jueves, 4 de abril de 2013

Pearl Jam y The Black Keys en Costanera Sur

Hay una escena que no por reiterada no deja de ser emocionante: durante la interpretación de “Black” la banda baja el volumen lentamente, apenas si quedan algunos leves punteos de la guitarra de Mike McCready que llegan a los oídos como despidiéndose, después del “what cant it be mine?” repetido y agónico de una voz desgarrada, y la gente se queda coreando por un par de minutos un fraseo que bien podría volverse eterno. Eddie Vedder mira a su público más austral y brinda bebiendo otro trago de su botella de vino. Ya sucedió antes, es cierto, pero es ahí en donde uno termina de darse cuenta de que Pearl Jam lo hizo de nuevo. Como en 2005 en esos dos Ferro cargados de magia. Como en 2011 en La Plata, cuando el reencuentro nos confirmó que aquello de seis años antes no había sido un sueño, que era concreto y real, y que podía repetirse. Y si esa segunda vez resultó una confirmación de la empatía absoluta de la banda de Seattle con el público rockero argentino, este tercer encuentro resultó una auténtica celebración. En un marco multitudinario y para cerrar un festival que se pretendió el más grande de la historia, y que terminó por ser uno más, aunque no por ello de mérito despreciable.
Yo llegué unas horas antes exclusivamente para ver a The Black Keys. No niego que los relatos que llegan sobre el vivo de The Hives no me entusiasmaban, pero el horario en un día laboral lo volvía imposible. En una ciudad todavía reponiéndose del temporal, y ya de por sí saturada de automóviles, a algún genio se le ocurrió juntar dos eventos de más de cincuenta mil personas con pocas cuadras de distancia. El partido de los bosteros en su cancha, y el festival en lo que supo ser la Ciudad Deportiva de ese club. Eso sumado al barro acumulado transformó el ingreso en bastante engorroso. Claro, lo del barro resulta lógico y nadie puede objetarle nada a los organizadores en ese sentido, pero sí remarco que en varios de los lugares más anegados del predio la iluminación era casi nula. Insólito descuido de gente que a esta altura debería ser un poco más profesional. El otro tema a remarcar es que el Festival de la gaseosa/jarabe pretendió un objetivo altruista en esta edición y lanzó algunas consignas de buen ciudadano ecologista desde las diferentes pantallas del predio. Sin embargo a ninguno de los organizadores se le ocurrió preveer que semejante congestión de gente ameritaba la posibilidad de organizar una colecta para tanto evacuado que tenemos por estos días. Boca sí lo hizo en su estadio, a estos la gaseosa berreta les arruina la única neurona que no se dedica a contar billetes. La cosa es que finalmente entré, y en el escenario 2 estaba tocando Hot Chip. No sonaba feo, pero el horario y las largas colas en los baños públicos me llevaron a ganar tiempo para encontrar una cómoda ubicación frente al escenario principal.
Con unos quince minutos de retraso entraron los Black Keys y desde “Howlin' for you” ( de “Brothers”, el disco de 2010 que los llevara a los primeros planos) hasta la dupla de “Lonely boy” y “I got mine” con las que cerraron su set, sencillamente la rompieron. Si el predio estaba sucio y embarrado, el duo de Patrick Carney y Dan Auerbach (convertido en vivo en cuarteto) llevó ese ambiente al escenario dando una demostración de rock primal, abrasivo y contundente que en vivo se vuelve una verdadera enciclopedia sobre cada uno de lasinfluencias y orígenes más recónditos que pueda encontrar el rock and roll. Cada riff es asesino, cada dejo blusero suena atemporal, cada aullido surge desde la fuerza más elemental. Acá no hay carisma ni poses arrogantes, es energía con los pies bien sobre la tierra, una descarga furiosa que atropella y arrasa. El slide de Auerbach en “Run right back” es un cuchillo que te recorre la médula espinal, “Girl is on my mind” suena como un viejo disco de soul atravesado por la Blues Explosion de Jon Spencer, y “Ten cent pistol” te adormece en un riff letárgico que en vivo gana con su desprolijidad. Sí, desprolijidad. Porque cada nota arañada y cada vez que la garganta se pierde en un grito no hacen más que volver más auténtico y convincente el sonido de una banda que funciona a tracción a sangre, y que rinde culto al sonido valvular de los garages. Casi no hay diálogo con el público, parte del cual celebró los temas más conocidos, pero que también incluyó a muchísimos que los veían apenas como una curiosidad que demoraba la llegada de Pearl Jam. Y estoy seguro que no hubo nadie que haya salido anoche de Costanera Sur que no se haya convencido de que The Black Keys es una banda que merece muchísima más atención de la que le dispensaba hasta ayer. No hubo pausa: el comienzo de “Little black submarines” fue apenas una brisa que en seguida se conviertió en electricidad pura. Incluso cuando quedaron Carney y Auerbach solos fueron demoledores. En la formación que más los iguala con la sombra de White Stripes (pero con baterista de verdad y no de juguete) no dejan de erizar los pelos de cuanto tipo tengan enfrente. Y el que tenga dudas que se le atreva al riff saturado de “Money maker” y después me cuenta.
Las dos bandas principales tocaron en el escenario 1, con lo cual se evitó el traslado del público por las lagunas de barro, pero motivó que la espera para ver a Pearl Jam se prolongue unos cuantos minutos durante los cuales se pudieron ver por las pantallas algunos celebrados sketches de Peter Capusotto (La Concha de Rolando y esa vagina asomando de un jogging cantando “Arde la ciudad” se llevó todas las carcajadas), y una especie de propuesta/consigna de la organización animando a la gente con un “Juntos podemos cambiar la realidad”. A continuación preguntaban “Y vos qué harías para cambiar el mundo?”, y se escuchaban varias respuestas que no pasaron de “hacer la música que me gusta” o “dejar de tirar papeles en el piso”. Nadie le pide a los chicos que se propongan una campaña en Sierra Maestra, pero la verdad que le podrían poner un poco más de sal a respuestas que parecen obviedades salidas de boca de una modelo en un concurso de belleza. Por otra parte la vista que dejaba la calle España a la salida daba cuenta de que eso de no tirar papeles al piso no prendió mucho que digamos.
Después sí llegó Pearl Jam que al igual que en La Plata año y medio atrás eligió a “Release” para abrir el concierto. Comienzo calmo pero que funciona como una especie de hechizo que termina de concretarse en el riff de “Even flow”. De entrada nomás grandes dosis de dos de los mayores atributos del grupo: la garganta de Vedder que entra caliente y a punto al escenario, y el solo interminable de McCready que prolonga a “Even flow” hasta que llega la furia punk de “Lukin”. Pero remitirse a la lista de temas es un detalle menor en este caso; con Pearl Jam en Buenos Aires lo que valen son las emociones. La manera en que la banda y su público congenian y se engrandecen mutuamente. No importa que hayan pasados dos o seis años, porque incluso funcionó así la primera vez: Pearl Jam es como esos amigos lejanos que ni bien descorchada la primera botella de vino, se borran los rastros del tiempo y la distancia. Siempre fue así, siempre lo será. Es comunión, complicidad entrañable y (ya usé esta palabra, pero vale la reiteración) celebración.
Me acuerdo que cuando terminó el show en La Plata me dije que Pearl Jam es peronismo. Si bien luego leí varias opiniones de tono similar, y que más allá de que las iniciales PJ son todo un símbolo, aquella sentencia vino de la mano de una declaración de Eddie Vedder refieriéndose a las voces de su público argentino como “música maravillosa”. La adoración es tan intuitiva como inexplicable y visceral. Hay códigos y momentos en donde la mística florece y convierte a cada minuto del show en entrega pasional. “Jeremy” por ejemplo, cuya dosis de dramatismo suicida queda desdibujado por una devolución absoluta por parte de la gente. Que acompaña con palmas en “Corduroy”, que canta a más no poder con “Better man” y que acepta el “Está bien” del estribillo en español de “Daughter” como si el despropósito de la improvisación tuviera sentido alguno. Ramones es una palabra clave en la relación público-artistas, el espíritu de Baco en la botella vacía al borde del escenario es otro de los símbolos de la hermandad.
Similitudes y diferencias: la masividad del show y lo abierto del espacio en donde se realizó el festival le quitó algo de la dosis de intimidad que tuvieron los anteriores pasos por el país, aún cuando se realizaron en estadios. El impacto del componente emocional entonces no llegó nunca a ser el mismo, a pesar de que sigue siendo el condimento más destacable de los shows de Pearl Jam en Argentina. A favor de la noche de ayer queda un sonido impecable que se contrapuso con aquel saturado y grave de los shows en La Plata. Sin material nuevo la lista fue similar a la última vez que vinieron, y por otra parte Pearl Jam sigue sosteniendo los climas de sus conciertos en los mismos pilares, muchos de los cuales en este caso sonaron en el prolongado set de bises: “Do the evolution” a la hora de la energía, “I believe in miracles” y “Rockin' in the free world” a la hora de los homenajes y los covers, y “Alive” como grito liberador. Pero más allá de todo el condimento extra que la relación del grupo y el público local tiene, Pearl Jam es una poderosa banda de rock con un repertorio infalible. No digo nada nuevo, pero esos argumentos pagan, y mucho.
Quedará como postal la imagen de Eddie Vedder y su largavista observando la interminable continuidad de las más de cincuenta mil cabezas que poblaban la Costanera Sur. Y la dedicatoria a Fabricio Oberto, uno de sus más enfervorizados y famosos fans locales, cuyo paso por la popular NBA le permitió hacerse acreedor de semajante cumplido.
Otra vez quedó para el final “Yellow ledbetter” y un “I don't wanna stay” tan metiroso en boca de Vedder como en las gargantas que lo replicaban. Era tarde, si bien el clima había dado una tregua, todo el mundo sintió el peso de unas jornadas complicadas. Por eso tal vez la gente se retiró mansa sin cantar el infaltable “una más y no queremos más”. Mientras caminaba por España esquivando el barro y los vendedores ambulantes, yo me fui abrazado a la felicidad infinita del reencuentro con Pearl Jam, y con la necesidad imperiosa de que mañana mismo comience el operativo de regreso de The Black Keys. Buenos síntomas que me preparan para unos días musicalmente agitados.

