sábado, 15 de junio de 2013

Me Daras Mil Hijos en Sala Siranush - Presentación de "Santo Remedio"

Me resulta raro armar una crónica de lo que fue el concierto de anoche de Me Darás Mil Hijos en la Sala Siranush porque al tratarse de la presentación de un disco al que no había escuchado, salvo algunos adelantos on line, los dedos tecleando me tientan a convertir esta crónica en un juicio sobre el disco en sí mismo. Porque aunque ambas cosas van de la mano, no necesariamente tienen que ser lo mismo. Sin embargo es imposible desprenderse a la hora de contar del primer impacto que las nuevas doce canciones de la banda producen, a medida que uno las va descubriendo.
Empiezo por retrotraerme unos años atrás, más exactamente a la noche del 3 de diciembre de 2009, en un Niceto repleto, con Me Daras Mil Hijos celebrando el final de la gira de presentación de “Aire”, su último trabajo hasta ese momento. La fecha me resulta imposible de olvidar, porque un día despues el flaco Spinetta repasaría toda su carrera en el inolvidable concierto en Velez. Y porque a pesar de la maravilla que sucedió una noche más tarde, perduran en mi memoria las imagenes intactas de ese jueves con Leonora Arbiser acomodando el acordeón por encima de su panza de embarazada y Kevin Johansen sumándose a la fiesta. Luego llegó un parate, un grupo transformado en quinteto y la concreción de “Santo remedio”, el disco al que fuimos anoche a escuchar completo por primera vez.
No conocía la Sala Siranush, había estado un par de veces a punto de ir, y por un motivo u otro no había podido hacerlo. Ubicada en el Centro Armenio en Palermo, entre un templo y el Colegio San Gregorio, resultó ser un lugar más que acogedor. Aunque la espera en la noche fría coincidió con una reunión en el patio del colegio, y mientras olíamos los aromas que llegaban desde las brasas daban ganas de olvidarse un rato de la música y arrimarse a la parrilla, la expectativa estaba dentro del teatro. Un recinto hermoso, con tres arañas dignas de museo y el público acomodado entre silloncitos y mesas, en las que puede disfrutar de una tabla armenia, quesos o pizzetas, y una copa de vino mientras disfruta del concierto.
A raíz de que, salvo algunos privilegiados, nadie había escuchado el disco, Me Daras Mil Hijos decidió iniciar el show tocándolo completo y en continuado (Qué cosa curiosa son las referencias que trae la mente, la última vez que recuerdo haber vivido una experiencia parecida fue con Spinetta y su “Para los árboles” en el Gran Rex). Sin nerviosismo, con orgullo y fe en esas nuevas canciones, la banda encaró cada uno de los nuevos temas como una auténtica reliquia. A medida que fueron pasando, cada una pasó a incorporarse a ese repertorio atemporal que consigue que cada nueva melodía pareciera haber existido desde siempre. “Algo del río” es remanso folk, que más tarde se vuelve pura sangre litoraleña en “Pasillo hacia el río”. En “Merienda” la angustia tensionada de una separación es cubierta por una bellísima melodía piadosa que pareciera sanar las almas de esos dos rendidos que se dirimen entre gritos y suspención. Y así pasan los temas mientras el grupo suma invitados que suben al escenario para enriquecer el sonido. Los coros de Pelu Romero, el piano de Horacio Gomez, el violin de Christine Brebes se suman a Gaspar Tytelman (percusión), Fede Ghazarossian (contrabajo), Santiago Fernandez (guitarra, cavaquinho), Gustavo Senmartin (guitarra eléctrico, acordeón) y Mariano Fernandez (guitarra y voz), y arman una especie de peña que hace de la presentación del disco una ceremonia que contagia cada uno de sus climas.
La música de Me Daras Mil Hijos, de impronta rioplatense pero de expansión ilimitada, tiene una característica que a mí es lo que más me impacta y rescato: las canciones hablan de rutinas reconocibles. De desayunos, siestas, trabajos, anécdotas que parecen llegar desde otro tiempo y lugar, pero que sin embargo son presentes y tangibles. De anécdotas ajenas que contadas en su sencillez pueden volverse propias De música llegada desde una radio a válvula sobre un mueble destartalado, de una tazón de leche mirando la, ahora improbable, escarcha citadina en la vereda. De recuperar aromas e imágenes que cruzan puentes imaginarios con el ahora, y de percibir como esas reminiscencias abandonan el pasado para covertirse en un cálido presente. De saber que a la hora de atesorar momentos y de construir rutinas, no somos tan distintos que nuestros abuelos. Y que la vida se celebra hasta en los momentos más imperceptibles y menos valorados. Por eso Me Daras Mil Hijos contagia la alegría de levantarse temprano a trabajar “para que mis hijos tengan lo mejor” (“Tempranito”), la inocencia infantil de “Canción desordenada”, y el voluntarismo optimista de “Esta no es una canción de amor” (Si hay que remar, yo remo. Si hay que nadar, aprendo. Si hay que esperar, espero. Si hay que volar, me suelto). La música de Me Daras Mil Hijos sana el espíritu, y por ese motivo “Santo remedio” es un nombre perfecto para el disco.
A mi juicio los dos puntos más altos (en realidad son tres, porque también incluyo “Merienda” a la que ya cité) son en los que participan los dos invitados que anoche estuvieron ausentes. “El inadecuado”, en donde el recitado de Daniel Melingo entrega algunos versos gloriosos (Los fantasmas no sangran, sangran los inadecuados. Los de la muerte romántica, poética, ególatra. Los que ruedan cuesta abajo en lugar de avanzar. Los que ven el abismo como quien mira al mar y comentan: qué lindo che...parece una postal). Y en el cual un slide delicioso acuna una historia espectral que parece escapada de una película de Wenders. Y “El reflejo”, en el que Liliana Herrero suma su voz para una canción que cierra el disco en un círculo volviendo al clima orillero, melancólico y en el que la espera de la lluvia para limpiar los espejos es tan palpable que hacen de la canción un cuadro pintado a fuerza de trazos de melodía y verso.
Una vez terminada la presentación de “Santo remedio” llegó el momento de abandonar las novedades y finalizar el concierto con las gargantas de la gente acompañando los clásicos reconocibles. Primero desde “Un camino, algún lugar” con “Ojos verdes”, un “Sueños de autostop” adivinado por una chica del público (que motivó una ironía sobre el setlist filtrado en wikileaks), y “Luna vieja”, con una gran performance de Horacio Gomez al piano. Después “Canción rota” de “Aire” y un viaje de más de diez años hacia al disco debut, con “Virgen de acero”. Por último “Invierno” haciendo honor al clima de afuera que después de una semana templada y húmeda, se había sometido al mandato del calendario. Sin embargo el “te veo y amaina el invierno” en boca de Mariano Fernandez traspasa su sentido original y se convierte en una perfecta descripción de lo que muchos sentimos dentro de la sala.
Había tiempo para más y ganas de levantarse un poco de las butacas. Todos, músicos y público lo entendimos así, y la niña del collar de flores, que ya debe marchar más que derechito y firme, volvió a tambalear con sus primeros pasos solo para ponernos a palmear un ratito. Y después todos los invitados juntos al escenario para “Paso bien cortito” y esa cumbia que a mí tanto me remite a Los Lobos y que terminó por romper la barrera con el escenario.
Afuera se vendía el CD en una edición limitada y artesanal que le entrega al disco un valor extra. Me Daras Mil Hijos habla de atesorar, y creo que es la palabra que más se acomoda al significado del disco. Y con esto no me refiero solo al formato físico, sino también a cada una de las canciones, y de la noche de presentación toda. Se repite el 6 de Julio y yo que ustedes me estaría asegurando un lugar.

