La pantalla semicircular muestra la imagen de una chica desnuda que baila en la ruta. De a poco mientras las luces y la música acompañan su danza leve, la chica se va colocando en posición de parto y su vagina, que queda en primer plano, va ganando en tamaño y se convierte en gigante y multicolor. (Así que estos eran los famosos labios en llama? Mirá vos que ingenuo yo!) A través de ella “nacen” al escenario de a uno los músicos y toman lugar frente a sus instrumentos. Wayne Coyne aparece envuelto en una placenta transparente que se infla y se transforma en una burbuja espacial. Él la mueve desde adentro, a lo Peter Gabriel recorriendo el escenario para, explanada mediante, lanzarse sobre el público que se abalanza sobre ella y la hace pasar por encima de cada uno de los concurrentes, al menos de los que están más cerca del escenario. De regreso el cantante se libera, y mientras suenan los acordes de “The fear”, durante los siguientes minutos se podrán ver en escena: dos grupos de unos diez bailarines vestidos de naranja, mujeres y hombres, uno de ellos con barba beduina y hasta un enano; cada grupo a un lado del escenario, lugar en el cual agitarán sus brazos, animarán a la gente y bailaran por el resto de la noche, incluso rodeando a un alien inflable. Un bajista que toca sentado y un guitarrista que saluda con voz de Buonanotte. Un cantante que en sus movimientos toma la máquina de humo y convierte el escenario en una nube espesa, o que dispara con sus lanza-serpentinas de largo alcance, mientras decenas de globos recorren las cabezas de la gente, y que cuando explotan liberan miles de papelitos multicolores. Ese cantante además tienen una cámara en el micrófono y su imagen en primer plano se va a agigantar en la pantalla trasera como si fuera uno de los impertinentes hermanos que conducen MDQ. Se trata obviamente de Wayne Coyne, que como si fuera poco, si uno lo mira al descuido tiene un aire a Tim Burton y quien en un momento va a aparecer encaramado en los hombros de un oso, mientras decenas de flashes se disparan sobre nuestros ojos dejándolos perplejos. Para completar la escena, el paisaje se aúna con la propuesta y los trenes hacen sonar sus bocinas, mientras aparecen y desaparecen a un lado y al otro, por detrás del escenario.
El show de The Flaming Lips había comenzado de manera inusual: los músicos, Coyne incluído, hacían las últimas pruebas de micrófono sobre el escenario. En un momento Wayne Coyne llamó a una traductora que titubeante (mi pobre inglés entendía mejor lo que decía al americano, que la balbuceante traducción de la chica) para advertir que el show utilizaba fuertes luces y que en caso de convulsiones entre el público, lo que había que hacer era….no mirar. La gente, mientras tanto, recibió el anuncio de las convulsiones con un enorme griterío. Insólito comienzo, casi desmitificador para los grupos de rock que suelen hacer de su entrada al escenario un plato fuerte, pero claro, el inicio del concierto es tan fuerte desde lo visual que a los pocos minutos nadie se va a acordar de esto.
Hasta ahora solo me referí a la parafernalia que rodea a la banda, pero es indispensable decir que si esta apuesta sonora y lumínica funciona es porque detrás hay una banda de rock extraordinaria, que ha sabido absorber las mejores influencias y hacen de su música una especie de psicodelia progresiva que consigue trasladarse a escena con fidelidad y desenfado. Que han grabado una decena de discos magníficos, muchos de ellos indispensables, y que se toman tiempo para “entretenerse” con proyectos alternativos, como la reciente colaboración en un EP con los Neon Indian, o para grabar su propia versión de un clásico como “The dark side of the moon” y salir siempre bien parados. Basta introducirse en los primeros temas del show, como “Warm mountain” o “”Silver trembling hands” ambas de “Embryonic” (2009) para comprender que todo, música y escena, son parte de un solo conjunto, de un espectáculo que significa una experiencia sensorial incomparable con cualquier concierto que hayamos presenciado antes en nuestras vidas.
“She dont’s use Jelly” nos transporta al primer Flaming Lips, en la primera mitad de los ’90, y “The yeah, yeah, yeah song” encuentra al público por primera vez saltando y cantando, después de contemplar atónito el bombardeo inicial. Y todo el despliegue desaparece gradualmente, para que sea solo la melodía de la bellísima “Yoshimi battle the pink robots pt.1” la que produzca un momento de mágico encantamiento, mientras Coyne toca la acústica pasando la mano dentro de un globo transparente que cubre la parte delantera de su guitarra. Hacia el final de “See the leaves”, Wayne Coyne aparece con dos manos gigantes que disparan decenas de rayos laser y que apuntan contra un bola de espejos que desciende sobre el escenario y multiplica esos rayos consiguiendo un momento fascinante desde lo visual.
El bajo de “The ego’s last stand” marca el pulso del ingreso al momento más progresivo de la noche, cuando la canción se vuelve estallido, retorna a una calma siempre psicodélica y deriva en la descomunal “Pompeii Am Göotterdämmerung” de “At the war the mystics” (2006), que nos transporta hipnotizados al Pink Floyd circa “Animals”, mientras Wayne Coney golpea un gong gigante que despide luces multicolores desde su circunferencia y se acopla al bombardeo lisérgico de flashes que cubre el escenario. El final del show empieza su recorrido final como la contracara de todo lo visto hasta entonces, con el escenario en penumbras, nosotros ya entregados al hechizo que propone la banda, y la melodía sugerente de “What is the light” que gana de poco en intensidad mientras la pantalla recuerda, palabra por palabra, la letra que pregunta “What is the light that you have shinning around you? Is it chemically derived?”. El instrumental “The observer” termina por redondear el concierto.
Los bises fueron dos: primero el éxtasis absoluto de “Race for the prize” en donde todo lo visto hasta el momento se multiplica por mil, las serpentinas caen de todos lados, cañones lanzan papelitos de a millones y los flashes y las luces descargan todo su potencial mientras la gente corea eufórica el riff del teclado. Y luego la encantadora “Do you realize?” que se prolonga interminable, con la gente es absoluto estado de hipnosis cantando junto a Coyne que amaga con irse y empieza nuevamente, sabiendo que es un final que nos va a dejar a todos con ganas, pero que necesariamente tiene que terminar en esa adormecedora melodía que se volvió clásico desde el dia que salió “Yoshimi battle the pink robots”, allá por el año 2002.
Presenciar a los Flaming Lips es una experiencia única. Un show impecable al que solo puede achacársele alguna debilidad en el volumen, especialmente al comienzo del show, pero que sabemos que reclamar es una batalla perdida mientras en esta ciudad sigamos bajo los designios de Nuestro Señor de las Bicisendas.
A la salida veo a una chica con una nena en brazos que debe tener unos dos años y me imagino, después de tanta serpentina y tanto globo, lo difícil que será para esa madre conseguir pelotero que conforme a esa nena somnolienta los próximos cumpleaños. Se lo digo y la chica sonríe. Sonríe y me dice que la nena está acostumbrada, cosa que llevó a preguntarme sobre qué tipo de hongos crecerán en su jardín. Después apuré mis pasos porque temía que algún monstruo de luz haya cobrado forma a mis espaldas y me estuviera persiguiendo. A la salida, las balizas giratoria de los patrulleros me parecen apenas débiles luciérnagas. Mientras tanto mi mente me devuelve el recuerdo de un gran show anterior de Massacre, aunque a esa hora no podía asegurar que haya ocurrido en el mismo lugar ni en el mismo tiempo.
miércoles, 6 de abril de 2011
domingo, 3 de abril de 2011
U2 en el Estadio Unico de La Plata
Apenas entré, todavía de tarde, al lugar del concierto de U2 descubrí que parece hecho a medida de la puesta en escena del 360º tour. “The claw” y el Estadio Único se llevan de maravillas. El escenario es impactante. Uno espera eso de U2, pero siempre doblan la apuesta y terminan por sorprender igual. La estructura que ellos arman en tres días parece una obra pública de esas que acá se proyectan para dos años y terminan haciéndose en diez y costando el triple. El mismo Estadio Único es buen ejemplo de esto. Empiezo por contar esto, porque no creo que se aun hecho menor. En definitiva: buena acústica, se ve bien de todos lados y encima está rodeado por vecinos de clase media, con lo cual, si algún día se quejan de las vibraciones en el suelo, no habrá Rodriguez Larreta que les de pelota.
Excelente elección la de Muse como teloneros. Porque se trata de una banda que (HAARP mediante) demostró que los estadios le sientan perfecto. Yo los había visto en el Gran Rex en un punto más alto de su carrera (“The resistance” es, definitivamente, un paso atrás), y tengo que decir que los cuarenta minutos de anoche fueron poco. Aunque al comienzo la voz de Bellamy no fue ayudada por mezcla, para la altura de “Time is running out” ya mostraban lo mejor de sí. Levantaron al público con “Uprising” y “Starlight” y cerraron con la arrolladora “Knyghts of Cydonia”. Una presentación que, a diferencia de lo que pasó con Franz Ferdinand en 2006, acaparó la atención del público que no los conocía a fondo (más de uno hoy anda en Taringa! bajando sus discos) e hicieron las delicias de los suyos, que no fueron pocos: ví muchas, pero muchas en serio, remeras de Muse en el estadio.
Ya con el estadio repleto, la espera estuvo amenizada, como toda la tarde, por música clásica variada (Sinfonía 40 de Mozart, Bolero de Ravel) que parecía de esos compilados de “Los mejores 100 momentos de la música clásica” que se venden por TV compras. Ya acercándose el momento del show se escuchó a REM y una sorpresa que provocó el primer estremecimiento: el riff de “De música ligera” levantó a la gente que saltó y cantó como si estuviese en un show de Soda. Regalo inusual para una banda extranjera y que sirvió para complementar el rezo por la salud de Gustavo Cerati que Bono hiciera en el show del Miércoles. Después lo sabido, el 360º tour.
Si la puesta en escena tenía pretensiones épicas, la melodía del “Space oddity” de Bowie que antecede la salida de los músicos termina por coronarlo. Ya en escena los irlandeses muestras de entrada sus dos versiones: primero la experimentación made in “Achtung baby” con “Even better than you real thing” Y después la frescura de sus inicios con “New year day”. “Magnificent” nació para himno de estadio y “Mysterious ways” nos devuelve a “Achtung baby”, un disco que está cumpliendo 20 años y como a los mejores vinos, el paso del tiempo no hace más que enriquecerlo.
El setlist es un repaso de buena parte de los hits de su carrera sin olvidar que, entre otras cosas, hay un excelente “No line on the horizon” para presentar. “Get on your boots” será el primer gesto en ese sentido. “Elevation” levanta al público por primera vez y con “I still haven’t found what I’m looking for” (con cita a “Stand by me”) la magnificencia de la puesta se rompe para colocar a la banda en una relación íntima con el público. Situación que se complementa cuando Bono hace subir a una chica para hacerla leer dos estrofas de “Gracias a la vida”, dedicada a una cantante que “ya no está” (Bono no nombró a Mercedes Sosa). Desconozco si el corazón de la chica sobrevivió al episodio, pero yo me quedo con una curiosidad: Bono y Hugo Chavez rescataron en la misma semana y en la misma ciudad, los mismos versos de Violeta Parra.
Que U2 es un mecanismo perfecto no es ninguna novedad. Relacionándolo con el lugar del concierto, se podría decir que U2 es Estudiantes de la Plata. Sólido, que no te da respiro en ningún tramo de la noche y cuando es necesario contundente. Contundencia que aparece cuando suenan temas como “Get on your boots”, o más tarde, “Elevation”, pero que no pierde eficacia cuando el show apela a lo emotivo. En ese sentido no hubo manera de no sentir como la piel se erizaba con la preciosa versión acústica de “Stuck in a moment”, con dedicatoria a Michael Hutchcence. “It’s just a moment this time will pass…and never tears apart” cantó Bono en el final. “Beautiful day” fue la encargada de cerrar a puro salto ese tramo del concierto. La base Clayton-Mullen no es solo monolítica sino que es corazón de la banda, la guitarra de The Edge inventa sonidos todo el tiempo, y Bono es un frontman de esos a los que ninguna situación les queda grande. Y si alguien duda, busque en Youtube alguno de los cientos de videos que debe haber de la interpretación de “Miss Sarajevo”, haciendo gala de sus tonos operísticos y consiguiendo que el recinto permanezca en un silencio perplejo de respeto y admiración.
Lo más sorprendente es la manera en que Bono y los suyos consiguen que la gigantesca parafernalia que los rodea se limite a ponerse al servicio de la música. Algo que yo no había podido percibir desde mi pésima ubicación en el “Vértigo tour” y que ahora, con una puesta más pretenciosa aún, fue una sensación tan natural como evidente. Los efectos, los bombardeos lumínicos de una estructura que desde sus “garras” despide luces como fogonazos, que tiene una pantalla superior que a veces desciende hasta quedar sobre la cabeza de los músicos, los puentes móviles que unen al escenario con el anillo que lo rodea (cuando Bono y The Edge buscan tocarse estirándose desde cada uno de los puentes, son dos chicos jugando en su parque de diversiones), todo es un complemento de una banda de rock, que desde el centro de la estructura, literalmente te pasa por arriba. El momento crucial en cuanto al lucimiento de “The claw” fue la triada “City of blinding lights”, “Vertigo” (perdón Japon, si volvió a temblar, esta vez fuimos nosotros desde el otro lado), y el éxtasis de adrenalina lumínica en “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, con el estadio convertido en un auténtico boliche, en otro momento culminante que incluyó cita a “Two tribes” de Frankie goes to Hollywood. Durante “City of blinding…” Bono hizo subir a otra chica, que esta vez fue la privilegiada destinataria del “You look so beautiful tonight”
Luego, el redoble más famoso de la historia dio por inicio a “Sunday, bloody Sunday” que significó el momento más político del show, con la mención a la liberación de Aung San Suu Kyi en Birmania, una de las causas que la banda asumió como propias y un final con “Scarlet” y el escenario rodeado de velas con el símbolo de Amnesty International. Pasó “Walk on” y luego “One” con la gente elevando sus celulares y cantando con lo que quedaba de voz, una de las más bellas canciones que los irlandeses hayan creado. Y otro clásico: “Where the streets have no names” que bien podría estar dedicado a La Plata, aunque algún fundamentalista platense diga que allí, las calles sí tienen nombre.
Le siguió un video lisérgico que cuando se apagó, mostró a la banda regresando desapercibida, con Bono cantando “Ultraviolet” con un micrófono rodeado por un círculo rojo, que parecía un volante iluminado, y que también le sirvió para improvisar alguna pirueta gimnástica. Micrófono que se volvió azul para otro clásico: “With or without you” (algún día me gustaría que esos DJ’s adeptos a mezclar canciones, cruce esta con “Heroes”, hay algo en el pulso del bajo que las une). El final fue, al igual que el miércoles con “Moment of surrender” en un cierre de alta emotividad y un lujo que no puede darse cualquier banda con más de treinta años de trayectoria: terminar un concierto con un tema de su último disco. Y mientras Bono se despedía al grito de “Aguante La Plata” (lo pongo con mayúsculas porque quiero creer que él también lo pensó así), la gente se amuchaba para irse, sabiendo que el regreso iba a ser más que complicado. Yo hice lo mismo, porque si perdía la combi que me traía de regreso a Buenos Aires, quedaba más perdido que Stevie Wonder en Parque Chas.
Excelente elección la de Muse como teloneros. Porque se trata de una banda que (HAARP mediante) demostró que los estadios le sientan perfecto. Yo los había visto en el Gran Rex en un punto más alto de su carrera (“The resistance” es, definitivamente, un paso atrás), y tengo que decir que los cuarenta minutos de anoche fueron poco. Aunque al comienzo la voz de Bellamy no fue ayudada por mezcla, para la altura de “Time is running out” ya mostraban lo mejor de sí. Levantaron al público con “Uprising” y “Starlight” y cerraron con la arrolladora “Knyghts of Cydonia”. Una presentación que, a diferencia de lo que pasó con Franz Ferdinand en 2006, acaparó la atención del público que no los conocía a fondo (más de uno hoy anda en Taringa! bajando sus discos) e hicieron las delicias de los suyos, que no fueron pocos: ví muchas, pero muchas en serio, remeras de Muse en el estadio.
Ya con el estadio repleto, la espera estuvo amenizada, como toda la tarde, por música clásica variada (Sinfonía 40 de Mozart, Bolero de Ravel) que parecía de esos compilados de “Los mejores 100 momentos de la música clásica” que se venden por TV compras. Ya acercándose el momento del show se escuchó a REM y una sorpresa que provocó el primer estremecimiento: el riff de “De música ligera” levantó a la gente que saltó y cantó como si estuviese en un show de Soda. Regalo inusual para una banda extranjera y que sirvió para complementar el rezo por la salud de Gustavo Cerati que Bono hiciera en el show del Miércoles. Después lo sabido, el 360º tour.
Si la puesta en escena tenía pretensiones épicas, la melodía del “Space oddity” de Bowie que antecede la salida de los músicos termina por coronarlo. Ya en escena los irlandeses muestras de entrada sus dos versiones: primero la experimentación made in “Achtung baby” con “Even better than you real thing” Y después la frescura de sus inicios con “New year day”. “Magnificent” nació para himno de estadio y “Mysterious ways” nos devuelve a “Achtung baby”, un disco que está cumpliendo 20 años y como a los mejores vinos, el paso del tiempo no hace más que enriquecerlo.
El setlist es un repaso de buena parte de los hits de su carrera sin olvidar que, entre otras cosas, hay un excelente “No line on the horizon” para presentar. “Get on your boots” será el primer gesto en ese sentido. “Elevation” levanta al público por primera vez y con “I still haven’t found what I’m looking for” (con cita a “Stand by me”) la magnificencia de la puesta se rompe para colocar a la banda en una relación íntima con el público. Situación que se complementa cuando Bono hace subir a una chica para hacerla leer dos estrofas de “Gracias a la vida”, dedicada a una cantante que “ya no está” (Bono no nombró a Mercedes Sosa). Desconozco si el corazón de la chica sobrevivió al episodio, pero yo me quedo con una curiosidad: Bono y Hugo Chavez rescataron en la misma semana y en la misma ciudad, los mismos versos de Violeta Parra.
Que U2 es un mecanismo perfecto no es ninguna novedad. Relacionándolo con el lugar del concierto, se podría decir que U2 es Estudiantes de la Plata. Sólido, que no te da respiro en ningún tramo de la noche y cuando es necesario contundente. Contundencia que aparece cuando suenan temas como “Get on your boots”, o más tarde, “Elevation”, pero que no pierde eficacia cuando el show apela a lo emotivo. En ese sentido no hubo manera de no sentir como la piel se erizaba con la preciosa versión acústica de “Stuck in a moment”, con dedicatoria a Michael Hutchcence. “It’s just a moment this time will pass…and never tears apart” cantó Bono en el final. “Beautiful day” fue la encargada de cerrar a puro salto ese tramo del concierto. La base Clayton-Mullen no es solo monolítica sino que es corazón de la banda, la guitarra de The Edge inventa sonidos todo el tiempo, y Bono es un frontman de esos a los que ninguna situación les queda grande. Y si alguien duda, busque en Youtube alguno de los cientos de videos que debe haber de la interpretación de “Miss Sarajevo”, haciendo gala de sus tonos operísticos y consiguiendo que el recinto permanezca en un silencio perplejo de respeto y admiración.
Lo más sorprendente es la manera en que Bono y los suyos consiguen que la gigantesca parafernalia que los rodea se limite a ponerse al servicio de la música. Algo que yo no había podido percibir desde mi pésima ubicación en el “Vértigo tour” y que ahora, con una puesta más pretenciosa aún, fue una sensación tan natural como evidente. Los efectos, los bombardeos lumínicos de una estructura que desde sus “garras” despide luces como fogonazos, que tiene una pantalla superior que a veces desciende hasta quedar sobre la cabeza de los músicos, los puentes móviles que unen al escenario con el anillo que lo rodea (cuando Bono y The Edge buscan tocarse estirándose desde cada uno de los puentes, son dos chicos jugando en su parque de diversiones), todo es un complemento de una banda de rock, que desde el centro de la estructura, literalmente te pasa por arriba. El momento crucial en cuanto al lucimiento de “The claw” fue la triada “City of blinding lights”, “Vertigo” (perdón Japon, si volvió a temblar, esta vez fuimos nosotros desde el otro lado), y el éxtasis de adrenalina lumínica en “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, con el estadio convertido en un auténtico boliche, en otro momento culminante que incluyó cita a “Two tribes” de Frankie goes to Hollywood. Durante “City of blinding…” Bono hizo subir a otra chica, que esta vez fue la privilegiada destinataria del “You look so beautiful tonight”
Luego, el redoble más famoso de la historia dio por inicio a “Sunday, bloody Sunday” que significó el momento más político del show, con la mención a la liberación de Aung San Suu Kyi en Birmania, una de las causas que la banda asumió como propias y un final con “Scarlet” y el escenario rodeado de velas con el símbolo de Amnesty International. Pasó “Walk on” y luego “One” con la gente elevando sus celulares y cantando con lo que quedaba de voz, una de las más bellas canciones que los irlandeses hayan creado. Y otro clásico: “Where the streets have no names” que bien podría estar dedicado a La Plata, aunque algún fundamentalista platense diga que allí, las calles sí tienen nombre.
Le siguió un video lisérgico que cuando se apagó, mostró a la banda regresando desapercibida, con Bono cantando “Ultraviolet” con un micrófono rodeado por un círculo rojo, que parecía un volante iluminado, y que también le sirvió para improvisar alguna pirueta gimnástica. Micrófono que se volvió azul para otro clásico: “With or without you” (algún día me gustaría que esos DJ’s adeptos a mezclar canciones, cruce esta con “Heroes”, hay algo en el pulso del bajo que las une). El final fue, al igual que el miércoles con “Moment of surrender” en un cierre de alta emotividad y un lujo que no puede darse cualquier banda con más de treinta años de trayectoria: terminar un concierto con un tema de su último disco. Y mientras Bono se despedía al grito de “Aguante La Plata” (lo pongo con mayúsculas porque quiero creer que él también lo pensó así), la gente se amuchaba para irse, sabiendo que el regreso iba a ser más que complicado. Yo hice lo mismo, porque si perdía la combi que me traía de regreso a Buenos Aires, quedaba más perdido que Stevie Wonder en Parque Chas.
viernes, 1 de abril de 2011
Jane's Addiction en el Anfiteatro Costanera Sur
Si uno consulta a cualquier asociación de defensa del consumidor, sabrá que las compañías de telefonía celular son las líderes en cuanto a reclamos. Ya se sabe: planes poco claros, promociones confusas, etc, etc. Pero si a mí me decían que mi compañía de teléfono celular me iba a regalar un concierto de Jane’s Addiction, no hubiera tenido problemas de firmar un contrato de por vida, a la manera de un Fausto 2.0. Aunque en lugar del diablo, estaría Movistar del otro lado. Bueno…no quiero hilar muy fino, no sea cosa que sean lo mismo, solo que en su versión tradicional, el señor de las tinieblas te entregue poder y mujeres, y en su versión moderna te regale minutos libes y SMS. Y recitales, claro. Porque de eso se trata esta crónica.