domingo, 3 de marzo de 2013

Elton John en Velez


                Cuando llegué a Velez me encontré con alguna de las imágenes que había previsto: un público ecléctico, mezcla de rockeros añosos y señoras con pinta de directoras de jardín de infantes, algunos pequeños curiosos, y algunos otros chic@s bien arropados para estar a tono con el ícono en cuestión. La vista de las tribunas del estadio no distaba de la habitual postal de los domingos futboleros en Liniers: muchos claros en las plateas, porque salvo el sector VIP repleto, en el resto sobró lugar. Digamos unas 15 mil personas, tal vez 20 mil porque soy malo para los cálculos, pero desde ya que el lugar quedó grande. Algo que las sucesivas promociones lanzadas las últimas semanas  hacían prever; incluso una radio llegó a ofrecer en un concurso junto con la entrada para el recital, la posibilidad de pasar un día con Elton John (???). Desde afuera, mientras transitaba los últimos tramos de la explanada para acceder al campo, llegué a escuchar la despedida de María Eva Albistur, que hizo las veces de telonera. Ya adentro las pantallas explicaban la manera de comportarse en caso de siniestro, agregando en este caso el consejo de alejarse de carpas y escenario en caso de ráfagas de viento. Yo lo interpreté a mi antojo, e imaginé que había que alejarse en caso de que se suba Ráfaga al escenario, pero ese es otro tema; esto se trata de música, así que allí vamos. Eso sí, algún día alguien tendrá que explicarme cómo es posible que en un evento tan masivo, que requiere entre otras cosas del alquiler de un estadio, pueden poner a una única esquina como punto de reunión en caso de emergencia, como si se tratase de una reunión de consorcio.
                Con unos diez minutos de retraso, poco para un concierto de rock, pero grave para un caballero británico, Elton John (lentes azules, que sumado al oro del peluquín, lo hacían un tanto bostero para mi gusto) salió a escena con “The bitch is back”, poniéndole un irónico título a las crónicas de todos los que un día después nos animamos a escribir algo. En seguida “Bennie and the Jets” dio la pauta de que estábamos frente a una gran noche de lucimiento no solo del líder, sino de la banda toda, porque lo que hicieron el piano de Elton y el bajo de Matt Bissonette hacia el final del tema  fue magnífico. Y el climax góspel que pone punto final a una grave versión de “Levon”, lo terminó por confirmar. En primer lugar hay que decir que con el viento que corría anoche, lo que hizo el sonidista fue extraordinario. Al menos desde el campo el sonido fue perfecto, limpio, parejo y de un volumen acorde al estadio. Si la banda ofrecía detalles para descubrir y disfrutar, la tecnología sonora permitió gozar de cada uno de ellos. La banda de Elton incluyó a los históricos Davey Johnstone en guitarra y Nigel Olsson en la batería (tan delicado que toca con guantes blancos, y que a primera vista resulta una cruza entre Julio Iglesias y el  profe Córdoba), y al nombrado Bissonette en bajo (a quien yo llegué a ver junto a Joe Satriani en el Luna Park, durante la gira de “Is there love in the space?”), quien ocupa con autoridad el sitio de Bob Birch, quien se suicidara el año pasado. El grupo se completó con un segundo teclado, percusión y un coro de cuatros voces negras, entre las cuales se encontraba la mismísima Rosie Stone, aquella de Sly and the Family Stone.
                A esta altura de su carrera no es necesario decir que Elton John puede hacer lo que se le cante, como por ejemplo armar una gira para celebrar los cuarenta años, ya no de un disco, sino de una sola canción, en este caso “Rocket man”. Pero este Elton más viejo y más sabio abandona excentricidades para colocarse en el lugar de un intérprete magnífico de lo mejor de su carrera. No por nada el 90% del setlist tiene fecha de edición anterior a 1975, y cuando se acerca más al presente, se limita a unas pocas canciones como ese temazo que es “Believe”. Este Elton John menos performer y más songwriter dio cátedra anoche en Velez, y se dio el gusto de lucirse y hacer lucir a su banda (el slide de Johnstone en “Tiny dancer” fue delicioso, por ejemplo), rescatando temas y homenajeando ciudades, como el doblete con la neoyorquina “Mona Lisa and Mad Hatters” (altísimo momento del show), seguida por “Philadelphia freedom”.
                Acto seguido encadenó tres hits: primero “Candle in the wind”, por suerte con letra original y sin citas a Lady Di, apenas unas velas encendidas en la pantalla. Después le roba la metáfora del éxito al Mago de Oz para hacer  “Goodbye yellow brick road”, uno de los temas con mejores arreglos que jamás se hayan grabado, y en seguida “Rocket man (I think it’s going to be a long, long time)”, el tema homenajeado de la noche, con una festejada intro de piano. La voz de Elton algo más gastada, les entrega a las baladas un condimento extra, las vuelve más graves, íntimas, menos empalagosas. Las melodías lucen con otra madurez, y en ese tono yo me sentí más que a gusto. Dije antes que cuando Elton John se acerca al presente lo hace eligiendo meticulosamente los temas, y “Hey Ahab”, del disco “The union”, aquel que grabara con Leon Russell en 2010, es la mejor confirmación. La banda toca rythm & blues como nunca, lo que se sostiene a continuación con “I guess that´s why they call it the blues” que tiene un clímax final contagioso. Otra vez la premisa fue actitud menos melosa y más feeling, y la versión salió ganando. “Funeral for a friend/Love lies bleeding” significó un tramo casi progresivo de la noche con un centenar de insectos otorgándole un efecto especial al juego de luces, y con “Honky cat” Elton John nos traslada al clima de un salón de New Orleans, justo el día que los boludos de TN nos quisieron hacer creer que los porteños también podíamos tener tormentas con nombre.
                Después de “Sad songs (say so much)”, llegó el momento easy listening de la noche: una gran versión de “Daniel”, seguida por mi preferida por siempre “Sorry seems to be the hardest word”. Elton quedó solo con el piano e hizo “The one”, que reemplazó en el setlist a “Skyline pigeon”, decisión que no comparto en absoluto. Ese Elton John más FM se consolida (luego de presentar a la banda) con “Dont’ let the sun go down on me”, un pelotazo al que por suerte no llegó George Michael a ponerle más mermelada. Pero la gente participó por primera vez, lo que me da la pauta para afirmar, aunque peque de soberbio, que disfruté más el show que la mayoría de los presentes.
                El tramo final tomó temperatura con “I’m still standing”, y puso a la platea a bailar por primera vez con “Crocodile rock”, mientras Elton recibía un cocodrilo de peluche, al que puso a descansar arriba de su piano. El falsete contagioso estuvo a cargo de la gente, y el concierto se cerró con la poderosa “Saturday night’s alright for fighting” con la banda otra vez suelta y rockeando. Aunque a mi juicio lo mejor de la noche había sucedido en la primera mitad del concierto, no pude evitar mover la patita siguiendo el ritmo, “cause saturday night’s the night I like, saturday night’s  alright”. Quedó apenas un rápido regreso al escenario con el único clásico que faltaba, y entonces con “Your song” el británico cerró su tercera visita a Buenos Aires. Elton John será el único músico extranjero que podrá decir que pasó por los tres grandes estadios de Buenos Aires: River en 1992, Boca en 2009, y anoche Velez. Un público, que de tan fiel es capaz de comprar anteojos de plástico con lucecitas de colores a $30, ya espera ansioso por la cuarta. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Acorazado Potemkin en Ultra Bar


Mientras esperaba con una pizza y una cerveza el show de Acorazado Potemkin en el Ultra Bar, me acordé del contraste que me provocó ver al Juan Pablo Fernandez apocado que contaba el final de Pequeña Orquesta Reincidentes en “Qué sois ahora?” (el documental de Mariano Goldfgrob y Gustavo Galuppo), con la energía que me infundía la escucha obstinada del, por entonces reciente, disco de su nueva banda llamado “Mugre”. Ni bien aparecido no le fue dificil cosechar elogios y ganar recomendaciones, a pesar de que solo estába disponible en formato mp3 gratuito (y de sufrir además el asalto del FBI a Megaupload, que los obligó a mudar los archivos de servidor), pero que en lo que a mí respecta me reencontró como nunca con el hábito de escuchar un disco una y otra vez, hasta saberlo de memoria. Y desde ese día que vi el documental no puedo dejar de pensar en “Mugre” como una explosión, una descarga furiosa, un desahogo creativo. Tal vez sea injusto, puesto que Acorazado Potemkin es un trío y limitar el juicio a un solo integrante no sea lo correcto, pero aquella impresión fue tan real, que aún hoy perdura y la comparto.
Ese repaso no fue lo único que acompañó la espera, puesto que antes de Acorazado tocó Juguete Ruidoso (van a tener que reveer el nombre: dije ayer rabioso por ruidoso, volví a repetir el error al escribir hoy, y hasta se confundió Luciano Esaín cuando más tarde les iba a agradecer el set: Arlt es omnipresente). No los conocía y la primera impresión pudo resultar injustamente lapidaria: algo en la voz de Martín Mendez me recordó a Roque Narvaja. Después descubrí que ese no era sino un condimento loable, puesto que en medio de las capas de guitarras (excelentes arreglos) esa voz le daba a las melodías gran expresividad. Tocaron algo más de media y hora y como perla cerraron el set con Mariano Lopez Gringauz de Valle de Muñecas en el bajo. Poco puedo agregar para una primera impresión, solo decir que me tomaré el agradable trabajo de escucharlos, porque valen la pena. En el debe apenas me quedó la impresión de que el teclado merecía mayor protagonismo en la mezcla, y uno de los temas que me remitió demasiado a “Boys don't cry”, pero puede que sea injusto.
La excusa para el show de Acorazado Potemkin de anoche era la presentación en sociedad del video de “La mitad”, dirigido por José Guntin Rodríguez, el que se proyectó como anticipio de la salida a escena de la banda. Después Acorazado abrió con su versión del tema de Adriana Calcanhotto, “Unos versos”. Si la tierra es de quien la trabaja, las canciones son de quien las toca, dictaminó Juan Pablo para apropiarse definitivamente del tema. Después siguieron con “Lengua materna”, y con todo el disco “Mugre”, más un par de temas extra, que para mí eran nuevos, pero quien sabe si ya venían sonando en show anteriores. Lo cierto es que la energía es la misma y la tónica se mantiene: rock crudo, eléctrico, valvular; letras personales, solitarias y a veces confesionales. Todo en Acorazado Potemkin se expresa con dientes apretados, sin perder por ello (o tal vez justamente gracias a ello) la belleza en esa mirada descarnada, auténtica y de una poética única.
En la sala reducida y el público cercano, el sonido duplica el impacto y las canciones se suceden en un orden diferente al del disco, que no por ello abandonan ese hilo invisible que las conduce y define. “Perrito” es desolación, “Puma Thurman” ironía y en “Gloria” Juan Pablo Fernandez canta una linea, valga la redundancia, gloriosa: la gloria fue esa prostituta que me dio su nombre verdadero. En los coros y estribillos las voces de Fernandez y Esaín forman un tándem único, y la banda por momento arrolla. La furia punk ataca con los dos temas de Fede Ghazarossian: “Caracol” y “Quiero”, y para el final reservan la primera parte de “Mugre”, con “La carbonera”, el descomunal “Desert” (“En los mismos gustos, en la misma mueca, tal vez sobre la íntima, deliciosa y exquisita calidez de nuestra comunidad y sus justos gestos, ya ves, el desierto de cenizas que da molde a la paz, yo que nunca tuve paz, me envuelvo en esa paz, lo gris contra lo gris, soy lo gris contra lo gris” canta Juan Pablo parafraseando al poeta peruano Jose Watanabe ), y “Algo”.
“En este nuevo mundo en el cual el suicidio de pronto era una palabra en clave para indicar que lo que habías dicho iba en serio, nada podía estar más a la moda que un cadaver”, describe con crudeza los tiempos del punk londinense Greil Marcus en su “Rastros de carmín”, y Acorazado Potemkin, hijos lejanos pero legítimos en espíritu de aquella revuelta cultural, se despiden cantándole a los muertos. Envidiándoles la insensibilidad, la quietud, la paz y la eternidad toda, en una marcha que alcanza climas épicos.
Para el final definitivo hubo un regreso al escenario y otro tema extra-Mugre (mi falta de consecuencia con la banda en vivo me inhibe de decir nuevo), y por fin el cierre con “La mitad”, mientras la pantalla superior repetía las imágenes del video. “Ahora que no hay nada, sino fotografías”; la frase de Eduardo Darnauchans que dispara el tema se encarna en esas imágenes en blanco y negro que acompañan a una de las mejores canciones de desamor que se haya compuesto por estos lares. “La mitad” desgarra, deja esas huellas que duelen pero a las que no se renuncia porque precisamente es en ellas en donde uno mejor se reconoce. La pareja gastada baila en un pasillo angosto, ambos se mecen, se abrazan, se pierden, se buscan frente a un espejo que les devuelve soledad, se contornean en la ausencia de un hombro invisible pero presente. Son como siluetas individuales que solo se concretan cuando juntan esas dos mitades que les dan sentido. El video es cruel, trasmite el mismo frio implacable que la canción, y la complementa, la hace aún más grande. Como un círculo, Acorazado Potemkin vuelve entonces al inicio de la noche, porque lo que al principio fue entrega absoluta, apropiación casi obsesiva; ese “seré yo tu paradero” de “Unos versos”, encuentra en esa otra mitad que no sabe olvidar, esa “que te diga donde estoy” el mismo afan, el mismo destino inevitable, la misma convicción de que aún sumergido en el licor más venenoso, hay siempre una parte de uno que guarda las esperanzas más incrédulas y que se somete por completo a la fatalidad. Solo faltó Flopa en los coros y podría estar hablando de noche perfecta.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Kevin Johansen + The Nada + Liniers en el Teatro ND Ateneo


