sábado, 5 de noviembre de 2011

Personal Fest Dia 1: The Strokes


           
            Hacía rato que en este tipo de festivales no estaba tan entusiasmado con los line up. Más allá que uno siempre exagera a la hora de exigir, esta vez la gente de Pesonal se esmeró. Y más allá de eso, por primera vez se realiza este tipo de espectáculos en la sede San Martín del Club GEBA. Gigante, cómoda, sin vecinos cerca, y por lo tanto ideal para no escatimar en decibeles. Un tanto incómodo el acceso, pero realmente resultó un tema menor. Y ayer, en la primera jornada del Festival, la lluvia, que amagó a arruinar la noche, solamente se trató de un chaparrón fuerte pero pasajero.
            Llegué al predio caminando bajo la lluvia que empezaba a ser copiosa. La gente que había llevado paraguas se fastidiaba porque se los sacaban en la entrada, y los que compraban pilotos a $10 puteaban porque se desarmaban antes de poder calzarlos por la cabeza. Sonaban los White Lies, una de esas bandas que hacen culto a Ian Curtis, y que tiene algo de Ian McCulloch, o de Interpol, si uno no quiere irse tan atrás. Yo no los tenía tanto, escuché algo por curiosidad al saberlos partícipes del festival, y tengo que decir que aprovecharon al máximo los beneficios de un sonido impecable, con el volumen ideal para este tipo de conciertos masivos. Además la tormenta que se desató hacia el final del set le entregó un condimento especial: los rayos metían miedo y la gente en su combate contra el agua se dedicó a saltar, incluso cuando el ritmo no lo incentivaba. En seguida, en el escenario 2, con menor volumen, pero manteniendo la calidad del sonido, se presentaban los Broken Social Scene, el primero de mis platos fuertes. Los canadienses dieron un show impecable. Arrancaron a cuatro guitarras, incorporaron teclados y vientos e hicieron un set de recorrido parejo por todos sus discos. “World sick”, “Superconnected” fueron puntos fuertes del show. Terminaron de ganarse al público al invitar a Emilie Haines de Metric (una de las voces femeninas que los acompañó en sus comienzos) para hacer la sugestiva “Anthems for a seventeen year old girl”, y desatarse con “Almost crimes”.  A propósito, Metric es una cuenta pendiente para las productoras, tendrían una tercera o cuarta banda para un festival que les aseguraría un excelente show. Los BSS cerraron con el instrumental “Meet me in the basement” de su último disco. Adrenalítico riff al que se la van sumando instrumentos, y que sobre el final los vientos vuelven adictivo. Para los que no los conocían, inmejorable oportunidad para hacerlo. Los canadienses no solo no pasaron desapercibidos, sino que además convencieron por demás. Para los que los esperábamos, una confirmación de los que lo que preveíamos. Y en mi caso, me queda el lamento por haberme perdido el show de La Trastienda del martes. Claro, ese día estaba viendo a Charly, pero por el momento los científicos parecen más interesados en clonar a las personas, en lugar de disociarlas.
            Siguió Goldfrapp. Otra que aprovechó el sonido del escenario 1. Los británicos optaron por un set con los temas más bailables, y dejaron de lado la versión más intimista de su carrera. Alison apenas saludó a los gritos a un público que la siguió con atención, aunque sin demasiada efusividad. Se vio gente bailando en algún sector alejado del amontonamiento, pero poco más. Eso sí, momentos como “You never know”  y “Happiness” hicieron que el show valga la pena. Y el cierre con “Oh lala” y “Strict machine” resultó irresistible.
            A continuación fue el turno de Beady Eye. El único momento en el que la lluvia amagó con volver, pero los gruesos gotones que cayeron fueron apenas un susto. Bien. Beady Eye es Oasis sin Noel Gallagher. Y este es mucho más que un sencillo recuento de integrantes para algún desprevenido, sino que es una auténtica definición. La ausencia del hermano compositor hizo que Liam se muestre contento y desenvuelto. Hasta algo más humilde y simpático a veces. Andy Bell también aparece más suelto, y en los temas más potentes, Beady Eye alcanza una performance contundente. Abrieron “Four letter word” y “Beatles and stones” y tuvieron una buena parte del público a su favor. Sus fans se adelantaron hacia el escenario 2 e hicieron todo lo posible para hacer notar que para ellos, los británicos eran el punto fuerte de la noche. Como contrapartida, promediando el show, mucha gente se alejó para acomodarse mejor para el set de The Strokes. Y creo que no solo se trató de eso, sino que a medida que Beady Eye avanzó en su lista, el show fue decayendo. Cuando se trata de guitarras al frente, o incluso cuando incorporan tintes psicodélicos (“Wigwam”)  la banda se muestra compacta, pero cuando encaran temas más melodiosos es cuando el “sin Noel” prima, y a las canciones les falta vuelo creativo. Cerraron con Liam enfundado en una bandera argentina (antes había dedicado un tema al Kun Agüero) haciendo “Sons of stage”, el cover de World of Twist con el que vienen despidiéndose en la gira.
            Y por último The Strokes. Si alguien tenía dudas de sobre lo que los neoyorkinos eran capaces de dar arriba de un escenario, anoche se le fueron todas las dudas. Sobre una base machacante, las guitarras de Albert Hammond Jr. y Nick Valensi se sacan chispas. Julian Casablancas canta y se mueve con toda la indulgencia que uno espera. Y la banda arrolla por donde se la mire. Sin llegar a la continuidad enfermiza de los Ramones, el show se sostuvo en un encadenamiento de temas que no hacían más que duplicar la energía del anterior. Abrieron con “New York City cops” y “Heart in the cage” dejando en claro que no solo se trataba de presentar “Angels”. Sin embargo, canciones como “Under cover of darkness” y Machu Pichu” fueron platos fuertes del set. Ni hablar de  “You’re so right”, que de las nuevas, es la canción que más gana en su versión en vivo. La dupla de “Room of fire”, “12 51” y “Reptilia” terminaron por incendiar el escenario, con un público que combinaba pogo con pasitos dance, y piecitos rítmicos con cabeceos frenéticos. En The Strokes hay punk, hay Televisión, hay Lou Reed, y fundamentalmente hay una determinación a acuchillarte los músculos con guitarras de filo asesino. El final de un set breve, bien festivalero fue con la contundente “Juicebox” y el grito desesperado y agónico de “Last night”. Tras un breve receso, volvieron para despedirse con dos clásicos de su primer disco, “Hard to explain” y “Take or leave it” para un público que se quedó con ganas de más, pero al que no le quedó tiempo para pedirlo, porque las luces, la música y la irrupción de una andanada de fuegos artificiales, le indicó que la noche había terminado. Lo de los Strokes resultó una aplanadora (si ya sé, eso es de Divididos, pero juro que fue así) y si a alguien le quedan dudas, se busca el setlist en internet, y se lo arma  en grooveshark tal cual el orden de anoche. Si al cuarto tema no está saltando solo arriba de la cama, no escribo más crónicas de recitales.
            Hoy la segunda fecha. Y cierra Sonic Youth, nada menos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Charly García en el Teatro Gran Rex - El angel vigía



            Cuando uno entraba anoche al Gran Rex le entregaban como programa un cuadernillo de tapas negras en donde figuraban las listas de temas de los tres conciertos de la serie con que Charly García festejaba sus sesenta años. La vanguardia es así, Detrás de las paredes y El ángel vigía. Tres conciertos, a veinte temas por noche. Sesenta años y sesenta canciones. Nada fuera de lo común, pero lo suficientemente tentador para estar allí cada una de las presentaciones. En mi caso, que fui solo la tercera, la primera reacción al estar ya acomodado en mi butaca, fue abrir el cuadernillo y decepcionarme con los setlist de los días previos. Empecé entonces por ese acto masoquista, mientras me negaba a ver la lista correspondiente a mi noche, algo que mi ansiedad hizo fracasar tras breves minutos de cavilaciones. Y comprendí que aún cuando hubiese ido las tres noches, también me hubieran quedado canciones en el debe. Claro, es Charly Garcia. El mismo Charly García que hacia el final del show va a decir algo como “van diecisiete canciones en este concierto, más las cuarenta de los otros dos, son cincuenta y siete. Y pensar que algunos con una sola...”, y un gesto de resignación irónica al que la gente va a responder rompiendo en furiosos aplausos.
            Cuando el telón se descorrió, se oyó la voz en off de Graciela Borges que inició su speach con un “La vida es una droga a la que se le acabó el efecto”, y por la pantalla trasera del escenario empezaron a mostrarse las tapas de cada uno de los discos de toda su carrera,  acompañado por un pedacito del tema más emblemático de cada trabajo. Si a alguno le faltaba memoria, allí tuvo un verdadero parámetro de la trayectoria del artista que engominado iba a aparecer sobre el escenario para dar puntapié al concierto con “Piano bar”. Junto a él, la banda que lo viene acompañando desde su regreso, con dos variantes: el japonés Hiuge Hayashida en segunda guitarra, y Rosario Ortega en reemplazo de Hilda Lizarazu. Pero además anoche, un trío de cuerdas,  más un polifacético Fernando Samalea se encargaron de darle un  marco más que especial a las versiones que Charly eligió para cerrar la triada de recitales. Y precisamente Samalea en bandoneón, es el que tiñe de tono tanguero a los dos primeros temas, porque pegadito a “Piano Bar”, “Canción de 2x3” sonó más porteña y melancólica que nunca. “I'm not in love” cambió a Gardel por Beatles, y “Plateado sobre plateado” resultó uno de los grandes rescates de la noche, con un destacado Samalea en vibrafón. Algunas huellas ya son la piel, y vaya si lo son.
            Las canciones eran interrumpidas por otra voz en off, la de Badía, que narraba historias absurdas sobre una mujer que robaba globos terráqueos de las escuelas y extraterrestres que embarazaban a las mujeres bellas de la tierra; o sobre una pregunta periodística al sobreviviente de un incendio, que consultado sobre el origen del fuego responde: “No sé. Estaba en llamas cuando me acosté”. Pasan también “El día que apagaron la luz” y “Deberías saber por qué” a la que la gente canta como cualquier otro clásico y provoca que Charly diga que es la primera vez que el público entiende esa canción. Alguien le agradece con un: genio!, a lo que Charly veloz responde: no. Genio es Maradona. Y anuncia una canción de la época “en que Maradona todavía hacía jueguitos y firuletes”, y cierra la primera parte del show con “Nuevos trapos”.
            El anunciado intervalo incluyó la proyección de partes de “Un perro andaluz”, el sueño surrealista de Luis Buñuel, mientras se escucha el piano de “20 trajes verdes” y la voz de Graciela Borges recita frases selectas de la poesía de García. Breve, pero a tono con la puesta conceptual del show. Un concierto que al regreso nos recibe con una andanada de rock and roll fenomenal, con “Popotitos” y “No se va a llamar mi amor”. Vaya uno a saber cuál es la fórmula de la alquimia química que consigue mantener a Charly en ese estado de lucidez. Pero lo cierto es que el tipo, aún con sus dificultades, pasea por el escenario, dirige a sus músicos, seduce a Rosario Ortega y hasta baila flexionando sus rodillas de una manera imposible de imaginar, cuando un año y medio atrás nos conformábamos con saberlo vivo y estábamos dispuestos a perdonarle cualquier torpeza con tal de escucharlo cantar aunque sea una vez más. Es tal el éxtasis sobre el escenario, que Charly decide bajar un poco los decibeles presentando a cada uno de los músicos de su banda, porque a continuación venía “Llorando en el espejo” (esta canción me hace llorar hasta a mí, García dixit) en una versión a la que las cuerdas hicieron más intensa que nunca. Y después “Por qué no te animás a despegar?” para seguir con el clima más denso, que se volverá a romper con “Raros peinados nuevos” y “Rap del exilio”.