viernes, 24 de mayo de 2013

Cat Power en el Teatro Coliseo

Ayer era la tercera vez que iba a ver en vivo a Cat Power. El dicho popular dice que la tercera es la vencida, pero en este caso las dos primeras habían sido victorias contundentes, con shows parecidos entre sí (a no ser por la banda de apoyo reducida en el segundo), en cambio en este caso la novedad era que, si uno andaba desprevenido por el mundo, Chan Marshall parecía estar feliz. Bueno...feliz. Aclaremos, porque se puede prestar a confusión: se trata de todo lo feliz que puede llegar a mostrarse Chan Marshall. A la hora de compilar su vida, la prensa suele hablar de abusos y excesos, uno ya sabe. De hecho su primera visita al país en 2001 mostró más de eso que de otra cosa. A ese show no fui, pero sí a los posteriores en 2009 y 2010 (la última en el mismo teatro), en donde vimos una versión de Chan Marshall mínima e instrospectiva. Ahora, luego de la separación de su novio Giovanni Ribisi, la nacida en Georgia parece haberse tomado las cosas de buena manera, y reaccionado hasta con cierto optimismo, algo que salta a la luz en “Sun” su disco del año pasado, en el que muestra un insospechado lado amable y pop. Todo esto al menos desde las formas de las melodías, porque a la hora de las letras, Cat Power deja en claro que no está dispuesta a ocultar ninguna de las huellas y heridas que resultan el saldo de aquella ruptura.
“Nubes en mi casa” era la banda soporte, a la que esuché apenas en sus dos últimos temas, suficiente como para deducir dos cosas: la primera, que era una buena elección para la noche; y la segunda, que tengo que prestarles atención, suenan prolijos, bien arreglados, y tienen una saludable vocación por las melodías. Eso sí, terminaron de tocar casi a la hora en que estaba anunciado el show principal, así que para disfrutar de Cat Power hubo que esperar un poquito. Una música suave amenizó una espera en la que se cruzaron Iggy Pop cantando en francés y Nico y la Velvet con “I'll be your mirror”. Un espejo justamente, tal vez un mirada lapidaria sobre sí misma es lo que haya dado origen a “Sun”, aunque no solo al disco sino a la gira toda. Porque los cambios en Cat Power no se limitan solo a la música, sino que se suman a su banda (de sus Dirty Delta Blues Band solo sobrevive el tecladista Gregg Foreman), y un rotundo cambio de imagen, que nos la devuelve a Buenos Aires con chaqueta negra, y pelo rubio, corto e irregular.
El show abrió con una letárgica versión de “The greatest” y una especie de blooper (o efectivamente un blooper, vaya uno a saber) porque un asistente se cruzó hasta el centro del escenario ya iluminado y con los músicos tocando, para buscar el micrófono con el que Chan entraría cantando. Y ni bien su figura se recortó en el primer haz de luz que la iluminó, buena parte de la gente en la platea abandonó sus asientos para colmarla de presentes: algún disco, recuerdos y, por supuesto, flores. Esa reacción de la gente no es nueva, y aunque esta vez pareció por lo menos apresurada, tiene que ver con la devoción que siente por la artista. Una devoción que es también una especie de ternura sobreprotectora, para con una Chan Marshall que se expone sin límites, que desnuda sus dudas y confiesa todos y cada uno de sus temores a traves de sus canciones. Porque aunque “Cherokee” suene pegadiza, y el “kissing me, when I'm going down” parezca jovial, solo anticipa el relato de una ruptura amorosa que se mostrará de manera descarnada.
El concierto se basó en “Sun” y apenas tuvo algunos gestos para con el resto de su discografía. Desde lo musical, la presencia de programaciones, y por momentos una doble percusión, le dieron otro ritmo al show, a diferencia de los que Cat Power nos tiene acostumbrados. En “Silent machine” la banda suena poderosísima a tres guitarras, y en “3,6,9” el ritmo es por demás contagioso. Chan Marshall recorre el escenario menos retraída que otras veces, como si ese pulso la obligara a mostrarse más segura. Alguna vez la vimos tímida, casi ensimismada, mientras que ayer, siempre con esos pasos lentos y alargados que caracterizan su andar por las tablas, se mostró más elocuente y decidida. Ese tono tiene mucho que ver con los ritmos del disco, que liberan un costado optimista que le desconocíamos. Aunque desde ya, todo en dosis mínimas, y con una fuerte mirada cargada de cinismo, sin inocencias ni incredulidades. Eso sí, no faltaron los momentos íntimos y de alta intensidad, como en “Bully” (un tema estrenado hace un año en lo del bueno de Jools Holland), cuando queda iluminada por un círculo de luz rojo, como en una sala de revelado, del que entra y sale como si su indecisión tuviera que ver con aceptar o no esa luz que la la descubre en su contorno. “Everything we now know, with a smile on our face. I, I can never forget” le canta Chan a un amor de los 27, que también dejó cicatrices. Esa intensidad se mantendrá con “Angelitos negros” de Pedro Infante, y esa especie de interludios apocalípticos que preceden a cada estrofa.
“Metal heart” es otro de los momentos más profundos, con una canción que la define e identifica tanto, que hasta la grabó dos veces en álbumes diferentes “I once was lost but now I'm found was blind but now I see you how selfish of you”. Otro clásico que sonó anoche fue “I don't blame you” (de “You are free” de 2003), e incluyó una destacada performance de Gregg Foreman en el piano. “Nothing but time” es una épica canción inspirada en la adolescente hija de su ex pareja, pero que vale como implacable visión del mundo adolescente (You know what you got to do. You ain't got nothing but time and it ain't got nothing on you). En el disco Iggy Pop se suma a los coros en los últimos versos, ayer nosotros no tuvimos ese privilegio. Y hacia el final, fiel a su estilo, Cat Power nos regala otro personal cover, esta vez de “Shivers”, el tema de Rowland Stuart Howard, el compañero de Nick Cave en The Boys Next Door y The Birthday Party., fallecido en 2009.
Entre las cosas que sorprenden en “Sun”, tal vez lo más inusual sea “Peace and love”, en donde Cat Power le roba un verso a la Nina Simone de “Funkier than a mosquito's tweeter” (“Peace and love is a famous generation ”), para casi rapear una despiadada visión del mundo, sobre una base irresistible, que termina con Chan Marshal (a esa altura con camisa celeste) sumándose a la percusión, en una versión suya tan divertida como infrecuente. Y para el final, porque no hubo bises, (apenas un amague de saludo en “Peace and love”, pero nunca se fueron del escenario), quedó “Ruin” y ese loop de piano contagioso sobre el que Chan Marshall despliega toda su desesperanza, relatando las postales más crueles de sus periplos por el mundo para concluir en un desencantado “What are we doing? We’re sitting on a ruin”. Mientras tanto, y como si ese teatro fuera una abstracción perfecta del mundo que relata, Chan se acerca a la gente, les toca las palmas de las manos, los saluda tímida y les devuelve las flores, lanzándolas de a una a una platea que en toda la noche, jamás dejó de observarla de cerca ni de velar por ella.

jueves, 16 de mayo de 2013

Rufus Wainwright en el Teatro Gran Rex

Alguna vez la edición local de la revista Rolling Stone publicó una foto de Rufus Wainwright en la plaza de toros de Valencia con una remera de Sumo que decía Luca Vive. Nunca hubo una explicación de cómo llegó esa remera a él, pero lo cierto es que a partir de esa curiosidad yo me había figurado una relación especial entre el artista neoyorquino y la Argentina. La cosa es que esta anécdota es de 2006 y los años fueron pasando y Rufus no se dignó a bajar a Buenos Aires; cosa que finalmente ocurrió ayer, junto con la primera ola polar anticipando el invierno y con la gente con ganas de amucharse alrededor de su piano para tenerlo y escucharlo bien de cerquita, mientras él contagiaba su calidez. Sí, alrededor de su piano, porque Rufus Wainwright vino solo, sin su banda, y esa ausencia de complementos que bien podría haber sido un déficit terminó resultando su mayor virtud. O acaso de haber venido con su banda, no habríamos reservado el adjetivo de mágico para su eventual momento en solitario sobre el escenario?, me preguntaba ayer a la salida del Gran Rex, mientras hacía sociales (??) con los contactos virtuales que la música vuelve de carne y hueso. Mágico entonces termina por ser un calificativo válido para todo el concierto.
Rufus entró a un escenario despojado con una boina ladeada, unos zapatos imposibles (a ver si Elton John se les atreve) y una bufanda con los colores argentinos la cual, según contó más tarde, le regaló su club de fans local. Su estampa hizo que por un momento tema que nos hubieran engatusado un Mike Amigorena de cotillón, pero no. Saludó con una leve reverencia y se sentó frente a su piano para dar comienzo al concierto con “The art teacher” de su disco “Want two” de 2004. De entrada nomás se mostró animado y charlatán, y para cada anécdota fue acompañada por el histrionismo de sus manos. Ya en el segundo tema, “This love affair”, deja una nota suspendida en el tiempo y su garganta entrega los primeros síntomas de una voz provilegiada en gran estado. Se acompaña en arpegios de piano más o menos complejos según el tema, pero el centro siempre está puesto en esa voz, tanto es así que a la hora de tocar “Vibrate” prescinde en absoluto de su mano derecha.
Rufus Wainwright fue alterando los climas del concierto intercalando canciones más amenas con otras de tono melodramático. Por lo general en los tonos amables se acompañó con una guitarra, mientras que el piano quedó reservado para los climas más íntimos, al menos en la primera parte del show. Entre los momentos más sencillos y contagiosos se destacaron las canciones de su último trabajo (“Out of the game”-2012) como “Jericho” o la que le da el nombre al álbum; y hasta la ironía tuvo su lugar en “Who are you, New York?”. A la hora de los homenajes, los beneficiarios fueron River Phoenix en”Matinee idol”, mientras que en “Memphis skyline” la dedicatoria es para Jeff Buckley, a quien Rufus confiesa que llegó a odiar por creer que jamás iba a poder cantar como él. “Then came hallelujah sounding like Ophelia for me in my living room, so kiss me, my darling stay with me till morning. Turn back and you will stay under the Memphis syline” canta Rufus en lo que probablemente sean los versos más bellos que se hayan escrito en tributo al enorme cantautor ahogado en el rio Wolf. Después el homenaje continúa con su versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen, incluída en la soundtrack de “Shrek”, canción de la cual Buckley hiciera su versión más conmovedora.
Tratándose de un artista confesional, resulta extraordinario como consigue transmitir los estados de ánimo que dispararon e impregnaron el momento de la creación de sus canciones, a sus versiones en vivo, y por consiguiente, al público. Podría decirse sin exagerar que Rufus Wainwright no interpreta sus canciones, sino que las revive. Todos los temas de “All days are nights: songs for Lulu”, por ejemplo, fueron escritos durante la agonía de su madre (la cantautora canadiense Kate McGarrigle), y los suplicantes versos como los de “Martha”, dedicada a su hermana, conmueven hasta el llanto. Los climas se contagian, las vivencias se comparten y el extraordinario registro vocal de Wainwright se convierte en un condimento exquisito y distinguido que adorna todas esas historias que encadenan el relato que conforma su propia vida. Pero como dije antes no todo fue drama, y una anécdota sobre un fetiche barato termina con “California” tocada en una guitarra de Hello Kitty. Y en “Going to town”, Rufus ironiza a lo Zappa sobre el sueño americano.
Los últimos años en la vida de Rufus Wainwright han sido muy movidos. La muerte de su madre en 2010 fue lo que más prolíficamente signó su obra, pero también en 2011 nació su hija Viva (concebida junto a Lorca Cohen, hija de Leonard y amiga de infancia), y en 2012 se casó con su pareja Jörn Weisbrodt. Esos elementos se aúnan en “Montauk” en donde Rufus le canta a su hija sobre su futuro con dos padres (One day you will come to Montauk and see your dad wearing a kimono and see your other dad pruning roses) para terminar citando al espíritu de su madre muerta (One day years ago in Montauk lived a woman now a shadow, there she does wait for us in the ocean ) en una de las melodías más bellas que haya compuesto. Después estremece hasta el dolor con “Zebulon”, (My mother's in the hospital. My sister's at the opera. I'm in love but let's not talk about it. There's so much to tell ya. I believe in freedom. Freedom's apparently all I need but who's ever been free in this world? Who has never had to bleed in this world? ), y como si en un click fuese capaz de transformarse, termina el concierto risueño y divertido con “Cigarretes and chocolate milk”.
Para los bises guardó dos de sus clásicos como son “Poses” y “Foolish love”, primera canción de su primer disco de 1998. Parecía que todo terminaba allí, Rufus ya había recogido las flores que le arrojaron al escenario, más algún CD de algún osado e iluso artista local, y la gente se aprestaba a buscar sus abrigos para volver a enfrentarse con la lo polar. Pero tal vez allí afloró aquella imaginaria comunión que yo imaginé a raíz de la inexplicable remera de Sumo, y Rufus volvió al esceanario para despedirse en frances haciendo “La complainte de la butte”, la canción de Jean Renoir que grabara para la banda de sonido de “Moulin rouge”. Ese tipo de atenciones son las hacen que uno se sienta por un momento privilegiado y especial. Perfecto final para el concierto de un músico que coquetea con el musical casi tanto como con la ópera, y que hace de cada melodía una auténtica y compleja artesanía. Y la voz, claro. Esa voz imposible que me convence de que si hasta ahora no se me había dado por cantar, después de anoche cualquier intento tendrá todavía menos sentido que antes.

