sábado, 10 de marzo de 2012

Roger Waters - The Wall en el estadio de River Plate


            Fabian Casas se me adelantó a la idea con la que yo me paraba ante “The wall” antes de estos shows: quién escucha hoy The Wall completo? se preguntó en su nota para Rolling Stone. Y allí surge la principal incertidumbre frente a la obra de Roger Waters: cuál es su grado de actualidad, pasados más de treinta años de su aparición? Y para responder esto habría que encontrarle un significado a una obra que con el tiempo se fue resignificando (sola o a la fuerza) y que como toda obra de arte, sobrevive diferente a partir de cómo afecta a cada uno de los seres que se exponen ante ella. Y es que aquel alerta sobre el fascismo y el rock, aquel compendio de miedos y fobias a la crueldad de las masas y los poderes absolutos se ha transformado en un combo que incluye paralelos con el muro de Berlín, Madres de Plaza de Mayo, Malvinas, y que motiva aportes periodísticos tanto  de Alfredo Rosso como de Catalina Dlugi.  
En mi caso yo soy de la generación que pudo disfrutar tanto de los Pistols como de Floyd sin culpa alguna. Llegué adolescente a las trasnoches del Select Lavalle para ver decenas de veces una película que de antemano me habían anticipado que me iba a costar entender. (Aunque confieso que en materia de trasnoches yo prefería la película de Zeppelin en el Lara, la cual requería menos dedicación intelectual y solo la necesaria concentración para estar atento al momento en que Bonzo Bonham le palmeaba el culo a una vaca). Entonces, cómo pararme frente a The Wall hoy, cuando la obra ha tenido un recorrido sinuoso, tan sinuoso como mi propio recorrido de vida, sin hacerlo con un espíritu crítico, en el buen sentido de la palabra? Da la impresión que a  Waters lo supera la dimensión de su obra y que por algún motivo (desde el económico que le adjudican los más escépticos hasta cierto exceso de ego) necesita adaptarla a los tiempos como forzando (innecesariamente según mi parecer) su carácter  inmortal. Es cierto, él la pensó así de descomunal desde un comienzo y hoy la tecnología le permite ponerla en práctica tal cual su mente la ideó hace más de treinta años. Pero volver a abordarla significa necesariamente acondicionarla al presente, asumiendo todos los riesgos que eso implica. Y yo, mas allá de todos estos cuestionamientos que tienen más que ver con la pretensión del propio británico que con la obra en sí, que crecí con la película, que escuché cientos de veces el disco y que soñé con estar frente a semejante monstruosidad, me olvido de todo y por un momento me propongo pararme frente al concierto desde la más absoluta inocencia.                                       
Y ahora que pasé por la experiencia de reencontrarme con The Wall en su versión más desmesurada, me doy cuenta que todas esas inquietudes previas bien pueden quedar a un lado. Porque basta que empiece a sonar “In the flesh” para que comprenda que por primera vez no estoy enfrente de nada, sino adentro de todo. En el medio del sueño, o pesadilla como más guste, de Roger Waters. Porque los sonidos llegan de todos lados, los helicópteros están encima de mi cabeza, las bombas me estallan debajo de los pies, los gritos suenan adentro de mis oídos y las ráfagas de metralleta apuntan directo a mi pecho. Va a volar un avión y se va a estrellar sobre la pared aún inconclusa, y la adrenalina empieza a recorrer las venas creando un estado de éxtasis que durará por varios minutos y que no va a decaer hasta que las propias energías en baja de Pink contagien el estado letárgico del encierro. 
Dos premisas a la hora de narrar: la primera es que las sensaciones que se viven dentro del estadio son tan complejas que las palabras no alcanzan, por lo que no vale la pena intentarlo; la segunda es que siendo The Wall una obra tan conocida no tiene sentido escribir sobre su argumento. Solo decir que está todo: la marioneta gigante del profesor, el coro de niños atacándolo (Roger convocó a chicos de villas de emergencia para cumplir este papel), la madre sobreprotectora vigilando a Pink por sobre uno de los extremos del muro, la guerra, la muerte, la lujuria y el engaño representados en la inolvidable danza de flores devenidas en acto sexual y luego en alambres de púa. La pared grafiteada por las proyecciones sirve para repetir consignas contra los poderes de todo tipo y además nos alerta: el miedo construye muros. Incita a descreer de los gobiernos, denuncia desigualdades, recuerda víctimas de las guerras reflejando sus rostros y fechas de nacimiento y muerte. Y señala enemigos, como cuando las bombas despedidas desde los aviones son representadas con símbolos de corporaciones multinacionales  y religiosos (la estrella de David, la luna árabe y la cruz católica que, unidas, en Madonna y en Bono significan paz y concordia, aquí son balas asesinas). Tal vez allí, en esa ampliación del campo abarcativo de la obra, es en donde surgen las inevitables contradicciones. Por ejemplo, pienso en que la primera reinvención de  The Wall se hizo carne para, aprovechando la analogía entre muros, saludar los mazazos que en Noviembre del ’89 dieron por tierra con el muro de Berlín;  y anoche en River pude ver como la palabra “capitalismo” escrita con la tipografía de Coca Cola, era señalada desde la denuncia. Entonces me pregunto: no fue acaso la caída del muro de Berlín el mayor símbolo del fin del mundo bipolar y de la consagración definitiva (definitiva?) del capitalismo como sistema? Paradojas.
Pero además están las canciones, que por la respuesta negativa a la inicial pregunta de Fabián Casas (hoy por hoy nadie escucha The Wall entero, aceptémoslo), retornan a mis oídos con la capacidad intacta para estremecer. Porque además de todo lo que gira a su alrededor, The Wall es un compilado de excelentes canciones que más allá de toda la parafernalia se defienden, y muy bien, por sí solas. O acaso no nos estremecimos cuando Eddie Vedder nos cantó “Mother” en La Plata, alejado de cualquier contexto y pretensión conceptual? Y allí están entonces la emotiva “Goodbye blue sky”, la fuerza de “Young lust” y el carácter irresistible de “Another brick in the wall pt.2”. Todo esto en la primera parte del show, que luego de los giros, malos días y desequilibrios, finaliza con un Waters agónico anunciando “Goodbye cruel world” asomado por el último hueco de la pared, que luego se cierra por completo. Muchos años atrás en ese momento yo me levantaba a dar vuelta el cassette. En River es intervalo, veinte minutos libres para llegarse hasta el merchandising, por si faltaban contradicciones.
En la segunda parte, por la lógica continuidad del relato, la adrenalina cae. “Hey you” es cantada por un Waters invisible, que solo reaparecerá en un hueco en la pared para hacer solo con su guitarra “Is there anybody out there?”. Luego, en otro hueco que se abre, la intimidad de una habitación solitaria arropa la desolación de “Nobody home”. En este tramo, con el muro cubriendo por completo el escenario, el centro de la atención está en las proyecciones. Roger Waters es entonces un actor que encarna la debilidad y la autodestrucción de Pink. Llega el esperadísimo “Confortably numb” y Waters (Pink) golpea el muro que se despedaza imaginariamente, logrando la imagen más impactante desde lo visual de todo el concierto. Pero “The show must go on”, y con el regreso de “In the flesh”, caen las banderas con los martillos cruzados vistiendo los muros, y el encierro se transforma en la despiadada recreación del imaginario nazi. Crecen la paranoia y las persecuciones, y todo deriva en un “Run like hell” con una cámara (“Big Brother is watching you” alerta el muro) que desde la pantalla central y circular que asoma por sobre la pared, controla a un estadio pasmado, mientras el cerdo inflable que repite las consignas del muro, sobrevuela la platea, y la imborrable imagen de la marcha de los martillos transita un escenario dominado por el rojo y el negro. Todo este tramo termina con Roger enfundado en cuero y su brazalete identificatorio ametrallando al público.
El tramo final es la versión ampliada de la película de Alan Parker, porque la espera de los gusanos y el juicio impiadoso es representado casi exclusivamente con las imágenes del film. La banda ya toca completa al frente del muro, que con Pink condenado a vivir entre sus semejantes y al grito masivo de “tear down the wall”,  finalmente se derrumba dejando al escenario con la apariencia de una terrible devastación, pero con el espíritu optimista que precede a toda reconstrucción. Los músicos se adelantan a los ladrillos derribados, Roger Waters con su trompeta inicia la melodía de “Outside the wall”, y mientras nosotros aplaudimos de pie, los músicos se retiran de a uno, presentados por un Roger Waters que no deja de agradecer. En la lenta marcha de salida, más de uno que pagó $ 1400 y que vuelve a la seguridad de su barrio cerrado, no reparará en que minutos antes aplaudía a rabiar la sentencia que obligaba a Pink a vivir junto a sus semejantes. Pero no es tiempo de detenerme en señalar más contradicciones. Me voy de River anonadado por el tamaño del espectáculo que acabo de presenciar, con la poco convinente conclusión de que ya nadie escucha The Wall entero, porque hace rato que The Wall ha dejado de ser solo un disco de una gran banda de rock; y recordándome adolescente tallando con la punta de un compás en el viejo pupitre de madera aquello de “Solos o en pareja, los que de verdad te aman caminan fuera de la pared”.
           



             