            Ya no se trata de la sorpresa ante un tipo al que uno no creía poder ver de vuelta arriba de un escenario como en aquel diluvio de 2009, ni siquiera del músico prolijo que encaraba el repaso de su carrera con dignidad interpretativa en los Luna Park de 2010. No. Se trata de un artista que se muestra con sus neuronas abiertas a revisionar su obra desde otro lugar. Reentendiéndola, incluso autosorprendiéndose, reinventándola a veces y resignificándola otras. O acaso hay manera de recibir el impacto de la súplica de “Asesíname” (con dedicatoria a Celeste Cid) de la misma manera que  diez años atrás? O la “Canción para mi muerte” con la que cierra el tramo central del show que es cantada de memoria por todo el teatro mientras la banda intenta sostener la cadencia blusera de la versión que se habían propuesto ,sin desairar a la gente que sigue el tiempo de la melodía tal cual fuera grabada en el lejano “Vida”.
            Antes de los bises, que en realidad son parte programada del concierto y los que en definitiva le van a terminar de otorgar el carácter de glorioso, suena la versión García del himno mientras la pantalla muestra los créditos del concierto como si se tratase de un film. Para destacar  la mención a Juan Alberto Badía, que provoca aplausos al mismo nivel que la del “negro” García Lopez. Ya de regreso, Charly en el escenario acompañado solo por el trío de cello, viola y violín, se lanza a una emotiva versión de “Desarma y sangra”. El ángel vigía, leit motiv del tercer concierto de la serie, dice presente con unos arreglos de cuerdas deliciosos y que arropan al clásico de “Bicicletas” con una intensidad conmovedora. Y aunque en la platea todos sabemos lo que sigue cuando Charly dice que va a hacer un tema, que en realidad son tres (una suite! anunció), nadie podrá evitar los ojos enrojecidos que como inmediato correlato aparecen ni bien el maestro nos canta “Quiero verte la cara brillando como una esclava negra, sonriendo con ganas”. Sí, una “Eiti Leda” emocionante con el (aquí sí imprescindible) aporte de Rosario Ortega en la voz y una banda expandiéndose en su perfección sonora y llegando a lo más profundo de cada uno de los tipos que de pie no podemos quebrar nuestra perplejidad. Pero habrá más. Según el programa, lo que seguía era “Fanky” como para terminar todos bailando. Pero “Eiti Leda” habá dejado algo el ambiente que insinuaba que esa no era la continuidad adecuada. Y Charly llama a García Lopez y en voz baja le hace una sugerencia, entonces el negro arranca con “Cerca de la revolución” y el Gran Rex estalló para un final apoteósico.
            Poco se hizo esperar Charly para volver a cumplir con la lista prometida y regalarnos el “Fanky” que una vez superado el trance Seru, sí nos predisponía mejor a despedirnos bailando. Claro, todo esto si la palabra despedida hubiese estado en la cabeza de alguno de los que poblábamos el teatro. Porque no se movió nadie. Cantos, gritos, llamados. Que esta es la banda de Say No More, que si este no es aguante, el aguante donde está, y todo para convencer a un Charly, que aunque se demore unos cuantos minutos en volver, ya parecía convencido de antes. Y si al principio hablé sobre redescubrir canciones, “Instituciones” fue el gran redescubrimiento de esta serie de conciertos. Una versión que se inició en un tempo más veloz que la original, pero resultó implacable. “Tenes sábados, hembras y televisores” vocifera Charly, que se había dedicado parte de la noche a joder con Tinelli y su programa. Y es cuando todo va llegando a su fin el momento en el que  uno realmente cae de lo que acaba de ser testigo, con Charly arrodillado en el escenario, cantando aquello de "pero siempre el mismo terror a la soledad.....".Y uno que de tantos recitales que le ha visto cree haber pasado todo en materia de emociones se da cuenta que no tuvo ni para empezar. Inolvidable. A llevar los sueños al justo lugar entonces, aunque el teclado que quedó a salvo del telón clausurado genere alguna expectativa y haga que por casi veinte minutos nadie se mueva del teatro, hasta que la seguridad indique amablemente el camino de salida.
            Se repite 4, 8 y 11 de noviembre en el mismo teatro. Yo que ustedes en lugar de hacer cola en Casa Piano y lidiar con la AFIP por un puñado de billetes que si están verdes no los dejan salir, me voy derechito al Gran Rex a invertir en este Charly García. Que no conforme con haber resucitado una vez, promete que habrá más resurrecciones en su mundo.

           
    

sábado, 15 de octubre de 2011

Eric Clapton en River Plate

            Llegar a River un viernes a la noche es una auténtica odisea. Hay demasiados autos en la ciudad, todo bien con la producción record, pero hay que hacer algo. No sé, voltear iglesias para ensanchar calles podría ser una buena medida, pero no sé si alcanzaría. La cosa fue que llegué como nunca sobre la hora del concierto después de haber caminado desde Vertiz y Pampa en tiempo record. (Suelo caminar rápido, pero a veces temo que en el abuso termine pareciendo esos competidores que participan de las carreras de marcha en las olimpíadas, moviendo el torso de manera ridícula. Si alguna vez me ven haciendo eso...please, kill me). Además llegué con el convencimiento que después de dos noches albergando a Jutin Bieber, el Monumental iba a tener las butacas mojadas por las fans adolescentes del canadiense, así que en el camino solo me detuve a hacerme de una buena dosis de carilina. Ni tiempo tuve de acomodarme, ni siquiera de pedir la ampliación del límite de la tarjeta de crédito para poder comprar la botellita de agua que te venden a veinte mangos, porque no había terminado de recuperar al aire cuando se apagaron las luces y Eric Clapton arrancó el concierto con “Key to the Highway”.
            La relación entre Eric Clapton y ese estadio me producen una nostalgia muy particular. Su concierto del año ’90 fue el primer recital de una primera figura internacional que vi en mi vida, en una época en que no abundaban ni los conciertos ni el dinero para pagar las entradas. Pero mas allá de la distancia en el tiempo, Clapton llegó esta vez desde etapas muy diferentas. Aquella vez con un “Journeyman” caliente rotando en las radios. Un disco que lo había sacado  de la monotonía liviana a la que lo había sometido Phil Collins y dueño un puñado de hits imbatibles, como el irresistible “Bad love”. Esta vez, en la etapa avanzada de su carrera, Eric Clapton llega después de varios gestos de regreso a las fuentes: el disco con J.J. Cale, el homenaje a Robert Johnson, el reencuentro con Stevie Wonwood, el reciente trabajo con Winton Marsalis, y un disco que por título lleva su apellido, y que de haber sido editado en la etapa de apogeo de su carrera, nadie dudaría de calificar de clásico infaltable en cualquier discoteca. Así que el concierto estuvo signado por un saludable impronta blusera, en una noche que tuvo su primer estallido con “Hoochie Cookie man” y con “Old love” su primer momento de magia.
            No puedo evitar las comparaciones con aquel concierto de veinte años atrás. Aquella banda tenía una fuerza rockera demoledora. Esta vez Clapton llega con una banda que lo tiene como único guitarrista, y a la que las voces de Michelle John y Sharon White, más el hammond de Tim Carmon (la segunda gran figura de la noche) le otorgan una impronta que tiñe las versiones de una cadencia soulera que les hace dueñas de un encanto especial. La banda se completa con el piano de Chris Stainton, el bajo de Willlie Weeks, y tiene como baterista a nada menos que Steve Gadd (que andará dando alguna clínica en Buenos Aires, algo que también hará otro percusionista ilustre que nos visita por estos días: Ian Paice). La voz de Clapton se sigue escuchando reconocible, aunque ha perdido lógicos matices. Es el oficio y la ayuda de las inestimables coristas lo que hace que uno se olvide rápidamente de este detalle.
            A una excelente y festejada versión de “I shot the sheriff”, siguió el momento que tal vez haya sido el punto culminante del show: Eric Clapton sentado con su guitarra acústica y las descarnadas versiones de “Driftin’ blues” y “Nobody knows you when you’re down and out”. Blues en estado salvaje. Primal. La música negra como lamento y salvación, en la simpleza de doce compases. Nada se puede agregar a todo lo que se haya dicho de la manera en que el guitarrista británico se adueñó de la música negra y la forma en que la encarna como propia. Nada que se pueda agregar, aunque oyéndolo tocar uno tenga ganas de decir todo eso de nuevo, y más también. Pasaje extraordinario de la noche, y unos de esos instantes en los que uno se siente un auténtico privilegiado por haber podido presenciarlo. Después Eric siguió sentado, pero ya con la stratocaster devolviéndolo a la electricidad, e hizo una bella versión de “Lay down Sally”, más “When somebody thinks you’re wonderful”, el único tema que interpretó de su último disco. Cerró esa parte del set con la versión lenta de “Layla”, interesante como broche a la intimidad, pero que jamás logrará convencerme del todo. Y estoy seguro que desde algún lugar de la eternidad, Duane Allman me apoya en esta opinión.
            El cierre fue a puro clásico y emoción. Primero “Badge” mientras las pantallas mostraban a un tipo luciendo orgulloso la remera de “Disraeli gears”, y luego los suspiros con “Wonderful tonight”. Pero la noche venía blusera y Bo Diddley y Robert Johnson dijeron presentes cono “Before you acusse me” y “Little queen of spades”, versiones en las cuales la banda se lució como nunca, con momentos solistas de Chris Stainton, Tim Carmon, y el propio Eric, de altísimo vuelo y que resultaron fascinantes. Luego “Cocaine” como broche de oro. Oro blanco, si querés. Pero oro al fin.
            Mientras la banda recuperaba el aire y esperábamos los bises, yo me quedé pensando que el show que acababa de ver no era para un estadio. Mas allá del campo con butacas y todos los etcéteras posibles en cuanto a la relación entre entradas cortadas y precios, la verdad fue que me quedé con la idea de que la magnitud del lugar le había quitado parte de la magia al show. De todas maneras, después de dos noches de Justin Bieber, el estadio necesitaba un hechizo que lo saqué de tan mala influencia. Enrealidad, varios son los hechizos que se deben quebrar en el Monumental en estos tiempos. Y otra vez regresé mentalmente  a aquel concierto del año ’90, a aquella versión de “Croassroads” salvaje, poco emparentada con la bien blusera que empezaba a sonar ahora como despedida, mientras la encrucijada me llevó a recordar la sucesión de vueltas olímpicas en continuado que siguieron en los años inmediatamente posteriores al primer concierto. Y entonces siguiendo la orden de Mr. Johnson y el espíritu de la guitarra de Clapton, me digo que tal vez la solución esté en un pacto fáustico. Y entonces dispuesto a vender el alma, pido una aguja, me pincho el dedo, y mientras me voy cantando “I went down to the crossroads, fell down on my knees”, pregunto: dónde hay que firmar?
           

