sábado, 5 de noviembre de 2011
Personal Fest Dia 1: The Strokes
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Charly García en el Teatro Gran Rex - El angel vigía
sábado, 15 de octubre de 2011
Eric Clapton en River Plate
jueves, 29 de septiembre de 2011
Primal Scream en GEBA
viernes, 2 de septiembre de 2011
Flopa y Minimal en Ultra Bar
viernes, 12 de agosto de 2011
Bicicletas en Niceto
Diez años no son poca cosa. Y mucho menos acá en la Argentina de hoy. Porque fechar el nacimiento de un proyecto diez años atrás, significa pensar en 2001, año que se caracterizó mucho más por abandonos y renuncias, que por emprendimiento tenaces. Y Bicicletas celebró anoche en Niceto su primera década de existencia. Eternos emergentes de la escena indie local, creadores de dos discos fantásticos y un puñado de EP’s a la misma altura, que anoche no solo festejaron el decimal aniversario, sino que además se reencontraron con su público después de un paso por México, cuyo aire les debe haber venido de maravillas, porque ofrecieron el concierto más contundente que les vi desde que tuve el placer de conocerlos.
La noche empezó con dos bandas que amenizaron la previa: Bittrox (no los ayudó el sonido demasiado saturado. Guitarras al frente, pero me resultaron más interesantes cuando se volvieron bailables) y Error Positivo (un rock clásico que no me dijo absolutamente nada). Y poco después de las diez de la noche, Bicicletas abrió el show con “12 peces” ante un público que colmó la capacidad del boliche. Y citando la letra de la canción, ya no hubo nada que hablar. Porque lo que siguió fue un perfecto resumen de la carrera de la banda y una demostración cabal del progreso conseguido en todos los ítems posibles. Contundencia en la interpretación, soltura sobre el escenario, cohesión absoluta en un vivo que supera y engrandece a lo conseguido en el estudio. Ayudados por un sonido impecable, Bicicletas consiguió una performance arrolladora. “Ojos” fue el segundo tema, siguiendo el ordenamiento del sorprendente álbum debut de 2006, y confirmó además que la energía proveniente del escenario tenía respuesta abajo del mismo. “Conversación” (de “Quema”-2009) fue el primer avance sobre el segundo disco, pero fue lo de menos. La coherencia sostenida en la versatilidad de la música de Bicicletas es la que aporta los condimentos y climas más allá de las diferentes etapas de su historia. Eso sí, mucho guiño para fans históricos, con citas a “Deslizate naranja”, su primer EP del año 2003, como el caso de “Un jueves”.
Una pantalla al fondo del escenario proyectaba imágenes del ideario del grupo: peces, esqueletos danzantes, ojos que crecen amenazantes, mucho colorido geométrico acorde con el habitual acompañamiento lumínico sostenido en flashes repiqueteantes, fueron los condimentos para completar en ambiente la propuesta. Pasajes hipnóticos en canciones que se aletargan y seducen, como “El gran Houdini”, canciones de desamor hiriente como “Pajaros” (hoy quiero verte llorar, una vez más) y explosiones desbordantes de energía como “En el aire”, aquel tema insignia de “Sonar”, el programa dedicado al indie local de la desaparecida FM Kabul (cómo se la extraña!). De todo y para todos los gustos. Una casa que ríe y sangra, la cita habitual a “Adams family” antes de “Araña negra” (punto alto de sus shows y contenedora de una de las citas culminantes de sus letras: piso la mierda de mi perro para tener suerte), y la versión en clave cumbia psicodélica de “La casa del sol naciente”, único abordaje a “Cubiertas”, su último EP de covers de rock latino. Y junto a eso, la potencia de canciones como “Sol”, “Pica, pica” y “En tu cara” que contagian su pulso incesante y provocan un trance de extremidades que replican el ritmo en cada movimiento compulsivo. Reservaron el hit “11 y 20” para la hora que concuerda con el nombre de la canción, y revivieron el grito de Billy Bond, invitando a salir al sol a los idiotas, en el final de “Quema”.
Antes del show, mientras Niceto era inundado por la música de Primal Scream, Who, Doors, Pistols, Sumo y unos Violadores sorpresivamente actuales con aquello de “bombas a Londres”, la proyección sobre el telón que cubría el escenario, citaba a Miguel Abuelo: “Oye niño, no seas tonto. Haz tu cabeza estallar”. Y entonces el final potente e intenso con “Granada y paraíso” fue una especie de corolario para con aquella propuesta. A tu cabeza la haces estallar vos, o te la hacemos estallar nosotros. Y así fue el cierre, aunque quedó tiempo para “El extranjero” como bonus track para una noche seguro inolvidable para la banda, pero también para quienes tuvimos la suerte de estar en la merecida celebración. En lo que a mí respecta, me quedé con ganas de escuchar en vivo más temas de “Cubiertas”, porque canciones como “El esqueleto” (de Victimas del Doctor Cerebro), “El gran señor” (Auténticos decadentes) o “Pájaros de fuego” (Los Tres) le sientan a la perfección a la banda, pero no faltará oportunidad. A la salida, Palermo disfraza el invierno en una quietud templada y húmeda que anticipa el hielo celestial que ahora se descarga mientras escribo esta crónica, pero esa es otra historia. Yo salí tarareando y extrañando “Si el tren de la noche te viene buscar…”. No estuvo mal como cable a tierra para tanta energía. Felices diez años, Bicicletas!