                Ayer, mientras iba al ND Ateneo al recital de Kevin Johansen con su banda The Nada, y que contaba, como en otras oportunidades, con el aporte del dibujante Liniers, pensaba en otros casos de relación tan directa entre la música y el dibujo. Y seguro debe haber sido por la fecha, tan cara a los gustos de Patricio Rey, que lo primero que se me vino a la cabeza fueron los aportes del “mono” Rocambole para los trabajos de Los Redonditos de Ricota. No voy a hacer, ni me interesa hacerlo, una comparación entre la perversidad y la elocuencia de aquellos dibujos con la candorosa ingenuidad propia de los de Liniers, pero sí tengo que decir que llegar al teatro con esas imágenes me obligó a tomarme un respiro para adaptarme a la inocencia bien entendida que se respiraba adentro.  Eso sí, una vez en clima, la cosa se hizo más fácil y dejarse llevar por la múltiple propuesta resultó más que sencillo.
                La historia no tiene muchos prolegómenos: ni bien se apagan las luces, y cuando el telón se va levantando lentamente, los artistas ya están ubicados en su sitio, y “Amor finito”, el tema elegido para abrir el concierto, ya había empezado a sonar cuando todavía el escenario estaba cubierto.  Kevin Johansen ocupa el centro y a su derecha está sentado Liniers garabateando sus primeros gráficos, cuyo proceso de creación se puede observar  sobre la pantalla que cubre el fondo del escenario.  Después tocaron “Desde que te perdí” y “En mi cabeza”, del primer disco de The Nada, al que Kevin definió como un catálogo de obsesiones.  Y esa será la fórmula de ahí en más: Kevin Johansen y sus canciones entregando consignas para que el dibujante improvise dibujos a tono con las palabras y los sonidos que guían su inspiración.
                En términos estrictamente musicales, el show tiene como eje el último trabajo de Kevin Johansen + The Nada, es decir “Bi”, un disco doble dividido por una impronta tropical y rioplatense en el primer volumen, y un sonido de pretensiones más rockeras en el segundo.  Y esos vaivenes están muy marcados en el show, cuyo clima varía a merced de esos distintos tonos. Eso sí, la atención que pone el público en la construcción del trabajo del dibujante, hace de la experiencia una situación tan fascinante como compleja.  El show dura alrededor de tres horas y consta de una innumerable sucesión de canciones breves, con lo cual testimoniar el orden de los temas resultaría tan tedioso como inútil. Puedo, eso sí, citar algunos pasajes destacados. Como el delicioso aporte que significa la segunda voz del bajista Juan Alvarez en “Tan fácil”, (en el álbum grabada junto a Paulinho Moska), o los celebrados solos de armónica, saxo y guitarra en “McGuevara’s o CheDonald’s”. Johansen es dueño de un ingenio que le permite cantar con ironía tanto sobre paradojas sociales como sobre dilemas existenciales. Jamás caerá en el trazo grueso de, por ejemplo, un Copani, y lleva adelante el show con una dosis de sutileza que contagia. A su lado Liniers hace del dibujo una experiencia de improvisación jazzística, aunque en algunos casos la pantalla muestra animaciones y dibujos pre grabados.  Adaptaciones propias de Flanders y Homero Simpson sirven para graficar el conflicto de los “Vecinos”, y su personaje Enriqueta le pone calidez a “Hamaca”. Más tarde la letra completa de “Everybody knows” se irá sucediendo en hojas que son descubiertas de a una mientras Kevin hace su versión del clásico de Leonard Cohen.
                Hay una cuestión importante: la variedad de disciplinas no se detiene en la música y el dibujo, sino que también el humor de estilo stand up está presente en todo momento de la noche. Los diálogos entre Kevin Johansen y Liniers son recibidos con sonrisas y carcajadas, y son componente esencial del show. Y ese cúmulo de situaciones se producen de manera simultánea, con lo cual obliga a la gente a tener varios de sus sentidos puestos al máximo de su atención para no perder detalle. En mi caso además se sumó el del olfato, ya que llevo grabado en mi nariz la más espantosa fragancia, que para mí, es el aroma del perfume de la señora que tenía sentada al lado. Hay baile (el breakdance de Liniers en un “Take on me” a dos charangos), juegos de palabras (“Hotel California” devenido en “Hotel Patagonia”), referencias de actualidad (dicen que es más probable que se amiguen Clarin y el Gobierno, antes de que yo haga un agudo, cuenta Kevin en “Oops”), e historias relatadas en un tono monótono digno de Leo Masliah, como en la introducción de “Timing”. La complicidad entre el cantante y el dibujante es absoluta y con todos esos aditamentos, Kevin Johansen y Liniers hacen del concierto una auténtica celebración de la amistad.
                Además de los dibujos, se pasaron un par de videos: el make up de las fotos de Kevin Johansen y Liniers convertidos en John Lennon y Yoko Ono (que forma parte de la gráfica publicitaria del concierto), y el estreno de “No digas quizás”, con la participación de Lisandro Aristimuño (con cita en vivo a “You can’t always get what you want” de Rolling Stones). En lo musical se destaca la versión folk de “Modern love” de Bowie, la festejada “Daisy” y hacia el final el clásico “Down with my baby”. Los dibujos más logrados son la cita floydeana en “Dark side of me” y “El grito” de Munch como gesto desesperado para suplicar “No me abandones”.  Y ambas disciplinas encuentran la mayor empatía en “Cumbiera intelectual” (imposible no emparentarla con la “Cumbia epistemológica” de Les Luthiers), en donde una referencia a Piet Mondrian sirve como disparador para un cambalache que incluye a Luis Majul, Bucay, Ari Paluch y Victor Hugo Morales (???). Antes también había recibido sus palos Alex Ubago en “S.O.S. fashion”. “Anoche soñé contigo” es el tema elegido para cerrar el concierto antes de una prolongada sesión de bises.
                El regreso al escenario incluye la repartija de algunos de los dibujos de Liniers que son arrojados a la platea bajo la forma de avioncitos de papel. Y lo primero en sonar es un meddley entre “Ni idea” y “So lazy”, canciones interpretadas a pedido de la hermana de Kevin. Después “Apocalypso” y “Sur o no sur” contagiaron su ritmo seguido por las palmas de la gente, y luego Liniers y Kevin Johansen intercambiaron los roles. Entonces fue el cantante el que intentó graficar la musicalización de “The fly”, el poema de William Blake (mucho Lou Reed allí, Mr. Liniers), y un “Knocking on heavens door”, en donde el dibujante imita la voz nasal de Bob Dylan, que termina por devenir en los aullidos de Axl Rose. Los dibujos serán juzgados con humorística severidad por Liniers, y el recital entró en su final definitivo con “Guacamole” (trencito incluido en la platea)  y el clásico “Fin de fiesta”. 
Cuando me iba, detrás de la consola un hombre llevaba un remera con la inscripción “Del deporte se puede salir”, y me fui pensando cuánto demorará Kevin Johansen en hacer una canción con eso. Eran más de las doce y el día de los inocentes ya había terminado, sin embargo me subí al taxi de regreso con la convicción de que la inocencia esta vez, sí que había valido la pena.
                

martes, 11 de diciembre de 2012

Festival Rock y Reggae DIA 3 - Mimi Maura, Dancing Mood, Onda Vaga, El Cuarteto de Nos