miércoles, 24 de abril de 2013

Television en el Teatro Vorterix

    Stephen Malkmus acaba de grabar junto a un puñado de amigos su versión de “Eye Bamyasi”, el disco que Can grabara en 1972. Qué tiene que ver este dato con el show de Television anoche en el Teatro Vorterix? Mas allá de que basta escuchar “No more shoes”, en “Face the truth” (el disco de Malkmus de 2005) para comprobar el grado de influencia que tiene Verlaine sobre el fundador de Pavement (y que bien serviría como excusa para trazar infinidad de lineas que crucen discos y artistas); se m
e ocurrió citarlo porque aquel álbum de los alemanes acaso sea junto a “Marquee moon” uno de esos trabajos emblemáticos que a pesar de los años siguen estando un paso adelante de la mayoría de música que se edita por estos días.
    Entré al teatro cuando Sol Pereyra, la mexicana compañera de Julieta Venegas, estaba terminando su set. El público la despedía con un aplauso apenas respetuoso y yo, que ni siquiera sabía que había telonero, me fui a buscar algo de cerveza y procurar un lugar más o menos cómodo. Se preveía que el Vorterix iba a estar lleno, la ventilación del lugar es más que insuficiente, y la idea era colocarse a salvo de esos concurrentes que no hacen otra cosa que recorrer la pista entre la gente como si estuvieran en los pasillos de las combinaciones del subte. De esas dos pretensiones lo único que conseguí fue la cerveza.
    La expectativa era grande, Television acá (especialmente acá) es más una banda de culto que otra cosa, pero quienes sostenemos ese culto lo hacemos con absoluta devoción. Que haya que haber esperado tantos años para tenerlos frente a frente hizo que nos privemos del lujo de ver a Richard Lloyd sobre el escenario, pero considerando que el establecimiento de Jimmy Rip en el país fue lo que probablemente haya posibilitado esta chance, no había mucho para lamentar. Por otra parte el ladero de Verlaine tiene años trabajando a su lado, y el mismo lider de la banda resalta que la química entre ambos lo hace un digno ocupante del puesto.
    Abrieron el show con “Prove it”, con la voz de Verlaine un tanto baja (aspecto que se fue corrigiendo a lo largo del show) y a partir de allí redondearon un show inolvidable. En casi 40 años de carrera Televisión editó apenas tres discos; aún así la banda en vivo rinde culto a su pasado pero se muestra activa y vigente. Por eso además de citar a “Adventure” (1978), “Televisión” (1992) y desde ya “Marquee moon”(1977), pudimos escuchar temas de lo que alguna vez podrá llegar a ser su cuarto trabajo. Aunque a decir verdad, con Television sobre el escenario, el setlist es lo de menos. Cada tema es una excusa para el despliegue de dos guitarras que recorren estilos, juegan con los sonidos, dialogan entre efectos y construyen un clima que va del hipnotismo a la fascinación, pasando por la psicodelia, dejando rastros de virtuosismo y no abandonando jamás la impronta rockera que las moviliza.
    Television permite que entre su público pueda haber tantas remeras de los Stooges como de Robert Fripp, y que ninguno vaya a sentirse sapo de otro pozo. La voz nasal de Verlaine y por momentos su manera casi recitada de cantar, lo pone a mitad de camino entre Lou Reed y Johnny Lydon. Y aunque la poética intrincada de Verlaine es uno de los grandes atributos de Television, en vivo lo que prima es el sonido de un tandem de guitaras inigualable. No quiero desmerecer el trabajo de Fred Smith en el bajo, ni de Billy Ficca en la batería, pero a las cosas hay que decirlas como son, y el vuelo llega a fuerza de slides, “noise”, escalas enrevesadas y notas sostenidas en el espacio y el tiempo. “El rock es inconciencia, audacia, transgresión y muchas veces tambien es musica. Amigos el rock es muchas veces producto del azar o de algunos hechos fortuitos que hace que seres que serian incapaces de usar un abrelata lleguen al exito ” ha dicho alguna vez Peter Capusotto. Mas allá del chiste, pensaba que tal vez la primera parte de esa frase resultaba una buena definición para la música de Television, mientras descubría al mismísimo Capusotto (Diego, no Peter; su versión "seria" más cercana a la sección “y sus videos” del programa, que a los hilarantes personajes que compone) disfrutando del show en la parte alta del teatro.
    “1880 or so”, “The fire”, “Glory” fueron las encargadas de sumergirnos lentamente en clima mientras escuchábamos los sonidos que nos resultaban más reconocibles. En “Choppy chunga” el vecino Rip nos invitó a repetir el coro, en “Little Johnny jewel” dijo presente la versión más jazzera de la banda, mientras que “Venus” fue una especie de regalo entre tanto clásico ignorado anoche. El coreado y extenso “Marquee moon” (hay veces en donde ciertos acompañamientos del público restan más de lo que suman, hay guitarras que hablan por sí solas y esto no era, dicho con todo respeto, “Ji,ji,ji” muchachos) dio por terminado el concierto. Aunque hubo un regreso, y el cover de Count Five “Psychotic reaction” nos despidió de Television en una versión cruda y garagera. Nos quedamos un rato largo esperando por algo más, un tanto absortos por el descomunal show que habíamos presenciado y otro tanto porque guardábamos esperanzas de llevarnos algo más. Estábamos conformes sí, pero escuchar “Friction” no hubiese estado nada mal. O “Call Mr. Lee”, así yo citaba (como tenía pensado) al gran Arthur Lee y tendía un puente musical imaginario entre los '60 y los '70, pero no pudo ser.
    Me fui con la convicción de que será muy dificil que el año nos depare un show que pueda superar al de Television anoche en el Vorterix (así como creo que no será fácil encontrar un disco más lindo en 2013 que “The messenger” de Johnny Marr). Y me fui pensando además en el carácter atemporal del concierto, porque no es muy común que una banda clásica como Television, nacida en el CBGB en pleno corazón de Nueva York y de los '70, consiga no solo mostrarse actual, sino que todavía sea capaz de sonar innovadora. Un auténtico salto al pasado y al futuro al mismo tiempo. Ya en casa el cable me mostraba otra versión de los '70 en un viejo capítulo de “That 70's show”. No sé bien qué tendrá que ver esto con el concierto, pero Mila Kunis está más buena que un pan con manteca espolvoreado con Nesquik.

