sábado, 1 de febrero de 2014

El Cuarteto de Nos en Groove

                Cuando uno vuelve de las vacaciones, y más cuando llega de un paisaje tan placentero y armónico como es la Patagonia norte, pisar la ciudad suele provocar un impacto difícil de asimilar. Aunque en mi caso es cierto que el espíritu urbano nunca me abandona del todo, no por nada la lectura de Vonnegut y los discos de Nacho Vegas me mantuvieron en contacto con mi esencia mientras recorría bosques y lagos del sur. Ahora bien, así como dicen que para meterse en un mar de agua fría la mejor manera de aclimatarse es haciéndolo de manera veloz y repentina, para asumirse en una ciudad húmeda y calurosa, nada mejor para aclimatarse que pasar una noche en Groove. Así que un poco siguiendo esa premisa, y otro poco por el placer que me produce la banda en vivo, casi que recién bajado del avión, rumbeé para Palermo para presenciar el show de El Cuarteto de Nos.
                Los conciertos de verano tienen de por sí una característica particular. Por lo general ninguna banda anda girando con material nuevo, ni con proyectos pretenciosos, sino simplemente los músicos se abocan a shows a los que uno podría llamar, sin desmerecerlos,  demagógicos: listas de hits a medida de un público excitado por el aire veraniego y el ímpetu vacacional. Y el concierto que los uruguayos dieron anoche en Groove no abandonó esta premisa en ningún momento.
                Largaron temprano, alrededor de las nueve, porque a continuación había una fiesta que incluía a los inefables Pibes Chorros. Así que el programa de todos anoche era escuchar, saltar, cantar, tomar impulso y huir rápido del lugar. Y gritar, desde ya. Porque con “El hijo de Hernandez” como apertura, las gargantas fueron exigidas desde el primer estribillo. Y en seguida “Algo mejor que hacer”, cuyas líneas complacientes resultan un canto a la inactividad vacacional y al asueto permanente. Casi como una continuidad conceptual, el “Ya no hacer conmigo” de Raro comenzó a hilvanar una especie de recorrido, que tal vez inconsciente, que se transformó en un relato que a lo largo de la noche glorificó la holgazanería, la indecisión, el inconformismo y la celebración desmedida y sin razón.
                En una pista atiborrada de gente de todas las edades, el pogo se sucedía como pocas veces, y la escena me recordó que habiendo visto a El Cuarteto de Nos en diferentes escenarios, los ambientes reducidos producen una versión de la banda que rescata su carácter más enérgico. Así que aunque Santiago Tavella le bajó un poco el clima a la noche con su “Enamorado tuyo”, “Así soy yo” y “Nada es gratis en la vida” devolvieron al show a su rumbo original. A continuación Roberto Musso quedó solo y sentado hizo “Todos pasan por mi rancho”, mientras parte del público también se sentó en la pista, para estallar el unísono cuando el resto de la banda se sumó para el cierre del tema.
                Cada canción fue cantada por el público a viva voz de manera tan unánime, que en muchas oportunidades las voces taparon a la de los músicos. Tal vez por eso Musso gritó más que otras veces, aunque por momentos también eligió cederle a la gente la voz principal. “Mi lista negra”  y su declaración de principios, el capricho ingenuo e inmaduro de “No te invité a mi cumpleaños” (tan Big Bang Theory….), la ironía de “Lo malo de ser bueno” y “Cuando sea grande”, precedieron a una dupla que tuvo al trabajo como eje: la entrevista laboral de “Breve descripción de mi persona” (con la máquina de escribir en escena), y “Pobre papá” y el disgusto con el peso de las tareas diarias.
                Yo me había ubicado en una de las pasarelas laterales elevadas, con lo cual la visión del despliegue físico del público más exaltado me quedaba en primer plano, y en mi caso aproveché  una leve corriente de aire que me aliviaba un poco. Los chicos parecían muñequitos de goma rebotando adentro de un baño sauna. Cuando “Bipolar” dio comienzo al tramo final del show, más de una chica con presión baja fue atravesando en brazos la pista, en busca de aire y agua. Y eso que anoche no fue precisamente la más calurosa de Enero….Groove en su máxima expresión.
                La lista había sumado muchos hits, así que por descarte resultaba sencillo preanunciar los temas que sonarían como despedida: “Miguel gritar” e “Invierno del ‘92”, primero; y luego de un receso breve, el vengativo  “Buen día, Benito”, y el descontrol absoluto con “Yendo a la casa de Damián”, previo anuncio de un show en el Gran Rex para el 17 de Mayo.  Y aunque la gente pedía espacio para Alvin, el batero, finalmente llegó una caricia de despedida con “Me amo”, vaya a saber si dedicada al público, a ellos mismos, o a todos.
                Confieso que escuché los últimos acordes bien cerca de la puerta, buscando aire por cierto. Pero también movido por el temor de quedar encerrado y terminar rodeado por la fiesta de trasnoche que se venía. A la salida, comida chatarra como para seguir reambientándome al ritmo citadino.
               

               





viernes, 10 de enero de 2014

Richard Coleman en Ultra Bar - Festival del Aire Acondicionado

Estaba dudando si iba a subir algo al blog por este show. Tal vez era la pereza de un espíritu cronista que había empezado vacaciones antes que yo, o algo por el estilo. Pero en realidad sospecho que esa dejadez tenía que ver con que el show de Coleman que a mí me hubiera gustado contar, fue el que Richard dio a banda completa en el Vorterix hace un mes. Diciembre ya es un mes complicado de por sí, y en Argentina más. Policías, saqueadores (con o sin coma en el medio), cortes de energía y de calles, y una cantidad de encuentros de rutina, me privaron de ese gusto. Así que terminé el 2013 sin ver “Incandescente” en vivo, el que para mí fue uno de los dos mejores discos locales del año. (El otro fue “Santo remedio” de Me Daras Mil Hijos).
Pues bien, ayer Coleman volvía al formato íntimo, en un llamado “Festival del aire acondicionado”, nombre que no me cayó muy bien, porque se trata de un adminículo de confort burgués con el cual me llevo para el orto (al igual que la garganta de Coleman, que va a terminar achacándole una laringitis al refrigerante ambiental). Pero salí tan contento del primer show del año, que la mañana me encuentra escribiendo sonriente. Es cierto que tuvo tambien que ver con la sonrisa, que en el primer random del día, el Ipod me haya ofrecido “7 eleven” por El Siempreterno. Pero la alegría ya venía de anoche.
Bien, el evento se había declarado “sold out”, y la cantidad de personas que lo vimos de parado bordeando las privilegiadas mesas, comprobó que no había truco comercial en el anuncio. En cuanto a lo que uno podía llegar a esperar del show, se anunciaba una lista sin concesiones, para una antología corregida y aumentada. Pero aún a sabiendas de eso, que el primer tramo (acústico y con Richard solo sobre el escenario) haya estado dedicado íntegramente a Los 7 Delfines, no dejó de ser una grata sorpresa. Primero “Tu orden” del inolvidable disco debut, después “En tu cabeza”, del último disco de la banda (“Carnaval de fantasmas - 2008), que a mi juicio fue el que devolvió a Richard Coleman a un nivel de inspiración altísimo, y que felizmente tuvo continuidad en sus dos discos solitas posteriores. Ese primer tramo se cerró con “Dale salida”, aunque antes había tocado “Desierto”, y “Meteoro”.
Justamente me quiero detener en “Meteoro”. Porque ese tema pertenece al disco “Dark”, y si algo hubo de poco habitual en la intimidad de la noche de Ultra Bar, fue que lo ameno se sobrepuso a lo dark; como si la liviandad del verano se hubiese apropiado de repente de los espíritus de artista y público. Recuerdo que la última vez que vi a Gustavo Cerati sobre un escenario, en el Club Ciudad a fines de 2009, presentó a Richard riéndose porque había conseguido vestirlo de blanco. Me pregunto qué hubiera pensado Gustavo si ayer lo veía con camisa hawaiana (aunque en blanco y negro, tampoco era cuestión de quedar como Jim Belushi arreglando el jardín de su casa). La actitud de Coleman fue ante todo risueña. Tomándose el tiempo para contar anécdotas sobre el origen de las canciones, y con la playa como referencia en muchos de los casos. Visión nublada, estados alterados, “palitas” que mejor había que dejar afuera, y recuerdos de la arena del circuito Gesell, Valeria, Pinamar, que guarda el origen de algunas de esas canciones que tanto disfrutamos. Eso sí, en momentos como “Lluvia negra” (de Fricción), nos olvidamos de todo eso, y nos topamos con el Coleman oscuro que asimilamos hace ya buen tiempo. Y ya que nombré a Cerati, aprovecho para cerrar el párrafo contando que “En el borde” fue el último tema que Coleman tocó solo sobre el escenario.
Subió entonces Bodie Datino, quien aportó teclados y guitarras adicionales. A pesar del eclecticismo de la lista, el concierto llevó un prolijo orden, y ese momento fue el que le correspondió a “Siberia Country Club” con tres canciones: “Hamacándote”, “Jardines líquidos” y “Turbio elixir”. Luego una experiencia conocida, porque yo había estado en el mismo sitio en la presentación de “A song is a song”. Pero los covers no pierden su efecto, y aunque Coleman imagine a rockeros sureños persiguiéndolo impadiosos, su versión de “Midnight rider” de Allman Brothers es fantástica, y nos recuerda además lo bien que toca la guitarra. Y el “Changes” de Sabbath, una maravilla a la que Coleman sabe sacarle....bueno, iba a poner “brillo” como frase hecha, pero acá no corresponde. Digamos mejor que Coleman sabe extraerle toda su opacidad.
Para los temas de “Incandescente”, Richard se colgó la guitarra eléctrica, y abrió ese tramo con el tema que da el título al disco. Con esa canción me sucede algo particular: parte de mi verdadero oficio (al menos el rentado) es vender lamparitas. Por lo tanto que Coleman le otrogue carácter romántico a la luz de esos focos incandescentes ahora discontinuados, reemplazando a la repetida imagen de la luz de las velas, hace que me haya puesto a pensar que tal vez el tono romántico de la intimidad tenga menos que ver con los elementos dispuestos en el ambiente, que con la nostalgia de algunas tenuidades perdidas. Quien sabe si dentro de cien años, el romanticismo funcione a led, pero hoy la incandescencia paga. Siguieron “Perfecto amor” y “Como la música lenta”. Y en “Cuestión de tiempo” aconteció la paradoja de que lo que en el disco resalta acústico, aquí fue llevado por una guitarra eléctrica que, sin perder el encanto de la sutileza, le otrogó un sonido diferente (y ese teclado irresistible....).
Para despedirse, el almanaque volvió a invertir su orden. “A veces llamo” de Fricción, “Sádica” de Los Siete Delfines, y una versión del “Heroes” de Bowie, a la que se abocó en solitario y con una lap steel guitar. La gente pidió más, el clima daba para un regalo extra, y otra vez con Bodie acompañándolo, Coleman hizo “Sádica” de “Carnaval de fantasmas”. Y cerró con su versión en español de “Down by the river” de Neil Young, que de verdad estremece. No solo por la letra (Con ella pude cruzar el arco iris, ir relamente lejos. Bajando al rio maté a mi bella, bajando al río la asesiné), sino porque Coleman adopta a su estilo grave toda la frialdad de la original, y la vuelve cercana y palpable.
Gran comienzo para mi año musical, en un ámbito además que cada vez me resulta más cómodo. Quedarán casi doce meses para verlo a Richard Coleman con su banda completa, a la que además nos adelantó, que tiene ganas de bautizar. Veremos de qué se trata y como sigue la cosa.