El domingo fue un día raro. Había muchísimas opciones y de todo tipo para decir presente. Estar en San Juan con el debut de Ramón Diaz en el banco de River, o en la Plaza de Mayo en el Festival por la Democracia y los Derechos Humanos eran dos de las opciones por las que el corazón hacía más fuerza. Pero también la tercera fecha del Festival Rock y Reggae en el Microestadio Islas Malvinas, una interesante propuesta de fin de año y que incluyó dos tarde/noche más, además de la del domingo. Novedosa y ambiciosa propuesta, porque un evento de esas pretensiones sin sponsor resulta todo un desafío en sí mismo, más allá del prestigio de la grilla (que incluyó nombres como Guasones, Bersuit y La Vela Puerca). Pues bien, entre la política el futbol y la música, esta vez prevaleció la música, y allí fui para Paternal en el domingo caluroso de Buenos Aires. Mientras tanto el celular traía las alegrías de los goles de Sanchez y Lanzini, y me enteraba también de la masividad del festejo democrático en la plaza.
Llegué cuando arrancaba Mimi Maura con “Todos los días de sol”, para pegarle en seguida “Canción a Nereida”, ambas de “Dias de sol”, el último disco de la banda que ya tiene buen rodaje, puesto que se editó en 2009. Supongo que cantar la canción con la que Mike Acevedo, padre de la cantante, le dedicara su amor a la madre de Mimi debe significar para ella una emoción muy particular, pero hay que decir que la pasión y la entrega de cada una de las interpretaciones tienen ese mismo condimento. Hacía mucho que no veía a Mimi Maura en vivo, y en su caso uno no espera evolución ni sorpresas, sino esa intensidad con la que viste de encanto caribeño a cada canción, más allá del ritmo y los diferentes climas. Por momentos prevalece la intimidad con “Al borde del tiempo”, “ Loiza aldea”, pero lo más festejado llega con canciones como “Ya no lloro más”, en las que la gente pareciera tomar impulso. A decir verdad el horario relativamente temprano en el que tocaron hizo que muchos chicos se vayan sumando al show a medida que este avanzaba, y tal vez por eso el calor llegó al final, con más gente, pero también con la llegada de los clásicos como “Otra copa” y “La huella”. El cierre de su set los encontró, considerando las premisas de rock y reggae que proponía el festival, asumiendo su identificación con la segunda palabra, y la versión de “Judge not”, el tema que Bob Marley que grabaran para el tributo de 2004.
No quiero ser injusto con las bandas que tocaron antes, porque resulta que el Festival arrancaba muy temprano, a la hora en que mi aparato digestivo culminaba por metabolizar las pastas domingueras. Así que apenas me limito a nombrar a Prófugos del Borda, Hernán Biondi y a Heladeros del Tiempo, quienes se encargaron de ponerle música al primer tramo de la fecha y de los que no puedo hacer ningún comentario.
Entre cada show había que salir a tomar aire, porque a pesar de la buena circulación en el estadio, los 30º se hacían sentir. El predio estaba muy bien aprovechado, con un puesto de helado, un patio cervecero y varios puestos de ventas de Cds y remeras en la parte exterior del estadio propiamente dicho. Eso sí, los precios de las bebidas y comidas parecían tener la intención de financiar la parte de los costos que la ausencia de sponsor no alcanzaba a cubrir. De todas maneras la cerveza encontró muchos adeptos.
El caso de Dancing Mood es especial, porque era la banda de todas las que tocaban ayer la que más intriga me provocaba ver. Más que nada porque me resultan una gran deuda ya que todos las veces que los escuché me prometí dedicarles una atención más exhaustiva, cosa que siempre terminé postergando. Pues bien, ayer finalmente me di el gusto de estar frente a esta Big Band, auténtico catálogo de músicos de la escena reggae/ska local. Fue el trompetista y líder Hugo Lobo quien tomó el centro del escenario, manejando todos los hilos de la orquesta. No casualmente vestía la casaca de Cuauhtémoc Blanco, como para que no queden dudas de quien marca los tiempos en ese conjunto. A decir verdad tanto Lobo como el saxofonista Sergio Colombo, en realidad volvían al escenario, pues ya habían estado sobre él como miembros de Mimi Maura. Con base en el ska jamaiquino, temas como “Take five” o “Dandimite” son la escusa para el despliegue individual de solos que se van sucediendo en una improvisación jazzera que permite citas y juegos melómanos en los que se descubren desde clásicos como “Rezo por vos”, temas tribuneros como “Muriendo de pena” de Ruben Rada, hasta citas fiesteras con el “Ilarie” de Xuxa. Con adaptaciones de clásicos como “Take the A train” y con The Skatalites como guia y referencia absoluta, mantuvieron a la gente en un leve, cansino y permanente baile, mientras arrancaban aplausos a fuerza de intervenciones solistas en especial de los vientos, aunque también se destacó un solo de guitarra de matriz “santanesca”. “Latin goes ska” y el coreado por todos “No me pisen las flores” fue la única parte vocal de un set íntegramente instrumental que nos dejó a todos con una enorme sonrisa y bien a punto para disfrutar de Onda Vaga.
Cuando entré para ver a Onda Vaga confieso que lo hice con prejuicios, porque los había visto en el Festival que cerró Café Tacuba en el Planetario y me habían parecido bastante frios. Mas allá de la simpatía que me producen sus canciones tenía esa deuda, que adelanto, saldaron por completo. Después de la “Vaguiseñal”, “Marineros” puso de buen humor a todo el mundo. Y a partir de allí mantuvieron a la gente cantando todas y cada una de las canciones, que los pibes se saben de memoria. “Ya” y “Me pega fuerte” son dos buenos ejemplos de la atmósfera fumona de sus letras y melodías. Pero también muestran que saben apropiarse de canciones ajenas, como el caso de “Como que no? De “el príncipe” Gustavo Pena en la que incluyeron cita de “La saeta”, aquel poema de Antonio Machado que musicalizara Serrat a fines de los 60. La invocación de Gustavo Pena funcionó como gesto para con los uruguayos que venían más tarde y que no fueron los únicos, porque La Vela Puerca había estado a cargo del cierre de la fecha 2 del festival. “Baila”, “Jovens”, “Vayan a ser” (“va a nacer una pena en una flor, una oreja en tu caparazón” los pibes son definitivamente delirantes) son una mezcla de inocencia e ingenuidad, que a veces resulta natural y otras bañada de sarcasmo. Tocaron un tema nuevo, en “Rayada” abogaron por el fin de la violencia de género y con “Sequía de amor” parecieron cerrar un set, que terminó por ser un gran fogón bajo techo. Pero la gente pidió más y en un guiño inusual en estos festivales (tal vez aprovechando la disponibilidad de tiempo que había dejado el cambio de fecha de Bersuit, inicialmente programado para ayer), les dieron unos minutos más, en los que los Onda Vaga regalaron “Mambeando”, la frenética “Cartagena” y “Te quiero”. Aunque a decir verdad el final quedó a cargo del público que se quedó coreando “El experimento” mientras los plomos reacomodaban el escenario.
Antes de El Cuarteto de Nos pasaron varias cosas. En primer lugar la demora entre banda y banda se prolongó más que los intervalos anteriores, pero una de las diferencias más notorias fue el público, que se renovó en buena parte. Domingo tarde y un lugar en el que no abundan los medios de transporte influyó, aunque el principal motivo tuvo que ver con que El Cuarteto de Nos y las bandas reggae no comparten el 100% del público. De hecho buena parte de la gente con las remeras de “Porfiado” se quedó afuera tomando fresco durante los shows de Onda Vaga y Dancing Mood. No eran muchos, pero eran los que más agitaron en la previa que se demoraba, y los que consumieron toda la energía en la hora y cuarto que duró el show de los uruguayos. Que abrieron con “Algo mejor que hacer” y “El hijo de Hernandez” en una seguidilla que despabiló a todos, como un sopapo que despertó a los que quedábamos, cuando hasta entonces el humo no había hecho otra cosa que acercar a los estómagos bajoneados a los super panchos de precio inaccesible. Suponiendo estar frente a un público no del todo propio (solo en una mínima parte puede llegar a ser cierto), El Cuarteto de Nos apeló a la energía y dieron el show más potente de todos los que les llevo visto. Compacto y demoledor, casi punk por momentos. Se olvidaron de temas como “Mi lista negra”, y sacaron a relucir su repertorio más rokero, al que solo le dieron respiro con las intervenciones de Tavella (entre ellas “Enamorado tuyo”, con notorios problemas de sonido), aunque “No te invité a mi cumpleaños” también sonó más enérgica que de costumbre. Tal vez la única concesión en serio a ese clima fue “Todos pasan por mi rancho” en el que insólitamente la gente se sentó en el piso del Malvinas. Si hasta ese momento la tercera fecha del Festival Rock and Reggae se había caracterizado por el baile tenue y el tarareo hipnotizado, con el Cuarteto todo fue desborde. Los fans más aguerridos no interrumpieron el pogo en ningún momento, y ni siquiera midieron el enorme costo de las botellitas de agua fría que se vacíaron entre ellos en medio de los saltos. Con “Nada es gratis en la vida”, los desaforados “Buen día Benito” y “Miguel gritar”, mas “Yendo a la casa de Damian” el Microestadio Malvinas quedó regado de sudor. Y a pesar de la hora, el calor y lo poco práctico del estadio como para salir a esa hora, a nadie se le ocurrió irse sin pedir una más. “Me amo” e “Invierno del '92” cerraron el set del Cuarteto, la noche y el festival todo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Joss Stone en el Luna Park