sábado, 13 de abril de 2013

The Cure en River Plate


            “Say goodbye on a like that is, if it's the last thing we ever do”. No, este tema no sonó, pero bien habría valido como una despedida serena para una noche que las más de 40 mil personas que estuvimos en el estadio más lindo de la Argentina no vamos a olvidar jamás. Noche fría y  mágica.  Noche que cayó lenta con una expectativa mayúscula y que consiguió que cualquier previsión se haya quedado corta. Noche que terminó potente y bien arriba, pero que había transitado caminos oscuros, bien oscuros y densos, con algunas gotas de luz amigable casi como bálsamos brillantes entre tanta nebulosa gótica. “See you again” dice un intacto Robert Smith, que sin muestra alguna del desgaste de casi tres horas y media de show, nos despide con una frase para la cual ya estamos contando los días para que se concrete.
            Los viernes en Buenos Aires son imposibles. Atravesar la ciudad me llevó dos horas arriba del 15, intentando dormitar mientras dos nerds hablaban sobre vaya a saber qué complemento, una chica usaba el colectivo de oficina para pelearse con un proveedor, y un veterinario le recomendaba omeprazol a un perro que reaccionaba con vómitos a una dieta blanda. Ya en Libertador me hice de los imprescindibles Halls, y entré con relativa comodidad a un estadio todavía tranquilo. En la San Martin un hombre con sombrero exhibía orgulloso el afiche callejero del show de The Cure en Ferro, allá por el '87, y la gente se sacaba fotos junto al tipo que tuvo sus cinco minutos de celebridad. Previendo una noche larga, yo aproveché para pasar por un baño a oscuras (Passarella, la puta que te parió).
Puntualmente a las 20 hs salieron a tocar los Utopians frente a un público que los recibió apenas con curiosidad. El viento conspiró contra el sonido de una banda a la que vi sonar muy poderosa otras veces y que sin embargo ayer no logró del todo plasmar ese efecto. Barbie tiene carisma, “Trastornados” es un disco más que interesante, pero (al menos desde donde yo estaba) el sonido definitivamente no llegó como debía. Por ese motivo no voy a hacer mayores comentarios, solo decir que le pusieron garra, que se los notó emocionados por la oportunidad de telonear a The Cure (más tarde Robert Smith se les aparecería en su camarín con un champagne como ofrenda), y que River no es precisamente el garage para que se luzcan como deben. Ya sea si se quedaron con ganas de más o si les quedó alguna duda, vayan la madrugada del viernes que viene a Crobar y después me cuentan.
            La cantidad de gente que llegó sobre la hora obligó a demorar unos minutos el show que estaba a punto como para arrancar a la hora indicada (21hs), y cuando se apagaron las luces nadie podía ocultar la ansiedad que se respiraba en el estadio. Si hay un tag que jamás uno puede incluir a la hora de catalogar la música de The Cure, ese es euforia. Sin embargo las ganas de muchos estaban cerca de esa sensación, a la que Robert Smith y los suyos se encargaron de apagar con una triada inicial salida de “Disintegration”: “Plainsong”, “Pictures of you” y “Lullaby”. “High” mantuvo el clima, que recién se rompió cuando el bajo de Simon Gallup empezó a golpearnos los pechos en “The end of the world.
            Cuando The Cure llegó a la Argentina por primera vez en 1987 el desorden superó a una organización caótica. Aquel show en Ferro convenció a los productores de que si querían organizar eventos masivos, debían ser profesionales. No sé si alcanzaron a serlo del todo, pero al menos se acercaron más. Se vivía a destiempo. Recuerdo a Siouxsie sorprendida por los escupitajos del público en Obras, porque por ese entonces los otrora punks londinenes solo escupían cuando expulsaban el enjuague bucal. Aquellos primeros años de democracia fueron testigos de un necesario y saludable libertinaje, y entre las costas de esa época quedó la reticencia de Robert Smith a volver al país. Pero nada es eterno, y allí estábamos en la noche de Nuñez todos, público y artistas, saldando aquella deuda.
            Contar más de tres horas de concierto puede volverse tan aburrido como inútil. El repaso de la lista de temas da cuenta de que The Cure privilegió la parte más oscura de su obra, y que decidió interrumpir el “tormento” con temas adorables como “Lovesong”, o al ponernos a bailar con “The walk” y “Mint car”. Las canciones se sucedieron como una unidad asombrosa, y aún en los momentos de ruptura, formaron vínculos en pequeñas sociedades, como en las naturalmente hermanadas “In between days” y “Just like heaven”. En “From the edge of the deep green sea” Reeves Gabrels dio las primeras muestras de que su participación significaría mucho más que un lujo decorativo, cosa que confirmaría en “Wrong number”, single del '97 en el cual participó de la grabación original.
            Robert Smith apenas se limitó a saludar, casi no hubo diálogo con un público hipnotizado que fue literalmente abducido por los climas que provenían del escenario. Hubo atisbos de cantos entre tema y tema, algún estribillo coreado, pero la postal fue la de una marea humana con la vista fija e incrédula sobre el escenario. Faltando una hora para que termine el viernes, The Cure nos recordó que “Friday I'm  in love”, y más adelante tocarían el tema que le da nombre a mi blog de cuentos (al que tengo bastante abandonado, por cierto): “Fascination street”; así que mi ego lo asume como un pequeño gesto personal. “Charlotte somethings” sonó como una caricia áspera y por supuesto que también nos deleitamos con el espejismo de “A forest”; momento que 26 años atrás había sido culminante, al menos en la memoria de quienes entre perros policías muertos, botellas partidas, corridas y garrotes, recuerdan que en esas noches también hubo música en Caballito. Si faltaba algo, el mejor momento de todo el show llegó con “One hundred years” y las guitarras de Smith y Gabrels en un duelo sonoro que me ayudó a encontrar los adjetivos exactos para describir la reacción de todos: pasmados y perplejos. Cuando un prolongado acople quedó sonando como despedida al final de “Disintegration”, el círculo de la primera y larga parte del concierto se cerró a la perfección. Todos sabíamos que había más, pero si la cosa hubiese terminado allí, nadie se hubiese atrevido a reclamar nada.
            Uno sabía que tenían que llegar los hits más fiesteros (???), pero The Cure todavía no estaba dispuesto a explotar. Así que al regreso hicieron un miniset exclusivo con “Kiss me, kiss me, kiss me”: “The kiss” (con un sonoro beso de Robert de regalo), “If only tonight we could sleep” y “Fight”. Otra vez la fotografía de un encantamiento masivo. Todos subyugados sentíamos una guerra interna entre las ganas de saltar un poco y la voluntad de permanecer en el estado de suspensión al que nos elevaba la música. Cuando la banda se volvió a retirar unos pocos se acomodaban hacia las bocas de salida, pero nadie quería perderse el final.
            Y por fin llegó el poderoso cierre, que aunque tuvo un prolegómeno calmo con “Dressing up” (el “I could eat your face, I could eat all of you…Oh! This night will never let me go” sonó como una propuesta de compromiso eterno con nosotros, con la noche, con Buenos Aires toda), a partir de los maullidos guitarreros de “Love cats” comenzó de cargar de energía a la gente hasta el estallido final. En “Close to me” el sueño del encierro fue apagado a fuerza de las palmas rítmicas, “Hot, hot, hot”, valga la redundancia, levantó la temperatura. Para “Let’s got to bed” estábamos todos cantando y bailando, y si le repetimos a obert Smith aquello de “Everything you do is simply delicate, everything you do is quite angelicate, why can't I be you?” fue porque de verdad teníamos ganas de serlo. Después The Cure volvió a sus orígenes post punk, “Boy’s don’t cry” fue como la señal para viajar en el tiempo, y en “10:15 Saturday night” por primera vez el pogo ganó a parte del apretujado campo, con la guitarra de Gabrels como disparador. No por obvio el final definitivo no dejó de ser ideal, y en “Killing an arab” nadie pensó en el existencialismo ni en Camus, sino que cada uno se dedicó a gastar las últimas energías que le quedaban mientras la madrugada cada vez más fría parecía tomarse un descanso.
            El “see you again” que dejó Robert Smith como despedida promete que el tiempo de espera para el reencuentro no será tan prolongado. Guardo esa frase esperanzado, porque mientras salgo caminando por Quinteros una parte de mí continúa extasiada, mientras que mi lado más riguroso y exigente comienza a elaborar una lista interminable de pendientes, que incluye en primer lugar a “Bloodflowers”, “Shake dog shake” y “The hanging garden”. A mi lado veo más peladas que crestas, más camperas que sobretodos, y más ojeras que ojos delineados. Todos avanzamos pausado con unos pies a los cuales aún les cuesta reencontrarse con el suelo, mientras una voz etérea nos zumba en los oídos :“sleep sweet child, the moon will change your mind”.
           

Este dato nunca lo incluí en las crónicas, pero lo prolongado de la lista me lleva en esta oportunidad a hacer una excepción. El setlist completo de The Cure anoche:
Primer parte: 1) Plainsong 2) Pictures of you 3) Lullaby 4) High 5) The end of the world 6) Lovesong 7) Push 8) In between days 9) Just like heaven 10) From the edge of the deep green sea 11) Sleep when I’m dead 12) Play for today 13) A forest 14) Primary 15) Bananafishbones 16) Charlotte somethings 17) The walk 18) Mint car 19) Friday I’m in love 20) Doing the unstuck 21) Trust 22) Want 23) Fascination street 24) The hubgry ghost 25) Wrong number 26) One hundred years 27) Disintegration

Mini set: 28) The kiss 29) If only tonight we could sleep 30) Fight

Cierre: 31) Dressing up 32) The lovecats 33) The caterpillar 24) Close to me 35) Hot, hot, hot!!! 36) Let’s go to bed 37) Why can’t I be you 38) Boys don’t cry 39) 10:15 Saturday naught 49) Killing an arab

domingo, 7 de abril de 2013

Regina Spektor en GEBA




Desde el primer momento en que supe que Regina Spektor volvía al país tuve dos certezas: que GEBA no era el lugar indicado para una presentación suya, y que aún a pesar de eso, no me la iba a perder por nada del mundo. Bien, para empezar cuento entonces que anoche certifiqué esas convicciones iniciales: yo estaba presente en el concierto de Regina, y GEBA resultaba un lugar incómodo para gozar en plenitud de la música de la moscovita, adoptada y moldeada por Nueva York. Empiezo entonces por el lugar. La música de Regina Spektor es poseedora de una calidez que exige que su mayor posibilidad de goce se concrete en la intimidad. El motivo por el cual se eligió un estadio, aún de dimensiones moderadas, para montar su show de regreso al país resulta inexplicable. Por otra parte los precios de las entradas se condecían con lo de un teatro, con lo cual ni siquiera se obtenía un beneficio económico para el público.  Y encima de todo el frio que se levantó ni bien el sol abandonó al sábado porteño no hizo otra cosa que sumar cierta incomodidad al evento. Promotoras de cigarrillos sin olor (????), unos puestos de hamburguesas y papas que facturaron bastante aprovechando la gente destemplada (la última vez que estuve en GEBA tocaba Morrissey y si alguien tiraba una hamburguesa en la parrilla nos bombardeaba la OTAN), y el retraso del show, más un insólito corralito para discapacitados colocado en un incómodo y lejano espacio, completaron el ambiente previo.
El concierto de Regina Spektor estaba anunciado para las 21.30hs pero las luces se apagaron quince minutos antes para dar lugar a la presentación de Only Son, muchacho que toca bajo ese nombre, pero que en realidad se llama Jack Dishel. Arrancó solo con una guitarra acústica, pero enseguida sumó los sonidos de su banda a través de un Ipad, que no resultó muy beneficiado por la mezcla, ya que las pistas sonaron apagadas y chatas. De todas formas me convenció, su pasado como guitarrista de The Moldy Peaches (la banda de Adam Green y Kimya Dawson) está presente en sus composiciones, y se fue despedido con cálido aplauso después de realizar un set de media hora, durante la cual se destacaron canciones como “Magic”, “My museum”, y “Long live de future”.
“What we saw from the cheap seats” es el nombre del último trabajo de Regina que bien podría valer como título para esta crónica, y explicación a la elección del estadio como sede para el concierto (explicación válida para todos menos para los estoicos y verticales presentes en el sector de campo). Y lo que vimos de entrada fue a Regina Spektor entrar sola al escenario para hacer a capella, apenas golpeteando el ritmo con sus dedos en el micrófono, “Ain’t no cover”. “The sun is setting, the day is done. Good night my lover, good night my son. I shouldn’t bother, he’s eight miles high. Buy I love no other, til the day that I die” desgarra con una voz que entra caliente y entonada al escenario, condición que no abandonará en toda la noche. Y ese tono confesional, autorreferencial a veces, siempre dueño de una enorme belleza poética y melódica, es el que conduce el clima de todo el show. Después entran el cello y la batería, pero será ella la única que pareciera concentrar toda la energía, la única que pareciera estar presente en el escenario , la única que se vuelve el centro y dueña de la noche. Continuará citando discos anteriores (“The calculation” de Far, y “On the radio” de Being to hope), para recién adentrarse en el nuevo álbum con “Small town moon”
Siempre que por diferentes motivos escribo o digo algo acerca de Regina Spektor cito la tapa de “Soviet kitsch”. La primera vista de la rebelde foto que ilustra la tapa de aquel álbum es la que la vuelve irresistible. En un programa de TV, de esos livianos de una media tarde entre semana, la podrían calificar, en términos estrictamente estéticos como dueña de una belleza exótica. Mas allá de la consideración personal que cada uno pueda hacer, yo traslado esa definición a sus melodías. Porque no son sencillas, no son fáciles, no tienen nunca rumbo previsible, y sin embargo (o tal vez por eso) seducen irremediablemente. Aquella imagen rebelde de 2004 tiene algún punto de contacto con la tapa de “What we saw from the cheap seats”, digamos que la nueva es una versión más prolija y madura de aquella, pero en el escenario Regina se muestra decididamente elegante, con un vestido que le jugó una mala pasada con el clima, según confesó. Y precisamente desde aquel disco de 2004 llegó “Ode to divorce”, una ácida letra repleta de dolor y sarcasmo: “I need your money, it will help me. I need you car and I need you love”. Una especie de cinismo forzado que no sabe, o no quiere, ocultar su fragilidad es el tono de cada canción de Regina Spektor, que varía apenas los climas con melodías más intimistas como “How”, “Patrol saints” o “Blue lips”, con otras de belleza más simple y pop, como el caso de “Better” e “Eet”.
Jack Dishel, (u Only son, como prefieran) volvió al escenario para hacer una hermosa “Call them brothers”, un tema compuesto en conjunto con Regina que Jack grabó en su disco “Searchlight”, y a continuación aconteció un momento cumbre del show, con “The prayer of Fracois Villon (Molitva)”, una bellísima  canción del songwritter georgiano Bulat Okudzhava, dedicada al poeta francés autor de “La balada de los ahorcados”. La canción fue interpretada en ruso, y los idiomas volverían a mezclarse con “Don’t leave me (ne me quitte pas)”, entre el francés y el inglés. Quedaron la graciosa e italianísima “Oh Marcello”, “Dance anthem of the 80’s”, “Ballad of a politician” en donde Regina evita el lugar común y se mete más con la intimidad del político y la oscuridad del abandono de sus principios, y  el cierre del concierto con la alegre “The party” de su último disco, con Regina imitando con su boca el sonido de una trompeta.
El frio había seguido ganando a la gente, buena parte de ella sin abrigos, y eso motivó que GEBA se parezca por un momento a la cancha de Boca: gente abandonando sus lugares antes del final del concierto. Sin embargo la mayoría esperamos por algo más, que Regina Spektor (con saquito sobre sus hombros) nos regaló por unos cuantos minutos, tan delicados y sutiles como durante la primera parte de la noche. Primero “Us”, y luego dos de sus canciones más divertidas  y que mueven al tarareo: “Hotel song” y “Fidelity”. Para despedirse definitivamente, quedó sola en el escenario como al principio del concierto, pero esta vez sentada a su piano y una deliciosa interpretación de “Samson”. “You are my sweetest downfall, I love you first” canta Regina Spektor a manera de despedida triunfal. A esa hora yo me había olvidado del clima y del espacio amplio mal elegido para el concierto, porque las distancias se había borrado, y la gran victoria de la artista había consistido precisamente en eso: en volver a ese estadio abierto y helado, en una tibia, íntima y  confortable habitación de otoño. 