viernes, 13 de diciembre de 2013

Stevie Wonder en el Estadio Velez Sarfield

A fines de los '90 y cuando mi situación económica no me permitía abundancia de recitales y mucho menos de artistas internacionales, mientras hablaba de shows con un amigo que había tenido la posibilidad de verlo en Wembley, recuerdo que me dijo algo así como “hasta que no hayas visto a Wonder en vivo, hacé de cuenta de que no viste nada”. Esa sentencia me quedó tan grabada que jamás la dejé de tener presente y en especial anoche mientras iba en el 4 para Velez. Pero recién cuando caminaba por Barragan a la salida y apresuraba el paso para conseguir un taxi antes de tener mayor competencia en esa empresa, terminé de comprenderla del todo. Porque lo que se vivió anoche fue una celebración extraordinaria de música, de “negritud”, de elevación espiritual y al que cualquier adjetivo exagerado al que uno pueda llegar a acudir, le queda chico.
Llegué al estadio mientras se despedía Fabiana Cantilo (más temprano había tocado también Maria Eva Albistur), y cuando rumbeaba para ingresar al campo trasero, un “gentil” muchacho me ofreció acceder a las plateas bajas. Negociamos un poco el valor de la prebenda, finalmente (y después de confirmar que yo no era hincha de San Lorenzo), accedió a la rebaja y me acompañó hasta la platea sur baja, desde donde tuve una mejor visión. Así que no puedo dejar de agradecer a la gente de La Pandilla, desearles suerte para el domingo y aconsejarles desde este humilde espacio que no malgasten lo recaudado en drogas (???).
Poco después de las nueve y media apareció Stevie Wonder por primera vez en un escenario argentino, bastante más gordo de lo que uno lo recuerda, algo más pelado (aunque con sus largas trenzas inamovibles), una especie de túnica verde y una teclado colgado de sus hombro a lo Pablo Lescano (???). “How sweet it is (to be loved by you)” de Marvin Gaye fue el tema elegido para arrancar, y ya cuando el reggae en tono pop “Master blaster (Jammin')” empezó a sonar, varias de las personas saltaron de sus asientos para ponerse a bailar en el pasillo inferior de la platea.
En mi caso (y creo que a la mayoría también le sucedía) descontábamos una banda contundente. Y en todo ese primer tramo del show vamos a confirmar esa idea, y a ir incorporando los sonidos de tal manera que cuando estalla “Higher ground” los extraordinario nos resulta natural. En esos primeros temas se repite el esquema, con música y ritmo que gana en intensidad hasta alcanzar climax inolvidables. El groove que la banda contagia, la voz de Stevie Wonder que gana en temperatura y no da signos de desgaste, y regalos como “The way you make me feel” de Michael Jackson hacen que uno quede anonado ante un conjunto que se supera minuto a minuto. El tono recién bajó cuando hicieron ingreso las banderas sudafricanas y Stevie cantó “Keep our love alive”, (igual que dos días antes en Chile) dedicado a celebrar la vida de Nelson Mandela. Este tema viene siendo presentado como estreno, pero cuenta con al menos una versión anterior, en el Madela Day de 2009. En el final, cuando Stevie canta “And am blessed with air on earth to breathe, I know I'll live to keep our love alive” y deja su garganta flotando en una nota interminable, resulta casi imposible no soltar una lágrima.
Es cierto que ante figuras del tamaño del artista que teníamos enfrente no hay manera de no sumirse en la devoción más absoluta. Pero en particular Stevie Wonder irradia un carisma dificil de explicar. Tal vez no haya mejor forma de graficar la alegría de un músico haciendo lo que le gusta, que esa imagen del Stevie sonriente, elevando levemente su rostro y moviendo su cabeza de un lado al otro a un ritmo que no siempre está en sintonía con lo que canta, y que pareciera estar regido por un éxtasis interior. Al mismo tiempo se vuelve terrenal y guia a las voces masculinas y femeninas del público armando coros y contrapuntos vocales fascinantes. Y su humildad no parece encontrar límites, actitud que mantiene debajo del escenario, como cuando elije que el reconocimento otrogado por el Gobierno de la Ciudad se haga en privado, o como cuando se puso a zapar hace unos días en San Pablo, sumando su armónica a un saxofonista callejero.
Aún en los tramos más “easy listening”, como la triada “Overjoyed”, “Lately” y “Ribbon in the sky”, el clima no descendió jamás. Justamente en esta última, al comienzo la garganta le juega una mala pasada a Stevie (el tema arranca unos cuántos tonos más abajo que su registro promedio), que pidió disculpas, y terminó descollando mientras el tema se funde lentamente con “Waiting in vain” de Bob Marley.
Si hay un punto culminante en la carrera de Stevie Wonder son esos discos inolvidables de la primera mitad de la década del '70. “Talking book” (hace poco versionado íntegro por Macy Gray), por supuesto, y también “Innervisions”. De allí escuchamos la extraordinaria “Golden lady”, con la percusión sutil haciendo maravillas, y congeniando sonidos de una forma admirable. Y después la sorpresa con la presencia de Fabiana Cantilo, quien machete en mano, compartió con Wonder “Love's in need of love today”, el tema que daba cominenzo a ese otro disco que no puede faltar en ningún hogar: “Songs in the key of life”.
El ritmo volvió con “Don't you worry about a thing”, y en “Living for the city” el sonido de Nueva Orleans deriva en funk bien bailable. Saltaron después los illya Kuryaki and The Valderramas, en otra sorpresa enorme (Dante se lo había cruzado un día antes y hablaba de haber saludado a Dios, no me imagino lo que debe haber sentido al estar allí arriba con él), quienes sumaron rimas de temas propios, como “Ula ula” y “Abarajame” a “Do I do”. Las citas argentinas siguieron en “You are the sunshine of my life”, aunque en ese caso solo se trató de la aparición en las pantallas de la imagen del negro Rada descubierto por las cámaras en la platea, que fue saludada con efusividad por el público. Y después “Isn't she lovely” y el estallido con “Signed, sealed, delivered (I'm yours)”, que aunque no tenga de por sí un mensaje religioso, en su éxtasis gospel vuelve creyente al más ateo.
“My cherie amour” fue otro tramo romántico que culminó con “I just called to say I love you”, esa canción que odiamos desde siempre, (odio que por otra parte reafirmamos con el hilarante tramo de “High fidelity”) y que sin embargo anoche tarareamos embobados. Y “Sir Duke” y su sección de vientos demoledora fue levantando otra vez la temperatura, para que el show se cierre con “Superstition”, de la que solo diré que para describirla, tomen cada palabra, cada adjetivo y cada elogio que leyeron hasta ahora y lo multipliquen por diez. En medio la presentación de la banda, el agredecimiento para Fabiana, y Dante y Ema (sic), y un público que cuando guarda la mayor ovación para el bajista Nathan Watts, demuestra que entendió todo. Stevie Wonder se retira del escenario acompañado por las coristas, mientras la banda cierra el show a puro swing. Recién cuendo las luces se encendieron, comprendimos que no habría más. Aunque a decir verdad, después de ese “Superstition”, nada mejor hubiese sido posible.
Me fui entonces acelerando el paso hacia Rivadavia, asumiendo como propia aquella sentencia de mi amigo, y recordando la decepcionante noche del 27 de Abril de este año, cuando bajo una tormenta descomunal, de ese mismo estadio salí decepcionado por la anodina victoria de Sergio Martinez sobre Martin Murray. Pero todo eso quedó atrás, porque después de lo de anoche, sí que voy a poder contar que por fín vi a un Maravilla en Velez, ganando por knock out.