lunes, 5 de marzo de 2012

Morrissey en GEBA


Una de las pocas cosas a las que nunca le encontré explicación fue haberme perdido la visita anterior de Morrissey a la Argentina. La del 2000 tiene más atenuantes, pero la de 2004....encima aquella vez vino a un festival que incluía a Blondie y Cerati entre otros, así que doble culpa por mi lado. Esta vuelta no podía dejarlo pasar, además GEBA es un lindo lugar para ver un show. Un lindo lugar si uno llega temprano, porque la platea estaba repleta y tuve que ver el show desde un ángulo muy rebuscado. A Mozz lo vi joya, al resto poco y nada. Supongo que el baterista, a quien Morrissey desgnó su preferido durante la presentación de la banda debería, mover mucho sus bracitos para hacer sonar los tambores. Pero esa presentación de músicos fue al final. Antes Kristeen Young había cumplido las veces de número de apertura, aunque yo solo la escuché en los últimos dos temas y me alcanzó para definirla como una Kate Bush gritona (iba a escribir “una Kate Bush con pretenciones de Valeria Lynch”, pero me arrepentí. Cuando la escuche tranquilo seguro le hallaré sus méritos). Después una pantalla proyectó varios de los videos favoritos del británico, en los que apenas reconocí a Nico medio de refilón. Y puntualmente a las nueve de la noche, como marcando tarjeta, actitud que repetirá cumplida la hora y media prevista de concierto, Morrissey arrancó el show con “First of the gang to die”, y allí nomás le pegó “You have killed me”. Irresistible. Dos golpes certeros en el primer round para una pelea que ya estaba ganada antes de empezar. Porque no nos engañemos, Morrissey girando con un grandes éxitos casi que no tiene rival.
Mucho público y como suele suceder con artistas masivos bienvenidos en el universo de la diversidad sexual, lo más lleno era el VIP. Un espacio en el que más de uno se debe haber sentido estafado, porque formaron una especie de corralito a la izquierda del escenario, con lo cual quien pagó la mitad de dinero y se tomó el tiempo de llegar temprano, consiguió, en el peor de los casos, la misma ubicación que quien pagó por un sector supuestamente privilegiado. Detalles menores, en realidad, porque cuando reparé en esto el show estaba en pleno apogeo y a nadie le molestaba nada. En continuiudad con el concierto, a aquel arranque demoledor le siguió “You're the one for me, fatty” y el primer momento Smiths de la noche: “Theres is a light that never goes out”. Allí sorprende como Morrissey es capaz de recuperar el tinte que tenía su voz más de veinte años atrás. Como si el semitono más grave con el canta sus canciones más nuevas fuese una decisión propia más que una exigencia del paso del tiempo. Y pegadito “Everyday is like sunday”, justamente en un domingo que por clima y por él mismo, no tuvo nada de silencioso ni gris.
El histrionismo de este Morrissey es medido. Su pose sobre el escenario mantiene su postura a medio camino (o la suma de ambos) entre la sensibilidad y la arrogancia. De la ironía y el sarcasmo se encargan las T-shirts de los músicos declarando su odio por los príncipes William y Kate. Camisas coloridas que cambian del amarillo al rojo, y luego al azul. Pocas palabras, las justas en realidad, diciendo que nos ama, y pidiendo que lo amemos a él. (“I'm the star!” Gritó al salir al escenario, y “griten duro por este hombre” arengó Gustavo Manzur, su tecladista colombiano, cuando volvieron para el último tema). Y la música claro. Esas canciones poseedoras de una lírica única y que en continuado van armando un show inolvidable. Aunque para decir verdad, y en esto me baso únicamente en mis espectativas, temazos como “Alma matters” o el oscuro “Ouija board, ouija board” no tuvieron la mejor respuesta. Es decir, sí mucha atención, pero los aplausos al final no parecieron ser la justa medida de juicio por lo que acababa de suceder.
Pasaron la bella “I'm throwing my arms around Paris” (justo la noche anterior un pub había acompañado la cena post Bunbury con “Midnight in Paris”, mirá vos) y llegó el momento que yo más esperaba cuando Mozz a capella arrancó con “I can feel the soil falling over my head” (No. No pronunció el “Oh mother”). “I know is over” es una de las mejores canciones que jamás se hayan escrito. Y que cuando la escuché en la voz de Jeff Buckley decidí que era la mejor de todos los tiempos, consagración que los melómanos podemos sostener a lo sumo por una semana. Pero sí, una de las más grandes. Versión sentida, sin el desborde de emotividad en el final prolongado de otros shows que vi en video (ni hablar de los de The Smiths) pero lo suficientemente conmovedora como para que yo sienta que eso solo había valido la entrada. Y en seguida “Let me kiss you” y la camisa revoleada al VIP, para confirmar que la imagen de sex symbol no se pierde por unos kilos demás.
Después de “Black cloud” llegó una oscura versión de “Meet is murder”, esa especie de cachetazo a los que nos sentimos a gusto como especie omnívora. Mi posición en la platea me sirvió para estratégicamente ignorar el video con imagenes crudas y golpes bajos, y mi poco conocimiento del inglés me sirvió para esconderme de las palabras y disfrutar de un clásico como pocos, que tuvo un final sonoro y luminoso casi apocalítiptico. Después llegó esa especie de disculpa que hoy por hoy parecen necesitar los británicos honestos (??) con respecto a la postura de su gobierno para con las Islas Malvinas. Sí, quedate tranquilo Steven Patrick: las Malvinas son argentinas y no le vamos a achacar a los buenos británicos en general la acusación de piratas; y mucho menos aún si cantan como vos. Anécdota: a la salida, una chica de piernas interminables vestía calzas con la bandera inglesa, con lo cual bien podría haber zanjado la cuestión de la soberanía con un “Las Malvinas son argentinas, but my legs are british”. Seguido hubiese estado genial un “Margaret in the guillotine”, pero Mozz eligió dejar la política de lado para suplicarnos “Please, please, please let me get what I want”. Y sí, claro. Como no.
El cierre fue con “Scandinavia”el tema nuevo que todos los que no pudimos con la ansiedad, escuchamos decenas de veces en internet, y por si le faltaba a algo al show, otro clásico de los Smiths: “How soon is now”. “I am human and I need to be loved, just like everybody else does”; nada para agregar entonces. Varios buscamos el celular para ver la hora, porque nos pareció poco. Y sí, estábamos en lo cierto. Aunque tengo que decir que cuando un show resulta tan consistente como el de anoche, cuando una banda suena con tanta fuerza, precisión e intensidad, al menos para mí, el tiempo no cuenta. Y si bien la despedida incluyó como único bis a “One day godbye will be farewell”, la cuenta estaba saldada de antemano. Las luces se encendieron veloces como para que no queden dudas de que el final no admitía prerrogativas, y el humo de los patys en las afueras del estadio resultaron una provocación.

domingo, 4 de marzo de 2012

Enrique Bunbury en el Estadio de Ferrocarril Oeste


                Caminaba para la cancha de Ferro y mientras me acercaba a la barrera del Sarmiento caí que a pesar de vivir relativamente cerca de ahí, la última  vez que transité esa zona Federico García Lorca se llamaba Cucha Cucha, y los Molinos de Morixe ocupaban el lugar de esa inmensa torre que está ahora, que de seguro en su exceso de aires acondicionados es responsable de varios de los cortes de luz que me afectaron este verano. Pero eso no es todo, además me iba fijando en la cantidad de remeras con los logos de Heroes del Silencio que hacían el mismo camino que yo. Es increíble lo que esa banda representa en Argentina, tanto que la gente se resiste a olvidarla en los shows de Bunbury aún cuando su cantante y líder se haya preocupado tanto por transitar un camino musical tan diferente como coherente, y que en definitiva ya lleva recorridos la misma cantidad de años que lo que duró la vida de la banda que lo hizo trascender al gran público. Y una vez adentro del estadio y mas aún con el show en pleno apogeo, me doy cuenta que el carisma de Enrique Bunbury traspasa esas identidades, no necesariamente contrapuestas pero sí diferentes, y consigue que a pesar de algún canto tibio de “Heroes va a volver” o algún murmullo entre dientes pidiendo “más rock”, la gente se acopla a su (no tan) nueva propuesta y la acepta con beneplácito.
                En un campo acotado con vallas para limitar el espacio disponible para la cantidad de gente que se había llegado hasta Caballito, Los Santos Inocentes dieron comienzo al show con “El mar, el cielo y tú”, la breve pieza instrumental de Agustín Lara que da comienzo al álbum a presentar: “Licenciado Cantinas”. Después sí el ingreso de Enrique para hacer “Llevame” y en seguida “El solitario (Diario de un borracho)” de Alfredo Gutierrez con un arreglo en donde la cumbia se mezcla con el reggae, mientras la guitarra de de Álvaro Suite le saca telepáticamente más de un gesto de aprobación a Cesar Rosas. Disco nuevo sí, pero para quienes hayamos presenciado presentaciones de discos de Enrique Bunbury no es novedad que el disco sea solo una excusa. Una excusa que sirve para sumar canciones al repertorio, pero jamás el aragonés va a tomarse el trabajo de tocar todo un disco nuevo en un solo show, porque a este tramo de su carrera lo guía su andar errante entre España y Latinoamérica, durante el cual recoge canciones ajenas, rescata otras propias,  y aprende y absorbe melodías y enseñanzas. En definitiva: suma y enriquece su repertorio. Ese viaje sin pausa ha dado por resultado un disco (y un mediometraje dirigido por Alexis Morante llamado “Licenciado Cantinas – The movie”) que no hace otra cosa que plasmar su deleite y devoción por una vida que encuentra su mejor expresión en las cantinas o bares latinoamericanos, cuyas noches lo han licenciado en bohemia. Emparentado musicalmente con “El viaje a ninguna parte” (2004), pero esta vez limitándose a interpretar versiones de temas tradicionales de todo el continente, “Licenciado Cantinas” es la muestra más acabado de cómo Bunbury ha asimilado esas canciones y se ha apropiado de ellas de tal manera, que si uno no las conociera de antes, bien podría adjudicárselas a su autoría. Como por ejemplo la versión del bolero “Ódiame”, con la cual parece asumir una identificación absoluta.
                Arriba del escenario el español sigue siendo el mismo de siempre: una especie de Marc Bolan torero, elegante y glamoroso, pero  también pasional y dramático. Recostado sobre una banda sólida y precisa, intercaló sabiamente canciones viejas haciendo una selección acorde con los sonidos del nuevo disco como “El extranjero” (de las más celebradas), “No me llames cariño” y “Sácame de aquí”, y mantuvo en la lista un par de verdaderos temazos de “Las conseuencias” como “Los habitantes” y “De todo el mundo”. No quiero dejar pasar  por alto la versión de “El anzuelo” cuyo nueva base funk saca lo mejor de la banda y que por momentos la emparenta con el “Superstition” de Stevie Wonder. También Enrique soportó las quejas con el volumen que llegaron desde el campo VIP, deficiencia que quienes estábamos más atrás no notamos en absoluto, y que me llevó a sospechar más en un problema de orientación del sonido que de decibeles, y coronó su afición por las cantinas y las noches interminables con la mexicanísima “Ánimas, que no amanezca”. Para el final guardó el irresistible “El día de mi suerte” de Willie Colon, levantó el clima y compartió con la gente “Si” y cerró, luego de presentar uno por uno a los integrantes de los Santos Inocentes, con “El hombre delgado que no flaquerá jamás”, en la cual la banda demuestra que a la hora de rockear no se privan de nada y no tienen nada que envidiarle a los Heartbreakers de Tom Petty (dicho esto por alguien que aún no ha visto en vivo a Tom Petty y que probablemente el día que lo haga se arrepienta de la exageración que acaba de escribir. Yo solo quería dar una referencia, así que ofrezco las disculpas correspondientes).
                A la primera tanda de bises, Enrique eligió abrirla con (según sus propias palabras) un blues de Atahualpa. Entonces la noche encontró su momento más emotivo. Cada frase de “El cielo está dentro de mí” que se desprende de la garganta de Bunbury es acompañada por un slide lejano y atemporal que pareciera llegar para confirmar cada sentencia que la sabiduría de Yupanqui plasmó en cada uno de los versos. La gente escucha esas verdades eternas en un silencio hipnótico y hasta respetuoso, mientras la versión gana en intensidad. “El cielo está dentro de uno, y está el infierno también. El alma escribe sus libros, pero ninguno los lee”. Por si alguien lo dudaba: Atahualpa es (también) rock. A semejante momento había que cortarlo con mucha energía, y la encargada fue “Bujías para el dolor” y finalmente cerró “Infinito”, ese blues latino de “Pequeño”, clásico por excelencia del repertorio solista de Bunbury. Pero claro, además de Yupanqui había que homenajear a Buenos Aires y Enrique y los suyos volvieron para hacer “Cosas olvidadas” de Rodio y Contursi. Honestamente no me parece muy lograda esta versión (ni siquiera está a la altura de la versión de “Confesión” con la que cerraba el “Pequeño Cabaret Ambulante” a principios de siglo), y si se trataba de hacer un tema más del repertorio argentino, me quedo mil veces con el rockero y potente cover de “Chacarera de un triste” de los Hermano Simon, que forma parte de “Licenciado Cantinas” y que anoche quedó en el debe. Como último tema quedó “Y al final”, el vals de “Flamingos” que ya es una especie de código de despedida entre Bunbury y su público que se fue lentamente por Avellaneda esquivando la sobreabundancia de vendedores ambulantes de remeras, poco estratégicamente colocados frente a la única salida del estadio. “Sigue dando vueltas, si aguantas de pie” canta Bunbury en el final, y en mi caso el seguir dando vueltas me llevará esta noche a Palermo al encuentro con Morrissey. Pavada de programa.