viernes, 8 de julio de 2011
Live's Ed Kowalczyk en Niceto
Niceto no estaba repleto, pero sí cobijaba gran cantidad de personas ansiosas que esperaban el concierto como para sacarse un gusto grande. O mejor, saldar una deuda consigo mismo. Y ya desde el comienzo, ni bien Ed pisó el escenario, cantó aquello de “our love is like water…” y apuntó el micrófono hacia la gente, supimos que era una noche para cantar. Siguió con “The great beyond”, una de las canciones de su primer disco solista, y que funciona como un auto-homenaje y reafirmación desde el título mismo: “I’m alive”. Confieso que había oído el disco apenas un par de veces, movido por la cercanía del concierto, y que si Kowalczyk no tuviese la historia que tiene detrás, uno podría valorar mucho más el trabajo. Pero la historia pesa y es inevitable que en el concierto se destaquen los clásicos, como la hermosa “The distance” o el primer gran estallido de la noche: “Selling the drama”. Siguió con “Everlasting love” y “Drive” dos temas nuevos con el sello de Live, y de las que más lo acercan al brillo del pasado. Pero claro, nada se puede comparar a la extraordinaria “The dolphin’s cry” que le sigue. Y mientras canto, sigo con la vista a ese pelado que recorre el escenario entre flashes, doblándose como para que su voz salga desde el fondo de sus entrañas, que se esconde detrás del baterista para reclamar por un retorno que no lo convence del todo, y pienso que ese tipo es el responsable de “Throwing copper”, uno de esos álbumes que por sí solos justifican la existencia de la música en década del ’90 en USA. Editado además en un año (1994), en que Nirvana nos regalaba su “MTV unplugged”, Stone Temple Pilots conseguía con “Purple” su obra cumbre, Pearl Jam descargaba su furia con “Vitalogy”, y Soundgarden editaba el descomunal “Superunknown”. Aunque la música de Live no pueda incluirse de lleno en el movimiento grunge, su recorrido transita a la vera de ese estilo, compartiendo el lugar con bandas como Soul Asylum, por ejemplo.
“Ole, ole, ole…Eduard, Eduard” cantaba la gente en respuesta a esa voz inconfundible; clara, nítida y tan emotiva como en los discos. Que anoche fue acompañada por una banda de músicos nada conocidos, y que fueron los que grabaron “I’m alive” el año pasado: Ramy Antoun en batería, Chris Heerlein en bajo y James Gabbie en guitarra. “Stand”, primer corte del disco solista, incita al público a corear el estribillo, pero es otro clásico, “Heaven”, dedicado a su primer hijo es el que nos devuelve a ese gran fogón eléctrico en que anoche se transformó Niceto. Seguido otra nueva (“Grace”), una versión de “White discussion” que deriva en un final intensísimo, solo superado por el cierre con “I alone”, en donde las gargantas castigadas por una semana de frío polar se desgarran en un “I alone love you, I alone temp you” interminable, mientras la banda crece en energía y alcanza un pico emotivo que nos hace desear que ese estribillo repetido no se acabe nunca. Y la banda se despide en una salida precipitada, que nos llevó a prever que la noche sería breve.
No solo la idea de la brevedad quedó desmentida, sino que además lo mejor estaba por llegar. Una intro prolongada dio pie a “Pain lies on the riverside”, del primer disco de Live, “Mental jewelry”. Una canción que escapa un tanto del formato melodía suave/estribillo intenso característico de la banda, y que rompe esos parámetros desde la estructura rítmica. Luego James Gabbie se sentó en el piano por única vez en la noche para la conmovedora “Overcome”, a la que siguió riff hiriente y rockero de “Lakini’s juice”. Una dosis increíble de energía que nos hizo despegar los pies del suelo. Y el final, el gran final fue con “Lighting crashes”. Tremenda y desgarradora interpetación. Un dramatismo escalofriante en una letra extraordinaria que se aferra a la vida en medio del dolor de la muerte de una madre (lightning crashes, a new mother cries, her placenta falls to the floor, the angel opens her eyes the confusion sets in before the doctor can even close the door) y un “I can feel it” que se hizo carne, en una sentimiento más real que nunca.
Cuando, al cabo de unos minutos, los músicos regresaron al escenario, lo juzgué innecesario. Me dije que nada podría superar al cierre anterior. Y mientras avanzaba el tramo final del show, me convencí en que tenía razón. Dos temas nuevos (“Just in time” y “Zion”) que a esa altura resultaron intrascendentes, y ni siquiera la hermosa “The beauty of gray” pudieron devolvernos al éxtasis que habíamos alcanzado con la primera tanda de bises. El cierre, con la gente coreando un “Dance with you” letárgico, que en su crescendo amenaza a volverse épico y se queda a mitad de camino, pareció una despedida fría para lo que el concierto había entregado. Pero Kowalczyk nos tenía reservada una sorpresa. Y cuando los músicos se van yendo, él solo amaga a seguirlos y se cuelga una guitarra con la que nos regala una interpretación de “Turn my head” hipnotizante. Lo que antes fue pura descarga eléctrica, ahora es sencillez y delicadeza. La voz quebrada y la imagen de Ed solo en el escenario nos entrega una postal perfecta para atesorar la entre los recuerdos más preciados. Y ya con el escenario a oscuras y con el público emprendiendo la retirada, el DJ de Niceto tiene el buen tino de despedirnos con la voz inmortal de Jeff Buckley haciendo el “Hallellujah” de Leonard Cohen. Aleluya entonces por Ed Kowalczyk. Aleluya por ese puñado de canciones inolvidables. Y aleluya por una noche a la que el paso del tiempo nos había empezado a hacer creer que no llegaría nunca.
viernes, 10 de junio de 2011
Wayne Shorter Quartet en el Teatro Gran Rex
Hablando de humo, o mejor dicho, de aire viciado. Erupciones volcánicas y cenizas desperdigadas por la atmósfera fueron las encargadas de la primera sorpresa de la noche: el vuelo Terri Lyne Carrington había sido desviado a Santiago de Chile. “El señor Shorter ha decidido realizar el concierto con el baterista argentino Oscar Giunta”, anunció una voz en off. Los aplausos valieron por partida doble: por la realización del show (con los instrumentos sobre el escenario, a esa altura nadie en verdad dudaba de esto) y por la presencia de “uno de los nuestros” (?) al lado de esos monstruos. La invitación a levantarse y reclamar la devolución del dinero en caso de desearlo, casi movió a risa. En definitiva, y sin desmerecer a la notable baterista que es Carrington, ella llegaba como reemplazo de Brian Blade.
Hechas las aclaraciones del principio con respecto a mi poca experiencia jazzística, me voy a limitar a comentar las sensaciones que me produjo el concierto, que fueron muchas y variadas. Todo fue muy extraño. Shorter se dedica a deconstruir melodías sobre la base que proponen sus tres acompañantes. Son retazos, pinceladas surrealistas que dejan un leve rastro de lo que fueron alguna vez. Todo es sutilmente dosificado y mínimo. Su saxo suena agónico y lejano; minimalista. Crea texturas armoniosas y de pronto se pierde dejando al frente al piano de Danilo Perez, quien lleva el mayor peso de la noche. Es él quien marca climas y tempos, y por momentos parece el director musical del cuarteto. John Patitucci no hace más que estar a la altura de todo lo que uno vio y escuchó de él con anterioridad. Y Oscar Giunta toca como si se conociese con el resto de toda la vida. Bueno, él si los conoce (de hecho ya había tocado con Danilo Perez) y admira, pero semejante complicidad musical en una comunión apresurada por la naturaleza, no deja de sorprender. Aunque claro, ayuda el hecho que el concierto esté planificado a partir de la espontaneidad y la libertad creativa.
