychu, y los niños allí empiecen a nacer con cerebro.
sábado, 19 de abril de 2008
Benjamin Biolay en Niceto
Niceto Vega y Humboldt alrededor de las 9 de la noche parecía Palermo London. El humo que nos viene acosando desde hace unos días se había decidido posar nuevamente sobre Buenos Aires y la espera para entrar a Niceto no era muy confortable que digamos. Ya adentro se notaba un público curioso, que tenía más referencias sobre Benjamin Biolay que real conocimiento de su carrera. Entre el auspicio de la Embajada Francesa y la promoción dentro del BAFICI tal vez se pueda explicar esa situación. Acá, exceptuando la FM Kabul, no he escuchado radios se ocupen de él. Sin embargo a la salida no ví a nadie decepcionado ni escuché queja alguna. Todo lo contrario.
Casi una hora y media después de lo anunciado (nada grave para lo que estamos acostumbrados, pero yo tenía hambre!), el show abrió con Benjamin Biolay sentado al piano, y una excelente versión de "Négatif", tema que da nombre a su segundo disco y que representa la parte que más me gusta de de su música: cuando el sonido es denso y se acerca más al trip hop. Y en él, y a modo de meddley, hizo unas lineas de "Clint Eastwood", el hit de Gorillaz, que preanunciaba la probable incorporación de covers, cosa que finalmente no ocurrió. De perfil, bajo el haz azul, con el pelo semilargo tirado hacia atrás y encorvado sobre el piano, me hizo acordar a Nick Cave, pero la similitud se agotó en esa imagen.
La banda está compuesta por Johann Daalgard en los teclados y programaciones, Philippe Almosnino, encargado de las guitarras acústica y eléctrica y obviamente Benjamin Biolay, que además del piano y dedicarse a cantar, toca a veces guitarra, por momentos se acerca a un pequeño teclado y hasta tiene un par de intervenciones prolijas, aunque nada descollantes en trompeta. El tipo es simpático. Se ve que se siente a gusto, sabe manejar muy bien los climas en el show, pasa de electrónica densa tipo Air, a baladas melancólicas y temas más roqueros; enciende cigarrillos, pasea por el escenario, seduce, habla en Francés, y en ningún momento se pierde el clima de intimidad que ofrece su música. Será por la voz o el idioma, pero todo suena a confesión, a confidencia. Y es precisamente el timbre de voz lo que lo asocia inevitablemente con Serge Gainsbourg, pero a mi entender su manera de abordar la chansón es diferente y mucho más moderno. Aquí no hay reggae ni pop naif.
El repertorio está basado en su último disco "Trash yeye", pero hace un repaso parejo por el resto de su obra y hasta tiene un momento en el que toma asiento y con una guitarra acústica entrega alguna canción del disco "Home" que hizo con su ex- esposa, Chiara Mastroianni, ese que parece la banda de sonido de una luna de miel eterna, que en definitiva no fue tal. Anunció el tema que hizo para una película (Sí, "una película". No dijo cuál. Mal, muy mal, Benjamin. Supongo que será de "Clara et moi" porque sé que estuvo a cargo de la banda de sonido pero no podría asegurarlo) e hizo entrar a un traductor para hacer la alocución más larga, en la que se preocupó por destacar que no había llegado a Argentina por su sello discográfico y que agradecía a quienes lo habían traído por "gusto y no por dinero", según sus propias palabras.
Tengo que hacer una referencia importante al sonido, que fue sencillamente perfecto. Buen volumen sin atronar, se podían apreciar todos los matices y arreglos, y quien comprenda francés habrá podido entender cada una de las palabras que susurra Biolay. No voy a ser preciso en orden de la lista de temas, porque fueron muchos y acomodarlos en mi memoria me va a resultar complicado. "Regarder la lumière", "La chambre d'amis", "Danz la Marco Benz", todos del último trabajo, "Ground zero"; la conmovedora "Dans mon dos" (con Benjamin en la trompeta), de "A l'origine"; "Chaise a Tokio" con tibio intento de coro por parte del público, de "Négatif", fueron algunas. El cierre estuvo a cargo de una versión TREMENDA de "A l'origine" (lo mejor del concierto, lejos), y los dos bises fueron "Les ceris volants", del primer disco "Rose Kennedy" (con la voz sampleada de Marylin Monroe) y "Qu'est-ce que ça peut faire".
El domingo toca de nuevo, y la verdad es que no es caro (los $ 50 de la entrada son devueltos con creces), así que a quien pueda le recomiendo que se de una vuelta. Hasta donde yo sé todavía quedan entradas.