jueves, 9 de febrero de 2012

Y las ciudades siguen cayendo y un niño nace (o mi manera de recordar al flaco Spinetta)


Sensación de que con el alma nos ve mejor. Así le cantaba el flaco a una desaparecida cuando empecé a escuchar su música a los trece años. Y la primera reacción que tuve cuando me enteré de su muerte fue pensar que ahora él también nos ve mejor con el alma. Un boludo, me reprendí al instante, porque en realidad si hay alguien que siempre nos miró con el alma, ese fue el flaco Spinetta. Después pensé con odio en los hijos de puta que le robaron la tranquilidad de sus últimos días. Tampoco sirve de nada, pero la impotencia a veces genera ese sentimiento del que estos tipos merecen hasta la última gota. Mientras caminaba de regreso a casa, me puse a elegir por enésima vez mi canción favorita. Cambié infinidad de veces a lo largo de los veinte minutos y las diez cuadras que caminé. Ahora, mientras me pongo a escribir, la elegida es “Canción para los días de la vida”, cuando termine quien sabe. Finalmente me acordé que tengo este blog en el que intento transmitir las sensaciones y sentimientos que los conciertos a los que voy me dejan en la piel. Y en esa necesidad de contar algo, de escribir y descargar cada uno de los sentimientos que una noticia como esta me provoca, me propuse hacer un repaso de la cantidad de veces que lo vi en vivo. Algunas, no todas, porque por suerte fueron muchas. No sé si sirve, tal vez ni siquiera pueda terminarlo, pero así como otros corren a poner el CD de “Peluson of milk”, a mí se me dio por escribir esto.
Primero que nada me acuerdo de un show gratis en Barrancas de Belgrano, calculo principios del ’84. Yo había llegado esa misma tarde de Santa Teresita y a la noche Spinetta tocaba con Jade en ese escenario de madera medio destartalado que armaban de espaldas a Virrey Vertiz. No había visto jamás a un guitarrista tocando en vivo, y en esa formación todavía estaba Lito Epumer, pavada de debut me tocó. Esa noche subió Pedrito Aznar e hicieron “Viento del lugar”, un tema de un proyecto conjunto que jamás se concretó. Ya en ese primer encuentro aprendí que al flaco había que gritarle entre tema y tema, que él siempre iba a tener una respuesta ingeniosa a mano. Hubo otros Barrancas más adelante, en especial uno con él solo tocando con la Ovation, cuando Jade se había desarmado. Allí en youtube andan los videos. Ese día le escuché hacer por primera vez “Credulidad”, una de las que en el repaso de favoritas lleva las de ganar. Y “La sed verdadera”, video que colgué del muro de mi perfil en facebook hace un par de horas, por aquello de que “las luces que saltan a lo lejos, no esperan que vayas a apagarlas jamás”. Jade se había despedido en el Luna Park en el ’85. También fui a ese concierto al que Spinetta terminó casi con un portazo porque habían silbado a Charly García, con el que habían hecho “Una sola cosa”; algo de otro proyecto que jamás llegó a concretarse (aunque el inmenso “Rezo por vos” que dejaron vale por veinte discos de cualquier otro artista). Y se chivó el flaco esa noche. Se puso del orto porque no se bancó el paladar negro de parte de su público poco receptivo de los “Clics Modernos” del otro flaco. Así que terminó “Ludmila” y se fue casi sin saludar. Y eso que era gallina a muerte el flaco, mirá si sabía de paladar negro. Hasta me animaría a reformular el dicho y decir que “a cada chancho le llega su platea San Martín”. A la salida, mientras caminaba por Corrientes alejándome del bajo, pasé por la puerta del Astros. Esa misma noche Sumo presentaba “Divididos por la felicidad”. Fue la primera vez que me lamenté de no poder estar en dos lugares al mismo tiempo.
El proyecto que sí se concretó fue el disco con Fito Paez, “La la la”. Lo presentaron en Obras, con las dos bandas tocando por separado y juntándose para las canciones del disco conjunto. En esa serie de conciertos Paez estrenó “Ciudad de pobres corazones” y nos enteramos arrasados por un tifón que Fito podía ser mejor cuando no era tan bondadoso. 14 de Diciembre del ’86. Cómo me voy a olvidar si corrí el 15 y después de bajarme en Asamblea y Avenida La Plata, volví a correr hasta mi casa con el corazón en la boca para encender la tele y ver como el “beto” Alonso apuraba un tiro libre y el uruguayo Alzamendi cabeceaba al gol el rebote en el palo para que River sea campeón del mundo. Dicen los que presenciaron la segunda función aquel día, que el flaco entró a los saltos con el manto sagrado en el pecho.
Después pasaron una serie de conciertos de la época de “Privé” en donde Spinetta tocaba sin baterista, algo que yo aborrecía. Los ciclos ya no se hacían en Barrancas de Belgrano, sino el Velódromo de Palermo. Y al final lo llamó a “jota” Morelli en la época de “Tester de violencia”. Ese disco tenía una canción que yo había escuchado en shows varias veces antes y que amaba con devoción: “La luz de la manzana”. Lo vi en el Fenix de Flores, antes que sea boliche y después El Teatro de Flores. Y en Colegiales, cuando el Teatro de Federico Lacroze todavía se llamaba Argos. Y me acuerdo de un show que vi en vivo por TV en los jardines de ATC, porque mi viejo no me dejó ir a causa de un kilombo grande que se había armado una semana antes con los Cadillacs en pleno estallido de popularidad ska. “Don lucero”, “Pelusón…” fueron discos a los que no recuerdo haber visto en presentaciones, más allá que mi memoria retiene versiones en vivo de “Fina ropa blanca”. Y de esa época queda el paso breve por el escenario gigantesco de Retiro, adonde ahora está el hotel, en la celebración de los cinco años de democracia. Y también la noche en que los Virus lo llamaron para ponerle la voz a “Imágenes paganas” en su primer gran show sin Federico Moura.
Habían pasado unos cuantos años sin presentaciones en vivo. Spinetta volvió con el disco doble de Los Socios del Desierto. No sé cuantas veces tomé real dimensión del tamaño de la obra ante la que estaba parado, con la sola primera escucha de un disco. “So” de Peter Gabriel, por ejemplo. Y seguro alguno más, pero no muchos y además ahora no vienen al caso. Y el vivo de “San Cristóforo”, un disco animal para los que por edad nos habíamos perdido de ver a Pescado Rabioso. Para esa época vino a tocar al Parque Chacabuco. Un sueño. Me acuerdo que el día del concierto no iba a poder estar, estaba amargadísimo. Y por suerte llovió. Todo se llovió. Y no sé si lo postergaron una semana o un día, lo que sí me acuerdo que fue un domingo. Y que esa noche el flaco tocó “Los libros de la buena memoria” casi en el patio de mi casa.
Claro que me voy salteando algunos recuerdos, porque si me detengo en detalles voy a perder la ilación con la que escribo, pero mi memoria guarda un concierto en Puerto Madero, de espaldas al rio, antes que terminen de parquizarlo. Y salto a 2001. A Diciembre de 2001. A una noche de calor imposible, en un país imposible. El concierto se había suspendido por el estado de sitio, estábamos todos muy sensibles, habíamos visto muertes al por mayor y todavía no sabíamos cuantas más nos tocaría ver. Queríamos que se vayan todos. Todos menos el flaco. El flaco que no se vaya nunca, y el tipo nos hizo caso con una versión de “Ana no duerme” que meddley rapero incluido, parecía no terminar más. Se había ido Harrison hacía pocos días, y Spinetta tocó una versión de “Don’t bother me” que todavía me estremece cada vez que la escucho. Grace Coceri cantó “Good night”, ese tema del Álbum Blanco del que casi nadie se acuerda. El tipo siempre le escapó a la complacencia de los hits y amaba los Beatles. Tanto que no había concierto suyo que no terminara con los de Liverpool sonando en los parlantes. Casi que presentaba dos discos esa noche, “Los ojos” y “Silver sorgo”. En “Los ojos” hay un tema que se llama “Ekathe”, dedicado a Carolina Pelleritti, su pareja de entonces. Treinta años después de “Muchacha” el tipo todavía era capaz de dedicar su amor con maravillas como esa.
“Para los árboles” no fue un disco fácil de asimilar. Y la presentación en el Rex resultó exclusiva para fans. Tocó unas pocas canciones y al disco lo presentó de corrido en el mismo orden que el CD. Para esa época Divididos había grabado “Despiértate nena”, y en uno de los primeros festivales auspiciados por Quilmes, Mollo (casi que pidiendo perdón por haberlo tenido de telonero), lo invitó a tocar con la aplanadora. También estuve allí, en lo que eran las cancha de tenis a metros de las tribunas del Monumental, que no hacían otra cosa que traernos todo el sonido de rebote. “Pan” y “Un mañana” son dos discos no tan difundidos (aún bajo los parámetros de difusión de la obra de Spinetta) y que a mi gusto lo devolvieron al más alto nivel de inspiración. Si en orden cronológico mi anterior recuerdo fuerte de un concierto de Spinetta fue en el mes de Diciembre de 2001, en el mismo mes pero en 2006, me di otro gusto de los grandes. Mesa uno en La Trastienda. Un copa de malbec y Spinetta tocando a metro y medio de distancia. El capricho de mi obstinación por leer al revés las palabras que se reflejan en los espejos, me sirvió ese día para adelantarme con la lista de temas escrita en una hoja translúcida al alcance de mi vista. En esos días Nerina Nicotra estaba empezando a reemplazar a Malosetti en el bajo.
Si en los años 2001 y 2006, Diciembre fue un mes importante en mi relación con el arte spinetteano, lo del 4 de Diciembre de 2009 fue incomparable. En esos días mi cuerpo fue víctima de un raid interminable. El Jueves 3 había trasnochado viendo a Me Daras Mil Hijos en Niceto. El viernes laburé todo el día y salí corriendo hasta Velez mirando la web del servicio meteorológico; poco más de un mes antes me había bañado en la noche del regreso de Charly García en el mismo estadio. Esa noche también el flaco había aportado lo suyo. El concierto de las bandas eternas duró cinco horas y media. El sábado volví al laburo casi sin dormir (los taxis no abundaban esa noche por Liniers), y salí a mediodía del negocio, corriendo de nuevo para votar en las elecciones de River y hacer a tiempo para estar presente en la ceremonia en la que a mi mujer le daban el diploma de profesora. Si cuento esto que estoy contando, es porque llegué a tiempo, sino tendría ahora el “privilegio” de estar compartiendo un fogón celestial con el flaco; no había “Ekathe” que me salvara. Y esa noche de la que tanto se dijo tuve la sensación de estar presente frente a todos los conciertos históricos a los que no había podido ir. A ese concierto de domingo a mediodía de presentación de “Artaud”, a los Luna Park de Invisible, al regreso de Almendra en Obras. Al Seru Giran y Jade de La Rural, porque Charly y Spinetta volvieron a tocar juntos “Rezo por vos”. Si mal no recuerdo esa noche hasta aplaudí a Juanse…mirá si habré hecho cosas por Spinetta! Nadie, pero absolutamente nadie esperaba poder tomar conciencia en una sola noche de la verdadera dimensión de lo que la obra de Spinetta significa. Y ahora queda la paradoja que lo que fue una noche de repaso, reencuentro y celebración, muchos la recordarán como una noche de despedida.
Aunque en verdad no fue tan así. El flaco siguió tocando en 2010 mientras todos manteníamos la ilusión de que la noche del 4D haya despertado la llama en cualquiera de las bandas reencontradas y podamos presenciar un concierto completo de alguna de ellas. Y pedíamos y exigíamos el DVD de esa noche que la magia hizo ruido y en serio. Por mi lado queda el concierto en el Coliseo en Octubre de 2010 en el que le cantó “Té para tres” a la madre de Gustavo Cerati presente en la platea, y que cerró con “A Starosta el idiota”. Ahora haciendo esos juegos medios bobos que uno hace recontextualizando las letras de las canciones, puedo decir que “vámonos de aquí” fue la última frase que escuché salir de su boca desde un escenario, justo el día en que parece habérsela tomado bien en serio a esa frase. Pero quiero terminar optimista aunque me cueste. Entonces me retrotraigo a otro Diciembre, Diciembre de 2008. En el día en que se recuerda la Declaración universal de los Derechos Humanos, Spinetta y su banda tocaron gratis en el anfiteatro de Puerto Madero, ahí pegadito a la fuente de Las Nereidas. Esa noche el locutor anunció que mientras Spinetta hacía su set, una madre había dado a luz a su hija detrás del escenario. Con Spinetta al lado nunca mejor utilizada la expresión “dar a luz”, verdad? Así que ahora pienso en esa criatura que conoció el mundo con tanta buena energía y luz alrededor, y hago la cuenta que ya tiene tres años y que seguro su inocencia lo hará correr en jardines y soñarse gorrión esta noche. Y pienso en que va a crecer y que todo aquello que la rodeó en su llegada al mundo, algún día va a expresarse y tener su consecuencia y concreción. Y con el recuerdo de esa anécdota bien presente al momento de terminar estas palabras, sin darme cuenta caigo en que mi canción favorita ahora es “Todas las hojas son del viento”.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Roger McGuinn en el Teatro Coliseo