No hay silencios. El concierto es un devenir en continuado. Imprevisible, con lugar a lucimientos personales, pero sin ningún pecado de virtuosismo exagerado. Wayne Shorter es por momentos un espectador de lujo de sus músicos. Se apoya sobre el piano, observa sus saxos como dudando en cuál será el indicado para cada intervención, que muchas veces no pasa de unas pocas notas anárquicas, para volver a ese silencio reposado. Con el saxo tenor toca más contenido, y elige el soprano para los pasajes más ágiles y bruscos. Aprueba y alienta a sus compañeros, y cuando toca, no hace más que sugerir. Pero aunque parezca medido al tocar, toda esa dosificación está muy bien calculada. Y sugerir, se sabe, es también seducir. Y ahí estamos nosotros como embobados intentando descifrar el camino que los músicos construyen, recorren y abandonan, dejándonos atónitos pensando cuál fue el momento en que ocurrió cada variante. Y lo que en principio genera incomodidad, lentamente se vuelve tan natural como placentero. El cuarteto toca como si los músicos conversaran entre sí, una disertación entre amigos que divagan por distintos temas y que en algún momento se sorprenden encontrando un punto en común, que les prueba que hay algo mágico y nada casual en el hecho de estar reunidos.
Si bien el concierto no tuvo pausas, luego del final hubo dos regresos al escenario, y nos dimos el gusto de escuchar “Footprints” o lo que Shorter dejó de ella. Oscar Giunta se confesó ante el teatro con un “no puedo creer que estoy acá”, así que si alguien filmó el concierto y llega a ver los gestos de aprobación y genuina admiración que le deparó Patitucci, mientras el baterista hacía su parte solista extrayendo ritmos de lejana reminiscencia folklórica, se cae de culo al suelo diez veces seguidas. Y se despidieron saludando al público, pero también felicitándose entre ellos como amigos que son. Sorprendiéndose ellos mismos de lo bien que salió todo, como si para el cuarteto pisar el escenario y hacer música en vivo fuera cada noche una aventura de final imprevisible. Aunque pensándolo bien es probable que así sea. Y que esa sucesión de notas musicales encadenadas que nos mantuvieron encandilados durante casi un hora y media no sean otra cosa que la prueba sonora de su telepática conexión.
jueves, 19 de mayo de 2011
Laura Marling en Samsung Studio
Anoche en el Samsung sucedieron cosas inéditas, como la ausencia de butacas (no era un show para ver de parado, ni siquiera la convocatoria lo justificaba), y entre el público se escuchaban más voces en inglés que en español. En la previa la aparición no anunciada de Pete Roe, tecladista de Laura, quien presentó temas propios mientras en la sala se oía más el murmullo desinteresado de la gente con Stella Artois en la mano y los chistidos de los que quería escuchar, que al pobre muchacho, de quien tengo que decir que no me conmovió para nada. Al rato nomás, sí se descorrió el telón y Laura Marling inició su concierto con “Ghost”, de su primer disco “Alas I cannot swim”. Batería, banjo, piano, contrabajo y cello acompañaban a la voz y guitarra de cantautora británica. En seguida “Devil’s spoke”, de “I speak because I can”, el segundo trabajo que fue el que la terminó de mostrar como una artista inusitadamente madura para sus, ya por entonces, veinte años.
Laura canta mirando por encima de las cabezas de la gente, con los ojos puestos en un punto en un horizonte inexistente que la lleva a ignorar que delante de ella está el público. La rodea un aura de niña tímida que se contrapone con las letras de sus canciones. “He could fall and she could weep. But as holy are her feet and hard with mention. But dear they may not speak We fell tight when there is tension and their eyes could make us weak” canta en “Alpha shallows”, una canción folk con un cierto aire renacentista, que si el Ian Anderson que visité anoche escuchara, recibiría sin dudas con un guiño aprobatorio. El nuevo “Don’t ask me why” es otro momento de alta intensidad. Su fraseo al cantar justifica aquella inicial comparación con Joni Mitchell, pero la cadencia de su tono melancólico y su perfecta dicción, la colocan más cerca de aquellas voces que deslumbraron a fines de los ’60 en las Islas Británicas. Gente como Bert Jansch o John Renbourn se desvivirían por acompañar la amplitud, el colorido y la seductora tersura de esa voz, que es capaz de quedar sola sobre el escenario con su guitarra para hacer maravillas propias, como “Goodbye Endgland (covered in snow)”, o ajenas, como el cover de Jackson C. Frank “Blues run the game”. Y que conmueve al punto de generar un ambiente de cálida intimidad, impregnando la noche con su impronta delicada y levemente frágil. Ese clima que solo se rompe con algún olvido en la letra, como al principio de “Alpha shallows”, o el nombre del propio Jackson C. Frank (aunque en este caso doy por seguro que Laura conoció esa canción más por las versiones de Sandy Denny o Nick Drake, que por la del propio autor); y que toma un cariz simpático cuando Laura responde sonrojada y bajando la mirada, a los “i love you” y los “te amo”, que llegan a sus oídos tanto de voces masculinas como femeninas de la platea.
Canciones como “Blackberry stone”, la inédita “Night alter night” o “Alas I cannot swim” me llevaron al recordar el impacto que me provocó ver a Russian Red (otro producto “made in Myspace”) por primera vez sobre el escenario. Pero lo que en la española es jovialidad y frescura, acá es retraimiento y languidez. Y una complejidad melódica y armónica que la colocan varios escalones por encima de Lourdes.
El final llega con “Rambling man” y la canción que a nombre a su segundo trabajo, “I speak because I can”. “My husband left me last night. Left me a poor and lonely wife. I cooked the meals and he got the life, and now I'm just out for the rest of my time”. Así se despide esta niña dejando en claro una vez más su madurez como artista, ya que además de sus dotes vocales, se muestra saludablemente inquieta e inconformista a la hora de componer. No hubo bises, ella lo había advertido. Solo un saludo leve y una sonrisa cómplice.