jueves, 29 de septiembre de 2011

Primal Scream en GEBA



Llegué a GEBA con una sensación extrañísima. Había pagado por un festival en el que solo me interesaba ver una sola banda. Tal vez la curiosidad de Jarabe de Palo, que eran los que pedían por un beso de la flaca cuando pisé el predio, que a esa hora estaba desierto. Ahí nomás en el escenario 2 aparacieron los Pista 2 y.....bueno, fue como si el rock urbano me empujara hacia afuera del predio y aproveché para chusmear un rato. Al regreso tocaban los venezolanos Caramelos de Cianuro, y aunque sonaban bien, su música no me provocó emoción alguna. Además el cantante me pareció el resultante de una fórmula matemática que se podría definir de esta manera: Trent Reznor – Fernando Ruiz Diaz + Robbie Williams. Pero mi festival eran los Primal Scream y para saciar mi ansiedad tuve que aguantarme la media hora que se retrasó el show, supongo que porque la gente estaba llegando tarde en un día laboral.
Bien, a esta altura poco se puede decir sobre Sreamadelica. Del hito inalcanzable que significó en la carrera de Primal Scream, de las influencias que generó durante dos décadas, de los músicos que todavía sobreviven utilizando como faro el molde de aquella obra cumbre. Y el show, se sabía, era un auto homenaje a ese disco que en está cumpliendo los veinte años de editado. Y a eso se abocaron los escoceses, mientras la percusión leve y el piano trajeron “Movin' on top” y esa introducción de ineludible referencia, la que podría llamarse tranquilamente “Sympathy for the trip”. Fórmula marca registrada, climas que se expanden y crecen, la voz femenina que parece un coro gospel completo y un irresistible ingreso al mundo psicodélico de Bobby Gillespie y sus muchachos. Y obedeciendo al disco, siguieron con “Slip inside this house” y el justo tributo ácido al delirio de Rocky Erikson.
Después llegó el momento del lucimiento de Mary Pearce, la voz femenina que los acompaña en la gira y que entregó una interpretación de “Don't fight It, feel It” de altísima intensidad. Aún así, gran parte del público les era ajeno y se notó la dificultad para establecer conexión con la propuesta de la banda. Para colmo la hermosa “Damaged” sufrió una merma en el sonido, dificultad que llevó a que muchos nos desconectemos con el clima que se empezaba generar.
“I'm comin' down” fue la encargada de reconstruir las cosas y el show lentamente fue recuperando el ambiente. Y a partir de “Higher than the sun” se produjo el efecto esperado en el show y por fin encontramos lo que habíamos ido a buscar. Hipnosis absoluta. La piel se vuelve insensible, la vista se pierde en los círculos concéntricos y multicolores que se proyectan desde las cinco pantallas que custodian el escenario. Los cuerpos elevados se estremecen bajo el signo de un éxtasis sensitivo en una agonía interminable, con saxos y guitarras que conmueven en aullidos que hacen del trance una experiencia tan caótica como irresistible. Va un meddley con “Who do you love”, algo que Morrison hubiera sabido apreciar (si es que no lo hizo mezclado entre nosotros) y sigue “Loaded” que redobla la apuesta para decantar en el “Come together” que no solo cierra el show sino también ese disco que anoche se mostró inmune al paso del tiempo. Así como en “Alta fidelidad” los melómanos se preguntan por lo mejores temas de apertura de un disco, ese cierre merece una nominación especial en el absurdo ejercicio de elegir los mejores temas finales de álbumes clásicos. Y el “We are together, we are unified” se repite y se suma al “come together as one”, y el teclado se eleva en volumen y aturde en la despedida anárquica. Desde el escenario se habló de orgasmo masivo, y algo de eso fue lo que ocurrió. Y mientras yo me dejo llevar por un clima que puede durar minutos, pero que pueden parecer horas, Gillespie arranca cantando “Country girl”, el potente hit de “Riot city blues”. Y yo ahí sentí que el clima se quebraba por completo. No es que no me guste, fueron como los bises pero en continuado y poco tenía eso que ver con lo que estaba sucediendo antes. Como si las chicas del comercial de Gancia entraran a los gritos por la ventana en medio de la clase de yoga. Son divinas chicas, las amo a todas, pero la fiesta no era hoy. No es que esté mal, pero en ese momento Primal Scream se vuelve una banda completamente diferente. Ojo, los tipos la rockean, pero esa versión de los escoceses es la de un grupo al cual, en medio de la hiperabundancia de shows, no me hubiese costado relegar en pos de otras opciones. Siguieron con “Jailbird” y cerraron con “Rocks” cuando el cuerpo ya se había acostumbrado al nuevo pulso de la banda y el rito irresistible era acompañado por unos pies a los que todavía les costaba volver a la superficie. No es que haya estado mal ni mucho menos, sino que fue otra cosa.
Lo que siguió en la noche del festival fue un despropósito. Snow Patrol no puede suceder a Primal Scream. Señores de la gaseosa que no sirve para ni para rebajar el fernet Capri: ustedes violaron el orden lógico del universo. Pusieron al after office después de la noche descontrolada e interminable. Invirtieron las cosas y los dioses los castigarán otorgándole sabor a remedio a su producto por el resto de la eternidad. Una locura ilógica por donde se la mire. Como atacar la caja de los Capitán del Espacio antes de encender el porro. Encima en el medio estuvieron los Volador G y su cantante que le debe haber vendido el alma al diablo a cambio de la voz de Richard Coleman. Y después sí los Snow Patrol. Si les digo que dieron un show prolijo me creen, verdad? Que los temas que estrenaron mantienen la linea de los anteriores, también me creen, no? Que el cantante fue demagógico en extremo también era provisible, pero fue un asco, un relajo de demagogia para una banda que en el mejor de los casos vale como el Coldplay menos inspirado. Pero la gente lo disfrutó, y a decir verdad, el campo (especialmente el VIP) estaba lleno de fans de la banda. Eso sí, el primer tema de los bises estuvo muy bien Pero yo fui a ver a Primal Scream, así que el show de Snow Patrol que se los cuente otro, mientras yo me voy a buscar mi 2x1 de Daikiri en la happy hour de Palermo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Flopa y Minimal en Ultra Bar


Creí que iba a terminar por perdérmelo. Los cuatro Jueves de Agosto, por uno u otro motivo, habían conspirado para que yo no pueda ir hasta Ultra Bar a la presentación de “Reducción de daños” el EP gratuito (y adelanto de futuro disco) de la mancomunión de Florencia Lestani y Ariel Minimal. Flopa y Minimal, para los amigos. Pero el éxito del ciclo llevó a que, previo mudar el show a La Plata, los cantautores tengan el buen tino de agregar una nueva función despidiéndose de Capital. Porque no solo Roger Waters agrega funciones, parece.
Mas allá de alguna queja con el tamaño de los tartines que sirven en el bar, el resto todo perfecto. Ideal, diría. Porque dos músicos amigos, dos guitarras acústicas y puñado de melodías, más un público dispuesto a cantar, en voz baja pero a cantar, algunas de las canciones clásicas a las cuales se las sabe de memoria, y las nuevas de las que ya nos empezamos a enamorar. Un fogón a puertas cerradas, como el clima aconseja, porque es invierno todavía. Y justamente “Es invierno” es la canción elejida para abrir el show. “La realidad no siempre es una buena amiga” canta Flopa y el concierto sirvió también para evadirse un poco de esa realidad no tan amigable de la que buena parte de la TV estaba haciendo un show morboso mientras nosotros disfrutábamos del concierto. Concierto que tuvo continuidad en otro tema del EP, “Las momias”.
Al margen de la intimidad, la buena onda entre Flopa y Ariel lleva a que el concierto tenga momentos divertidos, rellenando los espacios entre canciones con anécdotas, reproches entre ellos y divagues desopilantes. Entonces entre “Los días por llegar”, “Las ruedas que te llevan” (uno de los estrenos del futuro disco), “El almaherida”, “Bettie al desierto” (esa belleza de Pez con letra de Fabián Casas) y “Así se trabaja”, se oirá la defensa de Minimal a su pasión por Huracán (ser de Huracán es como ir al casino, sabés que vas a perder, pero vas igual), delirios acerca de Batman (Flopa confundió a Bruno Diaz con Clark Kent), y otros pasos de comedia que, entre otras cosas, sirvieron para amenizar el tiempo que los técnicos se tomaron para solucionar los problemas de Flopa con el retorno. “Tengo una canción, que es como un escudo que me guarda”, canta Minimal y tal vez sea la mejor definición, el más fiel reflejo del efecto que las canciones del duo provocan en nuestros oídos. Flopa queda sola, también sucederá luego con Minimal, pero la calidez se mantendría a lo largo de la noche .
Hubo tiempo para una sorpresa anunciada: la presencia de Mariano Esain para despedir el ciclo. Entonces Manza se sumó al escenario para revivir el trio y hacer del tramo del show una seguidilla de hits. Canta Flopa primero una de las más logradas frases que escuché en muchísimo tiempo: “Ni gracia me hace saber que en tu lista estoy debajo del álbum blanco”, y Manza hace luego su “Dejadez”, que es mi preferida de aquel disco ya la lejano en el tiempo, pero que no faltó en ningún mp3, mp4, I pod y cuanto reproductor me haya acompañado en los últimos años. Hicieron “Canción del tren” del segundo disco solista de Minimal, tema del que tuvo que reclamar autoría, porque dijo encontrar un video en youtube que se la adjudicaba a Flopa. “Sonajeros” y “Cosecha de amor” cerraron el set que le correspondió al trio. Allí Minimal hizo un impasse para ofrecer los discos y anunciar las próximas ediciones de Valle de muñecas (la banda de Esain) y Pez. Además anticipó una serie de conciertos de Pez junto a los brasileños Macaco Bong, lo cual debería convertirse en una cita ineludible. Y la continuidad del ciclo con Flopa en La Plata.
“Escuchen música que es mejor que ver noticias” aconseja luego Ariel Minimal. En realidad corrije, porque en principio había dicho “es mejor que ver TN” y se dio cuenta que eso lo colocaba en un lugar de vocero oficialista que no le interesó en el momento y safó con elegancia: cuando el mundo se derrumba....hay que profundizar el modelo. Y el modelo anoche eran las canciones. Así que así arribamos al final del show con más temas nuevos (“La máquina de hacer todo mal”, “Cuanto más tengo que pagar”) y un cierre con la canción que abre el EP gratuito: “Atolondrón”, única no compartida en autoría, porque está firmada solo por Flopa. Así nos despedimos, mientras las camareras recolectaban propinas y vasos de las mesas del bar, y los músicos se quedaban firmando discos. Programa ideal para una salida entre semana. Ahora, en cuanto a la continuidad del duo, será cuestión de esperar el anunciado disco. O de viajar a La Plata. O las dos cosas.

viernes, 12 de agosto de 2011

Bicicletas en Niceto

Diez años no son poca cosa. Y mucho menos acá en la Argentina de hoy. Porque fechar el nacimiento de un proyecto diez años atrás, significa pensar en 2001, año que se caracterizó mucho más por abandonos y renuncias, que por emprendimiento tenaces. Y Bicicletas celebró anoche en Niceto su primera década de existencia. Eternos emergentes de la escena indie local, creadores de dos discos fantásticos y un puñado de EP’s a la misma altura, que anoche no solo festejaron el decimal aniversario, sino que además se reencontraron con su público después de un paso por México, cuyo aire les debe haber venido de maravillas, porque ofrecieron el concierto más contundente que les vi desde que tuve el placer de conocerlos.