Hace unos meses, cuando los habitantes de la ciudad de Buenos Aires decidieron reelegir al Ingeniero Macri como Jefe de Gobierno, Fito Paez dijo que sintió asco. Más allá del revuelo que se armó en su momento por la expresión de Fito, supongo que aquello tuvo mucho que ver con la impotencia de no poder modificar las cosas como uno desea o cree conveniente. Y tengo que decir que anoche cuando vi la cantidad de butacas vacías en el Coliseo en donde tocaba Roger McGuinn, sentí algo de aquella impotencia del rosarino. Y acá no hay excusa de precios, y la superstición por el martes 13 no cuenta como justificativo. No es que fueran económicas las entradas, sino porque otros artistas de menor talla y con precios más altos han llenado recintos incluso más amplios. En tiempos en donde las ganas de reinterpretar la historia argentina parece haber encontrado apoyo estatal, no estaría mal una especie de instituo de revisionismo rockero urgente. Hay fuentes imposibles de ignorar, y corremos el riesgo de permitir que germine una generación de chicos que crean que el rock empezó con los Artic Monkeys.
Dicho esto, tengo que confesar que los lugares vacíos me dieron la oportunidad de bajar un par de pisos y aprovechar la desidia del resto de los rockers porteños ausentes, porque en mi caso, la original ubicación elevada y lejana en el teatro, sí tenía que ver con los precios y la exagerada inversión en recitales de este año. Pero era imperdible, y si a alguien le quedaban dudas de esto, cuando Roger McGuinn entró con su Rickenbaker blanquinegra de doce cuerdas cantando “My back pages”, las dudas se le terminaron por esfumar. Vestido completamente de negro, con un sombrero que apenas permitía ver sus ojos y en un escenario dueño de una escenografía mínima, Roger camina pausado, toma asiento, cambia la Rickenbacker por la acústica, nos habla de Dennis Hopper, las motos, el destino, y se larga con “Ballad of easy rider”. “Take me from this road, to some other town” , ese será el lema del concierto. Un recorrido por la vida de un tipo que de solo pensar que influyó a los Beatles, que inspiró “afanosamente” a Harrison, que tocó con David Crosby, Gene Clark, Gram Parsons, Tom Petty y Bob Dylan, entre otros, y que además es uno de los responsables del Dylan de Newport y por lo tanto de toda la música pop y rock tal cual la conocimos luego, produce escalofríos. Basta escucharlo tocar la guitarra para preguntarse, por ejemplo, qué hubiese sido de la vida de gente como Peter Buck, sí McGuinn no hubiera existido. Y que además de todo eso, muestra la capacidad intacta para emocionar con gemas como “Mr. Spaceman” , “You ain't going nowhere”, y tomarse tiempo de homenajear a Woody Guthrie con “Pretty boy floyd”.
McGuinn toca sentado, delante de una mesa de bar flanqueada apenas por unos arbustos. A su lado dos guitarras acústicas y la nombrada Rickenbacker esperan pacientes su turno de ser elegidas para cada canción. Roger no escatima en anécdotas para cada tema, por eso cosecha sonrisas cuando recuerda la dedicatoria que junto a Gram Parsons le hicieran al DJ británico Ralph Emery, antes de tocar “Drug store truck drivin' man”; o aplausos cuando nombra a Tom Petty para la estremecedora “King of the hill”. La primera parte del show la cerró con la propia “Russian hill”, el clásico de los Byrds “5th dimension”, “Parade of lost dreams” (compuesta junto a su mujer Camilla) y otra vez los Byrds y “Chimes of freedom”.
Luego del intervalo, anunciado de cinco minutos pero que se prolongó un poco más, Roger repitió el molde para iniciar la segunda parte del concierto: entró con la guitarra eléctrica colgada, y de pie cantó “Lover on the Bayou”. Después vuelta a sentarse y el turno de “Chestnut mare”, “Just a season” y “Jolly Roger”. Roger McGuinn resulta un iman. Sentado delante de la mesita de bar, relatando historias y cantando sus canciones, parece un viajero que ha hecho un alto en el camino y necesita despojarse de sus vivencias. Un auténtico juglar que además marca el ritmo de las canciones haciendo repiquetear sus botas sobre el piso del escenario. Pasa “You showed me” y empieza a cantar “Mr. Tambourine man” con la acústica, a la que de inmediato cambia por la eléctrica (David Crosby dice “no, así no la van a pasar en ninguna radio” rememorando el momento que dio origen al arreglo original). Dije ayer al terminar el concierto y repito ahora: vi en vivo a Roger McGuinn cantando "Mr. Tambourine man". Un día de estos la burocracia celestial se va poner al día, van a ver cuántos sueños llevo cumplidos y me van a mandar los Falcon verdes de Dios a buscarme por abuso. Pero aún faltaba más. El lucimiento en la guitarra para “Eight miles high” y las citas a John Coltrane y Ravi Shankar, que se vio interrumpida por la ruptura de una cuerda. Pero Roger reaccionó rápidamente cambiando de guitarra, y terminó el concierto otra vez de pie, con “Turn, turn, turn”.
Durante el breve segundo intervalo, los asistentes acomodaron un teclado sobre el escenario para confirmar lo que era un secreto a voces: Charly Garcia iba a subir a tocar con Roger. Y el riff de “I'll feel a whole lot better” que empezó a escucharse mientras lo músicos se acomodaban en sus lugares dio inicio a esa reunión cumbre. Tengo que decir que el Charly que subió ayer al Coliseo distaba mucho del impecable de los shows del Rex, pero hay algo que es cierto: anoche Flopa Lestani, a quien le envidié una foto con Roger en el muro de su facebook, comentaba que Charly estaba emocionado como una quinceañera, y que eso habla bien de él. Más que certera la apreciación. Había en la mirada de García un gesto de admiración que conmovía. Gesto para con un tipo dueño de una matriz a la hora de hacer canciones que ha marcado un rumbo que García conoce de memoria, y el resultado entonces tiene más valor emotivo y testimonial que otra cosa, porque desde lo musical, el encuentro no resultó todo lo feliz que a mí me hubiera gustado. Intercambiaron estrofas en inglés y español, pero nunca terminaron de ensamblar. La fragilidad de Charly quedó expuesta ante la emoción, pero de todas maneras se quedó, sin cantar y junto a Fernando Kabusacki en guitarra acústica, para compartir dos temas más: “So you want to be a rock'n roll star” y el “Knockin' on heavens door” con el que cerraron el concierto. Quedó, por insistencia del público y propio placer de Roger un extra con el tradicional “May the road rise to meet you”. Afuera, el hall del teatro convocaba a charlas y comentarios como pocas veces. Todos, absolutamente todos los que estuvimos anoche en el Coliseo, sabíamos perfectamente frente a qué tipo de procer habíamos estado. Pero que del revisionismo rockero se encargue otro, a mí déjenme con las emociones.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El Club de Tobi en Samsung Studio