Llegué cuando estaba terminando Bicicletas. A lo lejos escuchaba el riff de “Araña negra” y pensé: yo los voté para que sean soporte (era una de las maneras de conseguir entradas) y ahora me los pierdo. Lástima. Lástima por dos motivos: por habérmelos perdido y por tener que presenciar el show de Edward Shape and The Magnetic Zeros. Si nosotros como público éramos la comunidad Movistar, ellos eran la Comunidad de la estrella Movi. Uno hippies fundamentalistas con un cantante que…como decirlo? Vicentico bajando del techo después de cambiarle la membrana asfáltica a la terraza durante la peor tarde de un verano de Enero, es Michael Buble al lado de este tipo. Exagero? Puede ser, pero el día que los recitales de rock sean auspiciados por empresas de grifería, se tiene que buscar otro laburo. O vivir de lo que coseche, para ser más justo. Canciones folkies, con algún rastro lejano de psicodelia. Arreglos a veces exagerados de cuerdas. Melodías que se pierden y de pronto estallan en estribillos tipo “Hair”. Alegres, eso sí. No me gustaron y fuimos varios. Pero algunos bailaron levemente y aplaudieron, lo reconozco.
A las 21hs en punto se descolgó un telón negro que cubría el escenario y Jane´s Addiction arrancó con “Whores”. Sonido poderoso marca registrada. Del techo colgaban atadas una rubia y una morocha enfundadas en cuero. BDSM & Rock and roll. Perry Farrell con pañuelito al cuello y musculosa negra presenta un look que a sus más de 50 empieza a darle un tono pendeviejo que le queda bárbaro. Gran performer, timbre inconfundible y simpatía al por mayor. Dialogó mucho con el público en un esforzado español. Recordó su visita como DJ a Pachá a principios de siglo y bromeó acerca de Justin Bieber. Preguntó si la chica encaramada en los hombros que estiraba los brazos hacia él era su regalo de cumpleaños, a lo que la gente le respondió con el “Happy birthday…” de ocasión. Recomendó irónico no beber y reservar el sexo para después del matrimonio. Se acercó al público para que lo toqueteen, se revolcó por el piso y se entregó a las chicas amordazadas, que volvieron para bailar provocativas delante de una imagen religiosa. Si Bergoglio estuvo anoche, hoy se pasa a Personal.
Stephen Perkins se desloma detrás de sus tambores y Chris Chaney hace que no extrañemos a Eric Avery. Y además está Dave Navarro. Un animal. Cualquier cosa que yo haya pensado de él hasta ayer queda chica cuado uno está frente a esa guitarra del infierno. Cada acorde y cada riff que sale de su instrumento se te mete en el cuerpo como una descarga eléctrica. Los solos son saguinarios, pero además como guitarrista rítmico se pone a la altura de Hendrix. Un lujo poder verlo sobre el escenario, en donde se comporta como la contracara de Farrell. Parco, escondiendo la mirada bajo un sombrero que no se saca en todo el show. Fumando y apenas devolviendo una sonrisa y un tímido “thank you” a los halagos del público. Hasta mira apenas de reojo a las chicas cuando bailan a su lado, claro que después de Carmen Electra es lógico que nada lo sorprenda.
El set fue tan clásico como breve. “Ain’t no right” provocó el primer pogo. Lo mismo pasó con “Been caught stealing”. Hubo momentos más densos como “Ted, just admit it…” y hasta un tema nuevo: “End to the lies” con una guitarra espesa sobrecargada de efectos. “Three days” fue la encargada de ponerle música al baile sacrílego de Farell, y “Superhero”, “Ocean size”, “Then she did” y “Mountain song” fueron auténticas andanadas de una energía descomunal. Se fueron del escenario para regresar con “Stop” y arrasar con lo poco que quedaba en pie. Y le dieron a un concierto desbordado de energía, un cierre minimalista y acústico con “Jane says”. Me hubiese gustado un cierre más arriba. “Just because” por ejemplo no hubiese estado nada mal. Pero se trató de apenas una hora y media, y además gratis. Nada para reprochar. Primer paso de Jane's Addiction por el país, al que llegaron de rebote, porque vinieron en realidad a Chile, a la versión Sudamericana del “Lollapalooza”, aquel festival que Farell ideara en los ’90 que alcanzó dimensiones míticas.
El resto de las empresas de las van a tener que esforzarse mucho para que cambie de compañía de celular. Resucitar a Hendrix o a Zappa, como mínimo. Porque estos tipos de Movistar, de los cuales no esperaba más que una banda tributo a Styx, me trajeron a Jane’s Addiction! Inesperado por donde se lo mire. Aunque pensándolo bien, tiene algo de lógica. Porque para qué nos vamos a engañar, si aquella advertencia que inauguraba “Ritual de lo habitual” y que decía “Señores y señoras, nosotros tenemos más influencia con sus hijos, de la que tu tienes” hoy se ajusta mejor a la compañía que auspicia el concierto, que a cualquier banda de rock del planeta.
Llegué cuando estaba terminando Bicicletas. A lo lejos escuchaba el riff de “Araña negra” y pensé: yo los voté para que sean soporte (era una de las maneras de conseguir entradas) y ahora me los pierdo. Lástima. Lástima por dos motivos: por habérmelos perdido y por tener que presenciar el show de Edward Shape and The Magnetic Zeros. Si nosotros como público éramos la comunidad Movistar, ellos eran la Comunidad de la estrella Movi. Uno hippies fundamentalistas con un cantante que…como decirlo? Vicentico bajando del techo después de cambiarle la membrana asfáltica a la terraza durante la peor tarde de un verano de Enero, es Michael Buble al lado de este tipo. Exagero? Puede ser, pero el día que los recitales de rock sean auspiciados por empresas de grifería, se tiene que buscar otro laburo. O vivir de lo que coseche, para ser más justo. Canciones folkies, con algún rastro lejano de psicodelia. Arreglos a veces exagerados de cuerdas. Melodías que se pierden y de pronto estallan en estribillos tipo “Hair”. Alegres, eso sí. No me gustaron y fuimos varios. Pero algunos bailaron levemente y aplaudieron, lo reconozco.
A las 21hs en punto se descolgó un telón negro que cubría el escenario y Jane´s Addiction arrancó con “Whores”. Sonido poderoso marca registrada. Del techo colgaban atadas una rubia y una morocha enfundadas en cuero. BDSM & Rock and roll. Perry Farrell con pañuelito al cuello y musculosa negra presenta un look que a sus más de 50 empieza a darle un tono pendeviejo que le queda bárbaro. Gran performer, timbre inconfundible y simpatía al por mayor. Dialogó mucho con el público en un esforzado español. Recordó su visita como DJ a Pachá a principios de siglo y bromeó acerca de Justin Bieber. Preguntó si la chica encaramada en los hombros que estiraba los brazos hacia él era su regalo de cumpleaños, a lo que la gente le respondió con el “Happy birthday…” de ocasión. Recomendó irónico no beber y reservar el sexo para después del matrimonio. Se acercó al público para que lo toqueteen, se revolcó por el piso y se entregó a las chicas amordazadas, que volvieron para bailar provocativas delante de una imagen religiosa. Si Bergoglio estuvo anoche, hoy se pasa a Personal.
Stephen Perkins se desloma detrás de sus tambores y Chris Chaney hace que no extrañemos a Eric Avery. Y además está Dave Navarro. Un animal. Cualquier cosa que yo haya pensado de él hasta ayer queda chica cuado uno está frente a esa guitarra del infierno. Cada acorde y cada riff que sale de su instrumento se te mete en el cuerpo como una descarga eléctrica. Los solos son saguinarios, pero además como guitarrista rítmico se pone a la altura de Hendrix. Un lujo poder verlo sobre el escenario, en donde se comporta como la contracara de Farrell. Parco, escondiendo la mirada bajo un sombrero que no se saca en todo el show. Fumando y apenas devolviendo una sonrisa y un tímido “thank you” a los halagos del público. Hasta mira apenas de reojo a las chicas cuando bailan a su lado, claro que después de Carmen Electra es lógico que nada lo sorprenda.
El set fue tan clásico como breve. “Ain’t no right” provocó el primer pogo. Lo mismo pasó con “Been caught stealing”. Hubo momentos más densos como “Ted, just admit it…” y hasta un tema nuevo: “End to the lies” con una guitarra espesa sobrecargada de efectos. “Three days” fue la encargada de ponerle música al baile sacrílego de Farell, y “Superhero”, “Ocean size”, “Then she did” y “Mountain song” fueron auténticas andanadas de una energía descomunal. Se fueron del escenario para regresar con “Stop” y arrasar con lo poco que quedaba en pie. Y le dieron a un concierto desbordado de energía, un cierre minimalista y acústico con “Jane says”. Me hubiese gustado un cierre más arriba. “Just because” por ejemplo no hubiese estado nada mal. Pero se trató de apenas una hora y media, y además gratis. Nada para reprochar. Primer paso de Jane's Addiction por el país, al que llegaron de rebote, porque vinieron en realidad a Chile, a la versión Sudamericana del “Lollapalooza”, aquel festival que Farell ideara en los ’90 que alcanzó dimensiones míticas.
El resto de las empresas de las van a tener que esforzarse mucho para que cambie de compañía de celular. Resucitar a Hendrix o a Zappa, como mínimo. Porque estos tipos de Movistar, de los cuales no esperaba más que una banda tributo a Styx, me trajeron a Jane’s Addiction! Inesperado por donde se lo mire. Aunque pensándolo bien, tiene algo de lógica. Porque para qué nos vamos a engañar, si aquella advertencia que inauguraba “Ritual de lo habitual” y que decía “Señores y señoras, nosotros tenemos más influencia con sus hijos, de la que tu tienes” hoy se ajusta mejor a la compañía que auspicia el concierto, que a cualquier banda de rock del planeta.
martes, 22 de marzo de 2011
Morcheeba en el Luna Park
Hablar de Morcheeba puede desorientar a más de un desprevenido que identifica a los londinenses con las versiones remixadas que amenizan anodinos after hours. Pero además un concierto de Morcheeba puede tomar de sorpresa al que haya encasillado a la banda en el soul melancólico que recorre buena parte de su discografía. Y si bien hubo mucho de eso anoche en el Luna Park, felizmente el show de Morcheeba transitó por varios estilos y combinando pasajes relajados con otros más festivos, que mostraron a la banda de buen humor en su regreso a la formación original. Porque si hay algo que se extrañaba de Morcheeba en los últimos años era la cadencia que le entrega el estilo vocal de Sky Edwards y que no pudo ser reemplazado ni con la prolijidad de Daisy Martey (a pesar que “The antidote” es un buen trabajo), ni las sumatoria de colaboraciones en “Dive deep”.
Estaba claro entonces que la estrella de la noche era Sky y así lo hicieron notar de entrada los músicos que pisaron el escenario y arrancaron con una breve introducción para que el ingreso de la cantante (con vestido rojo) sea aclamada con exclusividad por todo el público, para dar inicio al concierto con el clásico “The sea”. “Flocking to the sea crows of people wait for me” Introspectivo y melancólico el clima, acorde con el último trabajo del grupo “Blood like lemonade”. Pero bastó que Sky salude y los músicos dieran inicio a “Friction”, el reggae traído desde “Big calm”, para comprobar la otra versión de Morcheeba, de actitud extrovertida y que invita al público a participar cantando y aplaudiendo. El regreso de Edwards hacía obvio que el repertorio se repartiría entre el nuevo trabajo y los cuatro álbumes clásicos con la cantante, cosa que efectivamente ocurrió. Siguieron entonces “Otherwise” y “Never an easy way” desde el álbum debut, “Who can you trust”.
La primera aproximación al nuevo disco la hicieron con “Even though”, una melodía pop, bien easy-listening que los retrotrae a “The antidote”. Sky se pasea por el escenario y se bambolea levemente frente al mircrófono. No solo su voz está intacta, sino que su presencia no delata el paso de los años. Fresca y jovial como quince años atrás, interactúa con el público, sonríe y canta como los dioses. Como los dioses que cantan bien. En términos de sorpresa, la única fue el rescate del “Coming into Los Angeles” con que Arlo Guthrie se consagrara en Woodstock. Espíritu hippie y toques psicodélicos para abrir el abanico de estilos. Y a partir de allí un show sin respiros. El slide de Ross Godfrey anticipó el “Part of the process” que volvió a poner al estadio de pie. Después la vuelta al disco nuevo, con el irónico “Blood like lemonade” (Evil spirits flow he drank the blood like lemonade) que fue anticipado con un brindis con tequila. Y pensar que frente al Luna Park te niegan una cerveza cuatro horas antes del show….
Siguieron con “Self made man” y en “Show down” lo que hasta ese momento era impecable en la guitarra de Ross Godfrey, se volvió sublime. Y si faltaba algo para coronar el momento más intenso del concierto, la versión de “Crimson” se hizo cargo de eso. La voz de Sky abandonó la caricia aterciopelada de su tono casi susurrante y ganó en volumen y color. Y tengo que decir que Godfrey es un guitarrista descomunal. Delicado en cada arreglo, soberbio en cada intervención que tiene por objeto engalanar las melodías con que la voz de Edwards nos seduce. Pero además como líder musical de la banda maneja los climas de una manera extraordinaria. A partir de él Morcheeba nos embarca en ambientes sugerentes y de alta intensidad. Está claro que ese es el fuerte de la banda, pero percibir esa energía hipnótica que llega desde el escenario no deja de sorprender. Y es Ross Godfrey el responsable de ello, comportándose como una especie de David Guilmour del trip hop.
Para salir de ese clima Morcheeba recurrió al clásico “Trigger hippie”, para después dejar a Sky Edwards jugueteando con el público para “Beat of the drum”, canción que cierra “Blood like lemonade”. Típico jugueteo vocal de recital masivo. Primero los hombres (hombres, tipos, chongos, le hicieron decir), después la mujeres, ahora todos juntos. Eso sí, el jueguito funcionó solo a capella, porque una vez iniciado el tema, a la gente le costó horrores entrar en tiempo al estribillo. Y el cierre con “Blindfold” nos devolvió a la melancolía, con una Sky confidente susurrando “Three months in here cant’t match the tears. Time never lands, our love is all that stands now”. La cantante abandonó el escenario y la banda culminó el show en otro logrado clima “in crescendo”.
Para los bises arrancaron medidos con la acústica e íntima “Over & over” coreada por todo el estadio, y después se despacharon con una versión rockerísima de “Be yourself”. Pero el verdadero final sucedió cuando (previo canturreo a capella de Sky haciendo el estribillo de “I can see cleary now”, el clásico de Johnny Nash que hicieran Jimmy Cliff, Willie Nelson y Ray Charles, entre otros) el Luna Park se convirtió en una gigantesca pista de baile con “Rome wasn’t built in a day” en un cierre en pleno éxtasis gospel.
Honestamente esperaba menos. Acostumbrado al clima relajado que la música de Morcheeba provoca, o dicho al revés, el relax que provoca escuchar las canciones de Morcheeba, había llegado con una idea de concierto que, felizmente, superó cualquier expectativa previa. Morcheeba es una banda digna de ver sobre un escenario. Los jueguitos electrónicos y los remixes chill out, que se los guarden para los happy hour de Palermo.
Estaba claro entonces que la estrella de la noche era Sky y así lo hicieron notar de entrada los músicos que pisaron el escenario y arrancaron con una breve introducción para que el ingreso de la cantante (con vestido rojo) sea aclamada con exclusividad por todo el público, para dar inicio al concierto con el clásico “The sea”. “Flocking to the sea crows of people wait for me” Introspectivo y melancólico el clima, acorde con el último trabajo del grupo “Blood like lemonade”. Pero bastó que Sky salude y los músicos dieran inicio a “Friction”, el reggae traído desde “Big calm”, para comprobar la otra versión de Morcheeba, de actitud extrovertida y que invita al público a participar cantando y aplaudiendo. El regreso de Edwards hacía obvio que el repertorio se repartiría entre el nuevo trabajo y los cuatro álbumes clásicos con la cantante, cosa que efectivamente ocurrió. Siguieron entonces “Otherwise” y “Never an easy way” desde el álbum debut, “Who can you trust”.
La primera aproximación al nuevo disco la hicieron con “Even though”, una melodía pop, bien easy-listening que los retrotrae a “The antidote”. Sky se pasea por el escenario y se bambolea levemente frente al mircrófono. No solo su voz está intacta, sino que su presencia no delata el paso de los años. Fresca y jovial como quince años atrás, interactúa con el público, sonríe y canta como los dioses. Como los dioses que cantan bien. En términos de sorpresa, la única fue el rescate del “Coming into Los Angeles” con que Arlo Guthrie se consagrara en Woodstock. Espíritu hippie y toques psicodélicos para abrir el abanico de estilos. Y a partir de allí un show sin respiros. El slide de Ross Godfrey anticipó el “Part of the process” que volvió a poner al estadio de pie. Después la vuelta al disco nuevo, con el irónico “Blood like lemonade” (Evil spirits flow he drank the blood like lemonade) que fue anticipado con un brindis con tequila. Y pensar que frente al Luna Park te niegan una cerveza cuatro horas antes del show….
Siguieron con “Self made man” y en “Show down” lo que hasta ese momento era impecable en la guitarra de Ross Godfrey, se volvió sublime. Y si faltaba algo para coronar el momento más intenso del concierto, la versión de “Crimson” se hizo cargo de eso. La voz de Sky abandonó la caricia aterciopelada de su tono casi susurrante y ganó en volumen y color. Y tengo que decir que Godfrey es un guitarrista descomunal. Delicado en cada arreglo, soberbio en cada intervención que tiene por objeto engalanar las melodías con que la voz de Edwards nos seduce. Pero además como líder musical de la banda maneja los climas de una manera extraordinaria. A partir de él Morcheeba nos embarca en ambientes sugerentes y de alta intensidad. Está claro que ese es el fuerte de la banda, pero percibir esa energía hipnótica que llega desde el escenario no deja de sorprender. Y es Ross Godfrey el responsable de ello, comportándose como una especie de David Guilmour del trip hop.
Para salir de ese clima Morcheeba recurrió al clásico “Trigger hippie”, para después dejar a Sky Edwards jugueteando con el público para “Beat of the drum”, canción que cierra “Blood like lemonade”. Típico jugueteo vocal de recital masivo. Primero los hombres (hombres, tipos, chongos, le hicieron decir), después la mujeres, ahora todos juntos. Eso sí, el jueguito funcionó solo a capella, porque una vez iniciado el tema, a la gente le costó horrores entrar en tiempo al estribillo. Y el cierre con “Blindfold” nos devolvió a la melancolía, con una Sky confidente susurrando “Three months in here cant’t match the tears. Time never lands, our love is all that stands now”. La cantante abandonó el escenario y la banda culminó el show en otro logrado clima “in crescendo”.
Para los bises arrancaron medidos con la acústica e íntima “Over & over” coreada por todo el estadio, y después se despacharon con una versión rockerísima de “Be yourself”. Pero el verdadero final sucedió cuando (previo canturreo a capella de Sky haciendo el estribillo de “I can see cleary now”, el clásico de Johnny Nash que hicieran Jimmy Cliff, Willie Nelson y Ray Charles, entre otros) el Luna Park se convirtió en una gigantesca pista de baile con “Rome wasn’t built in a day” en un cierre en pleno éxtasis gospel.
Honestamente esperaba menos. Acostumbrado al clima relajado que la música de Morcheeba provoca, o dicho al revés, el relax que provoca escuchar las canciones de Morcheeba, había llegado con una idea de concierto que, felizmente, superó cualquier expectativa previa. Morcheeba es una banda digna de ver sobre un escenario. Los jueguitos electrónicos y los remixes chill out, que se los guarden para los happy hour de Palermo.
domingo, 20 de marzo de 2011
Chris Cain en La Trastienda
Lo confieso: hasta hace cuatro o cinco días atrás yo no tenía la menor idea de quién era Chris Cain. Y el mundo seguía girando, yo respirando, las placas tectónicas se movían, las centrales nucleares explotaban, las tapas de Clarín mentían y los premios nobeles de la paz bombardeaban países. Yo andaba indiferente por el mundo, sin preocuparme por la existencia o no de ese tal Chris Cain. La cosa es que días atrás lo escucho tocando en vivo en “Falso impostor”, el programa de Gillespie en Rock and Pop. Así, de lejos como habitualmente escucho la radio a esa hora, pero esa guitarra resultó imposible de ignorar. Subí el volumen y me quedé como un chico embobado frente a la radio, poniendo en riesgo al verdeo que se doraba en la sartén. Y ahí nomás me entero que toca en La Trastienda. Y me puse a googlear a ciegas (Gillepie pronuncia muy mal el inglés) hasta ver que el tipo existía de verdad, y me encontré con decenas de videos fantásticos. Y supe el mundo, o al menos el mío, no iba a poder ser el mismo sabiendo que semejante músico iba a tocar tan cerca y yo podía perdérmelo. Así que fui directo al sitio en donde vendían entradas para el show, que encima eran razonablemente accesibles. Y así llegué anoche a la trasnoche de La Trastienda.
La noche había arrancado mal. El “tanque” Pavone se había desgarrado, el remisse había decidido extender la demora hasta la eternidad y la picada previa no incluía todos los ingredientes prometidos. Blues de sábado por la noche. Un lamento urbano para ponerme a tono de la música por venir.
La Trastienda (con mesas) a pleno y mucha expectativa. La banda que acompañó a Cain fue la Nasta Super Blues Band, el conjunto liderado por Rafael Nasta, un referente importante de la escena local. Gustavo, acompañado por la sólida base integrada por Gabriel Cabiaglia en batería y Mauro Cerielo en bajo, más el aporte de ese pequeño Johnnie Johnson que es Walter Galeazzi (Chevy Rockets, entre otros), abrió el concierto con un par de temas como para calentar motores y ponerse a ritmo de la estrella de la noche. Chris Cain fue presentado por Nasta con una profunda muestra de admiración, relatando las circunstancias en que se conocieron en USA y las vicisitudes para concretar su llegada a Argentina, que además del cierre de anoche, incluyó conciertos en Mar del Plata, La Plata y Venado Tuerto.
Por mi desconocimiento no puedo hablar de lista de temas ni nombrar canciones. Pero sí contar lo que casi por dos horas sucedió en un escenario incendiado de blues. Si se trata de buscar referencias, se puede decir que Chis Cain toca como Albert King. Pero para situarlo generacionalmente, sería mejor decir que Chris Cain toca como Stevie Ray Vaughan cuando SRV se olvida de Hendrix y toca como Albert King. Pretenciosa y exagerada presentación? Youtubeen “Cris Cain” y después me cuentan. Y a esto hay que añadirle un plus ante sus colegas generacionales (su amigo Robben Ford, además de SRV, entre otros): su condición mestiza lo hace dueño de un timbre vocal de inconfundible raíz negra. Cain toca como Albert King, pero además canta como B.B. King.
Chris Cain subió al escenario con un jardinero de jean que le quedaba talle y medio grande. Sonrió e interactuó con los músicos como si los conociera de toda la vida; hermandad blusera sin fronteras. Agitó su cabeza como poseído (si es que no lo estaba) y marcó los cortes en los ritmos con golpes en sus pies, como si estuviera aplastando cucarachas. Se abrazó a su Gibson 335 al final de cada tema en pose ideal para la tapa de un disco. Tocó blues, rythm & blues y algo de funk. Inundó de intensidad el recinto con cada cuerda estirada y con la calidez de una voz grave y profunda. Expresividad en todos los sentidos posibles y maestría técnica acompañada de sentimiento arraigado en las raíces de un género que lleva en la sangre. Cuando dejó lugar para el lucimiento de Rafael Nasta, su acompañamiento rítmico resultó admirable. Demostró que además es un gran pianista en un blues a lo Ray Charles, acompañado solo por Nasta en la guitarra. Rafael contó además que toca el saxo, cosa que no pudimos disfrutar anoche. Abrazó a Gustavo Rubinstein, quien subió para hacerse cargo del bajo en un tema, y que después de haber acompañado a “Magic” Slim en 2007, sigue dándose gustos de los grandes.