La noche empezó con dos bandas que amenizaron la previa: Bittrox (no los ayudó el sonido demasiado saturado. Guitarras al frente, pero me resultaron más interesantes cuando se volvieron bailables) y Error Positivo (un rock clásico que no me dijo absolutamente nada). Y poco después de las diez de la noche, Bicicletas abrió el show con “12 peces” ante un público que colmó la capacidad del boliche. Y citando la letra de la canción, ya no hubo nada que hablar. Porque lo que siguió fue un perfecto resumen de la carrera de la banda y una demostración cabal del progreso conseguido en todos los ítems posibles. Contundencia en la interpretación, soltura sobre el escenario, cohesión absoluta en un vivo que supera y engrandece a lo conseguido en el estudio. Ayudados por un sonido impecable, Bicicletas consiguió una performance arrolladora. “Ojos” fue el segundo tema, siguiendo el ordenamiento del sorprendente álbum debut de 2006, y confirmó además que la energía proveniente del escenario tenía respuesta abajo del mismo. “Conversación” (de “Quema”-2009) fue el primer avance sobre el segundo disco, pero fue lo de menos. La coherencia sostenida en la versatilidad de la música de Bicicletas es la que aporta los condimentos y climas más allá de las diferentes etapas de su historia. Eso sí, mucho guiño para fans históricos, con citas a “Deslizate naranja”, su primer EP del año 2003, como el caso de “Un jueves”.

Una pantalla al fondo del escenario proyectaba imágenes del ideario del grupo: peces, esqueletos danzantes, ojos que crecen amenazantes, mucho colorido geométrico acorde con el habitual acompañamiento lumínico sostenido en flashes repiqueteantes, fueron los condimentos para completar en ambiente la propuesta. Pasajes hipnóticos en canciones que se aletargan y seducen, como “El gran Houdini”, canciones de desamor hiriente como “Pajaros” (hoy quiero verte llorar, una vez más) y explosiones desbordantes de energía como “En el aire”, aquel tema insignia de “Sonar”, el programa dedicado al indie local de la desaparecida FM Kabul (cómo se la extraña!). De todo y para todos los gustos. Una casa que ríe y sangra, la cita habitual a “Adams family” antes de “Araña negra” (punto alto de sus shows y contenedora de una de las citas culminantes de sus letras: piso la mierda de mi perro para tener suerte), y la versión en clave cumbia psicodélica de “La casa del sol naciente”, único abordaje a “Cubiertas”, su último EP de covers de rock latino. Y junto a eso, la potencia de canciones como “Sol”, “Pica, pica” y “En tu cara” que contagian su pulso incesante y provocan un trance de extremidades que replican el ritmo en cada movimiento compulsivo. Reservaron el hit “11 y 20” para la hora que concuerda con el nombre de la canción, y revivieron el grito de Billy Bond, invitando a salir al sol a los idiotas, en el final de “Quema”.

Antes del show, mientras Niceto era inundado por la música de Primal Scream, Who, Doors, Pistols, Sumo y unos Violadores sorpresivamente actuales con aquello de “bombas a Londres”, la proyección sobre el telón que cubría el escenario, citaba a Miguel Abuelo: “Oye niño, no seas tonto. Haz tu cabeza estallar”. Y entonces el final potente e intenso con “Granada y paraíso” fue una especie de corolario para con aquella propuesta. A tu cabeza la haces estallar vos, o te la hacemos estallar nosotros. Y así fue el cierre, aunque quedó tiempo para “El extranjero” como bonus track para una noche seguro inolvidable para la banda, pero también para quienes tuvimos la suerte de estar en la merecida celebración. En lo que a mí respecta, me quedé con ganas de escuchar en vivo más temas de “Cubiertas”, porque canciones como “El esqueleto” (de Victimas del Doctor Cerebro), “El gran señor” (Auténticos decadentes) o “Pájaros de fuego” (Los Tres) le sientan a la perfección a la banda, pero no faltará oportunidad. A la salida, Palermo disfraza el invierno en una quietud templada y húmeda que anticipa el hielo celestial que ahora se descarga mientras escribo esta crónica, pero esa es otra historia. Yo salí tarareando y extrañando “Si el tren de la noche te viene buscar…”. No estuvo mal como cable a tierra para tanta energía. Felices diez años, Bicicletas!

viernes, 8 de julio de 2011

Live's Ed Kowalczyk en Niceto

Casi en secreto. En medio de anuncios del regreso de bandas gigantes y festivales. Así llegó por primera vez a la Argentina uno de los compositores fundamentales de la década del ’90: Ed Kowalczyk, la voz de Live. Un nombre que por su peso a muchos nos les dirá nada, pero de quien hacer un recorrido por alguna de sus canciones más conocidas, dará la pauta exacta de la magnitud e importancia de su música. Tan poco dice ese nombre para la mayoría del público, que a la chica de Ticketek hay que deletrearle un apellido imposible, y el impreso de la entrada reemplaza por una “c”, la “k” final del apellido del cantante.
Niceto no estaba repleto, pero sí cobijaba gran cantidad de personas ansiosas que esperaban el concierto como para sacarse un gusto grande. O mejor, saldar una deuda consigo mismo. Y ya desde el comienzo, ni bien Ed pisó el escenario, cantó aquello de “our love is like water…” y apuntó el micrófono hacia la gente, supimos que era una noche para cantar. Siguió con “The great beyond”, una de las canciones de su primer disco solista, y que funciona como un auto-homenaje y reafirmación desde el título mismo: “I’m alive”. Confieso que había oído el disco apenas un par de veces, movido por la cercanía del concierto, y que si Kowalczyk no tuviese la historia que tiene detrás, uno podría valorar mucho más el trabajo. Pero la historia pesa y es inevitable que en el concierto se destaquen los clásicos, como la hermosa “The distance” o el primer gran estallido de la noche: “Selling the drama”. Siguió con “Everlasting love” y “Drive” dos temas nuevos con el sello de Live, y de las que más lo acercan al brillo del pasado. Pero claro, nada se puede comparar a la extraordinaria “The dolphin’s cry” que le sigue. Y mientras canto, sigo con la vista a ese pelado que recorre el escenario entre flashes, doblándose como para que su voz salga desde el fondo de sus entrañas, que se esconde detrás del baterista para reclamar por un retorno que no lo convence del todo, y pienso que ese tipo es el responsable de “Throwing copper”, uno de esos álbumes que por sí solos justifican la existencia de la música en década del ’90 en USA. Editado además en un año (1994), en que Nirvana nos regalaba su “MTV unplugged”, Stone Temple Pilots conseguía con “Purple” su obra cumbre, Pearl Jam descargaba su furia con “Vitalogy”, y Soundgarden editaba el descomunal “Superunknown”. Aunque la música de Live no pueda incluirse de lleno en el movimiento grunge, su recorrido transita a la vera de ese estilo, compartiendo el lugar con bandas como Soul Asylum, por ejemplo.
“Ole, ole, ole…Eduard, Eduard” cantaba la gente en respuesta a esa voz inconfundible; clara, nítida y tan emotiva como en los discos. Que anoche fue acompañada por una banda de músicos nada conocidos, y que fueron los que grabaron “I’m alive” el año pasado: Ramy Antoun en batería, Chris Heerlein en bajo y James Gabbie en guitarra. “Stand”, primer corte del disco solista, incita al público a corear el estribillo, pero es otro clásico, “Heaven”, dedicado a su primer hijo es el que nos devuelve a ese gran fogón eléctrico en que anoche se transformó Niceto. Seguido otra nueva (“Grace”), una versión de “White discussion” que deriva en un final intensísimo, solo superado por el cierre con “I alone”, en donde las gargantas castigadas por una semana de frío polar se desgarran en un “I alone love you, I alone temp you” interminable, mientras la banda crece en energía y alcanza un pico emotivo que nos hace desear que ese estribillo repetido no se acabe nunca. Y la banda se despide en una salida precipitada, que nos llevó a prever que la noche sería breve.
No solo la idea de la brevedad quedó desmentida, sino que además lo mejor estaba por llegar. Una intro prolongada dio pie a “Pain lies on the riverside”, del primer disco de Live, “Mental jewelry”. Una canción que escapa un tanto del formato melodía suave/estribillo intenso característico de la banda, y que rompe esos parámetros desde la estructura rítmica. Luego James Gabbie se sentó en el piano por única vez en la noche para la conmovedora “Overcome”, a la que siguió riff hiriente y rockero de “Lakini’s juice”. Una dosis increíble de energía que nos hizo despegar los pies del suelo. Y el final, el gran final fue con “Lighting crashes”. Tremenda y desgarradora interpetación. Un dramatismo escalofriante en una letra extraordinaria que se aferra a la vida en medio del dolor de la muerte de una madre (lightning crashes, a new mother cries, her placenta falls to the floor, the angel opens her eyes the confusion sets in before the doctor can even close the door) y un “I can feel it” que se hizo carne, en una sentimiento más real que nunca.
Cuando, al cabo de unos minutos, los músicos regresaron al escenario, lo juzgué innecesario. Me dije que nada podría superar al cierre anterior. Y mientras avanzaba el tramo final del show, me convencí en que tenía razón. Dos temas nuevos (“Just in time” y “Zion”) que a esa altura resultaron intrascendentes, y ni siquiera la hermosa “The beauty of gray” pudieron devolvernos al éxtasis que habíamos alcanzado con la primera tanda de bises. El cierre, con la gente coreando un “Dance with you” letárgico, que en su crescendo amenaza a volverse épico y se queda a mitad de camino, pareció una despedida fría para lo que el concierto había entregado. Pero Kowalczyk nos tenía reservada una sorpresa. Y cuando los músicos se van yendo, él solo amaga a seguirlos y se cuelga una guitarra con la que nos regala una interpretación de “Turn my head” hipnotizante. Lo que antes fue pura descarga eléctrica, ahora es sencillez y delicadeza. La voz quebrada y la imagen de Ed solo en el escenario nos entrega una postal perfecta para atesorar la entre los recuerdos más preciados. Y ya con el escenario a oscuras y con el público emprendiendo la retirada, el DJ de Niceto tiene el buen tino de despedirnos con la voz inmortal de Jeff Buckley haciendo el “Hallellujah” de Leonard Cohen. Aleluya entonces por Ed Kowalczyk. Aleluya por ese puñado de canciones inolvidables. Y aleluya por una noche a la que el paso del tiempo nos había empezado a hacer creer que no llegaría nunca.