A la salida me tomé un taxi y tuve la desgracia de toparme con uno manejado por una mujer. Y mi queja en este caso no se detiene en la divulgada creencia de la incompatibilidad de género con la conducción de vehículos, ni mucho menos. Sino que las mujeres taxistas hablan mucho. Más que un taxista hombre oyente de Gonzalez Oro de los que pide la vuelta de los militares. Y la locuacidad de la señora se contraponía con el estado introspectivo que me había dejado el recital. Y mientras ella contaba que justo iba por Belgrano para bajar hasta el casino para levantar pasajeros allí, yo hacía oidos sordos, mientras trataba de fijar los recuerdos que quedaron plasmados en los párrafos previos. Y las historias de la taxista incluían siempre jugadores empedernidos y borrachos, que no le pagaban los viajes. Para mis adentros yo pensaba que por qué me contaba eso a mí, si los concurrentes más duros de la noche del Samsung de ayer éramos incapaces de resolver ese problema, y que de seguro el Sindicato de taxistas tenía gente más grande y mejor adiestrada para tomar cartas en ese asunto. Eso sí, entre esa especie de masoquismo financiero de la señora y el relato en sí, Tom Waits tenía historias para grabar un disco doble. En mi caso, lo que yo quería era llegar rápido a casa porque tenía hambre. Y al llegar a Parque Chacabuco, no dudé en pagarle el viaje; no sea cosa que después la señora ande hablando mal de los fans de Laura Marling. Y volviendo a Laura, hoy toca de nuevo en al Quilmes Rock. Después de Los Tipitos y antes de Jack Johnson. Lo que se dice, todo un desperdicio.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Ian Anderson's Jethro Tull en el Teatro Gran Rex
El formato del show de anoche en el Gran Rex era un misterio, al menos para el que no se haya tomado el trabajo de hurgar en videos caseros de los shows previos en San Pablo. La gira se había anunciado inicialmente como una versión reducida y acústica de la banda. Un mes atrás estaban tocando en Moscú junto a una orquesta de cuerdas y en breve inician en Canada y USA la celebración de los 40 años de la edición de “Aqualung”. Pero al tercer tema (“Up to me”) ya no quedaban dudas: Ian Anderson había llegado con una banda que resultó una de las versiones ambulantes de Jethro Tull: con John O’Hara en teclados y acordeón, y David Goodier en el bajo como miembros oficiales, y con Scott Hammond en batería y el ya conocido Florian Opahle en guitarra. La ausencia de Martin Barre motiva el “Ian Anderson’s Jethro Tull” con el cual se presenta el concierto.
“Hare in the wine cup” le puso un poco de humor a la noche, con Ian y sus movimientos de mimo, previos a tomar asiento en su banqueta. Siguieron con un tema nuevo y una buena versión de “Songs from the Woood”. Anderson presenta las canciones citando los años de edición y riéndose de las distintas etiquetas con la cual su música fue clasificada: blues, folk rock, jazz rock, prog rock, y cuanto rótulo se haya inventado. Se pasea por el escenario. Actúa cada movimiento, repite su pose clásica, sosteniéndose con la pierna derecha y cruzando la izquierda sobre su rodilla, al tiempo que eleva su flauta hacia el cielo. El pañuelo atado en su cabeza lo vuelve una especie de corsario que avanza agazapado por el escenario persiguiendo enemigos invisibles, soplando (sí, Anderson sopla) su flauta mientras cambia el paso y el rumbo, tanto de sus movimiento como los de la música. Un arlequín director de orquesta, eso es el británico sobre el escenario. Que cuando corresponde, se pone serio. Como cuando presenta el set clásico a cargo de su amado Bach. Primero el “Preludio en C mayor” a duo con O’Hara, y después su tradicional versión jazzeada de “Bouree”. Sutileza en cada arreglo, belleza encantadora en la melodía y magia flotando en cada rincón del teatro.
Después de Bach llega un momento crucial en el concierto, cuando Ian Anderson anuncia “Thick as a brick”,.en su versión larga. Esta pieza en forma de suite, capaz de combinar el folk tradicional con la música clásica, yendo y viniendo por ritmos y melodías que pasan de la sugestión al éxtasis, y que de chico me cansé de escuchar, aborreciendo el momento de levantarme para dar vuelta el casette. Tanto que me sabía cada variación de tiempo de memoria, y que en algún momento motivó la idea absuda de tener dos veces el mismo casette, con el lado 2 en punta en la segunda casettera del radiograbador. Que es el punto culminante del concierto desde lo musical hasta lo emotivo y que provoca que la sala salude de pie un final prolongado. Vi a Clapton tocando “Crossroads” y Page y Plant haciendo “Since I’ve been living you”, puedo ahora tachar al “Thick as a brick” de Jethro Tull de mi lista de pendientes.
Luego el regreso a Bach, la “Tocatta y fuga” a cargo de Florian Opahle y su guitarra, en un solo que remite a los guitar hero del metal. Florian lleva años tocando al lado de Anderson y se acopla con comodidad con las canciones de Jethro Tull; sus contrapuntos con la flauta de Anderson no desentonan ni mucho menos, y hacen que nos olvidemos por un rato (solo por un rato, que quede claro) de Martin Barre. Después de “A change of horses”, llega el tramo final del concierto, que resulta una delicia para los fans. Primero “My God”, con Anderson y su frulato característico, sus canturreos en correlato y sus pulmones que felizmente han pasado los sesenta años y todavía guardan capacidad para que nuestro héroe haga estallar su flauta, al punto que me lleva a pensar que si Hendrix hubiese sido flautista, en ese momento prendería fuego la flauta. Y en seguida el tono desciende al misterio y encanto de “Budapest”, una joya de “Crest of a Knave”, aquel disco del ’87 que les valió el insólito Grammy a mejor banda de hard rock. Y el cierre con “Aqualung” en una versión extraña, con un inicio minimalista y elriff a cargo del acordeón de O’Hara, pero que hacia el final estalla y recupera su paso rockero arrollador.