Por último, una anécdota: Cuando vino Camille a La Trastienda, en un momento escuchaba tanto francés alrededor, que le dije a Andrea, mi mujer "falta Jean Pierre Noher y estamos todos". Medio minuto después me doy vuelta, y quién estaba? Sí, adivinaron. Bueno ayer juro que lo buscamos, hasta que Andrea lo ubicó en el VIP. Entre tantos Perez, González y Cattanzaros usando pañuelitos franceses y remeritas de marinero, la presencia del apellido Noher vendría a resultar una especie de acto de justicia.
Casi una hora y media después de lo anunciado (nada grave para lo que estamos acostumbrados, pero yo tenía hambre!), el show abrió con Benjamin Biolay sentado al piano, y una excelente versión de "Négatif", tema que da nombre a su segundo disco y que representa la parte que más me gusta de de su música: cuando el sonido es denso y se acerca más al trip hop. Y en él, y a modo de meddley, hizo unas lineas de "Clint Eastwood", el hit de Gorillaz, que preanunciaba la probable incorporación de covers, cosa que finalmente no ocurrió. De perfil, bajo el haz azul, con el pelo semilargo tirado hacia atrás y encorvado sobre el piano, me hizo acordar a Nick Cave, pero la similitud se agotó en esa imagen.
La banda está compuesta por Johann Daalgard en los teclados y programaciones, Philippe Almosnino, encargado de las guitarras acústica y eléctrica y obviamente Benjamin Biolay, que además del piano y dedicarse a cantar, toca a veces guitarra, por momentos se acerca a un pequeño teclado y hasta tiene un par de intervenciones prolijas, aunque nada descollantes en trompeta. El tipo es simpático. Se ve que se siente a gusto, sabe manejar muy bien los climas en el show, pasa de electrónica densa tipo Air, a baladas melancólicas y temas más roqueros; enciende cigarrillos, pasea por el escenario, seduce, habla en Francés, y en ningún momento se pierde el clima de intimidad que ofrece su música. Será por la voz o el idioma, pero todo suena a confesión, a confidencia. Y es precisamente el timbre de voz lo que lo asocia inevitablemente con Serge Gainsbourg, pero a mi entender su manera de abordar la chansón es diferente y mucho más moderno. Aquí no hay reggae ni pop naif.
El repertorio está basado en su último disco "Trash yeye", pero hace un repaso parejo por el resto de su obra y hasta tiene un momento en el que toma asiento y con una guitarra acústica entrega alguna canción del disco "Home" que hizo con su ex- esposa, Chiara Mastroianni, ese que parece la banda de sonido de una luna de miel eterna, que en definitiva no fue tal. Anunció el tema que hizo para una película (Sí, "una película". No dijo cuál. Mal, muy mal, Benjamin. Supongo que será de "Clara et moi" porque sé que estuvo a cargo de la banda de sonido pero no podría asegurarlo) e hizo entrar a un traductor para hacer la alocución más larga, en la que se preocupó por destacar que no había llegado a Argentina por su sello discográfico y que agradecía a quienes lo habían traído por "gusto y no por dinero", según sus propias palabras.
Tengo que hacer una referencia importante al sonido, que fue sencillamente perfecto. Buen volumen sin atronar, se podían apreciar todos los matices y arreglos, y quien comprenda francés habrá podido entender cada una de las palabras que susurra Biolay. No voy a ser preciso en orden de la lista de temas, porque fueron muchos y acomodarlos en mi memoria me va a resultar complicado. "Regarder la lumière", "La chambre d'amis", "Danz la Marco Benz", todos del último trabajo, "Ground zero"; la conmovedora "Dans mon dos" (con Benjamin en la trompeta), de "A l'origine"; "Chaise a Tokio" con tibio intento de coro por parte del público, de "Négatif", fueron algunas. El cierre estuvo a cargo de una versión TREMENDA de "A l'origine" (lo mejor del concierto, lejos), y los dos bises fueron "Les ceris volants", del primer disco "Rose Kennedy" (con la voz sampleada de Marylin Monroe) y "Qu'est-ce que ça peut faire".
El domingo toca de nuevo, y la verdad es que no es caro (los $ 50 de la entrada son devueltos con creces), así que a quien pueda le recomiendo que se de una vuelta. Hasta donde yo sé todavía quedan entradas.