viernes, 10 de junio de 2011

Wayne Shorter Quartet en el Teatro Gran Rex

Lo mío no es el jazz. Lo escucho sí. En algunas épocas más que otras, y en el caso de algunos artistas con auténtica devoción. Como le pasó a cualquiera que se haya interesado en el rock progresivo, en algún momento se acercó al jazz y las fusiones encandilado por los virtuosismos de sus músicos. Mahavishnu Orchestra, Return to Forever, son nombres que en mi caso, me hicieron acercarme al genero y poder disfrutar y admirar en consecuencia a tipos universales como Miles Davis, Coltrane, Adderley y tantos otros. Y por supuesto, Weather Report (quién no escuchó “Heavy Weather” aunque sea una vez?). Así que la llegada del Wayne Shorter Quartet servía para sacarme un gusto de los grandes, y anticiparle además el regalo del Dia del Padre a mi viejo. Una manera de devolverle el gesto generoso de soportar las toneladas de humo de porro que inhaló en el lejano Luna Park en el que Raul Porchetto presentaba “Reina Madre”.
Hablando de humo, o mejor dicho, de aire viciado. Erupciones volcánicas y cenizas desperdigadas por la atmósfera fueron las encargadas de la primera sorpresa de la noche: el vuelo Terri Lyne Carrington había sido desviado a Santiago de Chile. “El señor Shorter ha decidido realizar el concierto con el baterista argentino Oscar Giunta”, anunció una voz en off. Los aplausos valieron por partida doble: por la realización del show (con los instrumentos sobre el escenario, a esa altura nadie en verdad dudaba de esto) y por la presencia de “uno de los nuestros” (?) al lado de esos monstruos. La invitación a levantarse y reclamar la devolución del dinero en caso de desearlo, casi movió a risa. En definitiva, y sin desmerecer a la notable baterista que es Carrington, ella llegaba como reemplazo de Brian Blade.
Hechas las aclaraciones del principio con respecto a mi poca experiencia jazzística, me voy a limitar a comentar las sensaciones que me produjo el concierto, que fueron muchas y variadas. Todo fue muy extraño. Shorter se dedica a deconstruir melodías sobre la base que proponen sus tres acompañantes. Son retazos, pinceladas surrealistas que dejan un leve rastro de lo que fueron alguna vez. Todo es sutilmente dosificado y mínimo. Su saxo suena agónico y lejano; minimalista. Crea texturas armoniosas y de pronto se pierde dejando al frente al piano de Danilo Perez, quien lleva el mayor peso de la noche. Es él quien marca climas y tempos, y por momentos parece el director musical del cuarteto. John Patitucci no hace más que estar a la altura de todo lo que uno vio y escuchó de él con anterioridad. Y Oscar Giunta toca como si se conociese con el resto de toda la vida. Bueno, él si los conoce (de hecho ya había tocado con Danilo Perez) y admira, pero semejante complicidad musical en una comunión apresurada por la naturaleza, no deja de sorprender. Aunque claro, ayuda el hecho que el concierto esté planificado a partir de la espontaneidad y la libertad creativa.
No hay silencios. El concierto es un devenir en continuado. Imprevisible, con lugar a lucimientos personales, pero sin ningún pecado de virtuosismo exagerado. Wayne Shorter es por momentos un espectador de lujo de sus músicos. Se apoya sobre el piano, observa sus saxos como dudando en cuál será el indicado para cada intervención, que muchas veces no pasa de unas pocas notas anárquicas, para volver a ese silencio reposado. Con el saxo tenor toca más contenido, y elige el soprano para los pasajes más ágiles y bruscos. Aprueba y alienta a sus compañeros, y cuando toca, no hace más que sugerir. Pero aunque parezca medido al tocar, toda esa dosificación está muy bien calculada. Y sugerir, se sabe, es también seducir. Y ahí estamos nosotros como embobados intentando descifrar el camino que los músicos construyen, recorren y abandonan, dejándonos atónitos pensando cuál fue el momento en que ocurrió cada variante. Y lo que en principio genera incomodidad, lentamente se vuelve tan natural como placentero. El cuarteto toca como si los músicos conversaran entre sí, una disertación entre amigos que divagan por distintos temas y que en algún momento se sorprenden encontrando un punto en común, que les prueba que hay algo mágico y nada casual en el hecho de estar reunidos.
Si bien el concierto no tuvo pausas, luego del final hubo dos regresos al escenario, y nos dimos el gusto de escuchar “Footprints” o lo que Shorter dejó de ella. Oscar Giunta se confesó ante el teatro con un “no puedo creer que estoy acá”, así que si alguien filmó el concierto y llega a ver los gestos de aprobación y genuina admiración que le deparó Patitucci, mientras el baterista hacía su parte solista extrayendo ritmos de lejana reminiscencia folklórica, se cae de culo al suelo diez veces seguidas. Y se despidieron saludando al público, pero también felicitándose entre ellos como amigos que son. Sorprendiéndose ellos mismos de lo bien que salió todo, como si para el cuarteto pisar el escenario y hacer música en vivo fuera cada noche una aventura de final imprevisible. Aunque pensándolo bien es probable que así sea. Y que esa sucesión de notas musicales encadenadas que nos mantuvieron encandilados durante casi un hora y media no sean otra cosa que la prueba sonora de su telepática conexión.

jueves, 19 de mayo de 2011

Laura Marling en Samsung Studio

Ayer empecé la crónica hablando de pasado. Hoy se trata de presente y futuro. Presente y futuro que tienen un pasado. Reciente, pero pasado al fin. Porque en un principio Tom Anderson y Chris De Wolfe crearon Myspace. Y desde aquella plataforma el mundo virtual empezó a parir artistas de todo tipo. El caso de Liliy Allen seguramente es el más reconocido, pero esperpentos como Tila Tequila de pronto alcanzaban una masividad inusitada. Y al candor de ese espacio, muchos artistas se animaron a dar a conocer sus canciones y empezar a divulgarlas hacia una platea infinita y ávida de nuevas voces. De allí fue que Laura Marling comenzó a hacerse visible y a sorprender con sus canciones tan intensas como mínimas. Y a medida que su espacio crecía en seguidores, nombres como los de Keren Ann y Regina Spektor empezaron a sonar como directas influencias. Hasta algún aventurado llegó a citar el pretencioso nombre de Joni Mitchell. Uno ha aprendido hace rato que a la hora del hype todas las exageraciones son válidas, pero yo la escuchaba y nada me resultaba del todo extremo. Incluso yo sumaba a Jolie Holland a las referencias que su voz me traía a la memoria. Digo todo esto cuando a esta descripción aún le falta un dato fundamental: Laura tenía apenas dieciséis años.
Anoche en el Samsung sucedieron cosas inéditas, como la ausencia de butacas (no era un show para ver de parado, ni siquiera la convocatoria lo justificaba), y entre el público se escuchaban más voces en inglés que en español. En la previa la aparición no anunciada de Pete Roe, tecladista de Laura, quien presentó temas propios mientras en la sala se oía más el murmullo desinteresado de la gente con Stella Artois en la mano y los chistidos de los que quería escuchar, que al pobre muchacho, de quien tengo que decir que no me conmovió para nada. Al rato nomás, sí se descorrió el telón y Laura Marling inició su concierto con “Ghost”, de su primer disco “Alas I cannot swim”. Batería, banjo, piano, contrabajo y cello acompañaban a la voz y guitarra de cantautora británica. En seguida “Devil’s spoke”, de “I speak because I can”, el segundo trabajo que fue el que la terminó de mostrar como una artista inusitadamente madura para sus, ya por entonces, veinte años.
Laura canta mirando por encima de las cabezas de la gente, con los ojos puestos en un punto en un horizonte inexistente que la lleva a ignorar que delante de ella está el público. La rodea un aura de niña tímida que se contrapone con las letras de sus canciones. “He could fall and she could weep. But as holy are her feet and hard with mention. But dear they may not speak We fell tight when there is tension and their eyes could make us weak” canta en “Alpha shallows”, una canción folk con un cierto aire renacentista, que si el Ian Anderson que visité anoche escuchara, recibiría sin dudas con un guiño aprobatorio. El nuevo “Don’t ask me why” es otro momento de alta intensidad. Su fraseo al cantar justifica aquella inicial comparación con Joni Mitchell, pero la cadencia de su tono melancólico y su perfecta dicción, la colocan más cerca de aquellas voces que deslumbraron a fines de los ’60 en las Islas Británicas. Gente como Bert Jansch o John Renbourn se desvivirían por acompañar la amplitud, el colorido y la seductora tersura de esa voz, que es capaz de quedar sola sobre el escenario con su guitarra para hacer maravillas propias, como “Goodbye Endgland (covered in snow)”, o ajenas, como el cover de Jackson C. Frank “Blues run the game”. Y que conmueve al punto de generar un ambiente de cálida intimidad, impregnando la noche con su impronta delicada y levemente frágil. Ese clima que solo se rompe con algún olvido en la letra, como al principio de “Alpha shallows”, o el nombre del propio Jackson C. Frank (aunque en este caso doy por seguro que Laura conoció esa canción más por las versiones de Sandy Denny o Nick Drake, que por la del propio autor); y que toma un cariz simpático cuando Laura responde sonrojada y bajando la mirada, a los “i love you” y los “te amo”, que llegan a sus oídos tanto de voces masculinas como femeninas de la platea.
Canciones como “Blackberry stone”, la inédita “Night alter night” o “Alas I cannot swim” me llevaron al recordar el impacto que me provocó ver a Russian Red (otro producto “made in Myspace”) por primera vez sobre el escenario. Pero lo que en la española es jovialidad y frescura, acá es retraimiento y languidez. Y una complejidad melódica y armónica que la colocan varios escalones por encima de Lourdes.
El final llega con “Rambling man” y la canción que a nombre a su segundo trabajo, “I speak because I can”. “My husband left me last night. Left me a poor and lonely wife. I cooked the meals and he got the life, and now I'm just out for the rest of my time”. Así se despide esta niña dejando en claro una vez más su madurez como artista, ya que además de sus dotes vocales, se muestra saludablemente inquieta e inconformista a la hora de componer. No hubo bises, ella lo había advertido. Solo un saludo leve y una sonrisa cómplice.
A la salida me tomé un taxi y tuve la desgracia de toparme con uno manejado por una mujer. Y mi queja en este caso no se detiene en la divulgada creencia de la incompatibilidad de género con la conducción de vehículos, ni mucho menos. Sino que las mujeres taxistas hablan mucho. Más que un taxista hombre oyente de Gonzalez Oro de los que pide la vuelta de los militares. Y la locuacidad de la señora se contraponía con el estado introspectivo que me había dejado el recital. Y mientras ella contaba que justo iba por Belgrano para bajar hasta el casino para levantar pasajeros allí, yo hacía oidos sordos, mientras trataba de fijar los recuerdos que quedaron plasmados en los párrafos previos. Y las historias de la taxista incluían siempre jugadores empedernidos y borrachos, que no le pagaban los viajes. Para mis adentros yo pensaba que por qué me contaba eso a mí, si los concurrentes más duros de la noche del Samsung de ayer éramos incapaces de resolver ese problema, y que de seguro el Sindicato de taxistas tenía gente más grande y mejor adiestrada para tomar cartas en ese asunto. Eso sí, entre esa especie de masoquismo financiero de la señora y el relato en sí, Tom Waits tenía historias para grabar un disco doble. En mi caso, lo que yo quería era llegar rápido a casa porque tenía hambre. Y al llegar a Parque Chacabuco, no dudé en pagarle el viaje; no sea cosa que después la señora ande hablando mal de los fans de Laura Marling. Y volviendo a Laura, hoy toca de nuevo en al Quilmes Rock. Después de Los Tipitos y antes de Jack Johnson. Lo que se dice, todo un desperdicio.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Ian Anderson's Jethro Tull en el Teatro Gran Rex