                El viernes feriado era tan feriado que parecía sábado. Y el fin de semana largo guardaba para ese viernes que era sábado dos propuestas con sello uruguayo. En GEBA, No Te Va Gustar despedía su gran año con un concierto masivo, y en el Samsung, con menos pretensiones de concurrencia, pero con las mismas ganas de mostrar de este lado del río el orgullo por un disco que guarda en su espíritu el sello del aire, el fuego y la música rioplatense, El Club de Tobi y su original propuesta. Y yo me decidí por la segunda. Principalmente porque a pesar de escucharlos mucho, no había tenido oportunidad de verlos en vivo, pero también por rescatar el placer que produce escuchar música en un clima de intimidad. El cuarteto de cuerdas uruguayo integrado por Bruno Masci en cello, Fernado Luzardo en viola, y Mario Gulla y Fernando Rosa en violines (más Paolo Buscaglia en percusión) ha adoptado una formación típica de cámara para abocarse a composiciones populares, rescatándolas en sus melodías, revalorizando desde lo sonoro la belleza de lo simple y devolviéndolas a nuestros oídos renovadas, revitalizadas y originales. Presentando un disco (“Tobismo” – 2010) que a pesar de haber sido grabado en el país, en la provincia de San Luis más específicamente, recién ahora tiene su edición local.
Los uruguayos abrieron  el concierto con dedicatoria especial al rock argentino de los ’80. Primero con “Vencedores vencidos”, después “Mañana en el Abasto”. Y desde ese comienzo quedan claro dos maneras diferentes de encarar las versiones. En la primera la cita es literal, reproduce arreglos originales adoptando el sonido propio del grupo, mientras que en el tema de Sumo, se expanden más allá de la melodía y aportan sus propios tintes.  La percusión es mínima, por momentos apenas el golpeteo de los palillos escobilla sobre una tabla, pero alcanza para acompañar a las cuerdas y agregarle fuerza a las interpretaciones.  Después aparecieron temas propios, como “Vida faz vida” o “Arde puch”, en la cual Bruno abandona el arco y con los dedos sobre las cuerdas le da al cello el lugar de contrabajo.  Son los dos violinistas los encargados de entablar diálogos con la gente, sosteniendo con chistes y juegos con los nombres de las canciones, un clima ameno que provoca sonrisas cómplices en el público. Y el concierto avanza en ese clima llevadero, mientras El Club de Tobi salta desde “Funkciona”, el primer tema de su primer disco (“Anselmo” – 2003) hasta “Libre”, de su último trabajo.
En “Milonga japonesa”, otra canción de “Tobismo”, por momentos el cuarteto adquiere una impronta piazzoleana que hace honor a una sala que supo ser Michelangelo, el recinto preferido del gran Astor, y a la  que le llegó a dedicar un tango. Es más, habiendo visto la noche anterior “Midnight in Paris”, bien podría haber imaginado al bandoneonista escondido en alguno de los rincones del Samsung aprobando a los músicos con una sonrisa.  Cuando interpretan “Cheques” de Spinetta queda bien en claro el por qué un cuarteto de cuerdas tiene llegada y se mueve con comodidad  entre el público rockero: no solo es una cuestión de repertorio, sino de la actitud arriba del escenario. Entonces resulta imposible no seguir el ritmo de cada canción, olvidándose de la letra de la versión original. Y ese tal vez sea el mayor mérito de El Club de Tobi: que temas cuyas letras uno sabe de memoria y que no son de tono inocente ni mucho menos, sean olvidadas por un momento, o queden relegadas al segundo plano, para que sea la melodía la que tome preponderancia y la que exhiba todas sus virtudes de manera límpida, absolutamente despojada de palabras.
El mejor momento a mi gusto se da con “Albañil”, un tema de Jorge Lazaroff. Al final, Mario Gulla le pregunta al público si alguien descubrió la intertextualidad presente en la versión, y alguien responde certero: “Construcción” de Chico Buarque. Y en ese juego de adivina adivinador, está otro de los encantos de estar frente a El Club de Tobi. Cada canción tiene idas y vueltas que revelan citas a otras canciones, algunas breves y ocultas, otras más elocuentes, pero siempre significa un desafío para afinar el oído y la memoria.  En “Luna al revés” hay lugar para el lucimiento solista del cello, y “De mí” es otro de los ejemplos en los cuales la letra confesional del original, pasa a segundo plano a favor de la melodía. “Sabadaba” es puro candombe  y fue seguido del momento Marley de la noche, con “Jamming” y la cita al “Get up, stand up” de Tosh, más el lucimiento de Fernando Luzardo en la viola.
El final con “Post crucifixión” (así es el original muchachos, en el disco lo pusieron con doble c) demostró que las cuerdas pueden adquirir la misma potencia que las guitarras amplificadas, y el propio “Fuck you”, con jugueteo made in Vivaldi incluido, marcó el final del show. Hubo tiempo para bis y estuvo a cargo otro vez de Los Redondos: “La bestia pop” mixturada con “Sweet dreams” y una interminable cantidad de citas que ellos mismos serían incapaces de detallar, porque cada uno de los músicos recorre sus propios caminos y caprichos.
Salí encantado del Samsung y me fui a encontrar con mi hija a la salida del show de No Te Va Gustar. Y ya arriba del 64, comprobé una vez más qué bien se llevan ese disco enorme que es “Un día normal en el maravilloso mundo de Ariel Minimal” y Buenos Aires. Pensando en otro sábado de fiesta popular y orgullo peronista, resultó la mejor manera de ir poniéndome a tono.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Kings of Convenience en La Trastienda


Entre la abundancia y superposición de ofertas musicales en Buenos Aires, que un duo folk indie como Kings of Convenience, sin ningún tipo de difusión radial, haya conseguido dos Trastiendas sold out, es todo un mérito. Para ellos obviamente, pero también para una ciudad que demuestra tener púbico para todo, y que mas allá de las figuras masivas guarda especial atención (y dinero) a propuestas alternativas. Y más aún, si estos dos pibes llegan desde Noruega, un país al que la tradición musical pop solo guarda una página importante para los ochentosos A-ha (a no ser que alguien quiera contar a Lene Nystrøm, aquella cantante de Acqua que nos torturara el verano del '98 con “Barbie girl”). Ayer era la segunda presentación del grupo en San Telmo y las repercusiones de la primera noche hicieron que vaya con la mejor predisposición. Lamentablemente uno no vive de ir a recitales, así que no pude llegar temprano para ver todo el set de Rosal, que hacían de teloneros. Pero al menos me recibieron con un “sos un bombón” que levantó mi autoestima de martes laboral, y me dí el gusto de escuchar a Jimena Lopez Chaplin haciendo coros en “La reina de la noche” (busquen “Ojos de plástico”, el disco de Jimena, háganme caso).
El gran desafío para contarles el show de Kings of Convenience es develar como es posible que dos muchachos apocados y tímidos que suben al escenario cantando sobre chicos inconformes que grafitean las paredes para calmar su desolación (My ship isn't pretty) terminen la noche saltando sobre el escenario y poniendo a todo el mundo a bailar. Y para intentar explicarlo no hay mejor fórmula que recurrir a las canciones de Kings of Convenience. A la la sutileza de los arreglos para arropar las melodías, a la delicadeza y el buen gusto de Erlend Øye en cada intervención de guitarra, a la voz suave, susurrante a veces, pero seductora siempre de Eirik Glambek Bøe. A la nueva demostración de que lo simple puede ser bello y emotivo. A las armonías vocales que dejan en claro que la referencia a Simon & Garfunkel es mucho más que un tag caprichoso. Y con todos esos elementos los Kings of Convenience van estructurando un concierto que pasa de la calidez intimista a una especie de fogón, alternativo y nada hippie, con la gente coreando las melodías y chasqueando los dedos según la indicación de los músicos.
Los noruegos editaron su último trabajo en 2009, con lo cual no los ataba ninguna urgencia por presentar nuevas composiciones, y eso les permitió hacer un recorrido parejo por su carrera. De “Declaration of dependence” tocaron “24-25”, “Peacetime resistence”, “Me in you”, y “Mrs.Cold”, un acercamiento a la bossa nova que envidiaría el más avezado de los tropicalistas. Pero también hubo lugar para retroceder en su carrera y dedicar tiempo a perlas como “Misread”, “Know how” (en cuya versión original participaba Feist), “Failure” o la irresistible “Toxic girl”. Es Eirik el que generalmente lleva la primera voz y deja la partes de primera guitarra a cargo de Erlend, quien se ocupa desde su instrumento de reproducir los arreglos que en las grabaciones originales incluyen mayor instrumentación, especialmente las partes de violines que obran como riffs en muchas canciones. Pero a veces invierten los roles, y el resultado es igual de convincente. A medida que el show avanza los noruegos se vuelven más locuaces y van convocando a la gente a participar, o mejor dicho, ordenan a la gente en sus ganas de participar. Les marcan el ritmo de los aplausos, se los hacen cambiar por chasquidos cuando corresponden, o reparten los sectores del público encargándoles a cada uno una parte diferente en los coros.
Hacia el final, los noruegos llamaron al escenario a los músicos que acompañan a María Ezquiaga en Rosal para hacerlos partícipes de un cierre festivo con “Boat behind” (imposible no seguir coreando las partes de guitarra a cargo esta vez de Ezequiel Kronenberg supliendo a los violines ausentes). La despedida del escenario fue con el primer hit de la banda “I'd rather dance with you”. Prefiero bailar con usted a conversar con usted, pedazo de estribillo para pasarse la noche embobado repitiéndolo mil veces y más. Y por supuesto, con semejante nivel de aceptación y participación, iba a haber bises. Primero fue con “Homesick” y Erlend Øye imitando con increíble fidelidad el sonido del saxo con su boca. Después “Little kids” por dulpicado, porque primero fue frustrada por un micrófono rebelde que desconectó la guitarra de Eirik, y de postre se dispararon unas programaciones para una versión de “Rule my world” acorde con la remixada. Euforia absoluta y baile extasiado fue lo que se vivió arriba y abajo del escenario. “Only someone who's morally superior can possibly and honestly deserve to rule my world” ja! Tomá, y te lo digo poniendo a todos a bailar, parecen decir los Kings of Convenience, que a esa altura no se parecen en nada a los dos guitarristas sosegados que empezaron la noche en tono íntimo y apacible.
Una perla para el final. El lunes, luego de la primera función, la gente de los locales Louder Than Motion esperó a Erlen y a Eirik a la salida para pedirles un autógrafo en el ukele. La cosa terminó con todos juntos en la calle cantando “Time to say goodbye” y según me cuentan anoche pasó algo parecido. Al próximo que me diga que los nórdicos son frios, lo mando de picnic a la isla de Utoeya.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Catupecu Machu en el Luna Park - Presentación de "El mezcal y la cobra"