jueves, 4 de abril de 2013

Pearl Jam y The Black Keys en Costanera Sur

Hay una escena que no por reiterada no deja de ser emocionante: durante la interpretación de “Black” la banda baja el volumen lentamente, apenas si quedan algunos leves punteos de la guitarra de Mike McCready que llegan a los oídos como despidiéndose, después del “what cant it be mine?” repetido y agónico de una voz desgarrada, y la gente se queda coreando por un par de minutos un fraseo que bien podría volverse eterno. Eddie Vedder mira a su público más austral y brinda bebiendo otro trago de su botella de vino. Ya sucedió antes, es cierto, pero es ahí en donde uno termina de darse cuenta de que Pearl Jam lo hizo de nuevo. Como en 2005 en esos dos Ferro cargados de magia. Como en 2011 en La Plata, cuando el reencuentro nos confirmó que aquello de seis años antes no había sido un sueño, que era concreto y real, y que podía repetirse. Y si esa segunda vez resultó una confirmación de la empatía absoluta de la banda de Seattle con el público rockero argentino, este tercer encuentro resultó una auténtica celebración. En un marco multitudinario y para cerrar un festival que se pretendió el más grande de la historia, y que terminó por ser uno más, aunque no por ello de mérito despreciable.
Yo llegué unas horas antes exclusivamente para ver a The Black Keys. No niego que los relatos que llegan sobre el vivo de The Hives no me entusiasmaban, pero el horario en un día laboral lo volvía imposible. En una ciudad todavía reponiéndose del temporal, y ya de por sí saturada de automóviles, a algún genio se le ocurrió juntar dos eventos de más de cincuenta mil personas con pocas cuadras de distancia. El partido de los bosteros en su cancha, y el festival en lo que supo ser la Ciudad Deportiva de ese club. Eso sumado al barro acumulado transformó el ingreso en bastante engorroso. Claro, lo del barro resulta lógico y nadie puede objetarle nada a los organizadores en ese sentido, pero sí remarco que en varios de los lugares más anegados del predio la iluminación era casi nula. Insólito descuido de gente que a esta altura debería ser un poco más profesional. El otro tema a remarcar es que el Festival de la gaseosa/jarabe pretendió un objetivo altruista en esta edición y lanzó algunas consignas de buen ciudadano ecologista desde las diferentes pantallas del predio. Sin embargo a ninguno de los organizadores se le ocurrió preveer que semejante congestión de gente ameritaba la posibilidad de organizar una colecta para tanto evacuado que tenemos por estos días. Boca sí lo hizo en su estadio, a estos la gaseosa berreta les arruina la única neurona que no se dedica a contar billetes. La cosa es que finalmente entré, y en el escenario 2 estaba tocando Hot Chip. No sonaba feo, pero el horario y las largas colas en los baños públicos me llevaron a ganar tiempo para encontrar una cómoda ubicación frente al escenario principal.
Con unos quince minutos de retraso entraron los Black Keys y desde “Howlin' for you” ( de “Brothers”, el disco de 2010 que los llevara a los primeros planos) hasta la dupla de “Lonely boy” y “I got mine” con las que cerraron su set, sencillamente la rompieron. Si el predio estaba sucio y embarrado, el duo de Patrick Carney y Dan Auerbach (convertido en vivo en cuarteto) llevó ese ambiente al escenario dando una demostración de rock primal, abrasivo y contundente que en vivo se vuelve una verdadera enciclopedia sobre cada uno de lasinfluencias y orígenes más recónditos que pueda encontrar el rock and roll. Cada riff es asesino, cada dejo blusero suena atemporal, cada aullido surge desde la fuerza más elemental. Acá no hay carisma ni poses arrogantes, es energía con los pies bien sobre la tierra, una descarga furiosa que atropella y arrasa. El slide de Auerbach en “Run right back” es un cuchillo que te recorre la médula espinal, “Girl is on my mind” suena como un viejo disco de soul atravesado por la Blues Explosion de Jon Spencer, y “Ten cent pistol” te adormece en un riff letárgico que en vivo gana con su desprolijidad. Sí, desprolijidad. Porque cada nota arañada y cada vez que la garganta se pierde en un grito no hacen más que volver más auténtico y convincente el sonido de una banda que funciona a tracción a sangre, y que rinde culto al sonido valvular de los garages. Casi no hay diálogo con el público, parte del cual celebró los temas más conocidos, pero que también incluyó a muchísimos que los veían apenas como una curiosidad que demoraba la llegada de Pearl Jam. Y estoy seguro que no hubo nadie que haya salido anoche de Costanera Sur que no se haya convencido de que The Black Keys es una banda que merece muchísima más atención de la que le dispensaba hasta ayer. No hubo pausa: el comienzo de “Little black submarines” fue apenas una brisa que en seguida se conviertió en electricidad pura. Incluso cuando quedaron Carney y Auerbach solos fueron demoledores. En la formación que más los iguala con la sombra de White Stripes (pero con baterista de verdad y no de juguete) no dejan de erizar los pelos de cuanto tipo tengan enfrente. Y el que tenga dudas que se le atreva al riff saturado de “Money maker” y después me cuenta.
Las dos bandas principales tocaron en el escenario 1, con lo cual se evitó el traslado del público por las lagunas de barro, pero motivó que la espera para ver a Pearl Jam se prolongue unos cuantos minutos durante los cuales se pudieron ver por las pantallas algunos celebrados sketches de Peter Capusotto (La Concha de Rolando y esa vagina asomando de un jogging cantando “Arde la ciudad” se llevó todas las carcajadas), y una especie de propuesta/consigna de la organización animando a la gente con un “Juntos podemos cambiar la realidad”. A continuación preguntaban “Y vos qué harías para cambiar el mundo?”, y se escuchaban varias respuestas que no pasaron de “hacer la música que me gusta” o “dejar de tirar papeles en el piso”. Nadie le pide a los chicos que se propongan una campaña en Sierra Maestra, pero la verdad que le podrían poner un poco más de sal a respuestas que parecen obviedades salidas de boca de una modelo en un concurso de belleza. Por otra parte la vista que dejaba la calle España a la salida daba cuenta de que eso de no tirar papeles al piso no prendió mucho que digamos.
Después sí llegó Pearl Jam que al igual que en La Plata año y medio atrás eligió a “Release” para abrir el concierto. Comienzo calmo pero que funciona como una especie de hechizo que termina de concretarse en el riff de “Even flow”. De entrada nomás grandes dosis de dos de los mayores atributos del grupo: la garganta de Vedder que entra caliente y a punto al escenario, y el solo interminable de McCready que prolonga a “Even flow” hasta que llega la furia punk de “Lukin”. Pero remitirse a la lista de temas es un detalle menor en este caso; con Pearl Jam en Buenos Aires lo que valen son las emociones. La manera en que la banda y su público congenian y se engrandecen mutuamente. No importa que hayan pasados dos o seis años, porque incluso funcionó así la primera vez: Pearl Jam es como esos amigos lejanos que ni bien descorchada la primera botella de vino, se borran los rastros del tiempo y la distancia. Siempre fue así, siempre lo será. Es comunión, complicidad entrañable y (ya usé esta palabra, pero vale la reiteración) celebración.
Me acuerdo que cuando terminó el show en La Plata me dije que Pearl Jam es peronismo. Si bien luego leí varias opiniones de tono similar, y que más allá de que las iniciales PJ son todo un símbolo, aquella sentencia vino de la mano de una declaración de Eddie Vedder refieriéndose a las voces de su público argentino como “música maravillosa”. La adoración es tan intuitiva como inexplicable y visceral. Hay códigos y momentos en donde la mística florece y convierte a cada minuto del show en entrega pasional. “Jeremy” por ejemplo, cuya dosis de dramatismo suicida queda desdibujado por una devolución absoluta por parte de la gente. Que acompaña con palmas en “Corduroy”, que canta a más no poder con “Better man” y que acepta el “Está bien” del estribillo en español de “Daughter” como si el despropósito de la improvisación tuviera sentido alguno. Ramones es una palabra clave en la relación público-artistas, el espíritu de Baco en la botella vacía al borde del escenario es otro de los símbolos de la hermandad.
Similitudes y diferencias: la masividad del show y lo abierto del espacio en donde se realizó el festival le quitó algo de la dosis de intimidad que tuvieron los anteriores pasos por el país, aún cuando se realizaron en estadios. El impacto del componente emocional entonces no llegó nunca a ser el mismo, a pesar de que sigue siendo el condimento más destacable de los shows de Pearl Jam en Argentina. A favor de la noche de ayer queda un sonido impecable que se contrapuso con aquel saturado y grave de los shows en La Plata. Sin material nuevo la lista fue similar a la última vez que vinieron, y por otra parte Pearl Jam sigue sosteniendo los climas de sus conciertos en los mismos pilares, muchos de los cuales en este caso sonaron en el prolongado set de bises: “Do the evolution” a la hora de la energía, “I believe in miracles” y “Rockin' in the free world” a la hora de los homenajes y los covers, y “Alive” como grito liberador. Pero más allá de todo el condimento extra que la relación del grupo y el público local tiene, Pearl Jam es una poderosa banda de rock con un repertorio infalible. No digo nada nuevo, pero esos argumentos pagan, y mucho.
Quedará como postal la imagen de Eddie Vedder y su largavista observando la interminable continuidad de las más de cincuenta mil cabezas que poblaban la Costanera Sur. Y la dedicatoria a Fabricio Oberto, uno de sus más enfervorizados y famosos fans locales, cuyo paso por la popular NBA le permitió hacerse acreedor de semajante cumplido.
Otra vez quedó para el final “Yellow ledbetter” y un “I don't wanna stay” tan metiroso en boca de Vedder como en las gargantas que lo replicaban. Era tarde, si bien el clima había dado una tregua, todo el mundo sintió el peso de unas jornadas complicadas. Por eso tal vez la gente se retiró mansa sin cantar el infaltable “una más y no queremos más”. Mientras caminaba por España esquivando el barro y los vendedores ambulantes, yo me fui abrazado a la felicidad infinita del reencuentro con Pearl Jam, y con la necesidad imperiosa de que mañana mismo comience el operativo de regreso de The Black Keys. Buenos síntomas que me preparan para unos días musicalmente agitados.