Viviendo en el pasado. Ellos y nosotros. Los de la platea esperando ver sobre el escenario algo de la música que nos hizo vibrar en muchos momentos de nuestras vidas. Ellos (o él, Ian Anderson, y sus lugartenientes en este caso) mostrando una versión digna de su gloria de antaño. Nosotros, porque desde la primera vez que escuchamos un disco de Jethro Tull supimos estar ante una música tan única como inclasificable, o, según como se lo mire, merecedora de todas las clasificaciones imaginables. Ellos, porque más allá de cualquier iniciativa en tiempo presente, saben que el brillo de sus mejores gemas se encuentra a sus espaldas. “Let’s go living in the past” propone entonces la inconfundible voz de Ian Anderson desde el primer tema, y nosotros sabemos que con el hombre de la flauta encantada, viajar en el tiempo se trata solo de dejarse llevar. En definitiva, como en la canción de Milanes, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Y si no que lo diga el propio Ian: It was a new year yesterday, but it’s an old day now.
El formato del show de anoche en el Gran Rex era un misterio, al menos para el que no se haya tomado el trabajo de hurgar en videos caseros de los shows previos en San Pablo. La gira se había anunciado inicialmente como una versión reducida y acústica de la banda. Un mes atrás estaban tocando en Moscú junto a una orquesta de cuerdas y en breve inician en Canada y USA la celebración de los 40 años de la edición de “Aqualung”. Pero al tercer tema (“Up to me”) ya no quedaban dudas: Ian Anderson había llegado con una banda que resultó una de las versiones ambulantes de Jethro Tull: con John O’Hara en teclados y acordeón, y David Goodier en el bajo como miembros oficiales, y con Scott Hammond en batería y el ya conocido Florian Opahle en guitarra. La ausencia de Martin Barre motiva el “Ian Anderson’s Jethro Tull” con el cual se presenta el concierto.
“Hare in the wine cup” le puso un poco de humor a la noche, con Ian y sus movimientos de mimo, previos a tomar asiento en su banqueta. Siguieron con un tema nuevo y una buena versión de “Songs from the Woood”. Anderson presenta las canciones citando los años de edición y riéndose de las distintas etiquetas con la cual su música fue clasificada: blues, folk rock, jazz rock, prog rock, y cuanto rótulo se haya inventado. Se pasea por el escenario. Actúa cada movimiento, repite su pose clásica, sosteniéndose con la pierna derecha y cruzando la izquierda sobre su rodilla, al tiempo que eleva su flauta hacia el cielo. El pañuelo atado en su cabeza lo vuelve una especie de corsario que avanza agazapado por el escenario persiguiendo enemigos invisibles, soplando (sí, Anderson sopla) su flauta mientras cambia el paso y el rumbo, tanto de sus movimiento como los de la música. Un arlequín director de orquesta, eso es el británico sobre el escenario. Que cuando corresponde, se pone serio. Como cuando presenta el set clásico a cargo de su amado Bach. Primero el “Preludio en C mayor” a duo con O’Hara, y después su tradicional versión jazzeada de “Bouree”. Sutileza en cada arreglo, belleza encantadora en la melodía y magia flotando en cada rincón del teatro.
Después de Bach llega un momento crucial en el concierto, cuando Ian Anderson anuncia “Thick as a brick”,.en su versión larga. Esta pieza en forma de suite, capaz de combinar el folk tradicional con la música clásica, yendo y viniendo por ritmos y melodías que pasan de la sugestión al éxtasis, y que de chico me cansé de escuchar, aborreciendo el momento de levantarme para dar vuelta el casette. Tanto que me sabía cada variación de tiempo de memoria, y que en algún momento motivó la idea absuda de tener dos veces el mismo casette, con el lado 2 en punta en la segunda casettera del radiograbador. Que es el punto culminante del concierto desde lo musical hasta lo emotivo y que provoca que la sala salude de pie un final prolongado. Vi a Clapton tocando “Crossroads” y Page y Plant haciendo “Since I’ve been living you”, puedo ahora tachar al “Thick as a brick” de Jethro Tull de mi lista de pendientes.
Luego el regreso a Bach, la “Tocatta y fuga” a cargo de Florian Opahle y su guitarra, en un solo que remite a los guitar hero del metal. Florian lleva años tocando al lado de Anderson y se acopla con comodidad con las canciones de Jethro Tull; sus contrapuntos con la flauta de Anderson no desentonan ni mucho menos, y hacen que nos olvidemos por un rato (solo por un rato, que quede claro) de Martin Barre. Después de “A change of horses”, llega el tramo final del concierto, que resulta una delicia para los fans. Primero “My God”, con Anderson y su frulato característico, sus canturreos en correlato y sus pulmones que felizmente han pasado los sesenta años y todavía guardan capacidad para que nuestro héroe haga estallar su flauta, al punto que me lleva a pensar que si Hendrix hubiese sido flautista, en ese momento prendería fuego la flauta. Y en seguida el tono desciende al misterio y encanto de “Budapest”, una joya de “Crest of a Knave”, aquel disco del ’87 que les valió el insólito Grammy a mejor banda de hard rock. Y el cierre con “Aqualung” en una versión extraña, con un inicio minimalista y elriff a cargo del acordeón de O’Hara, pero que hacia el final estalla y recupera su paso rockero arrollador.
Los músicos no se hicieron esperar mucho para el bis y el teclado marcó los acordes que dan comienzo a la apoteosis de “Locomotive breath” que a casi dos horas del inicio del show nos quita el aliento que nos quedaba. El muchacho que tenía sentado al lado, que cometió la herejía de llegar cuatro temas tarde, y que en ese momento se disponía a enviar un SMS, se quedó con el dedo tieso apuntando a un teléfono que casi se le suelta de la otra mano atónita con la energía que provenía del escenario. Un padre le golpeaba el hombro a su hijo adolescente y le repetía “escuchá, escuchá”, al tiempo que el pibe, sin despegar los cinco sentidos del escenario, le respondía indiferente: “Sí pa. Escucho, escucho.” Y yo que empezaba a querer que no se termine nunca, porque me había perdido las cuatro visitas anteriores a Buenos Aires, y que no sabía si agradecer por estar en la quinta o autocondenarme por la ausencia en las anteriores. Pero no solo termina, sino que además hay que apurar el paso, porque la mayoría estams grandes y salimos mirando el reloj pensando en la hora que hay que levantarse al otro día. Así que mientras algunos se quedan haciendo números para volver hoy, y otros piensan en el show de Asia del sábado, la mayoría nos vamos canturreando anonadados con la voz de Anderson que desde algún lugar de la conciencia nos aconseja “No way to show down”.

miércoles, 11 de mayo de 2011

The Cult en el Teatro de Flores

“Te parecés al de The Cult”, me dijeron alguna vez. Debía tener unos diecisiete años y aunque al incipiente melómano que era, la imprecisión en eso de “el de The Cult” le molestaba un poco, y los posters de mi cuarto lo desmentían, en ese momento lo creí una de las cosas más lindas que me habrán dicho en unos años en los que cualquier cosa que llegara a mis oídos con voz femenina sonaba linda. Era el tiempo en que la inconfundible voz de Ian Astbury gritaba al límite de quebrarse, el “born to be wild”, aquella sentencia rutera de Steppenwolf que los ponía en el prime time de las radios de rock. Así que anoche, de alguna manera, resultaba para mí una especie de volver a los diecisiete.
El concierto había bajado de las pretensiones del Estadio Islas Malvinas al más modesto, en cuanto a capacidad, Teatro de Flores. Los precios altos, la amplitud de la oferta en cuanto a recitales…, son muchos los motivos en los últimos tiempos por los cuales la convocatoria no es la esperada en más de un show. A mí, en este caso en particular, el cambio me benefició desde lo geográfico. El estadio de La Paternal será muy cómodo, pero la zona se vuelve inhóspita para programar un regreso cómodo a casa en una noche entre semana. El 44 tiene a esa hora menos frecuencia que el Halley, y transitar los paredones de la Chacarita de noche no es el paseo más reconfortante. Así que por mi parte, más que agradecido.
Si dije antes que el concierto me retrotraía a mi adolescencia, el The Cult que vi anoche tuvo mucho de aquel que me empezó a seducir en los ’80. Una banda que resultaba la perfecta mixtura entre la oscuridad post punk y el misticismo zeppeliano. Esta comunión les otorgaba un sello indeleble y un encanto muy particular, que con el tiempo en parte fueron perdiendo. Nunca defraudando, está claro. Pero mis preferencias siempre permanecieron en esa primera versión de la banda. Y anoche, en un show en el que repasaron toda su carrera, haciendo base minuciosamente en cada uno de sus trabajos discográficos, The Cult me dio el gusto y sostuvo su concierto en sus dos primeras gemas: “Dreamtime” y “Love”.
Abrieron el concierto con “Everyman and woman is a star”, uno de los temas nuevos, entregados en esas pequeñas producciones a las que se han abocado y que llamaron “Capsule”. Pero el idilio con la gente y la primera respuesta energética desde abajo del escenario llegó cuando se escucharon los primeros acordes de “Rain”. En seguida un descenso a la prehistoria con “Horse nation”, y pegadito el “Sweet soul sister” de “Sonic temple”. En el fondo del escenario, los tradicionales símbolos piratas encarnados en la calavera y dos tibias cruzadas completaban y justificaban el look de Astbury: lentes oscuros, pañuelo rojo aprisionando su recuperada cabellera y una barba descuidada. Gordo. Además Ian Astbury está gordo. A su izquierda, Billy Duffy ofrecía lo mejor de sí: acordes y texturas complejas, riffs precisos y punteos hirientemente rockeros. La banda se completó con Chris Wise en el bajo, un segundo guitarrista (Mike Dimkitch) que con sus anteojos oscuros, su sombrero y la campera de cuero ajustada, parecía salido de un concierto de Los Violadores a medidos de los ’80, y John Tempesta ( ex White Zombie) en la batería.
En tren del repaso de su carera que The Cult se propuso para esta gira, la banda no cayó en facilismos. No apostó todo a los hits seguros y revalorizó temas como el hipnótico “White” (de “Ceremony”) y el oscuro “Saints are down”, de “The Cult” (1994), los cuales crearon un clima denso en la sala, y que obligó a zambullirse en el trance que proponían los ambientes creados por la guitarra de Duffy. De ese tramo salieron con “Dirty little rock star”, un tema cuyo riff le debe muchísimo al “Undercover of the night” de los Stones. Y para cuando Astbury cantaba aquello de “It rained flowers when the music began, love all around when the music is loud. Every day, nirvana”, esas palabras resultaban una perfecta descripción del clima que se vivía en el teatro.
Tanto, pero tanto se propusieron no dejar ninguna etapa de lado, que hasta incluyeron en el setlist a “Ghost dance” del disco de rarezas. Hubo un breve intermedio con un video que mostraba una cámara recorriendo pasajes desérticos cuya inclusión no se entendió demasiado, más temas nuevos (“Embers” primero y “Until the light take us” hacia el final), y “Go west”, otra joya de “Dreamtime” muy bien recibida por el público. Después la contundencia de “Wild flower” para que no nos olvidemos que los tipos cuando quieren rockean en serio. El cierre fue con “She sells sanctuary” un temazo al que el tiempo no corroe para nada, y la demoledora “Love removal machine” con la inconfundible voz de Ian repitiendo los “baby, baby” hasta el paroxismo adrenalítico final.
Hubo un regreso al escenario, claro. E incluso allí fueron consecuentes en la elección de las canciones: primero “Rise”, de “Beyond good and evil”, que significó en el momento más pesado de la noche, después un increíble “Spiritwalker”, otra vez desde “Dreamtime”. Y para despedirse definitivamente, un único gesto condescendiente: el “Break on through (to the other side)” de The Doors, con Ian Astbury despegándose de la apropiación de Morrison que lo llevara a tomar su papel en aquella banda, y liderando ahora su propio grupo, y homenajeando a una de sus mayores influencias con una versión categórica del clásico. Queda para hoy un segundo concierto en Colegiales con Coverheads como teloneros y el sorteo en una FM de una campera autografiada.
A los diecisiete hubiera esperado una hora el 134. Anoche, con el madrugón laboral por delante, me tomé un taxi. Si no fuera por ese detalle, podría decir que el hechizo del regreso en el tiempo se había cumplido. Y si se trata de reeditar supuestos parecidos, el pelo no ha vuelto crecer, es cierto. Pero yo estoy más flaco.