Yo ya había pasado por esto. Dos años atrás había estado en la misma situación. Había salido de un recital con tal grado de exitación que no me imaginaba la manera de cambiar de estado para imbuirme en el clima de otro recital de tono absolutamente diferente, apenas un solo día después. Aquella vez fueron los Pixies los que me dejaron enchufado, esta vez fue el turno de Pulp. Y en 2010 la encargada de bajar los decibeles fue Regina Spektor, esta vuelta la tarea le correspondía a Joss Stone. Y la palabra mágica, tanto en aquel caso como en este, fue encanto. Con diferentes argumentos y atributos, pero ambas cantantes son capaces de irradiar el mismo halo de magia que transporta, en apenas unos minutos, a ese otro universo tan diferente e igual de placentero. Encima el frente frio que redujo diez grados la temperatura de la ciudad, no pudo ser más oportuno.
Otra vez llegué cuando una tal Coral estaba terminando su show, nada para decir al respecto. Pero la espera fue amenizada por una especie de comedia protagonizada por un vendedor ambulante de cd's orginales, que recorría las tribunas con un cajón de madera de esos en el que suelen llevar mani y sugus confitados. La reacción de la gente ante la oferta de cd's orignales fue de absoluta extrañeza, como si se tratase de un producto retro. El tipo fue insistente, pero no vendió ninguno. Un recital extraño, al menos para mi costumbre, en cuanto a la variedad de público: algunas mujeres con vestidos de noche, y gente repasando con carilina la butaca antes de sentarse. Un espanto, porque aunque la chica que canta es rubia, venimos a escuchar música de negros.
Joss Stone entra al escenario con un largo vestido lila cuando la banda ya empezó a tocar “(For God's sake) give me more power to the people”, el clásico de The Chi-Lites incluído en “The soul sessions Vol. 2”, un sexto disco que supuestamente la devuleve a las fuentes que en realidad nunca abandonó del todo. Pero lo que sí se retoma es el formato de aquel primer trabajo que lanzó a Joss Stone al estrellato: clásicos (y no tanto) del soul, covers de otros estilos bien arreglados al tono, y un sonido vintage que revive el espíritu con el que Motown y Stax signaron a la década del '60. El segundo tema “While you're out looking for sugar”, también del último disco, termina por delinear el rumbo de la noche. Y con un meddley entre “You had me” y “Super duper love”, la británica termina por comprarse al público porteño.
El programa que repartía la acomodadora (al margen de que constaba de tres párrafos que decían exactamente lo mismo, pero en difrente orden) describía a Joss Stone como joven y bella cantante. No es casual esta presentación, y no lo digo solo porque lo de joven y bella sea una obviedad. Joss Stone sabe muy bien como sacar provecho de su figura, su rostro y su (no tan) breve trayectoria como cantante. Porque el hecho de haber grabado su primer disco con apenas quince años la coloca en el lugar de niña eterna. Y el coqueteo adolescente con el que perversamente juega con la platea la convierte en una seductora de altísimo voltaje. Mira de reojo, se sonroja, se tapa levemente la boca, se sonríe con una inocencia impostada capaz de convencer al Lester que compuso Kevin Spacey para “American beauty”, de que se vuele la tapa de los sesos ahí mismo. Cada tanto se vuelve hacia la parte trasera del escenario en donde la espera un tecito con el que mantiene la garganta a punto. Se muestra tímida, fragil y a cada paso y movimiento se consolida elegante y sutil. Juguetea con esa pose inocente, pero a la hora de las interpretaciones su voz se expresa con todo el caudal y expresividad que se le conoce. Sin abusos, dosificando los climas, haciendo gala de una versatilidad asombrosa. Porque en ese aspecto, Joss Stone nació madura. Tanto es así que supo conducir su carrera por los caminos que ella eligió, y a los cuales supo incorporar hip hop, blues, pop, reggae, R&B y otros estilos, sin jamás renunciar a convencionalismos comerciales que en su ambición la conviertan en un producto multiplatino pero vacío. Ya se sabe: siempre cerca de un joven talento está el riesgo de caer en manos de un Emilio Estefan que le haga grabar “Aquel bahiano”, o algún otro espanto por el estilo. A Joss Stone le colgaron el cartelito de Aretha Franklin cuando tenía apenas quince años y sobrevivió; no es moco de pavo.
La banda que la acompaña (todos negros) sabe todo lo que tiene que saber. El grupo formado por bajo, guitarra, batería y teclados, más tres corista y tres vientos, tiene ritmo, intensidad, maneja los volumenes a su antojo y dosifica el lucimiento individual en privilegio de un sonido compacto que a la hora del funk se vuelve irresistible (el slap del bajista es fundamental en este aspecto). Pasan “Teadrop” también del último disco, y “Jet lag” ( de “Mind, body and soul” primer disco en el que la cantante participó como co-compositora), y cuando la temperatura de la banda llega a su climax, entonces Joss se destapa con una versión acústica y despojada de “Landlord”, bellísima creación compuesta en conjunto con Dave Stewart, productor del muy buen disco “LP1” (2011). “I don't wanna be your landlord anymore” canta la rubia mientras esconde los ojos detrás de su cabello, y el Luna Park irremediablemente se rinde a sus pies.
El tramo final del concierto encadenó un meddley de seis temas que nos dejó sin respiro y en el cual aprovechó para citar a todos sus trabajos. Así fue que tuvimos a “Bad habit” (de “Introducing Joss Stone” - 2007) y “You've got the love” (de “Colour me free” - 2009). En “Put your hands on me” hace un lindo juego vocal con las coristas (dos mujeres y un varón, que cuenta también como dama), y que aprovechan para lucirse. Porque a decir verdad el coro está contenido, refuerza algunos estribillos, y poco más: la mezcla destaca todo el tiempo a la voz principal. Para la despedida con el cover (más que cover, reinvención) de “Feel in love with a boy” de los White Stripes, el guitarrista mete un solo distorsionado, casi metalero, que pertenece a otro show, a otra fecha y a otra dimensión. La gente aulla igual (algunos insufribles aullaron toda la noche, pero era parte del riesgo que yo asumí al comprar la entrada), y después sí el reconocido fraseo que es seguido por la gente y su “oh, oh, oh, oh, oooh, oh”. Una versión mas potente que la grabada en “The soul sessions vol.1”, y que significó el final del show.
Un ratito se demoró la británica para volver y allí nos regaló “Right to be wrong”, cuyo final se vio demorado porque cada vez que Joss se aprestaba para el cierre a capella, un “I love you” llegaba desde la platea, y sus risas conspiraban y quebraban su concentración. Por suerte los gritos cesaron y la garganta de Joss Stone tuvo un último instante de lucimiento. Después, mientras sonaba “Tell me what we're gonna do now”, fue presentando a sus músicos, y saludando por última vez a los más privilegiados lugares de la platea. Joss Stone se fue repartiendo flores blancas y sonriendo con esa ingenuidad impostada con la nos sedujo toda la noche. Yo me quedé con las ganas de su versión de “The high road”, pero no hubiese tenido coraje de reprocharle nada. No faltará oportunidad.

 
(La crónica específica del show terminó, pero hay algo que me veo obligado a contar. A la salida fuimos con mi hija al Burger King de Florida y Corrientes, y los paspados que atienden el local, y que tienen menos reacción que la defensa de River en las pelotas paradas, cuando vieron que se juntaba mucha gente, dijeron “uh....”, y se asustaron. Es increíble. Los pibes de McDonalds ven mucha gente y se exitan, los de Burger se inhiben y se culpan ante el éxito. Son los Kurt Cobain de las hamburguesas)