sábado, 7 de diciembre de 2013

Amparo Sanchez en Niceto

La música tiene el poder maravilloso de cubrir con su propias características a quien decida someterse a ella y dejarse llevar. Y cada estilo, cada sonido y cada ritmo encuentra la manera de filtrarse en los poros y transformar al público cuando se somete a ellos. El jueves por la noche yo había visto al trío de Adrian Belew, y el poderío del grupo me había literalmente avasallado y me había dejado con los pies en el aire. Y anoche, después de la fiesta que armó Amparo Sanchez, salí de Niceto con los pies devueltos al suelo. Suelo que a decir verdad, no es solo el piso, sino también tierra, raíces y esencia. Porque hay que decir que aunque Niceto sea una especie de cajón cerrado con escasa (o nula) ventilación, la música hizo que quienes nos acercamos hasta el boliche de Palermo hayamos sentido la brisa y la libertad de una fiesta al aire libre.
Habían pasado pocos minutos de las nueve y media, y cuando todavía éramos unos pocos en el recinto, Jairo Zavala (ex La Vacazul) ingresó al escenario para amenizar la espera con algunas canciones de su proyecto solista Depedro. Sólo con su guitarra se centró en su disco “La increíble historia de un hombre bueno”, que grabara en 2008 con los Calexico, amigos en común con Amparo. Con mucha simpatía y a sabiendas de que el público no lo conocía, llamó a participar a la gente, se comunicó con humor, e hizo algunas buenas canciones como “Hombre bueno” y “El pescador” (todas en ese estilo latino marcado a fuego por los hermanos Auseron y Quique Sierra desde que grabaran “La canción de Juan Perro” en los '80). Se mostró como buen guitarrista y eso suplió la ausencia de banda de acompañamiento. El set tuvo como perla la presencia de Amparo Sanchez, vestida casi de entre casa todavía, para compartir una bella versión de “La llorona”.
“ Soy el poder dentro de mí. Soy el amor del sol y la sierra. Soy gran espíritu y soy eterna, mi vida está llena de amor y alegría ” dice Abuela Margarita, la chamana heredera de los chichimecas, inspirando desde la introduccción al disco “Alma de cantaora”. Y es su voz repitiendo esas palabras la que se escucha como bienvenida mientras Juan Sans (piano y acordeón), Juampi Noriega (guitarra), Emilio Farias (contrabajo) y Luciano Maro (batería), los chicos argentinos que formaron la banda de acompañamiento para esta gira de la española por las pampas, se acomodaban en el escenario. Y mientras Juan Sans le otorgaba “oficialmente” la doble nacionalidad española y cordobesa, Amparo Sanchez entró al escenario mientras los músicos se acoplaban a la grabación y el vivo empezaba a concretarse. Entonces sí dieron comienzo al show con dos temas de la etapa solista de Amparo: “La flor de la palabra” (de “Alma de Cantaora”) y “Hoja en blanco” (de “Tucson-Habana”).
Dije al principio que la española había armado una fiesta, y fue justamente “La fiesta”, del disco “Somos viento”, el primer tema de Amparanoia que se escuchó en la noche. Bien, acá hago un parate, porque antes de seguir tengo que contar algo que tiene que ver con mis expectativas. La etapa solista de Amparo Sanchez la había alejado sutilmente del sonido de su banda. Los tópicos siempre fueron los mismos, la reivindicación feminista, la libertad, la hierba, la ecología y los legados ancestrales. Pero el sonido, en especial el de “Tucson-Habana” que grabara con los Calexico estaba impregnado del clima desértico de Arizona. La instrumentación delicada, las trompetas lejanas y otros elementos que ni bien comenzó el show, supe que no iban a estar presentes. La Amparo Sanchez más “cantaora” y menos declamativa que había asomado en ese disco quedaba a un lado al presentar una banda que, aún siendo menos numerosa, remitía al sonido y espíritu de Amparanoia. Y hago esta aclaración porque no se trata de un reproche ni mucho menos, pero sí confieso que tenía ganas de ver a una versión sutil de Amparo Sanchez que solo apareció por momentos. Quedará para otra oportunidad.
Para el concierto se había anticipado una larga lista de invitados, que se inauguró con la cubana Yusa. Sus magníficas dotes de guitarrista le impusieron un clima aún más caribeño a “Pulpa de tamarindo” que nos dejó a todos subyugados. Simpática y talentosa, la cubana nos ganó el corazón y dejó a todos con ganas de más. Luego fue el turno de GasparOm de Los Umbanda que acompañó a la banda en “Somos viento”. “No estamos de paso, no somos fracaso”, una de las consignas más fieles al espíritu de Amparanoia se hizo presente para anticipar a Mara Santucho, la cordobesa voz de Los Cocineros a la que le tocó el nada sencillo papel de reemplazar a Mane Ferret en “Vieja pasión”.
A esa altura la gente bailaba cada tema, y respondía (primero con sutileza, y recién ante la arenga repetida, con fervor) a los pedidos de Amparo y los suyos, a seguir coros y estribillos. En “Corazón de la realidad” fue inevitable la cita a Chiapas, y el reggae volvió con “El destino”, del lejano “Feria furiosa” de 2001. Entonces Amparo Sanchez anunció una serie de buenas noticias en continuado, que comenzaron con el anuncio de que va a telonear a Manu Chao en Ferro el 14 de este mes, y que continuaron cuando contó que un tema nuevo, “El último cuarteto en París”, había sido grabado por la Mona Gimenez. Haciendo uso y abuso de su fáctica nacionalidad cordobesa, Amparo Sanchez nos mostró la canción y después invitó al escenario a Ariel “bicho” Galeano, la voz de La Cartelera, banda de ska también cordobesa, junto a quien hicieron “La cuenta atrás”, una optimista canción al planeta, que anuncia la extinción de la ambición exagerada del ser humano, y que entre las proyecciones y algún grito de la gente, sumó consignas contra Monsanto y contra la minería a cielo abierto. Por último, cerrando el círculo iniciado por las palabras de Abuela Margarita, “Alma de cantaora” clausuró el primer tramo del show.
Conociendo a Amparo Sanchez (quienes presenciamos la histórica despedida de Amparanoia en La Trastienda podemos dar cuenta de ello), y considerando el espíritu del show, el regreso al escenario iba a sumar un nuevo tramo prolongado al show. Pero no se trató solo de eso, sino que además en ese cierre se vio lo mejor, musicalmente hablando, del concierto. Junto a Jairo Zavala hicieron “Don't leave me now”, un tema compuesto en conjunto, y que grabara Depedro junto a Calexico. Allí vimos la mejor versión de Amparo como cantante, luciendo sus dotes vocales y su expresividad al máximo. Luego al duo se sumó Malena D'alessio de Actitud Maria Marta, y mientras Jairo deleitaba con un suave slide, Malena descargó su verborragia al cierre de “Mi suerte”, elevando la temperatura de Niceto hasta lo imposible. El último invitado fue Chimango, rumbero callejero catalán junto a quien hicieron esa alabanza a la nocturnidad que resulta “En la noche” de “El poder de Machin”, primer disco de Amparanoia. Se mezclaron los idiomas, los continentes, y bajo el ritmo de la rumba, la noche se consumó celebrándose a sí misma en lo que apenas sería un anticipo de un after party interminable.
En una fiesta con semejante cantidad de invitados, no había manera de no terminar con todos subidos arriba del escenario. Encima faltaba una invitada que quedó para el final: Vivi Pozzebon, que sumó voz y percusión. Así que la despedida definitiva fue un colosal despliegue de emoción y alegría de un grupo de amigos, que entre algunos breves lucimientos individuales, ofrecieron una interminable versión de “La parrandita de las santas”, con los músicos prestándose los micrófonos y festejándose a sí mismos en una comunión absoluta.
Después del viernes y el doblete de shows, mi cuerpo pedía comida y colchón. Así que lo que haya sucedido puertas adentro una vez que se cerró el telón que se los cuente otro. El año se termina, pero a mí (y por lo tanto a este blog) le queda un nuevo hito musical para cerrarlo. El jueves 12 debuta en Buenos Aires un tal Stevie Wonder.