domingo, 17 de abril de 2011

No Te Va Gustar en el Luna Park

Demasiados shows internacionales me habían hecho olvidar estas auténticas celebraciones que son lo conciertos masivos de las bandas de rock nacional (rioplatense en este caso). Fogones gigantes en donde la gente canta a viva voz cada una de las canciones. En donde no es necesaria ninguna arenga porque cada gesto que provenga desde el escenario será interpretado y respondido al instante por un público que va a dejar sangre, sudor y lágrimas a cada concierto. Comunión absoluta, entrega total en una noche que en medio de los saltos y las voces resulta una reafirmación de identidad que lleva a que uno se atreva a creer que el norte no estuvo arriba y que, como en la canción, fue todo sur. Por lo menos ayer. O, citando el nombre del último trabajo de la banda uruguaya No Te Va Gustar, por lo menos hoy. Y el Viernes y el Lunes también, fecha en la que cierren una histórica zaga de shows en el Luna Park que va a haber convocado a unos 50000 personas marcando un record para la banda, y consolidando un crecimiento ininterrumpido desde que aquel odio despechado hecho canción que es “Al vacío” empezara a sonar por las radios de este lado del Rio de la Plata.
Una poco habitual apertura tuvo la noche, porque estuvo a cargo del grupo español Vetusta Morla, que anda por estos días en Buenos Aires y que con su pop melódico animó la previa. Fueron bien recibidos a pesar de un estilo nada congruente con el de NTVG, apelaron a sus temas más guitarreros del disco “Un día en el mundo” (2008) y hasta anticiparon una nueva canción de un nuevo e inminente trabajo.
Antes de subir al escenario, la banda mostró en las pantallas un “making off” de la grabación de “Por lo menos hoy”, el disco a presentar. Y eso no es casual. Por un lado porque se trata de una costumbre repetida en la banda, pero además porque es crucial observar el clima que rodea a la grabación para comprender de dónde surge la frescura plasmada en el disco y la fraternidad que se nota cuando los músicos suben al escenario. Se aprecian las sonrisas al grabar cada instrumento, la manera en que las canciones van tomando forma, la atención de los músicos frente al televisor y el estallido con el gol de Forlán a Ghana (el disco se grabó durante el Mundial 2010) y al mismísimo “loco” Abreu metiendo coros. Y después sí a abrir el show, con dos platos fuertes: “Con el viento”, del disco a presentar, y “Fuera de control” un clásico reservado generalmente para liberar las últimas energías al final de sus recitales y que esta vez sirve como puntapié inicial para desatar el primer pogo. Y le siguen “Chau” una manera sutil de despecho a un viejo amor que pretende regresar, sutil al menos al lado de los deseos de saltos al vacío y culpas eternas de “Al vacío”, canción que la prosiguió en la lista.
La escenografía constaba de una imagen gigante del bote dibujado a lápiz que es la tapa del disco, y un par de pantallas de leds, que apenas aportaban dibujos geométricos de colores. La consigna es simple: solo canciones. Y al principio de la crónica hablé de fiesta. Y cuando uno participó de una fiesta sabe que la mejor manera de contar lo que vivió es revivir anécdotas. Como que anoche se grababa un DVD y los músicos pidieron a la gente evitar los silbatos difíciles de ocultar en la mezcla. Pero las anécdotas en este caso, mas que nada son las canciones. La bella melodía de “Los indiferentes”; el gran solo de Pablo Coniberti en “Arde”; la recuperación de “Tirano”, esta vez sin Ruben Rada en los coros, y que se resignifica con la derogación de la Ley de Caducidad ocurrida en los días previos en Uruguay. La voz y la imagen de Eduardo Galeano hablando del “miedo de los hombres a las mujeres sin miedo” que preanuncia “Nunca más a mi lado”, la canción en la que No Te Va Gustar saludablemente se sumerge en la problemática de la violencia de género, tema poco abordado por las bandas de rock. Sobre una bella melodía, la letra evita caer en golpes bajos, aunque en esa intención cae en algunos lugares comunes. Es primer tramo del concierto se cierra con “El oficial”, otra canción de “Todo es tan inflamable” que relata el fusilamiento de tres amigos durante los días revueltos de Diciembre de 2001. Buen ejercicio de memoria en estos días en que los lobos asesinos de aquellos días se visten de corderos para sonreír desde los afiches de campaña.
La segunda parte del concierto arrancó con Emiliano Brancciari sentado y la banda en una versión semi acústica. Allí devolvieron a su repertorio a “De nada sirve”, una de esas canciones que incluyen una decena de frases que pueblan las remeras y los cuadernos de los fans adolescentes, que se encuentran representados en citas como “no sé entregarte la vida, tampoco vivir sin vos”. Después “Memoria del olvido” del último disco y el rescate de la hermosa zamba de “Aunque cueste ver el sol” (2004), “Ni uno suelto” y que representa la variedad de estilos que abordan las canciones de NTVG. Ska, reggae, rock, y por supuesto candombre y murga. Y seguido llega “Clara”, el punto de mayor emotividad de la noche, con Condor Sbarbati y Dany Suarez (en pijama, anticipando el regreso de Bersuit) aportando en los coros de indeleble matriz montevideana. Y después, con los dos invitados aún sobre el escenario y Emiliano recuperando la guitarra eléctrica, “Verte reir”. A la lista de invitados se sumó Juanchi Baleiron, productor del disco, que aportó en dos temas nuevos: el poderoso “Tu defecto es el mío” y el reggae “Volar” en donde la guitarra se Juanchi se sintió a sus anchas y despuntó un gran momento desde lo musical.
Desde que sonó el riff pegadizo de “Pensar”, hasta el final fue una sucesión imparable de hits con una respuesta de absoluta entrega por parte de la gente que hizo palpitar al cemento del Luna Park La chacarera “Mucho más feliz” cosechó las palmas de todos, y “Cero a la izquierda” ( con “Mosca” de Los Auténticos Decadentes) ganó por demolición. Después “Te voy a llevar” con la ya clásica cita al “Todo un palo” de Los Redondos. Y las pantallas abandonan por primera vez su postura abstracta para recordar innecesariamente la letra de “Ya no hay dolor”, porque la gente la canta de memoria, sin reparar en que el “pero me di cuenta que pudo seor peor, que no fue para tanto” se contradice con el “que podría ser peor, eso no me arregla a mí” que coreaban minutos atrás. Y el final fue con un tema de su primer álbum “Solo de noche” (1999), “No era cierto”. “Pensé que estaba solo y no era cierto, si tengo con quién quedarme a festejar” canta Emiliano mientras una apoteosis de revoleo de remeras en el estadio no es más que confirmarlo. Quedaron como bises, y para completar las más de dos horas y media de show, el bailable “El camino” y regreso al disco debut con “Nada para ver” y la gente revoleando remeras y coreando el “no, no, no, no, no te va gustar” sobre el riff de vientos en un tema reggae que en vivo deviene es un ska de desbordante energía.
No veía a No Te Va Gustar desde la presentación de “Todo es tan inflamable” y tengo que decir que el crecimiento en popularidad ha ido de la mano de una enorme madurez como banda. Suenan compactos, Emiliano canta mucho mejor, el creciente éxito no los estancó en la búsqueda de nuevas vetas rítmicas y melódicas para sumar a su ya de por sí variada oferta. Si alguno le sobra tiempo y nos pesos, le quedan dos fechas más para verlos. No se van a arrepentir.

miércoles, 6 de abril de 2011

The Flaming Lips en G.E.B.A.

La pantalla semicircular muestra la imagen de una chica desnuda que baila en la ruta. De a poco mientras las luces y la música acompañan su danza leve, la chica se va colocando en posición de parto y su vagina, que queda en primer plano, va ganando en tamaño y se convierte en gigante y multicolor. (Así que estos eran los famosos labios en llama? Mirá vos que ingenuo yo!) A través de ella “nacen” al escenario de a uno los músicos y toman lugar frente a sus instrumentos. Wayne Coyne aparece envuelto en una placenta transparente que se infla y se transforma en una burbuja espacial. Él la mueve desde adentro, a lo Peter Gabriel recorriendo el escenario para, explanada mediante, lanzarse sobre el público que se abalanza sobre ella y la hace pasar por encima de cada uno de los concurrentes, al menos de los que están más cerca del escenario. De regreso el cantante se libera, y mientras suenan los acordes de “The fear”, durante los siguientes minutos se podrán ver en escena: dos grupos de unos diez bailarines vestidos de naranja, mujeres y hombres, uno de ellos con barba beduina y hasta un enano; cada grupo a un lado del escenario, lugar en el cual agitarán sus brazos, animarán a la gente y bailaran por el resto de la noche, incluso rodeando a un alien inflable. Un bajista que toca sentado y un guitarrista que saluda con voz de Buonanotte. Un cantante que en sus movimientos toma la máquina de humo y convierte el escenario en una nube espesa, o que dispara con sus lanza-serpentinas de largo alcance, mientras decenas de globos recorren las cabezas de la gente, y que cuando explotan liberan miles de papelitos multicolores. Ese cantante además tienen una cámara en el micrófono y su imagen en primer plano se va a agigantar en la pantalla trasera como si fuera uno de los impertinentes hermanos que conducen MDQ. Se trata obviamente de Wayne Coyne, que como si fuera poco, si uno lo mira al descuido tiene un aire a Tim Burton y quien en un momento va a aparecer encaramado en los hombros de un oso, mientras decenas de flashes se disparan sobre nuestros ojos dejándolos perplejos. Para completar la escena, el paisaje se aúna con la propuesta y los trenes hacen sonar sus bocinas, mientras aparecen y desaparecen a un lado y al otro, por detrás del escenario.
El show de The Flaming Lips había comenzado de manera inusual: los músicos, Coyne incluído, hacían las últimas pruebas de micrófono sobre el escenario. En un momento Wayne Coyne llamó a una traductora que titubeante (mi pobre inglés entendía mejor lo que decía al americano, que la balbuceante traducción de la chica) para advertir que el show utilizaba fuertes luces y que en caso de convulsiones entre el público, lo que había que hacer era….no mirar. La gente, mientras tanto, recibió el anuncio de las convulsiones con un enorme griterío. Insólito comienzo, casi desmitificador para los grupos de rock que suelen hacer de su entrada al escenario un plato fuerte, pero claro, el inicio del concierto es tan fuerte desde lo visual que a los pocos minutos nadie se va a acordar de esto.
Hasta ahora solo me referí a la parafernalia que rodea a la banda, pero es indispensable decir que si esta apuesta sonora y lumínica funciona es porque detrás hay una banda de rock extraordinaria, que ha sabido absorber las mejores influencias y hacen de su música una especie de psicodelia progresiva que consigue trasladarse a escena con fidelidad y desenfado. Que han grabado una decena de discos magníficos, muchos de ellos indispensables, y que se toman tiempo para “entretenerse” con proyectos alternativos, como la reciente colaboración en un EP con los Neon Indian, o para grabar su propia versión de un clásico como “The dark side of the moon” y salir siempre bien parados. Basta introducirse en los primeros temas del show, como “Warm mountain” o “”Silver trembling hands” ambas de “Embryonic” (2009) para comprender que todo, música y escena, son parte de un solo conjunto, de un espectáculo que significa una experiencia sensorial incomparable con cualquier concierto que hayamos presenciado antes en nuestras vidas.
“She dont’s use Jelly” nos transporta al primer Flaming Lips, en la primera mitad de los ’90, y “The yeah, yeah, yeah song” encuentra al público por primera vez saltando y cantando, después de contemplar atónito el bombardeo inicial. Y todo el despliegue desaparece gradualmente, para que sea solo la melodía de la bellísima “Yoshimi battle the pink robots pt.1” la que produzca un momento de mágico encantamiento, mientras Coyne toca la acústica pasando la mano dentro de un globo transparente que cubre la parte delantera de su guitarra. Hacia el final de “See the leaves”, Wayne Coyne aparece con dos manos gigantes que disparan decenas de rayos laser y que apuntan contra un bola de espejos que desciende sobre el escenario y multiplica esos rayos consiguiendo un momento fascinante desde lo visual.
El bajo de “The ego’s last stand” marca el pulso del ingreso al momento más progresivo de la noche, cuando la canción se vuelve estallido, retorna a una calma siempre psicodélica y deriva en la descomunal “Pompeii Am Göotterdämmerung” de “At the war the mystics” (2006), que nos transporta hipnotizados al Pink Floyd circa “Animals”, mientras Wayne Coney golpea un gong gigante que despide luces multicolores desde su circunferencia y se acopla al bombardeo lisérgico de flashes que cubre el escenario. El final del show empieza su recorrido final como la contracara de todo lo visto hasta entonces, con el escenario en penumbras, nosotros ya entregados al hechizo que propone la banda, y la melodía sugerente de “What is the light” que gana de poco en intensidad mientras la pantalla recuerda, palabra por palabra, la letra que pregunta “What is the light that you have shinning around you? Is it chemically derived?”. El instrumental “The observer” termina por redondear el concierto.
Los bises fueron dos: primero el éxtasis absoluto de “Race for the prize” en donde todo lo visto hasta el momento se multiplica por mil, las serpentinas caen de todos lados, cañones lanzan papelitos de a millones y los flashes y las luces descargan todo su potencial mientras la gente corea eufórica el riff del teclado. Y luego la encantadora “Do you realize?” que se prolonga interminable, con la gente es absoluto estado de hipnosis cantando junto a Coyne que amaga con irse y empieza nuevamente, sabiendo que es un final que nos va a dejar a todos con ganas, pero que necesariamente tiene que terminar en esa adormecedora melodía que se volvió clásico desde el dia que salió “Yoshimi battle the pink robots”, allá por el año 2002.
Presenciar a los Flaming Lips es una experiencia única. Un show impecable al que solo puede achacársele alguna debilidad en el volumen, especialmente al comienzo del show, pero que sabemos que reclamar es una batalla perdida mientras en esta ciudad sigamos bajo los designios de Nuestro Señor de las Bicisendas.
A la salida veo a una chica con una nena en brazos que debe tener unos dos años y me imagino, después de tanta serpentina y tanto globo, lo difícil que será para esa madre conseguir pelotero que conforme a esa nena somnolienta los próximos cumpleaños. Se lo digo y la chica sonríe. Sonríe y me dice que la nena está acostumbrada, cosa que llevó a preguntarme sobre qué tipo de hongos crecerán en su jardín. Después apuré mis pasos porque temía que algún monstruo de luz haya cobrado forma a mis espaldas y me estuviera persiguiendo. A la salida, las balizas giratoria de los patrulleros me parecen apenas débiles luciérnagas. Mientras tanto mi mente me devuelve el recuerdo de un gran show anterior de Massacre, aunque a esa hora no podía asegurar que haya ocurrido en el mismo lugar ni en el mismo tiempo.