Por último, una anécdota: Cuando vino Camille a La Trastienda, en un momento escuchaba tanto francés alrededor, que le dije a Andrea, mi mujer "falta Jean Pierre Noher y estamos todos". Medio minuto después me doy vuelta, y quién estaba? Sí, adivinaron. Bueno ayer juro que lo buscamos, hasta que Andrea lo ubicó en el VIP. Entre tantos Perez, González y Cattanzaros usando pañuelitos franceses y remeritas de marinero, la presencia del apellido Noher vendría a resultar una especie de acto de justicia.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Jarvis Cocker en La Trastienda
No tengo la intención de hacer una crítica del recital de anoche, sino dejarles algunas de mis impresiones. Tenía mucha expectativa por la presencia de Jarvis en Argentina. Su pasado y el excelente disco solista eran suficiente motivo.
Sigue siendo tan histriónico como se lo podía ver en los videos de la época de Pulp. Entró con un racimo de uvas en la mano y que arrojó al público, se movió y actuó mucho, interactuó con la gente sin barrera de idioma (las pocas palabras que aprendió en español eran modismos hasta simpáticos: chabon, mina, chapita, piola), compartió cerveza y vino, y cantó de maravillas. Abrió con "Fat children" (acerté, había apostado que abría con ese tema) y siguió con "Don’t let him waste your time" y "Heavy weather", es decir, lo mejor del único disco solista. Fue demasiado contundente el arranque y no había forma de sostenerlo, para mi gusto hubiese sido más parejo el show ordenando los temas de otra forma, pero es un detalle. Tocó "Tonight", "I will kill again" (de los mejor!!) y "Disney time", y cerró con "Back magic" y "Running the world". Tocó casi todo el disco, pero obvió una de las canciones que más me gustan "Babys coming back to me" y "I just come to tell you that I’m going", que grabó con Kid Loco en el disco "Monsieur Gainsbourg: revisited"
Con los bises, me sorprendió. Sabía que no tocaba temas de Pulp, pero había leído que hacía covers de "Satellite of love" y algún tema de Bowie. Pero amagó con hacer algo de Pulp, haciendo un juego de palabras con "Pulp Ficton" y se despachó (después de vaciarse una botella de agua en la cabeza) con "Little green bag" que en realidad es de la banda de sonido de "Reservoir dogs", no de "Pulp fiction", y una versión de "Puple haze" lo que jamás me hubiera imaginado. Si la banda había sonado perfecta hasta ese momento, con el tema de Hendrix fue demoledora.
Fue un poco menos de una hora y media, pero de lo mejor que pude ver en Baires. Lo pongo a la altura de los mejores shows extranjeros que pude ver. Hoy toca de vuelta, si alguien puede ir se lo recomiendo. Por mi lado espero que vuelva, y que las entradas sean un poco más accesibles.
Sigue siendo tan histriónico como se lo podía ver en los videos de la época de Pulp. Entró con un racimo de uvas en la mano y que arrojó al público, se movió y actuó mucho, interactuó con la gente sin barrera de idioma (las pocas palabras que aprendió en español eran modismos hasta simpáticos: chabon, mina, chapita, piola), compartió cerveza y vino, y cantó de maravillas. Abrió con "Fat children" (acerté, había apostado que abría con ese tema) y siguió con "Don’t let him waste your time" y "Heavy weather", es decir, lo mejor del único disco solista. Fue demasiado contundente el arranque y no había forma de sostenerlo, para mi gusto hubiese sido más parejo el show ordenando los temas de otra forma, pero es un detalle. Tocó "Tonight", "I will kill again" (de los mejor!!) y "Disney time", y cerró con "Back magic" y "Running the world". Tocó casi todo el disco, pero obvió una de las canciones que más me gustan "Babys coming back to me" y "I just come to tell you that I’m going", que grabó con Kid Loco en el disco "Monsieur Gainsbourg: revisited"
Con los bises, me sorprendió. Sabía que no tocaba temas de Pulp, pero había leído que hacía covers de "Satellite of love" y algún tema de Bowie. Pero amagó con hacer algo de Pulp, haciendo un juego de palabras con "Pulp Ficton" y se despachó (después de vaciarse una botella de agua en la cabeza) con "Little green bag" que en realidad es de la banda de sonido de "Reservoir dogs", no de "Pulp fiction", y una versión de "Puple haze" lo que jamás me hubiera imaginado. Si la banda había sonado perfecta hasta ese momento, con el tema de Hendrix fue demoledora.
Fue un poco menos de una hora y media, pero de lo mejor que pude ver en Baires. Lo pongo a la altura de los mejores shows extranjeros que pude ver. Hoy toca de vuelta, si alguien puede ir se lo recomiendo. Por mi lado espero que vuelva, y que las entradas sean un poco más accesibles.
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