viernes, 6 de diciembre de 2013

Adrian Belew Power Trio en el Teatro Opera

Yo tengo dos blogs. Dos blogs bien diferentes, por cierto. De este no tengo que dar muchas precisiones, salta a la vista su contenido. El otro, para los que no lo hayan leído, es de cuentos. Y en ese otro blog, en uno de los últimos posteos me permití ironizar exagerando una situación sobre la decisión de mi banco de elevarme a la categoría de cliente exclusivo. Pues bien, meses más tarde de aquella decisión sobre la cual no tenía mayores expectativas, la condición de cliente exclusivo me hizo acreedor de un lugar para ver a Adrian Belew en el Teatro Opera sin desembolsar un solo peso. Ese tipo de situaciones, que un banco regale a sus clientes entradas para ver a Adrian Belew, son las que me hacen pensar que la revolución ocurrió mientras yo dormía. Aunque tambien son las que en el momento de pleno uso de conciencia, me llevan a dudar de todas mis convicciones y principios. Eso sí, no iba a hacerme ningún tipo de planteo ético acerca de aceptar o no la invitación, eso jamás estuvo en duda. Así que entre al Opera dejando todos mis principios en la Avenida Corrientes, y después en terapia intentaré resolver las culpas.
Yo había estado en el Estudio Samsung en la anterior visita de Belew a Buenos Aires, y no habiendo novedades discográficas, no esperaba un show muy diferente esta vez. Claro que no me interesaba eso del todo, porque si hay algo que atrae del trío que integran Adrian Belew, Julie Slick y Tobias Ralph, es que más allá del repertorio, está pensado para tocar en vivo. Así que las ganas de estar estar frente a una nueva demostración del poderío del trío, en mi caso funciona como esos nenes que se ponen de nuevo en la cola de la montaña rusa, ni bien salieron de la vuelta anterior.
Bueno, dije que no había novedades, y en realidad sí las había: la nueva recreación de King Crimson anunciada por Robert Fripp, no incluye al guitarrista de Kentucky. Así que verlo entrar solo al escenario y dar comienzo al show con nada menos que “Matte Kudasai” resultó todo un símbolo, que con el correr del show se iba a afirmar, aunque haciendo hincapié en la cuestión con humor, y sin ningún reproche por la decisión. Algo que por otra parte Belew ha aclarado en cuanta nota dio desde que se conoció la decisión de Fripp. Después cony “B”, ya a banda completa, empezaron a construir un clima dentro de un teatro que iba a terminar ardiendo.
De entrada sucedieron un par de problemas técnicos, como por ejemplo unos arpegios que Belew grababa para dispararlos repetidos desde su laptop y que se revelaban atronadores, o incluso alguna queja de los tres músicos por el volumen de los monitores. De todas maneras nada sacó de sus cabales a Belew, que no podía ocultar su sonrisa ni con la gorrita con visera que le hacía sombra sobre medio rostro. Sonrisa que la contagió definitivamente a toda la platea, cuando nos regaló otro tema de “Discipline”: “Frame by frame”. “Writing on the wall” fue otro tema propio que anticipó a un clásico propio ("Young lions") y otro compartido: “Dinosaur”, aquel tema de “Thrak” que naciera en estas tierras, y que convirtiera a Buenos Aires en un oasis progresivo promediando los años '90.
A partir de allí el show se encaminó en una espiral creciente, cuyo poderío total iba a estallar alrededor de media hora más tarde. Tobias Ralph (en un punto de estilo más identificado con Mastelotto que Marco Minnermann, quien estuvo a cargo de la percusión en 2010) tuvo su lucimiento individual en la intro del expansivo “Beat box guitar”. El contrapunto de la guitarra con el bajo de Julie Slick es formidable, y promediando el tema, los sonido provenientes de los pedales de efecto de Adrian Belew remiten a todo tipo de animales, y de pronto nos vemos sumergidos dentro de un capítulo de Tarzan. “Neurótica” (de “Beat”, 1982) fue otro momento Crimson repetido con aquel set de 2010.
Adrian Belew no suele hacer exageración de sus virtudes, por suerte (y por eso lo queremos tanto), y si hay algo que jamás nos hecha en cara es su ego. Pero cuando el trio toca “Futurevision” uno no puedo hacer otra cosa que rendirse ante semejante demostración de destreza, inventiva y virtuosismo. Belew juega con sus pedales, inventa sonidos, se sonríe cómplice con sus músicos y además, tal vez de manera inconsciente (porque el tema está incluido en su setlist desde siempre) se suma a los homenajes a Nelson Mandela cuando canta “ I hope we can see there's more than one side. I know there's no such thing as race, just a human race. I hope we can see the world is not black and white”. Cuando termina el tema, abre los brazos y sacude sus dedos. Puede ser un gesto jocoso de su parte, pero es muy dificil pensar después de haberlo visto, que al terminar no le ardan los dedos. El concierto se cierra con el progresivo “E”, durante el cual la gente se levanta de sus asientos y se arrima al escenario como para comprobar que si lo que sus sentidos les venían transmiento provenía de personas de carne y hueso.
El show fue breve, pero la contundencia había sido tanta que a esa hora nadie pensaba en cronómetros. Y además cuando el trio volvió al escenario e hizo “Three of a perfect pair”, nadie se hubiese animado a reprochar nada. Al terminar los músicos entrelazados se arriman a su público y algún privilegiado recibe una pua de recuerdo. Belew presenta a sus músicos y a él mismo se nombra gracioso “I'm Robert Fripp”. Después pregunta, como si hiciera falta, si queremos una más, y la versión de “Thela hun ginjeet” provoca espasmos en algunos que pretenden seguir con las piernas, brazos y cabeza el ritmo desbocado del clásico de “Discipline”. Cierre perfecto con el espíritu de King Crimson presente en el Opera.
Ya fuera del teatro recapitulo y me doy cuenta que el show fue muy similar al de su anterior visita, en especial el tramo final. Aunque, tal vez todavía sacudido por la contundencia de la música, a mí me resultó más potente que la vez pasada. Pero Belew es un artista inquieto, no muy amigo de las rutinas, y me acuerdo entonces que promete para el futuro un nuevo proyecto: Flux. Así que mientras Fripp y los suyos estén buscando estar a la altura de su leyenda, Adrian promete hacer “música que no pueda nunca ser escuchada de la misma manera”. Queda la incógnita entonces para el futuro cercano. Por mi parte yo busco desembarazarme del chip Belew, porque esta noche voy a ver a Amparo Sanchez, y el cima será diferente.








viernes, 29 de noviembre de 2013

Lendi Vexer en Liberarte - Presentación de "Princess of nothingness"