Al final, después de un bis a banda completa, Chis Cain quedó solo en el escenario. Agradeció haberse sentido como en casa, cuando en realidad fue él el que nos transportó a la suya, haciéndonos sentir en ese Memphis de infancia en el que vio tocar a Muddy Waters y B.B. King, entre tantos. Tocó y cantó un tema más solo, y se quedó sentado al borde del escenario estrechando manos, recibiendo abrazos (más algún CD) y regalando púas. Madrugada con espíritu negro en San Telmo
Para terminar voy a ser explícito: si anoche no tuviste nada que hacer y te sobraban $ 60, aconsejo que se busquen un tramontina y te cortes los huevos. Y si no tenés a mano un cuchillo, arrancátelos de cuajo. Porque haberse perdido a Chris Cain merece como castigo tamaña autoflagelación. Y más también. Porque hasta hace una semana yo ni siquiera sabía quién era. Y ahora no sé cómo hice para vivir tanto tiempo ignorándolo.
La noche había arrancado mal. El “tanque” Pavone se había desgarrado, el remisse había decidido extender la demora hasta la eternidad y la picada previa no incluía todos los ingredientes prometidos. Blues de sábado por la noche. Un lamento urbano para ponerme a tono de la música por venir.
La Trastienda (con mesas) a pleno y mucha expectativa. La banda que acompañó a Cain fue la Nasta Super Blues Band, el conjunto liderado por Rafael Nasta, un referente importante de la escena local. Gustavo, acompañado por la sólida base integrada por Gabriel Cabiaglia en batería y Mauro Cerielo en bajo, más el aporte de ese pequeño Johnnie Johnson que es Walter Galeazzi (Chevy Rockets, entre otros), abrió el concierto con un par de temas como para calentar motores y ponerse a ritmo de la estrella de la noche. Chris Cain fue presentado por Nasta con una profunda muestra de admiración, relatando las circunstancias en que se conocieron en USA y las vicisitudes para concretar su llegada a Argentina, que además del cierre de anoche, incluyó conciertos en Mar del Plata, La Plata y Venado Tuerto.
Por mi desconocimiento no puedo hablar de lista de temas ni nombrar canciones. Pero sí contar lo que casi por dos horas sucedió en un escenario incendiado de blues. Si se trata de buscar referencias, se puede decir que Chis Cain toca como Albert King. Pero para situarlo generacionalmente, sería mejor decir que Chris Cain toca como Stevie Ray Vaughan cuando SRV se olvida de Hendrix y toca como Albert King. Pretenciosa y exagerada presentación? Youtubeen “Cris Cain” y después me cuentan. Y a esto hay que añadirle un plus ante sus colegas generacionales (su amigo Robben Ford, además de SRV, entre otros): su condición mestiza lo hace dueño de un timbre vocal de inconfundible raíz negra. Cain toca como Albert King, pero además canta como B.B. King.
Chris Cain subió al escenario con un jardinero de jean que le quedaba talle y medio grande. Sonrió e interactuó con los músicos como si los conociera de toda la vida; hermandad blusera sin fronteras. Agitó su cabeza como poseído (si es que no lo estaba) y marcó los cortes en los ritmos con golpes en sus pies, como si estuviera aplastando cucarachas. Se abrazó a su Gibson 335 al final de cada tema en pose ideal para la tapa de un disco. Tocó blues, rythm & blues y algo de funk. Inundó de intensidad el recinto con cada cuerda estirada y con la calidez de una voz grave y profunda. Expresividad en todos los sentidos posibles y maestría técnica acompañada de sentimiento arraigado en las raíces de un género que lleva en la sangre. Cuando dejó lugar para el lucimiento de Rafael Nasta, su acompañamiento rítmico resultó admirable. Demostró que además es un gran pianista en un blues a lo Ray Charles, acompañado solo por Nasta en la guitarra. Rafael contó además que toca el saxo, cosa que no pudimos disfrutar anoche. Abrazó a Gustavo Rubinstein, quien subió para hacerse cargo del bajo en un tema, y que después de haber acompañado a “Magic” Slim en 2007, sigue dándose gustos de los grandes.
Al final, después de un bis a banda completa, Chis Cain quedó solo en el escenario. Agradeció haberse sentido como en casa, cuando en realidad fue él el que nos transportó a la suya, haciéndonos sentir en ese Memphis de infancia en el que vio tocar a Muddy Waters y B.B. King, entre tantos. Tocó y cantó un tema más solo, y se quedó sentado al borde del escenario estrechando manos, recibiendo abrazos (más algún CD) y regalando púas. Madrugada con espíritu negro en San Telmo
Para terminar voy a ser explícito: si anoche no tuviste nada que hacer y te sobraban $ 60, aconsejo que se busquen un tramontina y te cortes los huevos. Y si no tenés a mano un cuchillo, arrancátelos de cuajo. Porque haberse perdido a Chris Cain merece como castigo tamaña autoflagelación. Y más también. Porque hasta hace una semana yo ni siquiera sabía quién era. Y ahora no sé cómo hice para vivir tanto tiempo ignorándolo.
domingo, 6 de marzo de 2011
Andrea Alvarez en Samsung Studio
Noche de estreno la de ayer para Andrea Alvarez. Estreno en el escenario del Samsung, de banda acompañante (al menos para shows propios) y de presentación del DVD gratuito que desde hace unas pocas semanas se puede descargar de su web www.andreaalvarez.com Y noche de cierre también. Porque el DVD significa también un paso adelante después de “Doble A”, el disco que editara en 2008. Expectativa por ver como sonaba la banda en un sitio ideal y por escucharla a Andrea en vivo después de aquella, ahora lejana, presentación del disco en Niceto.
Antes que nada, de qué se trata el DVD? De ocho temas grabados en vivo en el estudio ION y que funcionan como una especie de Andrea Alvarez from the basement. Comunión absoluta entre los músicos en un ambiente de intimidad. Allí en donde si no hay chispa ni magia, no hay manera de disimularlo. Ocho temas incluyendo un cover de Pappo, colaboraciones (Mariano Martinez de Ataque 77 y Richard Coleman) y el debut de la nueva formación del trío.
Con el antecedente de haber visto el video, tenía las mejores expectativas, y solo bastó el arranque con “Alter ego” para confirmar que no me iba a desilusionar. Energía y electricidad fulminantes. Lamentablemente un problema en el monitoreo de Andrea accidentó el comienzo y entonces con “Calladitos” fue como si el show hubiera empezado de nuevo. Y entonces sí que no hubo respiro. Siguieron “Dormís?” y “Esa belleza” del disco de 2006 en versiones atronadores. Aunque el disco “Doble A” ya mostraba un sonido demoledor, esta banda sube la apuesta y mejora la performance. Puede que la acústica del Samsung me lleve a ser injusto con el trío anterior, pero esa es la impresión que me quedó. Una ráfaga de rock primal, sanguíneo y brutal.
La banda incluye, además de Andrea en batería y voz, a León Peirone en la guitarra y al neoyorquino Lonnie Hillyer en el bajo, quien incluye en su currículum haber trabajado con, entre otro, Gordon Gano de Violent Femmes. Andrea, enfundada en leopardo, dirige al trío desde el centro del escenario, marca los tiempos y los climas, mira cómplice a Lonnie a quien tiene a sus espaldas, y canta en una especie de aullido agudo que no hace más que acrecentar la potencia del resultado final . Claro, esto solo cuando corresponde, porque también baja el tono en la interpretación de “Melody”, un remanso en medio de tanto ímpetu rockero. Pasan un “Doble A” irresistible y “Sapo”, una furiosa desmitificación de cuentos encantados (Sapo hermoso, ven hacia mí. Dame un beso y quédate así). Imposible no contagiarse la energía. Perdón, pero voy a exagerar un poco: si Jack White hubiera estado anoche en San Telmo le una patada en el orto a Meg y la tira al medio del océano.
Debo reconocer que extrañé “Aleluya”, pero sin Coleman no hubiera sido lo mismo. De hecho no hubo invitados a pesar que las colaboraciones en el disco y el DVD sugerían alguna presencia adicional. El final estuvo a la altura del show y dobló la energía en todo sentido. “Brindemos” (de “Dormis?-2006) mostró un Lonnie Hillyer descomunal, y “Estás muerto” es el compendio perfecto de todas las virtudes del grupo: un rock salvaje y visceral. El adjetivo aplanadora tiene dueño por estas tierras, pero ayer el trío de Andrea Alvarez lo tomó prestado y le hizo justicia.
Me acuerdo que cuando escuché por primera vez “Doble A”, en lo primero que pensé fue en Pappo’s Blues. Por eso cuando el show cierra con el cover de “Algo ha cambiado”, aquella imagen inicial tuvo su confirmación. El tema le sienta perfecto a la banda y resulta un broche extraordinario para el show. Y una inspiración para el resto de la noche. Porque en la esquina del pasaje 5 de Julio está la parrilla “El General”, y ya se sabe: Pappo y Perón, un solo corazón. Así que abandoné el Samsung y recalé en la parrilla, para que la bondiola y Hugo del Carril sean los encargados de ponerle a la noche el moño que se merecía.
Antes que nada, de qué se trata el DVD? De ocho temas grabados en vivo en el estudio ION y que funcionan como una especie de Andrea Alvarez from the basement. Comunión absoluta entre los músicos en un ambiente de intimidad. Allí en donde si no hay chispa ni magia, no hay manera de disimularlo. Ocho temas incluyendo un cover de Pappo, colaboraciones (Mariano Martinez de Ataque 77 y Richard Coleman) y el debut de la nueva formación del trío.
Con el antecedente de haber visto el video, tenía las mejores expectativas, y solo bastó el arranque con “Alter ego” para confirmar que no me iba a desilusionar. Energía y electricidad fulminantes. Lamentablemente un problema en el monitoreo de Andrea accidentó el comienzo y entonces con “Calladitos” fue como si el show hubiera empezado de nuevo. Y entonces sí que no hubo respiro. Siguieron “Dormís?” y “Esa belleza” del disco de 2006 en versiones atronadores. Aunque el disco “Doble A” ya mostraba un sonido demoledor, esta banda sube la apuesta y mejora la performance. Puede que la acústica del Samsung me lleve a ser injusto con el trío anterior, pero esa es la impresión que me quedó. Una ráfaga de rock primal, sanguíneo y brutal.
La banda incluye, además de Andrea en batería y voz, a León Peirone en la guitarra y al neoyorquino Lonnie Hillyer en el bajo, quien incluye en su currículum haber trabajado con, entre otro, Gordon Gano de Violent Femmes. Andrea, enfundada en leopardo, dirige al trío desde el centro del escenario, marca los tiempos y los climas, mira cómplice a Lonnie a quien tiene a sus espaldas, y canta en una especie de aullido agudo que no hace más que acrecentar la potencia del resultado final . Claro, esto solo cuando corresponde, porque también baja el tono en la interpretación de “Melody”, un remanso en medio de tanto ímpetu rockero. Pasan un “Doble A” irresistible y “Sapo”, una furiosa desmitificación de cuentos encantados (Sapo hermoso, ven hacia mí. Dame un beso y quédate así). Imposible no contagiarse la energía. Perdón, pero voy a exagerar un poco: si Jack White hubiera estado anoche en San Telmo le una patada en el orto a Meg y la tira al medio del océano.
Debo reconocer que extrañé “Aleluya”, pero sin Coleman no hubiera sido lo mismo. De hecho no hubo invitados a pesar que las colaboraciones en el disco y el DVD sugerían alguna presencia adicional. El final estuvo a la altura del show y dobló la energía en todo sentido. “Brindemos” (de “Dormis?-2006) mostró un Lonnie Hillyer descomunal, y “Estás muerto” es el compendio perfecto de todas las virtudes del grupo: un rock salvaje y visceral. El adjetivo aplanadora tiene dueño por estas tierras, pero ayer el trío de Andrea Alvarez lo tomó prestado y le hizo justicia.
Me acuerdo que cuando escuché por primera vez “Doble A”, en lo primero que pensé fue en Pappo’s Blues. Por eso cuando el show cierra con el cover de “Algo ha cambiado”, aquella imagen inicial tuvo su confirmación. El tema le sienta perfecto a la banda y resulta un broche extraordinario para el show. Y una inspiración para el resto de la noche. Porque en la esquina del pasaje 5 de Julio está la parrilla “El General”, y ya se sabe: Pappo y Perón, un solo corazón. Así que abandoné el Samsung y recalé en la parrilla, para que la bondiola y Hugo del Carril sean los encargados de ponerle a la noche el moño que se merecía.
viernes, 14 de enero de 2011
Catupecu Machu en Groove
Prejuicio de los recitales de verano? Puede ser. Así que me fui a mi primer recital del año sin ninguna otra expectativa que pasarla bien. Una época en que las bandas giran probando temas y arreglos, tocando en crudo sin invitados. Y si hay invitados, con poco ensayo. Como dije antes, prejuicio. Además la grilla de shows que se anuncia para los primeros meses del año en Buenos Aires no me resulta para nada atractiva, por lo que además, la noche de Groove servía para ponerme en forma para un semestre nacional. Bien, hasta acá todo lo que pensaba antes del show, porque después a historia fue distinta. Y bien distinta.
Groove es un lugar muy caluroso. Lo presentía, porque ya había sufrido algo de eso en el show de Echo and The Bunnymen, en una época del año mucho más benevolente con las temperaturas. Claro, el show, presentado como after office (aunque empezó 10:30hs), tenía pretensiones de una extensa previa en la barra y era parte de la gracia. Lo que no fue gracioso fue una previa de unos tales Improcrash. No sé si era el clima o qué. Pero su humor necesitó de una explicación en cinco pasos en un video previo. Las explicaciones en el mundo de la comedia son mal augurio El sonido no ayudaba. Lo que se llegaba a oír y que procedía desde unos micrófonos inalámbricos poco fieles no producía gracia alguna, y honestamente la voz de una de las chicas imitando el tono de una novela mexicana me producía más calor. Si era un truco para que bebamos más Stellas, funcionó perfecto. Ahora, si tenía intención de divertir…bueno, en un momento escuché una carcajada que vino desde adelante, así que al menos uno de los chistes debe haber estado bueno. O uno de ellos se cayó…no estoy seguro.
Después de un año dedicado a presentar “Simetría de Moebius”, Catupecu se liberó, por decirlo de alguna manera, del disco y de a poco va se va reencontrando con sus trabajos anteriores. Adaptando, reinventado siempre, como espíritus inquietos que son, pero recuperando buena parte de su recorrido. El primer tramo del show, a pesar de no incluir todos temas nuevos, mostró al Catupecu más actual. “Hormigas” fue la elegida para abrir, a la que siguió “Confusión”. Ese tramo, en el que se destacó “Anacrusa”, una de las nuevas canciones en la que mejor se nota como el paso seguido por el escenario la engrandeció, incluyó la celebrada “Piano y RD”, y también canciones como “Óxido en el aire”, que mejor se adaptan a ese sonido. Pero bastó que Fernando Ruiz Díaz se calce la Gibson negra para que la “NIN version” de Catupecu desapareciera del escenario. Y allí comenzó una auténtica celebración. Porque en este tipo de shows “pequeños” es cuando la banda se encuentra con su público más fiel, con el suelen tener consideraciones especiales a la hora de armar lista, y porque además, anoche era el cumpleaños de Fernando y el espíritu festivo imperó a lo largo del show.
Y bajo el precepto de festejar el cumpleaños del líder de la banda, Catupecu decidió que los regalos vayan a manos (a oídos en este caso) de los presentes. Arrancaron con “Plan B” a una hora en la que el sonido todavía no se había acomodado del todo y se oía muy saturado. Parece ser un lugar difícil en ese sentido Groove. A Echo and The Bunymen (mi única experiencia anterior allí) también les llevó un buen tiempo acomodar las perillas. Fernando contó la historia de cómo su hermano compró esa Gibson negra y pude prever que estaba más hablador que de costumbre. Y para quienes lo conocen, saben que puede ser peligroso. Pero el buen humor reinaba y después de mucho tiempo les volví a escuchar “Perfectos cromosomas” y “Preludio al filo en el umbral”. Allí pasó de todo. Rescates, reencuentros con canciones viejas. Citas a bandas amigas, como Cabezones y Cuentos Borgeanos. Muchos micrófono apuntando al público para hacerlo partícipe de las canciones, un Fernando encantado con el local, y algunas versiones fuera de lo común. “Refugio” a capella resultó muy emotiva. El final prolongado con percusión de “Entero o a pedazos” un gran hallazgo. La versión eléctrica de “Seguir viviendo sin tu amor”, incluyó un riff marcado y las cuerdas del acústico reemplazadas por un arreglo de teclados precioso e inusual para Catupecu. “A veces vuelvo” fue cantada por todos y cuando retomaron (ya con el sonido a pleno) el último trabajo, con “Cosas de goces”, el recital alcanzó su punto más alto desde lo musical.
Hacia el final se sumaron las canciones que más levantan al público como “Origen extremo” y “Magia veneno”. Hubo tiempo para volver a alentar la recuperación de Gustavo Cerati, con la acostumbrada versión (otra vez a capella, pero a esa altura con menos voz) de “Persiana americana”. Y un cierre demoledor. Porque la versión de “Hechizo” fue tremenda. Una de esas canciones de las que Catupecu se ha apropiado a tal punto que cuando los Heroes del Silencio pasaron por Buenos Aires en su gira de regreso, el comentario a la salida era que no habían tocado ese tema. Una canción de la que Bunbury dijo apenas acordarse y que Catupecu mediante, por estas tierras era una referencia ineludible de la banda española. Y después “Dale!”. Con todos los prolegómenos de siempre: Fernando arengando, los círculos que se forman entre el público previendo el pogo, la dedicatoria del “despertate no estás muerto” para Gabriel Ruiz Díaz y Gustavo Cerati, ahora con la sumatoria del nombre de Gustavo Kupinski, guitarrista de Las Pelotas y ex- Piojos, recientemente fallecido en un accidente automovilístico. Y el grito es ensordecedor, y lo que queda de energía se gasta en ese momento. Pero siguieron las sorpresas. Si hay un grito en el rock que bien podría equivaler al Dale” de Catupecu, es el “Hey ho, let’s go” ramonero. Y en un meddley en “Dale!”, Macabre deja los teclados para hacerse cargo del micrófono en un “Blitzkrieg bop” exorcizante. Siguió “Héroes anónimos” que no estaba en la lista y Fernando agregó casi pidiendo permiso.
Aunque poco le entendía yo cuando el cantante hablaba, antes de cerrar se puso a contar anécdotas, que incluyeron el robo de una vitorinox, y un encuentro con un yuppie melenudo en la calle Corrientes y que anoche reconoció saltando en los primeros lugares del pogo. Entonces sí “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” fue el final, previsible pero contundente del show. Otro meddley, con un Fer Ruiz Diaz delirando que si Lennon viviera le hubiese gustado estar en Groove anoche. Pero si el divague sirve para imaginarlo de copas con Luca Prodan, y si todo ese surrealismo verbal es excusa para mezclar “Kaya” y “Mañana en el abasto” con “All you need is love”, bienvenida sea la alucinación. Un poco de “Hablando a tu corazón” y el regreso a “Y lo que quiero…” para cerrar saludando y recibiendo el feliz cumpleaños por parte de todos los que nos habíamos aguantado el calor durante las dos horas de espera y las casi tres de recital. Seguro que ellos siguieron brindando.
Groove es un lugar muy caluroso. Lo presentía, porque ya había sufrido algo de eso en el show de Echo and The Bunnymen, en una época del año mucho más benevolente con las temperaturas. Claro, el show, presentado como after office (aunque empezó 10:30hs), tenía pretensiones de una extensa previa en la barra y era parte de la gracia. Lo que no fue gracioso fue una previa de unos tales Improcrash. No sé si era el clima o qué. Pero su humor necesitó de una explicación en cinco pasos en un video previo. Las explicaciones en el mundo de la comedia son mal augurio El sonido no ayudaba. Lo que se llegaba a oír y que procedía desde unos micrófonos inalámbricos poco fieles no producía gracia alguna, y honestamente la voz de una de las chicas imitando el tono de una novela mexicana me producía más calor. Si era un truco para que bebamos más Stellas, funcionó perfecto. Ahora, si tenía intención de divertir…bueno, en un momento escuché una carcajada que vino desde adelante, así que al menos uno de los chistes debe haber estado bueno. O uno de ellos se cayó…no estoy seguro.
Después de un año dedicado a presentar “Simetría de Moebius”, Catupecu se liberó, por decirlo de alguna manera, del disco y de a poco va se va reencontrando con sus trabajos anteriores. Adaptando, reinventado siempre, como espíritus inquietos que son, pero recuperando buena parte de su recorrido. El primer tramo del show, a pesar de no incluir todos temas nuevos, mostró al Catupecu más actual. “Hormigas” fue la elegida para abrir, a la que siguió “Confusión”. Ese tramo, en el que se destacó “Anacrusa”, una de las nuevas canciones en la que mejor se nota como el paso seguido por el escenario la engrandeció, incluyó la celebrada “Piano y RD”, y también canciones como “Óxido en el aire”, que mejor se adaptan a ese sonido. Pero bastó que Fernando Ruiz Díaz se calce la Gibson negra para que la “NIN version” de Catupecu desapareciera del escenario. Y allí comenzó una auténtica celebración. Porque en este tipo de shows “pequeños” es cuando la banda se encuentra con su público más fiel, con el suelen tener consideraciones especiales a la hora de armar lista, y porque además, anoche era el cumpleaños de Fernando y el espíritu festivo imperó a lo largo del show.
Y bajo el precepto de festejar el cumpleaños del líder de la banda, Catupecu decidió que los regalos vayan a manos (a oídos en este caso) de los presentes. Arrancaron con “Plan B” a una hora en la que el sonido todavía no se había acomodado del todo y se oía muy saturado. Parece ser un lugar difícil en ese sentido Groove. A Echo and The Bunymen (mi única experiencia anterior allí) también les llevó un buen tiempo acomodar las perillas. Fernando contó la historia de cómo su hermano compró esa Gibson negra y pude prever que estaba más hablador que de costumbre. Y para quienes lo conocen, saben que puede ser peligroso. Pero el buen humor reinaba y después de mucho tiempo les volví a escuchar “Perfectos cromosomas” y “Preludio al filo en el umbral”. Allí pasó de todo. Rescates, reencuentros con canciones viejas. Citas a bandas amigas, como Cabezones y Cuentos Borgeanos. Muchos micrófono apuntando al público para hacerlo partícipe de las canciones, un Fernando encantado con el local, y algunas versiones fuera de lo común. “Refugio” a capella resultó muy emotiva. El final prolongado con percusión de “Entero o a pedazos” un gran hallazgo. La versión eléctrica de “Seguir viviendo sin tu amor”, incluyó un riff marcado y las cuerdas del acústico reemplazadas por un arreglo de teclados precioso e inusual para Catupecu. “A veces vuelvo” fue cantada por todos y cuando retomaron (ya con el sonido a pleno) el último trabajo, con “Cosas de goces”, el recital alcanzó su punto más alto desde lo musical.