jueves, 22 de noviembre de 2012

Pulp en el Luna Park

A esta historia la voy a comenzar a contar desde Marzo de 2008. Jarvis Cocker había llegado por primera vez a la Argentina para dar dos shows en La Trastienda presentando su primer disco solista. Hacia el final del primer recital nos ilusionó con un “ahora voy a tocar un tema de Pulp.....Fiction”. Turro, muy turro el remate. Y mentiroso además, porque el tema en cuestión (“Little green bag”), en realidad pertenece al soundtrack de “Reservoir dogs”. Cuatro años estuve con la jodita atragantada. En medio una expectativa enorme por su juntada con Steve Albini para un segundo disco solista, cuya concreción demostró injustificada. Y una vez conocida la reunión de Pulp, la ilusión de que aquella performance de 2008 termine resultando apenas un aperitivo de algo más grande. Que funcione como funcionó el show de The Breeders para los demorados Pixies, conciertos también unidos por una imaginaria linea entre La Trastienda y el Luna Park. Y así como en Mallorca alguna vez nació el “Waiting for Waits” para esperar al gran Tom, la ansiedad en la Argentina fue creciendo hasta que desde Niceto, bajo la sugestiva pregunta ¿Viene Pulp?, empezaron a llegar los primeros síntomas de la concreción del sueño.
Entré al Luna Park cuando Les Mentettes Orchestra estaba terminando su set. Los shows entre semana me están retaceando la posibilidad de disfrutar de las bandas soporte y la verdad me jode bastante. Pero por otra parte después de una jornada por encima de los 30º C en Buenos Aires, uno necesita una ducha antes de volver a salir de su casa, más cuando el rubro “sucio y desprolijo” no está contemplado en el universo de la estética Pulp. El escenario estaba cubierto por un telón negro traslúcido sobre el que, ni bien se apagaron las luces, los laser comenzaron a dibujar preguntas y advertencias: ¿Están dispuestos?, ¿Vamos a pasarla bien? No queremos problemas ¿Tomamos algo? Inlcuso a la pregunta ¿Quieren ver un delfín?, siguió la imagen de dos delfines zambulléndose en un mar verde fluor. Graciosa la presentación, que nos hizo saber lo divertido que podría ser el Infotrans si Jarvis Cocker fuera chofer de colectivo. ¿Se acuerdan de la primera vez?, preguntan los laser a un público virgen de esa experiencia, antes de que se enciendan de a una, por detrás del escenario, las letras de neón que forman el nombre del grupo. El telón recién cae cuando llega el estribillo de “Do you remember the first time?” y uno ya está feliz antes de saber cuánto le queda por celebrar.
Los que habíamos visto en 2008 a Jarvis sabíamos muy bien qué tipo de performance es capaz de producir en vivo. El tipo es simpático, irónico, a veces humilde y otras algo sobrador. Intenta hablar (leer) en español, apela a frases cotidianas y porteñas (tirar la casa por la ventana, la noche está en pañales, la verdad de la milanesa, chiche bombón) provocando una mezcla de sonrisas y exclamaciones jocosas. Cuando la gente canta por él (la palabra Pulp es imposible de incluír en la métrica del clásico “ole, ole, ole...”), Jarvis hace encender las letras de neón para resaltar al grupo por sobre su figura. La banda suena potente y de entrada queda claro que nadie escatima en cuanto a volumen. “Pink gloves”, “Razzmatazz” y la bella “Something changed” (con Jarvis con la acústica colgada por primera vez) son momentos para ir entrando en calor, pero a partir de “Disco 2000” la cosa nunca volverá a ser igual. Y cuando digo la cosa no me refiero solo al show, ni a la noche, sino a la vida de cada uno que haya estado allí dentro. El Luna Park se transforma en una discoteca gigante. Un mundo de neón, humo y electricidad. Todo es exagerado y nunca kitsch. Los laser hieren los ojos, el tipo de anteojos de marco grueso reparte golosinas, recibe otras (alquien le arroja una Vauquita), se sacude en espamos, baila, canta igual de bien que en los discos y se entrega por completo al show. El día de la música es hoy, sentencia Jarvis, adelantando el santo de las Cecilias, y aprovechando el cabalístico número 211112 que se forma con la fecha del show. Y tiene razón, después de lo de ayer van a tener que cambiarlo.
Las canciones son todas clásicos. Haciendo base en el período de mayor éxito de la banda (“His'n' heres”, “Different class” y “This is hardoce”) Pulp ofrece un repertorio seguro: “Sorted for E's & wizz”, “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.”, “Like a friend”. Las canciones son delicadas, exquisitas y todas explotan en estribillos que mueven a la euforia. En eso Pulp es al pop lo que Wagner a la música clásica. Grandilocuencia, pero sin valquirias que inciten a arrojar napalm desde un avión o a invadir Polonia, sino, a lo sumo, que mueven a salir a correr en pelotas por la costanera con una botella de whisky en la mano. Desenfado, abuso, exaltación, goce y éxtasis. Pulp.
En medio de esa celebración, Jarvis Cocker se escapa de la fiesta, se encierra en un cuarto reservado y después de seducir de manera bizarra con “Underwear” se introduce en la perversión de “This is hardcore”. “This is hardcore” es sexo al límite. Es cuero, cadena, violación de la intimidad. Es el labio mordido hasta sagrar, el estremecimiento que produce el surco que deja el filo de un cuchillo recorriendo la piel desnuda. Son las palabras pero también la densidad de los arreglos, la melodía, la veneración oscura e inmoral. El clima de tensión sexual que despide la banda desde el escenario en ese tramo, hace quedar al “Pornography” de The Cure como el video de una fiesta de bautismo. Jarvis Cocker termina en el piso, meciéndose sobre un cuerpo invisible mientras cierra la sesión con un inapelable “What exactly do you do for an encore?, cos this is hardcore”.
Después de eso “Sunrise” es apenas como un coctel de cortesía servido en el “Bar Italia” que lo sucede. Y narrar lo que ocurre cuando suena “Common people” merece una crónica aparte. El éxtasis al extremo, las saltos, el pogo y el baile en un solo movimiento espasmódico y desenfrenado que hace del Luna Park un crisol de sudores que hierven en una temperatura inusual. Antes hablé de euforia y en ese momento la euforia llega a su clímax. Queremos ser gente común y corriente, pero en ese momento somos todos especiales y únicos. La adrenalina conduce cada movimiento y cuando Jarvis Cocker se derrumba sobre el escenario, la entrega y devoción de la gente es absoluta. Y los (pocos) que se van, lo hacen un poco por el horario, pero otro poco porque saben que nada de lo que pueda suceder después va a poder superar ese momento.
Pulp sabía de nuestra espera y ansiedad y por eso se tomó buen tiempo para dedicarle a los bises. “Mile end” (de la banda de sonido de “Trainspotting”) y “Little soul” fueron suaves caricias para los que todavía no habíamos recuperado el ritmo de la respiración. Después “Help the aged”, ese extraordinario tema de “This is hardcore”, con una letra magnífica que derrumba más prejuicios que cualquier publicidad emotiva de la ANSES. Uno no puede dejar de pensar en los versos, aunque Jarvis ha declarado hace poco que no es bueno leer las letras mientras se escuchan la canciones (lo que presumo es un burdo argumento para que compremos sí o sí el reciente libro “Madre Hermano Amante” que compila todas sus letras). Y mientras nosotros intentamos olvidar de que nada dura para siempre, “Mis-shapes” es la encargada de dar por fin a ese primer tramo de la extensa despedida.
Las luces nunca se encendieron y algunos plomos reacomodaron micrófonos e instrumentos. Había más, y ese premio adicional fue con “Live bed show” y su coro irresistible. Y un “Party hard” como gesto para los que, a pesar de los hits, a la hora de hacer preferencia, guardamos un lugar privilegiado para “This is hardcore” en nuestros corazones. Después sí fue despedida definitiva, y yo salí del Luna Park completamente aturdido y exausto. Pulp debe su nombre a la película homónima de 1972, con Michael Caine haciendo el papel de Mickey King, un escritor de novelas de detectives baratas. El afiche promocional de aquel film decía : Mickey King writes pulp, lives pulp, very soon could be pulp”. Premonitorio, porque ayer de verdad todos salimos siendo un poco Pulp.
El show de anoche en el Luna Park será un hito. Yo recuerdo muy bien la perfección de Radiohead y la emotividad a flor de piel de los shows de Pearl Jam. Pero la energía de Pulp solo puede ser comparada a la noche de los Pixies en ese mismo estadio. En mi caso podría sumar a esta percepción lo que hizo Jason Pierce con Spiritualized en La Trastienda, pero allí fue menos masivo, así que me lo reservo. Hice lo que nunca: salí del show de Pulp y volví en el 4 escuchando “Different class” en el Ipod; no podía parar. Hoy voy a ver a Joss Stone, y todavía no sé como carajo voy a hacer para ponerme a tono.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Robert Plant en el Luna Park

Para los que me conzcan desde antes de ser un ignoto bloguero, saben perfectamente de mi predilección por Led Zeppelin a la hora de encaramar un nombre en la absurda (pero siempre entretenida) lista de las bandas más grandes de la historia del rock. Con el tiempo llegué a pensar que Radiohead podría amenzar esa convicción, pero ese es otro tema que ahora no viene al caso. La cuestión es que aún en la época en que la economía y las incipientes (no tan incipientes, a decir verdad) responsabilidades me impedían concurrir a recitales con asiduidad, una de las pocas excepciones fue aquel inolvidable show de Page y Plant en Ferro, allá por enero del '96. Unos pocos años antes, escuchar por Rock and Pop desde mi casa a Plant solista haciendo “Babe, I'm gonna leave you” me había colocado bajo shock emocional. Por estos motivos, ya con otro ritmo de inversión en recitales, para esta tercera llegada de Robert Plant, me apresuré a estar entre los primeros en tener la entrada, y me propuse hacerme de una buena ubicación (aunque no las mejores, inaccesibles para alguien que se propone ir a todos, o casi todos, los shows que se andan promocionando).
Llegué temprano al Luna Park, o mejor dicho, creí que llegaba temprano y resulta que me perdí el show de Richard Coleman que hacía las veces de artista invitado. El show estaba anunciado para 20:30hs, algo que nadie nunca creyó del todo, y que provocó (aún cuando el inicio se demoró unos veinte minutos) que varios entren a las corridas cuando ya iban dos o tres temas del concierto.
La banda que acompaña a Plant en esta gira (Sensational Space Shifters) ya había empezado a tocar cuando Robert, de jean y remera negra, entró caminando al escenario para iniciar el concierto con “Tin pan valley” y “Another tribe”, dos temas de su disco “Mighty ReArranger” de 2005. Elección que iba a condicionar la noche, ya que si uno se guiara por los temas elegidos, pareciera que Plant encaró esta gira borrando de un plumazo sus últimos dos trabajos: la colaboración con Alison Krauss (Raising sand), y el disco con Band of Joy de 2010. Esos trabajos son discos bastante despojados en cuanto a la pretensión de los arreglos. Cada uno con sus propias características, devolvían al cantante a un sonido más depurado y tradicional. Y nada de eso ocurrió anoche, ya que el recital bien podría haber funcionado como la presentación del nombrado “Mighty ReArranger”. Eso sí, Robert Plant nunca se olvida de que alguna vez fue (como lo anunciaba innecesariamente el afiche de promoción local) “the voice of Led Zeppelin”, y entonces nos regala “Friends” para la primera gran ovación de la noche.
El escenario solamente estuvo decorado por el logo de los Sensational Space Shifters y el rostro de una versión jovencísima de Robert Plant rodeado de flores y colorido. Un afiche bien sixtie, psicodélico y flower power, al estilo de los de Canned Heat o Grateful Dead. Sin abusar de diálogos prolongados que puedan poner a prueba su español, Robert Plant usó el castellano para comunicarse con la gente: para agredecer, saludar y demás formalidades. Pero también esos momentos funcionaron como un guiño para anticipar los platos fuertes, es decir, los clásicos: “Y ahora?”, se pregunta y luego de un “No sé” como auto respuesta, largan con el nombrado “Friends”. Más adelante la contraseña será “Por qué no?” como pie para “Black dog”.
Plant no ignora lo que su figura representa, su condición de miembro de una de las bandas más grandes de la historia, pero no se resigna a ser un digno intérprete de sí mismo, sino que no cesa en la búsqueda inconformista. Bajo sus parámetros, está claro. Sus obsesiones, su fascinación con la música oriental, los instrumenos africanos, los arreglos y sonidos de la India. Elige no ser demagogo y se sumerge en su obra sin temores, sin limtaciones, pero sin liviandad ni complacencia. Por eso, así como hace una semana Jack Bruce le devolvió al “Spoonful” de Howlin' Wolf su esencia blusera, Plant la recubre de un halo místico y se transforma en una especie de chamán, que en medio de un ritual tribal nos recuerda que “a little spoon of your precious love, good enought for me”.
“No quarter”, aquel proyecto que lo reencontró con Jimmy Page en los '90, le da la matriz perfecta a la manera de cómo abordar las canciones de Led Zeppelin, y esas canciones se muestran dóciles y sumisas a la voluntad de Plant. Lo siguen, se amoldan, lucen (a veces hasta mejor) en cada nuevo arreglo. El que busque el intrincado riff de “Black dog”, lleva las de perder. Recién hacia el final con “Ramble on” se podrán reencontrar los sonidos a los que el oído está más habituado. Y si bien Plant no se olvidó de rockear, y no duda en dejarlo bien en claro, en el centro del show muchas veces queda (al margen del excelente trabajo del primer guitarrista Justin Adams) Juldeh Camara, el músico originario de Gambia encargado del banjo y violín africano, quien además le pone voz a los pasajes más étnicos de los temas.
Puedo citar el setlist completo, y aunque quien con esa información se arme una lista en su reproductor de música, nunca podrá tener noción de lo que es el concierto. Porque al no ser las versiones iguales a las grabadas, las sensaciones frente a la música jamás podrán ser las mismas. Hay climas diferentes en medio de los temas, especialmente en los más densos como “Somebody knocking” y “The enchanter”. La gente aplaude, se sorprende, saluda a su ídolo con el porteñísimo grito de “aguante Roberto!”, y por supueto reacciona y celebra cuando descubre los clásicos como “Bron-Y-aur stomp” y “Four sticks”.
A esta altura me doy cuanta que no hice referencia a un detalle central: el encantamiento que produce la figura de Robert Plant sobre el escenario. A pesar de su pose humilde, el excelente estado de su voz y sus tonos inconfundibles lo vuelven irresistible. Y con esos atributos, se da el lujo de mostrarse fragil y emotivo en la bellísima y despojada “All the king's horses”. Cuando levanta el volumen, es sorprendente como sus agudos aún pueden erizar a la platea, aunque no está demás reconocer que a la hora de los gritos, la consola de sonido hace un gran trabajo con los efectos. El cierre llega con “Fixin' to die” y un “Whole lotta love” con una base afro y el riff cortado, que parece salido de una versión valvular de “Achtung baby”
El final, después de un breve intervalo, fue con más clásicos. Y a esa altura no hay mucho para agregar, solo dejar en claro de lo lindo que resulta escuchar a Robert Plant en 2012 cantando “Going to California” apenas un tono abajo de aquella versión del cassette de Led Zeppelin IV, cuya cinta quedó transparente de tantas pasadas. Y el final es con “Rock and roll” al que aunque siga sonando poderoso, y la gente coree a viva voz el “lonely, lonely, lonely time”, guarda un lugar para un desquiciado violín africano que lo coloca en otro nivel. Esa versión termina de confirmar, a días del estreno en el país de “Celebration day” el motivo por el cual Plant fue el menos interesado en prolongar aquel alabado regreso de 2007: los caminos de su música hace rato han encontrado su propio y fascinante rumbo.