A mí siempre me gusta hablar de las casualidades. O será que soy tan detallista, que a veces hechos menores, superfluos y secundarios son los que terminan por ser el hilo que encuentro para armar una historia. Digo esto porque ahora recuerdo que la vez anterior que hice una crónica de un show de Lendi Vexer, contrapuse el clima amigable e íntimo con el que me había encontrado escuchando al duo en vivo, con una imagen de marquesina de calle Corrientes con Ricardo Fort, que resultaba más que ofensiva. Y resulta que tengo la oportundad de volver a verlos justo en la semana en la que el nombre de Ricardo Fort inunda cuanto medio de comunicación exista en el país. Así que imagino que la música de esta banda de trip hop argentina funciona para mí como una especie de antídoto ante la vulgaridad, o algo por el estilo. Como sea, ayer aún no había hecho esta relación, simplemente disfrutaba de la espera en la puerta de Liberarte, con un encuentro fortuito y más que agradable, mientras entretenía al estómago demandante con caramelos de mentol.
Anoche las excusas eran varias. Como si la música ya no fuera suficiente, Lendi Vexer decidió celebrar sus diez años con un concierto abarcativo, aprovechando para presentar también su reciente EP “Princess of nothingness”, que además de tener su edición en CD, incluye la original (por estas tierras) versión en vinilo de 7” (acompañado por una tarjeta de descarga para 3 temas extra). Tal vez por todos esos condimentos, el tono melancólico de su música estuvo acompañado por un público que, entre tema y tema, se mostró festivo, acoplándose a ese marco celebratorio.
Abrieron con “Escape”, de su primer EP de 2004 y a partir de allí y hasta el “Simple circle” repetido al final, construyeron una atmósfera repleta de sensaciones melancólicas, cálidas e íntimas que como trazos que se decoloraban y recuperaban su brillo, arroparon y cobijaron a un público que solo rompió su carácter ensimismado cuando necesitó sacudirse el hipnotismo a fuerza de la algarabía cómplice de la celebración. El recorrido musical de Lendi Vexer fue casi en clave, pero si uno seguía las pautas y se incorporaba a la propuesta, no resultaba dificil sentirse parte de ese mismo camino. Porque si el punto de partida de la noche es ese sentirse libre como el viento planeando un escape, y el final una tácita admisión del carácter circular de la vida, uno encuentra que en definitiva los comienzos y los finales son relativos, y que cuando uno se encuentra bajo el influjo de esa música, el ambiente pareciera volverse atemporal.
En términos musicales, el duo integrado por Diego Guiñazu y Natalie Naveira (acompañados por la guitarra de Mariano Enriquez), sigue transitando la veta del trip hop en su versión más pura. Anoche desempolvando su versión electrónica, la que más los emparenta con el Portishead de “Dummy”, pero al que le han ido incorporando pequeños detalles acústicos, que los ha vuelto más tangibles y cercanos. Claro que no todo es tan ameno como parece, y la fragilidad de las melodías saben también recorrer otros climas más confesionales, nostálgicos o incluso desolados. Una voz en off recupera al Orwell de 1984 alertando que si “queres una foto del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano para siempre”, en “A boot doesn't ask, just trample”, y el despertar se vuelve un proceso tortuoso en “Refran suicida”. En ese contexto “Missing time” o “Tribute to desolation” transmiten el agobio del encierro, “Nothing was special” abandono, “Courtesy excess “ regala cínica ironía, y los climas crecientes como en “To play again” resultan maléficamente liberadores. La voz de Natalie sabe transmitir la atmósfera de cada tema, y es en su entonación en donde Lendi Vexer encuentra su mayor signo de identidad.
Para el final quedaron las cuatro breves y nuevas canciones. Primero “Stormy clouds”, tal vez la más emparentada con los trabajos anteriores del duo, y después la novedad del francés en “Désert”, con otra letra atormentada, y una mujer llamada Valerie extraviada, ahogándose en un desierto y secándose en el mar. Después “Luna de sal”, que es bastante más que un título spinetteano, ya que los colchones de teclados de la intro remiten irremediablemente a los inolvidables arreglos del Mono Fontana en temas como “Al ver verás”, por ejemplo. En estos temas Natalie se acompaña con la guitarra acústica, y son adornados por sonidos de viento, que terminan de volverse también acústicos en la armónica del tema que da nombre al EP: “Princess of nothingness”, y con el que iban a cerrar el concierto, sino fuera por el repetido “Simple circle” que complació a un público que pidió por una más.
La noche había comenzado algo más tarde de lo previsto, así que aproveché que ya había pagado mi cerveza, para hacerme rápido de un CD y luego de un taxi en la Avenida Corrientes, que me estacione directamente al borde de la cama. Aunque ni el cansancio, ni el casette de Cacho Garay que escuchaba el taxista, (muy divertido, pero poco a tono con mi noche), me hicieron desistir de una oida extra al EP ni bien llegado a casa. Puede que hoy sea todavía viernes, pero para mí, el fin de semana ya había empezado.


viernes, 22 de noviembre de 2013

Hamacas al Rio y Un día perfecto para el Pez Banana en Ultra Bar

Antes de contar sobre el hermoso show de Hamacas al Rio anoche en el no menos bello Ultra Bar, tengo que confesar que si yo me guiaba por mis energías disponibles a las siete de la tarde, lo último que debería haber hecho era salir el jueves a la noche. O en todo caso ir a ver a alguna banda tipo Metal Church que me despierte a guitarrazos. Pero recordé al poeta Almafuerte que decía que no te des por vencido ni aún vencido, y ese empujón a la confianza que de pronto se me vino a la cabeza, me movilizó hacia el downtown (???) porteño. Hubo además dos cosas más que me activaron. Primero el hambre. Porque no había almorzado, en casa no había nada para cenar y en Ultra hacen una pizza individual de cuatro quesos de esas que te dejan los dedos todos llenos de aceite, que está buenísima. Y en segundo lugar, y principalmente, porque tenía muchísimas ganas de ver a Hamacas al Rio tocando en vivo.
Los que siguen este blog saben de mi debilidad por la banda, pero entre el parate/licencia de embarazo de Laura Ciuffo, y mi abultada agenda (??), no había vuelto a verlos después de su regreso. Así que tratándose del último show del año casi que era una obligación, al menos para mí. Y tengo que decir, aunque las conclusiones deben ir al final, que el reencuentro no hizo más que renovar cada uno de los motivos por los cuales yo me acerqué a su música.
De por sí, tratándose de un concierto breve y sin pretexto prefijado (como podría ser la presentación de un disco, por ejemplo), la selección de temas tenía mucho que ver en el impacto del set. Y Hamacas al Rio elegió abordar toda su discografía sin complejos, pero haciendo especial hincapié en los dos extremos de su trayectoria: el último disco “Al final el parque” (2010), y el debut homónimo de 2005, un trabajo cuyas muchas de sus canciones venían redescubriendo desde un tiempo atrás
Abrieron entonces con “Calmas”, y siguieron con “Andar” de “Mitad de Junio”. De entrada noté que a diferencia de otros shows la guitarra estuvo más emparejada con los teclados en la mezcla, y el sonido envolvente que los caracteriza ganó en “ruido” (en el mejor sentido de la palabra), especialmente en los tramos más intensos. Grandes novedades de arreglos no esperaba y tampoco las hubo. Pero el imprevisible recorrido que fueron trazando a traves de su propia historia hizo del viaje un llevadero y acogedor devenir para mis oídos.
“Sin decir” sigue teniendo el pulso de hit que el hermético mundo de las radios mainstream se pierde. “El tiempo” trasmite en clave íntima la impotencia ante lo inasible, y “Un pequeño relato” me sorprendió diciéndome hacia mis adentros: “che, pero qué bien que canta Laura!”, como si fuera la primera vez que la escuchaba, en una especie de inusual experiencia de extrañamiento. En “Irreal”, Hamacas al Rio sonó ameno y transparente, y recuperaron la clave intimista con “En mi”, del primer disco.
Tal vez lo mejor de la noche haya estado en la interpretación de “En el aire”, un tema al cual cuando salió “Al final el parque” no le otorgué la importancia que merecía. Tal vez por lo prioritario que me resultaba abocarme a las canciones menos usuales en su estilo, y esta me remitía inmediatamente a “Mitad de junio”. Pero anoche en vivo la redescubrí en su esplendor con una gran versión del tema. Después tocaron “Suerte” y cerraron con un excelente estreno, con final in crescendo de altísima intensidad que abre las mejores expectativas para lo que, uno espera, llegará a futuro.
Dije de entrada que se trató de un show breve y mientras Hamacas al Rio se despedía, yo pedía la segunda copa de vino, y llegaba rápidamente a la conclusión que en la calidez que me había cubierto el ánimo a esa hora, tal vez estaba la mejor prueba de la contundencia del show de anoche de Hamacas al Rio en el Ultra.
La noche no terminaba allí, sino que incluía una segunda propuesta musical, a cargo de Un Día Perfecto para el Pez Banana; la banda cordobesa que anda por Buenos Aires para grabar sus nuevas canciones, y de la cual yo tenía apenas referencias lejanas. Su disco “Suena” fue producido por Manza Esain (presente en la sala) y en ellos descubrí un pop/rock de guitarras, que en sus momentos de mayor experimentación y cuelgue de medidas pretensiones psicodélicas, es en donde ganan en eficacia. Eso sí, tienen una pequeña cantante llamada Lucila Escalante, que a pesar de que su voz me sonó algo monótona y chillona por momentos, por presencia y actitud, se nota que nació para estar sobre un escenario. Muchos de sus movimientos me hicieron acordar de Gwen Stefani, pero adelanto que mi cerebro es demasiado generoso a la hora de crear ese tipo de imágenes. Voy a escucharlos más tranquilo y después les cuento con mayor autoridad. Porque además de los méritos que les descubrí, tienen un nombre hermoso, que a decir verdad, exige un sacrificio enorme en términos de espacio para los más leales fans que quieran tatuárselo. Aunque si de tatuajes hablamos, con los antebrazos tatuados que vimos esta semana en los medios, cualquier cosa parece posible.