Los músicos no se hicieron esperar mucho para el bis y el teclado marcó los acordes que dan comienzo a la apoteosis de “Locomotive breath” que a casi dos horas del inicio del show nos quita el aliento que nos quedaba. El muchacho que tenía sentado al lado, que cometió la herejía de llegar cuatro temas tarde, y que en ese momento se disponía a enviar un SMS, se quedó con el dedo tieso apuntando a un teléfono que casi se le suelta de la otra mano atónita con la energía que provenía del escenario. Un padre le golpeaba el hombro a su hijo adolescente y le repetía “escuchá, escuchá”, al tiempo que el pibe, sin despegar los cinco sentidos del escenario, le respondía indiferente: “Sí pa. Escucho, escucho.” Y yo que empezaba a querer que no se termine nunca, porque me había perdido las cuatro visitas anteriores a Buenos Aires, y que no sabía si agradecer por estar en la quinta o autocondenarme por la ausencia en las anteriores. Pero no solo termina, sino que además hay que apurar el paso, porque la mayoría estams grandes y salimos mirando el reloj pensando en la hora que hay que levantarse al otro día. Así que mientras algunos se quedan haciendo números para volver hoy, y otros piensan en el show de Asia del sábado, la mayoría nos vamos canturreando anonadados con la voz de Anderson que desde algún lugar de la conciencia nos aconseja “No way to show down”.
miércoles, 11 de mayo de 2011
The Cult en el Teatro de Flores
El concierto había bajado de las pretensiones del Estadio Islas Malvinas al más modesto, en cuanto a capacidad, Teatro de Flores. Los precios altos, la amplitud de la oferta en cuanto a recitales…, son muchos los motivos en los últimos tiempos por los cuales la convocatoria no es la esperada en más de un show. A mí, en este caso en particular, el cambio me benefició desde lo geográfico. El estadio de La Paternal será muy cómodo, pero la zona se vuelve inhóspita para programar un regreso cómodo a casa en una noche entre semana. El 44 tiene a esa hora menos frecuencia que el Halley, y transitar los paredones de la Chacarita de noche no es el paseo más reconfortante. Así que por mi parte, más que agradecido.
Si dije antes que el concierto me retrotraía a mi adolescencia, el The Cult que vi anoche tuvo mucho de aquel que me empezó a seducir en los ’80. Una banda que resultaba la perfecta mixtura entre la oscuridad post punk y el misticismo zeppeliano. Esta comunión les otorgaba un sello indeleble y un encanto muy particular, que con el tiempo en parte fueron perdiendo. Nunca defraudando, está claro. Pero mis preferencias siempre permanecieron en esa primera versión de la banda. Y anoche, en un show en el que repasaron toda su carrera, haciendo base minuciosamente en cada uno de sus trabajos discográficos, The Cult me dio el gusto y sostuvo su concierto en sus dos primeras gemas: “Dreamtime” y “Love”.
Abrieron el concierto con “Everyman and woman is a star”, uno de los temas nuevos, entregados en esas pequeñas producciones a las que se han abocado y que llamaron “Capsule”. Pero el idilio con la gente y la primera respuesta energética desde abajo del escenario llegó cuando se escucharon los primeros acordes de “Rain”. En seguida un descenso a la prehistoria con “Horse nation”, y pegadito el “Sweet soul sister” de “Sonic temple”. En el fondo del escenario, los tradicionales símbolos piratas encarnados en la calavera y dos tibias cruzadas completaban y justificaban el look de Astbury: lentes oscuros, pañuelo rojo aprisionando su recuperada cabellera y una barba descuidada. Gordo. Además Ian Astbury está gordo. A su izquierda, Billy Duffy ofrecía lo mejor de sí: acordes y texturas complejas, riffs precisos y punteos hirientemente rockeros. La banda se completó con Chris Wise en el bajo, un segundo guitarrista (Mike Dimkitch) que con sus anteojos oscuros, su sombrero y la campera de cuero ajustada, parecía salido de un concierto de Los Violadores a medidos de los ’80, y John Tempesta ( ex White Zombie) en la batería.
En tren del repaso de su carera que The Cult se propuso para esta gira, la banda no cayó en facilismos. No apostó todo a los hits seguros y revalorizó temas como el hipnótico “White” (de “Ceremony”) y el oscuro “Saints are down”, de “The Cult” (1994), los cuales crearon un clima denso en la sala, y que obligó a zambullirse en el trance que proponían los ambientes creados por la guitarra de Duffy. De ese tramo salieron con “Dirty little rock star”, un tema cuyo riff le debe muchísimo al “Undercover of the night” de los Stones. Y para cuando Astbury cantaba aquello de “It rained flowers when the music began, love all around when the music is loud. Every day, nirvana”, esas palabras resultaban una perfecta descripción del clima que se vivía en el teatro.
Tanto, pero tanto se propusieron no dejar ninguna etapa de lado, que hasta incluyeron en el setlist a “Ghost dance” del disco de rarezas. Hubo un breve intermedio con un video que mostraba una cámara recorriendo pasajes desérticos cuya inclusión no se entendió demasiado, más temas nuevos (“Embers” primero y “Until the light take us” hacia el final), y “Go west”, otra joya de “Dreamtime” muy bien recibida por el público. Después la contundencia de “Wild flower” para que no nos olvidemos que los tipos cuando quieren rockean en serio. El cierre fue con “She sells sanctuary” un temazo al que el tiempo no corroe para nada, y la demoledora “Love removal machine” con la inconfundible voz de Ian repitiendo los “baby, baby” hasta el paroxismo adrenalítico final.
Hubo un regreso al escenario, claro. E incluso allí fueron consecuentes en la elección de las canciones: primero “Rise”, de “Beyond good and evil”, que significó en el momento más pesado de la noche, después un increíble “Spiritwalker”, otra vez desde “Dreamtime”. Y para despedirse definitivamente, un único gesto condescendiente: el “Break on through (to the other side)” de The Doors, con Ian Astbury despegándose de la apropiación de Morrison que lo llevara a tomar su papel en aquella banda, y liderando ahora su propio grupo, y homenajeando a una de sus mayores influencias con una versión categórica del clásico. Queda para hoy un segundo concierto en Colegiales con Coverheads como teloneros y el sorteo en una FM de una campera autografiada.