domingo, 3 de marzo de 2013

Elton John en Velez


                Cuando llegué a Velez me encontré con alguna de las imágenes que había previsto: un público ecléctico, mezcla de rockeros añosos y señoras con pinta de directoras de jardín de infantes, algunos pequeños curiosos, y algunos otros chic@s bien arropados para estar a tono con el ícono en cuestión. La vista de las tribunas del estadio no distaba de la habitual postal de los domingos futboleros en Liniers: muchos claros en las plateas, porque salvo el sector VIP repleto, en el resto sobró lugar. Digamos unas 15 mil personas, tal vez 20 mil porque soy malo para los cálculos, pero desde ya que el lugar quedó grande. Algo que las sucesivas promociones lanzadas las últimas semanas  hacían prever; incluso una radio llegó a ofrecer en un concurso junto con la entrada para el recital, la posibilidad de pasar un día con Elton John (???). Desde afuera, mientras transitaba los últimos tramos de la explanada para acceder al campo, llegué a escuchar la despedida de María Eva Albistur, que hizo las veces de telonera. Ya adentro las pantallas explicaban la manera de comportarse en caso de siniestro, agregando en este caso el consejo de alejarse de carpas y escenario en caso de ráfagas de viento. Yo lo interpreté a mi antojo, e imaginé que había que alejarse en caso de que se suba Ráfaga al escenario, pero ese es otro tema; esto se trata de música, así que allí vamos. Eso sí, algún día alguien tendrá que explicarme cómo es posible que en un evento tan masivo, que requiere entre otras cosas del alquiler de un estadio, pueden poner a una única esquina como punto de reunión en caso de emergencia, como si se tratase de una reunión de consorcio.
                Con unos diez minutos de retraso, poco para un concierto de rock, pero grave para un caballero británico, Elton John (lentes azules, que sumado al oro del peluquín, lo hacían un tanto bostero para mi gusto) salió a escena con “The bitch is back”, poniéndole un irónico título a las crónicas de todos los que un día después nos animamos a escribir algo. En seguida “Bennie and the Jets” dio la pauta de que estábamos frente a una gran noche de lucimiento no solo del líder, sino de la banda toda, porque lo que hicieron el piano de Elton y el bajo de Matt Bissonette hacia el final del tema  fue magnífico. Y el climax góspel que pone punto final a una grave versión de “Levon”, lo terminó por confirmar. En primer lugar hay que decir que con el viento que corría anoche, lo que hizo el sonidista fue extraordinario. Al menos desde el campo el sonido fue perfecto, limpio, parejo y de un volumen acorde al estadio. Si la banda ofrecía detalles para descubrir y disfrutar, la tecnología sonora permitió gozar de cada uno de ellos. La banda de Elton incluyó a los históricos Davey Johnstone en guitarra y Nigel Olsson en la batería (tan delicado que toca con guantes blancos, y que a primera vista resulta una cruza entre Julio Iglesias y el  profe Córdoba), y al nombrado Bissonette en bajo (a quien yo llegué a ver junto a Joe Satriani en el Luna Park, durante la gira de “Is there love in the space?”), quien ocupa con autoridad el sitio de Bob Birch, quien se suicidara el año pasado. El grupo se completó con un segundo teclado, percusión y un coro de cuatros voces negras, entre las cuales se encontraba la mismísima Rosie Stone, aquella de Sly and the Family Stone.
                A esta altura de su carrera no es necesario decir que Elton John puede hacer lo que se le cante, como por ejemplo armar una gira para celebrar los cuarenta años, ya no de un disco, sino de una sola canción, en este caso “Rocket man”. Pero este Elton más viejo y más sabio abandona excentricidades para colocarse en el lugar de un intérprete magnífico de lo mejor de su carrera. No por nada el 90% del setlist tiene fecha de edición anterior a 1975, y cuando se acerca más al presente, se limita a unas pocas canciones como ese temazo que es “Believe”. Este Elton John menos performer y más songwriter dio cátedra anoche en Velez, y se dio el gusto de lucirse y hacer lucir a su banda (el slide de Johnstone en “Tiny dancer” fue delicioso, por ejemplo), rescatando temas y homenajeando ciudades, como el doblete con la neoyorquina “Mona Lisa and Mad Hatters” (altísimo momento del show), seguida por “Philadelphia freedom”.
                Acto seguido encadenó tres hits: primero “Candle in the wind”, por suerte con letra original y sin citas a Lady Di, apenas unas velas encendidas en la pantalla. Después le roba la metáfora del éxito al Mago de Oz para hacer  “Goodbye yellow brick road”, uno de los temas con mejores arreglos que jamás se hayan grabado, y en seguida “Rocket man (I think it’s going to be a long, long time)”, el tema homenajeado de la noche, con una festejada intro de piano. La voz de Elton algo más gastada, les entrega a las baladas un condimento extra, las vuelve más graves, íntimas, menos empalagosas. Las melodías lucen con otra madurez, y en ese tono yo me sentí más que a gusto. Dije antes que cuando Elton John se acerca al presente lo hace eligiendo meticulosamente los temas, y “Hey Ahab”, del disco “The union”, aquel que grabara con Leon Russell en 2010, es la mejor confirmación. La banda toca rythm & blues como nunca, lo que se sostiene a continuación con “I guess that´s why they call it the blues” que tiene un clímax final contagioso. Otra vez la premisa fue actitud menos melosa y más feeling, y la versión salió ganando. “Funeral for a friend/Love lies bleeding” significó un tramo casi progresivo de la noche con un centenar de insectos otorgándole un efecto especial al juego de luces, y con “Honky cat” Elton John nos traslada al clima de un salón de New Orleans, justo el día que los boludos de TN nos quisieron hacer creer que los porteños también podíamos tener tormentas con nombre.
                Después de “Sad songs (say so much)”, llegó el momento easy listening de la noche: una gran versión de “Daniel”, seguida por mi preferida por siempre “Sorry seems to be the hardest word”. Elton quedó solo con el piano e hizo “The one”, que reemplazó en el setlist a “Skyline pigeon”, decisión que no comparto en absoluto. Ese Elton John más FM se consolida (luego de presentar a la banda) con “Dont’ let the sun go down on me”, un pelotazo al que por suerte no llegó George Michael a ponerle más mermelada. Pero la gente participó por primera vez, lo que me da la pauta para afirmar, aunque peque de soberbio, que disfruté más el show que la mayoría de los presentes.
                El tramo final tomó temperatura con “I’m still standing”, y puso a la platea a bailar por primera vez con “Crocodile rock”, mientras Elton recibía un cocodrilo de peluche, al que puso a descansar arriba de su piano. El falsete contagioso estuvo a cargo de la gente, y el concierto se cerró con la poderosa “Saturday night’s alright for fighting” con la banda otra vez suelta y rockeando. Aunque a mi juicio lo mejor de la noche había sucedido en la primera mitad del concierto, no pude evitar mover la patita siguiendo el ritmo, “cause saturday night’s the night I like, saturday night’s  alright”. Quedó apenas un rápido regreso al escenario con el único clásico que faltaba, y entonces con “Your song” el británico cerró su tercera visita a Buenos Aires. Elton John será el único músico extranjero que podrá decir que pasó por los tres grandes estadios de Buenos Aires: River en 1992, Boca en 2009, y anoche Velez. Un público, que de tan fiel es capaz de comprar anteojos de plástico con lucecitas de colores a $30, ya espera ansioso por la cuarta. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Acorazado Potemkin en Ultra Bar