domingo, 3 de noviembre de 2013

Blur en Ciudad del Rock - Quilmes Rock 2013

                Hacia el final de “The universal” la gente no deja de corear en inglés eso de que esto realmente podría suceder, como si a esa altura nadie se hubiera dado cuenta de que en realidad la cosa no solo había sucedido, sino que estaba terminando;  como si ese canto fuera la comprobación de que todos siguieran viviendo adentro del sueño de una ilusión.  Damon Albarn con los brazos en jarra mirando a esa multitud, mitad asombrado y mitad  presumido, bien podría ser la postal de un final épico para una noche inolvidable.  Pero Blur no se conforma y con “Song 2” y una explosión lumínica fenomenal, va a gastar, y a hacernos descargar, las últimas energías que quedaban sin consumir en la noche de Villa Soldati.  Pero para semejante concreción había sucedido bastante, en un festival que había arrancado unas cuantas horas antes.
                Yo llegué escuchando a Richard Coleman a lo lejos terminar su set con “Memoria”. A esa altura el sonido denotaba potencia, y lo primero que pensé fue que me hubiese gustado escuchar en esas condiciones a Bicicletas, además de, por supuesto, el show completo de Richard.  No me dediqué a recorrer el predio del ex - parque de diversiones, cuyos únicos rastros son una montaña rusa oxidada, el doble soporte de lo que supieron ser unas sillas voladoras y la torre con la confitería giratoria que nunca llegó a girar. Pero a diferencia de sitios como el de Costanera Sur, los caminos  y el césped tienen límites más definidos, y una nueva carpeta de cemento cubre la parte de “campo” frente al escenario principal. Si bien los accesos no son sencillos, al menos temprano la cosa fluía con normalidad. No sé cómo habrá funcionado con la gente que llegaba sobre la hora, ni como funcionó con la desconcentración, porque también me fui rápido evitando tener que comprobarlo. El transporte público no abunda por la zona, menos a esa hora, y la idea de caminar hasta llegar a otro eventual punto en el que se pueda acceder a un taxi (por ejemplo) resulta por lo menos aventurada. El poco celo con algunos cuidados hizo que en un festival auspiciado por Quilmes, el campo se haya llenado de furtivos vendedores ambulantes  de Schneider. A nivel infraestructura no parece haberse hecho mucho en el lugar, así que por el momento la mentada Ciudad del Rock no parece ser otra cosa que un predio abierto, lo más alejado posible de los vecinos porteños con oídos sensibles y consecuentes votantes de PRO.
                El set que sí pude ver completo fue el de Café Tacvba. Los mexicanos largaron con “Pájaros” de su excelente último trabajo “El objeto antes llamado disco”, pero rápidamente apelaron a un repertorio festivalero, repleto de hits y centrado en los temas más latinos y bailables. “El baile y el salón”, “Cómo te extraño mi amor” y “La ingrata” le pusieron pimienta a la tarde, mientras un sonido que en su exceso de volumen había empezado saturado, se fue felizmente acomodando. De su último trabajo solo tocaron, además del inicio, “Aprovéchate” y “Olita del altamar”, y después del cover de Los Tres (que a esta altura ya les pertenece), “Déjate caer”, con canciones como “Chilanga banda” y “La chica banda” desataron su pequeño carnaval, entre un público que a medida que se llenaba de indies, iba perteneciéndoles un poco menos.  No faltó tiempo para promover la quema de florcitas, proclamas contra Shell y Monsanto (si de verdad alguien se las hubiese tomado en serio, habría que haber levantado todos los puestos de comida del predio), y cerraron mexicanísimos con “El puñal y el corazón”.
                Hubo que esperar unos minutos para que el escenario teñido de azul y el sonido de “Theme from retro” anunciara el comienzo del set de Blur, porque las bandas principales tocaron, a diferencia de otros festivales, todas en el mismo escenario. Después sí entraron los músicos, Damon Albarn saludó con un “Buenas noches”, y después de un “Are you ready?” de ocasión, desató una fiesta de hits, en una lista de temas perfecta.
Ya en el comienzo se abrió una paleta de todas las versiones en las que se puede  transfigurar la banda. Desde el beat disco house de “Girls & boys”, pasando por el punk de “Popscene”, el sonido Manchester de “There’s no other way” y la balada “Lennonista” con “Beetlebum”.
                A diferencia de lo que había pasado con Café Tacvba, en este caso el sonido se arremolinaba un poco, pero fue rápidamente corregido, e incluso quienes no estábamos cerca del escenario, escuchamos con enorme fidelidad. “Out of time” resultó una especie de gesto de Graham Coxon y Damon Albarn, ya que fue precisamente durante la grabación de “Think tank” en 2003 cuando sus diferencias se volvieron irreconciliables y motivaron la salida del guitarrista del grupo. Y después una especie de paradoja temporal: todo un set dedicado íntegramente a “13”, el disco que vinieron a presentar al Luna Park, en su anterior y única visita al país. En “Trimm trabb” el riff de Coxon guió a la banda y pasó de lo sugestivo al estallido made in Townshend;  en “Caramel”, el intermedio sonoro psicodélico hipnotizó por completo al público, y en ese punto tal vez se haya alcanzado el pico máximo del show, al menos desde lo musical. Después “Coffe & TV” le volvió poner ritmo a la noche, y luego de la cita homenaje a Lou Reed con unas líneas de “Satellite of love” (tal vez mi única decepción tenga que ver con que imaginaba que la tocarían completa), “Tender” se consumó como uno de los momentos más participativos por parte de las gargantas del público, que compartía a viva voz los “c’mon, c’mon” de la arenga de Albarn. Una chica adelantada que había llevado un cartel pidiendo cantar el tema con ellos, fue privilegiada con una invitación a subir al escenario.
                Como si el show se tratase de un homenaje a los mejores discos de su carrera, hubo una especie de segundo mini  set, esta vez dedicado a “Parklife”: con “To the end” fue todo hermoso, con la iluminación haciendo ver a la banda saliendo de una especie de salón en perspectiva; con “Country house” se permitieron un desvío de ese disco, con Damon Albarn (que no se sacó su campera de jean en toda la noche) corriendo por la pasarela del medio del público, palmeando gente, cantando y perdiendo el sonido del micrófono también.  Después hizo su ingreso el histriónico Phil Daniels, actor que llegó para resucitar en escena lo que había dejado grabado en el disco en 1999, y hacer “Parklife” mientras se cruzaban con Damon Albarn  en carreras desaforadas por el escenario, como dos dibujitos animados en pleno éxtasis lisérgico . Y por último y como cierre del show,  “End of the century”, y un final de alta emotividad con “This is a low”, y esa especie de caricia musical ideal para aliviar el desaliento.  
                Un acople distorsionado había quedado flotando en el ambiente, y cuando se agotó y las luces volvieron a iluminar el escenario, Damon Albarn estaba fumando, sentado frente al piano, listo para hacer “Under de Westway”, el tema nuevo que Albarn y Coxon estrenaran para el evento benéfico  War child, y que se convirtiera en el primer single del regreso del grupo. Y luego de “For tomorrow” llegó aquella escena épica con “The Universal”, la voz en estado admirable de Albarn cediendo protagonismo al público, y el golpe de knock out  con “Song 2” para terminar de redondear una noche  esperadísima por estos lares (las 30 mil personas que se acercaron a Saldati dan cuenta de ello), y cuya concreción terminó resultando perfecta.