domingo, 3 de abril de 2011

U2 en el Estadio Unico de La Plata

Apenas entré, todavía de tarde, al lugar del concierto de U2 descubrí que parece hecho a medida de la puesta en escena del 360º tour. “The claw” y el Estadio Único se llevan de maravillas. El escenario es impactante. Uno espera eso de U2, pero siempre doblan la apuesta y terminan por sorprender igual. La estructura que ellos arman en tres días parece una obra pública de esas que acá se proyectan para dos años y terminan haciéndose en diez y costando el triple. El mismo Estadio Único es buen ejemplo de esto. Empiezo por contar esto, porque no creo que se aun hecho menor. En definitiva: buena acústica, se ve bien de todos lados y encima está rodeado por vecinos de clase media, con lo cual, si algún día se quejan de las vibraciones en el suelo, no habrá Rodriguez Larreta que les de pelota.
Excelente elección la de Muse como teloneros. Porque se trata de una banda que (HAARP mediante) demostró que los estadios le sientan perfecto. Yo los había visto en el Gran Rex en un punto más alto de su carrera (“The resistance” es, definitivamente, un paso atrás), y tengo que decir que los cuarenta minutos de anoche fueron poco. Aunque al comienzo la voz de Bellamy no fue ayudada por mezcla, para la altura de “Time is running out” ya mostraban lo mejor de sí. Levantaron al público con “Uprising” y “Starlight” y cerraron con la arrolladora “Knyghts of Cydonia”. Una presentación que, a diferencia de lo que pasó con Franz Ferdinand en 2006, acaparó la atención del público que no los conocía a fondo (más de uno hoy anda en Taringa! bajando sus discos) e hicieron las delicias de los suyos, que no fueron pocos: ví muchas, pero muchas en serio, remeras de Muse en el estadio.
Ya con el estadio repleto, la espera estuvo amenizada, como toda la tarde, por música clásica variada (Sinfonía 40 de Mozart, Bolero de Ravel) que parecía de esos compilados de “Los mejores 100 momentos de la música clásica” que se venden por TV compras. Ya acercándose el momento del show se escuchó a REM y una sorpresa que provocó el primer estremecimiento: el riff de “De música ligera” levantó a la gente que saltó y cantó como si estuviese en un show de Soda. Regalo inusual para una banda extranjera y que sirvió para complementar el rezo por la salud de Gustavo Cerati que Bono hiciera en el show del Miércoles. Después lo sabido, el 360º tour.
Si la puesta en escena tenía pretensiones épicas, la melodía del “Space oddity” de Bowie que antecede la salida de los músicos termina por coronarlo. Ya en escena los irlandeses muestras de entrada sus dos versiones: primero la experimentación made in “Achtung baby” con “Even better than you real thing” Y después la frescura de sus inicios con “New year day”. “Magnificent” nació para himno de estadio y “Mysterious ways” nos devuelve a “Achtung baby”, un disco que está cumpliendo 20 años y como a los mejores vinos, el paso del tiempo no hace más que enriquecerlo.
El setlist es un repaso de buena parte de los hits de su carrera sin olvidar que, entre otras cosas, hay un excelente “No line on the horizon” para presentar. “Get on your boots” será el primer gesto en ese sentido. “Elevation” levanta al público por primera vez y con “I still haven’t found what I’m looking for” (con cita a “Stand by me”) la magnificencia de la puesta se rompe para colocar a la banda en una relación íntima con el público. Situación que se complementa cuando Bono hace subir a una chica para hacerla leer dos estrofas de “Gracias a la vida”, dedicada a una cantante que “ya no está” (Bono no nombró a Mercedes Sosa). Desconozco si el corazón de la chica sobrevivió al episodio, pero yo me quedo con una curiosidad: Bono y Hugo Chavez rescataron en la misma semana y en la misma ciudad, los mismos versos de Violeta Parra.
Que U2 es un mecanismo perfecto no es ninguna novedad. Relacionándolo con el lugar del concierto, se podría decir que U2 es Estudiantes de la Plata. Sólido, que no te da respiro en ningún tramo de la noche y cuando es necesario contundente. Contundencia que aparece cuando suenan temas como “Get on your boots”, o más tarde, “Elevation”, pero que no pierde eficacia cuando el show apela a lo emotivo. En ese sentido no hubo manera de no sentir como la piel se erizaba con la preciosa versión acústica de “Stuck in a moment”, con dedicatoria a Michael Hutchcence. “It’s just a moment this time will pass…and never tears apart” cantó Bono en el final. “Beautiful day” fue la encargada de cerrar a puro salto ese tramo del concierto. La base Clayton-Mullen no es solo monolítica sino que es corazón de la banda, la guitarra de The Edge inventa sonidos todo el tiempo, y Bono es un frontman de esos a los que ninguna situación les queda grande. Y si alguien duda, busque en Youtube alguno de los cientos de videos que debe haber de la interpretación de “Miss Sarajevo”, haciendo gala de sus tonos operísticos y consiguiendo que el recinto permanezca en un silencio perplejo de respeto y admiración.
Lo más sorprendente es la manera en que Bono y los suyos consiguen que la gigantesca parafernalia que los rodea se limite a ponerse al servicio de la música. Algo que yo no había podido percibir desde mi pésima ubicación en el “Vértigo tour” y que ahora, con una puesta más pretenciosa aún, fue una sensación tan natural como evidente. Los efectos, los bombardeos lumínicos de una estructura que desde sus “garras” despide luces como fogonazos, que tiene una pantalla superior que a veces desciende hasta quedar sobre la cabeza de los músicos, los puentes móviles que unen al escenario con el anillo que lo rodea (cuando Bono y The Edge buscan tocarse estirándose desde cada uno de los puentes, son dos chicos jugando en su parque de diversiones), todo es un complemento de una banda de rock, que desde el centro de la estructura, literalmente te pasa por arriba. El momento crucial en cuanto al lucimiento de “The claw” fue la triada “City of blinding lights”, “Vertigo” (perdón Japon, si volvió a temblar, esta vez fuimos nosotros desde el otro lado), y el éxtasis de adrenalina lumínica en “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, con el estadio convertido en un auténtico boliche, en otro momento culminante que incluyó cita a “Two tribes” de Frankie goes to Hollywood. Durante “City of blinding…” Bono hizo subir a otra chica, que esta vez fue la privilegiada destinataria del “You look so beautiful tonight”
Luego, el redoble más famoso de la historia dio por inicio a “Sunday, bloody Sunday” que significó el momento más político del show, con la mención a la liberación de Aung San Suu Kyi en Birmania, una de las causas que la banda asumió como propias y un final con “Scarlet” y el escenario rodeado de velas con el símbolo de Amnesty International. Pasó “Walk on” y luego “One” con la gente elevando sus celulares y cantando con lo que quedaba de voz, una de las más bellas canciones que los irlandeses hayan creado. Y otro clásico: “Where the streets have no names” que bien podría estar dedicado a La Plata, aunque algún fundamentalista platense diga que allí, las calles sí tienen nombre.
Le siguió un video lisérgico que cuando se apagó, mostró a la banda regresando desapercibida, con Bono cantando “Ultraviolet” con un micrófono rodeado por un círculo rojo, que parecía un volante iluminado, y que también le sirvió para improvisar alguna pirueta gimnástica. Micrófono que se volvió azul para otro clásico: “With or without you” (algún día me gustaría que esos DJ’s adeptos a mezclar canciones, cruce esta con “Heroes”, hay algo en el pulso del bajo que las une). El final fue, al igual que el miércoles con “Moment of surrender” en un cierre de alta emotividad y un lujo que no puede darse cualquier banda con más de treinta años de trayectoria: terminar un concierto con un tema de su último disco. Y mientras Bono se despedía al grito de “Aguante La Plata” (lo pongo con mayúsculas porque quiero creer que él también lo pensó así), la gente se amuchaba para irse, sabiendo que el regreso iba a ser más que complicado. Yo hice lo mismo, porque si perdía la combi que me traía de regreso a Buenos Aires, quedaba más perdido que Stevie Wonder en Parque Chas.