viernes, 26 de octubre de 2012

Jack Bruce & his Big Blues Band en el Teatro Gran Rex

Antes de empezar a hablar del show de anoche de Jack Bruce, no puedo dejar de contar que esta vez el Jueves musical de Octubre vino con yapa: la cantidad de lugares vacíos que ofrecía el Gran Rex permitió que por una exigua colaboración “a voluntad”, la lejana ubicación entre las últimas filas de las alturas, se transforme en una privilegiada vista desde la fila 10 de la platea (que más tarde, se convertiría en fila 4). Esto lo cuento, en parte porque imaginé la misma posibilidad con Feist y no resultó, pero también porque sentí la misma sensación de impotencia e indignación que con Roger McGuinn en el Teatro Coliseo. Cómo puede ser que leyendas de este nivel sean ninguneadas por el público melómano de Buenos Aires? No me atrevo a afirmar un motivo, y si me pongo a hilar fino, hasta me da miedo la posible conclusión. Lo cierto es que los generosos acomodadores del Gran Rex se hicieron el día, y muchos aprovechamos la oportunidad.
No sabía que Baltasar Comotto tocaba como soporte, me tomó por sorpresa. Ya lo había visto alguna vez en el Luna Park, no recuerdo antes de qué banda , y tuve exactamente la misma sensación: es un excelente instrumentista, pero sus temas no me terminan de convencer. La banda suena ajustada, la matriz de Pescado Rabioso es el molde de la mayoría de sus temas, que nunca pasan de lo correcto. Además la voz no ayuda (en este punto me pasa lo mismo con Skay). Tocó un buen rato, dedicó temas a Miles Davis y a Luis Alberto Spinetta, y saludó y agradeció a medio mundo.
Cuando se apagaron las luces, y mientras varios detectábamos los huecos en las primeras filas para ganar espacio con astucia, y ya no peaje de por medio, Jack Bruce entró al escenario acompañado solo por su baterista Frank Tontoh y el guitarrista Tony Remy. En formato trío hicieron “First time I meet the blues” de Buddy Guy, un artista que no hace mucho ocupó el mismo escenario. Después sí entró el resto de la Big Band Blues prometida, y se agregaron a escena los tres vientos (Paul Newton en trompeta,Derek Nash en saxo y Winston Rollins en trombón) más el tecladista Paddy Milner. Y en ese instante quedó claro que íbamos a presenciar una noche de blues clásico y con todos los aditamentos. De todas maneras no fue hasta que los oídos detectaron la linea de bajo de “Politician” que la gente no liberó sus primeras exclamaciones de asombro.
Es imposible contar el blues. En este blog me gusta describir los estados y reacciones del público a partir de los diferentes climas de un concierto, pero en este caso es imposible. Una mecla de reverencia, admiración y privilegio era lo que se percibía entre la gente que estaba viendo a uno de sus próceres musicales haciendo un repertorio que, felizmente, puso su énfasis en su etapa de Cream. Aquella banda es recordada y reconocida por sus improvisaciones progresivas, divagues psicodélicos y una complejidad en interpretaciones, pero en las versiones de anoche los temas desnudaron su esencia blusera como nunca. Despojadas, lucieron primales y atemporales, mientras la banda que acompaña a Jack Bruce desde hace dos años dejaba en claro que es un auténtico seleccionado de sesionistas. El trombón de Rollins tuvo su espacio destacado en “Spoonful”, y la guitarra de Tony Remy (una especie de Robert Cray menos prolijo, con algo de Vernon Reid podría decir) arrancó aplausos en cada intervención. Y una figura descollante que fue el tecladista Paddy Milner, quien a pesar de no tener su pasaje de lucimiento en solitario, es (además de Jack, claro) el alma de la banda.
Jack Bruce está viejo. A ver, para que se entienda sin que nadie se sienta ofendido: hay muchos músicos en actividad con su edad (69 años) y especialmente en el mundo del blues. Pero hay algo en el andar de Jack, en su paso lento, en cada uno de sus movimientos que dejan en claro esta condición. Para colmo quien le organizó la gira no parece tener mucha noción de Sudamérica, puesto que lo hicieron tocar el 25 en San Pablo, el 26 en Buenos Aires, para llevarlo otra vez a Brasil (esta noche en Porto Alegre). Salió a tocar con un pantalón de entrecasa que lo vuelve una especie de abuelo o padre (cada lector sabrá a qué imagen lo relaciona mejor) en la intimidad de un informal asado familiar, y además llevaba puesta una campera de cuero que tiene tantos recorridos y batallas como el propio Jack. Hasta guarda gestos paternales para con sus músicos, como la manera en que le acarica la cabeza a Frank Tontoh después de su solo de batería. Pero a la hora de tocar, no se nota en lo más mínimo. Y si bien la voz sí ha sufrido más el paso del tiempo, el oficio lo hace salir airoso, aún en momentos melódicos como “Theme for an imaginary western”, en donde se sienta en el piano y hace ingreso en el escenario Nick Cohen, un bajista “suplente” que luce el mismo alto nivel que el resto de los músicos de la banda.
Todo, o casi todo fue Cream. Salvo “Neighbor neighbor”, “You burned the tables on me” o “Born under a bad sign”, aunque el clásico de Albert King supo integrar el repertorio de esa banda. “We're going wrong” (con un descomunal Remy) fue el momento de mayor expansión estilística. A “Desert cities of the heart”, Jack Bruce la presentó como su canción favorita del repertorio de Cream, y justo la enganchó con mí preferida: “White room”. Allí cuando Bruce levanta la voz aparece su timbre inconfundible y uno puede decir que entonces el placer es completo. Y luego del solo de batería, “Sunshine of your love” significó el cierre perfecto, con los dos bajos en escena, tal cual lo hubiéramos ideado cada uno de los que estuvimos anoche en el Gran Rex.
We've been waiting so long, y por lo tanto nos merecíamos un poco más. Y Jack Bruce y los suyos volvieron para hacer un par de temas extra. La despedida con el “Mellow down easy” de Willie Dixon nos devolvió a la calle con la convicción de que podíamos tachar una de las grandes deudas musicales de nuestra lista de pendientes. El taxista del auto al que me subí para regresar a casa me recibió indignado diciendo algo como “estos ingleses se llevan la plata afuera mientras el pobre Guarany se muere de hambre (????). Y yo, como podrán imaginarse lo mandé, con toda mi alma, a mirar las plumas verdes.