Hacia el final se sumaron las canciones que más levantan al público como “Origen extremo” y “Magia veneno”. Hubo tiempo para volver a alentar la recuperación de Gustavo Cerati, con la acostumbrada versión (otra vez a capella, pero a esa altura con menos voz) de “Persiana americana”. Y un cierre demoledor. Porque la versión de “Hechizo” fue tremenda. Una de esas canciones de las que Catupecu se ha apropiado a tal punto que cuando los Heroes del Silencio pasaron por Buenos Aires en su gira de regreso, el comentario a la salida era que no habían tocado ese tema. Una canción de la que Bunbury dijo apenas acordarse y que Catupecu mediante, por estas tierras era una referencia ineludible de la banda española. Y después “Dale!”. Con todos los prolegómenos de siempre: Fernando arengando, los círculos que se forman entre el público previendo el pogo, la dedicatoria del “despertate no estás muerto” para Gabriel Ruiz Díaz y Gustavo Cerati, ahora con la sumatoria del nombre de Gustavo Kupinski, guitarrista de Las Pelotas y ex- Piojos, recientemente fallecido en un accidente automovilístico. Y el grito es ensordecedor, y lo que queda de energía se gasta en ese momento. Pero siguieron las sorpresas. Si hay un grito en el rock que bien podría equivaler al Dale” de Catupecu, es el “Hey ho, let’s go” ramonero. Y en un meddley en “Dale!”, Macabre deja los teclados para hacerse cargo del micrófono en un “Blitzkrieg bop” exorcizante. Siguió “Héroes anónimos” que no estaba en la lista y Fernando agregó casi pidiendo permiso.
Aunque poco le entendía yo cuando el cantante hablaba, antes de cerrar se puso a contar anécdotas, que incluyeron el robo de una vitorinox, y un encuentro con un yuppie melenudo en la calle Corrientes y que anoche reconoció saltando en los primeros lugares del pogo. Entonces sí “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” fue el final, previsible pero contundente del show. Otro meddley, con un Fer Ruiz Diaz delirando que si Lennon viviera le hubiese gustado estar en Groove anoche. Pero si el divague sirve para imaginarlo de copas con Luca Prodan, y si todo ese surrealismo verbal es excusa para mezclar “Kaya” y “Mañana en el abasto” con “All you need is love”, bienvenida sea la alucinación. Un poco de “Hablando a tu corazón” y el regreso a “Y lo que quiero…” para cerrar saludando y recibiendo el feliz cumpleaños por parte de todos los que nos habíamos aguantado el calor durante las dos horas de espera y las casi tres de recital. Seguro que ellos siguieron brindando.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Stone Temple Pilots en el Luna Park
Me vino bien esta dosis de adrenalina. Después de la delicadeza pop de Belle and Sebastian, la intensidad de Benjamin Biolay y la destreza técnica de Jeff Beck, necesitaba la presencia de cuarto tipos arriba del escenario que me recuerden que el rock a veces es contar hasta tres y dejarse llevar por guitarras endiabladas y por una potencia arrasadora. Cuatro tipos que además son mucho más que eso, pero en la previa eso es garantía de lo que uno puede llegar recibir desde arriba del escenario. Que pueden haber sido mi último show del año (aunque nunca se sabe….), y que si se trata de hacer balances, la energía que Stone Temple Pilots desplegó anoche en el Luna Park, fue el mejor cierre para un 2010 bien movido.
En el Luna Park se han tomado demasiado en serio el tema de la seguridad. El ingreso fue extremadamente lento, por la única culpa de una requisa tan exhaustiva como inútil: cuando uno va a ver a Stone Temple Pilots, va más dispuesto a morir que a matar a alguien. Pero ese tiempo de espera me llevó a detenerme en la variedad del público que congrega STP. Bastaba con concentrarse en las remeras para confirmarlo: Dream Theater, Pearl Jam, Nirvana, Ramones, Pixies, Led Zeppelin, Miles Davis, Indio, y Catupecu lucían en los pechos de chicos y chicas que esperaban ansiosos el inicio del recital. Hasta Don Juan Manuel de Rosas estampaba el pecho de un muchacho, tal vez atraído por el rojo punzó y la “V” peronista de la tapa del último disco.
Cualquiera que conozca a la banda puede imaginar lo que fue el show si yo le cuento que los tipos de subieron al escenario en silencio, con Scott Weiland con un megáfono en su mano y arrancaron el recital con “Crackerman”. El riff es irresistible, la banda suena compacta, la marea humana en el campo no sabe si saltar o volar. En seguida la cosa se puso espesa con “Wicked garden”. Can you see just like a child? Can you see just what I want? Can I bring you back to life? Are you scared of life? De acuerdo, entonces lo mejor que podrías haber hecho es estar ahí abajo saltando con los STP. Un arranque implacable y clásico que encima tiene a “Vasoline” como continuidad, con la gente coreando el estribillo y sacudiendo sus brazos a más no poder. Y encima “Heaven and hot rocks”…..demoledor es poco. Aún cuando desde las cabeceras el sonido no es recibido todo lo claro que a uno le gustaría, pero es el Luna Park y al menos yo, ya estoy curado de espanto.
A esa altura mi celular vibró con un SMS de mi hija que me puso eufórico. “Gol de Pavone en el último minuto!”. Y Scott por un momento se vuelve hincha de River, y a tono con mi exaltación anuncia una canción del nuevo disco, que no fue otra que su tema de apertura “Between the lines”. Desde su regreso en 2008, STP había demostrado que estaba en buena forma, pero siempre quedaba la duda de cómo ese estado se plasmaría en nuevas composiciones. Y el disco de este año resultó una confirmación, una reafirmación de identidad. No es casual que lo hayan llamado igual que la banda, porque es un resumen perfecto de todas las variantes que Stone Temple Pilots tiene para ofrecer. Y entonces a continuación la banda nos deja el glamoroso “Ickory dichotomy” como prueba de esta diversidad. Scott Weiland camina el escenario y se trepa a las tarimas. Se muestras exaltado, transpira, y su vestuario (pantalón negro, camisa blanca, corbata suelta y chaleco negro) lo hace aparecer en las pantallas como un abogado celebrando en after hour un arreglo ventajoso. Dean De Leo cambia de guitarra para cada tema y luce prisionero de una campera de jean que alguien le va a tener que avisar que ya le queda chica. Su hermano permanece a la izquierda del escenario concentrado en machacarnos el cerebro y a Eric Kretz apenas puede vérselo detrás de su batería, pero su pulso marca el ritmo de los corazones abajo del escenario.
Después de ese arranque arrollador, la banda decidió poner un freno. “Still remains” le entregó algo de country a la noche y los coros beatlescos de “Cinnamon” nos pusieron a cantar optimistas. Y como una necesidad de reafirmar su origen en los ’90, el slide de Dean nos introdujo en una versión de altísima intensidad de “Big empty”. Jugueteando con las cuerdas la guitarra anticipó el inicio “made in Page” de “In my darkest hour”, pero la cita a Zeppelin vino por otro lado: una versión de “Dancing days” que honestamente me dijo poco; creo que le faltó fuerza a la guitarra. Esa debilidad se corrigió con “Silver gun superman”. En ese momento la gente se puso a corear el infaltable, por estas tierras, “….Temple Pilots es un sentimiento, no puedo parar…” mientras las remeras giraban por encima de las cabezas y la banda conmovida respondía en tiempo de blues que lentamente derivó en una dupla que si bien estaba prevista en el setlist, pareció un regalo ante tanta pasión: “Plush” e “Interestatal love song”. Sí, juntas! Pegadas una a la otra resultaron el final para muchas gargantas que no se cansaron de seguir a Scott en los estribillos, en lo que fue el punto culminante del show.
Cómo salir victoriosos después de ese momento? La respuesta es el rock, responde STP, que con su “Huckleberry crumble” suena como…..Velvet Revolver! “Down” nos trajo a la banda en su versión más pesada, y en el repaso parejo por su discografía (solo dejaron a fuera a “Shangri-la dee la” en el recorrido de anoche) cerraron el show con “Sex type things”; “I konw you want what’s on my mind. I know you like what’s on my mind. I know it eats you up inside. I know. You know, you know, you know”. Quedó claro Scott. Vaya si quedó claro.
La vuelta se pareció visualmente al comienzo del concierto. La banda acomodándose en sus lugares mientras Weiland avanza hacia el borde del escenario con un megáfono en la mano. Desde la bocina se escucha el “I’m smelling like the rose that somebody gave me on my birthday deathbed”, tremenda sentencia que da inicio al “Dead & bloated”. Los Stone Temple Pilots más oscuros y trágicos. No casualmente el tema que reemplazó a “Dead…” en algunas fechas de la gira fue “Creep”; bien claro queda cuál es el tono que STP quiere darle a ese momento del show. Y el final definitivo para una noche eufórica tenía que estar a la altura. Y “Trippin’ on a hole in a papel heart” no solo resulta ideal, sino que después de sus innumerables desintoxicaciones y recaídas, el grito “I'm not dead and I'm not for sale” en boca de Scott Weiland tiene un significado doble. Porque representa a la perfección tanto su s convicciones y su actualidad, así como las de su banda. Que siguió estirando su música mientras la gente no paraba de saltar en un Luna Park que excepto por algunos claros en las plateas (otra vez los precios…) desbordaba de un público extasiado. Y que con los brazos en alto aplaude a unos tipos que entregaron todo, y que no solo son concientes de eso, sino que no ocultan su buen humor lanzando palillos, púas y hasta un frisby hacia la gente, mientras Scott y Dean improvisan un tango bailando hacia uno de los lados del escenario. Rápido se tuvieron que encender las luces y expeditivos fueron los asistentes en subir a apagar los equipos. Tenía que ser así, porque ante la menor duda, no nos íbamos más.
En el Luna Park se han tomado demasiado en serio el tema de la seguridad. El ingreso fue extremadamente lento, por la única culpa de una requisa tan exhaustiva como inútil: cuando uno va a ver a Stone Temple Pilots, va más dispuesto a morir que a matar a alguien. Pero ese tiempo de espera me llevó a detenerme en la variedad del público que congrega STP. Bastaba con concentrarse en las remeras para confirmarlo: Dream Theater, Pearl Jam, Nirvana, Ramones, Pixies, Led Zeppelin, Miles Davis, Indio, y Catupecu lucían en los pechos de chicos y chicas que esperaban ansiosos el inicio del recital. Hasta Don Juan Manuel de Rosas estampaba el pecho de un muchacho, tal vez atraído por el rojo punzó y la “V” peronista de la tapa del último disco.
Cualquiera que conozca a la banda puede imaginar lo que fue el show si yo le cuento que los tipos de subieron al escenario en silencio, con Scott Weiland con un megáfono en su mano y arrancaron el recital con “Crackerman”. El riff es irresistible, la banda suena compacta, la marea humana en el campo no sabe si saltar o volar. En seguida la cosa se puso espesa con “Wicked garden”. Can you see just like a child? Can you see just what I want? Can I bring you back to life? Are you scared of life? De acuerdo, entonces lo mejor que podrías haber hecho es estar ahí abajo saltando con los STP. Un arranque implacable y clásico que encima tiene a “Vasoline” como continuidad, con la gente coreando el estribillo y sacudiendo sus brazos a más no poder. Y encima “Heaven and hot rocks”…..demoledor es poco. Aún cuando desde las cabeceras el sonido no es recibido todo lo claro que a uno le gustaría, pero es el Luna Park y al menos yo, ya estoy curado de espanto.
A esa altura mi celular vibró con un SMS de mi hija que me puso eufórico. “Gol de Pavone en el último minuto!”. Y Scott por un momento se vuelve hincha de River, y a tono con mi exaltación anuncia una canción del nuevo disco, que no fue otra que su tema de apertura “Between the lines”. Desde su regreso en 2008, STP había demostrado que estaba en buena forma, pero siempre quedaba la duda de cómo ese estado se plasmaría en nuevas composiciones. Y el disco de este año resultó una confirmación, una reafirmación de identidad. No es casual que lo hayan llamado igual que la banda, porque es un resumen perfecto de todas las variantes que Stone Temple Pilots tiene para ofrecer. Y entonces a continuación la banda nos deja el glamoroso “Ickory dichotomy” como prueba de esta diversidad. Scott Weiland camina el escenario y se trepa a las tarimas. Se muestras exaltado, transpira, y su vestuario (pantalón negro, camisa blanca, corbata suelta y chaleco negro) lo hace aparecer en las pantallas como un abogado celebrando en after hour un arreglo ventajoso. Dean De Leo cambia de guitarra para cada tema y luce prisionero de una campera de jean que alguien le va a tener que avisar que ya le queda chica. Su hermano permanece a la izquierda del escenario concentrado en machacarnos el cerebro y a Eric Kretz apenas puede vérselo detrás de su batería, pero su pulso marca el ritmo de los corazones abajo del escenario.
Después de ese arranque arrollador, la banda decidió poner un freno. “Still remains” le entregó algo de country a la noche y los coros beatlescos de “Cinnamon” nos pusieron a cantar optimistas. Y como una necesidad de reafirmar su origen en los ’90, el slide de Dean nos introdujo en una versión de altísima intensidad de “Big empty”. Jugueteando con las cuerdas la guitarra anticipó el inicio “made in Page” de “In my darkest hour”, pero la cita a Zeppelin vino por otro lado: una versión de “Dancing days” que honestamente me dijo poco; creo que le faltó fuerza a la guitarra. Esa debilidad se corrigió con “Silver gun superman”. En ese momento la gente se puso a corear el infaltable, por estas tierras, “….Temple Pilots es un sentimiento, no puedo parar…” mientras las remeras giraban por encima de las cabezas y la banda conmovida respondía en tiempo de blues que lentamente derivó en una dupla que si bien estaba prevista en el setlist, pareció un regalo ante tanta pasión: “Plush” e “Interestatal love song”. Sí, juntas! Pegadas una a la otra resultaron el final para muchas gargantas que no se cansaron de seguir a Scott en los estribillos, en lo que fue el punto culminante del show.
Cómo salir victoriosos después de ese momento? La respuesta es el rock, responde STP, que con su “Huckleberry crumble” suena como…..Velvet Revolver! “Down” nos trajo a la banda en su versión más pesada, y en el repaso parejo por su discografía (solo dejaron a fuera a “Shangri-la dee la” en el recorrido de anoche) cerraron el show con “Sex type things”; “I konw you want what’s on my mind. I know you like what’s on my mind. I know it eats you up inside. I know. You know, you know, you know”. Quedó claro Scott. Vaya si quedó claro.
La vuelta se pareció visualmente al comienzo del concierto. La banda acomodándose en sus lugares mientras Weiland avanza hacia el borde del escenario con un megáfono en la mano. Desde la bocina se escucha el “I’m smelling like the rose that somebody gave me on my birthday deathbed”, tremenda sentencia que da inicio al “Dead & bloated”. Los Stone Temple Pilots más oscuros y trágicos. No casualmente el tema que reemplazó a “Dead…” en algunas fechas de la gira fue “Creep”; bien claro queda cuál es el tono que STP quiere darle a ese momento del show. Y el final definitivo para una noche eufórica tenía que estar a la altura. Y “Trippin’ on a hole in a papel heart” no solo resulta ideal, sino que después de sus innumerables desintoxicaciones y recaídas, el grito “I'm not dead and I'm not for sale” en boca de Scott Weiland tiene un significado doble. Porque representa a la perfección tanto su s convicciones y su actualidad, así como las de su banda. Que siguió estirando su música mientras la gente no paraba de saltar en un Luna Park que excepto por algunos claros en las plateas (otra vez los precios…) desbordaba de un público extasiado. Y que con los brazos en alto aplaude a unos tipos que entregaron todo, y que no solo son concientes de eso, sino que no ocultan su buen humor lanzando palillos, púas y hasta un frisby hacia la gente, mientras Scott y Dean improvisan un tango bailando hacia uno de los lados del escenario. Rápido se tuvieron que encender las luces y expeditivos fueron los asistentes en subir a apagar los equipos. Tenía que ser así, porque ante la menor duda, no nos íbamos más.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Jeff Beck en el Luna Park
Vi a Eric Clapton en el ’90 y Jimmy Page en el ’96, así que verlo a Jeff Beck en vivo significaba llenar una página en el álbum de figuritas. Y no una página cualquiera, porque desde que empecé a escuchar rock, la trilogía de violeros de los Yardbirds viene a ser como el ABC de la guitarra eléctrica. Con ese espíritu llegué al Luna Park mientras la radio me traía entre interferencias los manotazos de Carrizo sosteniendo el 1-0 en Nuñez. La angustia concluyó con el pitazo del Pezzota allá, que fue acompañado por una gran ovación en el Luna. Tanta gente escuchando a River? No. Ricardo Mollo entraba a la platea y era saludado desde todos los ángulos mientras algunos lo abordaban para las fotos. Aún con precios bastante altos (se va haciendo costumbre esto) el estadio presentaba una buena imagen, y los pocos asientos vacíos de la platea más cara fueron ocupados por el público de las laterales ni bien se apagaron las luces.
Los músicos se fueron acomodando en el escenario y el inicio del show fue con “Plan B”, de su anteúltimo trabajo llamado simplemente “Jeff” (2003). Allí empezó a verse y oírse en cuentagotas todo lo que vendría después: Jeff estira las cuerdas levemente, su Fender blanca remite al sonido del blues rural mientras una base potente empieza a dejar en claro que la figura gigante del guitarrista no va a opacar a ese bajo y esa batería. Cuando me enteré que venía Beck, pero sin Vinnie Colaiuta ni Tal Wilkenfeld, tengo que reconocer que me sentí algo decepcionado. El nombre de Narada Michael Walden resultaba una garantía, pero me intrigaba cómo el estilo de Rhonda Smith (con diez años de Prince sobre sus hombros) podía acoplarse al del británico. Y si en ese primer tema ya había indicios de cómo iba a funcionar el combo, la versión de “Stratus” de Billy Cobham, terminó por confirmarlo. Allí apareció el Beck más progresivo, con un sesgo jazzero pero sin abandonar su impronta rockera. Los teclados a cargo de Jason Rebello cobraron un protagonismo mayor y el Luna Park tomó temperatura. Entonces uno de mis sueños se hizo realidad: con Walden en la batería no podían ignorar a “Wired”, el discazo que en 1976 grabaran juntos, y allí apareció en riff de “Led boots” para gloria de todos los presentes.
A diferencia de otros guitar hero que tuve la suerte de ver en vivo, Jeff Beck sobresale por su humildad porque jamás peca de virtuosismo exagerado. Es más, ninguno de sus solos se prolonga más de la cuenta, y funcionan como parte de las composiciones, que nunca van más allá de los cinco minutos. Apenas algún juego con la platea, apelando a los “yeah!” en los cortes, pero no más que eso. Y en esa sencillez, economizando sus virtudes y poniéndolas al servicio de la música, es lo que lo hace más grande. No hay poses ampulosas ni gestos exagerados. Apenas un guitarrista sensacional que disfruta con lo que hace, que no deja de mirar con admiración a sus músicos en cada intervención solista y deja la leyenda de lado para concentrarse en el presente. Un maestro en todo sentido.
El concierto tuvo algunos altibajos. “Emotion & commotion”, el disco que Jeff Beck vino a presentar tiene muchos temas con cantantes invitados, y que por lo tanto ayer no iban a escucharse. Pero también incluye algunos clásicos, que aún tocados con maestría, aportan poco y hasta le bajan un poco el clima al concierto. Me refiero a las versiones de “Corpus Christi Carol” o “Somewhere over the rainbow”, en las cuales Beck toca demasiado “limpio” para mi gusto. De todas maneras, estos momentos estuvieron bien dosificados y el show nunca cayó en la solemnidad que la continuidad de estas interpretaciones podría haber provocado. La rockerísima “Hammerhead” fue otro punto alto de ese primer tramo, con Jeff sacándole provecho al máximo al wah wah, y hubo lugar para “Mná na heireann”, un tradicional irlandés que supo tener versiones de de Kate Bush, entre otros intérpretes. Acto seguido, Jeff Beck se arrimó por primera vez al micrófono (solo se comunicó con el público mediante gestos de agradecimiento) para presentar el solo de Rhonda Smith, que mientras tanto golpeteaba su bajo con la yema de sus dedos simulando el galope de un caballo alejándose. Y después de escucharla confieso que a Rhonda Smith no la cambio ni por Tal Wilkenfeld muerta y resucitada tocando en bajo la 5º sinfonía de Beethoven con el lóbulo de la oreja en el patio de casa. Porque más allá del solo en sí, todo lo que Rhonda venía perfilando tiene en ese momento culminante un estallido de virtuosismo, haciendo uso y abuso de la técnica del slap con maestría, aportando un swing avasallante que deja perplejos a todos y que consigue que por primera vez en la noche, la platea se ponga de pie a la hora de los aplausos.
El solo de Rhonda cambia en absoluto el rumbo del concierto. A partir de allí Jeff Beck toca más suelto, y la banda toda se desata, apoyándose en un repertorio que también ayudó a que esto suceda. Primero “You never know”, de “Theres and back” (el disco que incluye “El becko”, clásico que no tocó anoche), después el “Rollin’ and tumblin’” de Muddy Waters, con Rhonda en la voz (sí, además también canta), y “Big block”, un blues bien pesado traído desde “Guitar shop”.
Hacia el final, Jeff Beck eligió rescatar “Who else”, su gran álbum de fin de siglo. Aquel de los experimentos con las bases electrónicas, aunque anoche hubo poco y nada de eso. Primero fue “Blast from the east”. Seguido el slide exquisito en “Angel (footsteps)” de Tony Hymas, y tras una potente versión de “Dirty mind” (este tema es del sucesor “You had it coming”) con solo de batería de Walden, Beck volvió a “Who else” con “British with the blues”. El cierre fue con “A day in the life”, que contrapone la deliciosa armonía en las cuerdas de Jeff Beck, con la furia anárquica del intermedio, para, como en el original Beatle, volver a la calma plácida de la melodía del inicio.
Los bises resultaron raros, porque fueron de mayor a menor. Arrancaron con “Y want to take a higher”, el clásico de Ike & Tina Turner, con Rhonda Smith en voz nuevamente, consiguiendo un clima de éxtasis como no habían alcanzado antes. La banda es puro rhythm and blues, los coros se repiten a modo de exaltación gospel, mientras Beck sangra oídos con su guitarra punzante. Para “How high the moon”, Jeff se calza la Les Paul negra por única vez para homenajear su creador, y el concierto cierra en clima triunfante con la versión de “Nessun dorma”, el aria final de la opera “Turandot” de Giacomo Puccini, incluida en “Emotion & commotion”. Finalmente Jeff llamó a su banda, y tan humildes como entraron se despidieron abrazados en el típico saludo de una banda hacia su gente, haciéndonos olvidar que anoche fuimos a ver al Luna Park a un solista virtuoso de la guitarra. En ese saludo final reside el verdadero secreto de por qué esos músicos sonaron como sonaron; como los mosqueteros de Alejandro Dumas, la respuesta está en el “todos para uno y uno para todos”. Y es esa imagen final la que termina por explicar porqué Jeff Beck sigue siendo tan grande.
Los músicos se fueron acomodando en el escenario y el inicio del show fue con “Plan B”, de su anteúltimo trabajo llamado simplemente “Jeff” (2003). Allí empezó a verse y oírse en cuentagotas todo lo que vendría después: Jeff estira las cuerdas levemente, su Fender blanca remite al sonido del blues rural mientras una base potente empieza a dejar en claro que la figura gigante del guitarrista no va a opacar a ese bajo y esa batería. Cuando me enteré que venía Beck, pero sin Vinnie Colaiuta ni Tal Wilkenfeld, tengo que reconocer que me sentí algo decepcionado. El nombre de Narada Michael Walden resultaba una garantía, pero me intrigaba cómo el estilo de Rhonda Smith (con diez años de Prince sobre sus hombros) podía acoplarse al del británico. Y si en ese primer tema ya había indicios de cómo iba a funcionar el combo, la versión de “Stratus” de Billy Cobham, terminó por confirmarlo. Allí apareció el Beck más progresivo, con un sesgo jazzero pero sin abandonar su impronta rockera. Los teclados a cargo de Jason Rebello cobraron un protagonismo mayor y el Luna Park tomó temperatura. Entonces uno de mis sueños se hizo realidad: con Walden en la batería no podían ignorar a “Wired”, el discazo que en 1976 grabaran juntos, y allí apareció en riff de “Led boots” para gloria de todos los presentes.