Refugio para ocultarme de esta feroz tormenta. Así cuenta la letra del tema de “El número imperfecto” que si bien no sonó ayer era la perfecta descripción para el significado que tenía para mí la música el domingo, en una ciudad de Buenos Aires que sacó a pasear toda su mugre y olía más pestilente que nunca. Un refugio para borrar cualquier tipo de referencia deportiva de mi mente. Ideal entonces el Luna Park, ideal además que sea con Catupecu, una de las pocas bandas de las consideradas grandes que escapó a la parafernalia futbolera que a veces rodea al público de rock. Noche de celebración musical porque Catupecu hacía la presentación oficial de “El mezcal y la cobra”, su último trabajo discográfico. En el mismo lugar elegido para presentar el anterior (“Simetría de Moebius”), pero que esta vez quedó grande. Las populares cubiertas por cortinados, con la gente que tenía esa ubicación reacomodada entre los lugares libres de la platea y del campo, daban cuenta como la sucesión de figuras internacionales (y los precios de esos tickets) afecta injustamente a las bandas locales. Me pregunto por ejemplo si el Indio fue capaz de cortar los 80,000 tickets que se había propuesto cortar en Tandil. Cada uno en su nivel, claro. Pero lo que indigna es la manera en que la venta y promoción de los grandes espectáculos incita a la gente a comprar entradas con seis meses de anticipación, mintiendo deliberadamente sobre la disponibilidad de lugares (Pergolini viene anunciado que casi no quedan tickets para los shows de Foo Fighters, lo mismo que hizo con Roger Waters, cuando hoy por hoy se consigues tickets para todas las fechas y en todas la ubicaciones). Como víctima consciente de esto me hago cargo de mi parte de culpa, e intentaré dejar de obrar de financista de “empresarios” que se llenan los bolsillos sin asumir ningún tipo de riesgo.
Bien, parte de esto que conté es lo que estaba pensando cuando las luces del estadio se apagaron y el cortinado que protegía el escenario se derrumbó para mostrar a Catupecu dando inicio al set con “El mezcal y la cobra”. Al comenzar igual que el disco recordé la presentación de “Simetría...” y su interpretación completa y de corrido. La fórmula podría repetirse, pero no. Porque “Confusión” y “Óxido en el aire” como continuidad, quebraron mi orden mental. Catupecu es una banda inquieta e imprevisible. No porque no hayan conseguido plasmar un estilo ni sonido propio, sino porque sobre esa solidez que los años les han dado, han sabido tomar y retomar caminos sin perder identidad. Cada disco guarda secretos y sorpresas, y es dueño de rupturas y reafirmaciones que muchas veces de entrada desconciertan, pero que a fuerza de escuchas terminan convenciendo (y seduciendo). “El mezcal y la cobra” tiene una característica en particular: posee citas sutiles, tanto desde lo letrístico como desde lo musical, a cada uno de los trabajos anteriores de la banda. Los fans saben armar mejor que nadie el rompecabezas. Entonces la presentación salteada de los nuevos temas no resulta inocente, y cada canción es un guiño para su público, pero también hacia ellos mismos. “Gritarle al viento”, un tema que hace años no tocaban, y que anoche tuvo una nueva y acelerada versión fue uno de esos guiños. En especial porque llega desde “Cuadro dentro de cuadros”, tal vez el disco que más empatía tenga con “El mezcla y la cobra”.
La presencia de Agustín Rocino en la batería en lugar de Javier Herrlein le quita teatralidad al vivo de la banda, pero ni un ápice de precisión. El resto es lo conocido: la potencia de tandem Fernando Ruiz Díaz-Sebastián Caceres, y el laboratorio cada vez más preponderante de Macabre en los teclados. Fue con el enigmático “Cristalizado” que Catupecu retomó “El mezcla y la cobra”, aunque la dosis fue otra vez mínima. Pasaron el celebrado “A veces vuelvo”, “Grandes esperanzas” y “Nuevo libro”, pero el show iniciará un espiral ascendente hacia el clímax a partir de “Klimt...pintemos”. Fernando lo presentó como su tema preferido del disco y contó como mucha gente del staff se lo pedía como primer corte. Mientras lo tocaban en las pantallas seccionadas detrás del escenario, se deshacía y reamaba “El beso”, clásico trabajo del pintor austríaco. Catupecu se mostró bien a gusto con su nueva canción. Un orgullo más que justificado, por otra parte. Y de allí al pasado. Porque Fernando quedó solo en el escenario para cantar a capella la lejana “Hay casi un metro de agua”. Tengo que confesar que esta costumbre adoptada ya hace un tiempo no me termina de convencer. Es más, la canción elegida bien merecía una versión más moderna, a tono con los nuevos tiempos de la banda. Pero la anécdota que la acompañó, y en la que Fernando recordó un casette sonando en un Escort durante la primera gira de Catupecu en la costa, allá por el '94, terminó por redondear un momento cálido. Después “Persiana americana”, y los deseos y rezos para Gabriel Ruiz Diaz y Gustavo Cerati.
“Metrópolis nueva”, el primer corte del disco volvió a poner a la gente a los saltos y cantando el estribillo irresistible. Y si las cruces del cementerio son las que nos recuerdan que estamos acá, entonces todos a respirar, emborracharse, morir y seguir viviendo. “Magia veneno” entrega entonces otro puente entre dos etapas del grupo. Y lo que siguió fue una sorpresa de las lindas. Fernando solo con la guitarra empezó a cantar eso de “Se sentaba en el pasto y tanto amor no les entraba en el corazón”, mientras Walas y Pablo M. de Massacre se acomodaban sigilosos a sus espaldas. El histrionismo de Walas se hizo cargo del esenario, y la versión de “Plan B” resultó estremecedora. Sorpresa que siguió cuando continuaron haciendo “Danza de los secretos”, un tema al que reconocieron que le habían dedicado apenas un ensayo juntos. Un lujo, porque sobre el escenario estaban presentes los máximos responsables de dos de los mejores trabajos del año en estas tierras (yo le sumo al trío máximo a “Mugre” de Acorazado Potemkin, y pido perdón a Valle de muñecas, Pez, Pablo Krantz entre otros excelentes discos). Entre tanto Fernando rescató una billetera perdida en el pogo cuya dueña, a pedido del público, subió a recibirla y se llevó un “bombonazo!” de parte de Walas como piropo.
“Aparecen cuando bailamos”, “Toro terciopelo” son de las canciones más potentes del disco y sonaron juntas para decantar en el “Origen extremo” de (otra vez) “Cuadro dentro de cuadros”. Después “Eso espero” con renovados arreglos. Y las pantallas que anuncian “Come on”, “Allez” y un ideograma chino (o japonés, vaya uno a saber) que lo que sigue es “Dale!”. Las rondas de pogo se arma y desarman, y si alguien más perdió la billetera, ya no hubo cantante que la rescate. La gente descargó sus últimas energías con un grito de ánimo que desde el accidente de Gabriel, tiene dedicatoria exclusiva.
El cierre fue con otro invitado de lujo, Zeta Bosio, que se hizo cargo del bajo y permitió que “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” suene a dos guitarras con una contundencia superlativa. Dueño de uno de los mejores riffs de la historia del rock argentino (si no me atrevo a decir el mejor, es porque Pescado Rabioso grabó alguna vez un tema llamado “Post Crucifixión”), “Y lo que quiero...” era un cierre ideal para la noche, pero Catupecu eligió darle un tono diferente. Porque la despedida estuvo a cargo de “Musas” y su cadencia intimista que rompe en un emotivo estribillo que en su repeteción se vuelve épico. El clima me hizo recordar a aquellas despedidas a principio de siglo con el “Le dí sol” del primer disco. La orquesta suena como en el cine al final, canta Fernando mientras algunos apuran los pasos hacia las bocas de salida pensando en un lunes laborable. A diferencia de conciertos maratónicos, poco más de dos horas alcanzaron para que Catupecu diera testimonio en vivo de un disco cuidado y prolijo, y que en sus pliegues y recovecos, funciona como merecido auto homenaje. El 22 de Diciembre en La Trastienda, la fiesta tendrá una versión más íntima y definitiva. A los que les interese, están avisados.

martes, 15 de noviembre de 2011

Laetitia Sadier en Niceto


El principal enigma que tenía antes de ir al show de Laetitia Sadier en Niceto no era el show en sí mismo. Ni la música de Laetitia, ni siquiera saber cuánto de Stereolab podía llegar a tocar la cantante francesa. El principal enigma era saber cómo hacer para ponerme a tono de la noche cuando todavía el cuerpo guardaba la energía heredada del show de Pearl Jam en La Plata. Había que bajar un cambio. Y considerando que Laetitia Sadier adoptó el nombre de su banda alternativa a Stereolab (Monade) de un concepto de Cornelius Castoriadis, y que al primer disco de esa banda lo llamó “Socialismo o barbarie”, me puse en modo revolucionario y para conseguir estar a tono adopté el concepto de bajar dos, tres, muchos cambios. Y felizmente funcionó.
Bien, una vez preparado para el clima del recital llegué a Niceto suponiendo que siendo un Lunes las cosas podían llegar a empezar a horario, cosa que no sucedió. Cuarenta minutos después de la hora anunciada largó un miniset Rosario Blefari, que hizo las veces de telonera. La espera no fue sencilla, hay algunas canciones de Rosario que me parecen buenas, pero su manera de cantar me exaspera. No voy a ser cruel por hoy, además temo pecar de injusto, porque la recepción de la gente fue muy buena. Mientras tanto, uno va aspirando el humo ajeno (sabemos que en los boliches la norma de no fumar en lugares cerrados no se cumple y yo tampoco soy un fundamentalista anti tabaco ni mucho menos, pero el sistema de ventilación de Niceto es desastroso) sumado a que en la barra solo se dignan a preparar el Fernet con Pepsi (si yo fuera Jefe de Gobierno los clausuraría solo por esa herejía), la cosa no fue del todo cómoda. Por otra parte fue la primer vez que vi la pista de Niceto armada con unas cuatro o cinco mesas en la parte cercana al escenario, cosa extraña porque, al menos cuando se pusieron a la venta, se ofrecían solamente entradas de valor único. Pero empecé la crónica quejoso y no debería; Laetita pagó con creces todas las molestias ocasionadas.
Desde que la cantante francesa armó Monade como alternativa a Stereolab, abandonó por completo las intenciones más experimentales de su primera banda. Separó las aguas en realidad, porque Stereolab se mantuvo en funcionamiento. Y si Monade es la versión relajada de Stereolab, el disco solista de Laetitia (”The trip” - 2010), es la versión relajada de Monade. Y si de relajación se trata, cuando se descorrió el telón del escenario y la vimos a ella sola con su guitarra eléctrica y un amplificador, quedó claro de inmediato el tono intimista que iba a tener el show. Felizmente intimista, porque es en ese clima en donde mejor se aprecia la voz de Laetitia Sadier y muchas de sus melodías conquistan por sí solas, sin necesidad de aditamento alguno.
Del show en sí puedo contar que estuvo basado en “The trip”, más algunos temas de Monade. Que Laetitia se mostró muy locuaz a la hora de explicar sus canciones, y que con cada una de ellas consiguió mantener al público tan cautivado, al punto que con un leve gesto con su cabeza al final de cada tema, tuvo que “autorizar” los aplausos de la gente ensimismada. Canciones como “Fluid sand” o “Statues can bend” son dueñas de una melodía hermosa, que en el tono en que Laetitia las canta, contagian su tono melancólico. Hubo dedicatorias para su joven hermana que se suicidó (“Natural child”, una sentida balada) y para Pier Paolo Pasolini, con “Lost language”, un tema de Monade (“Well, I ain't sure, but I've been told he's baking cakes inside our souls”). También se quejó del gobierno de su país en “Our interest are the same”, tema en el que terminó con un grito liberador, abandonado su postura relajada. También se preocupó por quejarse de las 24 horas varada en al aeropuerto de Roma, víctima del paro en Aerolineas Argentinas, y que casi le impide estar a tiempo para el show. Y hasta se permitió recomendar la exposición "El color en el espacio y en el tiempo" de Carlos Cruz-Diez en el Malba.
Las canciones de Laetitia transitan por el lounge, con matices lejanos de bossa nova y remiten a la versión más distendida de Everything But The Girl. Su delicadeza en las formas inspira una fragilidad que resulta engañosa, porque si hay algo que no le falta a Laetitia Sadier es actitud y confianza sobre el escenario. Cantó casi siempre en inglés, pero rescató al frances para una de las más bellas canciones de “The trip”, “Ceci est le coeur”. Nos dimos el gusto de tener nuestro momento Stereolab, con “International colouring contest”, y el breve show se cerró con “The Swimm”, un tema del primer disco de Monade, “Socialisme ou barbarie: the bedroom recordings”.
El regreso al escenario fue con “Where did I go”, otra canción de Monade, y para el cierre Laetitia anunció un cover. Felizmente no optó por “Summertime”, del que grabó una versión en “The trip” que poco le suma al clásico de Gershwin, y sí se decidió por “By the sea”, una deliciosa interpretación del tema de Wendy and Bonnie, también grabada en el disco solista.
Calidez, intimidad, una intensidad sencilla y amable, fueron los atributos de un concierto conciso pero convincente que marcó el tardío debut de Laetita Sadier en Buenos Aires. Para mí fue el final de un rally de siete recitales en 14 días, porque aunque no haya contado nada en el blog, el Viernes me fui a ver a los Inspiral Carpets en el Movistar Free Music de Puerto Madero. Los de Manchester se mostraron vigentes teloneando a unos Interpol, que por mí se pueden llevar su angustia existencial a mejor puerto. La agenda de diciembre incluye a Catupecu Machu, Kings of Convenience y al gran Roger McGuinn.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Pearl Jam en el Estadio Unico de La Plata