martes, 23 de octubre de 2012

Suede en el Teatro Vorterix

En enero de 2010 Brett Anderson tenía prevista una fecha en La Trastienda y yo, aún con entrada en mano, me preguntaba cómo haría para conciliar la imagen del crooner adulto en el que se había convertido Brett, con la del andrógino y provocador frontman de Suede, al que pretendía ver por lo menos una vez en mi vida sobre un escenario. Pues bien, aquella presentación se canceló, yo me gasté esa plata probando centollas en Ushuaia, y me quité ese dilema de la cabeza. Pero el tiempo pasó, y las situaciones se fueron encadenando de manera tan maravillosa, que la revancha vino con yapa: Anderson había decidio reunir Suede y además hacer pasar su gira por Sudamérica.
Llegué al Teatro Vorterix esperando ver las anunciadas reformas y mejoras, a las que tengo que confesar no vi. Nunca había ido desde la reapertura, pero yo no noté demasiadas diferencias. Para colmo la barra es de una pobreza llamativa, limitándose a vender fernet y cerveza Quilmes, a la que a esta altura solo recurro cuando las alternativas son el agua o la muerte por deshidratación. Detalles sin importancia, pero que no quería dejar pasar.
A pesar de la trascendencia que en un hecho así debería tener, el Teatro Vorterix recién se llenó con las entradas vendidas en la puerta. La remanida sobreabundancia de recitales, con el agregado del inminente show de Pulp, otra banda pionera del brit pop con la que, obviamente, comparten público, seguro influyó. Pero lo cierto es que cuando puntualmente se apagaron las luces, el Teatro Vorterix lucía de la mejor manera. Y hablando de brit pop, cuando a principios de lo '90 en la "pelea" comercial entre Oasis y Blur se nombraban a los Beatles y a los Stones como referencia, algunas voces se atrevieron a reservarle a Suede el lugar de los Who. Pues bien, hasta no verlos sobre un escenario uno no tiene noción de cuan justo resulta aquel parámetro. A su show se lo puede resumir, haciendo una analogía con el boxeo, de esta manera: Suede te empieza a tantear con “Introducing the band”, “She” funciona como los primeros jabs que empiezan a sacudirte la cabeza, y la combinación “Trash”, “Filmstar” y “Animal nitrate”, resulta una sucesión de ganchos al hígado y directos al mentón que te deja groggy. Groggy hasta que algo más de una hora más tarde, y después de unos cuantos floreos, te terminan por noquear con “Beautuful ones”.
Entre medio de todo eso, durante el tramo de los floreos y el lucimiento, pasaron muchas cosas. El regreso de una banda clásica sin material nuevo asegura una catarata de hits y Suede cumplió. Tienen tantos que pueden darse el lujo de armar un set contundente dejando afuera éxitos como “Stay together”, “She's in fashion” y “Obsessions”, y que nadie reclame nada. A la andanada inicial, a la cual cerraron con un “We are the pigs” que dejó afónico a varios, la cortaron con momentos más densos y oscuros como “Pantomime horse” y “The drowners”. Y cuando parecía que iba a haber más tiempo para tomar aire, el riff de “Killing on a flashboy” sonó más filoso y agresivo que nunca. Y “Can't get enough”, esa mixtura entre guitarra y bases dance que los británicos dominan a la perfección, consiguió la síntesis perfecta de lo que fue el concierto: todos saltando y bailando, todos cantando y coreando cada momento como si fuera el último.
Antes nombré a The Who, y no es casual la referencia. Fue el mismísimo Roger Daltrey para su concierto anual en beneficio de la organización Teenage Cancer Trust, el que los incentivó para el regreso. Y hay que ver como se para, toma su instrumento y se perfila el bajista Mat Osman, para comprender que es una réplica de Townshend con dos cuerdas menos. Claro, no revolea su instrumento, cosa que sí hace Anderson con el micrófono, conviertiéndose por momentos en una versión delicada de Roger Daltrey. Desde ya que es el cantante el que controla la escena. Con el refinamiento de Morrissey, la elegancia de Bowie y la performance desaforada del cantante de los Who, Brett Anderson es un frontman de un despliegue y dominio escénico como pocos. Recorre el escenario de un lado a otro, arenga con gestos a un público subyugado, se les acerca y aleja a los más adelantados, baila como poseído sacudiéndo su torso tan delgado como cuando en los '90 lo contorneaba la heroína, y por momentos se somete ante una energía que se le devuelve por duplicado. La guitarra de Richard Oakes (a la cual un poco más de volumen no le hubiese venido nada mal) hace rato que hizo olvidar a Bernard Butler, y sin poses exageradas, colma a cada tema de una energía avasallante. Neil Coding acompaña alternando teclados, y guitarras eléctricas y acústicas, y Simon Gilbert es un relojito.
Los coros del público se escucharon más que las cuerdas irresistibles de “Everything will follow”, a la que Anderson cantó sentado al borde del escenario. Y como en un sube y baja, o para seguir con el boxeo, como un estilista que luego de cada paso atrás, retoma con su ofensiva demoledora, Suede alterna los climas y en una racha final encadena “So young”, “Metal Mickey”, “The wild ones”, “Heroine” y “New generation”. Y cierra entonces con el knock out inolvidable de “Beautiful ones”, cuyo riff permaneció en la garganta de todos los que estábamos en el Vorterix, y que se repitió durante los tres o cuatro minutos que duró el intervalo hasta los bises.
De regreso el show tuvo otro clima. “My dark star”, un oscuro tema de “Sci-Fi Lullabies” (el disco de B-sides del '97) fue una sorpresa, porque no venía integrando la lista de los últimos shows, y la despedida definitiva fue con un “Saturday night” casi épico, con un coro repetido hasta el hipnotismo y que redondeó una noche inolvidable. La velocidad en el encendido de las luces y la música que ganó la pista del Vorterix fue señal suficiente para comprender que no había más para pedir.
La salida resultó lenta porque afuera se llovía todo, pero a decir verdad, el agua funcionó como esas toallas húmedas que les ponen a los boxeadores noqueados en la nuca, cuando todavía no saben si la pelea terminó, está por empezar o si todavía el referee les está contando. Así quedamos, así nos dejó Suede. Y una convicción: si “Positivity”, el inminente nuevo disco de la banda, es capaz de reproducir la energía con la que encararon el repaso de su obra, seguro que vamos a estar hablando de algo grande.
Los seguidores del blog ya lo saben: se vienen días movidos. La próxima estación será el jueves con Jack Bruce.

viernes, 19 de octubre de 2012

Feist en el Teatro Opera


            Antes de empezar, anticipo que se vienen días movidos en este blog. La sucesión de conciertos de fin de año ha comenzado y, sin anticipos, los shows son muchos y bien variados. La idea original de hoy era contarles la primera fecha del Pepsi Music, de la cual me interesaba ver (especialmente) a Garbage y The Gossip. Los que me siguen por Facebook han leído mi frustración ante la organización de ese evento, la empresa fantasma que vende sus tickets, los horarios recortados de boletería y todos los etcéteras que me llevaron a desistir de ese festival. Como frutilla del postre la deserción de Kasabian, su posterior reprogramación y la cancelación definitiva, no hizo otra cosa que dejar al descubierto la desorganización extrema de una gente que poco sabe de gaseosas, mucho menos de música. Y justito me vino este concierto de Feist en el Opera para la misma fecha, al que debido a la (por ahora) imposibilidad de disociación molecular, creí que iba a perderme.
            Las promociones de última hora y la disponibilidad en boletería hacían suponer que el teatro iba a mostrar muchos lugares vacíos, cosa que no ocurrió. De hecho yo, que accedí aprovechando una promoción, no saqué una entrada más cara especulando con adelantarme a las ubicaciones que imaginaba vacías. E incluso cuando Juana Molina inició su set, el Opera ya lucía de buena manera. Bien, nombré a Juana Molina y lo primero que tengo que contar es que la misma Leslie Feist tuvo la delicadeza de ser la encargada de presentarla. No solo eso, la llenó de elogios y se declaró fan absoluta (más adelante, ya durante su show, confesaría que llegó por primera vez a la Argentina porque quería tocar con ella). Juana subió con su bajista Mariano Dominguez e hicieron un set de algo más de media hora centrado en “Un día”, su disco de 2008, último hasta la fecha. Loops y más loops entre los cuales se cuelan melodías que cuando ostentan un aire bagualero, como “Un día” y “Vive solo”, consiguen un efecto delicioso. Hicieron también “Lo dejamos”, y cuando canta cosas como “Elena viene anunciando vientos muy frescos o un vendaval”, (“Elena”, del disco “Son” - 2006) Juana presenta una dualidad que está implícita en varias de sus letras. Cerró con “Quién?”, una culposa confesión de madre angustiada, del álbum “Segundo”. Juana Molina sabe muy bien extraer belleza de una repetición, en apariencia monótona, que en sus sucesivas capas encuentra complejidad sin perder un ápice de frescura.
            Si el clima letárgico de Juana Molina provoca reminiscencias de sueños y recuerdos que van y vuelven en secuencias uniformes, lo de Feist funciona como un despertar; el regreso al estado de consciencia, las nociones y vivencias encarnadas en cada canción. El ser, sus angustias y goces, y la naturaleza como paisaje sanador para una mente perturbada. “Shadows of the mountain, don't tell them what's in store. The height and the breadth, is it wrong to want more?” se pregunta la canadiense en “The  undiscovered first”, tema elegido para abrir el concierto. Y en seguida nomás se despacha con una furiosa versión de “A commotion”, que produce exactamente lo que el título promete.
            “Metals”, el último trabajo de Feist ya tiene en la calle casi un año, y un par de semanas atrás fue galardonado con el prestigioso Polaris Music Prize en Canadá, como mejor disco de 2011. Y en lo que a la carrera de Feist se refiere, es un disco maduro, sombrío, repleto de matices que al pop que le conocemos, agregó aires jazzeros y mucho blues. Es un trabajo variado, explorador de soledades, por momentos paisajista, que en su amplia pretensión no pierde coherencia en ningún pasaje. Y que puesto a prueba sobre un escenario no hace más que engrandecerse. Las canciones ganan en intensidad, los climas in crescendo consiguen que cada canción sea un viaje en sí mismo. La instrumentación es por momentos espasmódica, y los instrumentos que funcionan todos como  percusión, otorgan a temas como “Bittersweet melodies” o “Graveyard” un halo de ritual místico fascinante.
            La virtualidad había mostrado a una Feist jocosa y divertida desde su página en Facebook durante toda la tarde, y eso se trasladó al escenario. Permanentemente bromeó con sus músicos, especialmente con las “Mountain man”, el trío de voces femeninas que desde los coros construyen gran parte del sello del sonido de la banda. Leslie es feliz tocando y se nota en cada detalle, como cuando acompaña con su pierna derecha el pulso de cada golpe de tambor, o cuando aprovecha una deficiencia técnica para improvisar a capella una canción al respecto. Se compromete emocionalmente con cada letra. Su voz es dueña de innumerables matices, y ella le saca provecho en cada versión, como en el blues “Anti Pionner”, en donde consigue deslumbrar. Pero lo que más me sorprendió fue su manera rústica de tocar la guitarra, rasgando las cuerdas como su compatriota Neil Young. Tanto  con la guitarra electroacústica como con la eléctrica, su sonido me remitió todo el tiempo al maestro de Toronto.
            Si bien el setlist se hizo fuerte en “Metals”, las canciones más festejadas y que encontraron mayor participación del público (a veces hasta de pie) fueron los clásicos como “Mushaboom” (de “Let it die – 2004) , y  “My moon, my man” y “I feet it all”, esta último devenida en punk, llegados desde “The reminder”. “Cicadas & gulls” recrea un paisaje que resulta una brisa fresca de aire marino, “The limit to your love” pone al público a cargo de los coros, y “The bad in each other”  construye el momento, musicalmente hablando, culminante del show.  Un show que cierra a pura emotividad con “Confort me” y “Caught a long wind”
            Para los bises, Feist invitó a Juana Molina, y entre todos hicieron una sorprendente, inesperada y logradísima versión de “Whole lotta love” de Led Zeppelin. Después volvió a sus discos pasados, e hizo “Sea lion” y finalmente cerró con una “Let it die” con la que nos tiró todo su escepticismo y desamor por la cabeza: “ The tragedy starts from the very first spark, losing your mind for the sake of your heart. The saddest part of a broken heart, is not the ending so much as the start”. Ya con la gente abandonando el teatro, Feist nos hizo correr a varios por las escaleras cuando volvió para despedirse sola con su guitarra con una versión de “Intuition”, que nos llevamos a modo de regalo.
            Todavía no leí repercusiones acerca de lo sucedido en Costanera con Garbage, The Gossip, Best Coast y el resto, seguro mi impaciencia me hizo perder de algo grande. Pero de lo que a esta hora estoy seguro, es que de lo obtenido a cambio no me voy a arrepentir jamás. La sucesión de conciertos que se viene no pudo tener mejor inicio.