A diferencia de otros guitar hero que tuve la suerte de ver en vivo, Jeff Beck sobresale por su humildad porque jamás peca de virtuosismo exagerado. Es más, ninguno de sus solos se prolonga más de la cuenta, y funcionan como parte de las composiciones, que nunca van más allá de los cinco minutos. Apenas algún juego con la platea, apelando a los “yeah!” en los cortes, pero no más que eso. Y en esa sencillez, economizando sus virtudes y poniéndolas al servicio de la música, es lo que lo hace más grande. No hay poses ampulosas ni gestos exagerados. Apenas un guitarrista sensacional que disfruta con lo que hace, que no deja de mirar con admiración a sus músicos en cada intervención solista y deja la leyenda de lado para concentrarse en el presente. Un maestro en todo sentido.
El concierto tuvo algunos altibajos. “Emotion & commotion”, el disco que Jeff Beck vino a presentar tiene muchos temas con cantantes invitados, y que por lo tanto ayer no iban a escucharse. Pero también incluye algunos clásicos, que aún tocados con maestría, aportan poco y hasta le bajan un poco el clima al concierto. Me refiero a las versiones de “Corpus Christi Carol” o “Somewhere over the rainbow”, en las cuales Beck toca demasiado “limpio” para mi gusto. De todas maneras, estos momentos estuvieron bien dosificados y el show nunca cayó en la solemnidad que la continuidad de estas interpretaciones podría haber provocado. La rockerísima “Hammerhead” fue otro punto alto de ese primer tramo, con Jeff sacándole provecho al máximo al wah wah, y hubo lugar para “Mná na heireann”, un tradicional irlandés que supo tener versiones de de Kate Bush, entre otros intérpretes. Acto seguido, Jeff Beck se arrimó por primera vez al micrófono (solo se comunicó con el público mediante gestos de agradecimiento) para presentar el solo de Rhonda Smith, que mientras tanto golpeteaba su bajo con la yema de sus dedos simulando el galope de un caballo alejándose. Y después de escucharla confieso que a Rhonda Smith no la cambio ni por Tal Wilkenfeld muerta y resucitada tocando en bajo la 5º sinfonía de Beethoven con el lóbulo de la oreja en el patio de casa. Porque más allá del solo en sí, todo lo que Rhonda venía perfilando tiene en ese momento culminante un estallido de virtuosismo, haciendo uso y abuso de la técnica del slap con maestría, aportando un swing avasallante que deja perplejos a todos y que consigue que por primera vez en la noche, la platea se ponga de pie a la hora de los aplausos.
El solo de Rhonda cambia en absoluto el rumbo del concierto. A partir de allí Jeff Beck toca más suelto, y la banda toda se desata, apoyándose en un repertorio que también ayudó a que esto suceda. Primero “You never know”, de “Theres and back” (el disco que incluye “El becko”, clásico que no tocó anoche), después el “Rollin’ and tumblin’” de Muddy Waters, con Rhonda en la voz (sí, además también canta), y “Big block”, un blues bien pesado traído desde “Guitar shop”.
Hacia el final, Jeff Beck eligió rescatar “Who else”, su gran álbum de fin de siglo. Aquel de los experimentos con las bases electrónicas, aunque anoche hubo poco y nada de eso. Primero fue “Blast from the east”. Seguido el slide exquisito en “Angel (footsteps)” de Tony Hymas, y tras una potente versión de “Dirty mind” (este tema es del sucesor “You had it coming”) con solo de batería de Walden, Beck volvió a “Who else” con “British with the blues”. El cierre fue con “A day in the life”, que contrapone la deliciosa armonía en las cuerdas de Jeff Beck, con la furia anárquica del intermedio, para, como en el original Beatle, volver a la calma plácida de la melodía del inicio.
Los bises resultaron raros, porque fueron de mayor a menor. Arrancaron con “Y want to take a higher”, el clásico de Ike & Tina Turner, con Rhonda Smith en voz nuevamente, consiguiendo un clima de éxtasis como no habían alcanzado antes. La banda es puro rhythm and blues, los coros se repiten a modo de exaltación gospel, mientras Beck sangra oídos con su guitarra punzante. Para “How high the moon”, Jeff se calza la Les Paul negra por única vez para homenajear su creador, y el concierto cierra en clima triunfante con la versión de “Nessun dorma”, el aria final de la opera “Turandot” de Giacomo Puccini, incluida en “Emotion & commotion”. Finalmente Jeff llamó a su banda, y tan humildes como entraron se despidieron abrazados en el típico saludo de una banda hacia su gente, haciéndonos olvidar que anoche fuimos a ver al Luna Park a un solista virtuoso de la guitarra. En ese saludo final reside el verdadero secreto de por qué esos músicos sonaron como sonaron; como los mosqueteros de Alejandro Dumas, la respuesta está en el “todos para uno y uno para todos”. Y es esa imagen final la que termina por explicar porqué Jeff Beck sigue siendo tan grande.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Benjamin Biolay en Samsung Studio
A veces a la gente le gusta hacer las cosas complicadas. En su primera visita al país, hace dos años, Benjamin Biolay había llenado dos Niceto, que en cantidad de gente significan algo más de 3500 personas. Esta vez, además de su breve paso por el Hot Festival, su presentación se limitó a una noche en el Samsung Studio, un lugar armado con mesas para apenas 150 personas sentadas y otras tantas paradas, amontonadas detrás de dichas mesas. Eso sí, hay que reconocer que el Samsung resulta un lugar ideal para disfrutarlo, esto si quienes organizan se ocuparan de, al menos, no entorpecer las cosas. En primer lugar abrieron tarde la sala en relación a la hora anunciada del concierto. En segundo lugar, ofrecieron un menú de comida opcional para quienes estábamos en las mesas, y que empezaron a servir lo suficientemente tarde como para, junto con eso, demorar el inicio del show. Quienes no optamos por el menú, nos vimos gratificados al notar que a lo que en Studio Samsung llaman cazuela, no es mas que un minúsculo recipiente con algún rastro de pollo en el fondo (quienes optaron por sushi tuvieron mejor suerte). En tercer lugar el olor a verdeo es un aroma inusual para acompañar un recital, algo que jamás me había pasado, excepto que alguna vez alguien se haya fumado una cebolla.
Por suerte los artistas suelen ser ajenos a estas circunstancias y mientras se escuchaba la voz de Michel Aumont recitando “Pour écrire un seul vers “de la banda de sonido de “Clara et moi”, el francés y sus músicos se fueron acomodando en el escenario para iniciar el concierto con Benjamin Biolay al piano en una versión calma e íntima de “Tout ca me tourmente”, de su último trabajo doble, “La superbe” (2009). Acto seguido el clima cambió con “Même si tu pars” de “A l’origine”. A diferencia de su primera visita, esta vez Benjamin llegó acompañado por su banda completa, por lo que hubo menos sonidos programados y la música ganó en frescura. La gira tiene por objeto promocionar el disco “La superbe”, que según la crítica europea fue uno de los mejores discos de 2009. Sumergirse en ese disco significa adentrarse en los distintos caminos, sonidos y ritmos que Biolay elige a la hora de componer. Desde la intimidad de la chanson más tradicional, pasando por los coqueteos con el hip hop, el nulo temor a los aportes de electrónica, y hasta sonidos y melodías pop bien accesibles y pegadizas. Esa variedad, en un recorrido que no dejó de lado el resto de su discografía, es lo que pudo apreciarse en el sensacional concierto de anoche. El paso de la suave “Night shop” a la pegadiza “Si tu suis mon regard”, que hacia el final construyó el primer clima ascendente de la noche, resulta un ejemplo perfecto para graficar ese cambio.
Con Benjamin Biolay al piano el show vuelve a cambiar de rumbo. La sala parece hacerse más pequeña, la intimidad nos invade a todos y el decir susurrante y confidente del francés hace de ese momento un punto altísimo desde lo emotivo. “Ton heritage” probablemente sea una de las canciones más hermosas de “La superbe”. La hizo sentado al piano y acompañado apenas de unos colchones de cuerdas aportados por su tecladista (que es igual a Luis Luque!). Seguido quedó solo en el escenario y se despachó con dos joyas de sus primeros trabajos: “Nuits blanches” de “Negatif”, y desde “Rose Kennedy”, “November toute l’année”. En su sugerente melodía acompañada por un piano con reminiscencias clásicas, a esa altura de la noche, el nombre de la canción resultó un auténtico deseo común. Si faltaba algo para coronar ese tramo, seguido se escuchó una tremenda versión de “La superbe”, la primera de las tres canciones que terminan en crescendos sonoros que estremecen los sentidos y que hacen que uno quiera que se prolonguen hasta el infinito.
Benjamin Biolay habla poco y casi siempre en francés. El contacto con el público se reduce a unos suaves golpes en el pecho para atestiguar que el cariño es mutuo. Recorre el escenario a paso lento, marca con sus brazos los cambios de ritmos y cortes en las canciones y su baile es apenas leve. Se acerca a sus músicos, pero se comunica con ellos apenas por gestos. Su andar descuidado y su manera permanente de arreglarse el pelo pueden ser ritos auténticos o bien una perfecta construcción. Pero en cualquiera de los casos, su figura resulta un imán que atrae las miradas y que lo convierten en centro de la noche. A veces su humildad es creíble, otras parece estar más allá de todo, y hasta parece sobrar la situación. Con esos atributos, no es causal que haya incursionado en el cine.
“Lyon presqu’île” y “Bien avant” tuvieron a Benjamin a cargo de la guitarra acústica y fueron el prolegómeno del tramo más festivo del concierto. Pasaron la rockera “Prenons le largue”, y de “Trash yéyé”, la seductora “Qu'est-ce que ça peut faire” y la irresistible “Dans la merco Benz”, con incursión de Benjamin en la trompeta. “15 Septembre” marcó otro momento alto desde lo rítmico y el final, igual que en 2008 y en el mini set del Hot Festival, quedó a cargo de “A l’origine”. Y acá tengo que hacer un alto. Porque cada peso que uno pueda pagar por la entrada a un concierto de Benjamin Biolay vale solamente por ese momento. La canción es una especie de hip hop denso (diría a lo Eminem, por citar una referencia que no me convence del todo), cuyo clima va ganando en volumen, y que se desata en un caos sonoro y lumínico, con el francés arrodillado en el piso, gritando y casi aullando una letra que contrapone la imagen de un origen puro y libre de maldades ante el espejo de un presente pintado de macabro, materialista e insensible. Todo esto enmarcado por sonidos que ganan en intensidad, mientras las luces bombardean el escenario convirtiéndolo en un auténtico apocalipsis. La gente de a poco se va poniendo de pie, un poco por incredulidad ante lo que tiene frente a sus ojos, y otro poco porque es contagiada por el éxtasis de una banda que termina el concierto en un estallido fenomenal. Es por ese motivo que pasan unos cuantos minutos entre que la banda se haya retirado del escenario y la aparición de los primeros aplausos pidiendo por una vuelta.
De regreso Benjamin hizo “La balade du mois de Juin”, del disco “Home” que grabara en 2004 con su, por entonces, esposa, Chiara Mastroianni. Después del caos llega la calma, podría uno pensar. Pero eso dura poco, porque otra vez una melodía que nace pequeña e íntima gana lentamente en energía, para destara el tercer momento crucial en cuanto a intensidad. Así fue la interpretación de “Negatif”, tema que da nombre a su segundo trabajo, y que incluyó citas a Bowie y a Gorillaz. Nueva despedida breve, y finalmente un segundo regreso con “Les cerfs volants”, un clásico de su primer disco, con la voz sampleada de Marylin Monroe como acompañante, y un cierre definitivo con “Padam”, de su último trabajo, en una versión funk en donde la guitarra se lució marcando el ritmo frenético que le dio a la noche un cierre ideal.
Pasada la medianoche la gente se retira lentamente del Samsung completamente complacida. Yo me quedo mirando algunos rostros con algo de curiosidad y mucho de odio. Porque no quiero dejar pasar que durante las dos horas del concierto hubo personas que se levantaron de sus lugares una docena de veces (no exagero) para irse a conversar con gente de otras mesas, yéndose al baño, o vaya saber dónde, desatendiendo en absoluto lo que pasaba en el escenario. Caminantes que parecían tener la mente en otro lado, y a los que yo aborrecía, porque honestamente no creo que se merezcan la extraordinaria performance que Benjamin Biolay nos regaló anoche. El espacio y el precio de las entradas dejó a afuera a mucha gente que de verdad hubiera disfrutado del concierto. Sin necesidad de petit cazuelas a $50 y que se sabe ubicar y postergar la hora de hacer sociales para el momento que corresponda. Así que amigo Benjamin , ya sabés: la próxima (porque tiene que haber próxima) al menos una Trastienda.
Por suerte los artistas suelen ser ajenos a estas circunstancias y mientras se escuchaba la voz de Michel Aumont recitando “Pour écrire un seul vers “de la banda de sonido de “Clara et moi”, el francés y sus músicos se fueron acomodando en el escenario para iniciar el concierto con Benjamin Biolay al piano en una versión calma e íntima de “Tout ca me tourmente”, de su último trabajo doble, “La superbe” (2009). Acto seguido el clima cambió con “Même si tu pars” de “A l’origine”. A diferencia de su primera visita, esta vez Benjamin llegó acompañado por su banda completa, por lo que hubo menos sonidos programados y la música ganó en frescura. La gira tiene por objeto promocionar el disco “La superbe”, que según la crítica europea fue uno de los mejores discos de 2009. Sumergirse en ese disco significa adentrarse en los distintos caminos, sonidos y ritmos que Biolay elige a la hora de componer. Desde la intimidad de la chanson más tradicional, pasando por los coqueteos con el hip hop, el nulo temor a los aportes de electrónica, y hasta sonidos y melodías pop bien accesibles y pegadizas. Esa variedad, en un recorrido que no dejó de lado el resto de su discografía, es lo que pudo apreciarse en el sensacional concierto de anoche. El paso de la suave “Night shop” a la pegadiza “Si tu suis mon regard”, que hacia el final construyó el primer clima ascendente de la noche, resulta un ejemplo perfecto para graficar ese cambio.
Con Benjamin Biolay al piano el show vuelve a cambiar de rumbo. La sala parece hacerse más pequeña, la intimidad nos invade a todos y el decir susurrante y confidente del francés hace de ese momento un punto altísimo desde lo emotivo. “Ton heritage” probablemente sea una de las canciones más hermosas de “La superbe”. La hizo sentado al piano y acompañado apenas de unos colchones de cuerdas aportados por su tecladista (que es igual a Luis Luque!). Seguido quedó solo en el escenario y se despachó con dos joyas de sus primeros trabajos: “Nuits blanches” de “Negatif”, y desde “Rose Kennedy”, “November toute l’année”. En su sugerente melodía acompañada por un piano con reminiscencias clásicas, a esa altura de la noche, el nombre de la canción resultó un auténtico deseo común. Si faltaba algo para coronar ese tramo, seguido se escuchó una tremenda versión de “La superbe”, la primera de las tres canciones que terminan en crescendos sonoros que estremecen los sentidos y que hacen que uno quiera que se prolonguen hasta el infinito.
Benjamin Biolay habla poco y casi siempre en francés. El contacto con el público se reduce a unos suaves golpes en el pecho para atestiguar que el cariño es mutuo. Recorre el escenario a paso lento, marca con sus brazos los cambios de ritmos y cortes en las canciones y su baile es apenas leve. Se acerca a sus músicos, pero se comunica con ellos apenas por gestos. Su andar descuidado y su manera permanente de arreglarse el pelo pueden ser ritos auténticos o bien una perfecta construcción. Pero en cualquiera de los casos, su figura resulta un imán que atrae las miradas y que lo convierten en centro de la noche. A veces su humildad es creíble, otras parece estar más allá de todo, y hasta parece sobrar la situación. Con esos atributos, no es causal que haya incursionado en el cine.
“Lyon presqu’île” y “Bien avant” tuvieron a Benjamin a cargo de la guitarra acústica y fueron el prolegómeno del tramo más festivo del concierto. Pasaron la rockera “Prenons le largue”, y de “Trash yéyé”, la seductora “Qu'est-ce que ça peut faire” y la irresistible “Dans la merco Benz”, con incursión de Benjamin en la trompeta. “15 Septembre” marcó otro momento alto desde lo rítmico y el final, igual que en 2008 y en el mini set del Hot Festival, quedó a cargo de “A l’origine”. Y acá tengo que hacer un alto. Porque cada peso que uno pueda pagar por la entrada a un concierto de Benjamin Biolay vale solamente por ese momento. La canción es una especie de hip hop denso (diría a lo Eminem, por citar una referencia que no me convence del todo), cuyo clima va ganando en volumen, y que se desata en un caos sonoro y lumínico, con el francés arrodillado en el piso, gritando y casi aullando una letra que contrapone la imagen de un origen puro y libre de maldades ante el espejo de un presente pintado de macabro, materialista e insensible. Todo esto enmarcado por sonidos que ganan en intensidad, mientras las luces bombardean el escenario convirtiéndolo en un auténtico apocalipsis. La gente de a poco se va poniendo de pie, un poco por incredulidad ante lo que tiene frente a sus ojos, y otro poco porque es contagiada por el éxtasis de una banda que termina el concierto en un estallido fenomenal. Es por ese motivo que pasan unos cuantos minutos entre que la banda se haya retirado del escenario y la aparición de los primeros aplausos pidiendo por una vuelta.
De regreso Benjamin hizo “La balade du mois de Juin”, del disco “Home” que grabara en 2004 con su, por entonces, esposa, Chiara Mastroianni. Después del caos llega la calma, podría uno pensar. Pero eso dura poco, porque otra vez una melodía que nace pequeña e íntima gana lentamente en energía, para destara el tercer momento crucial en cuanto a intensidad. Así fue la interpretación de “Negatif”, tema que da nombre a su segundo trabajo, y que incluyó citas a Bowie y a Gorillaz. Nueva despedida breve, y finalmente un segundo regreso con “Les cerfs volants”, un clásico de su primer disco, con la voz sampleada de Marylin Monroe como acompañante, y un cierre definitivo con “Padam”, de su último trabajo, en una versión funk en donde la guitarra se lució marcando el ritmo frenético que le dio a la noche un cierre ideal.
Pasada la medianoche la gente se retira lentamente del Samsung completamente complacida. Yo me quedo mirando algunos rostros con algo de curiosidad y mucho de odio. Porque no quiero dejar pasar que durante las dos horas del concierto hubo personas que se levantaron de sus lugares una docena de veces (no exagero) para irse a conversar con gente de otras mesas, yéndose al baño, o vaya saber dónde, desatendiendo en absoluto lo que pasaba en el escenario. Caminantes que parecían tener la mente en otro lado, y a los que yo aborrecía, porque honestamente no creo que se merezcan la extraordinaria performance que Benjamin Biolay nos regaló anoche. El espacio y el precio de las entradas dejó a afuera a mucha gente que de verdad hubiera disfrutado del concierto. Sin necesidad de petit cazuelas a $50 y que se sabe ubicar y postergar la hora de hacer sociales para el momento que corresponda. Así que amigo Benjamin , ya sabés: la próxima (porque tiene que haber próxima) al menos una Trastienda.
martes, 23 de noviembre de 2010
Olivia Ruiz en La Trastienda
Este fin de semana por primera vez se había declarado feriado al Día de la Soberanía Nacional. El sábado, fecha en que se conmemora la batalla de la Vuelta de Obligado frente a la flota anglofrancesa, yo me fui a ver a los británicos Massive Attack; y ayer, que el feriado se hacía efectivo, a la francesa Olivia Ruiz. Esto me estaba haciendo sentir un poco cipayo, así que para elevar mi sentimiento patriótico, y poco para romper las pelotas, crucé dos vueltas de cadena al pasaje donde vivo, y me fui a La Trastienda con la conciencia limpia y soberana.
Olivia Ruiz es un caso raro. Cuando supe de su existencia desconfié de su origen en la versión de Operación triunfo francesa. Pero me bastó escucharla para dejar de lado los prejuicios. La cantante de treinta años posee, además de su excelente registro vocal, una enorme capacidad para adentrarse en estilos variados y encararlos con facilidad, empleando incluso varios idiomas. El show de anoche en La Trastienda, en su segunda visita a la Argentina, tuvo mucho de eso. Con una banda reducida (bajo, batería minimalista, guitarra y trompeta) Olivia armó un show breve y compacto, que priorizó las canciones en español, hizo un repaso por sus dos últimos trabajos (“La femme chocolat” y “Miss méteores”) , más alguna perla de regalo.
El show abrió con “Les crêpes aux champignons”, y siguió con la poderosa “Goutez-moi”. Olivia Ruiz se mostró más que simpática y con muchas ganas de dialogar con la gente. Como descendiente de españoles (contó que sus abuelos se refugiaron en el sur de Francia huyendo de Franco), usó ese idioma para dialogar y eso facilitó la comunicación; aunque ella no estaba muy convencida y contó que su abuela la acusaba de pronunciar el español como una vaca inglesa. Aun luego de semejante confesión, privilegió el español para las canciones, como “La femme chocolat” que tienen versiones también en francés. Si bien el show fue parejo en cuanto a climas, no dejaron de haber momentos para destacar, entre ellos la versión de “Quijote” y dos canciones en inglés “Spit the devil” y “I need a child”, en donde la guitarra fue reemplazada por un banjo.
Cantó “Las migas de mi corazón”, que en su versión original comparte con Julieta Venegas (ella dijo extrañarla, yo no), y en cuanto a emotividad los momentos cumbre fueron dos: la interpretación en francés de “Que nadie sepa mi sufrir”, tal cual la hacía Edith Piaf (recordó que en su primera visita a Argentina cuatro años atrás, un periodista desorientado la trató de cruza entre Piaf y Mano Negra) y que resultó una gran demostración de su capacidad vocal; y un homenaje sentido y conmovedor a Lhasa de Sela, con una versión de alto vuelo de “La llorona”.
Olivia se mostró siempre de excelente humor. Se rió de su propia impericia para explicar el significado de las canciones, como “Elle panique”, o a la hora de presentar a sus músicos, de los cuales dijo “pueden decirles lo que quieran, que no entienden una palabra en español”. Consiguió hacerse acompañar con palmas a lo largo de todo el show, especialmente en la irresistible “Belle à en crever”. Festejó la presencia de varios argentinos en la sala, cuando notó que un nutrido grupo de gente la vivaba en francés (No hice miles de kilómetros para ver franceses, no?, dijo). El legado de sus ancestros españoles está presente también en cada uno de sus movimientos y por momentos a sus pasos de baile solo le faltaron las castañuelas. Y como si esto fuera poco, cerró el show con la españolísima “Quedate”, canción marcada a fuego con el signo trágico de la poesía de ese país (Quédate conmigo abuela, no nos dejes solitos, solo con memoria. Quédate conmigo abuela, qué camino seguir si se muere el tuyo).