El show de Pearl Jam de anoche puede resumirse en una sola imagen: mientras la banda está terminando de tocar ese temazo que es “Black” y la gente no para de corear la parte de guitarra del estribillo, los músicos aminoran el volumen hasta hacer silencio y se quedan embelesados mirando a la gente cantar. Entonces los miles de tipos que hace seis años nos íbamos con la piel de gallina caminando por las calles de Caballito, en una noche tán cálida y húmeda como lo indica el mandato porteño, preguntándonos si alguna vez íbamos a volver a ser testigos de semajante química entre una banda de rock y su público, nos damos cuenta que sí. Que no solo era posible, sino que para que se repita solo bastaba con volvernos a ver cara a cara con esos músicos que anoche terminan “Black” aplaudiendo a su gente, en una reacción que tiene poco de demagógica y mucho de sincera emoción. Porque realmente son conmovidos por esos cantos consagrados hacia ellos y a los que Eddie Vedder, en un gesto de auténtico peronista, llamará más adelante “música hermosa”. Pero eso sucede cuando promedia la extensa segunda tanda de bises, y antes Peal Jam hizo mucho para llegar a ese momento.
La primera sorpresa había llegado cuando Eddie Vedder subió como invitado a cerrar el set de X, la histórica banda punk de Los Angeles, casi desconocida en Argentina y que oficiaron de teloneros de la gira Sudamericana. Con una voz femenina al frente, la de Exene Cervenka (una especie de versión moderada y previa en la linea evolutiva de Beth Ditto), se las arreglaron para que la gente les preste atención al set, y con un punk primitivo, más las versiones de “Soul kitchen” de The Doors y “Breathless” de Jerry Lee Lewis, consiguieron animar la previa. El cierre con invitado de lujo resultó el moño. Una demostración de humildad por parte del cantante estrella de la noche, pero también de afirmación de identidad: Pearl Jam tiene especial preocupación en revelar las raíces de su música a la hora de elegir telonero.
Veinte años de “Ten”, veinte años de grunge. Y en Argentina con diferencia de días vamos a tener el privilegio de tener tres voces emblemáticas: Cornell, con su show acústico de la semana pasada, Scott Weiland y sus STP en Diciembre, y anoche Eddie Vedder, que dio inicio al concierto homenajeando a aquel puntepié inicial, con el confesional “Release”. Pero enseguida “Go” y “Corduroy” se encargaron de entregar las primeras andanadas de rock primal. En un show que se preocupó por repasar la larga carrera de la banda, Pearl Jam supo administrar energía e intercalar momentos calmos a las descargar brutales de furia punk. Así fue que el dueto de “Backspacer”, “The fixer” y “Amongst the waves”, fue interrumpido con la intensidad de “Inmortality”.
Lo que sucede a lo largo del show es la suma de pequeñas complicidades y anécdotas entre la banda y su público. La banda sí, pero en particular Eddie Vedder. Que pide tres pasos atrás a la gente cuando la ve agolpada contra el vallado (Rosklide los curó de espanto), que no para de beber y que hacia el final hasta se permite un cigarro. Que no olvida que en su primera visita al país llegó como seguidor de los Ramones, y que confiesa cuánto los extraña, antes de rematar la anécdota con “I believe in miracles”. Y que desgarra su garganta en cada tema sin medir consecuencias, entregando toda su vitalidad para un estadio que no hace más que recibirla y devolverla por duplicado. Supliendo en parte a un sonido que no favoreció a las guitarras, que en los temas más poderosos sonaron algo saturadas, al menos desde mi lugar.
La gente extasiada se entrega de manera absoluta. Salta con “Even Flow”, simplemente se rinde ante el rescate de “Ederly woman behind the counter in a small town” y corea a más no poder el fraseo de guitarra de “Do the evolution”, tal vez la característica que más sorprenda y atraiga a los músicos, del público argentino. Que en los intervalos entre temas se preocupa de corear el nombre de la banda, y recordar entre ole, ole y olas que Pearl Jam es un sentimiento y que no se puede parar. Que revolea remeras, que salta las vallas que dividen la parte trasera del campo de la del medio (la delantera, la VIP, resultó infranqueable) a riesgo de comerse un golpe de los tipos de seguridad, que impotentes observan como el orden que les encargaron los abandona. Cuando Pearl Jam vuelve a “Ten” para cerrar la primera parte del concierto con “Jeremy” y “Porch” (en un final prolongado de altísimo vuelo), yo miré el reloj y cuando noté que había pasado una hora y veinte, no podía creerlo. Parecía que recién había empezado, y con solo mirar las caras a mi alrededor me di cuenta que no era el único con esa sensación.
Volvieron al escenario en una versión relajada. “Just Breathe” y “Garden” fueron seguidas por la irresistible simpleza del cover de Wayne Cochran, “Last kiss”, que fue acomañado con aplausos rítmicos por miles de manos elevadas. Y luego del nombrado tributo a Ramones, cerraron ese tramo con “State of love and trust” y un “Blood” en donde la performance de Vedder se vuelve épica, exponiento al límite a sus cuerdas vocales, y el desgarrado grito “Fuck, fuck, fuck” resulta una mezcla de bronca y rebeldía descomunal.
Pero había más. Y mucho más. Porque regresaron con el riff hiriente de “Smile” y luego se embarcaron en “Mother” de Roger Waters, que aunque la vienen haciendo en la gira y uno ha buscado entre los videos disponibles en la web, solo es posible medirla en la dimensión de emotividad que emana la versión, escuchándondo en vivo. Emotividad que se incremeta y alcanza su pico en “Black” y la escena contada al comienzo. Y que continua con “Better man”, como si fuera poco, con el estadio cantando y Vedder saltando como un chico y alejándose del micrófono para oir al público entusiasmado. La batería de Matt Cameron da inicio a “Why go” y otra vez Pearl Jam desborda de ímpetu rockero, con McCready y Gossard sacándose chispas, y que llega a un final apocalíptico que se resuelve en el inmortal “Alive”. Y si hasta ese momento se había cantado, entonces la entrega, tanto arriba como abajo del escenario es absoluta. Y el “I'm still alive” es entonces un grito de liberación y celebración. Una éxtasis casi religioso por alabar el regreso de Pearl Jam a la tierra prometida. Y después a rockear en el mundo libre, festejando el cumpleaños de Neil Young, con las luces que se van encendiendo de a poco, y que no solo no logran cortar el clima, sino que además dan auténtico testimonio de la fiesta que se vive en el estadio colmado.
El final definitivo fue con la hendrixiana “Yellow ledbetter” y Eddie Vedder correteando frente a la gente y tocando cada una de las palmas a su alcance, y McCready haciendo su solo final sentado al borde del escenario. Entre amigos. Borrando los límites entre las estrellas de rock y el público. En una abosluta comunión que no terminará nunca y a la que solo podrá igualar una próxima visita de Pearl Jam.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Members of Morphine and Jeremy Lyons en el Teatro ND Ateneo


Mark Sandman es irremplazable. Y nada, absolutamente nada de lo que disfrutamos anoche en el Teatro ND Ateneo hubiese sido posible si alguna vez no hubiéramos tenido en el mundo a un tipo con el talento de Mark Sandman. Los músicos que anoche interpretaron sus composiciones lo saben más que nadie, y su espíritu y su impronta no solo sobrevoló cada uno de los tramos del concierto, sino que además es la que signa de manera indeleble la carrera de los tipos que lo acompañaron durante su trayectoria musical. Hecha esta introducción, empiezo contando que después de algunos videos amateurs en internet y un bootleg que conseguí por allí, las expectativas eran altas. Seguí los pasos de Dana Colley a partir del desbande de Morphine, y sus tres discos con Twinemen (nombre tomado del comic creado por Sandman), en donde junto a Billy Conway sumaron a la cantante Laurie Sargent, son una delicia. Y este nuevo proyecto, con el saxofonista ya reencontrado con Jerome Deupree (baterista original de Morphine), que incluye a Jeremy Lyons, y que comenzó como un tributo a Sandman al cumplirse diez años de su muerte en 2009, cobró vida propia y se transformó en “The ever expanding elastic waste band”. Un nombre tan ambicioso como el proyecto, que en definitiva terminó quedando como nombre del disco y la banda pasó a denominarse Members of Morphine and Jeremy Lyons, ya que al trío se sumó Billy Conway (el otro de los bateristas que pasaron por Morphine) para acompañar a Deupree en la percusión.
Para agrado de todos los que estábamos anoche en el ND Ateneo, la apertura del show fue a puro Morphine con “Have a lucky day” y “Claire”, y en realidad ese iba a ser el tono de todo el recital. Porque casi todo el set list estuvo armado con canciones de aquella banda madre y que era la que en definitiva nos convocaba. Los músicos rescatan la atomósfera espesa de las composiciones originales de Sandman, pero encaran el sonido desde otro lugar. Suenan como una versión contenida de Morphine. Colley toca un saxo acústico pasado por un amplificador de guitarra y eso, sin quitarle mugre al sonido, lo vuelve más luminoso y hace lucir más el tinte jazzeros de sus arreglos. Y Jeremy Lyons, excepto en sus propios temas cuando toca guitarra y aporta su “delta blues”, toca el slide bass y canta manteniendo (o imitando) el tono profundo de la voz de  Sandman. La puesta fue sencilla, la iluminación baja y sobre el escenario no hubo despliegue físico alguno. La única curiosidad fue un haz de luz que daba justo sobre Billy Conway, que llevaba puesta una camisa color piel, y que le daba un toque espectral a su figura. Además la imagen de Lyon, con boina y tiradores, parecía la de un diariero anunciando los periódicos en plena crisis del '30.
En la continuidad del show aparecieron “The other side” y “Sheila”, el primer momento en donde la banda abandona su postura mesurada. Dana Colley fue el encargado de tomar contacto con el público. Se mostró alegre y jodón, recibió preguntas y sugerencias del público (You are single? le gritaron con voz femenina desde el pullman, lo que provocó uno de los momentos más hilarantes), recordó los shows de 1997 con Morphine en Dr. Jeckyll, y nos puso al tanto que Jerome Deupree cumplía años, lo que fue retribuído con el Happy birthday correspondiente. Las versiones más medidas fueron las que encontraron matices más finos en los arreglos, como “Let's take a trip” o “French fries with peppers” más adelante, mientras que temas como “Honney white”o “Thursday” los mostró desenfrenados y con un público que embelesado, seguía con brazos y piernas rítmicos cada uno de los cortes y caminos que se sabe de memoria. Al margen de las versiones regrabadas con temas originales de Morphine, uno de los pocos momentos rescatados del disco fue “Different”, un tema de Jeremy Lyons con reminiscencias al “Whitin you without you” beatle.
En “I'm free now”, Conway y Deupree invirtieron sus lugares y fue Billy el que quedó a cargo de la batería, mientras Jerome fue a la percusión. Dana Colley presentó a los músicos y volvió a citar a Mark Sandman como si fuera un integrante más. Tocaron “Pulled over the car”, un tema que de alguna manera es el emblema de esta formación, ya que se trata del rescate de una canción no tan conocida de Morphine (The B-Sides and Otherwise ) y que la banda usa como distintivo. Cerraron con “Buena” y a esa altura la platea de pie se dividía entre filmar y dejarse llevar por la potencia de una banda que sonaba arrasadora. Volvieron para despedirse en un clima más íntimo, con una intensa versión de “You look like rain” que Dana Colley cantó a medias con la gente.
Excelente concierto de unos tipos que saben que mas allá de su talento como músicos, a más de diez años de su muerte, siguen bajo el influjo de un Mark Sandam, que desde un manojo de canciones maravillosas, continúa acrecentando el tamaño de leyenda. Y que a nosotros nos deja con la certeza que la muerte temprana nos privó de un artista tan único como irremplazable.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Personal Fest día 2: Sonic Youth