A los diecisiete hubiera esperado una hora el 134. Anoche, con el madrugón laboral por delante, me tomé un taxi. Si no fuera por ese detalle, podría decir que el hechizo del regreso en el tiempo se había cumplido. Y si se trata de reeditar supuestos parecidos, el pelo no ha vuelto crecer, es cierto. Pero yo estoy más flaco.
domingo, 17 de abril de 2011
No Te Va Gustar en el Luna Park
Una poco habitual apertura tuvo la noche, porque estuvo a cargo del grupo español Vetusta Morla, que anda por estos días en Buenos Aires y que con su pop melódico animó la previa. Fueron bien recibidos a pesar de un estilo nada congruente con el de NTVG, apelaron a sus temas más guitarreros del disco “Un día en el mundo” (2008) y hasta anticiparon una nueva canción de un nuevo e inminente trabajo.
Antes de subir al escenario, la banda mostró en las pantallas un “making off” de la grabación de “Por lo menos hoy”, el disco a presentar. Y eso no es casual. Por un lado porque se trata de una costumbre repetida en la banda, pero además porque es crucial observar el clima que rodea a la grabación para comprender de dónde surge la frescura plasmada en el disco y la fraternidad que se nota cuando los músicos suben al escenario. Se aprecian las sonrisas al grabar cada instrumento, la manera en que las canciones van tomando forma, la atención de los músicos frente al televisor y el estallido con el gol de Forlán a Ghana (el disco se grabó durante el Mundial 2010) y al mismísimo “loco” Abreu metiendo coros. Y después sí a abrir el show, con dos platos fuertes: “Con el viento”, del disco a presentar, y “Fuera de control” un clásico reservado generalmente para liberar las últimas energías al final de sus recitales y que esta vez sirve como puntapié inicial para desatar el primer pogo. Y le siguen “Chau” una manera sutil de despecho a un viejo amor que pretende regresar, sutil al menos al lado de los deseos de saltos al vacío y culpas eternas de “Al vacío”, canción que la prosiguió en la lista.
La escenografía constaba de una imagen gigante del bote dibujado a lápiz que es la tapa del disco, y un par de pantallas de leds, que apenas aportaban dibujos geométricos de colores. La consigna es simple: solo canciones. Y al principio de la crónica hablé de fiesta. Y cuando uno participó de una fiesta sabe que la mejor manera de contar lo que vivió es revivir anécdotas. Como que anoche se grababa un DVD y los músicos pidieron a la gente evitar los silbatos difíciles de ocultar en la mezcla. Pero las anécdotas en este caso, mas que nada son las canciones. La bella melodía de “Los indiferentes”; el gran solo de Pablo Coniberti en “Arde”; la recuperación de “Tirano”, esta vez sin Ruben Rada en los coros, y que se resignifica con la derogación de la Ley de Caducidad ocurrida en los días previos en Uruguay. La voz y la imagen de Eduardo Galeano hablando del “miedo de los hombres a las mujeres sin miedo” que preanuncia “Nunca más a mi lado”, la canción en la que No Te Va Gustar saludablemente se sumerge en la problemática de la violencia de género, tema poco abordado por las bandas de rock. Sobre una bella melodía, la letra evita caer en golpes bajos, aunque en esa intención cae en algunos lugares comunes. Es primer tramo del concierto se cierra con “El oficial”, otra canción de “Todo es tan inflamable” que relata el fusilamiento de tres amigos durante los días revueltos de Diciembre de 2001. Buen ejercicio de memoria en estos días en que los lobos asesinos de aquellos días se visten de corderos para sonreír desde los afiches de campaña.
La segunda parte del concierto arrancó con Emiliano Brancciari sentado y la banda en una versión semi acústica. Allí devolvieron a su repertorio a “De nada sirve”, una de esas canciones que incluyen una decena de frases que pueblan las remeras y los cuadernos de los fans adolescentes, que se encuentran representados en citas como “no sé entregarte la vida, tampoco vivir sin vos”. Después “Memoria del olvido” del último disco y el rescate de la hermosa zamba de “Aunque cueste ver el sol” (2004), “Ni uno suelto” y que representa la variedad de estilos que abordan las canciones de NTVG. Ska, reggae, rock, y por supuesto candombre y murga. Y seguido llega “Clara”, el punto de mayor emotividad de la noche, con Condor Sbarbati y Dany Suarez (en pijama, anticipando el regreso de Bersuit) aportando en los coros de indeleble matriz montevideana. Y después, con los dos invitados aún sobre el escenario y Emiliano recuperando la guitarra eléctrica, “Verte reir”. A la lista de invitados se sumó Juanchi Baleiron, productor del disco, que aportó en dos temas nuevos: el poderoso “Tu defecto es el mío” y el reggae “Volar” en donde la guitarra se Juanchi se sintió a sus anchas y despuntó un gran momento desde lo musical.
Desde que sonó el riff pegadizo de “Pensar”, hasta el final fue una sucesión imparable de hits con una respuesta de absoluta entrega por parte de la gente que hizo palpitar al cemento del Luna Park La chacarera “Mucho más feliz” cosechó las palmas de todos, y “Cero a la izquierda” ( con “Mosca” de Los Auténticos Decadentes) ganó por demolición. Después “Te voy a llevar” con la ya clásica cita al “Todo un palo” de Los Redondos. Y las pantallas abandonan por primera vez su postura abstracta para recordar innecesariamente la letra de “Ya no hay dolor”, porque la gente la canta de memoria, sin reparar en que el “pero me di cuenta que pudo seor peor, que no fue para tanto” se contradice con el “que podría ser peor, eso no me arregla a mí” que coreaban minutos atrás. Y el final fue con un tema de su primer álbum “Solo de noche” (1999), “No era cierto”. “Pensé que estaba solo y no era cierto, si tengo con quién quedarme a festejar” canta Emiliano mientras una apoteosis de revoleo de remeras en el estadio no es más que confirmarlo. Quedaron como bises, y para completar las más de dos horas y media de show, el bailable “El camino” y regreso al disco debut con “Nada para ver” y la gente revoleando remeras y coreando el “no, no, no, no, no te va gustar” sobre el riff de vientos en un tema reggae que en vivo deviene es un ska de desbordante energía.
No veía a No Te Va Gustar desde la presentación de “Todo es tan inflamable” y tengo que decir que el crecimiento en popularidad ha ido de la mano de una enorme madurez como banda. Suenan compactos, Emiliano canta mucho mejor, el creciente éxito no los estancó en la búsqueda de nuevas vetas rítmicas y melódicas para sumar a su ya de por sí variada oferta. Si alguno le sobra tiempo y nos pesos, le quedan dos fechas más para verlos. No se van a arrepentir.
miércoles, 6 de abril de 2011
The Flaming Lips en G.E.B.A.