                Después de haber visto a Oasis, y con los shows de los resucitados Suede y Pulp en 2012, el concierto de Blur de anoche fue para mí como completar un álbum de figuritas. Y Blur, como la última y más difícil, termina teniendo ese insuperable valor de la victoria y el premio extra.  


lunes, 14 de octubre de 2013

Muse, Jane's Addiction y Albert Hammond Jr Personal Fest 2013 Dia 2

Esta era para mí una semana de vacaciones. Después de una especie de retiro del mundo virtual  y una vida silvestre y un aire puro impropio de estos tiempos, volví a la ciudad con un montón de opciones para cerrar la semana de descanso. Entre pizzas con amigos y la excelente vuelta de Woody Allen al drama con “Blue Jasmine”, el domingo tenía dos opciones: o quedarme sufriendo una (a esta altura) previsible derrota de River frente al único equipo del futbol argentino que sabe a qué juega, o acercarme a la segunda fecha del Pesonal Fest en el GEBA San Martin. Si estoy escribiendo en este blog  y no descargando broncas en foros millonarios, está clara cual terminó siendo la elección.
Confieso que tenía decidido dejar pasar este festival, pero los cupones de descuento sobre la hora se han transformado en el límite de mis convicciones. La verdad es que Muse, después de haberlos visto dos veces, no está en un momento que pueda llegar a sumarme mucho en particular, pero la presencia de Jane’s Addiction y, en especial, Albert Hammond Jr hicieron que termine por decidirme. Del resto poco me atraía, así que llegué al predio tarde, y antes de lo que me interesaba, apenas vi el último tramo del set de Mystery Jets: folk bien arreglado, un slide llevadero, algo de psicodelia y armonías vocales interesantes. Cuando estaban empezando a interesarme, cerraron su performance con dos temas de bastante menor factura de lo que venían haciendo. De todas maneras que en el mundo de la música aun haya gente intentando invocar el espíritu de Syd Barrett no está nada mal.
Lo interesante del line up de la segunda fecha del Personal Fest fue que la manera en que se alineaban los grupos, convertía a la experiencia en un viaje musical por buena parte del hemisferio norte. De Inglaterra nos íbamos a la costa este norteamericana. Más adelante el salto sería hasta la costa oeste, y finalmente un regreso al Reino Unido. Y de la costa este tocaba más específicamente el turno de Nueva York.  “AHJ” el reciente EP de cinco canciones que acaba de editar Albert Hammond Jr es a mi juicio mejor que todo el último álbum de The Strokes. Si bien el último disco de la banda madre ayuda mucho para llegar a este juicio, no quiero eximir de méritos al guitarrista, cuyos dos trabajos solistas son una buena demostración tanto de sus dotes de compositor, como así también de cuánto del sonido de The Strokes le pertenece.  En el mismo escenario en donde en 2011 tocara con sus compañeros de banda, Albert hizo un set de poco más de una hora sostenido en los temas nuevos y en especial en su segundo disco “Yours to keep”. De allí arrancó con “In transit” y “Everyone gets a star” y junto con dos guitarristas más (uno de ellos igualito a Martin Lousteau) armó una pared eléctrica que nos retrotrajo a los tiempos de “Is this it”. Alentado por un persistente grupo de fans femeninas que lo tiene por sex symbol, bailó con la música que llegaba de los escenarios menores, se mostró de buen humor y a gusto con su banda, e intercaló algunos temas nuevos y covers. Entre estos últimos sonó “Postal blowfish” de Guide by Voices, y entre los nuevos se destaca la furia de “Carnal cruise”. Hay que decir que cada vez que Albert Hammond Jr juega a ser Pete Townshend el rock gana diez años de vida extra. Y como corolario de un show compacto que nos dejó a punto para Perry Farrell y los suyos, cerró con una incendiaria versión de “Last caress” de The Misfits.
El caso de Jane’s Addiction es particular. Después de demorarse años en pisar estas tierras, ahora resulta que vienen todos los años. La primera vez fue tocando, paradójicamente, para una compañía de telefonía celular competencia de la que organizaba este festival.  Y habiendo visto aquel primer show, tengo que decir que este tercero fue casi el mismo. En su reunión la grabación de material nuevo es apenas una excusa (“The great escape artist” los coloca a la altura de una anodina banda de hard rock y poco más), y sus shows se sostienen, felizmente, en los tramos más logrados de su carrera, allá por los principios de los ’90. La puesta y las dotes de Jane’s Addiction son las de siempre. Las chicas que bajan al escenario vestidas de novia y que terminan en una cita sadomasoquista, y una puesta que destila sexo sucio en todos los detalles. Pero además la base de Chris Chaney y Stephen Perkins sigue resultando imbatible y poderosa, la guitarra de Navarro sigue incendiándose en cada solo, y la voz aguda y el despliegue escénico de Farrell consuman un suceso que por repetido, no pierde su poder avasallante. Si bien abrieron con “Underground” de su último disco, la línea de bajo de “Mountain song” y luego “Just because” pusieron las cosas en su lugar. La energía liberada desde el escenario contagió a un público que no era mayoritariamente el propio (condición que se notó cuando sobre el final de su set la gran mayoría de gente prefirió abandonarlos para encontrar mejor ubicación frente al escenario principal). Perry Farrell aprovechó para promocionar la edición local de Lollapalooza para 2014, y recordar una vez más que hizo las veces de DJ en Pachá mientras el país se deshacía en Diciembre de 2001 (con una sola referencia a un presente mucho más esperanzador, se ganaba un lugar en los spots de Filmus). En “Ted, just admit it” las chicas volvieron a mecerse sobre el escenario, pero ahora enfundadas en cuero y armaron con Farrell su escena hardcore mientras el tatuado Dave Navarro  toca como ajeno a lo que sucede a sus espaldas, aunque si uno presta atención percibe que es la tensión de sus dedos aferrados a la guitarra lo que conduce toda esa puesta. “Ocean size” fue adrenalina pura, y “Stop!” (con el “señores y señoras: nosotros tenemos más influencia con sus hijos, que tú tienes. Pero los queremos” incluido) cerraron el show. Aunque en realidad continuaba, pero decidieron salirse un minuto del escenario y eso resultó fatal. La gente empezó a cambiarse de escenario y cuando volvieron e hicieron “Chip away” y cerraron con la contagiosa y acústica“Jane says”, buena parte del público les daba la espalda. Insólito y solo explicable bajo el eclecticismo del público de festivales. Jane’s Addiction estaba dando un show del carajo, y algunos (muchos) eligieron quedarse sin el postre.
Con Muse puede que termine siendo injusto. Creo que cuando llegaron por primera vez con “HAARP” bajo el brazo, estaban en el punto culmine de su carrera. Todo lo que hicieron

después me pareció de un tono menor, en algunos casos impropio de su potencial. La banda tiene dos caras, con canciones a las cuales se abocan desde un lugar progresivo, pero muchas veces abusan de una emotividad que los coloca al límite de lo empalagoso. Si se trata de dividir mejor las aguas, yo podría decir que Muse me interesa muchísimo más cuando remite a Rush, que cuando imita descaradamente a Queen. Eso sí, pocos entienden como ellos el concepto de rock de estadio (no por nada fueron teloneros de U2 en su segunda visita al país), y cuando lo ponen en práctica construyen un espectáculo digno del tamaño de la banda. Tengo que decir que me sorprendió la masividad del show, jamás creí que pudieran meter 25 mil personas. Eso significaba que muchos (la mayoría en realidad) los estaba viendo por primera vez, y por eso resulta comprensible el asombro casi pasmoso que se produjo en algunos rostros ante la puesta. Después de un video con “The 2nd law: Unsustainable” de fondo, la banda dio comienzo al show con “Supremacy”. Enseguida “Map of the problematique” los retrotrajo a sus mejores tiempos, y con “Panic station”, se convierten un banda bailable y funk, en una de sus más sorprendentes formas en las que se reinventan en su último disco.
En la primera parte del  set, Muse se preocupó por poner a la gente ante las canciones más conocidas y celebradas: “Plug in baby”, “Resistance” (gracias Brian May) y la imbatible “Knights of Cydonia”. La banda es precisa, Bellamy no deja de lucirse sin abusos, Chris Wolstenholme es una máquina perfecta, y la batería de Dominic Howard sabe trabajar sus golpes potenciando los impactos emocionales.  En el cover de “Feeling good”, Matthew Bellamy juega a ser Freddie Mercury, aunque resulta meloso al extremo. A continuación con “Follow me” la noche se convierte en una apoteosis de luces y rayos laser, haciendo el tramo de mayor despliegue desde lo  visual. Si uno intenta seguir el concepto del concierto se encuentra ante una alerta casi apocalíptica, cargada por una épica que por momentos satura (“Guiding light”), aunque los idas y vueltas en los climas son los que sostienen al show. Entonces “Liquid state” (con Wolstenholme en la voz) me devuelve la esperanza, “Madness” los regresa al pop más pegadizo (no choreen, yo también tuve  “A kind of magic”, chicos), y “Time is running out”, con intro de “The house of the rising sun”, suena como en sus mejores tiempos.
El tramo final incluyó “The 2nd law: isolated system” sobre la proyección de un video agobiante con unos chicos corriendo escapándose de un mundo que parece perseguirlos en su destrucción, y el pop directo de “Uprising” y “Starlight” como para amenizar y cantar con la gente. Para el final guardaron “Survival”, con el cual expanden su pretensión épica hasta el infinito, y lo que era una alegoría sobre la competencia deportiva (fue la canción oficial de las olimpíadas de Londres), termina siendo una ofrenda por demás pretenciosa con Bellamy cantando “revelaré mi fuerza a toda la raza humana. Sí, voy a ganar”, como si se tratase de un líder salvador entre ese mundo alienado sobre el cual por casi dos horas, intentaron alertarnos. Puede que alguien se haya quedado esperado algún bis, pero robarles ese final heroico hubiese sido un pecado.