           
            Segunda jornada del Personal Fest, con un line up bien heterogéneo. Por un lado bien indie y alternativo, y por otro lado, una presencia caribeña expresada en el reggae y en la fusión de Calle 13. Quienes siguen este blog no tienen que pensar mucho para saber qué tipo de los artistas eran los que más me interesaban, así que me fui al festival pensando en The Kills como primer plato fuerte, dejando de lado el resto. Cuando llegué estaba terminando su set Mala Rodriguez, así que no puedo dar mayores referencias que de su portaligas colorado.  En seguida en el escenario 2 largaba Soldiers of Jah Army, o Soja como les gusta llamarse a los de Virginia. La verdad es que estaba con el modo reggae en off, y mucho menos reggae transgénico (¿?), así que me fui a dar una vuelta por el predio, recorriendo el resto de los escenarios, en los que no encontré nada interesante para contarles. Un rato más tarde sí me aproximé al escenario 1 para los esperados The Kills. De entrada se notó que había un buen grupo de fans que les eran propios y que les iban a celebrar cada una de sus intervenciones. Alison Mosshart de pelo rojizo tomó el micrófono y arrancaron con el irresistible “No wow”. Si bien vienen de hacer con “Blood pressures” su disco más compacto, no se dedicaron solo a   recorrer este, sino que gratamente trajeron algunos de los clásicos de sus discos anteriores. “Future stars slow”, y el reggae espeso de “Satellite” fueron puntos altos de un show que se sostuvo en la tensión sexual entre Jamie Hince y Alison Mosshart. Solo ellos dos sobre el escenario, más el disparo de pistas que le quitaron un poco de contundencia a la performance. Porque a veces resulta demasiado lineal el volumen y los climas dentro de los temas mismos, dueños por sí mismos de una gran dosis de energía, y a los  que imagino mucho más contundentes con el pulso de una banda de “carne y hueso” detrás. De todas formas, la densa “URA Fever” o bailable “Cheap and cheerful” se vuelven irresistibles. Alison tocó guitarra en varios temas y se le animó a unos tambores en “Pots and pans”, que a medida que pasaban inadvertidos a lo largo del show, parecía que estaban de adorno. Quedó la dedicatoria de Jamie Hince en “Baby says” para su esposa, que de no tratarse de Kate Moss, resultaría un dato intrascendente, y la idea definida de un dúo aplastante que en la apuesta minimalista, desaprovecha en vivo buena parte de su potencial.
            Seguido en el otro escenario volvía el reggae con Damian Marley. Un hijo de Bob Marley que hace reggae, nada original por cierto. Ni nada que me interese demasiado, así que corrí al tercer escenario en donde tocaba El Mató a un Policía Motorizado, que me recibieron con “El día del huracán” y “Chica rutera”. Nadie como ellos merecían tocar el día en que Sonic Youth volvía a la Argentina. Y con Santiago y su voz en estado impecable al frente, hicieron honor a la apuesta. En un predio que se iba llenando de a poco, aprovecharon para mostrar su estilo noise bien a tono con la noche. Hicieron “Navidad en los santos” y cerraron con una versión de “La noche de los muertos” (del imprescindible “Día de los muertos” de 2008) que de haber llegado a los oídos de Thurstoon Moore le habría arrancado una sonrisa.
            En ese momento se me presentó la única disyuntiva de la noche: los clásicos de Inxs en el escenario principal o los Massacre que seguían a continuación en el escenario 3. Y la verdad es que Inxs sin Michael Hutchence es como Simon and Grafunkel, sin Simon ni Garfunkel. Encima, yo que seguí aquel reality para reemplazar al cantante irremplazable, no quería que gane el que ganó. Así que me quedé en el predio mientras un SMS me entregaba la excelente noticia de los cuarto goles de Cavenaghi. Y cuando Walas entró al escenario saludando con su clásico “Hola, nosotros somos los Massacre. Un beso” y largaron con “Te leo al revés” supe que no me había equivocado en la elección. Con un repertorio haciendo base en el excelente “Ringo”, uno de los grandes trabajos que nos deja este 2011, Massacre dio uno (otro más) show inolvidable. No dejaron clásicos de lado, como “Plan B”, el lejano “Cae el muro” o “Sofía, la súper vedette”. Walas cambió gorro por sombreros de todos los tipos, se mostró excitado con la presencia de Sonic Youth (desmintió que la separación de Thurstoon Moore y Kim Gordon se deba a alguno de los Massacre), cantó “La octava maravilla” abrazado a un muñeco desnudo, y se mostró todo lo histriónico que le conocemos. Los temas nuevos tuvieron versiones notables, como la irresistible “Tanto amor”, “La web del siglo” (se derrumba el capitalismo, proclama Walas), “Muerte al faraón”, “La virgen del knock out” o “Tengo captura”. Cerraron con “El robot vs. La momia azteca”, volviendo a agradecer la posibilidad de tocar la misma noche que los Sonic Youth. De tantos festivales que he ido, jamás vi tanta gente en alguno de los escenarios alternativos.
            Cuando volví para reencontrarme con la familia (que optó por el show de Inxs) los australianos estaban haciendo una versión desabrida de “Original sin”. Una lástima. El cantante ni siquiera era JD Fortune, el ganador del reality, sino otro que llevaba apenas dos shows son ellos. Solo presencié la parte final del set, pero bastó. Un repertorio plagado de hits no es suficiente, y el carisma no se reemplaza con profesionalismo. “New sensation” y un cierre con “Never tears apart” terminaron por confirmar esta impresión. Lástima por los Harris, no se merecen este presente. Bah, no sé. Porque metieron un bis que nadie les pidió, así que tal vez sí lo merezcan. Chau Inxs, hola Calle 13.
            Todo un tema para mí Calle 13. No es la primera vez que los veo y sin duda tiene un vivo descomunal. Desde ya que han dejado de ser hace rato esa bandita que rozaba el reggaeton en sus comienzos. Pero tienen un discurso politizado que aunque lo intento, no les termino de creer. Eso de los ejecutivos de Adidas víctimas del engaño de un rapero de Puerto Rico es mas un chiste que otra cosa, y me pone a la defensiva ante ellos. Y aunque no son solo eso, y hay también mucha música en el medio, ese discurso suele quedar por delante de las canciones, que en muchos casos se sostienen por sí solas. Porque es cierto que cuando se sueltan en pasajes instrumentales la banda es un lujo (tienen un trompetista cubano que es una delicia), o que cuando abordan el hip hop  más denso como en “La bala” (dedicada anoche a Facundo Cabral) son implacables. Que tienen temas buenos y de los otros; que Residente y PG13 forman un tándem envidiable y que despliegan una energía sobre el escenario que es respondida con creces por parte de un público incondicional. Pero cuando suspenden un show en Comodoro Rivadavia aduciendo exagerado el precio de las entradas, pero aceptan hacer uno como el de anoche, con los tickets al mismo precio del que suspendieron, y en donde vendían un paty a $25 y un agua a $20, no hace otra cosa que aumentar mi sospecha. Todo esto más allá de la ironía de oír a Rene despotricando contra los programas de la farándula y cosechando aplausos desde un VIP en donde minutos antes sus concurrentes se sacaban fotos con cuanto famosos se cruzaran. Hubo música de la buena y arengas por doquier. La demostración de un cariño por la Argentina que resulta sincero. Hacia el final la versión de “Calma pueblo” puso a todo el mundo a cantar, y después la bella “Latinoamérica” con Pedro Aznar de invitado en coros. Cerraron con “Fiesta de locos” un tema de los pedorros, para trencito en cumpleaños de 15, pero que a su gente le gusta. Antes de dejar a Calle 13, dos últimas consideraciones: los cabritos brincan, René. Nosotros saltamos. Y además estaría bueno que ese discurso solidario que pregonan lo apliquen para con sus colegas músicos, porque sabiendo que se trataba de un festival, se cagaron en el resto de los artistas y extendieron su show por veinte minutos sobre lo establecido. Claro, con la mayoría del público de su lado y usándolo como freno ante las amenazas de corte de sonido, no les resultó muy difícil quedarse. No era un recital de Calle 13, era un festival con Calle 13 incluído, pero para quien se cree el centro del universo no parece fácil de entender.
            Y por fin Sonic Youth. Mientras el predio se vaciaba lentamente, porque la amplitud de estilos ni la curiosidad musical parecen ser atributos de los fans de Calle 13, nosotros nos aprontamos al escenario principal en donde Kim Gordon, Thurstoon Moore y los suyos nos esperaban para sacudirnos con “Sacred trickster” y “Calming the snake”, ambas de su último trabajo de estudio, “The eternal”, disco al que volverían más tarde con “What we now”. Si a alguien le quedaban dudas de si la reciente separación de la pareja que da vida a Sonic Youth iba a repercutir en la performance en vivo del grupo, las dudas habían quedado disipadas. Sonic Youth fue todo lo que esperábamos. Guitarras distorsionadas, acoples y ruidos y más ruidos. Sí, ruido en el sentido más musical de la palabra. Una bola sonora que se te mete por los poros y te posee. Una energética dosis de riff que se construyen y se desarman en canciones que no terminan por ser otra cosa que alaridos desesperados y trances de absoluto hipnotismo. No son necesarias muchas palabras desde el escenario, basta que un acople se demore y se defina en la intro de otro tema para entender la continuidad que Sonic Youth le da a un show sin respiro. Con citas a todos sus grandes álbums, privilegiando felizmente a “Sister” y “Daydream nation” en la elección. Del primero hicieron “Cotton crown”, “Stereo sanctity” y “White cross”, y del segundo “The sprawl”, “Hey Joni” y  el implacable “Cross the breeze”. Hay furia, estremecimientos, espasmos musculares siguiendo a esa energía que se desprende del escenario y que saca la noche del parámetro de espacio y tiempo en el que nos reconocemos. Lee Ranaldo arranca quejidos a guitarra con un arco de violín, Thurstoon Moore usa de slide a un ventilador que arrancó de uno de los lados del escenario. Cerca mío un tipo cercano a los cincuenta filma con su teléfono celular mientras todo su cuerpo se deshace en espasmos que convertirán la grabación en una toma digna de Michael Fox camarógrafo. La exageración y la exhuberancia sonora como emblema hace del show de Sonic Youth una experiencia incomparable. La banda sigue tocando y viaja a su pasado profundo  entregando dos temas de “Bad moon rising”: “Brave men run (in my family)”, y el voladísimo “Death valley ‘69”. “You’re perfect in the way, a perfect end today. You’re burining out their lights, and burning in their lights”, mejor cierre imposible, porque el final llegó con la descomunal “Sugar kane” mientras la organización del festival hace explotar antes de tiempo una bomba que lanza papelitos plateados, demostrando que no entendieron absolutamente nada, salvo que hay que encender rápido las luces y largar los fuegos artificiales, no sea cosa que a la gente se le ocurra pedir un bis. Eran cerca de las dos de la mañana, corría un viento fresquito y para salir había que atravesar los lagos de Palermo. Aún así, un “Eric’s trip” de despedida no hubiese venido nada mal como cierre ideal.