El show de The Flaming Lips había comenzado de manera inusual: los músicos, Coyne incluído, hacían las últimas pruebas de micrófono sobre el escenario. En un momento Wayne Coyne llamó a una traductora que titubeante (mi pobre inglés entendía mejor lo que decía al americano, que la balbuceante traducción de la chica) para advertir que el show utilizaba fuertes luces y que en caso de convulsiones entre el público, lo que había que hacer era….no mirar. La gente, mientras tanto, recibió el anuncio de las convulsiones con un enorme griterío. Insólito comienzo, casi desmitificador para los grupos de rock que suelen hacer de su entrada al escenario un plato fuerte, pero claro, el inicio del concierto es tan fuerte desde lo visual que a los pocos minutos nadie se va a acordar de esto.
Hasta ahora solo me referí a la parafernalia que rodea a la banda, pero es indispensable decir que si esta apuesta sonora y lumínica funciona es porque detrás hay una banda de rock extraordinaria, que ha sabido absorber las mejores influencias y hacen de su música una especie de psicodelia progresiva que consigue trasladarse a escena con fidelidad y desenfado. Que han grabado una decena de discos magníficos, muchos de ellos indispensables, y que se toman tiempo para “entretenerse” con proyectos alternativos, como la reciente colaboración en un EP con los Neon Indian, o para grabar su propia versión de un clásico como “The dark side of the moon” y salir siempre bien parados. Basta introducirse en los primeros temas del show, como “Warm mountain” o “”Silver trembling hands” ambas de “Embryonic” (2009) para comprender que todo, música y escena, son parte de un solo conjunto, de un espectáculo que significa una experiencia sensorial incomparable con cualquier concierto que hayamos presenciado antes en nuestras vidas.
“She dont’s use Jelly” nos transporta al primer Flaming Lips, en la primera mitad de los ’90, y “The yeah, yeah, yeah song” encuentra al público por primera vez saltando y cantando, después de contemplar atónito el bombardeo inicial. Y todo el despliegue desaparece gradualmente, para que sea solo la melodía de la bellísima “Yoshimi battle the pink robots pt.1” la que produzca un momento de mágico encantamiento, mientras Coyne toca la acústica pasando la mano dentro de un globo transparente que cubre la parte delantera de su guitarra. Hacia el final de “See the leaves”, Wayne Coyne aparece con dos manos gigantes que disparan decenas de rayos laser y que apuntan contra un bola de espejos que desciende sobre el escenario y multiplica esos rayos consiguiendo un momento fascinante desde lo visual.
El bajo de “The ego’s last stand” marca el pulso del ingreso al momento más progresivo de la noche, cuando la canción se vuelve estallido, retorna a una calma siempre psicodélica y deriva en la descomunal “Pompeii Am Göotterdämmerung” de “At the war the mystics” (2006), que nos transporta hipnotizados al Pink Floyd circa “Animals”, mientras Wayne Coney golpea un gong gigante que despide luces multicolores desde su circunferencia y se acopla al bombardeo lisérgico de flashes que cubre el escenario. El final del show empieza su recorrido final como la contracara de todo lo visto hasta entonces, con el escenario en penumbras, nosotros ya entregados al hechizo que propone la banda, y la melodía sugerente de “What is the light” que gana de poco en intensidad mientras la pantalla recuerda, palabra por palabra, la letra que pregunta “What is the light that you have shinning around you? Is it chemically derived?”. El instrumental “The observer” termina por redondear el concierto.
Los bises fueron dos: primero el éxtasis absoluto de “Race for the prize” en donde todo lo visto hasta el momento se multiplica por mil, las serpentinas caen de todos lados, cañones lanzan papelitos de a millones y los flashes y las luces descargan todo su potencial mientras la gente corea eufórica el riff del teclado. Y luego la encantadora “Do you realize?” que se prolonga interminable, con la gente es absoluto estado de hipnosis cantando junto a Coyne que amaga con irse y empieza nuevamente, sabiendo que es un final que nos va a dejar a todos con ganas, pero que necesariamente tiene que terminar en esa adormecedora melodía que se volvió clásico desde el dia que salió “Yoshimi battle the pink robots”, allá por el año 2002.
Presenciar a los Flaming Lips es una experiencia única. Un show impecable al que solo puede achacársele alguna debilidad en el volumen, especialmente al comienzo del show, pero que sabemos que reclamar es una batalla perdida mientras en esta ciudad sigamos bajo los designios de Nuestro Señor de las Bicisendas.
A la salida veo a una chica con una nena en brazos que debe tener unos dos años y me imagino, después de tanta serpentina y tanto globo, lo difícil que será para esa madre conseguir pelotero que conforme a esa nena somnolienta los próximos cumpleaños. Se lo digo y la chica sonríe. Sonríe y me dice que la nena está acostumbrada, cosa que llevó a preguntarme sobre qué tipo de hongos crecerán en su jardín. Después apuré mis pasos porque temía que algún monstruo de luz haya cobrado forma a mis espaldas y me estuviera persiguiendo. A la salida, las balizas giratoria de los patrulleros me parecen apenas débiles luciérnagas. Mientras tanto mi mente me devuelve el recuerdo de un gran show anterior de Massacre, aunque a esa hora no podía asegurar que haya ocurrido en el mismo lugar ni en el mismo tiempo.
domingo, 3 de abril de 2011
U2 en el Estadio Unico de La Plata
Excelente elección la de Muse como teloneros. Porque se trata de una banda que (HAARP mediante) demostró que los estadios le sientan perfecto. Yo los había visto en el Gran Rex en un punto más alto de su carrera (“The resistance” es, definitivamente, un paso atrás), y tengo que decir que los cuarenta minutos de anoche fueron poco. Aunque al comienzo la voz de Bellamy no fue ayudada por mezcla, para la altura de “Time is running out” ya mostraban lo mejor de sí. Levantaron al público con “Uprising” y “Starlight” y cerraron con la arrolladora “Knyghts of Cydonia”. Una presentación que, a diferencia de lo que pasó con Franz Ferdinand en 2006, acaparó la atención del público que no los conocía a fondo (más de uno hoy anda en Taringa! bajando sus discos) e hicieron las delicias de los suyos, que no fueron pocos: ví muchas, pero muchas en serio, remeras de Muse en el estadio.