jueves, 3 de octubre de 2013

Bicicletas en La Trastienda - Presentación de "Magia amor locura animal"

Magia, amor, locura animal. Estas palabras que bien podrían ser un compendio del universo que rodea a Bicicletas desde hace doce años, son además el atildado y preciso nombre del tercer disco de la banda, cuya presentación aconteció ayer en una concurrida noche en La Trastienda de San Telmo. Yo llegué con la abierta expectativa que me había provocado un disco, al cual en un principio miré con sospecha, que a la segunda escucha empecé a tomarle simpatía, y al que una vez puesto a prueba sobre un escenario, le auguro el mismo destino inamovible en mi Ipod que al resto de los trabajos de Bicicletas, incluyendo EPs, covers, y cuanto material esté dando vueltas por allí. Pero cuidado! Las conclusiones deben ir al final, y yo me estoy adelantando un poco.
A pesar de que la previa con buena música invitaba a adentrarse temprano en la sala, la gente prefirió quedarse afuera, esperar a los suyos y no entrar hasta último momento, o bien hasta que el insistente llamado del patovica de la puerta terminara por hartarlos. Yo sí entré temprano y me mandé directamente a la barra a buscar una empanada, porque mi organismo imponía la necesidad de un estómago lleno para aumentar la tolerancia a la suma de antigripales de la semana. De todas maneras no hubo que esperar mucho para que Bicicletas iniciara el show con “Sicario”, uno de los nuevos temas que guarda el espíritu del viaje que hicieran a Mexico hace un par de años, y que evidentemente dejó algunas huellas en su música. Los arreglos de la guitarra de Federico Wiske, el sintetizador contagioso de Ignacio Valdez y las voz inconfundible de Julio Crivelli, y todos los rasgos característicos de la banda dijeron presente de inmediato sobre el escenario.
El show fue de menor a mayor. No solo por el clima que se fue generando a partir de la sucesión en la lista de temas, sino porque la banda pareció afianzarse con el correr de los minutos y las nuevas canciones comenzaron a irradiar la frescura y la alegría que en su esencia pretenden. El espíritu del disco es festivo, muchos momentos invitan al baile, más que al éxtasis psicodélico de otros tiempos. De todas formas, este paso adelante, esta suma de ritmos y climas, no le quita a Bicicletas un ápice de identidad. “Magia” es un electro rock bailable que los convierte en los Franz Ferdinand locales. “Buen muchacho”, con una base que remite al Sumo circa “Mejor no hablar de ciertas cosas”, transmite toda su energía, y hace que los pasos que venían danzarines comiencen a convertirse en rígidos y persistentes. Y “Buen día” y “El viento” son canciones de un optimismo que, si bien no es inusual en la música de Bicicletas, pocas veces había sido expresado de manera tan elocuente.
Hasta ese momento solo habían tocado canciones del nuevo álbum, así que a la hora de sumergirse por primera vez en su discografía, viajaron (nunca mejor usado el verbo) hasta “Deslizate naranja”, (su primer EP de 2003). De allí hicieron “Elefantes” y luego de otra nueva (“Siempre”, que remite inevitablemente a esos primeros tiempos de Bicicletas), “Ojos”, como para los que no habían esuchado aún el disco nuevo, empiecen a sentirse a gusto entre sonidos reconocidos. Y “Pica pica” y su ritmo frenético y punzante, que disparó los primeros flashes, tan típicos en sus puestas lumínicas. A esa altura el show había alcanzado una temperatura que ni esas baladas somnolientas, con guitarras etéreas e hipnóticas, como “Adelante” y “El gran Houdini” consiguieron apaciguar.
Anoche el quinteto estuvo acompañado en todo momento por Sergei Grosny, quien aportó alguna programación, teclados y percusión adicionales. Aunque se trate de un solo músico más sobre el escenario, para una banda que construye su mejores arreglos a fuerza de sobreponer sonidos y texturas, el detalle no resultó menor, y le otorgó un plus más que valioso, que en los momentos de mayor contundencia del show, resultó fundamental. “El extranjero” también proviene de su experiencia mexicana. Ya lo habían presentado en la celebración por sus diez años en Niceto, y eso lo convirtió en el más rápidamente adoptado de los temas de “Magia amor locura animal”. “Un jueves” (otra vez el viaje hasta “Deslizate naranja”) se hermanó naturalmente con la nueva” Amigos”, una balada mid tempo que inevitablemente remite a esas primeras épocas. A “11 y 20” la oímos renovada, con los contagiosos teclados más al frente en la mezcla, y ese tramo del show se cerró con una (otra en realidad, porque siempre resulta así) infernal versión de “Granada y pasaíso”.
Como si hubiesen necesitado desembarazarse del disco nuevo para dar paso a la celebración de las canciones más conocidas, a partir de ese momento Bicicletas tocó en continuado las cuatro que les restaban presentar. Primero “Mañana”, otra muestra de optimismo, con Agustín Pardo abandonando el bajo y sumando un tercer teclado. “La gran fiesta” invitando a un baile lento, con algunos de los tips clásicos de la banda puestos en tiempo presente, como ese deseo de viajar al sol. “No pienses nena que lo que suena es novedad”, canta Julio Crivelli, como anticipando lo que llegaría después. “Pistolero”, el irresistible corte de difusión, fue el más cantado de los nuevos. Y con “Número 1” tengo que hacer una aclaración personal. Cuando la escuché la primera vez creí que a esa canción la iba a terminar odiando. Resulta una especie de chiste sobre lo que podría ser una insufrible canción del verano, y en muchos casos cuando la repetición le quita gracia al jueguito, la melodía no sabe sostenerse por sí misma. Sin embargo anoche se transformó en el climax del show. Los flashes avasallantes, el ritmo frenético, las guitarras perforando los tímpanos y unos Bicicletas desaforados en una performance brutal, que bien podría haber significado el fin del concierto, y nadie hubiese presentado queja alguna. Y aún cuando alguien lo hubiese pretendido, le habría llevado unos cuantos minutos salir del estado de shock, como para componerse en una queja creíble.
Finalmente llegaron los hits con una evocación a la noche de Abril de 2009, cuando en el mismo sitio, Bicicletas presentara “Quema”. Entonces “Pájaros” preparó el ambiente para que “Araña negra” sea el otro gran climax de la noche, con el grito de “piso la mierda de mi perro para tener suerte”, al cual la gente vocifera como un mantra enajenado mientras desde el escenario descienden las últimas dosis de energía. Y después “Quema”, para seguir agitando los espíritus a esa hora poseídos por la música y las luces. Pero si hay algo que Bicicletas sabe hacer es elevarte a esos grados de exaltación, y conseguir luego que el veloz descenso parezca en realidad un lento transitar por una atomósfera que entre chispazos de colores se amortigua y desvanece. Y casi sin darse uno cuenta, uno se descubre canturreando “Tren” y su despertar entre sábanas blancas.
El cierre fue con “Cara de rojo”, y el desafío al insufrible y lavado verde esperanza de Diego Torres. “Quiero volver a casa” canta Julio y cantamos todos tan convencidos, que los en extremo rigurosos hombres de La Trastienda, nos pusieron la música ni bien terminó el tema y nos privaron de un par de bises. O acaso no ameritaba “El sol” y/o su versión de “La casa del sol naciente” como para cerrar la noche con un plus? Pero claro, en La Trastienda se aprovechan de que ya no hay un Charly García (no hace falta aclarar que me refiero a aquel otro Charly García) que les haga notar a los sillazos, que diez minutos extra en el rock, es bastante más que tiempo recuperado en un anodino partido de futbol.