Mientras esperaba con una pizza y una cerveza el show de Acorazado Potemkin en el Ultra Bar, me acordé del contraste que me provocó ver al Juan Pablo Fernandez apocado que contaba el final de Pequeña Orquesta Reincidentes en “Qué sois ahora?” (el documental de Mariano Goldfgrob y Gustavo Galuppo), con la energía que me infundía la escucha obstinada del, por entonces reciente, disco de su nueva banda llamado “Mugre”. Ni bien aparecido no le fue dificil cosechar elogios y ganar recomendaciones, a pesar de que solo estába disponible en formato mp3 gratuito (y de sufrir además el asalto del FBI a Megaupload, que los obligó a mudar los archivos de servidor), pero que en lo que a mí respecta me reencontró como nunca con el hábito de escuchar un disco una y otra vez, hasta saberlo de memoria. Y desde ese día que vi el documental no puedo dejar de pensar en “Mugre” como una explosión, una descarga furiosa, un desahogo creativo. Tal vez sea injusto, puesto que Acorazado Potemkin es un trío y limitar el juicio a un solo integrante no sea lo correcto, pero aquella impresión fue tan real, que aún hoy perdura y la comparto.
Ese repaso no fue lo único que acompañó la espera, puesto que antes de Acorazado tocó Juguete Ruidoso (van a tener que reveer el nombre: dije ayer rabioso por ruidoso, volví a repetir el error al escribir hoy, y hasta se confundió Luciano Esaín cuando más tarde les iba a agradecer el set: Arlt es omnipresente). No los conocía y la primera impresión pudo resultar injustamente lapidaria: algo en la voz de Martín Mendez me recordó a Roque Narvaja. Después descubrí que ese no era sino un condimento loable, puesto que en medio de las capas de guitarras (excelentes arreglos) esa voz le daba a las melodías gran expresividad. Tocaron algo más de media y hora y como perla cerraron el set con Mariano Lopez Gringauz de Valle de Muñecas en el bajo. Poco puedo agregar para una primera impresión, solo decir que me tomaré el agradable trabajo de escucharlos, porque valen la pena. En el debe apenas me quedó la impresión de que el teclado merecía mayor protagonismo en la mezcla, y uno de los temas que me remitió demasiado a “Boys don't cry”, pero puede que sea injusto.
La excusa para el show de Acorazado Potemkin de anoche era la presentación en sociedad del video de “La mitad”, dirigido por José Guntin Rodríguez, el que se proyectó como anticipio de la salida a escena de la banda. Después Acorazado abrió con su versión del tema de Adriana Calcanhotto, “Unos versos”. Si la tierra es de quien la trabaja, las canciones son de quien las toca, dictaminó Juan Pablo para apropiarse definitivamente del tema. Después siguieron con “Lengua materna”, y con todo el disco “Mugre”, más un par de temas extra, que para mí eran nuevos, pero quien sabe si ya venían sonando en show anteriores. Lo cierto es que la energía es la misma y la tónica se mantiene: rock crudo, eléctrico, valvular; letras personales, solitarias y a veces confesionales. Todo en Acorazado Potemkin se expresa con dientes apretados, sin perder por ello (o tal vez justamente gracias a ello) la belleza en esa mirada descarnada, auténtica y de una poética única.
En la sala reducida y el público cercano, el sonido duplica el impacto y las canciones se suceden en un orden diferente al del disco, que no por ello abandonan ese hilo invisible que las conduce y define. “Perrito” es desolación, “Puma Thurman” ironía y en “Gloria” Juan Pablo Fernandez canta una linea, valga la redundancia, gloriosa: la gloria fue esa prostituta que me dio su nombre verdadero. En los coros y estribillos las voces de Fernandez y Esaín forman un tándem único, y la banda por momento arrolla. La furia punk ataca con los dos temas de Fede Ghazarossian: “Caracol” y “Quiero”, y para el final reservan la primera parte de “Mugre”, con “La carbonera”, el descomunal “Desert” (“En los mismos gustos, en la misma mueca, tal vez sobre la íntima, deliciosa y exquisita calidez de nuestra comunidad y sus justos gestos, ya ves, el desierto de cenizas que da molde a la paz, yo que nunca tuve paz, me envuelvo en esa paz, lo gris contra lo gris, soy lo gris contra lo gris” canta Juan Pablo parafraseando al poeta peruano Jose Watanabe ), y “Algo”.
“En este nuevo mundo en el cual el suicidio de pronto era una palabra en clave para indicar que lo que habías dicho iba en serio, nada podía estar más a la moda que un cadaver”, describe con crudeza los tiempos del punk londinense Greil Marcus en su “Rastros de carmín”, y Acorazado Potemkin, hijos lejanos pero legítimos en espíritu de aquella revuelta cultural, se despiden cantándole a los muertos. Envidiándoles la insensibilidad, la quietud, la paz y la eternidad toda, en una marcha que alcanza climas épicos.
Para el final definitivo hubo un regreso al escenario y otro tema extra-Mugre (mi falta de consecuencia con la banda en vivo me inhibe de decir nuevo), y por fin el cierre con “La mitad”, mientras la pantalla superior repetía las imágenes del video. “Ahora que no hay nada, sino fotografías”; la frase de Eduardo Darnauchans que dispara el tema se encarna en esas imágenes en blanco y negro que acompañan a una de las mejores canciones de desamor que se haya compuesto por estos lares. “La mitad” desgarra, deja esas huellas que duelen pero a las que no se renuncia porque precisamente es en ellas en donde uno mejor se reconoce. La pareja gastada baila en un pasillo angosto, ambos se mecen, se abrazan, se pierden, se buscan frente a un espejo que les devuelve soledad, se contornean en la ausencia de un hombro invisible pero presente. Son como siluetas individuales que solo se concretan cuando juntan esas dos mitades que les dan sentido. El video es cruel, trasmite el mismo frio implacable que la canción, y la complementa, la hace aún más grande. Como un círculo, Acorazado Potemkin vuelve entonces al inicio de la noche, porque lo que al principio fue entrega absoluta, apropiación casi obsesiva; ese “seré yo tu paradero” de “Unos versos”, encuentra en esa otra mitad que no sabe olvidar, esa “que te diga donde estoy” el mismo afan, el mismo destino inevitable, la misma convicción de que aún sumergido en el licor más venenoso, hay siempre una parte de uno que guarda las esperanzas más incrédulas y que se somete por completo a la fatalidad. Solo faltó Flopa en los coros y podría estar hablando de noche perfecta.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Kevin Johansen + The Nada + Liniers en el Teatro ND Ateneo


                Ayer, mientras iba al ND Ateneo al recital de Kevin Johansen con su banda The Nada, y que contaba, como en otras oportunidades, con el aporte del dibujante Liniers, pensaba en otros casos de relación tan directa entre la música y el dibujo. Y seguro debe haber sido por la fecha, tan cara a los gustos de Patricio Rey, que lo primero que se me vino a la cabeza fueron los aportes del “mono” Rocambole para los trabajos de Los Redonditos de Ricota. No voy a hacer, ni me interesa hacerlo, una comparación entre la perversidad y la elocuencia de aquellos dibujos con la candorosa ingenuidad propia de los de Liniers, pero sí tengo que decir que llegar al teatro con esas imágenes me obligó a tomarme un respiro para adaptarme a la inocencia bien entendida que se respiraba adentro.  Eso sí, una vez en clima, la cosa se hizo más fácil y dejarse llevar por la múltiple propuesta resultó más que sencillo.
                La historia no tiene muchos prolegómenos: ni bien se apagan las luces, y cuando el telón se va levantando lentamente, los artistas ya están ubicados en su sitio, y “Amor finito”, el tema elegido para abrir el concierto, ya había empezado a sonar cuando todavía el escenario estaba cubierto.  Kevin Johansen ocupa el centro y a su derecha está sentado Liniers garabateando sus primeros gráficos, cuyo proceso de creación se puede observar  sobre la pantalla que cubre el fondo del escenario.  Después tocaron “Desde que te perdí” y “En mi cabeza”, del primer disco de The Nada, al que Kevin definió como un catálogo de obsesiones.  Y esa será la fórmula de ahí en más: Kevin Johansen y sus canciones entregando consignas para que el dibujante improvise dibujos a tono con las palabras y los sonidos que guían su inspiración.
                En términos estrictamente musicales, el show tiene como eje el último trabajo de Kevin Johansen + The Nada, es decir “Bi”, un disco doble dividido por una impronta tropical y rioplatense en el primer volumen, y un sonido de pretensiones más rockeras en el segundo.  Y esos vaivenes están muy marcados en el show, cuyo clima varía a merced de esos distintos tonos. Eso sí, la atención que pone el público en la construcción del trabajo del dibujante, hace de la experiencia una situación tan fascinante como compleja.  El show dura alrededor de tres horas y consta de una innumerable sucesión de canciones breves, con lo cual testimoniar el orden de los temas resultaría tan tedioso como inútil. Puedo, eso sí, citar algunos pasajes destacados. Como el delicioso aporte que significa la segunda voz del bajista Juan Alvarez en “Tan fácil”, (en el álbum grabada junto a Paulinho Moska), o los celebrados solos de armónica, saxo y guitarra en “McGuevara’s o CheDonald’s”. Johansen es dueño de un ingenio que le permite cantar con ironía tanto sobre paradojas sociales como sobre dilemas existenciales. Jamás caerá en el trazo grueso de, por ejemplo, un Copani, y lleva adelante el show con una dosis de sutileza que contagia. A su lado Liniers hace del dibujo una experiencia de improvisación jazzística, aunque en algunos casos la pantalla muestra animaciones y dibujos pre grabados.  Adaptaciones propias de Flanders y Homero Simpson sirven para graficar el conflicto de los “Vecinos”, y su personaje Enriqueta le pone calidez a “Hamaca”. Más tarde la letra completa de “Everybody knows” se irá sucediendo en hojas que son descubiertas de a una mientras Kevin hace su versión del clásico de Leonard Cohen.
                Hay una cuestión importante: la variedad de disciplinas no se detiene en la música y el dibujo, sino que también el humor de estilo stand up está presente en todo momento de la noche. Los diálogos entre Kevin Johansen y Liniers son recibidos con sonrisas y carcajadas, y son componente esencial del show. Y ese cúmulo de situaciones se producen de manera simultánea, con lo cual obliga a la gente a tener varios de sus sentidos puestos al máximo de su atención para no perder detalle. En mi caso además se sumó el del olfato, ya que llevo grabado en mi nariz la más espantosa fragancia, que para mí, es el aroma del perfume de la señora que tenía sentada al lado. Hay baile (el breakdance de Liniers en un “Take on me” a dos charangos), juegos de palabras (“Hotel California” devenido en “Hotel Patagonia”), referencias de actualidad (dicen que es más probable que se amiguen Clarin y el Gobierno, antes de que yo haga un agudo, cuenta Kevin en “Oops”), e historias relatadas en un tono monótono digno de Leo Masliah, como en la introducción de “Timing”. La complicidad entre el cantante y el dibujante es absoluta y con todos esos aditamentos, Kevin Johansen y Liniers hacen del concierto una auténtica celebración de la amistad.
                Además de los dibujos, se pasaron un par de videos: el make up de las fotos de Kevin Johansen y Liniers convertidos en John Lennon y Yoko Ono (que forma parte de la gráfica publicitaria del concierto), y el estreno de “No digas quizás”, con la participación de Lisandro Aristimuño (con cita en vivo a “You can’t always get what you want” de Rolling Stones). En lo musical se destaca la versión folk de “Modern love” de Bowie, la festejada “Daisy” y hacia el final el clásico “Down with my baby”. Los dibujos más logrados son la cita floydeana en “Dark side of me” y “El grito” de Munch como gesto desesperado para suplicar “No me abandones”.  Y ambas disciplinas encuentran la mayor empatía en “Cumbiera intelectual” (imposible no emparentarla con la “Cumbia epistemológica” de Les Luthiers), en donde una referencia a Piet Mondrian sirve como disparador para un cambalache que incluye a Luis Majul, Bucay, Ari Paluch y Victor Hugo Morales (???). Antes también había recibido sus palos Alex Ubago en “S.O.S. fashion”. “Anoche soñé contigo” es el tema elegido para cerrar el concierto antes de una prolongada sesión de bises.
                El regreso al escenario incluye la repartija de algunos de los dibujos de Liniers que son arrojados a la platea bajo la forma de avioncitos de papel. Y lo primero en sonar es un meddley entre “Ni idea” y “So lazy”, canciones interpretadas a pedido de la hermana de Kevin. Después “Apocalypso” y “Sur o no sur” contagiaron su ritmo seguido por las palmas de la gente, y luego Liniers y Kevin Johansen intercambiaron los roles. Entonces fue el cantante el que intentó graficar la musicalización de “The fly”, el poema de William Blake (mucho Lou Reed allí, Mr. Liniers), y un “Knocking on heavens door”, en donde el dibujante imita la voz nasal de Bob Dylan, que termina por devenir en los aullidos de Axl Rose. Los dibujos serán juzgados con humorística severidad por Liniers, y el recital entró en su final definitivo con “Guacamole” (trencito incluido en la platea)  y el clásico “Fin de fiesta”. 
Cuando me iba, detrás de la consola un hombre llevaba un remera con la inscripción “Del deporte se puede salir”, y me fui pensando cuánto demorará Kevin Johansen en hacer una canción con eso. Eran más de las doce y el día de los inocentes ya había terminado, sin embargo me subí al taxi de regreso con la convicción de que la inocencia esta vez, sí que había valido la pena.
                