Cuando volvió al escenario para los bises, que fueron a las apuradas porque luego de desalojar la sala, Pavement hacía su segundo show en Argentina, la gente la pidió “Mala vida”, el tema de Mano Negra que Olivia grabara con el proyecto Nouvelle Vague, pero como no lo tenía preparada, nos conformó haciendo solamente el estribillo a capella. Después dejó la graciosa pintura familiar de “Terapia de grupo” (“Mi madre es depresiva, mi padre falto de confianza”, canta), y a falta de más temas preparados (se excusó en su banda reducida), se despidió definitivamente haciendo de nuevo “Las migas de mi corazón”, pero en francés (J’etraine des pieds”). Para mí, el show de Olivia Ruiz resultó un refrescante aperitivo para el show de Benjamín Biolay esta noche. Justamente, bien cerca de la barra, se pudo a ver a Benjamín Biolay junto a sus músicos disfrutando del show de su compatriota.
Olivia Ruiz es un caso raro. Cuando supe de su existencia desconfié de su origen en la versión de Operación triunfo francesa. Pero me bastó escucharla para dejar de lado los prejuicios. La cantante de treinta años posee, además de su excelente registro vocal, una enorme capacidad para adentrarse en estilos variados y encararlos con facilidad, empleando incluso varios idiomas. El show de anoche en La Trastienda, en su segunda visita a la Argentina, tuvo mucho de eso. Con una banda reducida (bajo, batería minimalista, guitarra y trompeta) Olivia armó un show breve y compacto, que priorizó las canciones en español, hizo un repaso por sus dos últimos trabajos (“La femme chocolat” y “Miss méteores”) , más alguna perla de regalo.
El show abrió con “Les crêpes aux champignons”, y siguió con la poderosa “Goutez-moi”. Olivia Ruiz se mostró más que simpática y con muchas ganas de dialogar con la gente. Como descendiente de españoles (contó que sus abuelos se refugiaron en el sur de Francia huyendo de Franco), usó ese idioma para dialogar y eso facilitó la comunicación; aunque ella no estaba muy convencida y contó que su abuela la acusaba de pronunciar el español como una vaca inglesa. Aun luego de semejante confesión, privilegió el español para las canciones, como “La femme chocolat” que tienen versiones también en francés. Si bien el show fue parejo en cuanto a climas, no dejaron de haber momentos para destacar, entre ellos la versión de “Quijote” y dos canciones en inglés “Spit the devil” y “I need a child”, en donde la guitarra fue reemplazada por un banjo.
Cantó “Las migas de mi corazón”, que en su versión original comparte con Julieta Venegas (ella dijo extrañarla, yo no), y en cuanto a emotividad los momentos cumbre fueron dos: la interpretación en francés de “Que nadie sepa mi sufrir”, tal cual la hacía Edith Piaf (recordó que en su primera visita a Argentina cuatro años atrás, un periodista desorientado la trató de cruza entre Piaf y Mano Negra) y que resultó una gran demostración de su capacidad vocal; y un homenaje sentido y conmovedor a Lhasa de Sela, con una versión de alto vuelo de “La llorona”.
Olivia se mostró siempre de excelente humor. Se rió de su propia impericia para explicar el significado de las canciones, como “Elle panique”, o a la hora de presentar a sus músicos, de los cuales dijo “pueden decirles lo que quieran, que no entienden una palabra en español”. Consiguió hacerse acompañar con palmas a lo largo de todo el show, especialmente en la irresistible “Belle à en crever”. Festejó la presencia de varios argentinos en la sala, cuando notó que un nutrido grupo de gente la vivaba en francés (No hice miles de kilómetros para ver franceses, no?, dijo). El legado de sus ancestros españoles está presente también en cada uno de sus movimientos y por momentos a sus pasos de baile solo le faltaron las castañuelas. Y como si esto fuera poco, cerró el show con la españolísima “Quedate”, canción marcada a fuego con el signo trágico de la poesía de ese país (Quédate conmigo abuela, no nos dejes solitos, solo con memoria. Quédate conmigo abuela, qué camino seguir si se muere el tuyo).
Cuando volvió al escenario para los bises, que fueron a las apuradas porque luego de desalojar la sala, Pavement hacía su segundo show en Argentina, la gente la pidió “Mala vida”, el tema de Mano Negra que Olivia grabara con el proyecto Nouvelle Vague, pero como no lo tenía preparada, nos conformó haciendo solamente el estribillo a capella. Después dejó la graciosa pintura familiar de “Terapia de grupo” (“Mi madre es depresiva, mi padre falto de confianza”, canta), y a falta de más temas preparados (se excusó en su banda reducida), se despidió definitivamente haciendo de nuevo “Las migas de mi corazón”, pero en francés (J’etraine des pieds”). Para mí, el show de Olivia Ruiz resultó un refrescante aperitivo para el show de Benjamín Biolay esta noche. Justamente, bien cerca de la barra, se pudo a ver a Benjamín Biolay junto a sus músicos disfrutando del show de su compatriota.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Hot Festival dia 2 - Massive Attack en Costanera
Llegué temprano al predio de Costanera exclusivamente para ver a Martina Topley Bird en un horario inusual: 16:10hs La primera decepción fue que para entrar yo tenía la ilusión de subir por el puentecito que cruzábamos cuando era chico e íbamos al parque de diversiones, cuyo tren fantasma tenía tantas entradas de luz, que uno podía adivinar el monstruo siguiente varios metros antes. Pero uno de los puentes era para el estacionamiento y el otro para el VIP. Nada de puentecito entonces y a correr al escenario 2, porque eran las cuatro. Pero la cosa venía retrasada, así que presencié a María Ezquiaga y dos guitarristas en una versión reducida de Rosal. No estuvo mal, pero de todas maneras los veinte que éramos a esa hora, estábamos resguardados a la sombra y vimos y escuchamos el show sentados.
El que no fue temprano y se perdió a Martina…..lo siento mucho. Ella sola, un teclado, laptop y sampers. Habló en español, fue pura simpatía y se ganó al poco público que estaba en el lugar, que había ido temprano exclusivamente a verla. Sus interpretaciones fueron más fieles al sonido de “The blue God”, que a las versiones que hizo para “Some place simple” este año. Usó mucho sampler de voz y se tomó con humor alguna falla en el disparo de las programaciones. Tocó “Valentine”, “Poison”, “Da, da, da, da”, una versión de “Overcome”, el tema que grabara para el disco debut de Tricky, y se peleó con los organizadores ante la sugerencia de acortar el set (el retraso no es mi culpa!, les gritó). Y ante otra falla en el sonido, cerró invitando a dos espectadores a subir al escenario a acompañarla con palma y pandereta, y haciendo en guitarra una furiosa versión de “Too tough to die”, de su primer disco solista “Quixotic”, mientras los turros de “Soy rock” le largaban el show de Cobra Starship en el escenario 1.
Cobra Starship…..tal vez con el revuelo hormonal de un adolescente se los pueda entender, pero mi cabeza está cerrada a esas experiencias. Para colmo, en su demagogia pro Argentina, uno de ellos gritó: Viva Argentina, viva cerveza (así, sin artículo de por medio), viva cerveza Quilmes!” Nah! Banda berreta vivando cerveza berrata. Asco. En mi cabeza sonaba la voz de Mark Mothersbaugh repitiendo “We are emo, we are emo” Sigo de largo. Me voy al escenario alternativo y está desarmando Brian Storming. Llegué tarde, así que me volví al escenario 2, porque (con Cobra Starship todavía tocando!) largaron a James Yuill. El tipo parece salido del video de “She blinded me with science” de Thomas Dolby. Un nerd con todas las letras, rodeado de tecnología, disparando secuencias y haciendo buenas canciones. Pappo lo hubiese echado a patadas del escenario, pero el tipo se la bancó e hizo bailar a algunos con su versión 2.0 del synth pop.
Massacre, a esta altura, se convirtió en una fija para este tipo de festivales. Walas se gana al público con facilidad, la gente reacciona más que bien ante una banda clásica a la que muchos descubrieron hace poco. Abrieron con “Abrázame así, abrazame fuerte”, y sonaron “La octava maravilla”, “La epidemia”, y “Divorcio” (estas tres todas de el magnífico “El mamut”-2007). Auguraron un futuro dominado por insectos en “Heredarán la tierra” en un predio ideal para “Off Rock Festival” y se despidieron con mucho aplausos, aunque no tocaron “Plan B” (Cosa que tampoco haría Catupecu más tarde, en una especie de “dale hacela vos. No vos. No mejor vos. Y así nos quedamos todos sin “Anhelo de satisfacción”).
Volví al escenario 2 a ver a Benjamin Biolay. De él voy a hablar poco, porque el 23 lo voy a ver en Studio Samsung y me reservo las palabras para ese momento. Lo resumo diciendo que aunque muchos no lo concían, la gente “compró”. El tipo seduce hasta cuando se esfuerza por no seducir. Dos chicas chiquitas al lado mío se apretaban las manos entre ellas y se preguntaban: “Boluda, quién se lo coje primero?” a una edad en la que todavía no aprendieron que a veces no todo se hace necesariamente se reduce a dos. Hizo al principio los temas más guitarreros (“Si tu suis mon regard”), tocó la trompeta en “La superbe”, fumó en “Tu es mon amour”, rescató “Les cerf volants” y cerró (como hace dos años en Niceto) con una descomunal “A l’origine”.
Stereophonics es para mí una deuda pendiente. Siempre los escuché poco haciéndome la promesa de adentrarme en su discografía. Ese tipo de bandas siempre me parecen que son lo que Radiohead hubiese sido si se hubieran casado con “Pablo Honey”. Pero Stepeophonics está un paso arriba. Y si yo sospechaba que ese prejuicio me estaba haciendo perder una gran banda, ayer lo terminé por confirmar. Espíritu indie, guitarras poderosas, buenas voces dentro de un sonido impecable. Abrieron con el clásico “The bartender and the thief” e hicieron excelentes versiones de “Superman”, “Local boy in the photograph” y “Just loocking”. Bajaron un poco los decibeles con “Have a nice day” y “Maybe tomorrow”, y cerraron bien arriba con “Dakota”. Show potente que le dejó el ambiente servido a Catupecu en el escenario 2.
Lejos, uno de los shows más flojos que les vi a los Catupecu Machu. Abrieron con “Confusión” y “Piano rd” de “Simetría…” y el sonido era más que deficiente. La gente lo hizo notar y Fernando les dijo que puteen a Macri. La verdad es que creo que Mauricio tenía poco que ver esta vez con los problemas de sonido. En primer lugar, porque Fernando Ruiz Diaz sabe muy bien que el sonido no se remite solo a volumen, y la mezcla por momentos era pésima. La diferencia entre la potencia sonora de los dos escenarios fue notoria (en los sets de Martina Topley Bird y Benjamin Biolay no lo noté, porque con menos público pude estar más cerca del escenario), pero aún así, en la mitad de “Origen extremo” el volumen subió repentinamente, demostrando que no todo era decisión del jefe de gobierno. A no ser que Duran Barba le haya interrumpido la mesa dulce a Mauricio, le haya hecho saber que estaba a punto de perder dos de los seis votos que le quedan, y que desde Tandil haya salido la orden de mover el potenciómetro. La cosa fue que con el sonido en parte mejorado, el final con “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” fue más que digno, y “Dale!” provocó el único pogo en la segunda noche del festival.
Yo aproveché el show de Thievery Corporation para comer un sandwich, visitar a Basani, y descansar un poco. Pero tengo que decir que el combo de Washington hizo un show magnífico. Hicieron bailar hasta las piedras. Mucho funk, ritmos de todo tipo, world music, algo de reggae, hip hip y electrónica. Se cantó en español, portugués e inglés. La cantante argentina Natalia Cravier incitó al público a moverse aduciendo el imperativo de no hacerla quedar mal (???). En “Originality” citaron el “Thank you” de Sly Stone e hicieron “The heart’s a lonely hunter”, el tema que junto David Byrne grabaran en “The cosmic game”. Nombrar temas me resulta imposible, pero sí puedo decir que como aperitivo estuvo más que bien, y que no es casual que Massive Attack los hayan elegido como apertura de su gira.
La ansiedad por ver a los de Bristol era mucha. Después de un show movido como el de Thievery había que ver por donde decidían pegar los británicos para que el choque no resulte tan notorio. La media hora que se demoraron los asistentes en desarmar el set de Thievery y armar el de Massive, sirvió para atemperar los ánimos. Y para cuando se apagaron las luces y empezó a escucharse “United snakes” la expectativa era absoluta. De entrada nomás quedó claro que el sonido nos iba a pasar por arriba. No había jefe de gobierno ni vecinos que pudieran interponerse (y la fauna de la reserva ecológica tiene poco poder de lobby). Una atomósfera perfecta para un trance de poco más de una hora y media que dejó a todo el mundo absorto. En seguida subió Martina Topley Bird para hacer “Babel”, uno de los temas a cargo de su voz en “Heligoland” (el otro es “Psyche” que sonaría más tarde) y todo comenzó a cobrar forma. La puesta en escena fue magnífica. La iluminación alternaba tonalidades más bien oscuras, dentro de los azules con estallidos de flashes y rotaciones psicodélicas. El humo abundaba y a veces hasta casi cubría la vista de los músicos. Detrás de la banda una pantalla de leds armaba y desarmaba palabras, que en el comienzo fueron nombres de todo tipo de drogas, pero que luego también fueron frases completas y números. Números que se incrementaban y reducían, que por momentos solo eran cifras y que en otro llevaban el signo pesos por delante. Que pueden remitir a gastos en armas o a datos de población, y que a veces se detienen de repente como si se quisiera marcar un dato en particular. Anoche, sugestivamente la primera detención fue en el número 30000. Entonces, más que un complemento la pantalla resultó un objeto esencial en un show conceptual por donde se lo mire y que obliga al espectador a estar atento a todo detalle para no perderse de nada. Nunca una banda en vivo se pareció tanto a su página web.
Robert del Naja es quien toma más contacto con el público, aunque esto es esporádico, mientras Grant Marshall ocupa un papel más retirado. A pesar de tratarse del cierre de la gira de presentación de “Heligoland”, Massive Attack armó un show con referencias a su último trabajo, pero poniendo énfasis en muchos de sus clásicos, consiguiendo que el concierto tenga picos desde lo emotivo sin abandonar su coherencia conceptual. El primer tema clásico en aparecer fue “Risingsong” de “Mezanine”. Al final la pantalla reproduce al Maradona más verborrágico: Para los que no creían, que la chupen. La gente aplaude. Massive Attack adapta su mensaje a la tierra que está pisando y sus alertas sobre alienaciones y saturación mediática se expresan en términos y referencias bien comprensibles. Horace Andy aportó su “Girl I love you” del último disco y volvió para un conmovedor “Angel”. La interpretación de “Future proof” fue sencillamente descomunal y la guitarra pareció que iba a incendiarse. Martina Topley Bird hizo una intensa versión adaptada a su voz de “Teadrop” que resultó otro punto altísimo. Pero lo mejor del show sucedió con “Inertia creeps”; mientras la pantalla reproducía las noticias de la semana, en donde conviven Messi, Mariano Ferreira, Moyano y Amado Boudou. A modo de videograph de canal de cable va pasando el resumen semanal y se mezcla con datos aterradores como la información sobre los días en que un ciudadano puede permanecer detenido sin cargos. Canada, Francia, Turquía, Irlanda e Inglaterra van incrementando la cuenta de días hasta el terrorífico “Estado Unidos: tiempo indefinido”. La música sigue creciendo en un clima envolvente y la odisea multimedia termina con sentencias como “Comentar es gratis” y “Los inocentes no han de tener miedo”.
Si “Inertia creeps” fue el punto culminante desde el concepto, el cierre del show con “Safe from harm”, el pico emotivo se centró en lo musical. Poco es lo que se puede decir, porque la única manera de notar el ensimismamiento de la gente, abstraída por la música en un estado de consciencia altamente perceptivo, es haber estado allí y haber sido parte de ese momento mágico. Haber estado bajo el encanto de la voz de Deborah Miller y heberse dejado llevar por la primera canción del primer disco de Massive Attack, esa que bastó para que uno se vuelva fan incondicional de la banda. Y después el silencio y la espera, breve, para unos bises que no dejaron de estar a tono con el show. “As you were living” trae a la pantalla, en tamaño diminuto pero perceptible, los nombres de Tatcher y Galtieri, mezclando sus letras y fundiéndose en uno solo. “Unfinished simpathy” devuelve la encantadora voz de Deborah al escenario, y el cierre definitivo fue, igual que “Heligoland”, con “Atlas air”. El riff de teclado se vuelve un irresistible e interminable trance que permaneció en mi cabeza aún a varias cuadras de haber abandonado el predio y haber salteado los vendedores de remeras y gaseosas a la salida.
Este año tuve la suerte de estar presente en enorme cantidad de conciertos, pero nada se comparará nunca a la noche de Massive Attack en la costanera sur. Un show extraordinario hecho por unos tipos que hace rato han comprendido e incorporado la tecnología, ya no solo al servicio de la música, sino en función de un espectáculo que obliga a tener los cinco sentidos abocados al 100% para gozarlo en toda su dimensión. Y bajo circunstancia sensitiva es que todavía estaba imbuido cuando necesité pellizcarme, un poco para saber si lo que había vivido era real, y otro poco porque cruzar Paseo Colon a esa hora y en ese estado no era lo más aconsejable.
El que no fue temprano y se perdió a Martina…..lo siento mucho. Ella sola, un teclado, laptop y sampers. Habló en español, fue pura simpatía y se ganó al poco público que estaba en el lugar, que había ido temprano exclusivamente a verla. Sus interpretaciones fueron más fieles al sonido de “The blue God”, que a las versiones que hizo para “Some place simple” este año. Usó mucho sampler de voz y se tomó con humor alguna falla en el disparo de las programaciones. Tocó “Valentine”, “Poison”, “Da, da, da, da”, una versión de “Overcome”, el tema que grabara para el disco debut de Tricky, y se peleó con los organizadores ante la sugerencia de acortar el set (el retraso no es mi culpa!, les gritó). Y ante otra falla en el sonido, cerró invitando a dos espectadores a subir al escenario a acompañarla con palma y pandereta, y haciendo en guitarra una furiosa versión de “Too tough to die”, de su primer disco solista “Quixotic”, mientras los turros de “Soy rock” le largaban el show de Cobra Starship en el escenario 1.
Cobra Starship…..tal vez con el revuelo hormonal de un adolescente se los pueda entender, pero mi cabeza está cerrada a esas experiencias. Para colmo, en su demagogia pro Argentina, uno de ellos gritó: Viva Argentina, viva cerveza (así, sin artículo de por medio), viva cerveza Quilmes!” Nah! Banda berreta vivando cerveza berrata. Asco. En mi cabeza sonaba la voz de Mark Mothersbaugh repitiendo “We are emo, we are emo” Sigo de largo. Me voy al escenario alternativo y está desarmando Brian Storming. Llegué tarde, así que me volví al escenario 2, porque (con Cobra Starship todavía tocando!) largaron a James Yuill. El tipo parece salido del video de “She blinded me with science” de Thomas Dolby. Un nerd con todas las letras, rodeado de tecnología, disparando secuencias y haciendo buenas canciones. Pappo lo hubiese echado a patadas del escenario, pero el tipo se la bancó e hizo bailar a algunos con su versión 2.0 del synth pop.
Massacre, a esta altura, se convirtió en una fija para este tipo de festivales. Walas se gana al público con facilidad, la gente reacciona más que bien ante una banda clásica a la que muchos descubrieron hace poco. Abrieron con “Abrázame así, abrazame fuerte”, y sonaron “La octava maravilla”, “La epidemia”, y “Divorcio” (estas tres todas de el magnífico “El mamut”-2007). Auguraron un futuro dominado por insectos en “Heredarán la tierra” en un predio ideal para “Off Rock Festival” y se despidieron con mucho aplausos, aunque no tocaron “Plan B” (Cosa que tampoco haría Catupecu más tarde, en una especie de “dale hacela vos. No vos. No mejor vos. Y así nos quedamos todos sin “Anhelo de satisfacción”).
Volví al escenario 2 a ver a Benjamin Biolay. De él voy a hablar poco, porque el 23 lo voy a ver en Studio Samsung y me reservo las palabras para ese momento. Lo resumo diciendo que aunque muchos no lo concían, la gente “compró”. El tipo seduce hasta cuando se esfuerza por no seducir. Dos chicas chiquitas al lado mío se apretaban las manos entre ellas y se preguntaban: “Boluda, quién se lo coje primero?” a una edad en la que todavía no aprendieron que a veces no todo se hace necesariamente se reduce a dos. Hizo al principio los temas más guitarreros (“Si tu suis mon regard”), tocó la trompeta en “La superbe”, fumó en “Tu es mon amour”, rescató “Les cerf volants” y cerró (como hace dos años en Niceto) con una descomunal “A l’origine”.
Stereophonics es para mí una deuda pendiente. Siempre los escuché poco haciéndome la promesa de adentrarme en su discografía. Ese tipo de bandas siempre me parecen que son lo que Radiohead hubiese sido si se hubieran casado con “Pablo Honey”. Pero Stepeophonics está un paso arriba. Y si yo sospechaba que ese prejuicio me estaba haciendo perder una gran banda, ayer lo terminé por confirmar. Espíritu indie, guitarras poderosas, buenas voces dentro de un sonido impecable. Abrieron con el clásico “The bartender and the thief” e hicieron excelentes versiones de “Superman”, “Local boy in the photograph” y “Just loocking”. Bajaron un poco los decibeles con “Have a nice day” y “Maybe tomorrow”, y cerraron bien arriba con “Dakota”. Show potente que le dejó el ambiente servido a Catupecu en el escenario 2.
Lejos, uno de los shows más flojos que les vi a los Catupecu Machu. Abrieron con “Confusión” y “Piano rd” de “Simetría…” y el sonido era más que deficiente. La gente lo hizo notar y Fernando les dijo que puteen a Macri. La verdad es que creo que Mauricio tenía poco que ver esta vez con los problemas de sonido. En primer lugar, porque Fernando Ruiz Diaz sabe muy bien que el sonido no se remite solo a volumen, y la mezcla por momentos era pésima. La diferencia entre la potencia sonora de los dos escenarios fue notoria (en los sets de Martina Topley Bird y Benjamin Biolay no lo noté, porque con menos público pude estar más cerca del escenario), pero aún así, en la mitad de “Origen extremo” el volumen subió repentinamente, demostrando que no todo era decisión del jefe de gobierno. A no ser que Duran Barba le haya interrumpido la mesa dulce a Mauricio, le haya hecho saber que estaba a punto de perder dos de los seis votos que le quedan, y que desde Tandil haya salido la orden de mover el potenciómetro. La cosa fue que con el sonido en parte mejorado, el final con “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” fue más que digno, y “Dale!” provocó el único pogo en la segunda noche del festival.
Yo aproveché el show de Thievery Corporation para comer un sandwich, visitar a Basani, y descansar un poco. Pero tengo que decir que el combo de Washington hizo un show magnífico. Hicieron bailar hasta las piedras. Mucho funk, ritmos de todo tipo, world music, algo de reggae, hip hip y electrónica. Se cantó en español, portugués e inglés. La cantante argentina Natalia Cravier incitó al público a moverse aduciendo el imperativo de no hacerla quedar mal (???). En “Originality” citaron el “Thank you” de Sly Stone e hicieron “The heart’s a lonely hunter”, el tema que junto David Byrne grabaran en “The cosmic game”. Nombrar temas me resulta imposible, pero sí puedo decir que como aperitivo estuvo más que bien, y que no es casual que Massive Attack los hayan elegido como apertura de su gira.