Ya con el estadio repleto, la espera estuvo amenizada, como toda la tarde, por música clásica variada (Sinfonía 40 de Mozart, Bolero de Ravel) que parecía de esos compilados de “Los mejores 100 momentos de la música clásica” que se venden por TV compras. Ya acercándose el momento del show se escuchó a REM y una sorpresa que provocó el primer estremecimiento: el riff de “De música ligera” levantó a la gente que saltó y cantó como si estuviese en un show de Soda. Regalo inusual para una banda extranjera y que sirvió para complementar el rezo por la salud de Gustavo Cerati que Bono hiciera en el show del Miércoles. Después lo sabido, el 360º tour.
Si la puesta en escena tenía pretensiones épicas, la melodía del “Space oddity” de Bowie que antecede la salida de los músicos termina por coronarlo. Ya en escena los irlandeses muestras de entrada sus dos versiones: primero la experimentación made in “Achtung baby” con “Even better than you real thing” Y después la frescura de sus inicios con “New year day”. “Magnificent” nació para himno de estadio y “Mysterious ways” nos devuelve a “Achtung baby”, un disco que está cumpliendo 20 años y como a los mejores vinos, el paso del tiempo no hace más que enriquecerlo.
El setlist es un repaso de buena parte de los hits de su carrera sin olvidar que, entre otras cosas, hay un excelente “No line on the horizon” para presentar. “Get on your boots” será el primer gesto en ese sentido. “Elevation” levanta al público por primera vez y con “I still haven’t found what I’m looking for” (con cita a “Stand by me”) la magnificencia de la puesta se rompe para colocar a la banda en una relación íntima con el público. Situación que se complementa cuando Bono hace subir a una chica para hacerla leer dos estrofas de “Gracias a la vida”, dedicada a una cantante que “ya no está” (Bono no nombró a Mercedes Sosa). Desconozco si el corazón de la chica sobrevivió al episodio, pero yo me quedo con una curiosidad: Bono y Hugo Chavez rescataron en la misma semana y en la misma ciudad, los mismos versos de Violeta Parra.
Que U2 es un mecanismo perfecto no es ninguna novedad. Relacionándolo con el lugar del concierto, se podría decir que U2 es Estudiantes de la Plata. Sólido, que no te da respiro en ningún tramo de la noche y cuando es necesario contundente. Contundencia que aparece cuando suenan temas como “Get on your boots”, o más tarde, “Elevation”, pero que no pierde eficacia cuando el show apela a lo emotivo. En ese sentido no hubo manera de no sentir como la piel se erizaba con la preciosa versión acústica de “Stuck in a moment”, con dedicatoria a Michael Hutchcence. “It’s just a moment this time will pass…and never tears apart” cantó Bono en el final. “Beautiful day” fue la encargada de cerrar a puro salto ese tramo del concierto. La base Clayton-Mullen no es solo monolítica sino que es corazón de la banda, la guitarra de The Edge inventa sonidos todo el tiempo, y Bono es un frontman de esos a los que ninguna situación les queda grande. Y si alguien duda, busque en Youtube alguno de los cientos de videos que debe haber de la interpretación de “Miss Sarajevo”, haciendo gala de sus tonos operísticos y consiguiendo que el recinto permanezca en un silencio perplejo de respeto y admiración.
Lo más sorprendente es la manera en que Bono y los suyos consiguen que la gigantesca parafernalia que los rodea se limite a ponerse al servicio de la música. Algo que yo no había podido percibir desde mi pésima ubicación en el “Vértigo tour” y que ahora, con una puesta más pretenciosa aún, fue una sensación tan natural como evidente. Los efectos, los bombardeos lumínicos de una estructura que desde sus “garras” despide luces como fogonazos, que tiene una pantalla superior que a veces desciende hasta quedar sobre la cabeza de los músicos, los puentes móviles que unen al escenario con el anillo que lo rodea (cuando Bono y The Edge buscan tocarse estirándose desde cada uno de los puentes, son dos chicos jugando en su parque de diversiones), todo es un complemento de una banda de rock, que desde el centro de la estructura, literalmente te pasa por arriba. El momento crucial en cuanto al lucimiento de “The claw” fue la triada “City of blinding lights”, “Vertigo” (perdón Japon, si volvió a temblar, esta vez fuimos nosotros desde el otro lado), y el éxtasis de adrenalina lumínica en “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, con el estadio convertido en un auténtico boliche, en otro momento culminante que incluyó cita a “Two tribes” de Frankie goes to Hollywood. Durante “City of blinding…” Bono hizo subir a otra chica, que esta vez fue la privilegiada destinataria del “You look so beautiful tonight”
Luego, el redoble más famoso de la historia dio por inicio a “Sunday, bloody Sunday” que significó el momento más político del show, con la mención a la liberación de Aung San Suu Kyi en Birmania, una de las causas que la banda asumió como propias y un final con “Scarlet” y el escenario rodeado de velas con el símbolo de Amnesty International. Pasó “Walk on” y luego “One” con la gente elevando sus celulares y cantando con lo que quedaba de voz, una de las más bellas canciones que los irlandeses hayan creado. Y otro clásico: “Where the streets have no names” que bien podría estar dedicado a La Plata, aunque algún fundamentalista platense diga que allí, las calles sí tienen nombre.
Le siguió un video lisérgico que cuando se apagó, mostró a la banda regresando desapercibida, con Bono cantando “Ultraviolet” con un micrófono rodeado por un círculo rojo, que parecía un volante iluminado, y que también le sirvió para improvisar alguna pirueta gimnástica. Micrófono que se volvió azul para otro clásico: “With or without you” (algún día me gustaría que esos DJ’s adeptos a mezclar canciones, cruce esta con “Heroes”, hay algo en el pulso del bajo que las une). El final fue, al igual que el miércoles con “Moment of surrender” en un cierre de alta emotividad y un lujo que no puede darse cualquier banda con más de treinta años de trayectoria: terminar un concierto con un tema de su último disco. Y mientras Bono se despedía al grito de “Aguante La Plata” (lo pongo con mayúsculas porque quiero creer que él también lo pensó así), la gente se amuchaba para irse, sabiendo que el regreso iba a ser más que complicado. Yo hice lo mismo, porque si perdía la combi que me traía de regreso a Buenos Aires, quedaba más perdido que Stevie Wonder en Parque Chas.