martes, 11 de diciembre de 2012

Festival Rock y Reggae DIA 3 - Mimi Maura, Dancing Mood, Onda Vaga, El Cuarteto de Nos

El domingo fue un día raro. Había muchísimas opciones y de todo tipo para decir presente. Estar en San Juan con el debut de Ramón Diaz en el banco de River, o en la Plaza de Mayo en el Festival por la Democracia y los Derechos Humanos eran dos de las opciones por las que el corazón hacía más fuerza. Pero también la tercera fecha del Festival Rock y Reggae en el Microestadio Islas Malvinas, una interesante propuesta de fin de año y que incluyó dos tarde/noche más, además de la del domingo. Novedosa y ambiciosa propuesta, porque un evento de esas pretensiones sin sponsor resulta todo un desafío en sí mismo, más allá del prestigio de la grilla (que incluyó nombres como Guasones, Bersuit y La Vela Puerca). Pues bien, entre la política el futbol y la música, esta vez prevaleció la música, y allí fui para Paternal en el domingo caluroso de Buenos Aires. Mientras tanto el celular traía las alegrías de los goles de Sanchez y Lanzini, y me enteraba también de la masividad del festejo democrático en la plaza.
Llegué cuando arrancaba Mimi Maura con “Todos los días de sol”, para pegarle en seguida “Canción a Nereida”, ambas de “Dias de sol”, el último disco de la banda que ya tiene buen rodaje, puesto que se editó en 2009. Supongo que cantar la canción con la que Mike Acevedo, padre de la cantante, le dedicara su amor a la madre de Mimi debe significar para ella una emoción muy particular, pero hay que decir que la pasión y la entrega de cada una de las interpretaciones tienen ese mismo condimento. Hacía mucho que no veía a Mimi Maura en vivo, y en su caso uno no espera evolución ni sorpresas, sino esa intensidad con la que viste de encanto caribeño a cada canción, más allá del ritmo y los diferentes climas. Por momentos prevalece la intimidad con “Al borde del tiempo”, “ Loiza aldea”, pero lo más festejado llega con canciones como “Ya no lloro más”, en las que la gente pareciera tomar impulso. A decir verdad el horario relativamente temprano en el que tocaron hizo que muchos chicos se vayan sumando al show a medida que este avanzaba, y tal vez por eso el calor llegó al final, con más gente, pero también con la llegada de los clásicos como “Otra copa” y “La huella”. El cierre de su set los encontró, considerando las premisas de rock y reggae que proponía el festival, asumiendo su identificación con la segunda palabra, y la versión de “Judge not”, el tema que Bob Marley que grabaran para el tributo de 2004.
No quiero ser injusto con las bandas que tocaron antes, porque resulta que el Festival arrancaba muy temprano, a la hora en que mi aparato digestivo culminaba por metabolizar las pastas domingueras. Así que apenas me limito a nombrar a Prófugos del Borda, Hernán Biondi y a Heladeros del Tiempo, quienes se encargaron de ponerle música al primer tramo de la fecha y de los que no puedo hacer ningún comentario.
Entre cada show había que salir a tomar aire, porque a pesar de la buena circulación en el estadio, los 30º se hacían sentir. El predio estaba muy bien aprovechado, con un puesto de helado, un patio cervecero y varios puestos de ventas de Cds y remeras en la parte exterior del estadio propiamente dicho. Eso sí, los precios de las bebidas y comidas parecían tener la intención de financiar la parte de los costos que la ausencia de sponsor no alcanzaba a cubrir. De todas maneras la cerveza encontró muchos adeptos.
El caso de Dancing Mood es especial, porque era la banda de todas las que tocaban ayer la que más intriga me provocaba ver. Más que nada porque me resultan una gran deuda ya que todos las veces que los escuché me prometí dedicarles una atención más exhaustiva, cosa que siempre terminé postergando. Pues bien, ayer finalmente me di el gusto de estar frente a esta Big Band, auténtico catálogo de músicos de la escena reggae/ska local. Fue el trompetista y líder Hugo Lobo quien tomó el centro del escenario, manejando todos los hilos de la orquesta. No casualmente vestía la casaca de Cuauhtémoc Blanco, como para que no queden dudas de quien marca los tiempos en ese conjunto. A decir verdad tanto Lobo como el saxofonista Sergio Colombo, en realidad volvían al escenario, pues ya habían estado sobre él como miembros de Mimi Maura. Con base en el ska jamaiquino, temas como “Take five” o “Dandimite” son la escusa para el despliegue individual de solos que se van sucediendo en una improvisación jazzera que permite citas y juegos melómanos en los que se descubren desde clásicos como “Rezo por vos”, temas tribuneros como “Muriendo de pena” de Ruben Rada, hasta citas fiesteras con el “Ilarie” de Xuxa. Con adaptaciones de clásicos como “Take the A train” y con The Skatalites como guia y referencia absoluta, mantuvieron a la gente en un leve, cansino y permanente baile, mientras arrancaban aplausos a fuerza de intervenciones solistas en especial de los vientos, aunque también se destacó un solo de guitarra de matriz “santanesca”. “Latin goes ska” y el coreado por todos “No me pisen las flores” fue la única parte vocal de un set íntegramente instrumental que nos dejó a todos con una enorme sonrisa y bien a punto para disfrutar de Onda Vaga.
Cuando entré para ver a Onda Vaga confieso que lo hice con prejuicios, porque los había visto en el Festival que cerró Café Tacuba en el Planetario y me habían parecido bastante frios. Mas allá de la simpatía que me producen sus canciones tenía esa deuda, que adelanto, saldaron por completo. Después de la “Vaguiseñal”, “Marineros” puso de buen humor a todo el mundo. Y a partir de allí mantuvieron a la gente cantando todas y cada una de las canciones, que los pibes se saben de memoria. “Ya” y “Me pega fuerte” son dos buenos ejemplos de la atmósfera fumona de sus letras y melodías. Pero también muestran que saben apropiarse de canciones ajenas, como el caso de “Como que no? De “el príncipe” Gustavo Pena en la que incluyeron cita de “La saeta”, aquel poema de Antonio Machado que musicalizara Serrat a fines de los 60. La invocación de Gustavo Pena funcionó como gesto para con los uruguayos que venían más tarde y que no fueron los únicos, porque La Vela Puerca había estado a cargo del cierre de la fecha 2 del festival. “Baila”, “Jovens”, “Vayan a ser” (“va a nacer una pena en una flor, una oreja en tu caparazón” los pibes son definitivamente delirantes) son una mezcla de inocencia e ingenuidad, que a veces resulta natural y otras bañada de sarcasmo. Tocaron un tema nuevo, en “Rayada” abogaron por el fin de la violencia de género y con “Sequía de amor” parecieron cerrar un set, que terminó por ser un gran fogón bajo techo. Pero la gente pidió más y en un guiño inusual en estos festivales (tal vez aprovechando la disponibilidad de tiempo que había dejado el cambio de fecha de Bersuit, inicialmente programado para ayer), les dieron unos minutos más, en los que los Onda Vaga regalaron “Mambeando”, la frenética “Cartagena” y “Te quiero”. Aunque a decir verdad el final quedó a cargo del público que se quedó coreando “El experimento” mientras los plomos reacomodaban el escenario.
Antes de El Cuarteto de Nos pasaron varias cosas. En primer lugar la demora entre banda y banda se prolongó más que los intervalos anteriores, pero una de las diferencias más notorias fue el público, que se renovó en buena parte. Domingo tarde y un lugar en el que no abundan los medios de transporte influyó, aunque el principal motivo tuvo que ver con que El Cuarteto de Nos y las bandas reggae no comparten el 100% del público. De hecho buena parte de la gente con las remeras de “Porfiado” se quedó afuera tomando fresco durante los shows de Onda Vaga y Dancing Mood. No eran muchos, pero eran los que más agitaron en la previa que se demoraba, y los que consumieron toda la energía en la hora y cuarto que duró el show de los uruguayos. Que abrieron con “Algo mejor que hacer” y “El hijo de Hernandez” en una seguidilla que despabiló a todos, como un sopapo que despertó a los que quedábamos, cuando hasta entonces el humo no había hecho otra cosa que acercar a los estómagos bajoneados a los super panchos de precio inaccesible. Suponiendo estar frente a un público no del todo propio (solo en una mínima parte puede llegar a ser cierto), El Cuarteto de Nos apeló a la energía y dieron el show más potente de todos los que les llevo visto. Compacto y demoledor, casi punk por momentos. Se olvidaron de temas como “Mi lista negra”, y sacaron a relucir su repertorio más rokero, al que solo le dieron respiro con las intervenciones de Tavella (entre ellas “Enamorado tuyo”, con notorios problemas de sonido), aunque “No te invité a mi cumpleaños” también sonó más enérgica que de costumbre. Tal vez la única concesión en serio a ese clima fue “Todos pasan por mi rancho” en el que insólitamente la gente se sentó en el piso del Malvinas. Si hasta ese momento la tercera fecha del Festival Rock and Reggae se había caracterizado por el baile tenue y el tarareo hipnotizado, con el Cuarteto todo fue desborde. Los fans más aguerridos no interrumpieron el pogo en ningún momento, y ni siquiera midieron el enorme costo de las botellitas de agua fría que se vacíaron entre ellos en medio de los saltos. Con “Nada es gratis en la vida”, los desaforados “Buen día Benito” y “Miguel gritar”, mas “Yendo a la casa de Damian” el Microestadio Malvinas quedó regado de sudor. Y a pesar de la hora, el calor y lo poco práctico del estadio como para salir a esa hora, a nadie se le ocurrió irse sin pedir una más. “Me amo” e “Invierno del '92” cerraron el set del Cuarteto, la noche y el festival todo.