La ansiedad por ver a los de Bristol era mucha. Después de un show movido como el de Thievery había que ver por donde decidían pegar los británicos para que el choque no resulte tan notorio. La media hora que se demoraron los asistentes en desarmar el set de Thievery y armar el de Massive, sirvió para atemperar los ánimos. Y para cuando se apagaron las luces y empezó a escucharse “United snakes” la expectativa era absoluta. De entrada nomás quedó claro que el sonido nos iba a pasar por arriba. No había jefe de gobierno ni vecinos que pudieran interponerse (y la fauna de la reserva ecológica tiene poco poder de lobby). Una atomósfera perfecta para un trance de poco más de una hora y media que dejó a todo el mundo absorto. En seguida subió Martina Topley Bird para hacer “Babel”, uno de los temas a cargo de su voz en “Heligoland” (el otro es “Psyche” que sonaría más tarde) y todo comenzó a cobrar forma. La puesta en escena fue magnífica. La iluminación alternaba tonalidades más bien oscuras, dentro de los azules con estallidos de flashes y rotaciones psicodélicas. El humo abundaba y a veces hasta casi cubría la vista de los músicos. Detrás de la banda una pantalla de leds armaba y desarmaba palabras, que en el comienzo fueron nombres de todo tipo de drogas, pero que luego también fueron frases completas y números. Números que se incrementaban y reducían, que por momentos solo eran cifras y que en otro llevaban el signo pesos por delante. Que pueden remitir a gastos en armas o a datos de población, y que a veces se detienen de repente como si se quisiera marcar un dato en particular. Anoche, sugestivamente la primera detención fue en el número 30000. Entonces, más que un complemento la pantalla resultó un objeto esencial en un show conceptual por donde se lo mire y que obliga al espectador a estar atento a todo detalle para no perderse de nada. Nunca una banda en vivo se pareció tanto a su página web.
Robert del Naja es quien toma más contacto con el público, aunque esto es esporádico, mientras Grant Marshall ocupa un papel más retirado. A pesar de tratarse del cierre de la gira de presentación de “Heligoland”, Massive Attack armó un show con referencias a su último trabajo, pero poniendo énfasis en muchos de sus clásicos, consiguiendo que el concierto tenga picos desde lo emotivo sin abandonar su coherencia conceptual. El primer tema clásico en aparecer fue “Risingsong” de “Mezanine”. Al final la pantalla reproduce al Maradona más verborrágico: Para los que no creían, que la chupen. La gente aplaude. Massive Attack adapta su mensaje a la tierra que está pisando y sus alertas sobre alienaciones y saturación mediática se expresan en términos y referencias bien comprensibles. Horace Andy aportó su “Girl I love you” del último disco y volvió para un conmovedor “Angel”. La interpretación de “Future proof” fue sencillamente descomunal y la guitarra pareció que iba a incendiarse. Martina Topley Bird hizo una intensa versión adaptada a su voz de “Teadrop” que resultó otro punto altísimo. Pero lo mejor del show sucedió con “Inertia creeps”; mientras la pantalla reproducía las noticias de la semana, en donde conviven Messi, Mariano Ferreira, Moyano y Amado Boudou. A modo de videograph de canal de cable va pasando el resumen semanal y se mezcla con datos aterradores como la información sobre los días en que un ciudadano puede permanecer detenido sin cargos. Canada, Francia, Turquía, Irlanda e Inglaterra van incrementando la cuenta de días hasta el terrorífico “Estado Unidos: tiempo indefinido”. La música sigue creciendo en un clima envolvente y la odisea multimedia termina con sentencias como “Comentar es gratis” y “Los inocentes no han de tener miedo”.
Si “Inertia creeps” fue el punto culminante desde el concepto, el cierre del show con “Safe from harm”, el pico emotivo se centró en lo musical. Poco es lo que se puede decir, porque la única manera de notar el ensimismamiento de la gente, abstraída por la música en un estado de consciencia altamente perceptivo, es haber estado allí y haber sido parte de ese momento mágico. Haber estado bajo el encanto de la voz de Deborah Miller y heberse dejado llevar por la primera canción del primer disco de Massive Attack, esa que bastó para que uno se vuelva fan incondicional de la banda. Y después el silencio y la espera, breve, para unos bises que no dejaron de estar a tono con el show. “As you were living” trae a la pantalla, en tamaño diminuto pero perceptible, los nombres de Tatcher y Galtieri, mezclando sus letras y fundiéndose en uno solo. “Unfinished simpathy” devuelve la encantadora voz de Deborah al escenario, y el cierre definitivo fue, igual que “Heligoland”, con “Atlas air”. El riff de teclado se vuelve un irresistible e interminable trance que permaneció en mi cabeza aún a varias cuadras de haber abandonado el predio y haber salteado los vendedores de remeras y gaseosas a la salida.
Este año tuve la suerte de estar presente en enorme cantidad de conciertos, pero nada se comparará nunca a la noche de Massive Attack en la costanera sur. Un show extraordinario hecho por unos tipos que hace rato han comprendido e incorporado la tecnología, ya no solo al servicio de la música, sino en función de un espectáculo que obliga a tener los cinco sentidos abocados al 100% para gozarlo en toda su dimensión. Y bajo circunstancia sensitiva es que todavía estaba imbuido cuando necesité pellizcarme, un poco para saber si lo que había vivido era real, y otro poco porque cruzar Paseo Colon a esa hora y en ese estado no era lo más aconsejable.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Hamacas al Rio en Studio Samsung
No pude estar en Núñez, así que aproveché las ventajas del Fútbol para todos y vi el clásico en casa con la campera colgada en el respaldo de la silla y la entrada del show Hamacas al Río en la billetera. Ni bien terminó el partido salí corriendo, sin pensar mucho, para llegar al show a horario. Todavía estaba procesando la victoria cuando en el taxi al que me subo sonaban Los Redondos con “Ji,ji,ji”. Ahí caí en la cuenta que yo tenía más ganas de estar haciendo pogo con el “negro” Maidana, que de ir a ver cualquier recital. Dos cosas fueron las que me devolvieron el espíritu melómano: en primer lugar transformé en mi cabeza a los Hamacas al Río en Hamacas al River por un rato, y en segundo lugar, es imposible pisar Studio Samsung sin ser invadido por una enorme sed de música.
Ya en clima me senté a esperar la presentación de “Al final, el parque”, el tercer trabajo de Hamacas al Río, de reciente edición y producido por Tweety Gonzalez. Y después de un inicio que recorrió dos tramos diferentes de su carrera (“El viaje” de su primer trabajo, y “Un pequeño relato” del EP digital de 2008), Hamacas comenzó a repasar lo nuevo, con “En el aire”, canción que abre el disco. La escenografía dejaba ver unas ramas cayendo a ambos lados de la banda y que le entregaban al escenario un espíritu agreste a tono con el nombre del CD. El segundo tema fue “Irreal” y en él aparece una de las características que amplían el universo de la banda a partir de esta nueva etapa. La canción es dócil y fresca al oído, no incluye teclados (el acordeón en el disco estuvo ausente anoche), lo cual es una novedad mayúscula, y destila un espíritu optimista no muy habitual en ellos (“Me sumerjo en la realidad y sin sentidos se van recuerdos, y todo empieza a ser un nuevo día”). El mayor mérito de “Al final, el parque” es precisamente que en su búsqueda de ampliar los horizontes musicales, las canciones no pierden la impronta característica de la banda, y eso consigue que quienes ya los conocemos adoptemos lo nuevo naturalmente, y que los nuevos oídos se arrimen las viejas melodías con facilidad.
La temática de las letras se sigue sosteniendo en miradas personales, muy confesionales en algunos casos, y por ese motivo abundan los “de mí”, “sobre mi” o “en mí” en la estructura de los versos. En lo estrictamente musical, “Otra forma” es, por su contundencia rítmica, la canción que más rompe con el esquema de Hamacas, y anoche tuvo que demorarse por un inconveniente en el disparo de las programaciones; pero la banda sorteó bien el inconveniente adelantando “Andar” en la lista. “Un nuevo amor” es un bolero que crece en intensidad y cuya interpretación Laura dedicó a su padre. La canción que da nombre al disco es una suave melodía que seduce en su lenta somnolencia, y “Seis soles” y “Suerte” son temas más fieles al estilo conocido. Apoyados por percusión, la ya estable segunda voz de Sol Fernandez y la eventual participación de Sebastián Expósito en guitarra acústica, Hamacas al Río sonó fiel al CD, la voz de Laura y los delicados arreglos que envuelven las canciones pudieron disfrutarse en toda su dimensión.
“Mitad de Junio” y “El mismo invierno” fueron otras de las canciones anteriores que se escucharon anoche y el show terminó con “Sin decir”, melodía contagiosa y perfecta en su estructura pop, que seguramente a la hora de repasar el 2010, estará entre las mejores del año. Los bises llegaron con “Te puede estar pasando”, que por sus colchones de teclados, es de los nuevos temas el que más remite a “Mitad de Junio”, después “Calmas” y la despedida repitió el final del disco con “Un sueño”, una canción suave que deriva en un crescendo que la deviene en intensa y que resultó un broche perfecto para el show. Con el espíritu ahora embargado por la cadencia musical de Hamacas al Río, el destino quiso que el taxi de vuelta me recibiera con una radio y la voz de Sinnead O’Connor diciéndome “Thank you for hearing me”, como para no cortar el clima absorbido en el Samsung. Una casualidad que a esa hora resultó más que bienvenida.
Ya en clima me senté a esperar la presentación de “Al final, el parque”, el tercer trabajo de Hamacas al Río, de reciente edición y producido por Tweety Gonzalez. Y después de un inicio que recorrió dos tramos diferentes de su carrera (“El viaje” de su primer trabajo, y “Un pequeño relato” del EP digital de 2008), Hamacas comenzó a repasar lo nuevo, con “En el aire”, canción que abre el disco. La escenografía dejaba ver unas ramas cayendo a ambos lados de la banda y que le entregaban al escenario un espíritu agreste a tono con el nombre del CD. El segundo tema fue “Irreal” y en él aparece una de las características que amplían el universo de la banda a partir de esta nueva etapa. La canción es dócil y fresca al oído, no incluye teclados (el acordeón en el disco estuvo ausente anoche), lo cual es una novedad mayúscula, y destila un espíritu optimista no muy habitual en ellos (“Me sumerjo en la realidad y sin sentidos se van recuerdos, y todo empieza a ser un nuevo día”). El mayor mérito de “Al final, el parque” es precisamente que en su búsqueda de ampliar los horizontes musicales, las canciones no pierden la impronta característica de la banda, y eso consigue que quienes ya los conocemos adoptemos lo nuevo naturalmente, y que los nuevos oídos se arrimen las viejas melodías con facilidad.
La temática de las letras se sigue sosteniendo en miradas personales, muy confesionales en algunos casos, y por ese motivo abundan los “de mí”, “sobre mi” o “en mí” en la estructura de los versos. En lo estrictamente musical, “Otra forma” es, por su contundencia rítmica, la canción que más rompe con el esquema de Hamacas, y anoche tuvo que demorarse por un inconveniente en el disparo de las programaciones; pero la banda sorteó bien el inconveniente adelantando “Andar” en la lista. “Un nuevo amor” es un bolero que crece en intensidad y cuya interpretación Laura dedicó a su padre. La canción que da nombre al disco es una suave melodía que seduce en su lenta somnolencia, y “Seis soles” y “Suerte” son temas más fieles al estilo conocido. Apoyados por percusión, la ya estable segunda voz de Sol Fernandez y la eventual participación de Sebastián Expósito en guitarra acústica, Hamacas al Río sonó fiel al CD, la voz de Laura y los delicados arreglos que envuelven las canciones pudieron disfrutarse en toda su dimensión.
“Mitad de Junio” y “El mismo invierno” fueron otras de las canciones anteriores que se escucharon anoche y el show terminó con “Sin decir”, melodía contagiosa y perfecta en su estructura pop, que seguramente a la hora de repasar el 2010, estará entre las mejores del año. Los bises llegaron con “Te puede estar pasando”, que por sus colchones de teclados, es de los nuevos temas el que más remite a “Mitad de Junio”, después “Calmas” y la despedida repitió el final del disco con “Un sueño”, una canción suave que deriva en un crescendo que la deviene en intensa y que resultó un broche perfecto para el show. Con el espíritu ahora embargado por la cadencia musical de Hamacas al Río, el destino quiso que el taxi de vuelta me recibiera con una radio y la voz de Sinnead O’Connor diciéndome “Thank you for hearing me”, como para no cortar el clima absorbido en el Samsung. Una casualidad que a esa hora resultó más que bienvenida.
martes, 16 de noviembre de 2010
Belle and Sebastian en el Luna Park
Para empezar a contar sobre el show de Belle and Sebastian de anoche voy a descartar dos referencias cercanas: el altísimo grado de emotividad del último show que presencié (Paul McCartney) y la energía desbordante de la última vez que pisé el Luna Park, con Pixies sobre el escenario. Los escoceses son otra cosa, pegan por otro lado. Por el lado de la sensibilidad, como buenos indies esto es casi una obviedad, pero esa sensibilidad aplicada a la música da por resultado canciones delicadas, preciosas en sus melodías y arreglos, y que provocan una sonrisa leve como mueca. Una brisa fresca que para una noche de lunes laboral es casi una bendición.
Con unos quince minutos de demora, el concierto abrió con “I didn’t see it coming” del último trabajo “Write about love” y en seguida le pegaron el primer gran hit, “I’m a cukoo”. Si bien la gira tiene por objetivo presentar el último disco, esta dos canciones fueron la real medida de los discos en los cuales se iba a sostener el show: “Write about love” y el imprescindible “Dear catastrophe waitress” de 2003. Nadie se va a encontrar con lo que no fue a buscar. Folkie suave, buenos arreglos, ligeros detalles con reminiscencias psicodélicas, pop con referencias bien ancladas en los ’60 y la suma de influencias posteriores, algunas más que evidentes, como el caso de The Smiths. Stuart Murdoch y Stevie Jackson son los exactos prototipos de su público: algo melancólicos, alegres sin desbordes, chicos sensibles que encuentran sus réplicas entre la enorme cantidad de flacos con remeras a rayas y anteojos de marcos grueso, y chicas con pañuelos verdes en la cabeza. Si alguien tenía que pasarle sus apuntes de marketing a un compañero de facultad, el Luna Park anoche era el punto de encuentro seguro.
Los Belle and Sebastian no se privaron de nada a la hora de armar el setlist. Fueron bien atrás a rescatar canciones como “Like Dylan in the movies” y las mezclaron con las nuevas, como por ejemplo “I’m not living in the real world”, en la cual al inicio Stevie juega con el público y dice sentirse Freddie Mercury por un rato. Hubo tramos en donde la música se presta al baile (“Step into my office baby” o “I want the world to stop”) y otros más íntimos y suaves, especialmente las excelentes versiones de “Lord Anthony” y el rescate de “(I believe in) travellin’ light”, en la voz de Stevie Jackson. Stuart canta igual que en los discos y cuando se suma la voz de Stevie, resultan un tandem inigualable. Los músicos se mostraron sorprendidos por la buena y masiva respuesta del público (estadio repleto), intentaron comunicarse en español utilizando al tecladista Chris Geddes, lo que resultó un fracaso, hasta que comprendieron que la gente le entendía el inglés de Stuart a la perfección. A pesar de las conocidas limitaciones del Luna Park en cuanto a sonido, los sutiles arreglos de cuerdas y las armonías vocales pudieron disfrutarse sin inconvenientes. Stuart Murdoch pasa de las guitarras al piano, canta casi todos los temas y es la figura central de una banda prolija y delicada. Violines, cello, armónica, trompeta y flauta se suman a las melodías y construyen arreglos complejos, que en ningún momento pecan de pretenciosos.
Todo en Belle and Sebastián es mínimo y tenue. Desde la iluminación, hasta la actitud de los músicos sobre el escenario. Algo de humildad y mucho de timidez fabricada a medida de la propuesta. Por eso sorprende cuando durante “Sukie in the graveyard” de “The life porsuit”, Stuart desciende del escenario y vuelve de la platea con una chica a la que invita a quedarse bailando con ellos. O cuando lo repite en “Dirty dream number two”, esta vez trayendo a otras tres chicas y a un muchacho gigante que más que de la platea, parecía rescatado del subconsciente de Tim Burton. Los chicos bailan y se quedan para “The boy with the arab strap”. Stuart se trepa a una de las cabeceras, se mezcla entre la gente, regresa y al final los chicos bailarines se hacen acreedores de una medalla de la “B & S School of pop”.
El final del show fue con “If you find yourself caught in love” y dos temas de “The boy with de arab strap”: “Simple things” y “Sleep the clock around” con la voz de Sarah Martin sumándose a la de Stuart Murdoch. A esa altura, la platea permanecía de pie y no paraba de aplaudir al ritmo de las canciones, por lo que los bises no se debían demorar demasiado. Y no solo no lo hicieron, sino que además fueron una especie de auto homenaje a su disco del año ’96 “If you’re feeling sinister”: “Judy and the dream horses”, “Get me away from here, I’m dying” y la potente (en los términos B & S, claro) “Me and the major”. Entre todo eso, los músicos arrojaron pateando pelotas al público, en un hecho que pareció salido otro show y de otra banda. En el final quedó claro que el feeling con el público argentino deja abierta a un regreso, lo que por otra parte fue prometido por el propio Stuart. Algunos músicos se demoraron en la salida del escenario firmando autógrafos e incluso el bajista Mick Cooke hizo las veces de fotógrafo de unas chicas de la primera fila de la platea que le alcanzaron una cámara. Si no fuese que en el medio se juega el superclásico (lo de super con estas realidades es una exageración), podría decir que los Belle and Sebastian me dejaron a punto para el show de Hamacas al Rio esta noche.
Con unos quince minutos de demora, el concierto abrió con “I didn’t see it coming” del último trabajo “Write about love” y en seguida le pegaron el primer gran hit, “I’m a cukoo”. Si bien la gira tiene por objetivo presentar el último disco, esta dos canciones fueron la real medida de los discos en los cuales se iba a sostener el show: “Write about love” y el imprescindible “Dear catastrophe waitress” de 2003. Nadie se va a encontrar con lo que no fue a buscar. Folkie suave, buenos arreglos, ligeros detalles con reminiscencias psicodélicas, pop con referencias bien ancladas en los ’60 y la suma de influencias posteriores, algunas más que evidentes, como el caso de The Smiths. Stuart Murdoch y Stevie Jackson son los exactos prototipos de su público: algo melancólicos, alegres sin desbordes, chicos sensibles que encuentran sus réplicas entre la enorme cantidad de flacos con remeras a rayas y anteojos de marcos grueso, y chicas con pañuelos verdes en la cabeza. Si alguien tenía que pasarle sus apuntes de marketing a un compañero de facultad, el Luna Park anoche era el punto de encuentro seguro.
Los Belle and Sebastian no se privaron de nada a la hora de armar el setlist. Fueron bien atrás a rescatar canciones como “Like Dylan in the movies” y las mezclaron con las nuevas, como por ejemplo “I’m not living in the real world”, en la cual al inicio Stevie juega con el público y dice sentirse Freddie Mercury por un rato. Hubo tramos en donde la música se presta al baile (“Step into my office baby” o “I want the world to stop”) y otros más íntimos y suaves, especialmente las excelentes versiones de “Lord Anthony” y el rescate de “(I believe in) travellin’ light”, en la voz de Stevie Jackson. Stuart canta igual que en los discos y cuando se suma la voz de Stevie, resultan un tandem inigualable. Los músicos se mostraron sorprendidos por la buena y masiva respuesta del público (estadio repleto), intentaron comunicarse en español utilizando al tecladista Chris Geddes, lo que resultó un fracaso, hasta que comprendieron que la gente le entendía el inglés de Stuart a la perfección. A pesar de las conocidas limitaciones del Luna Park en cuanto a sonido, los sutiles arreglos de cuerdas y las armonías vocales pudieron disfrutarse sin inconvenientes. Stuart Murdoch pasa de las guitarras al piano, canta casi todos los temas y es la figura central de una banda prolija y delicada. Violines, cello, armónica, trompeta y flauta se suman a las melodías y construyen arreglos complejos, que en ningún momento pecan de pretenciosos.
Todo en Belle and Sebastián es mínimo y tenue. Desde la iluminación, hasta la actitud de los músicos sobre el escenario. Algo de humildad y mucho de timidez fabricada a medida de la propuesta. Por eso sorprende cuando durante “Sukie in the graveyard” de “The life porsuit”, Stuart desciende del escenario y vuelve de la platea con una chica a la que invita a quedarse bailando con ellos. O cuando lo repite en “Dirty dream number two”, esta vez trayendo a otras tres chicas y a un muchacho gigante que más que de la platea, parecía rescatado del subconsciente de Tim Burton. Los chicos bailan y se quedan para “The boy with the arab strap”. Stuart se trepa a una de las cabeceras, se mezcla entre la gente, regresa y al final los chicos bailarines se hacen acreedores de una medalla de la “B & S School of pop”.
El final del show fue con “If you find yourself caught in love” y dos temas de “The boy with de arab strap”: “Simple things” y “Sleep the clock around” con la voz de Sarah Martin sumándose a la de Stuart Murdoch. A esa altura, la platea permanecía de pie y no paraba de aplaudir al ritmo de las canciones, por lo que los bises no se debían demorar demasiado. Y no solo no lo hicieron, sino que además fueron una especie de auto homenaje a su disco del año ’96 “If you’re feeling sinister”: “Judy and the dream horses”, “Get me away from here, I’m dying” y la potente (en los términos B & S, claro) “Me and the major”. Entre todo eso, los músicos arrojaron pateando pelotas al público, en un hecho que pareció salido otro show y de otra banda. En el final quedó claro que el feeling con el público argentino deja abierta a un regreso, lo que por otra parte fue prometido por el propio Stuart. Algunos músicos se demoraron en la salida del escenario firmando autógrafos e incluso el bajista Mick Cooke hizo las veces de fotógrafo de unas chicas de la primera fila de la platea que le alcanzaron una cámara. Si no fuese que en el medio se juega el superclásico (lo de super con estas realidades es una exageración), podría decir que los Belle and Sebastian me dejaron a punto para el show de Hamacas al Rio esta noche.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Paul McCartney en River
Pocos minutos antes de las ocho de la noche empezó un leve movimiento en el escenario de River. La mayoría sabíamos que se trataba de Ciro y Los Persas, que hacían las veces de banda soporte. Las señoras que tenía a mi derecha abrieron los ojos medio espantadas, con cara de “no irán a poner un rockero, no?” Muestra extrema de lo ecléctico del público anoche. Adelante, dos sub-20 aplaudían y empezaban a cantar con “Al atardecer”. El soporte en realidad fue Ciro y dos persas. Media banda en formato acústico solamente para hacer seis temas. Casi inadvertido el pobre Ciro, que supo llenar ese estadio de bote a bote. “Tan solo” levantó un poco a la platea, dedicó “Canción de cuna” a los suyos y se fue deseando que dure la noche de hoy. Deseo que por suerte, se hizo realidad.
Media hora antes de comenzar el show, las pantallas laterales empezaron a mostrar una tira de imágenes que resumía en dibujos, fotos, videos y recortes de publicaciones, la carrera artística de Paul McCartney. La música, aunque en volumen medio, reproducía versiones de sus canciones con base electrónica o hacia el final, convertidas en clásicos soul. Una buena manera de tener presente los tantos temas que no iban a sonar durante el show, que puntualmente empezó con un Paul elegantísimo haciendo “Venus and Mars” pegado a “Rock show”. Pero se sabe que ningún show de McCartney empieza del todo hasta que no se escucha “Yet”. Ahí sí ya estábamos todos en clima. Yo, desacostumbrado a las plateas lejanas, temía por un sonido débil o algún rebote debajo de las tribunas, pero no. Todo era perfecto, y encima Paul arrancó con “All my living”, provocando la primera gran explosión. El show va a ir cambiando de climas según el instrumento que Paul tenga a su cargo. En ese comienzo el bajo cambió por la guitarra eléctrica (el bajo quedó a cargo de Rusty Anderson, una extraña cruza entre el “pollo” Vignolo y Guido Suller) y ese tramo resultó bien rockero. Primero “Letting go” y un cierre con una tremenda versión de “Let me roll it” que incluyó una cita al final a otro zurdo, Jimi Hendrix, con el riff de “Foxy Lady”. Cita homenaje al tipo que cuarenta y tres años atrás, él mismo recomendó en reemplazo de The Beatles para tocar en Monterrey.
Cuando Paul se sentó en el piano, yo sentí que el estadio quedaba grande. Ese tramo del concierto era ideal para un teatro. Claro, habría que ver a qué precio, pero el clima de “The long and winding road” exige intimidad. Después Wings en versión casi progresiva con dos temas: "Nineteen hundred and eighty-five" y “Let ‘em in”, y la primera dedicatoria: “My love” para traer el recuerdo de Linda. Paul sonríe entre tema y tema. Conversa en español con la gente. Repite gestos al final de cada tema y espera la reacción del público. Eleva su brazo festejando las reacciones de la gente y juega con sus tiradores en un gesto de mímica clown. Es prolijo y políticamente correcto. De él no se puede esperar que mande a sacudir las joyas a las primeras filas (que pagaron más de $ 7000). Sabe que su propia presencia basta para que la gente lo adore, que todo lo que haga será bienvenido. Y baja del escenario a buscar una guitarra acústica y uno supone que se viene algo grande. Toca “Two of us” y después “Blackbird”. Y entonces es imposible no lagrimear. Yo me niego a mirar las pantallas laterales que amplifican la figura de Paul. Me quedo con la imagen del escenario y con ese tipo de camisa blanca solo en el medio, iluminado por un único haz de luz. Uno de los más grandes artistas de todos los tiempos haciendo una de las mejores canciones que se hayan compuesto jamás. Ese punto, ese haz de luz, esa guitarra delicada son en ese momento el centro mismo del universo. All my life, I was only waiting for this moment to arise.
“Here today” dedicada a Lennon se transformó en el segundo homenaje de la noche. “Dance tonight” retomó el clima festivo, con Abe Laboriel Jr. bailando detrás de su batería. El gordo es un fenómeno. No solo por su simpatía y por lo que toca la batería, sino porque su apoyo vocal es fundamental para envolver y coronar las canciones. Y Paul sigue: “Mrs. Vandebilt” y otra vez a pegar fuerte a las emociones con “Eleanor Rigby”. La gente canta todo. Se anuncia otro homenaje, esta vez para Harrison. Y arranca un “Something” que tiene reservado un momento conmovedor, cuando la banda se suma a Paul y en ese preciso instante la pantalla muestra una foto de un joven McCartney en blanco y negro con su cabeza reposando sobre el hombro de George. Esa imagen, reemplazada luego por otras de la época Beatle arranca lágrimas a todos. Y desde el escenario se nota y deciden bajar un poco ese tono. Entonces el clima se corta con “Sing the changes” de The Fireman, con la imagen de Obama armándose y desarmándose desde las pantallas, como símbolo de una esperanza que la últimas noticias llegadas del norte parecen desmentir.
De allí en más, todo fue cantar, cantar y cantar. “Band on thu run” abrió ese tramo, y pegadito “Ob-la-di ob-la-da”. Y yo que siempre creí que esa era una canción indigna en la discografía de The Beatles, sentía que podía quedarme idiota tarareando ese estribillo por el resto de mi vida. “I’ve got a feeling” (alguna duda?), “Paperback writer” y “A day in the life” con el estribillo de “Give peace a chance” como corolario y que resulta el auténtico homenaje a John en la noche. Las pantallas muestran por primera vez a la gente, que canta y sacude sus brazos. En una de las tomas me parece identificar a Charly García cantando, pero la cámara viaja rápido y la toma no se repite. Paul sube al piano y empieza “Let it be”. Nadie podrá encontrar palabras para la emoción porque no existen. Por suerte no todo puede describirse con palabras, pienso, y me dejo ser. Y después la adrenalínica “Live and let die”, con las explosiones efectistas, los fuegos artificiales y el escenario teñido de un tono rojo anaranjado. Otro punto culminante del show. En medio del humo, alguien acercó un piano multicolor. Paul se sienta y empieza “Hey Jude”. Y todos sabemos que el “na na na, nana na na” va a ser interminable. Paul dirige: ahora solo los varones, ahora solo las chicas y todos de nuevo. Las plateas de atrás se habían vaciado y mucha gente se agolpaba a las vallas que le señalaban el límite de su espacio. Un paso más adelante vale $ 2000. Paul saluda, llama a sus músicos y se despide. Nosotros seguimos “na naneando” felices.
De regreso Paul hace flamear una bandera argentina. Demagogia o un ex-beatle que se suma al Bicentenario, da lo mismo. El grito de “Argentina, Argentina” no se sostiene, entre otras cosas, porque Paul hace de ese primer bis una extrema descarga de energía beatle: “Day tripper” primero, “Lady Madonna” luego y el cierre con “Get back” que es justamente lo que nos quedamos todos pidiéndole cuando Paul abandona el escenario por segunda vez. Y hubo más. “Yesterday” a esa altura resultó un premio final para el cúmulo de emociones de una noche que ya está guardada entre los tesoros más preciados de mi memoria. Pero Paul no va a dejarnos ir en tono melancólico y se despacha con un “Helter skelter” que nos pasó por arriba. “Sgt. Pepper” y “The end” fueron una excusa para irse a casa batiendo palmas. Último saludo, agradecimientos varios a técnicos y músicos y saludo final. Apenas diez minutos faltaban para cumplir tres horas de show.
No viví a los Beatles. No estuve en el ’93. “Pipes of peace” fue uno de mis primeros discos en inglés después de la castellanización obligada de Malvinas, pero recuerdo haberlo comprado más por la presencia de Michael Jackson en “Say say say” que por el mismísimo McCartney. Cuando avancé en mi conocimiento con la música Beatle, John y George se adelantaron en preferencias a Paul. Pero me bastó tenerlo enfrente esas tres horas para darme cuenta del tamaño de la energía que ese tipo y sus canciones son capaces de provocar. Caminando lento por Udaondo miro el Monumental que se va vaciando y sueño con que la noche de música de Paul todavía escondida entre los rincones del estadio funcione como conjuro para terminar con la mala leche que venimos soportando las gallinas estos años. Pero claro, el sábado tocan los Jonas Brothers, así que es probable que los centros de Chiche Arano sigan pasando lejos, por atrás del arco. Así que será cuestión de encontrar al Brian Epstein capaz de calzarse el buzo de DT, pero ese es otro tema.
Media hora antes de comenzar el show, las pantallas laterales empezaron a mostrar una tira de imágenes que resumía en dibujos, fotos, videos y recortes de publicaciones, la carrera artística de Paul McCartney. La música, aunque en volumen medio, reproducía versiones de sus canciones con base electrónica o hacia el final, convertidas en clásicos soul. Una buena manera de tener presente los tantos temas que no iban a sonar durante el show, que puntualmente empezó con un Paul elegantísimo haciendo “Venus and Mars” pegado a “Rock show”. Pero se sabe que ningún show de McCartney empieza del todo hasta que no se escucha “Yet”. Ahí sí ya estábamos todos en clima. Yo, desacostumbrado a las plateas lejanas, temía por un sonido débil o algún rebote debajo de las tribunas, pero no. Todo era perfecto, y encima Paul arrancó con “All my living”, provocando la primera gran explosión. El show va a ir cambiando de climas según el instrumento que Paul tenga a su cargo. En ese comienzo el bajo cambió por la guitarra eléctrica (el bajo quedó a cargo de Rusty Anderson, una extraña cruza entre el “pollo” Vignolo y Guido Suller) y ese tramo resultó bien rockero. Primero “Letting go” y un cierre con una tremenda versión de “Let me roll it” que incluyó una cita al final a otro zurdo, Jimi Hendrix, con el riff de “Foxy Lady”. Cita homenaje al tipo que cuarenta y tres años atrás, él mismo recomendó en reemplazo de The Beatles para tocar en Monterrey.
Cuando Paul se sentó en el piano, yo sentí que el estadio quedaba grande. Ese tramo del concierto era ideal para un teatro. Claro, habría que ver a qué precio, pero el clima de “The long and winding road” exige intimidad. Después Wings en versión casi progresiva con dos temas: "Nineteen hundred and eighty-five" y “Let ‘em in”, y la primera dedicatoria: “My love” para traer el recuerdo de Linda. Paul sonríe entre tema y tema. Conversa en español con la gente. Repite gestos al final de cada tema y espera la reacción del público. Eleva su brazo festejando las reacciones de la gente y juega con sus tiradores en un gesto de mímica clown. Es prolijo y políticamente correcto. De él no se puede esperar que mande a sacudir las joyas a las primeras filas (que pagaron más de $ 7000). Sabe que su propia presencia basta para que la gente lo adore, que todo lo que haga será bienvenido. Y baja del escenario a buscar una guitarra acústica y uno supone que se viene algo grande. Toca “Two of us” y después “Blackbird”. Y entonces es imposible no lagrimear. Yo me niego a mirar las pantallas laterales que amplifican la figura de Paul. Me quedo con la imagen del escenario y con ese tipo de camisa blanca solo en el medio, iluminado por un único haz de luz. Uno de los más grandes artistas de todos los tiempos haciendo una de las mejores canciones que se hayan compuesto jamás. Ese punto, ese haz de luz, esa guitarra delicada son en ese momento el centro mismo del universo. All my life, I was only waiting for this moment to arise.
“Here today” dedicada a Lennon se transformó en el segundo homenaje de la noche. “Dance tonight” retomó el clima festivo, con Abe Laboriel Jr. bailando detrás de su batería. El gordo es un fenómeno. No solo por su simpatía y por lo que toca la batería, sino porque su apoyo vocal es fundamental para envolver y coronar las canciones. Y Paul sigue: “Mrs. Vandebilt” y otra vez a pegar fuerte a las emociones con “Eleanor Rigby”. La gente canta todo. Se anuncia otro homenaje, esta vez para Harrison. Y arranca un “Something” que tiene reservado un momento conmovedor, cuando la banda se suma a Paul y en ese preciso instante la pantalla muestra una foto de un joven McCartney en blanco y negro con su cabeza reposando sobre el hombro de George. Esa imagen, reemplazada luego por otras de la época Beatle arranca lágrimas a todos. Y desde el escenario se nota y deciden bajar un poco ese tono. Entonces el clima se corta con “Sing the changes” de The Fireman, con la imagen de Obama armándose y desarmándose desde las pantallas, como símbolo de una esperanza que la últimas noticias llegadas del norte parecen desmentir.
De allí en más, todo fue cantar, cantar y cantar. “Band on thu run” abrió ese tramo, y pegadito “Ob-la-di ob-la-da”. Y yo que siempre creí que esa era una canción indigna en la discografía de The Beatles, sentía que podía quedarme idiota tarareando ese estribillo por el resto de mi vida. “I’ve got a feeling” (alguna duda?), “Paperback writer” y “A day in the life” con el estribillo de “Give peace a chance” como corolario y que resulta el auténtico homenaje a John en la noche. Las pantallas muestran por primera vez a la gente, que canta y sacude sus brazos. En una de las tomas me parece identificar a Charly García cantando, pero la cámara viaja rápido y la toma no se repite. Paul sube al piano y empieza “Let it be”. Nadie podrá encontrar palabras para la emoción porque no existen. Por suerte no todo puede describirse con palabras, pienso, y me dejo ser. Y después la adrenalínica “Live and let die”, con las explosiones efectistas, los fuegos artificiales y el escenario teñido de un tono rojo anaranjado. Otro punto culminante del show. En medio del humo, alguien acercó un piano multicolor. Paul se sienta y empieza “Hey Jude”. Y todos sabemos que el “na na na, nana na na” va a ser interminable. Paul dirige: ahora solo los varones, ahora solo las chicas y todos de nuevo. Las plateas de atrás se habían vaciado y mucha gente se agolpaba a las vallas que le señalaban el límite de su espacio. Un paso más adelante vale $ 2000. Paul saluda, llama a sus músicos y se despide. Nosotros seguimos “na naneando” felices.
De regreso Paul hace flamear una bandera argentina. Demagogia o un ex-beatle que se suma al Bicentenario, da lo mismo. El grito de “Argentina, Argentina” no se sostiene, entre otras cosas, porque Paul hace de ese primer bis una extrema descarga de energía beatle: “Day tripper” primero, “Lady Madonna” luego y el cierre con “Get back” que es justamente lo que nos quedamos todos pidiéndole cuando Paul abandona el escenario por segunda vez. Y hubo más. “Yesterday” a esa altura resultó un premio final para el cúmulo de emociones de una noche que ya está guardada entre los tesoros más preciados de mi memoria. Pero Paul no va a dejarnos ir en tono melancólico y se despacha con un “Helter skelter” que nos pasó por arriba. “Sgt. Pepper” y “The end” fueron una excusa para irse a casa batiendo palmas. Último saludo, agradecimientos varios a técnicos y músicos y saludo final. Apenas diez minutos faltaban para cumplir tres horas de show.
No viví a los Beatles. No estuve en el ’93. “Pipes of peace” fue uno de mis primeros discos en inglés después de la castellanización obligada de Malvinas, pero recuerdo haberlo comprado más por la presencia de Michael Jackson en “Say say say” que por el mismísimo McCartney. Cuando avancé en mi conocimiento con la música Beatle, John y George se adelantaron en preferencias a Paul. Pero me bastó tenerlo enfrente esas tres horas para darme cuenta del tamaño de la energía que ese tipo y sus canciones son capaces de provocar. Caminando lento por Udaondo miro el Monumental que se va vaciando y sueño con que la noche de música de Paul todavía escondida entre los rincones del estadio funcione como conjuro para terminar con la mala leche que venimos soportando las gallinas estos años. Pero claro, el sábado tocan los Jonas Brothers, así que es probable que los centros de Chiche Arano sigan pasando lejos, por atrás del arco. Así que será cuestión de encontrar al Brian Epstein capaz de calzarse el buzo de DT, pero ese es otro tema.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Enrique Bunbury en el Teatro Gran Rex
La última vez que Enrique Bunbury había actuado en la Argentina como solista, (en 2007 nos visitó con la gira de regreso de Héroes del Silencio) fue exactamente en el mismo teatro Gran Rex y salió al escenario íntegramente vestido de blanco. Esta vez, y con el objetivo de presentar “Las consecuencias”, el trabajo más oscuro e íntimo de su carrera, optó por lo opuesto y salió todo de negro. Ese hecho, sumado a la tarima central del escenario en donde el español apareció elevado solo con su micrófono y el inicio con “Las consecuencias” hizo suponer que la noche iba a ser de tono bajo. Pero esa sensación duró apenas cuatro o cinco canciones. “Por qué siempre conviene alegrar a la gente? También de vez en cuando está bien asustar un poco”, dice la letra de la canción de apertura y resultó profética. Porque esos iniciales cinco temas fueron los únicos que Enrique eligió como para dar su disco por presentado en sociedad y que, además de la apertura, fueron la doliente “Ella me dijo que no”, “De todo el mundo”, el cover de Jeannette “Frente a frente”, que sin el contrapunto de la voz femenina perdió algo del encanto con respecto a la versión grabada y “Los habitantes”.
Para entender lo que ocurrió después es obligatorio hablar de “Los Santos inocentes”, la banda con la que Bunbury viene tocando desde “Helville de luxe”. Los dos guitarristas (Alvaro Suite y Jordi Mena) forman un tándem fantástico y junto a Jorge Rebenaque en los teclados (Jarabe de Palo, al igual que Jordi Mena) son la columna vertebral de una banda de gran ensamble y pulso rockero. Sonido clásico, mucho Hammond, guitarra acústicas y eléctricas que se complementan, y una base precisa con Roberto Castellanos en el bajo y Ramón Gacias en la batería, este último, único sobreviviente del “huracán ambulante” que acompañó a Enrique hasta 2005. Sobre esa base Bunbury hizo un repaso por todos los discos de su carrera (excepto “Radical sonora”, el primero como solista) que llevó a la gente a cantar a viva voz cada una de las canciones. La primera fue “Enganchado a ti”, y luego bastó que Rebenaque descienda a la parte baja del escenario con su acordeón y arrancaran con “El extranjero” para conseguir la primera gran reacción de la noche. Acto seguido un rescate inesperado: “Desmejorado”, del trabajo que bajo el nombre de Bushido, Enrique compartiera con Carlos Ann, Morti y Shuarma en 2004. A diferencia de otras oportunidades, Bunbury dialogó muy poco con su público, se limitó a nombrar algunas canciones, y a estirar el micrófono hacia la gente para participarlos de los estribillos más conocidos.
Desde ese momento y hasta el final no hubo respiro. “Hay muy poca gente”, la melodía más cercana a Héroes que Bunbury haya hecho fuera de la banda, fue el puntapié para “Senda”, aquel tema de 1991 que sonó completamente distinto al original, bien alejado ahora de los rastros del sonido ’80. Hay canciones que la gente quiere más que otra, “Que tengas suertecita” y “El rescate” de “El viaje a ninguna parte”, por ejemplo. Pero también “Solo si me perdonas”, con intensos arreglos en los que se destacaron una vez más los teclados de Rebenaque. La seguidilla “Sácame de aquí”, “Si” e “Infinito” (sin rastros latinos en esta versión) fueron un cierre perfecto que terminó por decorarse con la única canción de Héroes del Silencio que Enrique Bunbury ha adoptado sin culpa: “Apuesta por el rock and roll”. La banda se retiró del escenario solo por un momento, porque su regreso no se demoró, y porque el inicio de la primera tanda de bises con “El hombre delgado que no flaqueará jamás” resultó una continuidad absoluta con el final del primer tramo. “Los santos inocentes” estaban sueltos, podían tocar toda la noche sin perder intensidad, y se notó. “Puta desagradecida”, fue un remanso extraído de “El tiempo de las cerezas” (trabajo a dúo con Nacho Vegas) y la energía volvió con un riff cortado y poderoso que se reveló en una renovada versión de “Lady blue”, en donde el viejo hit de “Flamingos” pareció acomodarse al “Moonage daydream” de Bowie.
Hubo más. Sin sorpresa, porque ni bien los músicos volvieron a despedirse, los colaboradores empezaron a acomodar unas sillas sobre el escenario que hicieron suponer un cierre acústico. No fue todo así, aunque sí el comienzo. El nombre de Atahualpa y el recuerdo del recorrido americano que dio origen a “El viaje a ninguna parte” fue el prefacio para la bellísima “Canto (el mismo dolor)”, canción que cerraba aquel trabajo. La despedida estuvo a cargo de dos canciones que encierran una rareza en el repertorio del zaragozano: el optimismo. Primero “Porque las cosas cambian” de “Helville….” Y después el clásico “Viento a favor”, que abandonó su forma original para montarse sobre una base funk que la volvió irresistible. Entonces sí, final definitivo para el primero de tres Gran Rex para un artista que no defrauda nunca, y que Argentina y América Latina toda ha adoptado como propio hace ya mucho tiempo.
Para entender lo que ocurrió después es obligatorio hablar de “Los Santos inocentes”, la banda con la que Bunbury viene tocando desde “Helville de luxe”. Los dos guitarristas (Alvaro Suite y Jordi Mena) forman un tándem fantástico y junto a Jorge Rebenaque en los teclados (Jarabe de Palo, al igual que Jordi Mena) son la columna vertebral de una banda de gran ensamble y pulso rockero. Sonido clásico, mucho Hammond, guitarra acústicas y eléctricas que se complementan, y una base precisa con Roberto Castellanos en el bajo y Ramón Gacias en la batería, este último, único sobreviviente del “huracán ambulante” que acompañó a Enrique hasta 2005. Sobre esa base Bunbury hizo un repaso por todos los discos de su carrera (excepto “Radical sonora”, el primero como solista) que llevó a la gente a cantar a viva voz cada una de las canciones. La primera fue “Enganchado a ti”, y luego bastó que Rebenaque descienda a la parte baja del escenario con su acordeón y arrancaran con “El extranjero” para conseguir la primera gran reacción de la noche. Acto seguido un rescate inesperado: “Desmejorado”, del trabajo que bajo el nombre de Bushido, Enrique compartiera con Carlos Ann, Morti y Shuarma en 2004. A diferencia de otras oportunidades, Bunbury dialogó muy poco con su público, se limitó a nombrar algunas canciones, y a estirar el micrófono hacia la gente para participarlos de los estribillos más conocidos.
Desde ese momento y hasta el final no hubo respiro. “Hay muy poca gente”, la melodía más cercana a Héroes que Bunbury haya hecho fuera de la banda, fue el puntapié para “Senda”, aquel tema de 1991 que sonó completamente distinto al original, bien alejado ahora de los rastros del sonido ’80. Hay canciones que la gente quiere más que otra, “Que tengas suertecita” y “El rescate” de “El viaje a ninguna parte”, por ejemplo. Pero también “Solo si me perdonas”, con intensos arreglos en los que se destacaron una vez más los teclados de Rebenaque. La seguidilla “Sácame de aquí”, “Si” e “Infinito” (sin rastros latinos en esta versión) fueron un cierre perfecto que terminó por decorarse con la única canción de Héroes del Silencio que Enrique Bunbury ha adoptado sin culpa: “Apuesta por el rock and roll”. La banda se retiró del escenario solo por un momento, porque su regreso no se demoró, y porque el inicio de la primera tanda de bises con “El hombre delgado que no flaqueará jamás” resultó una continuidad absoluta con el final del primer tramo. “Los santos inocentes” estaban sueltos, podían tocar toda la noche sin perder intensidad, y se notó. “Puta desagradecida”, fue un remanso extraído de “El tiempo de las cerezas” (trabajo a dúo con Nacho Vegas) y la energía volvió con un riff cortado y poderoso que se reveló en una renovada versión de “Lady blue”, en donde el viejo hit de “Flamingos” pareció acomodarse al “Moonage daydream” de Bowie.
Hubo más. Sin sorpresa, porque ni bien los músicos volvieron a despedirse, los colaboradores empezaron a acomodar unas sillas sobre el escenario que hicieron suponer un cierre acústico. No fue todo así, aunque sí el comienzo. El nombre de Atahualpa y el recuerdo del recorrido americano que dio origen a “El viaje a ninguna parte” fue el prefacio para la bellísima “Canto (el mismo dolor)”, canción que cerraba aquel trabajo. La despedida estuvo a cargo de dos canciones que encierran una rareza en el repertorio del zaragozano: el optimismo. Primero “Porque las cosas cambian” de “Helville….” Y después el clásico “Viento a favor”, que abandonó su forma original para montarse sobre una base funk que la volvió irresistible. Entonces sí, final definitivo para el primero de tres Gran Rex para un artista que no defrauda nunca, y que Argentina y América Latina toda ha adoptado como propio hace ya mucho tiempo.
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